Logré conocerme por medio del juicio

23 Oct 2022

Por Song Yu, Países Bajos

En su vida, si el hombre quiere ser limpiado y lograr cambios en su carácter, si quiere vivir una vida que tenga sentido y cumplir su deber como criatura, entonces debe aceptar el castigo y el juicio de Dios, y no debe dejar que se aparten de él la disciplina de Dios ni Sus azotes, para que se pueda liberar de la manipulación y la influencia de Satanás y pueda vivir en la luz de Dios. Sabe que el castigo y el juicio de Dios son la luz, y la luz de la salvación del hombre, y que no hay mejor bendición, gracia o protección para el hombre”.

Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos, El castigo y el juicio de Dios son la luz de la salvación del hombre

Siempre que canto este himno, me acuerdo de una experiencia que tuve recién llegada a la fe. Por entonces, las palabras de Dios “El castigo y el juicio de Dios son la luz, y la luz de la salvación del hombre, y no hay mejor bendición, gracia o protección para el hombre” no las tenía claras del todo. A mí me parecía muy doloroso pasar por el juicio y castigo; entonces, ¿por qué afirmaba Dios que eso era Su protección y bendición para la humanidad? Luego, al experimentar de veras el juicio de las palabras de Dios y ser podada y tratada, logré entenderlo personalmente y percibí lo prácticas que son las palabras de Dios.

Recuerdo que, a finales de junio de 2015, me eligieron predicadora al servicio de cinco iglesias distintas. Al principio estaba nerviosa al reunirme con los líderes y diáconos de esas iglesias, preocupada por si mi comprensión de la verdad era muy superficial y yo no era de ayuda para los demás. Así pues, trataba de prepararme antes de cada reunión considerando detenidamente las palabras de Dios que íbamos a debatir con una carga sincera. Tras compartir las palabras de Dios, preguntaba a los demás qué dificultades tenían. Me preocupaba que plantearan problemas que yo no hubiera experimentado y no saber qué responder, por lo que oraba para pedirle a Dios que me guiara a fin de ser honesta y hablar solamente de lo que entendía. Si no lo entendía, era franca con todos, les decía que no tenía conocimiento, oraba y buscaba más. Después de un tiempo practicando de este modo, poco a poco llegué a captar algunos principios de la labor de la iglesia y conocí mejor el trabajo. Me sentía más motivada que al principio y trabajaba muchísimas horas. Ya no estaba tan intimidada en las reuniones con los líderes de iglesia y tenía algunas ideas para resolver problemas. A veces, cuando oía decir a los hermanos y hermanas que era muy joven, que no llevaba mucho tiempo en la fe, pero que tenía mucha, era muy capaz de sufrir y pagar un precio y buscaba la verdad, me sentía muy satisfecha de mí misma. Poco después dirigí las elecciones de unas iglesias. Uno detrás de otro, fueron elegidos todos los líderes y obreros de las iglesias de las que me encargaba. Ante aquel resultado, creía haberlo hecho bien en mi trabajo; ¡no me extrañaba que me hubieran elegido predicadora! Eso fue porque tenía aptitud y era una persona con talento dentro de la iglesia.

A finales de agosto de 2015, justo cuando creía estar haciendo un buen trabajo en mi deber, una líder superior me dijo que, como yo era joven, no tenía una humanidad madura y me faltaba experiencia de vida, no sabía resolver los problemas reales de los hermanos y hermanas, según los principios, no era apta para servir como predicadora y debía empezar a formarme como líder de iglesia. No me atreví a decir nada entonces, pero me sentía totalmente abrumada. Creía que, pese a mi limitada experiencia de vida, había progresado rápido desde que era predicadora y aprendido varios principios del trabajo de la iglesia. Además, hacía poco que había dirigido las elecciones de unas iglesias y los demás decían que buscaba la verdad. No me parecía justo que me cambiaran de deber de esa forma. Asimismo, mi entendimiento y aptitud no estaban mal y, de todos aquellos con quienes trabajaba, yo era la más rápida en responder y aprender, así que mi potencial para avanzar tenía que ser el mejor. Aparte, de entre varios predicadores, yo era la única sin líos familiares. Si tenía una fe incondicional y era capaz de sufrir y pagar un precio en el deber, ¿por qué me cambiaban?

