Cumplir un deber exige buscar la verdad

13 May 2022

Por Song Yu, Países Bajos

Hace unos años comencé a trabajar activamente en la difusión del evangelio. Sabía que Dios me estaba exaltando al permitirme cumplir con este deber. Di gracias a Dios de todo corazón por semejante oportunidad y decidí ampararme en Él para cumplir bien con este deber. Así, dedicaba cada día mucho tiempo a leer las palabras de Dios para dotarme de la verdad y a procurar captar los principios. Si no entendía algo, preguntaba a alguna persona. Pronto pude cumplir con el deber en solitario. En esa época estaba motivadísima en el deber y los resultados no paraban de mejorar. Tiempo después me eligieron líder del equipo. Muy contenta, pensé: “He de pagar un precio mayor, redoblar esfuerzos y afanarme por difundir a más gente la obra de Dios en los últimos días. Solo de esta manera demostraré que soy responsable y eficaz en el deber y que busco la verdad. De ese modo, seguro que mis hermanos y hermanas me dan su visto bueno y me admiran”.

Los meses siguientes estaba ocupada en el deber casi desde que me despertaba. A veces estaba tan ocupada que hasta se me olvidaba comer. Además, normalmente también postergaba mis devociones y la lectura de la palabra de Dios. Sentía que las devociones y la lectura de la palabra de Dios me llevaban un tiempo que necesitaba en el deber y que eso afectaba a la eficacia de aquel. En las reuniones, mientras escuchaba a los hermanos y hermanas leer las palabras de Dios y compartir experiencias, solamente estaba pensando en mi deber. No podía serenar el corazón y centrarme en meditar la palabra de Dios, y ni mucho menos escuchar las experiencias y el entendimiento de otros. No reconocía las actitudes corruptas que revelaba. Me volví cada vez más arrogante y no trabajaba bien con los demás en el deber. Cuando la hermana que tenía por compañera no hacía bien su trabajo, la despreciaba. A mi parecer, llevaba dos años difundiendo el evangelio, pero no era tan buena como yo, una novicia. Si yo practicaba más tiempo, sin duda sería mejor que ella. En ocasiones, cuando creía tener razón, quería seguir mis propias ideas, por lo que no quería informarle ni hablarle a ella de las cosas. Cuando ella quería conocer el progreso de mi trabajo, tampoco tenía ganas de contárselo por miedo a que, cuando los líderes vinieran a preguntar por ello, ella fuera la que les contara los pormenores al respecto y me robara el protagonismo. Asimismo, siempre decía delante de los líderes que la hermana que tenía por compañera era irresponsable en el deber. Cuando se enteraron los líderes de mi estado, me enseñaron la verdad de la cooperación en armonía: que no debatir las cosas con mi compañera, despreciarla y fijarme en sus defectos era una manifestación de arrogancia. Sin embargo, no me conocía en absoluto. Como seguía creyendo que no podíamos trabajar bien juntas porque ella era una irresponsable, la despreciaba. Los líderes veían que no aprendía ninguna lección de las cosas que me pasaban, con lo que trataron conmigo por ser demasiado arrogante e irracional y señalaron que, de continuar así, eso afectaría a mi deber. Me pidieron que hiciera introspección. Ofendidísima, pensé: “Trasnocho todos los días por cumplir con el deber y soy eficaz en él. ¿Qué importa si revelo cierto carácter corrupto? ¿Por qué tratan así conmigo cuando soy tan eficaz en el deber?”. Desdichada, me presenté ante Dios a orar para pedirle que me guiara hasta comprender Su voluntad.

