La decisión de un funcionario

15 Jul 2022

Xin Zheng (China)

Mi padre delinquió y fue detenido antes de que yo naciera. Como ese tipo de cosas eran realmente vergonzosas en la China rural de los años 70, todo el mundo despreciaba a mi familia. Crecí entre las burlas de todos aquellos que me rodeaban. Mi mamá siempre me decía: “Tienes que esforzarte por sobresalir. No podemos permitir que desprecien a nuestra familia”. Esas palabras se infiltraron en lo más hondo de mi ser. Juré que en el futuro destacaría entre la multitud y cambiaría la actitud de todo el mundo hacia nosotros. Me volqué mucho en los estudios y me hice maestro tras graduarme de la universidad. Tenía la vida resuelta, pero aún estaba lejos de mi objetivo de sobresalir de verdad. Así pues, acudí a mis contactos y envié regalos a los dirigentes del condado con la esperanza de que me trasladaran a un puesto oficial.

Tal como esperaba, conseguí un puesto de secretario en las oficinas municipales, por lo que acompañaba a los dirigentes en diversas ocasiones. Parecía algo muy distinguido. Sobre todo cuando volví a mi pueblo, el jefe de la aldea y todos los de allí se mostraron muy cariñosos conmigo y muchos me adulaban; mi familia también se beneficiaba de ello y la gente de toda la zona me envidiaba mucho. Mi madre me dijo muy contenta: “Desde que conseguiste un empleo público, allá donde va tu hermano le cuenta a todo el mundo quién es su hermano y dónde trabaja. Después de todos estos años, ¡por fin podemos llevar la cabeza muy alta y estar orgullosos!”. Me emocionó mucho que dijera esto. Las cosas habían sido difíciles para nuestra familia durante muchísimos años. ¿No era ese el día que habíamos estado esperando? Luego empecé a trabajar aún más, a hacer horas extras hasta bien entrada la noche y a no descansar ni siquiera los fines de semana. Tenía todavía menos tiempo para pasarlo con mi esposa y mi hijo. Después, en 2008, acepté la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días, pero seguía pasándome la mayor parte del tiempo en el trabajo. Solo asistía a reuniones de manera ocasional y no leía mucho las palabras de Dios. Me iba muy bien en el cargo: me valoraban los dirigentes, me estimaban los compañeros y todos decían que, en cuanto hubiera un puesto disponible para ascender, seguro que sería mío. Creía que esa sería mi oportunidad de conseguir justo lo que quería en la vida, de destacar de verdad, así que comencé a trabajar aún más y a tratar de ganarme el favor de los dirigentes. Sin embargo, me superó el hijo de uno de ellos y entonces me trasladaron a un departamento bastante soporífero.

Eso me molestó mucho y pensaba que, sin duda, mis compañeros de trabajo hablaban de mí y me despreciaban. No era capaz de levantar el ánimo y no quería ver a nadie. Justo en esa triste época, un hermano de la iglesia me dijo: “No conseguiste ese ascenso, sino que te han trasladado a un departamento aburrido. Parece algo malo, ¡pero realmente es bueno! Si te hubieran ascendido como querías y tuvieras un puesto más alto, querrías todavía más. Te enfrentarías a más tentaciones, te esforzarías por la reputación y el estatus día tras día. ¿Cómo ibas a tener tiempo e interés por buscar la verdad? Es un momento crucial para la obra de Dios de salvación y perfeccionamiento de la humanidad. Si desperdicias estos preciados días, ¿cómo podrás salvarte? La voluntad de Dios es que no consiguieras ese ascenso: Dios no soporta que continuemos siendo objeto de los juegos y daños de Satanás, que vivamos esforzándonos por la reputación y la ganancia, peleando y maquinando, y que luego perdamos la ocasión de que Dios nos salve”. Sus palabras me supusieron una llamada de atención; descubrí que tenía razón. Antes estaba totalmente centrado en cómo ser el que destacara, por lo que nunca podía sosegar el corazón y leer realmente las palabras de Dios o buscar la verdad. Quizá ese revés era un punto de inflexión en mi senda de fe.