Durante unos días, no pude pensar en nada más ni hallar paz interior alguna. Me presenté ante Dios a orar: “Dios mío, me han cambiado de deber. ¿Qué lección he de aprender de esto? Yo no veo mi problema; te pido que me guíes”. Después leí este pasaje de las palabras de Dios: “Al afrontar los problemas de la vida real, ¿cómo deberías conocer y entender la autoridad de Dios y Su soberanía? Cuando te enfrentes a estos problemas y no sepas cómo entender, gestionar ni experimentarlos, ¿qué actitud deberías adoptar para demostrar tu intención de someterte, tu deseo de someterte y la realidad de tu sumisión a la soberanía y las disposiciones de Dios? Primero debes aprender a esperar; después, debes aprender a buscar y, después, debes aprender a someterte. ‘Esperar’ significa esperar el tiempo de Dios, a las personas, los acontecimientos y las cosas que Él ha organizado para ti, esperar que Su voluntad se revele gradualmente para ti. ‘Buscar’ significa observar y entender las intenciones reflexivas de Dios para ti por medio de las personas, los acontecimientos y las cosas que Él ha establecido, entender la verdad a través de ellos, entender lo que los humanos deben lograr y el camino al que deben ceñirse, entender qué resultados quiere obtener Dios en los humanos y qué logros quiere conseguir en ellos. ‘Someterse’, por supuesto, se refiere a aceptar a las personas, los acontecimientos y las cosas que Dios ha orquestado, aceptar Su soberanía y, por medio de esto, llegar a conocer cómo dicta el Creador el destino del hombre, cómo provee al hombre con Su vida, cómo obra la verdad dentro del hombre” (La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. Dios mismo, el único III). También comprendí que me habían cambiado de deber y que, aunque no entendiera la voluntad de Dios ni supiera qué lección debía aprender, al menos debía tener una actitud de sometimiento y esperar y buscar la voluntad de Dios. Si seguía descontenta todo el tiempo, eso no era poner trabas a los demás, sino rebelarme contra Dios. Luego oré a Dios, dispuesta a someterme y esmerarme como líder de iglesia.

