La decisión de una doctora

23 Oct 2022

Por Yang Qing, China

Cuando era joven, mi familia era muy pobre. Mi madre era paralítica, estaba encamada y tomaba medicación todo el año, y mi padre trabajó fuera de la aldea durante años. Los de la aldea nos despreciaban y mi hermano y mi hermana solían padecer el acoso de los malhechores de allí. Cuando tenía 7 años, un abusón de la aldea me persiguió y dio una paliza. Pasé tanto miedo que desarrollé una cardiopatía. Como carecíamos de dinero para el tratamiento, tuve secuelas. Por ello, desde ese momento decidí que, de mayor, llegaría a ser una excelente doctora, curaría a mi madre y a mí misma y ganaría mucho dinero para que mi familia pudiera vivir bien y ser respetable.

Tras graduarme en Medicina, me asignaron un trabajo en una clínica municipal. Como no me conformaba con trabajar en una clínica pequeña, me esmeré por mejorar mis competencias profesionales para que me trasladaran a un hospital de la ciudad. Para asegurarme de que fuera así, fui a un hospital grande a seguir estudiando y, además, hice prácticas. Después de volver a la clínica, a fin de conseguir un ascenso, trabajé muchísimo. Trabajaba casi todo el día y casi toda la noche, y estaba tan cansada todos los días que me dolía la espalda. Cuando regresaba a casa, no podía hacer nada más que desplomarme en la cama. Al final me trasladaron a trabajar a un hospital de especialidades de la ciudad. Tres años más tarde me ascendieron de nuevo, esta vez a médica. Como trabajaba concienzuda y responsablemente y mis competencias eran extraordinarias, era muy famosa en el hospital y mucha gente venía a verme. Poco a poco, gané más dinero y, por otro lado, financié el negocio de mi hermano. Mis suegros solían elogiarme delante de otras personas y también me quería mi esposo. Todo esto satisfacía enormemente mi vanidad, y creía tener una vida impresionante.

Sin embargo, todas estas cosas tenían un precio. Por la prolongada presión laboral y mi horario irregular de trabajo y descanso, empecé a tener insomnio. Empeoró progresivamente y no había ninguna medicación eficaz para tratarlo. Luego comencé a tener problemas estomacales y espondilosis lumbar y no tardé en tener también problemas cardíacos. En cuanto oía llorar a un niño, me daba dolor de cabeza, me palpitaba el corazón y me temblaban las manos. Los expertos del Hospital Provincial me diagnosticaron cardiopatía por fibrilación ventricular, lo que significaba que no podía soportar ni la más mínima excitación, y no había pruebas documentadas de curación alguna. Solo se podía controlar con una atención cardiovascular especial. Sus palabras fueron una sorpresa inesperada. No había esperanza. Pensaba en que era joven, pero tenía una enfermedad incurable. ¿De qué servían el dinero y la reputación? Esas cosas no me aliviaban nada el dolor. Después pensaba en que trataba las enfermedades de otros todos los días, pero no podía curar la mía propia. Me sentía especialmente atormentada y melancólica. Cuando no podía dormir por la noche, simplemente miraba hacia el techo y lloraba en silencio. Vivir así se sentía demasiado difícil y agotador. También me sentía especialmente desamparada. Sentía que mi vida estaba comenzando cuando empezó esta enfermedad y no sabía cómo viviría en un futuro. ¿De qué sirve continuar de esta manera?