Luego leí estas palabras de Dios: “Como alguien que es normal y que busca el amor a Dios, la entrada al reino para convertirse en uno del pueblo de Dios es vuestro verdadero futuro, y es una vida que tiene el mayor valor y significado; nadie está más bendecido que vosotros. ¿Por qué digo esto? Porque los que no creen en Dios viven para la carne y viven para Satanás, pero hoy vivís para Dios y vivís para hacer la voluntad de Dios. Es por esto que digo que vuestras vidas son de gran importancia. Solo este grupo de personas, que Dios ha seleccionado, puede vivir una vida de gran importancia: Nadie más en la tierra puede vivir una vida de tal valor y significado” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Conoce la nueva obra de Dios y sigue Sus huellas). Las palabras de Dios son muy claras en cuanto a lo que constituye una vida con sentido. Recordé los años en que peleaba por la reputación y la ganancia; incluso ahora, con un poco de estatus y prestigio, seguía sintiéndome muy vacío. Siempre llevaba una máscara en los círculos oficiales. En aras del estatus, no solo tenía que adular a los dirigentes, sino también soportar a mis compañeros y exprimirme al máximo para competir y enfrentarme a los demás, mientras temía que otros maquinaran contra mí. Comprendí verdaderamente la tristeza y el estrés de ese mundo. Me pregunté: ¿Cuál es el sentido, el valor de esforzarme toda la vida para pelear por el estatus y el prestigio? ¿El único sentido de mi vida es parecer ilustre y dar gloria a mi familia? Durante milenios, ¿no ha muerto sin nada tanta gente distinguida de gran estatus? Dios creó al hombre, no para que nuestro nombre perdure a través de los tiempos ni para que luchemos por la reputación y el estatus, sino para que aprendamos la verdad y lleguemos a conocer a Dios, cumplamos con el deber de un ser creado y vivamos con auténtica semejanza humana. Ese es el único tipo de vida con sentido y valor y la que recibirá la aprobación y las bendiciones de Dios. Al comprender esto, oré a Dios dispuesto a renunciar a la búsqueda de reputación y estatus y a caminar por la senda correcta en la vida.

En el departamento al que me trasladaron no había un solo período ajetreado en todo el año. Aprovechaba la ocasión para leer más las palabras de Dios y dotarme de la verdad, y cuando llegaba el fin de semana, asistía a reuniones y predicaba el evangelio con los hermanos y hermanas. Me sentía muy en paz y ya no me codeaba con los compañeros de trabajo. Había perdido el interés por todos esos asuntos complicados, como cultivar las relaciones y sacar partido de los cauces extraoficiales. Me sentía mucho más libre y más relajado. No obstante, me acabaron trasladando de nuevo, esta vez al Departamento de Demoliciones Públicas, donde presencié personalmente todas las malas artes con que el Partido Comunista intimida y perjudica al pueblo llano. Eso hizo que sintiera una indiferencia aún mayor hacia la carrera administrativa en la que estaba.