Un día, en mis devociones, leí la palabra de Dios: “¿Cómo se debe evaluar si una persona busca la verdad? Lo primero en lo que hay que fijarse es en lo que expone y manifiesta en el cumplimiento de su deber y en sus acciones. A partir de esto, puedes ver el carácter de la persona. A partir de su carácter, se puede ver si ha logrado algún cambio o ha ganado alguna entrada en la vida. Si alguien no expone más que actitudes corruptas cuando actúa y no posee ninguna de las realidades de la verdad, sin duda no es alguien que busque la verdad. ¿Los que no la buscan tienen entrada en la vida? No, en absoluto. Las cosas que hacen cada día, cuando corren de un lado a otro, sus esfuerzos, sufrimientos, el precio que pagan, da igual lo que hagan, todo es para el servicio, y son hacedores de servicio. Independientemente del número de años que una persona haya creído en Dios, lo que más importa es si ama la verdad. Lo que una persona ama y busca se puede ver en lo que más le gusta hacer. Si la mayoría de las cosas que una persona hace se ajustan a los principios de la verdad y a las exigencias de Dios, entonces se trata de una persona que ama y busca la verdad. Si pueden practicar la verdad, y las cosas que hacen cada día son para cumplir con su deber, entonces tienen entrada en la vida, y poseen la realidad de la verdad. Sus acciones pueden ser inapropiadas en ciertos asuntos, o pueden no comprender los principios de la verdad con exactitud, o pueden tener prejuicios, o a veces pueden ser arrogantes y santurrones, insistir en sus propios puntos de vista y no aceptar la verdad, pero si después son capaces de arrepentirse y practicarla, esto demuestra sin duda que tienen entrada en la vida y buscan la verdad. Si lo que alguien muestra en el cumplimiento de su deber no es más que actitudes corruptas, una boca llena de mentiras, una actitud prepotente, capricho, una arrogancia abrumadora, que es una ley para sí mismo y que hace lo que le da la gana, si por muchos años que haya creído en Dios o muchos sermones que haya oído, al final no se produce el más mínimo cambio en estas actitudes corruptas, entonces ciertamente no se trata de alguien que busque la verdad. Hay muchas personas que han creído en Dios durante muchos años, que no son exteriormente malvados, y que hacen algunas buenas acciones. Creen en Dios con bastante pasión, pero su carácter vital no cambia en absoluto, y no tienen ni siquiera una pequeña experiencia o testimonio que compartir. ¿Acaso no son lamentables estas personas? Después de tantos años de creer en Dios, carecen de la más mínima experiencia y testimonio. Esto es ser estrictamente un hacedor de servicio. ¡Son verdaderamente lamentables!” (‘Solo en la búsqueda de la verdad hay entrada en la vida’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). La palabra de Dios me dejó claro que quienes no buscan la verdad no entran en la vida. No revelan sino un carácter corrupto todos los días. Aunque sean capaces de esforzarse en el trabajo, sufrir y pagar un precio, simplemente están prestando servicio. Esa gente no se transformará por más años que crea. Está prestando servicio. Al descubrir que Dios dice que quienes no buscan la verdad solamente prestan servicio, me sentí muy triste. No pude contener el llanto. Me parecía que yo era esta clase de persona que Dios revelaba. Podía sufrir y pagar un precio en el deber cada día, pero no buscaba la verdad ni me centraba en transformar mis actitudes. Me parecía una pérdida de tiempo leer la palabra de Dios y orarle regularmente. En las reuniones con los hermanos y hermanas, no podía serenar el corazón y meditar la palabra de Dios, y ni mucho menos centrarme en escuchar la experiencia y el entendimiento de ella por parte de los demás. Cuando revelaba un carácter arrogante en el deber, no me presentaba ante Dios a buscar la verdad y corregirlo. Por el contrario, me fijaba en mi compañera, me valía de sus defectos y no me comprendía para nada a mí misma. Cuando los líderes me señalaron mis problemas, discutí y me defendí. Llegué a creer que, como cumplía eficazmente con el deber, aunque revelara un carácter corrupto, los líderes no debían tratar conmigo. Al observar mis actos y conductas, no encontraba ninguna manifestación de búsqueda de la verdad. Cuando me pasaban cosas, no las admitía de parte de Dios ni aprendía ninguna lección de ellas y no buscaba la verdad para corregir mis actitudes corruptas. Vivía exclusivamente con unas actitudes corruptas. Aunque en esos momentos fuera eficaz en el deber, a ojos de Dios solamente me esforzaba y prestaba servicio. Antes pensaba que, mientras pagara un alto precio y fuera eficaz en el deber, estaría buscando la verdad y Dios me daría Su visto bueno. No me daba cuenta de que era una mera ilusión. Dios juzga si alguien busca o no la verdad, no por su sufrimiento y esfuerzo aparentes, sino en función de si practica la palabra de Dios y actúa con principios, o no. Si seguía sin corregir mi carácter corrupto y entendiéndome con la gente de acuerdo con mi carácter arrogante, y solo cumplía con el deber por la reputación y el estatus, seguro que Dios no daría Su visto bueno ni a mis actos ni a mi conducta. Cuando lo reconocí, comí y bebí de aquellos fragmentos de la palabra de Dios acerca de cómo corregir un carácter arrogante, cómo cooperar en armonía y cómo librarse de las ataduras de la reputación y el estatus. Con la revelación de la palabra de Dios, por fin vi que mi carácter era, en efecto, sumamente arrogante. Siempre comparaba mis puntos fuertes con los débiles de mi compañera. Siempre me creía mejor que ella y la despreciaba. Mi afición a hablar de sus defectos delante de los líderes y a ningunearla eran formas que tenía de competir con ella por la reputación y el estatus. Una vez que me percaté, me abrí activamente a mi compañera para hablar de mi corrupción. Poco a poco, mi compañera y yo pudimos trabajar juntas en armonía y, asimismo, el trabajo progresó con más facilidad. También me di cuenta de que era tan eficaz en el trabajo gracias a la guía de Dios. No debía atribuirme este mérito para satisfacer mis ambiciones de reputación y estatus. Tenía que dar toda esta gloria a Dios. Tras esta experiencia estaba muy agradecida a Dios. Sin el juicio y la revelación de la palabra de Dios, y si no me hubieran podado y tratado, no habría hecho la menor introspección ni habría comprendido las graves consecuencias de trabajar únicamente por la reputación y el estatus, y no centrarme en la entrada en la vida. De haber continuado así, mi carácter se habría vuelto cada vez más arrogante. Al comprobar todo esto, empecé a centrarme concienzudamente en la entrada en la vida: escribía aquello que demostraba y pensaba en el deber, y buscaba a fin de comer y beber de las palabras pertinentes de Dios. Después de un tiempo practicando de este modo, notaba una relación más cercana con Dios, era capaz de lograr cosas de provecho en el deber y me sentía muy realizada.

