No era sincera en la fe

1 Feb 2022

Por Michelle, Camerún

Mi familia siempre fue muy pobre y yo soñaba con ser ejecutiva de banca, con tener cierto estatus en la sociedad, para que no tuviéramos tantas dificultades de dinero. Cuando terminé mis estudios y me puse a buscar empleo, envié muchos currículos, pero lo pasé muy mal y no encontré el tipo de trabajo que quería. Solo encontré trabajos normales y mal pagados.

En 2019 acepté la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días y poco después comencé en el deber de riego en la iglesia. Creía que, si me esmeraba por Dios, Él sin duda me bendeciría y me ayudaría a encontrar un buen empleo. Así pues, seguí enviando currículos mientras cumplía con el deber. En junio de 2021 recibí una llamada del representante de una empresa, que me convocó a una entrevista. Me conecté a internet, busqué la organización y vi que era una multinacional cuyo director general hacía inversiones por todo el mundo. Era dueño de un gran banco en el que yo había tenido la esperanza de trabajar, pero mis entrevistas con ellos quedaron en nada. Nunca había imaginado que esa empresa me llamaría para una entrevista. Fue una agradable sorpresa, como si Dios me estuviera dando una oportunidad, y si podía trabajar en esa multinacional, sería una bendición de Dios. Me dije a mí misma que esa vez seguro que me iría bien y recibiría un sueldo de jefa, pues Dios me ayudaría. Me ilusionaba conseguir por fin una oportunidad para el trabajo de mis sueños, que haría que hubiera valido la pena la maestría en la que tanto me había esforzado. Empecé a imaginarme cómo cambiaría mi vida en el futuro, que tendría mucho dinero, una casa, y podría comprarme lo que quisiera. Imaginaba que podría viajar por el mundo y ocuparme de mi familia, especialmente de mis padres. Creía que, una vez que empezara a trabajar allí, todo mejoraría. En la entrevista vi que había tres candidatos y comencé a temerme que no me seleccionaran, pero me dije: “No, este empleo será mío. Soy hija de Dios y seguro que me bendice. Dios me reservará este lugar sí o sí”. Además, sentía cierta confianza en mis capacidades. En la entrevista respondí todas las preguntas y el entrevistador me dijo que me llamarían en un plazo de cinco días si me elegían. Tenía la confianza de que me seleccionarían. Cinco días después, estaba esperando en ascuas una llamada, pero esta no llegó en todo el día. Pasó una semana y aún no había recibido su llamada. Comprendí que no había pasado la entrevista. Desconsolada, comencé a preguntarme qué tenía yo de malo y por qué había fracasado. Si había confiado en Dios y le había orado, ¿por qué no me había ido bien? Me sentía muy negativa y débil y empecé a culpar a Dios. Hacía más de dos años que era creyente y había cumplido con el deber todo el tiempo. Nunca me había apartado de Dios ni me había rendido en el deber. ¿Por qué no me concedía gracia y bendiciones? Me deprimí y entristecí más, hasta el punto de no asistir a reuniones ni leer las palabras de Dios durante una semana entera. Cuando contactaban conmigo los hermanos y hermanas, me enfurecía enormemente y no quería responder ni hablarles. No quería hacer nada, ni salir de casa. Dejé de cumplir con el deber de evangelización y de compartir las palabras de Dios con los hermanos y hermanas. Me quedaba todo el día en mi cuarto, carente de motivación, objetivos y hasta apetito. Al cabo de unos días perdí peso.