Justo cuando estaba sufriendo desamparada, vino a mí la salvación del Señor Jesús. Desde que creí en el Señor, se me curaron milagrosamente la cardiopatía y el insomnio de años. Le estaba muy agradecida al Señor por tan inmensa gracia. Para retribuirle Su amor, iba a reuniones y predicaba el evangelio de manera activa. En julio de 2006 acepté la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días y recibí el regreso del Señor. Estaba emocionadísima. Al comer y beber de la palabra de Dios Todopoderoso, comprendí el misterio de las tres etapas de la obra de Dios, el objetivo de Su plan de gestión y también que Él realiza la obra del juicio en los últimos días para salvarnos del pecado y de la oscura influencia de Satanás, permitir que Dios nos salve y, finalmente, introducirnos en Su reino. En las palabras de Dios descubrí la esperanza de salvarme y entrar en el reino de los cielos, y la palabra de Dios Todopoderoso era como alimento para mi alma hambrienta. Un día leí este pasaje de las palabras de Dios Todopoderoso: “¿Eres consciente de la carga que llevas a cuestas, de tu comisión y tu responsabilidad? ¿Dónde está tu sentido de misión histórica? ¿Cómo servirás adecuadamente como señor en la próxima era? ¿Tienes un fuerte sentido del señorío? ¿Cómo describirías al señor de todas las cosas? ¿Es realmente el señor de todas las criaturas vivientes y todas las cosas físicas del mundo? ¿Qué planes tienes para el progreso de la siguiente fase de la obra? ¿Cuántas personas están esperando a que seas su pastor? ¿Es pesada tu tarea? Son pobres, lastimosos, ciegos, están confundidos, lamentándose en las tinieblas: ¿dónde está el camino? ¡Cómo anhelan que la luz, como una estrella fugaz, descienda repentinamente y disperse a las fuerzas de la oscuridad que han oprimido a los hombres durante tantos años! ¿Quién puede conocer el alcance total de la ansiedad con la que esperan, y cómo anhelan día y noche esto? Incluso cuando la luz les pase por delante, estas personas que sufren profundamente permanecen encarceladas en una mazmorra oscura, sin esperanza de liberación; ¿cuándo dejarán de llorar? Es terrible la desgracia de estos espíritus frágiles que nunca han tenido reposo y han estado mucho tiempo atrapados en este estado por ataduras despiadadas e historia congelada. Y ¿quién ha oído los sonidos de sus gemidos? ¿Quién ha contemplado su estado miserable? ¿Has pensado alguna vez cuán afligido e inquieto está el corazón de Dios? ¿Cómo puede soportar Él ver a la humanidad inocente, que creó con Sus propias manos, sufriendo tal tormento? Después de todo, los seres humanos son las víctimas que han sido envenenadas. Y, aunque el hombre ha sobrevivido hasta hoy, ¿quién habría sabido que el maligno envenenó a la humanidad hace mucho tiempo? ¿Has olvidado que eres una de las víctimas? ¿No estás dispuesto a esforzarte por salvar a estos sobrevivientes por tu amor a Dios? ¿No estás dispuesto a dedicar toda tu energía para retribuir a Dios, que ama a la humanidad como a Su propia carne y sangre?” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. ¿Cómo deberías ocuparte de tu misión futura?). La palabra de Dios me animó. Espera que nos levantemos a difundir Su evangelio a aquellos que aún están en tinieblas y anhelan desesperados Su aparición, de modo que puedan regresar a Su casa, aceptar Su salvación y dejar de sufrir los daños de Satanás. ¡Es realmente enorme el amor de Dios por la humanidad! Al recordar lo afortunada que fui de oír la voz del Señor y recibirlo, quise predicar el evangelio a los de mi primera iglesia y contarles que había regresado Dios. Así, predicaba el evangelio mientras hacía mi trabajo. En esa época, gracias a la gran obra del Espíritu Santo, los líderes y colaboradores y algunos creyentes de las cinco iglesias de mi denominación inicial aceptaron la nueva obra de Dios y formaron una nueva iglesia. Me eligieron diaconisa a cargo del trabajo de la iglesia. Contemplé las bendiciones y la guía de Dios y esto me emocionó mucho. Pensé: “Me esmeraré por hacer el trabajo de la iglesia para devolver a más gente a la casa de Dios”.