Posteriormente me eligieron líder. Sabía que tenía muchos defectos, una comprensión superficial de la verdad y ninguna de sus realidades, por lo que temía no saber enseñarla para resolver los problemas, lo que podría demorar la entrada en la vida de los hermanos y hermanas, Así pues, a menudo presentaba mis problemas y dificultades a Dios en oración, buscaba la verdad, trataba de conocer mi corrupción y buscaba en la palabra de Dios los principios para lidiar con los problemas. En esa época sentí que aprendí mucho en el deber. Más adelante, descubrí que habían podado y tratado con severidad con algunos líderes y obreros por irresponsables e ineficaces en el deber; que habían destituido, uno detrás de otro, a colaboradores y compañeros míos por no hacer un trabajo práctico, y que a todos les indicaron el motivo cuando los destituyeron. Me preocupaba especialmente que un día, si no hacía bien mi trabajo, me destituyeran y revelaran mis hermanos y hermanas y que todos supieran exactamente qué clase de persona era yo. ¡Menuda vergüenza! ¿Cómo miraría a la cara a mis hermanos y hermanas en un futuro? No quería que me avergonzaran revelándome y destituyéndome. Inconscientemente, empecé a cambiar de actitud y percibía que, como líder, los ojos de los hermanos y hermanas están siempre sobre ti, y también tus compañeros te están observando. Solo si eres eficaz en el deber puedes durar como líder y ganarte el respaldo y el visto bueno de todos. Si eres ineficaz, es una simple cuestión de tiempo que te revelen y descarten. Por tanto, me esforcé más por cumplir con el deber. Cada día, nada más despertar por la mañana, hablaba con mis hermanos y hermanas de su trabajo. Seguía el progreso grupal, investigaba los problemas o anomalías de cada área de trabajo, detectaba dónde faltaban avances, buscaba el modo de resolver los problemas, etc. Paulatinamente, me esforcé por leer la palabra de Dios, por acercarme a Él, por anotar mis devociones, por hacer introspección y por conocer a diario mi carácter corrupto y arrinconarlo en mi mente. A veces me daba cuenta de que revelaba actitudes corruptas y de que tenía que presentarme ante Dios, comer y beber de Su palabra y hacer introspección, pero pensaba que llevaba tiempo leerla, reflexionar y meditar, por lo que, para consolarme, me decía: “Las actitudes corruptas están hondamente arraigadas y no se corrigen en pocos días. Es un largo proceso. Por ahora no se verá afectado mi deber si dejo sin corregir la corrupción que revelo. En este momento, lo principal es cumplir eficaz y eficientemente con el deber. Leeré la palabra de Dios para corregir el problema cuando tenga tiempo. No tengo prisa en corregir inmediatamente mi carácter corrupto”. Así me mantenía ocupada con el trabajo cada día. Transcurrido un tiempo, la casa de Dios exigió que los líderes y obreros practicaran la escritura de artículos de testimonios de vida, pero yo no me lo tomé en serio. No me parecía importante. Hacía bien y eficazmente mi trabajo, lo que era un testimonio en sí mismo. Además, estaba ocupada en el deber y no tenía energía para escribir artículos. A ratos me percataba de que mi estado era incorrecto, de que no debía estar constantemente ocupada trabajando y dejar que se estancaran mi búsqueda de la verdad y mi entrada en la vida. Si había trabajado tanto, pero no había alcanzado ninguna verdad ni avanzado en la entrada en la vida, ¿no suponía eso un perjuicio? Consciente de este problema, tuve un arranque de energía. Durante un tiempo, mantuve una práctica devocional normal, y comía y bebía de la palabra de Dios para corregir la corrupción que revelaba. Sin embargo, tras un tiempo a ese ritmo, cuando destituyeron a dos compañeros míos por no hacer un trabajo práctico y anhelar la comodidad carnal, de pronto volví a tener el corazón en vilo. Enseguida me puse a dar el 120 % en el trabajo para ver si había anomalías u omisiones en mi deber, y empecé a trabajar sin cesar. De esa manera, cuando los líderes superiores preguntaran por tareas diversas, podría responder rápidamente y comprobarían que hacía un trabajo práctico.

