La fama y la fortuna me han causado sufrimiento

7 Feb 2021

Por Tian Tian, China

Una primavera, otros médicos veteranos y yo nos fuimos a hacer una comida al aire libre. Por el camino, algunos aldeanos reconocieron a la doctora Wang. Parecían muy contentos y agradecidos. La saludaron con mucho afecto. Luego, cuando estábamos cocinando, nos dimos cuenta de que nos faltaban algunas cosas. Los aldeanos fueron muy amables. Cuando veían que necesitábamos algo, nos ofrecían sus propias cosas. En aquellos tiempos, algunas cosas básicas del día a día escaseaban y por eso eran bastante valiosas. Por ejemplo, no había mucha leche. Mucha gente tenía que hacer cola para conseguirla. Pero la gente de la central lechera nos la trajo directamente… Esto era gracias a la reputación de la doctora Wang. Vi a la doctora Wang entrecerrar los ojos y sonreír y no pude evitar sentir cierta envidia y pensar: “¡La gente tiene a la doctora Wang en muy alta estima! La respetan allá a donde va y no tiene que preocuparse de nada. Le basta con aparecer para que todo resulte fácil. Pero yo, en cambio, no soy más que una médica clínica a la que nadie conoce. No puedo hacer que me traten así. Solo puedo aferrarme a sus faldas”. Pero luego, desilusionada, miré el cabello cano de la doctora Wang y pensé: “¿Acaso no soy joven aún? Si estudio medicina como es debido y aprendo de los médicos más veteranos, tarde o temprano puedo ser famosa y respetada como ellos siempre y cuando esté dispuesta a trabajar duro”.

Más adelante, tras un mes de esfuerzos continuos, conseguí que me dejaran de guardia yo sola y tuve la oportunidad de practicar cirugía. Pero esto solo era el primer paso. Todavía tenía que trabajar más duro. Entonces, me dediqué a estudiar constantemente teorías médicas. Hice un examen de aptitud y fui a todo tipo de clases de apoyo fuera del trabajo. Si había alguna operación de urgencia, ya fuera en mi horario de trabajo o no, nunca dejaba pasar la oportunidad de practicar cirugía. A veces, mientras estaba operando, me entraba mucha hambre, pero no podía preocuparme de mi propio cuerpo porque, en cirugía, no hay lugar para el error. A veces, incluso tenía que trabajar 24 horas seguidas. Cuando salía del trabajo, no podía ni pensar y tenía el cuerpo agotado. Estaba desesperada por tomarme un descanso, pero entonces recordaba que mi padre siempre me decía: “Sin sacrificio, no hay beneficio”, y me contaba historias sobre trabajar duro para lograr los objetivos. Así que me animé a seguir adelante y me obligué a seguir trabajando duro. En cuanto llegaba a casa por la noche, hundía la cabeza en la almohada. Me estiraba e intentaba relajar mi exhausto y dolorido cuerpo. Al cerrar los ojos para intentar dormir, veía desfilar por mi mente los detalles de una operación. Tenía miedo de que mi precario estado mental me hiciera cometer un error durante una cirugía. Me acordaba de antiguos compañeros que habían cometido algún pequeño error en el trabajo y nunca más habían tenido derecho a operar. Si algo salía mal, nunca alcanzaría el éxito. Al momento me sentía estresada, cansada, asustada y preocupada. Mi mente y mi cuerpo estaban agotados. A veces pensaba en la cirugía electiva programada para el día siguiente y, aunque hubiera llegado a casa muy tarde, me tenía que poner a repasar y revisar repetidamente el conocimiento médico necesario para la operación del día siguiente y así no cometer ningún error. Estaba muy cansada, pero me apremiaba a mí misma para conseguir tener éxito algún día: “¡Trabaja duro! ¡Hay luz al final del túnel!”.