La Administración siempre estaba forzando al pueblo a abandonar sus casas aduciendo que necesitaba espacio urbanístico, y la indemnización era generalmente muy baja. El pueblo estaba descontento y protestaba. Era obvio que la Administración estaba en disimulada connivencia con los promotores, obteniendo enormes beneficios de los acuerdos y exprimiendo a la gente normal. Sin embargo, siempre tergiversaba los hechos y decía que la gente se negaba a trasladarse y que eso obstaculizaba el urbanismo. Durante el día nos mandaba a nosotros a hacer un trabajo ideológico para convencer al pueblo y por la noche enviaban a gente a acosarlos, a obligarlos a firmar un acuerdo de traslado. Ningún vecino podía estar tranquilo. Si alguien se negaba rotundamente a trasladarse, lo detenían por la fuerza y lo golpeaban, acusado de obstruir la reordenación urbana. Los dirigentes no paraban hasta que la persona firmaba. Algunas presentaron apelaciones ante instancias superiores, pero las detuvieron y golpearon. Hubo una persona a la que llegaron a golpear hasta dejarla discapacitada y que acabó muriendo. Un dirigente incluso dijo delante de todos en una reunión interna, sonriendo: “Ahora que este tipo está muerto, hay una apelación menos de la que preocuparse. ¡Menos puntos disciplinarios contra nosotros!”. Los demás allí presentes también sonreían. Al ver cómo los funcionarios intimidaban a la gente normal y se aprovechaban de ella sin absolutamente ningún respeto por la vida humana, supe que permanecer en el sistema del Partido Comunista y seguir relacionándome con esa gente nunca podría llegar a nada bueno. Empecé a hacer todo lo posible por evitarlos, por no mezclarme con ellos. Si me pedían que fuera a negociar con alguien que tuviera que trasladarse, que fuera a darle una paliza, hacía absolutamente todo lo posible por escabullirme o iba a ayudar a mantener el orden. Cuando veía de cerca a alguien que aullaba mientras lo golpeaban, su mirada de impotencia me dejaba un gran cargo de conciencia. A veces hasta me despertaba con pesadillas en mitad de la noche. Vivir cada día en ese ambiente era una especie de tormento. Creía que, si seguía haciendo ese tipo de trabajo falto de escrúpulos, me castigarían tarde o temprano, y quería irme de ese sitio en cuanto pudiera. Aunque los dirigentes hacían comentarios indirectos con los que me animaban a hacer carrera, yo seguía desmotivado y ya no intentaba ganarme su favor para ascender. No obstante, con gran sorpresa por mi parte, fue justo por entonces cuando sí recibí un ascenso, en esa ocasión para ejercer como director de la Oficina Disciplinaria Municipal.

Tras aquel traslado solía aparecer en todo tipo de reuniones junto a importantes funcionarios municipales. Mis compañeros de trabajo y los de mi aldea eran sumamente amables conmigo y se esforzaban por seguir cayéndome bien. Yo disfrutaba de esa sensación. Sin darme cuenta, comencé a impacientarme y quería que los dirigentes me valoraran y reconocieran. Sin embargo, cuando era preciso que hiciera viajes de trabajo o saliera a una reunión en sustitución de un dirigente, eso afectaba a mi facilidad para asistir a reuniones y cumplir con mi deber. Me sentía muy confundido, pues sabía que mi deber era la comisión de Dios para mí y una responsabilidad que no podía eludir. No podía renunciar al deber por asuntos personales, pero cuando un líder dispuso que yo asumiera algo así, eso quería decir que me tenía en alta estima. Si ponía una excusa para no hacerlo en beneficio de mi deber, ¿dirían que estaba tirando la toalla en un momento crucial y dejarían de asignarme tareas importantes? Me costaba mucho tomar una decisión en el momento, así que lo llevé ante Dios en oración para pedirle que me guiara para comprender Su voluntad y que me ayudara a encontrar la senda de práctica. Luego leí este pasaje de Sus palabras: “Existe una batalla detrás de todo lo que acontece: cada vez que las personas ponen en práctica la verdad o el amor a Dios, se desencadena una gran batalla, y aunque todo pueda parecer estar bien con su carne, en lo profundo de sus corazones se estará desarrollando de hecho una batalla a vida o muerte. Solo después de esta intensa lucha, después de una gran cantidad de reflexión, puede decidirse la victoria o la derrota. Uno no sabe si reír o llorar. Como muchas de las intenciones internas de las personas son erróneas o como gran parte de la obra de Dios entra en conflicto con sus nociones, cuando las personas ponen en práctica la verdad, se libra una gran batalla entre bambalinas. Una vez puesta en práctica esta verdad, las personas derramarán detrás del escenario innumerables lágrimas de tristeza antes de decidirse por fin a satisfacer a Dios. Es gracias a esta batalla que las personas soportan el sufrimiento y el refinamiento; esto es sufrimiento real. Cuando la batalla llegue a ti, si eres capaz de ponerte verdaderamente en el lado de Dios, podrás satisfacerle” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Solo amar a Dios es realmente creer en Él). Al recapacitar acerca de esto, descubrí que era una batalla entre satisfacer a Dios o satisfacer a Satanás para ver qué elegía. Me di cuenta de que, ante las cosas, lo primero en lo que pensaba era en la actitud de los dirigentes y en mi carrera; la reputación y el estatus aún eran demasiado importantes para mí. Pensé en que, por salvar a la humanidad, Dios asumió el tremendo riesgo de hacerse carne en el país del gran dragón rojo para expresar la verdad a fin de salvarnos. Dios lo ha dado todo por nosotros sin quejas ni remordimientos, pero yo no podía hacer ese mínimo sacrificio por mi deber. ¿Dónde estaba mi conciencia? Sentí mucha vergüenza al constatar esto. Oré con el deseo de renunciar a mis intereses personales y cumplir con el deber. Después tuve que elegir varias veces más entre mi deber y mi empleo, y en ocasiones me sentía débil y batallaba con ello. No obstante, cuando estaba dispuesto a satisfacer a Dios, comprobaba que Él siempre me abría una senda, y compartía el evangelio y cumplía con mi deber delante de las narices del jefe sin que me descubrieran nunca. Con la guía de Dios, se hizo cada vez más evidente que compartir el evangelio y dar testimonio de Dios es mi verdadera vocación y mi empuje para cumplir con el deber no dejó de crecer. No tardó mucho tiempo en enterarse toda mi familia de que era creyente y difundía el evangelio. Todos empezaron a oponerse a mi fe.