Como siempre estaba tan ocupada trabajando y no me centraba en examinar y corregir mis actitudes corruptas, cada vez era más arrogante, no buscaba la verdad cuando sucedían cosas y lo hacía todo según mis propias ideas. Un supervisor de los trabajos de video del que yo era responsable solía aplazar las cosas en el deber y hacía lo que le daba la gana en el grupo, por lo que mis superiores me pidieron su destitución. No obstante, para mí tenía dones y aptitud, y relevarlo afectaría al progreso y los resultados de los trabajos de video, así que no lo destituí durante mucho tiempo. En consecuencia, hubo que modificar reiteradamente el video que produjeron, lo que demoró el trabajo de la casa de Dios. Al final lo destituyeron directamente mis superiores. Al ver que mi arrogancia y obstinación habían afectado directamente al trabajo de la casa de Dios, por fin tomé un poco de conciencia. ¿Cómo pude haber sido tan arrogante y empeñarme en hacer lo que quería en un asunto tan importante? ¿Por qué no supe orar a Dios y buscar los principios? Reflexioné sobre mi estado en aquella época. Estaba tan ocupada trabajando todos los días que no me acercaba a Dios en absoluto. Era poco entusiasta y negligente para leer la palabra de Dios. Revelaba corrupción, pero no buscaba la verdad ni la corregía enseguida, y a la hora de lidiar con los problemas, no oraba para nada a Dios y solo me fiaba de mi juicio subjetivo para resolver las cosas.

En vista de que de nuevo estaba viviendo en un estado de trabajar y no buscar la verdad, estaba angustiadísima, pero no sabía cómo arreglarlo. Un día leí en la palabra de Dios: “La mayor sabiduría es recurrir a Dios y depender de Él en todas las cosas” (‘Los creyentes deben empezar por comprender las tendencias malvadas del mundo’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Es cierto. Podía orar a Dios, ampararme en Él y pedirle que me guiara para conocerme a mí misma. Por consiguiente, solía presentar mis dificultades a Dios en oración. También reflexionaba y meditaba constantemente sobre por qué aún no se había resuelto este problema. En una ocasión, durante mis devociones, leí esto en la palabra de Dios: “En el contexto de la obra hoy, las personas seguirán haciendo las mismas cosas representadas por las palabras ‘el templo es más grande que Dios’. Por ejemplo, los seres humanos consideran que cumplir con su deber es su trabajo; que dar testimonio de Dios y luchar contra el gran dragón rojo son movimientos políticos en defensa de los derechos humanos, por la democracia y la libertad; voltean su deber para aplicar sus aptitudes a una profesión, pero tratan el temer a Dios y apartarse del mal como una mera porción de doctrina religiosa que deben cumplir y así sucesivamente. ¿No son estos comportamientos básicamente lo mismo que ‘el templo es más grande que Dios’? La diferencia es que, hace dos mil años, las personas llevaban a cabo sus negocios personales en el templo físico, pero actualmente los realizan en templos intangibles. Los que valoran las normas las consideran más grandes que Dios; quienes aman el estatus lo ven como algo más grande que Dios; los que aman su profesión la consideran más grande que Dios, etc.; todas sus expresiones me llevan a afirmar: ‘Las personas alaban a Dios y lo ven como lo más grande, de la boca para afuera, pero ante sus ojos todo es más grande que Él’. Esto se debe a que tan pronto como las personas encuentran una oportunidad a lo largo de su camino de seguir a Dios para exhibir sus propios talentos o para llevar a cabo sus propios asuntos o su profesión, se distancian de Él y se echan en brazos de su amada profesión. En cuanto a lo que Dios les ha confiado y Su voluntad, hace tiempo ya que lo han descartado” (‘La obra de Dios, el carácter de Dios y Dios mismo III’ en “La Palabra manifestada en carne”). En la palabra de Dios entendí que estaba constantemente ocupada trabajando principalmente porque buscaba reputación y estatus. Cuando destituían a líderes y colaboradores por no saber hacer un trabajo práctico, pensaba que, si yo hacía más trabajo práctico, no me destituirían, podría conservar el puesto de líder, no me revelaría y analizaría nadie, y no me humillarían. Al considerar mi reputación y estatus más importantes que la búsqueda de la verdad, estaba deseosa de cumplir más con el deber y trabajar más. Creía que, mientras los hermanos y hermanas vieran que hacía seguimiento del trabajo, resolvía problemas y era una buena líder capaz de hacer un trabajo práctico, seguro que todos me respaldarían y darían su visto bueno, y podría tener hueco en la iglesia. Conforme me desenfrenaba en pos de la reputación y el estatus, arrinconaba en mi mente las exigencias de Dios. Dios exige a la gente que busque la verdad y la entrada en la vida, pero yo no me lo tomaba nada en serio. Me aferraba a lo que creía correcto y pensaba equivocadamente cosas como que “las actitudes corruptas están hondamente arraigadas, no corre prisa corregirlas”, “esta poquita corrupción no afectará a mi deber, los resultados son lo que más importa” y “estoy demasiada ocupada ahora con el deber, no tengo tiempo; cuando lo tenga, comeré y beberé de la palabra de Dios y buscaré la verdad”. Utilizaba estas palabras como justificación y excusa para no centrarme en buscar la entrada en la vida y como pretexto para trabajar en pos de la reputación y el estatus. Iba en pos de mi empeño con la excusa de cumplir con el deber y me pasaba todo el día pensando en trabajar más y producir más resultados. Con este método, quería proteger mi estatus y mis intereses y satisfacer mis ambiciones y deseos. ¡Qué despreciable y vergonzosa!