Finalmente, tras siete años de duro trabajo y empeño, me convertí en una médica colegiada. En ese momento, las palabras que más resonaban en mi cabeza eran: ¡Todo ha merecido la pena! Cuando subí de rango, también aumento el precio de mis consultas. Podía llevar a cabo todas las operaciones para las que hacía falta un nivel de médico colegiado y mi nombre figuraba en la lista de cirujanos jefe. Mi salario y mi estatus aumentaron mientras que mis colegas se quedaron atrás. Sentí una felicidad que es difícil describir con palabras, especialmente en las calles abarrotadas donde a veces alguien me reconocía. Yo no los conocía, pero ellos a mí sí. Incluso me felicitaban por ser una buena cirujana. La admiración con la que me miraban los pacientes y las cosas que me decían: “Vine a verte con anterioridad y mejoré muy pronto y por poco dinero, pero mi otro médico me tuvo en tratamiento durante mucho tiempo y no mejoré”. Y alguna gente me decía: “Tal persona me ha dicho que eres muy buena doctora. Me recomendó que viniera a tu consulta. Hoy en día es muy difícil conseguir una cita contigo”. Cuando oía este tipo de cosas, sonreía de oreja a oreja. Por dentro, me sentía muy feliz. La gente todavía recordaba estas cosas después de mucho tiempo y otros incluso venían a mí porque era muy conocida. De pronto sentí que había crecido mi reputación y conocí el sabor del éxito. Pero, tras el momento de felicidad, me acordaba de lo lejos que estaba de convertirme en una médica especialista. Yo solo podía hacer operaciones normales. Si fuera una médica especialista y pudiera hacer operaciones de alto nivel, los pacientes me admirarían todavía más y más gente querría venir a mi consulta. ¿No sería mi estatus aún más alto a sus ojos?

Después de esto, aceleré mi carrera hacia la fama y la fortuna. Mi marido se quejaba y discutíamos mucho porque decía que cada vez pasaba menos tiempo con él. Yo me sentía cansada y muy ofendida y no podía evitar preguntarme una y otra vez: “¿Para qué me he esforzado tanto? ¿No ha sido todo para conseguir éxito en mi carrera y una buena vida? ¿He hecho algo mal? No. Mi marido es el que no está siendo razonable. Él no tiene ambición”. Me enjugué las lágrimas y solicité que se me asignase a una unidad médica municipal para seguir estudiando y mejorar mis conocimientos médicos para llegar a ser una médica especialista. Era una oportunidad excepcional y la aprecié mucho. Pero, durante mi formación, me sorprendió descubrir que estaba embarazada. Encontrarme de pronto embarazada me hizo sentirme perdida y realmente no creía que fuera el momento adecuado para tener un hijo. Había sufrido mucho para conseguir esta oportunidad. No podía dejarlo todo por un bebé y arruinar mis expectativas. Pero luego pensé en el bebé. Yo no quería abortar. Más adelante, como pasaba mucho tiempo de pie operando y trabajaba demasiado y me saltaba comidas para realizar operaciones no programadas, acabé teniendo un aborto natural. Pero nunca cesé de perseguir fama y fortuna ni por un momento. El día después de que retiraran el feto, ya quería volver al trabajo al hospital, pero, ese día, mi cuerpo estaba muy debilitado. Sentía que mi cuerpo se estaba desmoronando. Me dolía el estómago y me temblaban brazos y piernas. Lo único que podía hacer era tumbarme en la cama y descansar. Pero no pensaba en el niño que había perdido o en cómo cuidar de mi propio cuerpo. Solo me preocupaba el retraso en mis estudios y que esto afectase a mi graduación. ¿Había sido todo para nada?