En marzo de 2007, un día me comentó el supervisor que querían formarme como líder de iglesia. Dudé un poco. Es bueno, pero ser líder de iglesia implica responsabilizarse del trabajo de la iglesia entera; es decir, quizá no tendría tiempo de ir a trabajar y no conservaría mi empleo. ¿Eso no supondría que todos mis años de esfuerzo serían en vano? Además, seguro que mi esposo me causaría problemas. Por ello, teniéndolo presente, no acepté ese deber en aquel momento. Luego me sentía especialmente culpable. Siempre me sentía en deuda con Dios. Le oré para pedirle que me guiara para conocerme a mí misma. Después de orar leí un pasaje de la palabra de Dios: “Si en estos momentos colocase dinero en frente de vosotros, y os diera la libertad de escoger, y si no os condenara por vuestra elección, la mayoría escogería el dinero y renunciaría a la verdad. Los mejores de entre vosotros renunciarían al dinero y de mala gana elegirían la verdad, mientras que aquellos que se encuentran en medio tomarían el dinero con una mano y la verdad con la otra. ¿No se haría evidente de esta manera vuestra verdadera naturaleza? Al elegir entre la verdad y cualquier cosa a la que sois leales, todos tomaríais esa decisión, y vuestra actitud seguiría siendo la misma. ¿No es así? ¿Acaso no hay muchos entre vosotros que han fluctuado entre lo correcto y lo incorrecto? En las competencias entre lo positivo y lo negativo, lo blanco y lo negro, seguramente sois conscientes de las elecciones que habéis hecho entre la familia y Dios, los hijos y Dios, la paz y la alteración, la riqueza y la pobreza, el estatus y lo ordinario, ser apoyados y ser rechazados, y así sucesivamente. […] Muchos años de dedicación y esfuerzo al parecer solo me han traído vuestro abandono y desesperación, pero Mis esperanzas hacia vosotros crecen con cada día que pasa, porque Mi día ha sido completamente expuesto ante todos. Sin embargo, continuáis buscando cosas oscuras y malvadas, y os negáis a dejarlas ir. Entonces, ¿cuál será vuestro resultado? ¿Habéis analizado detenidamente esto alguna vez? Si se os pidiera que eligierais de nuevo, ¿cuál sería, entonces, vuestra postura?” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. ¿A quién eres leal?). Al meditar las palabras de Dios me sentí sumamente avergonzada. Era como si Dios me juzgara cara a cara. Afirmaba querer satisfacer a Dios, pero cuando realmente tuve que decidir, con el fin de conservar mi envidiable empleo de doctora, rechacé mi deber. Vi que lo que más valoraba no era a Dios, sino el prestigio y el estatus. Seguía a Satanás, le era leal y me rebelaba contra Dios. Cuando lo pensé, me sentí especialmente culpable. En realidad quería elegir otra cosa, abandonar mi empleo y esforzarme por Dios. Sin embargo, también sabía que, si dejaba el trabajo, seguro que mi familia no lo aceptaría, y todavía no podía renunciar a él. Solo pude presentarme ante Dios a orar para pedirle que me dirigiera y guiara. Tras orar recordé aquel himno de las palabras de Dios, “La vida más significativa”. “Eres un ser creado, debes por supuesto adorar a Dios y buscar una vida con significado. Como eres un ser humano, ¡te debes gastar para Dios y soportar todo el sufrimiento! El pequeño sufrimiento que estás experimentando ahora, lo debes aceptar con alegría y con confianza y vivir una vida significativa como Job y Pedro. Vosotros sois personas que buscáis la senda correcta, los que buscáis mejorar. Sois personas que os levantáis en la nación del gran dragón rojo, aquellos a quienes Dios llama justos. ¿No es eso la vida con más sentido?” (Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos). Mientras cantaba este himno tenía una sensación de culpa en mi interior. Soy un ser creado, todo cuanto tengo proviene de Dios, he gozado de Su infinita gracia y he recibido de Él la provisión de muchísimas palabras de vida, pero no quería retribuirle Su amor. Por mi trabajo y mi futuro, en efecto, rechacé el deber. ¿Cómo podía afirmar que tenía conciencia? Me acordé de Job. Era conocido en Oriente y tenía una gran riqueza, pero no valoraba la reputación y la fortuna. Supo obedecer la instrumentación y las disposiciones de Dios incluso cuando lo perdió todo, mantenerse firme en el testimonio y humillar a Satanás. Y Pedro, al oír la llamada del Señor Jesús, lo dejó todo y lo siguió. Predicó y dio testimonio por todos lados del evangelio del Señor Jesús, aspiraba a amar y satisfacer a Dios y, finalmente, Dios lo perfeccionó. Reflexioné: “Es preciso que los imite, acepte el deber, renuncie a mis intereses y no piense en mis perspectivas de futuro”. Una vez que lo pensé, oré a Dios para pedirle confianza, fortaleza y que me abriera un camino. Luego, por el constante ruido de los pacientes del servicio de Hospitalización, me dio un ataque al corazón. Aproveché la ocasión para pedirle al hospital medio año de baja por enfermedad y empecé a cumplir con mi deber a tiempo completo.