Luego leí más pasajes de la palabra de Dios con los que comprendí algo mi búsqueda equivocada. Dios dice: “Después de haber experimentado la obra del Espíritu Santo durante tantos años, los cambios en Pablo fueron casi inexistentes. Él siguió prácticamente en su estado natural y continuó siendo el Pablo de antes. Simplemente ocurrió que después de haber soportado las dificultades de muchos años de obra, había aprendido cómo ‘obrar’ y a resistir, pero su vieja naturaleza —su naturaleza altamente competitiva y mercenaria— siguió siendo la misma. Después de haber obrado durante tantos años, no conocía su carácter corrupto ni se había librado de su viejo carácter, algo que seguía siendo claramente visible en su obra. En él sólo había más experiencia de obrar, pero esa poca experiencia fue incapaz de cambiarlo por sí sola y no pudo alterar sus opiniones sobre la existencia o la importancia de su búsqueda. […] Si una persona puede o no ser salvada no depende de cuánta obra realice ni de cuánto se entregue, en cambio, eso lo determina si conoce o no la obra del Espíritu Santo, si puede poner en práctica la verdad o no y si sus opiniones respecto a la búsqueda están en conformidad con la verdad” (‘El éxito o el fracaso dependen de la senda que el hombre camine’ en “La Palabra manifestada en carne”). “Si has realizado mucha obra y otras personas adquirieron tus enseñanzas, pero tú mismo no has cambiado, ni has dado testimonio alguno ni has tenido una experiencia verdadera, de tal forma que al final de tu vida nada de lo que hayas hecho da testimonio, entonces, ¿eres tú alguien que ha cambiado? ¿Eres alguien que busca la verdad? En ese momento, el Espíritu Santo te usó, pero cuando lo hizo, utilizó la parte de ti que podía ser utilizada para obrar y no usó la parte de ti que no podía ser utilizada. Si buscaras cambiar, entonces serías perfeccionado gradualmente durante el proceso de ser usado. No obstante, el Espíritu Santo no asume la responsabilidad respecto a si al final serás ganado o no; esto depende de tu forma de buscar. Si no hay cambios en tu carácter personal, se debe a que tu punto de vista sobre la búsqueda es erróneo. Si no se te ha otorgado una recompensa, eso es problema tuyo; se debe a que tú mismo no has puesto en práctica la verdad y a que eres incapaz de cumplir el deseo de Dios. Nada es, pues, más importante que tus experiencias personales, ¡y nada es más crítico que tu entrada personal! Algunas personas acabarán diciendo: ‘He realizado mucha obra para Ti y, aunque tal vez no haya conseguido ningún logro celebrado, de todos modos he sido diligente en mis esfuerzos. ¿No puedes sencillamente dejarme entrar al cielo para comer el fruto de la vida?’. Debes saber qué tipo de personas deseo; los impuros no tienen permitido entrar en el reino, ni mancillar el suelo santo. Aunque puedes haber realizado muchas obras y obrado durante muchos años, si al final sigues siendo deplorablemente inmundo, entonces ¡será intolerable para la ley del Cielo que desees entrar en Mi reino! Desde la fundación del mundo hasta hoy, nunca he ofrecido acceso fácil a Mi reino a cualquiera que se gana mi favor. Esta es una norma celestial ¡y nadie puede quebrantarla! Debes buscar la vida. Hoy, las personas que serán perfeccionadas son del mismo tipo que Pedro; son las que buscan cambios en su carácter y están dispuestas a dar testimonio de Dios y a cumplir con su deber como criaturas de Dios. Solo las personas así serán perfeccionadas. Si solo esperas recompensas y no buscas cambiar tu propio carácter vital, entonces todos tus esfuerzos serán en vano. ¡Y esta verdad es inalterable!” (‘El éxito o el fracaso dependen de la senda que el hombre camine’ en “La Palabra manifestada en carne”). “¡A partir de la diferencia entre las esencias de Pedro y Pablo deberías entender que todos aquellos que no buscan la vida trabajan en vano! Crees en Dios y lo sigues y, por tanto, en tu corazón debes amarlo. Debes apartar tu carácter corrupto, buscar cumplir el deseo de Dios y debes cumplir con el deber de una criatura de Dios. Como crees en Dios y lo sigues, debes ofrecerle todo a Él y no hacer elecciones o exigencias personales; debes lograr el cumplimiento del deseo de Dios. Como fuiste creado, debes obedecer al Señor que te creó, porque inherentemente no tienes dominio sobre ti mismo ni capacidad para controlar tu propio destino. Como eres una persona que cree en Dios, debes buscar la santidad y el cambio. Como eres una