Como mi esposa era maestra, también a ella le pagaba el sueldo la Administración. Me dijo: “Llevas todos estos años en el sistema del partido, así que no es que no conozcas su actitud hacia la religión. Detienen a creyentes a diestro y siniestro. Al tener fe y evangelizar, ¿no te estás metiendo en la boca del lobo? Si sigues con esto, se acabará nuestro medio de vida, ¡será el fin de la familia entera!”. Le di testimonio de Dios y le hablé de la trascendencia de tener fe. Le anuncié: “El Salvador ya ha descendido y está expresando verdades para salvar a la humanidad. Es una oportunidad única en la vida para salvarse. Todos los beneficios y el estatus que vemos ante nuestros ojos son temporales. Si seguimos al Partido Comunista y siempre queremos enriquecernos, ¿puede eso salvarnos de los desastres? Si caemos en eso, ¡de nada nos servirá el dinero! Fíjate en Mateo, apóstol del Señor Jesús: era recaudador de impuestos, un cargo muy bueno. Sin embargo, cuando vio que el Salvador, el Señor Jesús, había venido, se apresuró a seguirlo. Además, si siempre seguimos al Partido y hacemos el mal, estamos destinados a la retribución, al castigo. Seguir al Cristo de los últimos días es la única vía para salvarse”. A mi mujer no le interesaba nada acerca de Dios y no escuchaba nada de lo que yo dijera al respecto. No obstante, luego reparó en que, desde que recibiera la fe, no salía a comer y beber con los compañeros del trabajo y no descuidaba las cosas de casa, sino que era cada vez más ordenado en la vida y tenía tiempo para dedicárselo a ella y a nuestro hijo. A veces me ponía a hablar de asuntos relacionados con la vida en general. Poco a poco, dejó de intentar interponerse en mi camino. Sin embargo, por su lado de la familia, todos se oponían a mi fe. Uno de ellos, que tenía un empleo público, me aconsejó lo siguiente: “Mientras seas joven, debes pensar en ascender de categoría y ganar dinero. Tus padres y tu hijo podrán disfrutar entonces de todo eso contigo, es lo único práctico que se puede hacer. ¡Todas esas cosas que buscas por tu religión son difusas y poco prácticas”. Le contesté: “Al no ser creyente, no entiendes el sentido y el valor de tener fe y buscar la verdad. La verdad es muy valiosa y puede señalarnos nuestra senda en la vida, purificar nuestra corrupción y salvarnos. Estas cosas no se pueden cuantificar en dinero. Tú también militas en el partido, así que dime, durante estos años en que has adquirido estatus y disfrute material, ¿has sido realmente feliz? ¿Tienes verdadera paz interior?”. No respondió nada. Y como mi cuñado no conseguía que cediera, me dijo airadamente: “Si no sigues nuestro consejo, cuando los dirigentes se enteren de tus asuntos religiosos, perder tu medio estable de vida será la menor de tus preocupaciones. Podrían detenerte, perderías tu vida y tus posesiones, ¡y toda tu familia se vería implicada!”. También hubo otros que intentaron obligarme a renunciar a mi fe.