Un par de meses más tarde, mi compañera, la hermana Xu, me dijo que las iglesias iban a elegir predicador y que había oído que la líder superior había nombrado candidatos. Cuando oí eso, no podía tranquilizarme. Respondí inmediatamente: “¿Qué? ¿Ha nombrado candidatos? Los principios de las elecciones dejan claro que no se permite nombrar candidatos y que ese es el tipo de cosas que hace Satanás, el gran dragón rojo. Esto vulnera los principios”. Mi compañera se apresuró a responder: “Yo he oído eso, pero no sé si es cierto. No corras la voz por ahí”. Cuando dijo aquello, estuve de acuerdo de palabra, pero por dentro seguí pensando en ello. Cuando el río suena, agua lleva, por lo que, si no hubiera hecho eso la líder superior, ¿por qué alguien se lo habría de inventar de la nada? Ella debía de haberlo hecho, la habían descubierto, y por eso se hablaba de ello. Yo antes era predicadora, y ella me había cambiado de puesto y ahora había nombrado candidatos. En realidad estaba actuando sin principios. Por ello, se lo comenté a una líder de otra iglesia, la hermana Lin. Poco después, la hermana Lin me dijo que había logrado entender la cuestión en una reunión de colaboradores. La líder superior había elegido a gente para las elecciones de entre los líderes de iglesia algo mejores. Eso no era nombrar candidatos. La líder superior añadió que, al difundir ese rumor de la nada, yo estaba perturbando la labor de la iglesia. Me sentí ofendidísima cuando me enteré y no creía tener esa clase de motivación. Tan solo le conté brevemente a la hermana Lin lo que sabía. ¿Cómo podría dar la cara después de que la líder superior dijera que yo tenía unas motivaciones y me analizara delante de todos? Cuanto más lo pensaba, más ofendida me sentía, y no pude reprimir el llanto. Oraba una y otra vez a Dios para pedirle que me guiara para aprender una lección. Estuve muy deprimida y triste unos días y no tenía energía en nada de lo que hacía. Luego, en una reunión, leí un pasaje de las palabras de Dios, incluido en “Una advertencia a los que no practican la verdad”, que me aportó cierta comprensión de mí misma. Las palabras de Dios dicen: “Aquellos entre los hermanos y hermanas que siempre están dando rienda suelta a su negatividad son lacayos de Satanás y perturban a la iglesia. Tales personas deben ser expulsadas y eliminadas un día. En su creencia en Dios, si las personas no tienen un corazón reverente a Dios, si no tienen un corazón obediente a Dios, entonces no solo no podrán hacer ninguna obra para Él, sino que, por el contrario, se convertirán en quienes perturban Su obra y lo desafían. […] Las personas que genuinamente creen en Dios siempre lo tienen en su corazón y siempre llevan en su interior un corazón reverente a Dios, un corazón que ama a Dios. Aquellos que creen en Dios deben hacer las cosas con cautela y prudencia, y todo lo que hagan debe estar de acuerdo con los requisitos de Dios y ser capaz de satisfacer Su corazón. No deben ser obstinados y hacer lo que les plazca; eso no corresponde al decoro santo. Las personas no deben desbocarse y ondear el estandarte de Dios por todas partes al tiempo que van fanfarroneando y estafando por todos lados; este es el tipo de conducta más rebelde. Las familias tienen sus reglas, y las naciones, sus leyes; ¿acaso no ocurre con más razón en la casa de Dios? ¿No son los estándares todavía más estrictos? ¿No hay todavía más decretos administrativos? Las personas son libres de hacer lo que quieran, pero los decretos administrativos de Dios no pueden alterarse a voluntad. Dios es un Dios que no tolera las ofensas por parte de los humanos; Él es un Dios que condena a muerte a las personas. ¿Acaso las personas realmente no lo saben ya?” (“La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios “lacayos de Satanás” y “perturban a la iglesia” me resultaron muy incisivas y aterradoras. Según las palabras de Dios, contar a la hermana Lin que la líder superior estaba nombrando candidatos sin captar del todo la verdadera situación era esparcir y sembrar la discordia aleatoriamente. La hermana Xu me advirtió claramente que eso solo era algo que ella había oído y que no sabía si era cierto, pero yo me di la media vuelta y se lo conté a la hermana Lin. Quería que más gente pensara que la líder superior no hacía las cosas según los principios, que, en algo tan importante como unas elecciones, estaba nombrando candidatos, actuando disimuladamente, para que la gente tuviera prejuicios hacia ella. Eso era, básicamente, deslegitimar a la líder superior, hacer de esbirra de satanás, perturbar la labor de la iglesia. Leí posteriormente otro pasaje de las palabras de Dios: “Aquellos que pertenecen a Satanás serán devueltos a Satanás, mientras que aquellos que pertenecen a Dios seguramente irán en busca de la verdad; esto está determinado por su naturaleza. ¡Que todos los que siguen a Satanás perezcan! No habrá compasión hacia estas personas. Que los que buscan la verdad sean provistos y que se complazcan en la palabra de Dios hasta que se sientan saciados. Dios es justo; Él no muestra favoritismo hacia nadie. Si eres un diablo, entonces eres incapaz de practicar la verdad; si eres alguien que busca la verdad, entonces es seguro que no serás llevado cautivo por Satanás. Esto está más allá de toda duda” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Una advertencia a los que no practican la verdad). Al leer las palabras de Dios “que todos los que siguen a Satanás perezcan”, me puse a temblar de miedo. Si no me arrepentía y, en cambio, seguía haciendo las cosas según mis caprichos, como esbirra de Satanás, terminaría revelada y descartada por Dios. Y medité sobre lo siguiente: “Aquellos que pertenecen a Satanás serán devueltos a Satanás, mientras que aquellos que pertenecen a Dios seguramente irán en busca de la verdad”. Si era capaz de buscar la verdad para abordar mis transgresiones y conocerme, ¿no podría recibir la misericordia de Dios? Estuve preguntándome entonces por qué reaccioné tan exageradamente cuando la hermana Xu me dijo que la líder superior había nombrado candidatos. Un par de meses antes, cuando me cambiaron de deber, estaba muy descontenta con ello y tenía muchos prejuicios hacia la líder superior. Por ello, cuando me enteré de que ella estaba nombrando candidatos, me pareció que, sin duda, no estaba haciendo las cosas según los principios, así que se lo conté a la hermana Lin porque la quería de mi parte y quería que también tuviera prejuicios hacia la líder superior. Estaba juzgando adrede a la líder superior y también había un elemento de venganza. ¡Qué motivación más despreciable y ruin! Me abrumó el pesar al descubrir ese lado desagradable de mí misma. Si la líder superior no hubiera analizado inmediatamente la esencia de mis actos para que todos vieran mis auténticas motivaciones, una vez difundido el bulo entre los hermanos y hermanas, habrían tenido prejuicios hacia la líder superior y no habrían podido cooperar bien con ella. Eso habría afectado directamente la labor de la iglesia. Después, me presenté rápidamente ante Dios a orar y arrepentirme. Le dije: “Dios mío, he hecho de esbirra de Satanás al perturbar e interrumpir la obra de la iglesia. No quiero seguir hablando y actuando con corrupción. Quiero entender mis transgresiones y malas acciones y arrepentirme sinceramente. Te pido que me guíes”.