Un día oí un himno de las palabras de Dios, “Lo que Dios quiere en las pruebas es el verdadero corazón del hombre”. “Cuando Él prueba a las personas, ¿qué tipo de realidad desea crear? Él les pide de forma constante que le entreguen su corazón. Cuando Él te prueba, verifica si tu corazón está con Él, con la carne o con Satanás. Cuando Él te prueba, observa si estás en una postura de oposición a Él o si tu postura es compatible con Él, y si tu corazón está de Su lado. Cuando eres inmaduro y te enfrentas a pruebas, tu confianza es muy baja, y no sabes exactamente qué necesitas hacer para cumplir las intenciones de Dios, porque tu entendimiento respecto a la verdad es limitado. Sin embargo, si aún puedes orar genuina y sinceramente a Dios, y si puedes estar dispuesto a darle tu corazón, a hacer de Él tu soberano y a ofrecerle todas aquellas cosas que te parecen más valiosas, entonces ya le habrás dado a Dios tu corazón. A medida que vayas escuchando más sermones y entiendas más de la verdad, tu estatura también irá madurando poco a poco. En ese momento, el estándar de las exigencias de Dios no será el mismo que cuando eras inmaduro; Él exigirá un estándar más alto de ti. Cuando las personas le entregan a Dios su corazón gradualmente, poco a poco este se va acercando cada vez más a Él; a medida que las personas verdaderamente puedan irse acercando a Dios, su corazón lo venerará cada vez más. Lo que Dios quiere es un corazón así” (“Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Entendí entonces que cuando Dios prueba a la gente, observa su corazón: lo que le preocupa, si se somete a Dios en el ambiente que Él ha dispuesto. En lugar de darle mi corazón, pensaba en cómo utilizarlo a Él para satisfacer mis deseos. Al no conseguir el trabajo, la riqueza y las comodidades materiales que había deseado, me debilité y no quería asistir a reuniones ni cumplir con el deber. Era una traición a Dios y estaba perdiendo mi testimonio de Él en esa situación. Así pues, oré: “Dios Todopoderoso, Tú has revelado que no te venero ni te soy fiel. No he dado testimonio de Ti ni me he sometido a Ti. Dios mío, te ruego misericordia. Quiero arrepentirme”.

Me sentí mucho más en paz tras mi oración y respondí a los mensajes de los demás. Una hermana me preguntó por mi estado y le conté todo aquello por lo que estaba pasando. Me envió un pasaje de las palabras de Dios: “Nadie tiene una vida exenta de sufrimiento. Para algunas personas guarda relación con la familia; para otras, con el trabajo; para otras, con el matrimonio, y para otras, con una enfermedad física. Todo el mundo sufre. Algunos dicen: ‘¿Por qué tiene que sufrir la gente? Qué bien estaría vivir siempre felices y en paz. ¿No podemos evitar sufrir?’. No, todo el mundo ha de sufrir. El sufrimiento hace que cada persona experimente las innumerables sensaciones de la vida física, sean positivas, negativas, activas o pasivas; el sufrimiento te da distintas sensaciones y apreciaciones que para ti son experiencias de vida. Si a partir de ellas eres capaz de buscar la verdad y entender la voluntad de Dios, te acercarás cada vez más al estándar que Él requiere de ti. Ese es un aspecto y, además, pretende aportar más experiencia a la gente. Otro aspecto es la responsabilidad que Dios da al hombre. ¿Qué responsabilidad? Debes someterte a este sufrimiento, soportarlo, y si lo logras, entonces eso es un testimonio y no algo deshonroso” (‘Solo si se corrigen las propias nociones es posible tomar el buen camino de la fe en Dios (1)’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). En las palabras de Dios aprendí que todo el mundo, creyente o no, tiene luchas en la vida y que el sufrimiento es parte de ella. El sufrimiento no está para nada desprovisto de valor. Puede enriquecer mi experiencia y acercarme a Dios. Puedo presentarme ante Dios a buscar la verdad y Su voluntad. Satanás nos ha corrompido muy a fondo, todos somos avariciosos, codiciamos la gloria, perseguimos el estatus y un buen futuro y no amamos la verdad. Si vivimos fácilmente en la comodidad, nos alejaremos más de Dios y seremos cada vez más depravados. Supuse que Dios había permitido que me sucediera eso para atraerme ante Él en oración y para que buscara la verdad, de modo que adquiriera auténtica fe en Él y me acercara a Él. Tras entender los sinceros propósitos de Dios, ya no quería luchar contra esa situación, sino que, pasara lo que pasara después, quería tener sometimiento absoluto y mantenerme fiel a Dios.