Les dejé muy claro que estaba decidido a continuar siguiendo a Dios, pero al llegar a casa empecé a sentirme nervioso. Si mis jefes se enteraban, no solo me sancionarían o perdería el trabajo, sino que a lo mejor me detenían e iba a la cárcel; entonces me quedaría sin nada y seguro que todo mi entorno me rechazaría y mantendría la distancia. Sería una caída en desgracia total. ¿No me quedaría con las manos vacías? Volví a sentir una lucha interna ante esa idea y me estresé tanto que no pude dormir. Al pensar que tarde o temprano iba a perder mi cómoda vida y mi envidiable posición, me sentía muy vacío por dentro, muy mal. Con dolor y aflicción, oré a Dios para pedirle que me guiara para comprender Su voluntad. Después leí este pasaje de Sus palabras: “Nacido en una tierra tan inmunda, el hombre ha sido gravemente infectado por la sociedad, influenciado por una ética feudal y educado en ‘institutos de educación superior’. Un pensamiento retrógrado, una moral corrupta, una visión mezquina de la vida, una filosofía despreciable para vivir, una existencia completamente inútil y un estilo de vida y costumbres depravados, todas estas cosas han penetrado fuertemente en el corazón del hombre, y han socavado y atacado severamente su conciencia. Como resultado, el hombre está cada vez más distante de Dios, y se opone cada vez más a Él. El carácter del hombre se vuelve más cruel día tras día, y no hay una sola persona que voluntariamente renuncie a algo por Dios; ni una sola persona que voluntariamente obedezca a Dios, y, menos aún, una sola persona que busque voluntariamente la aparición de Dios. En vez de ello, bajo el campo de acción de Satanás, el hombre no hace más que buscar el placer, entregándose a la corrupción de la carne en la tierra del lodo. Incluso cuando escuchan la verdad, aquellos que viven en la oscuridad no consideran ponerla en práctica ni tampoco muestran interés en buscar a Dios, aun cuando hayan contemplado Su aparición. ¿Cómo podría una humanidad tan depravada tener alguna posibilidad de salvación? ¿Cómo podría una humanidad tan decadente vivir en la luz?” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Tener un carácter invariable es estar enemistado con Dios). Las palabras de Dios revelaban la causa de mi dolor. ¿Por qué era tan desdichado ante el hecho de tener que decidir? Porque estaba muy hondamente corrompido por Satanás y desde pequeño creía en filosofías satánicas como la de “destacar entre los demás y honrar a los antepasados”, que había adoptado como objetivos vitales. Quería conseguir la estima y la admiración ajenas y creía que eso era tener aspiraciones. En mi afán por conseguirlo, fui un estudiante aplicado, y una vez que me incorporé al mundo laboral, siempre trataba de analizar la situación, adular y ser servil para ganarme el favor de los líderes y conseguir ascensos. Aunque sabía perfectamente que cualquier cosa que hiciera con el Partido Comunista sería una atrocidad escandalosa, me armé de valor y le seguí el juego igualmente, mientras rendía servicio a Satanás y vivía desdichado e intranquilo. Fueron las palabras de Dios Todopoderoso las que me enseñaron el valor y el sentido de la vida, y esto fue lo que hizo que cada vez me sintiera más realizado. Sin embargo, ante la probable disyuntiva de perder mi empleo y mi futuro si conservaba mi fe y de ser rechazado por los demás, comprobé que la filosofía satánica de “destacar entre los demás y honrar a los antepasados” aún tenía sus garras en lo más profundo de mi ser. Tomar esa decisión era algo muy difícil, muy angustioso, como si no ir en pos de la reputación y la ganancia supusiera descuidar mis verdaderas responsabilidades o incluso un escándalo descomunal. No estaba dispuesto a perder la reputación y el estatus, como si perderlos equivaliera a perder la vida misma. Hasta que no leí las palabras de revelación de Dios, no descubrí cómo utiliza eso Satanás para aprisionar a la gente, hacernos daño y lograr que nos distanciemos de Dios y lo traicionemos. Eso me recordó un himno de las palabras de Dios: “Toda la vida de las personas está en las manos de Dios y de no ser por su determinación ante Él, ¿quién estaría dispuesto a vivir en vano en este mundo vacío del hombre? ¿Por qué preocuparse? Si entran y salen apresuradamente del mundo, si no hacen nada por Dios, ¿no habrán malgastado toda su vida? Aunque Dios no considere tus acciones dignas de mención, ¿no esbozarás una sonrisa agradecida en el momento de tu muerte?” (‘Deberías buscar progresar hacia delante’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Este himno me resultó muy alentador. Solo tenemos unas pocas décadas en esta vida, así que tenemos que aprovechar la ocasión para experimentar la obra de Dios y salvarnos, cumplir con el deber de un ser creado y recibir la verdad y la vida; si no, perderemos esta oportunidad de ser salvados por Dios. Entonces, ¿no sería nuestra vida en vano? Si el Partido Comunista me detenía, encarcelaba y torturaba por mi fe, aunque acabara muriendo, sabía que no tendría ninguna queja. Dios me dio esta oportunidad en la vida, por lo que debía dedicársela a Él. Una vez que lo comprendí, oré: “¡Oh, Dios mío! Quiero liberarme de las limitaciones, de los grilletes del gran dragón rojo, y entregarte todo mi ser. Te pido que me guíes, me des fe y me ayudes a salvar este próximo escollo”.