Oraba y buscaba ante Dios en aquella época. ¿Por qué fui tan reacia a que me cambiaran aquella vez de deber, hasta el punto de trabajar para Satanás, generar desacuerdo entre los hermanos y hermanas y juzgar a la líder superior? Un día leí estas palabras de Dios en mis devociones: “Los que se tienen en alta estima a sí mismos en presencia de Dios son los más bajos de los hombres, mientras que los que se creen inferiores son los más honorables. Y aquellos que piensan que conocen la obra de Dios y son capaces de proclamarla a otros a bombo y platillo mientras lo miran directamente son los hombres más ignorantes. Tales personas no tienen el testimonio de Dios, son arrogantes y están llenas de soberbia” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Todas las personas que no conocen a Dios son las que se oponen a Él). “Os exhorto a que no os creáis más valiosos que el oro. Si otros pueden aceptar el juicio de Dios, ¿por qué tú no? ¿Cómo de alto estás respecto a los demás? Si otros pueden inclinar sus cabezas ante la verdad, ¿por qué no puedes hacerlo tú también?” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Cristo hace la obra del juicio con la verdad). Las palabras de juicio y revelación de Dios me llegaron directas al corazón. Yo era precisamente esa clase de persona arrogante y engreída. Había servido como predicadora y aprendido unos principios, por lo que creía que tenía aptitud y aprendía con rapidez, que era una persona con talento en la iglesia y que debían cultivarme. Al oír que los hermanos y hermanas me elogiaban por ser capaz de sufrir y pagar un precio en el deber y por buscar la verdad siendo tan joven, empecé a creerme especial. Me califiqué a mí misma de buscadora de la verdad. La líder superior me enseñó los principios y me dijo que, por entonces, mi situación real hacía que fuera inadecuada para servir como predicadora, pero yo no lo admití. Llegué a creer que la líder superior me cambiaba de deber para intentar ponerme trabas, que no estaba siguiendo los principios. Me sobrestimaba y me creía estupenda, sin ver ni por asomo cómo era realmente. También estaba totalmente convencida de que era idónea para ser predicadora, pero en realidad no hacía mucho que era creyente y no tenía mucha experiencia real. Ante ciertos problemas prácticos, como que los líderes de iglesias no colaboraran bien, no tenía experiencia práctica para ayudarlos. Dos meses después de mi cambio de deber, seguía descontenta con él y no lo aceptaba ni siquiera de la forma más elemental. Incluso juzgaba disimuladamente los actos de la líder superior como contrarios a los principios. Era arrogante más allá de la razón. No sabía resolver problemas reales con la verdad ni cómo experimentar la obra de Dios. Tampoco me sometía sinceramente ni aprendía nada frente a los problemas. Esas cosas bastaban para demostrar que no tenía mucha experiencia práctica, que no comprendía la verdad y que no sabía qué corrupción exhibía. ¿Cómo podría resolver los problemas reales de esas iglesias? Cuando me cambió de deber la líder superior, me dijo que no tenía mucha experiencia de vida y que no sabía resolver problemas reales. Si la realidad no hubiera revelado esto, jamás habría descubierto lo arrogante que era.

Luego leí este pasaje de las palabras de Dios: “Hoy Dios os juzga, os castiga y os condena, pero debes saber que el propósito de tu condena es que te conozcas a ti mismo. Él condena, maldice, juzga y castiga para que te puedas conocer a ti mismo, para que tu carácter pueda cambiar y, sobre todo, para que puedas conocer tu valía y ver que todas las acciones de Dios son justas y de acuerdo con Su carácter y los requisitos de Su obra, que Él obra acorde a Su plan para la salvación del hombre, y que Él es el Dios justo que ama, salva, juzga y castiga al hombre” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Debes dejar de lado las bendiciones del estatus y entender la voluntad de Dios para traer la salvación al hombre). Me conmovió mucho leer las palabras de Dios. Si mi deber no hubiera cambiado, aún no sabría lo arrogante que soy. Que la líder superior me expusiera, y el duro juicio y la revelación de Dios las palabras de Dios, me hirieron de veras, pero me ayudaron a descubrir mi arrogancia, mi falta de veneración por Dios, que hacía de esbirra de Satanás por mi estatus y mi beneficio y que perturbaba el trabajo de la iglesia.