Luego leí otro pasaje. Dios Todopoderoso dice: “En sus experiencias vitales piensan a menudo: He abandonado a mi familia y mi carrera por Dios, ¿y qué me ha dado Él? Debo sumarlo todo y confirmarlo: ¿He recibido bendiciones recientemente? He dado mucho durante este tiempo, he corrido y corrido, y he sufrido mucho; ¿me ha dado Dios alguna promesa a cambio? ¿Ha recordado mis buenas obras? ¿Cuál será mi final? ¿Puedo recibir Sus bendiciones?… Toda persona hace, constantemente esas cuentas en su corazón, y le ponen exigencias a Dios que incluyen sus motivaciones, sus ambiciones y una mentalidad de transacciones. Es decir, el hombre le está poniendo incesantemente a prueba en su corazón, ideando planes sobre Él, defendiendo ante Él su propio fin, tratando de arrancarle una declaración, viendo si Él puede o no darle lo que quiere. Al mismo tiempo que busca a Dios, el hombre no lo trata como tal. El hombre siempre ha intentado hacer tratos con Él, exigiéndole cosas sin cesar, y hasta presionándolo a cada paso, tratando de tomar el brazo cuando le dan la mano. A la vez que intenta hacer tratos con Dios, también discute con Él, e incluso los hay que, cuando les sobrevienen las pruebas o se encuentran en ciertas circunstancias, con frecuencia se vuelven débiles, pasivos y holgazanes en su trabajo, y se quejan mucho de Él. Desde el momento que empezó a creer en Él por primera vez, el hombre lo ha considerado una cornucopia, una navaja suiza, y se ha considerado Su mayor acreedor, como si tratar de conseguir bendiciones y promesas de Dios fuera su derecho y obligación inherentes, y la responsabilidad de Dios protegerlo, cuidar de él y proveer para él. Tal es el entendimiento básico de la ‘creencia en Dios’ de todos aquellos que creen en Él, y su comprensión más profunda del concepto de creer en Él. Desde la naturaleza y esencia del hombre a su búsqueda subjetiva, nada tiene relación con el temor de Dios. El objetivo del hombre de creer en Dios, no es posible que tenga nada que ver con la adoración a Dios. Es decir, el hombre nunca ha considerado ni entendido que la creencia en Él requiera que se le tema y adore. A la luz de tales condiciones, la esencia del hombre es obvia. ¿Cuál es? El corazón del hombre es maligno, alberga traición y astucia, no ama la ecuanimidad, la justicia ni lo que es positivo; además, es despreciable y codicioso. El corazón del hombre no podría estar más cerrado a Dios; no se lo ha entregado en absoluto. Él nunca ha visto el verdadero corazón del hombre ni este lo ha adorado jamás. No importa cuán grande sea el precio que Dios pague, cuánta obra Él lleve a cabo o cuánto le provea al hombre, este sigue estando ciego a ello y totalmente indiferente. El ser humano no le ha dado nunca su corazón a Dios, sólo quiere ocuparse él mismo de él, tomar sus propias decisiones; el trasfondo de esto es que no quiere seguir el camino de temer a Dios y apartarse del mal ni obedecer Su soberanía ni Sus disposiciones, ni adorar a Dios como tal. Este es el estado del hombre en la actualidad” (‘La obra de Dios, el carácter de Dios y Dios mismo II’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios revelaban mi verdadero estado y me avergonzaron mucho. Tenía fe nada más que para recibir bendiciones y, aunque me esforzara por Dios, al final lo hacía exclusivamente para que me premiara. Le servía con entusiasmo, invirtiendo gran cantidad de tiempo y energía en el deber con la esperanza de que Él me bendijera y otorgara Su gracia para que acabara consiguiendo un trabajo bien pagado en mi especialidad. Entonces tendría una vida feliz, no me haría falta nada y mi familia y yo ya no sufriríamos. Ese era mi pensamiento y mi objetivo. Pero, después de más de dos años de fe, no se habían materializado las bendiciones que había buscado. Cuando no conseguí el empleo que esperaba, se me quitó el empuje para seguir y servir a Dios. Los hechos me demostraban que había engañado a Dios desde el principio intentando hacer tratos con Él. Parecía que me esforzaba por Dios yendo a reuniones y siendo activa en el deber, pero en realidad tenía segundas intenciones: recibir más gracia y bendiciones de Dios. El esclarecimiento de las palabras de Dios me mostró mi egoísmo, que solamente pensaba en mi familia y en mí, que imponía mis exigencias a Dios y le hacía exigencias absurdas. No lo trataba como a Dios y, de hecho, no adoraba a Dios en mi fe. Reclamaba a Dios que me pagara como si fuera deudor mío, le exigía favores especiales y lo utilizaba para cumplir mis deseos. Dios ya nos ha dado la vida y nos ha otorgado incondicionalmente muchísimas verdades. Dios se ha hecho carne y padecido mucho para salvarnos a los humanos, corrompidos por Satanás, todo ello para que podamos recibir la verdad, desechar la corrupción y ser plenamente salvos por Dios. El amor de Dios por nosotros es tremendo y nos ha otorgado mucha gracia. Pero yo era ciega al amor de Dios y no me importaba Su voluntad. Solo sabía exigir. ¡No tenía conciencia ni razón! Las palabras de Dios siempre revelan misestados reales. Si uso mis sacrificios para exigir las bendiciones que quiero de Dios y considero el deber parte de una transacción, esa clase de fe y de servicio es como trabajar para un jefe mundano: solo para recibir algo a cambio, con una falta total de sinceridad.