Sin embargo, enseguida se pasó mi baja de medio año y el director del hospital me mandó volver al trabajo. En ese momento había bastante trabajo de evangelización en la iglesia, por lo que lo hablé con mi esposo y decidí regresar al trabajo al año siguiente, pero, dos meses más tarde, el hospital me instó reiteradamente a que volviera al trabajo; si no, no podían garantizarme el puesto. También mi esposo comenzó a instarme a que regresara al trabajo. A esas alturas estaba algo preocupada: “¿Qué hago? Si no voy a trabajar, me despedirán a fin de año. En tal caso, ¿no habrán sido en vano mis años de esfuerzos? Pero si voy a trabajar, mi tiempo para el deber será limitado. Si no puedo poner mi corazón y mi alma en ello, el trabajo de la iglesia se verá afectado”. Al pensarlo, no accedí a volver. Mi esposo ya no pudo convencerme, así que llamó a mi hermano y a su mujer para pedirles que me convencieran ellos. Dijo mi hermano: “Mantenla en casa. Que no salga. Si no puedes controlarla, pártele las piernas. Aunque esté paralítica, mientras esté en casa, podrá conservar su empleo. Si lo pierde, nosotros lo perdemos todo”. Me angustió oír eso. Pensé: “Por creer en Dios e ir por la senda correcta, así me tratan ustedes. Antes, cuando tenía éxito profesional, todos se alegraban de disfrutarlo y me recibían sonrientes. Ahora que ven que no pueden obtener nada de mi fe en Dios y mi cumplimiento del deber, se unen para pararme y dicen semejantes cosas despiadadas”. Cuanto más lo pensaba, más molesta me sentía. Sentí la indiferencia de los afectos humanos. No obstante, después pensé: “¿Qué haré si el hospital, efectivamente, me echa?”. Oré en silencio a Dios y recordé un pasaje de Su palabra. “Mis intenciones te han sido reveladas, y no puedes ignorarlas. En cambio, debes enfocar toda tu atención en ellas y dejar todo lo demás a un lado para seguir de todo corazón. Yo siempre te mantendré en Mis manos. No caigas siempre en la timidez y estés bajo el control de tu esposo o tu esposa; debes permitir que Mi voluntad se lleve a cabo” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Declaraciones de Cristo en el principio, Capítulo 9). La palabra de Dios me dio confianza y fortaleza. Dios es el Creador y soberano de todo. Que me despidieran o no del hospital dependía de las disposiciones soberanas de Dios. Creía que Dios me abriría un camino. No podía ser controlada por mi esposo. Sin importar cómo me persiguiera mi familia, quería mantenerme firme para satisfacer a Dios. Me acordé del amor y la abnegación de Dios, y estaba aún más motivada. Dios dice: “Dios siempre se está esforzando por la supervivencia de la humanidad; no obstante, el hombre nunca contribuye en nada en aras de la luz o la justicia. Aunque el hombre se esfuerza durante un tiempo, no puede resistir ni un solo golpe, pues el esfuerzo del hombre siempre es para su propio beneficio y no para el de otros. El hombre siempre es egoísta, mientras que Dios es siempre desinteresado” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Es muy importante comprender el carácter de Dios). La humanidad corrupta siempre es egoísta, pero Dios es abnegado. Sin importar cómo Dios obre, todo lo hace por el