Posteriormente ocurrió algo que me animó a salir del sistema del Partido Comunista en cuanto pude. Un dirigente descubrió que un miembro del partido era una persona religiosa y, apretando los puños con rabia, dijo que teníamos que llevarlo a comisaría para maltratarlo. Sentía miedo cada vez que pensaba en la actitud del Partido Comunista hacia la religión. Estuve reflexionando que era tan hostil a las creencias religiosas y odiaba tanto a los cristianos, que tarde o temprano yo sería su objetivo por ese motivo. Era un lugar peligroso del que debía marcharme en cuanto pudiera. Además, durante todos esos años había dicho maravillas del Partido Comunista y le había seguido el juego en muchas maldades. Si permanecía dentro de ese sistema, no haría más que enredarme cada vez más en él y quedarme sin redención. Tenía que alejarme de esa organización satánica de inmediato y empezar de cero.

Cuando le conté a mi esposa lo que estaba pensando, enseguida se puso nerviosa. Me dijo que podía apoyarme en mi fe, pero que no podía permitir que dejara el trabajo. Hasta llamó a mis hermanos para que vinieran a frenarme. La mayoría trabajaban en empresas estatales y les preocupaba que sus carreras pudieran verse afectadas si me detenían. Mi hermana mayor llegó a arrodillarse ante mí, llorando y acariciándome las manos, y comentó: “Tienes un empleo realmente maravilloso con un sueldo muy alto que ni siquiera la gente con un doctorado o una maestría puede encontrar. ¿Cómo es posible que te marches de un trabajo tan bueno para seguir a Dios?”. Añadió que se quedaría arrodillada allí mientras yo siguiera empeñado en conservar mi fe. Mi otra hermana también estaba muy enojada y habló de cómo había sufrido para ayudar a pagar mis estudios y de que no había podido casarse hasta los 30 años. Ahora por fin nos iba bien después de todo ese trabajo y la familia entera se beneficiaba de ello. Si yo renunciaba, sería defraudarla tras todos sus años de esfuerzo. Mi hermana mayor también se quejó de que, si dejaba mi empleo, a ella no le darían más bajas por enfermedad remuneradas en su escuela, y de que su hijo esperaba que yo lo ayudara a encontrar trabajo. Me dijo que no podía pensar únicamente en mí dentro de mi fe, sino que tenía que pensar también en mi familia. En ese momento me estaba costando tomar una decisión. Mis hermanos y hermanas habían pasado por muchas cosas conmigo desde que era pequeño y siempre me había impulsado la esperanza de que pudieran tener una buena vida y mantener la cabeza bien alta. Seguro que se alegrarían de que yo accediera, pero en cuanto a mi misión en la vida y al deber que tenía que cumplir como ser creado, ¿quién haría eso en mi lugar? Mi familia sería feliz y yo conservaría mi estatus y mis ventajas materiales, pero si no tenía en cuenta la sangre, el sudor y las lágrimas de Dios por mí, si no trataba de retribuírselos, ¿cómo podría mirarlo alguna vez a la cara? Sentía dolor y debilidad, pero sabía que tenía que tomar esa decisión. Les dije: “Sin importar cuánto dinero tengan ni lo buenos que sean sus trabajos, ¿puede eso enmendar el dolor del vacío? ¿Puede comprar la vida misma? ¿No hay muchísima gente rica y poderosa que sigue viviendo con dolor? Tener fe y buscar la verdad es el único camino para resolver estos problemas. El Salvador ha descendido y está expresando verdades para salvar a la humanidad. Es una oportunidad que no regresará y sumamente fugaz. Los grandes desastres vendrán a nosotros en un abrir y cerrar de ojos. Si no seguimos a Dios y nos arrepentimos ya, ¡cuando lleguen los desastres será demasiado tarde