Más adelante leí otro pasaje, en el último pasaje de “La obra de Dios y la práctica del hombre”. “No importa cómo sean probados, la lealtad de los que tienen a Dios en su corazón se mantiene sin cambios; pero para los que no tienen a Dios en su corazón, una vez que la obra de Dios no es favorable para su carne, cambian su opinión de Dios y hasta se apartan de Dios. Así son los que no se mantendrán firmes al final, que sólo buscan las bendiciones de Dios y no tienen el deseo de entregarse a Dios y dedicarse a Él. Todas estas personas tan viles serán expulsadas cuando la obra de Dios llegue a su fin y no son dignas de ninguna simpatía. Los que carecen de humanidad no pueden amar verdaderamente a Dios. Cuando el ambiente es seguro y fiable o hay ganancias que obtener, son completamente obedientes a Dios, pero cuando lo que desean está comprometido o finalmente se les niega, de inmediato se rebelan. Incluso, en el transcurso de una sola noche pueden pasar de ser una persona sonriente y ‘de buen corazón’ a un asesino de aspecto espantoso y feroz, tratando de repente a su benefactor de ayer como su enemigo mortal, sin ton ni son. Si estos demonios no son desechados, estos demonios que matarían sin pensarlo dos veces, ¿no se convertirían en un peligro oculto?” (“La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios nos dicen que solo quienes lo llevan en el corazón pueden mantenerse firmes en el testimonio durante Sus pruebas, pero quienes no llevan a Dios en el corazón solamente piensan en sus intereses. Cuando tienen alguna ganancia carnal, se obligan a obedecer, pero en cuanto no logran lo que quieren, consideran a Dios su enemigo, lo culpan y lo traicionan. Esta es la clase de persona a la que Dios aborrece y eliminará; son como demonios. Meditando las palabras de Dios, pensé: ¿No era yo esa clase de persona? Tenía fe por las bendiciones. Mientras mi familia tuviera salud y yo un buen trabajo, estaba dispuesta a esforzarme por Dios, pero cuando esas cosas no iban como yo quería, protestaba y me ponía a quejarme a Dios. No tenía devoción ni sometimiento a Dios. Descubrí que mi fe en Dios no era sincera, que lo engañaba y hacía tratos con Él y que Él jamás reconocería esa clase de fe. Dios está formando un grupo de vencedores en los últimos días. Ellos son capaces de volver su corazón totalmente a Dios y vivir exclusivamente para satisfacerlo. Tienen determinación para sufrir por Dios y saben mantenerse firmes en la dificultad como Job, ser testigos. Son aquellos a quienes Dios perfeccionará al final y los únicos merecedores de Su aprobación y Sus bendiciones. Job sufrió mucho durante sus pruebas, pero nunca culpó a Dios de su sufrimiento. De hecho, su fe en Dios nunca flaqueó en absoluto, y cuando perdió a todos sus hijos y posesiones, aún fue capaz de alabar el nombre de Dios y someterse a Su soberanía. Fue un rotundo testimonio de Dios. Sin embargo, yo estaba muy lejos de lo exigido por Dios.