bien de la vida de la gente y para ayudarnos a comprender la verdad y a guiarnos hacia la senda correcta en la vida, de forma que podamos ser salvados por Él. Por mucho que haga Dios por la gente, jamás nos pide nada. Todo esto lo hace por nosotros en el anonimato. Entretanto, yo lo hacía todo para mí, en beneficio propio. Sabía que tenía la responsabilidad y la obligación de cumplir el deber y ocuparme bien del trabajo de la iglesia, pero temía que, si perdía mi empleo, perdería mi reputación, mi fortuna y la armonía de mi familia, por lo que rechacé el deber. Era egoísta, despreciable ¡y carente de humanidad! Además, con la persecución de mi familia, también adquirí cierta agudeza respecto a las emociones entre personas. Antes, mi familia me trataba bien porque tenía un buen empleo. Podía ayudarlos y darles buena imagen, por lo que me saludaban sonrientes. Ahora que predicaba el evangelio y afrontaba la pérdida de mi trabajo, no tenían nada que ganar, así que me perseguían y cohibían. ¿Cómo va a haber amor entre las personas? Solo hay negocio e intercambio. También se basa en intereses el amor de la familia. A mí solamente me obligaban a ir en pos del dinero, la reputación y el gozo carnal. Esto no era amor por mí. Era perjudicarme y arruinarme. Una vez que lo entendí, no quería servir más a Satanás. Simplemente quería cumplir bien con el deber y retribuirle a Dios Su amor.

De pronto, mi esposo me prohibió salir de casa. Hasta me amenazó: “Si no accedes a ir a trabajar, no te dejaré creer en Dios y no dejaré venir a casa a esos que creen en Él”. Añadió que no debía culparlo por ser duro si yo perdía mi empleo. Cuando dijo eso, pensé: “Si no accedo a sus exigencias, me encerrará en casa. No podré tener vida de iglesia ni cumplir con el deber”. Así pues, tuve que prometerle que volvería a trabajar en el hospital. Sin embargo, el director del hospital temía que el ruido de los pacientes me provocara otro ataque al corazón, por lo que me trasladaron a trabajar en el servicio de Consultas Externas del Hospital General. Incluso cuando no había trabajo tenía que quedarme en consulta, y así no podía cumplir con el deber. Todos los días estaba sola e inquieta en consulta. Pensaba en cuánto trabajo urgente tenía la iglesia mientras yo estaba atrapada ahí. Sabía que se demoraría el trabajo de la iglesia y que se resentiría la vida de mis hermanos y hermanas, y me sentía especialmente culpable. Afirmaba querer cumplir bien con el deber para satisfacer a Dios, pero en cuanto me persiguió y entorpeció mi esposo, cedí. ¿Cómo podía decir que era fiel y obediente a Dios? Cuanto más lo pensaba, más triste me sentía, hasta que no pude evitar que se me cayeran las lágrimas. En ese momento oré a Dios: “Dios mío, quiero cumplir mi deber y esforzarme por Ti, pero mi esposo y el ambiente me limitan. Te pido confianza y fortaleza”. Tras orar leí un pasaje de la palabra de Dios: “Cuando las personas tienen una comprensión auténtica del carácter de Dios, cuando puedan ver que el carácter de Dios es real, que es verdaderamente santo y verdaderamente justo, y cuando puedan alabar la santidad y la justicia de Dios en su corazón, conocerán de verdad a Dios, y habrán