para lamentarse! A ustedes les he predicado bastante el evangelio anteriormente, pero les da miedo unirse y que los detenga el Partido Comunista. Se empeñan en seguir al partido, lo cual es una senda directa al infierno. Al presionarme para que yo lo siga, ¿no me están perjudicando? ¿Saben qué clase de gente hay en ese sistema? Son todos unos demonios contrarios a Dios y capaces de cualquier cosa horrible. Están destinados a ser condenados, castigados. Los desastres aumentan sin cesar. Si ustedes aún no creen en Dios y no se arrepienten ante Él, están destinados a caer en los desastres y a ser castigados. He aprendido algunas verdades durante mis años de fe y tengo claro que tener fe es la única senda correcta en la vida. Ustedes son mi familia: ¿no quieren lo mejor para mí? ¿Por qué se empeñan en empujarme a esta malvada senda con el Partido Comunista? Yo no me entrometo en sus decisiones personales, pero la mía es tener fe y seguir a Dios. Aunque me detengan y persigan, seguiré esta senda hasta el final”. Mi esposa puso cara larga y se marchó y los demás no me dijeron nada más. Luego, a fin de impedirme asistir a reuniones y cumplir con un deber, mi mujer me encerró en casa y mandó a mi cuñado que se quedara allí todo el día para vigilarme sin perderme de vista. No pude ir a ningún sitio durante tres días seguidos. Eso demoró las cosas en mi deber y yo estaba muy nervioso. Sin saber qué hacer, oré a Dios para pedirle que me guiara, que me diera una salida. En la noche del tercer día, llamó mi padre y dijo que mi madre había desaparecido, así que por fin tuve la oportunidad de salir a buscarla con mi cuñado. Por el camino, me advirtió: “¡Tienes que renunciar a tu fe! Tu hermano llega mañana y ha dicho que te romperá las piernas si conservas tu religión, que pase lo que pase, ¡encontrará la forma de hacerte renunciar a ella!”. Esto me resultó muy angustioso de oír. Sabía que, si no escapaba de ellos en ese momento, no tendría otra ocasión. Sin embargo, cuando de hecho estaba a punto de irme, me costaba mucho superar esa barrera mental. Al mirar a mis seres queridos y esa zona residencial tan familiar pensando en esa vida cómoda y en ese empleo envidiable, sentía muchas punzadas en el corazón y sabía que iba a perder todo eso en un momento. Entonces me vino a la mente un himno de las palabras de Dios que cantábamos mucho en las reuniones: “Abraham ofreció a Isaac, ¿qué habéis ofrecido vosotros? Job lo ofreció todo, ¿qué habéis ofrecido vosotros? Muchas personas han dado su vida, han entregado sus cabezas y derramado su sangre con el fin de buscar el camino verdadero. ¿Habéis pagado ese precio?” (‘¿Qué han dedicado ustedes a Dios?’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Se sentía como si Dios estuviera allí mismo, cara a cara conmigo, haciéndome estas preguntas. Abraham no tuvo un hijo hasta los 100 años de edad, pese a lo cual fue capaz de ofrecérselo a Dios. Muchísimos apóstoles habían ofrecido su juventud y derramado su sangre por la obra del evangelio de Dios, pero ¿qué había ofrecido yo? Sufría por la reputación y el estatus, esas cosas sin valor, así que ¿cómo pude ser digno de que Dios me cuidara y sustentara todos esos años? Además, esa decisión que estaba tomando tenía sentido. Era por mi fe, para cumplir con el deber de un ser creado y con mi misión. Si no optaba por el deber, me arrepentiría toda la vida. Esta manera de pensar al respecto me dio la determinación necesaria. Cuando mi cuñado estaba subiendo, aproveché para escapar corriendo. Desde entonces cumplo con el deber en la iglesia a tiempo completo.