Tras otros siete años de trabajo agotador, por fin conseguí el puesto de médica especialista con el que había soñado. Los pacientes a los que atendía luego me saludaban al verme y decían a todos aquellos a su alrededor: “La doctora Tian me operó y me salvó”. Algunos venían de visita a casa y me traían todo tipo de especialidades locales. Algunos me traían regalos y vales de compra para expresar su gratitud. A veces, cuando estaba en un restaurante y me veían, pagaban mi cuenta sin que yo lo supiera. Aunque todo esto hacía a otros sentir envidia, mi felicidad siempre era solo temporal. Nadie conocía las penurias y el dolor que había detrás de toda esa felicidad. Durante una operación, no puedo cometer ni el más mínimo error, o las consecuencias serían impensables, y, para mí, era una preocupación constante cometer un error que fuese mi ruina. Era muy cautelosa, como si caminase por el filo de una navaja. Había soportado mucho estrés y mi mente no podía resistirlo. Mi salud se había visto resentida y había bajado hasta los 40 kilos de peso. Al trabajar en exceso durante largos periodos, mi salud se había deteriorado, de modo que me atormentaban el insomnio, el dolor de estómago y una vesícula biliar inflamada. No conseguía ni comer ni dormir. Pasaba las noches contando ovejitas y me tomaba hasta cuatro somníferos, pero nada funcionaba. Durante el día me sentía aturdida y no tenía energía. Las piernas me pesaban como el plomo. Era insoportable. Solo podía sonreír con amargura y pensar: “Cuento con estatus y la admiración de los demás, pero ahora no puedo ni dormir ni comer como una persona normal”. Hasta quería evitar el trabajo, evitarlo todo, y poder dormir profundamente, pero eso eran ahora castillos en el aire. Lo que lo hacía peor era que, cuando más necesitaba cuidados y atención, mi marido salía a beber y a pasárselo bien y yo tenía que vérmelas sola con mi tristeza. Esas noches silenciosas, me sentía miserable e impotente. Era difícil conciliar el sueño y a menudo soñaba que andaba a tientas en la oscuridad, incapaz de ver a dónde me dirigía o encontrar el camino a casa. Estaba asustada y lo pasé muy mal. Una vez, me desperté sobresaltada y pegué un grito. Mi frente estaba perlada de sudor. Encendí la luz y me senté en el borde de la cama y pensé en el respeto que me tenían mis pacientes y en los elogios de mi familia, pero eso no calmó mi dolor ni un ápice. Al recordar mi esfuerzo a lo largo de los años, no dejaba de preguntarme: “Llevo media vida trabajando duro para salir adelante y, al final, aparte de algunos breves instantes de gloria, lo único que me queda es un cuerpo enfermo, un marido traidor y un sufrimiento y dolor interminables. ¿Por qué esto es así? ¿Cómo debe vivir una persona para tener una vida plena y que valga la pena?”. De verdad quería liberarme del dolor. Fui a ver a una vidente, busqué respuestas en citas de gente famosa y me aventuré en la “energía positiva” que tanto sigue la gente. Recurrí a internet para buscar respuestas en el budismo, pero no ofrecía ninguna respuesta satisfactoria y no solucionó mis problemas. Justo cuando mis males se volvieron insoportablemente dolorosos, cuando perdí la esperanza en la vida y no encontraba una salida, la gracia salvadora de Dios Todopoderoso vino a mí.