obtenido la verdad. Solo cuando la gente conoce a Dios vive en la luz. El efecto directo de conocer a Dios es poder amarlo de verdad y obedecerlo sinceramente. En la gente que comprende y obtiene la verdad se produce un cambio real en su visión del mundo y perspectiva de la vida, tras el cual tiene lugar una transformación real en su carácter de vida. Cuando la gente tiene los objetivos de vida correctos, puede buscar la verdad y comportarse según la verdad, cuando se someten absolutamente a Dios y viven según Sus palabras, cuando se sienten en paz e iluminados hasta las profundidades del alma, cuando su corazón está libre de oscuridad y cuando viven totalmente libres y sin ataduras en la presencia de Dios, solo entonces llevan una verdadera vida humana y sólo entonces se convierten en aquellos que poseen la verdad y la humanidad. Además, todas las verdades que has entendido y ganado proceden de las palabras de Dios y de Dios mismo. Tu vida tendrá un enorme significado solo cuando obtengas la aprobación de Dios Altísimo, del Señor de la creación, y Él diga que eres un ser creado apto que vive con semejanza humana. Tener la aprobación de Dios significa que has recibido la verdad y que eres alguien que posee la verdad y tiene humanidad” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Cómo conocer la naturaleza del hombre). Tras meditar la palabra de Dios comprendí que, en la vida, lo único que puede considerarse glorioso es buscar la verdad, conocer a Dios y recibir el visto bueno del Creador. Esta es la única vida real y aquello por lo que yo debía optar. Estudié desesperadamente Medicina aspirando a la reputación y la fortuna mundanas. Cuando prosperé, me valoraban jefes y compañeros, y tenía la estima de familiares y amigos, ¿pero de qué me servía tener esas cosas? Por mucha reputación o riqueza material que tuviera, eso no podía llenar el vacío de mi alma. Me dejó el cuerpo cansado y enfermo, mi vida seguía sin tener sentido y siendo desdichada, y yo no sentía paz ni gozo. Recordé que, tras aceptar la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días, al comer y beber de las palabras de Dios, tener vida de iglesia y cumplir con el deber, comencé, inconscientemente, a comprender la verdad. Supe cómo comportarme, cómo adorar a Dios y cómo despojarme de las actitudes corruptas y vivir con una humanidad normal. Todo esto me hizo sentir especialmente relajada y liberada. Entendí que las personas son seres creados y que solamente si viven en presencia de Dios y captan la verdad pueden tener paz y felicidad. Si no, sin importar cómo viva la gente, su vida siempre es un vacío y sufrimiento. Entendí entonces que Dios permitió la persecución que afrontaba por parte de mi familia. En este ambiente me vi obligada a presentarme ante Dios para ampararme en Él y buscar la verdad, con lo que aprecié claramente el dolor de vivir bajo el dominio de Satanás, y me hizo capaz de optar por seguir a Dios y por tomar la senda de búsqueda de la verdad. Cuando comprendí los buenos propósitos de Dios, se me iluminó el corazón. También me liberé de las limitaciones de la familia, dejé el hospital y cumplí con el deber a tiempo completo en la iglesia.