Desde esa fecha he sabido que había varios jefes y compañeros de departamento que daban y recibían sobornos en su búsqueda de estatus y riqueza, y que, cuando las cosas salieron a la luz, los metieron entre rejas. Me alegré de haber recibido la protección de Dios. Antes, cuando intentaba salir adelante, enviaba regalos como todos los demás y había aceptado sobornos de otras personas. Si hubiera permanecido en esa clase de ambiente, habría acabado como ellos. Y ahora, aunque no tengo todas esas prebendas ni la admiración y envidia de los demás, puedo cumplir con un deber en la casa de Dios, buscar la verdad y ser honesto. Me siento muy realizado y feliz. Este es realmente el modo de vida con más sentido y valor. Como dice un himno de las palabras de Dios: “Eres un ser creado, debes por supuesto adorar a Dios y buscar una vida con significado. Como eres un ser humano, ¡te debes gastar para Dios y soportar todo el sufrimiento! El pequeño sufrimiento que estás experimentando ahora, lo debes aceptar con alegría y con confianza y vivir una vida significativa como Job y Pedro. Vosotros sois personas que buscáis la senda correcta, los que buscáis mejorar. Sois personas que os levantáis en la nación del gran dragón rojo, aquellos a quienes Dios llama justos. ¿No es eso la vida con más sentido?” (‘La vida más significativa’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Dios Todopoderoso es el que me salvó y me permitió librarme de los estragos de Satanás y recibir la salvación de Dios.

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