Tras encontrar mi fe en Dios, encontré las respuestas en Sus palabras. Las palabras de Dios dicen así: “Las personas piensan que una vez que han obtenido la fama y la ganancia, pueden sacar provecho de ellas para disfrutar de un estatus alto y de una gran riqueza, y disfrutar de la vida. Piensan que la fama y ganancia son un tipo de capital que pueden usar para obtener una vida de búsqueda del placer y disfrute excesivo de la carne. En nombre de esta fama y ganancia que tanto codicia la humanidad, de buena gana, aunque sin saberlo, las personas entregan su cuerpo, su mente, todo lo que tienen, su futuro y su destino a Satanás. Lo hacen sin dudarlo ni un momento, ignorando siempre la necesidad de recuperar todo lo que han entregado. ¿Pueden las personas conservar algún control sobre sí mismas una vez que se han refugiado en Satanás de esta manera y se vuelven leales a él? Desde luego que no. Están total y completamente controladas por Satanás. Se han hundido de un modo completo y total en un cenagal y son incapaces de liberarse a sí mismas. Una vez que alguien está atascado en la fama y la ganancia, deja de buscar lo que es brillante, lo justo o esas cosas que son hermosas y buenas. Esto se debe a que el poder seductor que la fama y la ganancia tienen sobre las personas es demasiado grande; se convierten en cosas que las personas persiguen durante toda su vida, y hasta por toda la eternidad sin fin. ¿No es esto verdad?” (‘Dios mismo, el único VI’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios iluminaron mi corazón. Recordé aquella comida al aire libre con la doctora Wang en la que decidí en mi corazón que, mientras tuviera un estatus y un alto nivel de conocimiento médico, la gente me respetaría y yo recibiría un trato especial y tendría una vida cómoda. También había aceptado venenos satánicos como “Vaya donde vaya, uno siempre quiere dejar una buena impresión en los demás”, “Destacar entre los demás”, y “El hombre lucha hacia arriba; el agua fluye hacia abajo”, hasta tal punto que buscar fama y fortuna se había convertido en mi objetivo en la vida. Trabajaba duro constantemente para mejorar en mi carrera. Cuando me gané el respeto y los elogios de la gente a mi alrededor, tuve una verdadera sensación de éxito que me mantuvo en la senda incorrecta sin tan siquiera mirar atrás un momento. Pasé más de diez de los mejores años de mi vida persiguiendo la fama y la fortuna, y sacrifiqué mi familia y el hijo en mi vientre. Había destruido mi salud y todo lo que me quedaba era un cuerpo enfermo. Es una lástima que, solo después de sacrificar tanto, pensase: “¿Para qué me sirven la fama y la fortuna? Buscarlas me ha llevado a estar agotada y sufrir y, al alcanzarlas, sigo sufriendo lo indescriptible. Está claro que, después de todo, buscar la fama y la fortuna es un camino incorrecto”. Al fin entendí que la lucha por la fama y la fortuna es como una fuerza maligna que se enrolla alrededor de las personas como una cuerda y las asfixia. Era como un yugo que Satanás había puesto en mi cuerpo y que me hacía querer sufrir y sacrificarlo todo. Al final, Satanás me tenía justo donde me quería. Es tal y como dicen las palabras de Dios: “De modo que Satanás usa fama y ganancia para controlar los pensamientos del hombre hasta que todas las personas solo puedan pensar en ellas. Por la fama y la ganancia luchan, sufren dificultades, soportan humillación, y sacrifican todo lo que tienen, y harán cualquier juicio o decisión en nombre de la fama y la ganancia. De esta forma, Satanás ata a las personas con cadenas invisibles y no tienen la fuerza ni el valor de deshacerse de ellas. Sin saberlo, llevan estas cadenas y siempre avanzan con gran dificultad. En aras de esta fama y ganancia, la humanidad evita a Dios y le traiciona, y se vuelve más y más perversa. De esta forma, entonces, se destruye una generación tras otra en medio de la fama y la ganancia de Satanás” (‘Dios mismo, el único VI’ en “La Palabra manifestada en carne”). Vi lo verdaderamente odioso que es Satanás y di gracias a Dios desde lo más hondo de mi corazón. Justo cuando Satanás me tenía contra las cuerdas, Dios no se quedó quieto observando, sino que me ofreció Su mano salvadora, me consoló con Sus palabras, me dio ánimos y me ayudó a encontrar la fuente de mi dolor. Solo Dios ama tanto a las personas. Él se hizo carne para expresar la verdad para enseñarnos a diferenciar el bien del mal y lo positivo de lo negativo. Yo sabía que no podía continuar por el camino equivocado, pasando mi vida buscando fama y dinero. Debía adorar al Creador. Después de esto, dediqué más tiempo libre a leer las palabras de Dios y a compartir con mis hermanos y hermanas las cosas que no comprendía para que pudiéramos ayudarnos y apoyarnos los unos a los otros. Antes de darme cuenta, había comprendido algunas verdades y tenía un mejor entendimiento de algunas cosas. Mi mente estaba mucho más calmada. Poco a poco, mi insomnio mejoró, así como mis dolores de estómago y mi vesícula biliar. Esto nunca lo hubiera conseguido persiguiendo fama y dinero. Experimenté de veras la felicidad de la libertad espiritual.