criatura de Dios, debes ceñirte a tu deber, mantener tu lugar y no excederte en tus deberes. Esto no es para limitarte ni para reprimirte por medio de la doctrina, sino que es la senda por medio de la cual puedes cumplir con tu deber; y pueden llevarlo a cabo —y deben llevarlo a cabo— todas las personas que actúan con justicia” (‘El éxito o el fracaso dependen de la senda que el hombre camine’ en “La Palabra manifestada en carne”). Tras leer la palabra de Dios, por fin entendí que tenía una opinión muy errada de lo que tenía que buscar en mi fe. Que alguien reciba o no el visto bueno de Dios no depende de cuánto trabaje ni de lo elevado que sea su estatus en la iglesia. La clave es si es capaz de buscar la verdad y de transformar su carácter vital, o no. Si solo trabajas por la reputación y el estatus, aunque mantengas el estatus durante un tiempo, si no comprendes la verdad y no tienes auténtica experiencia de vida, es imposible que dures en la casa de Dios. Tarde o temprano te descartarán. Piensa en Pablo. Aunque viajó y se esforzó muchos años, sufrió mucho, predicó el evangelio y se ganó a muchos, todo su trabajo lo hizo por la reputación, el estatus, los premios y las coronas. No buscó para nada la verdad y no se transformó su carácter corrupto. Pablo era especialmente arrogante y competitivo y despreciaba a los demás apóstoles. Siempre daba testimonio de que estaba por encima de los demás apóstoles y era tan arrogante que perdió la razón. Pablo jamás aspiró a transformar su carácter vital y no comprendía su naturaleza de resistencia a Dios. Además, consideraba su trabajo y su sufrimiento un capital con el que hacer transacciones con Dios. Su carácter se volvió cada vez más arrogante, y llegó a dar testimonio de que vivía como Cristo. Pablo iba por la senda de resistencia a Dios del anticristo. A la postre, ofendió el carácter de Dios y recibió Su castigo. Yo siempre había buscado reputación y estatus, y no me había centrado en transformar mi carácter vital. ¿No iba justo por la misma senda que Pablo? Cuando destituyeron uno detrás de otro a mis compañeros, temí que me destituyeran a mí también, así que trabajé cada vez más. Cuando mi trabajo produjo resultados, creía haberlo hecho bien, me volví cada vez más arrogante y cumplía con el deber sin buscar los principios de la verdad. Mis superiores me pidieron destituir al supervisor de los trabajos de video según los principios, pero me empeñé en aferrarme a mis ideas y no estaba dispuesta a destituirlo, lo que acarreó demoras en el progreso del trabajo y perjuicios a la labor de la casa de Dios. Mi arrogancia y mi empeño en mis opiniones tenían relación directa con mi búsqueda constante de reputación y estatus y con no centrarme en la entrada en la vida. Cuanto más iba en pos de la reputación y el estatus, menos llevaba a Dios en mi corazón. No buscaba la verdad cuando sucedían cosas. Confiaba exclusivamente en mí. Antes creía que, si hacía más trabajo práctico, no me destituirían. No obstante, ahora me doy cuenta de que, con centrarme solamente en el trabajo e ir en pos de la reputación y el estatus sin corregir mis actitudes corruptas, tan solo llegaría a ser cada vez más arrogante y a resistirme más a Dios. De continuar así, Dios me revelaría y descartaría igual que a Pablo. Dios trata a todos justa y equitativamente. Todos aquellos que pueden entrar al reino de Dios son gente que busca y practica la verdad y que transforma su carácter vital. Si crees en Dios muchos años sin la más mínima transformación de tu carácter vital, sin tener el menor conocimiento de Dios o sin adquirir auténtico testimonio de vida, alguien así no puede entrar al reino de Dios. Esto lo determina el carácter justo de Dios. Pensando nuevamente en mí, únicamente me centraba en el trabajo para mantener mi reputación y estatus, y me daba a mí misma motivos y excusas para no buscar la verdad, como “las actitudes corruptas están hondamente arraigadas y no se corrigen de la noche al día” y “esta poquita corrupción no afectará a mi deber, los resultados del trabajo son lo que más importa”. Ninguna de estas palabras concordaba con la verdad. Las actitudes corruptas están hondamente arraigadas y no se pueden transformar de repente, pero hay que escarbar en ellas poco a poco buscando la verdad, analizarlas aplicando la palabra de Dios y luego encontrar en esta una senda de práctica. Al practicar y experimentar la palabra de Dios es como, de forma progresiva, podemos alcanzar