En diciembre de 2007, un día, cuando llegué del deber a mi casa, mi esposo estaba enojadísimo: “Llamó el hospital. Dijeron que, si no vas a trabajar, te echarán. Es preciso que vuelvas al trabajo ya. Si pierdes tu empleo, ¡perderás la pensión y todos los beneficios sociales!”. Me perturbaron un poco estas palabras. Pensé: “Es cierto. Desde niña soñaba con ser una buena doctora y hacerme un nombre. Después de tanto luchar, tengo reputación y fortuna. Si lo dejo ahora, no me quedará absolutamente nada”. Esa idea me hizo dudar qué hacer, así que oré en silencio a Dios: “Dios mío, creía haber renunciado al prestigio, la fortuna y el estatus, pero ahora que realmente tengo que renunciar a mi empleo, sigo un poco triste. Dios mío, te pido que me guíes para comprender la verdad y no dejarme gobernar por estas cosas”. Después de orar leí un pasaje de la palabra de Dios. “Satanás usa fama y ganancia para controlar los pensamientos del hombre hasta que todas las personas solo puedan pensar en ellas. Por la fama y la ganancia luchan, sufren dificultades, soportan humillación, y sacrifican todo lo que tienen, y harán cualquier juicio o decisión en nombre de la fama y la ganancia. De esta forma, Satanás ata a las personas con cadenas invisibles y no tienen la fuerza ni el valor de deshacerse de ellas. Sin saberlo, llevan estas cadenas y siempre avanzan con gran dificultad. En aras de esta fama y ganancia, la humanidad evita a Dios y le traiciona, y se vuelve más y más perversa. De esta forma, entonces, se destruye una generación tras otra en medio de la fama y la ganancia de Satanás. Consideremos ahora las acciones de Satanás, ¿no son sus siniestros motivos completamente detestables? Tal vez hoy no podáis calar todavía sus motivos siniestros, porque pensáis que uno no puede vivir sin fama y ganancia. Creéis que, si las personas dejan atrás la fama y la ganancia, ya no serán capaces de ver el camino que tienen por delante ni sus metas, que su futuro se volverá oscuro, tenue y sombrío. Sin embargo, poco a poco, todos reconoceréis un día que la fama y la ganancia son grilletes monstruosos que Satanás usa para atar al hombre. Cuando llegue ese día, te resistirás por completo al control de Satanás y a los grilletes que Satanás usa para atarte. Cuando llegue el momento en que desees deshacerte de todas las cosas que Satanás ha inculcado en ti, romperás definitivamente con Satanás y detestarás verdaderamente todo lo que él te ha traído. Sólo entonces la humanidad sentirá verdadero amor y anhelo por Dios” (La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. Dios mismo, el único VI). Hasta que no leí la palabra de Dios no me di cuenta de cuánto me había perjudicado Satanás. La reputación y la ganancia se habían convertido en mi vida, lo cual había llegado a ser un impedimento para que pudiera practicar la verdad. Desde mi infancia, mis padres me enseñaron a “destacar entre los demás” y “honrar a los antepasados”, y creía que tener una reputación y una ganancia significaba que tenía una vida con sentido y valor. Pensaba que la reputación, la ganancia y el estatus eran cosas positivas, el único objetivo que debía perseguir en la vida, por lo que, con determinación, fui en pos de la reputación, la ganancia, el dinero y el placer. Al final, no había hecho más que atormentarme con amargura hasta agotarme. El prestigio y el estatus no son sino trampas con las que Satanás corrompe y consume a la gente. Recordé el caso de mi compañero, que murió trágicamente en busca de reputación y fortuna. Era director del servicio de Consultas Externas, consagrado al esfuerzo profesional. Siempre llegaba tarde a casa. Quería quedarse a tratar a los pacientes para ganar más dinero. Al final consiguió reputación y dinero, pero una noche salió muy tarde de trabajar, caminaba, totalmente exhausto, por la carretera, lo atropelló un coche y murió. Otra compañera llegó a enfermera jefe siendo muy joven. Para los demás, su futuro parecía no tener límites, pero tenía demasiado trabajo. De camino a casa, continuaba hablando de trabajo con sus compañeras, cruzó distraída una vía del tren, y la mató uno de alta velocidad cuando solo era una veinteañera. Al pensar en las experiencias de mis compañeros, me puse a temblar de miedo. A estas personas también las estimaban y valoraban en el hospital, pero, sin el cuidado y la protección de Dios, ¿de qué sirven la reputación y la fortuna? El prestigio y el estatus son realmente métodos de Satanás para corromper y dañar a la gente. Son trampas de Satanás para tentar a la gente a que busque amargamente la reputación y la fortuna toda la vida, a fin de que termine alejada de Dios y de la salvación del Creador. Como padecía la esclavitud y las limitaciones del prestigio y el estatus, nunca era capaz de elegir correctamente entre mi empleo y mi deber. ¡Qué vergüenza! La obra de Dios para salvar a la gente en los últimos días es una oportunidad única en la vida, y yo ya había aceptado el camino verdadero por la gracia de Dios, pero no valoraba la oportunidad de cumplir con el deber para alcanzar la verdad. Si perdía la ocasión, ¿no me estaría echando a perder? ¿No sería una necedad?