Un día leí este pasaje de las palabras de Dios, el último pasaje de “¿A quién eres leal?”. “Si en estos momentos colocase dinero en frente de vosotros, y os diera la libertad de escoger, y si no os condenara por vuestra elección, la mayoría escogería el dinero y renunciaría a la verdad. Los mejores de entre vosotros renunciarían al dinero y de mala gana elegirían la verdad, mientras que aquellos que se encuentran en medio tomarían el dinero con una mano y la verdad con la otra. ¿No se haría evidente de esta manera vuestra verdadera naturaleza? Al elegir entre la verdad y cualquier cosa a la que sois leales, todos tomaríais esa decisión, y vuestra actitud seguiría siendo la misma. ¿No es así? ¿Acaso no hay muchos entre vosotros que han fluctuado entre lo correcto y lo incorrecto? En las competencias entre lo positivo y lo negativo, lo blanco y lo negro, seguramente sois conscientes de las elecciones que habéis hecho entre la familia y Dios, los hijos y Dios, la paz y la división, la riqueza y la pobreza, el estatus y lo ordinario, ser apoyados y ser echados a un lado, y así sucesivamente. Entre una familia pacífica y una fracturada, elegisteis la primera, y sin ninguna vacilación; entre la riqueza y el deber, de nuevo elegisteis la primera, aun careciendo de la voluntad de regresar a la orilla;[a] entre el lujo y la pobreza, elegisteis la primera; entre vuestros hijos e hijas, esposa, marido y Yo, elegisteis lo primero; y entre la noción y la verdad, una vez más, elegisteis la primera. Al enfrentarme a toda forma de malas acciones de vuestra parte, simplemente he perdido la fe en vosotros. Estoy absolutamente asombrado de que vuestro corazón se resista tanto a ablandarse. Muchos años de dedicación y esfuerzo al parecer solo me han traído vuestro abandono y desesperación, pero Mis esperanzas hacia vosotros crecen con cada día que pasa, porque Mi día ha sido completamente expuesto ante todos. Sin embargo, continuáis buscando cosas oscuras y malvadas, y os negáis a dejarlas ir. Entonces, ¿cuál será vuestro resultado? ¿Habéis analizado detenidamente esto alguna vez? Si se os pidiera que eligierais de nuevo, ¿cuál sería, entonces, vuestra postura? ¿Seguiría siendo la primera? ¿Seguiríais dándome decepciones y una tristeza miserable? ¿Seguiría vuestro corazón sin tener ni un ápice de calidez? ¿Seguiríais sin ser conscientes de qué hacer para consolar a Mi corazón? En este momento, ¿qué escogéis? ¿Os someteréis a Mis palabras o estaréis hastiados de ellas? Mi día ha sido expuesto ante vuestros propios ojos, y lo que enfrentáis es una nueva vida y un nuevo punto de partida. Sin embargo, debo deciros que este punto de partida no es el comienzo de una nueva obra pasada, sino la conclusión de la antigua. Es decir, este es el acto final. Creo que todos podéis comprender lo que tiene de inusual este punto de partida. Pero un día, muy pronto, comprenderéis el verdadero significado de este punto de partida, ¡así que dejémoslo atrás juntos y recibamos el final que está por llegar!” (“La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me resultaron muy emotivas y vi que la gente realmente sí tiene una naturaleza traidora a Él. Solo amamos las posesiones materiales y el dinero, el estatus y la reputación, no la verdad, Aunque nuestra naturaleza sea abominable para Dios, Él ignora nuestra rebeldía y corrupción y se fija en si buscamos la verdad actualmente, en si nos hemos arrepentido y transformado. Dios quiere salvarnos plenamente de la influencia de Satanás y llevarnos a Su reino. Sin embargo, yo no valoraba la gracia de Dios ni buscaba la verdad. Me centraba en encontrar un buen empleo con un sueldo alto, pues anhelaba la riqueza y las comodidades de la carne. ¡Qué necia! Solo la verdad puede salvar a la gente, purificar nuestra corrupción, permitirnos distinguir el bien del mal y librarnos del engaño y el daño de Satanás. Comprender la verdad puede ayudarnos a conocer a Dios, a saber cómo vivir, a encontrar sentido como persona. La búsqueda de dinero y placeres materiales no haría más que alejarme más de Dios, lo que me volvería más corrupta, codiciosa e indulgente, y perdería la ocasión de salvarme. Como afirmó el Señor Jesús, “Y otra vez os digo que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de Dios” (Mateo 19:24). Ser demasiado rico, demasiado acomodado, no es necesariamente bueno. Proverbios dice: “Y la complacencia de los necios los destruirá” (Proverbios 1:32). El Señor Jesús nos advirtió: “Por tanto, no os preocupéis, diciendo: ‘¿Qué comeremos?’ o ‘¿qué beberemos?’ o ‘¿con qué nos vestiremos?’. Porque los gentiles buscan ansiosamente todas estas cosas; que vuestro Padre celestial sabe que necesitáis de todas estas cosas. Pero buscad primero su reino y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:31-33). Los desastres aumentan constantemente. Lo importante ahora es dotarnos de la verdad y esforzarnos en el deber. En el deber hemos de aspirar a desechar la corrupción y someternos a Dios, a volvernos dignos de ser, a ojos de Dios, un ser creado. No hay otra cosa que tenga valor o sentido. También aprendí que encontrar o no un buen empleo estaba exclusivamente en las manos de Dios. Estaba dispuesta a someterme a las disposiciones de Dios y a ponerme completamente en Sus manos.