la verdad y corregir la corrupción. Si no corregimos nuestras actitudes corruptas, podemos hacer cosas que perturben el trabajo de la casa de Dios en cualquier momento y lugar. ¿Cómo no habrían de afectar estas actitudes corruptas a nuestro deber? Por mi arrogancia y mi deseo de cumplir con el deber de acuerdo con mis ideas, no destituí rápidamente al supervisor que no hacía un trabajo práctico, lo que ocasionó un gran perjuicio al trabajo. ¿No es este un claro ejemplo? Asimismo, siempre ponía mi deber como excusa para no comer y beber de las palabras de Dios ni presentarme ante Él a hacer introspección. Con ello, ¿no me engañaba a mí misma y a los demás? El proceso de cumplir con el deber es, de hecho, la mejor vía para experimentar la obra de Dios. La entrada en la vida empieza por el cumplimiento del deber. Los diversos estados revelados conforme cumples con el deber, así como las ideas y perspectivas generadas, puedes presentarlos ante Dios para reflexionar, buscar la verdad y aprender lecciones. En realidad no lleva tanto tiempo. Yo solo me centraba en el trabajo, iba en pos de la fama y el estatus, y no buscaba la entrada en la vida. ¡Qué ciega e ignorante! Al darme cuenta, juré ante Dios que ya no trabajaría por mi reputación y estatus, y que buscaría más la verdad y la entrada en la vida.

Leí unas palabras de Dios: “En lo que respecta a vuestra fe en Dios, además de cumplir adecuadamente con el deber, la clave es entender la verdad, entrar en la realidad de la verdad y esforzarse más por entrar en la vida. Da igual lo que ocurra, hay lecciones que aprender, así que no lo dejéis pasar a la ligera. Debéis comunicar entre vosotros, y entonces seréis iluminados y esclarecidos por el Espíritu Santo, y podréis comprender la verdad. A través de la comunicación, tendréis una senda de práctica y sabréis cómo experimentar la obra de Dios, y sin que os deis cuenta, se resolverán algunos de vuestros problemas, habrá cada vez menos cosas que no puedas ver claramente, y entenderás cada vez más la verdad. De este modo, tu estatura crecerá sin que te des cuenta. Debes tomar la iniciativa de esforzarte en la verdad y entregarle a ella tu corazón. […] Aquellos que siempre hablan palabras vacías de doctrina, repiten consignas como loros, dicen palabras altisonantes, siguen reglas y nunca se concentran en practicar la verdad, no ganan nada, por muchos años que crean. ¿Quiénes son los que ganan algo? Aquellos que cumplen con su deber sinceramente y están dispuestos a practicar la verdad, que tratan lo que Dios les ha confiado como su misión, que pasan con gusto toda su vida esforzándose por Dios y no traman para su propio beneficio, aquellos cuyos pies están firmemente en la tierra y que obedecen las orquestaciones de Dios. Son capaces de captar los principios de la verdad mientras cumplen con su deber y se esfuerzan por hacerlo todo correctamente, lo que les permite lograr el efecto del testimonio de Dios y satisfacer Su voluntad. Cuando encuentran dificultades en el cumplimiento de su deber, le oran a Dios y tratan de comprender la voluntad de Dios, son capaces de obedecer las orquestaciones y los arreglos que vienen de Él, y en todo lo que hacen, buscan y practican la verdad. No repiten consignas ni dicen cosas altisonantes, sino que se centran únicamente en hacer las cosas con los pies en la tierra y en seguir meticulosamente los principios. Se esfuerzan en todo lo que hacen, y se esfuerzan en entenderlo todo y son capaces de practicar la verdad en muchos asuntos, tras lo cual adquieren conocimiento y comprensión, y son capaces de aprender lecciones y ganar algo de verdad. Y cuando tienen pensamientos erróneos, le oran a Dios y buscan la verdad para resolverlos; no importa qué verdades entiendan, tienen una apreciación de ellas en sus corazones y son capaces de hablar de sus experiencias y testimonio. En última instancia, tales personas obtienen la verdad” (‘La entrada en la vida es sumamente importante para la fe en Dios’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). En la palabra de Dios hallé una senda de práctica para buscar la verdad. Cuando sucedan las cosas, debemos presentarnos ante Dios a orar, reflexionar, buscar la verdad y conocernos. Debemos considerar cada asunto sinceramente y aprender lecciones de ello. Practiqué la entrada en estas cosas. Por aquel entonces, la casa de Dios comunicó que los líderes y obreros debían practicar la escritura de artículos de testimonios de