Rememoré un pasaje de la palabra de Dios. “Como alguien que es normal y que busca el amor a Dios, la entrada al reino para convertirse en uno del pueblo de Dios es vuestro verdadero futuro, y es una vida que tiene el mayor valor y significado; nadie está más bendecido que vosotros. ¿Por qué digo esto? Porque los que no creen en Dios viven para la carne y viven para Satanás, pero hoy vivís para Dios y vivís para hacer la voluntad de Dios. Es por esto que digo que vuestras vidas son de gran importancia” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Conoce la nueva obra de Dios y sigue Sus huellas). La palabra de Dios me dio una senda de práctica. Hoy día, aspirar a cumplir con el deber de un ser creado en la iglesia es la senda correcta que hay que elegir en la vida, y esta es la vida con mayor sentido. Antes, Satanás me había corrompido y engañado, y vivía según las filosofías satánicas. Me afanaba incondicionalmente por la reputación y la fortuna y sufría el engaño y los daños de Satanás. La palabra de Dios me enseñó las consecuencias y la esencia del afán por la reputación, la fortuna y el estatus y me hizo entender que este es el método de Satanás para corromper y consumir a la gente. La obra de Dios de los últimos días ya se acerca a su fin, el plan de gestión de Dios está a punto de concluir y el gran desastre ya ha comenzado. Solo podemos sobrevivir a este desastre buscando la verdad. Si no buscaba la verdad y empleaba este breve y valioso tiempo en afanarme por la reputación y la fortuna, al final nunca alcanzaría la verdad y la vida otorgadas por Dios ni Él me salvaría. Entonces habría sido en vano mi fe en Dios y lo lamentaría el resto de mi vida. Como manifestó el Señor Jesús, “Pues ¿qué provecho obtendrá un hombre si gana el mundo entero, pero pierde su alma? O ¿qué dará un hombre a cambio de su alma?” (Mateo 16:26). Supe que tenía que valorar esta oportunidad única en la vida. Ya no podía andar con prisas en beneficio de mi carne. En este período decisivo de la obra de Dios para salvar a la gente, tenía que aprovechar el momento para buscar la verdad y cumplir mi deber de ser creado. Es la manera de vivir con más valor y sentido. Teniéndolo presente, decidí dejar mi empleo y empezar a cumplir con el deber a tiempo completo. Cuando le conté mi decisión a mi esposo, señaló con impotencia: “En estos años he tratado por todos los medios de hacer que fueras a trabajar y conservaras este empleo. Simplemente quiero que ganes más dinero para que podamos vivir bien, pero tan solo llevas a tu Dios en tu corazón. Ya no te puedo controlar. Tu futuro es cosa tuya”. Después fui al hospital para los trámites de renuncia. El director del hospital intentó impedírmelo reiteradamente diciendo: “El de médico es un trabajo seguro y el hospital nunca cierra. Ahora cuesta mucho conseguir trabajo en un hospital. Además, aquí eres una empleada clave y tienes un brillante futuro. Enseguida van a subir los sueldos y habrá nuevos beneficios sociales de todo tipo. ¡Piénsalo detenidamente!”. Yo sabía que era una tentación de Satanás, que Satanás quería utilizarlo a él para inducirme a que me alejara de Dios y lo traicionara. No iba a caer en sus trampas. Por ello, expresé mi postura ante el jefe del hospital, y lo único que pudo hacer fue tramitarme la renuncia. Una vez que renuncié al trabajo y me metí de nuevo en el deber, tuve una honda sensación de alivio. El trabajo ya no me ataba y controlaba, y tenía más tiempo de comer y beber de la palabra de Dios y de cumplir con el deber. La guía de las palabras de Dios me liberó de la esclavitud y las limitaciones de la reputación y el estatus y me proporcionó el rumbo correcto en la vida.

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