Después leí otro pasaje de Dios: “No existe correlación entre el deber del hombre y que él sea bendecido o maldecido. El deber es lo que el hombre debe cumplir; es la vocación que le dio el cielo y no debe depender de recompensas, condiciones o razones. Solo entonces el hombre está cumpliendo con su deber. Ser bendecido es cuando alguien es perfeccionado y disfruta de las bendiciones de Dios tras experimentar el juicio. Ser maldecido es cuando el carácter de alguien no cambia tras haber experimentado el castigo y el juicio; es cuando alguien no experimenta ser perfeccionado, sino que es castigado. Pero, independientemente de si son bendecidos o maldecidos, los seres creados deben cumplir su deber, haciendo lo que deben hacer y haciendo lo que son capaces de hacer; esto es lo mínimo que una persona, una persona que busca a Dios, debe hacer. No debes llevar a cabo tu deber solo para ser bendecido y no debes negarte a actuar por temor a ser maldecido. Dejadme deciros esto: lo que el hombre debe hacer es llevar a cabo su deber, y si es incapaz de llevar a cabo su deber, esto es su rebeldía” (‘La diferencia entre el ministerio de Dios encarnado y el deber del hombre’ en “La Palabra manifestada en carne”). En este pasaje aprendí que tanto si Dios nos da fortuna como si nos da calamidad, tenemos que cumplir con el deber y con la comisión de Dios. Esta es nuestra responsabilidad incondicional. Al hacer memoria, tras experimentar algunos fracasos en mi búsqueda de un empleo estable y respetable, me deprimí mucho, me volví muy negativa y ya no quería cumplir con el deber. Esa no era la actitud adecuada hacia el deber. Dios nos dice que todo ser creado tiene la responsabilidad de poner su granito de arena. Sin importar a qué nos someta Dios, tanto si nos sentimos débiles como si no entendemos la voluntad de Dios, hemos se seguir cumpliendo con el deber. Somos seres creados que deben someterse incondicionalmente a Dios. No tenemos derecho a exigirle nada ni a hacer tratos con Él. Los seres creados tenemos el ineludible deber de poner nuestro granito de arena, ¡y no hay transacción que pueda contaminar eso! Es lo correcto y apropiado, el curso natural de las cosas, como el respeto de los hijos a los padres.

Después de aquello, me puse más seria con el deber y me volqué realmente en compartir el evangelio. Me sentía muy en paz viviendo así. Un día me invitó un colegio a una entrevista. Era muy prestigioso, así que sabía que tendría un sueldo alto si conseguía el empleo. No obstante, durante la entrevista le dije a Dios para mis adentros: “Dios mío, Tú lo dispones todo. Me salga bien o mal esta entrevista, no te voy a exigir este empleo. Solamente quiero someterme a Tus instrumentaciones. Aunque no consiga este trabajo, seguiré alabándote y cumpliendo con el deber”. Salieron los resultados de la parte escrita y yo era uno de los cinco mejores candidatos. Estaba contentísima. Un par de días más tarde, tras las entrevistas orales, supe que no me habían seleccionado. Un amigo me contó que a él sí y, aunque me alegré por él, sí me sentí algo decepcionada. Le pedí a Dios paz interior y que velara por mi corazón para que supiera someterme a Su soberanía. Me sentí muy en calma después de orar y esa tarde fui a cumplir con el deber como de costumbre. Supe que si Dios hubiera querido que trabajara en ese colegio, habría conseguido el empleo; si no, ningún tipo de esfuerzo me habría ayudado a entrar. Confié en que todo estaba en las manos de Dios y nadie puede desautorizarlo. Al pensarlo de ese modo, sentí esta fuerza interior motivadora y muchas ganas de cumplir con el deber a toda costa, de cumplir con mis responsabilidades.

Esto me enseñó verdaderamente que esas circunstancias difíciles fueron, en realidad, la gracia y la bendición de Dios. Dios me hizo pasar por todo aquello para probar mi fe y comprobar si podía mantenerme fiel a Él en tiempos difíciles. Estar ante la realidad me enseñó lo impura que era mi fe, que era capaz de engañar a Dios. La guía de las palabras de Dios me ayudó a comprenderme y a cambiar mis afanes equivocados. Jamás habría podido alcanzar todo esto en momentos de bienestar. ¡Estoy muy agradecida por el amor de Dios!

Nota al pie:

a. Regresar a la orilla: un dicho chino, que significa “regresar de los malos caminos por los que se ha caminado”.

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