vida y que, si no podían hablar del testimonio de su experiencia, aunque tuvieran estatus, no podrían ser útiles y antes o después serían descartados. Comprendí mejor la voluntad de Dios. La casa de Dios exige que los líderes y obreros busquen la verdad y entren en la vida. Los líderes que no busquen la verdad no pueden durar y serán revelados y descartados tarde o temprano. Antes solamente estaba ocupada trabajando y no me centraba en mi entrada en la vida. No había escrito ni un solo artículo de testimonio adecuado. A decir verdad, había pasado por algunos reveses y fracasos, tratos y podas en el deber. Había revelado muchas actitudes corruptas. Si quería buscar la verdad y centrarme en mi entrada en la vida, antes tenía que empezar por escribir artículos. Elegí primero la poda y el trato que me habían impresionado más en profundidad, y reflexioné acerca de por qué me habían podado y tratado exactamente. Cuando comía o lavaba la ropa, y antes de dormir, meditaba sobre qué actitudes corruptas revelaba, qué fragmentos de la palabra de Dios comía y bebía, qué ideas y perspectivas equivocadas llegaba a reconocer a partir de la palabra de Dios y qué sendas de práctica había descubierto. Cuanto más lo pensaba, más claro me quedaba, lo que me aclaraba las lecciones que debía aprender, y adquiría una comprensión más práctica de mis actitudes corruptas. Al escribir artículos, sentía que podía serenarme ante Dios, comer y beber de Su palabra, hacer introspección y conocerme, todo ello sumamente útil para mi entrada en la vida. Antes era muy ignorante. Creía que buscar la entrada en la vida y escribir artículos sería una pérdida de tiempo que afectaría a mi eficacia en el deber. Ahora veo que eso no me hace ineficaz; de hecho, me resulta de provecho para el deber. Antes siempre había trabajado por la reputación y el estatus, y solía preocuparme por si los perdía. Temía que, si cometía errores, mis líderes tendrían mala impresión de mí. Cuando se producían anomalías y omisiones en mi deber y luego mis líderes me señalaban mis problemas o me podaban y trataban conmigo, admitía que la poda y el trato eran por mi bien, para ayudarme a conocerme, pero siempre me desilusionaban. También recelaba de que mis líderes pensaran que no tenía aptitud, competencia, para trabajar, y ninguna capacidad de trabajo, o de que, si descubrían demasiados problemas míos, ahí se acabara mi deber. A menudo parecía que llevara una pesada carga a cuestas. Cuando me centraba en la entrada en la vida y en aprender lecciones de mi entorno cada día, no me deprimía tanto cuando los líderes me señalaban las anomalías y los errores de mi trabajo y no estaba siempre preocupada por cómo me vieran ellos. Antes bien, siempre reflexionaba acerca de por qué había anomalías en mi deber y qué actitudes corruptas u opiniones falaces habían provocado el error; una vez que las entendía, podía tener remordimientos, buscar una senda en la palabra de Dios y cambiar rápidamente las cosas. Al practicar así, el deber no me parecía tan agotador como antes.

Probé el dulzor de centrarme en la entrada en la vida, por lo que me presenté ante Dios a orar para decirle que haría introspección según Su palabra y buscaría la verdad más. A veces, si estoy muy ocupada en el deber y sin tiempo de comer y beber de la palabra de Dios por la mañana, en las comidas o antes de acostarme medito sobre el estado en que vivo últimamente, sobre qué corrupción revelo y qué fragmentos de la palabra de Dios debo leer para hacer introspección. Una vez que examino estas cosas, leo los fragmentos pertinentes de la palabra de Dios cuando tengo tiempo. A diferencia de antes, no creo que dé igual dejar sin resolver de momento los problemas de mis actitudes corruptas y que pueda resolverlos poco a poco después, cuando tenga tiempo. Con el tiempo he descubierto que me he vuelto más sensible a los pensamientos que revelo, que sigo viendo que surgen anomalías en mi deber y que puedo hallar sendas de práctica en la palabra de Dios. Cada vez percibo más la importancia de buscar la verdad en mi fe en Dios. Es clave que experimentemos la obra de Dios de forma sensata y que nos esforcemos por entenderlo todo. Siempre que demos lo mejor, llevemos nuestra carga en la entrada en la vida y anhelemos la verdad, podremos recibir la guía de Dios. Asimismo, podemos buscar la verdad y aprender lecciones de todo lo que sucede a nuestro alrededor.

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