Más adelante, vi que todos mis colegas se esforzaban para ser ascendidos y los que tenían menos aptitudes profesionales que yo, a algunos de los cuales yo misma los había formado, todos llegaron a ser profesores adjuntos. Me sentí un poco como si me hubiera perdido algo. Pensé que, si mi salud no se hubiera deteriorado y no me hubiera hecho retrasarme una década, dada mi pericia, podría haber llegado a ser al menos profesora adjunta. Pero al recordar cómo solía buscar el ascenso y que el resultado fueron un cuerpo enfermo, dolor y padecimientos, me di cuenta de que esto era un astuto plan de Satanás. Satanás se valía de mis deseos para seducirme y que volviera al torbellino de la fama y el dinero. Si volvía a perseguir la fama y la fortuna, podía acabar perdiendo incluso la vida. ¿De qué servía? Recordé algo que dijo el Señor Jesús: “Pues ¿qué provecho obtendrá un hombre si gana el mundo entero, pero pierde su alma? O ¿qué dará un hombre a cambio de su alma?” (Mateo 16:26). Y Dios Todopoderoso dice: “Como alguien que es normal y que busca el amor a Dios, la entrada al reino para convertirse en uno del pueblo de Dios es vuestro verdadero futuro, y es una vida que tiene el mayor valor y significado; nadie está más bendecido que vosotros. ¿Por qué digo esto? Porque los que no creen en Dios viven para la carne y viven para Satanás, pero hoy vivís para Dios y vivís para hacer la voluntad de Dios. Es por esto que digo que vuestras vidas son de gran importancia” (‘Conoce la nueva obra de Dios y sigue Sus huellas’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me ayudaron a comprender Su voluntad. Sin importar lo alta que sea la posición de una persona y su reputación, perseguir la fama y la fortuna es el camino incorrecto y es un camino que lleva a la muerte. Si sigues este camino, no puedes recibir ni la bendición ni la protección de Dios. Solo buscando la verdad y cumpliendo con tu deber, librándote de la corrupción al experimentar la obra de Dios y tratando de conocerlo, podrás tener una vida con significado y valor y finalmente recibir la bendición de Dios. Este es el único futuro real que una persona debería tener. Si seguía intentando satisfacer los intereses de la carne, no solo Dios no me habría bendecido, sino que de hecho me habría odiado. Estos son algunos ejemplos reales de gente que he conocido: La hija de mi jefe terminó la universidad y encontró un buen trabajo en el extranjero. Pero tras años de soportar una competencia feroz y vivir estresada, cayó en una depresión y se suicidó saltando desde un edificio. Y el hijo de una amiga, que llegó a gerente bastante joven y alcanzó el éxito, tuvo cirrosis en el hígado por salir y beber demasiado. Murió menos de seis meses después y el cabello de mi amiga se tornó gris de la noche a la mañana del dolor que le provocó. Recuerdo haber leído una vez estas palabras de Dios: “Las personas se dan cuenta de que el dinero no puede comprar la vida, que la fama no puede borrar la muerte, que ni el dinero ni la fama pueden alargar un solo minuto, un solo segundo, la vida de una persona” (‘Dios mismo, el único III’ en “La Palabra manifestada en carne”). La fama y el dinero no pueden liberar a las personas de su sufrimiento y no les salvarán la vida. Sólo pueden atraer a la gente al abismo de la muerte después de una breve felicidad. Una vez comprendí esto, nunca más me molestaría o afectaría la gente a mi alrededor. Me dispuse a dedicar mi tiempo limitado a buscar la verdad y el conocimiento de Dios, a vivir de acuerdo a los designios de Dios y a cumplir con mi deber en Su casa.

Un día, recibí una llamada del director de otro hospital. Me dijo: “Ahora que se ha retirado, estamos organizando un banquete para celebrarlo y para poder hablar de esa colaboración que le comentamos. Nos gustaría colgar su licencia de médico especialista en nuestro hospital para atraer a sus antiguos pacientes. También podría trabajar para nosotros o convertirse en accionista. Como prefiera”. Cuando oí esto, no pude evitar pensar: “He pasado la mayor parte de mi vida buscando fama y dinero y ¿qué he conseguido? ¿Voy a pasar toda mi vida enterrada en fama y dinero? No fue fácil deshacerme del dolor que es perseguir fama y fortuna. Ya no necesito contar ovejitas por la noche ni vivir todo el día preocupada y asustada. He probado la paz mental que me ha dado el creer en Dios y comprender la verdad. Es mejor que me aferre con fuerza a esta felicidad. Además, aunque solo tuviese que colgar mi licencia en ese hospital, si hubiera un problema, tendría que acudir igualmente, ¿y no interferiría eso con mis deberes?”. Recordé las palabras de Dios Todopoderoso: “En este momento, cada día que vivís es crucial y de vital importancia para vuestro destino y vuestra suerte, así que debéis valorar todo lo que poseéis ahora y apreciar cada minuto que pasa. Debéis dedicar tanto tiempo como podáis a obtener para vosotros mismos los mayores beneficios, de modo que no hayáis vivido vuestra vida en vano” (‘¿A quién eres leal?’ en “La Palabra manifestada en carne”). Era muy afortunada por tener la oportunidad excepcional de encontrar a Dios. Fue Él quien me hizo comprender el significado de la vida y me sacó del abismo del dolor. ¿Cómo podría volver alguna vez al abrazo de Satanás? La obra de Dios se acercaba a su fin y yo aún no había alcanzado la verdad. Debía apreciar cada día y perseguir la verdad en el tiempo limitado que tenía. ¡Eso es una vida bella! Habiendo comprendido la voluntad de Dios, rechacé la oferta del director. En cuanto colgué el teléfono, me sentí más libre que nunca antes. No pude evitar decir: “Debería haber dejado de buscar la fama y el dinero mucho tiempo antes”. Otros hospitales me propusieron trabajar juntos, y los rechacé a todos. Ahora, me dedico a cumplir con mi deber. Todos los días, me siento cómoda y satisfecha. Esto es algo que no me podría proporcionar ningún placer material ni la fama ni el estatus. ¡Doy gracias a Dios Todopoderoso por haberme salvado!

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