Después me esmeré como líder de iglesia. Mi compañera, la hermana Xu, se ocupaba de su familia, aparte de cumplir con el deber. Al no tener ese tipo de cargas familiares, yo tenía un poco más de tiempo libre. Cuando los hermanos y hermanas tenían dificultades, iba con más frecuencia a enseñar y resolver las cosas. Al principio era comprensiva e indulgente con la hermana Xu, pero con el tiempo empezó a parecerme que yo estaba más atareada que ella. A veces veía que, cuando se presentaban cosas en su familia, ella no hacía seguimiento ni se ocupaba de los asuntos de la iglesia inmediatamente, así que sentía cierto desdén hacia ella. Me parecía que le tenía demasiado afecto a su familia y que, a la larga, eso demoraría la labor de la iglesia. De vez en cuando hablaba con la hermana Xu, pero, al verla un poco preocupada, yo adoptaba un tono de desdén y menosprecio hacia ella. La hermana Xu se sentía limitada por mí, con miedo a que, si hacía algo mal, yo sería dura con ella. Como no comprendía mucho mi propio carácter arrogante, no tardaron en resurgir mis viejos problemas.

Posteriormente, la hermana Xu se convirtió en candidata a predicadora, y la eligieron. Me costó aceptarlo cuando me enteré. Yo creía que no podía ser candidata nada más que por ser joven, pero ¿en qué aspectos no estaba a la altura de la hermana Xu? Tenía más aptitud que ella, más energía en el deber, y no estaba ocupada con mi familia. Además, hacía poco que me habían podado y tratado, había fallado y me habían revelado, y había conseguido comprenderme un poco. Aún exhibía cierta arrogancia, pero ya me había transformado bastante. Ahora elegían a la hermana Xu predicadora responsable del trabajo de varias iglesias, pero yo solo de una; entonces, ¿realmente implicaba eso que yo tenía tantas carencias? Tan joven, ¿no estaba desperdiciando mi talento quedándome en esa iglesia como líder? Con mi aptitud, ¿en serio que solamente podía encargarme de una iglesia? ¿Por qué no veía la líder superior mis progresos y mi cambio? También una predicadora, la hermana Zhang, me podó y trató conmigo varias veces seguidas en las reuniones: “Antes, en mi relación contigo, me parecía que tenías muy buena humanidad. Me sorprende lo arrogante y engreída que eres. Con un poco de aptitud, desprecias a los demás y los limitas a cada paso. Siempre pones cara larga delante de la gente. Ya veo que no tienes buena humanidad”. Me derrumbé al oír aquello. ¿Por qué tenía que hablar de mis problemas en todas las reuniones? ¿Por qué era tan dura conmigo? Yo solo había exhibido un poco de corrupción, era algo arrogante, pero ¿era necesario hablarme así? Cuando realmente no lo soportaba, me iba corriendo al servicio a llorar a escondidas. Me sentía como si me hubieran clavado un puñal en el corazón. Cada día clamaba a Dios en oración pidiéndole que me guiara para que aprendiera una lección.

En esa época leí muchas palabras de juicio y revelación de Dios. Uno de esos pasajes me dejó una impresión especialmente honda. Las palabras de Dios dicen: “Sería mejor que dedicarais más esfuerzo a la verdad de conocer el ser. ¿Por qué no habéis encontrado el favor de Dios? ¿Por qué vuestro carácter es abominable para Él? ¿Por qué vuestro discurso despierta Su odio? Tan pronto como demostráis un poco de lealtad, os elogiáis a vosotros mismos y exigís una recompensa por una pequeña contribución; despreciáis a los demás cuando habéis mostrado una pizca de obediencia y desdeñáis a Dios después de llevar a cabo alguna tarea insignificante. Por recibir a Dios, pides dinero, regalos y halagos. Te duele el corazón cuando das una o dos monedas; cuando das diez, deseas bendiciones y ser tratado con distinción. Resulta extremadamente ofensivo hablar u oír hablar de una humanidad como la vuestra. ¿Hay algo digno de alabanza en vuestras palabras y acciones? Quienes cumplen su deber y quienes no; quienes lideran y quienes siguen; quienes reciben a Dios y quienes no; quienes donan y quienes no; quienes predican y quienes reciben la palabra, etcétera: todos esos hombres se alaban a sí mismos. ¿Acaso no os parece esto risible? Aunque sabéis perfectamente que creéis en Dios, no podéis ser compatibles con Él. Aunque sois plenamente conscientes de que no tenéis ningún mérito, de cualquier modo persistís en alardear. ¿Acaso no sentís que vuestro sentido se ha deteriorado al punto de ya no tener autocontrol? Con un sentido como este, ¿cómo podéis ser aptos para relacionaros con Dios? ¿Acaso no tenéis miedo por vosotros mismos en este momento crítico? Vuestro carácter ya se ha deteriorado hasta el punto en que sois incapaces de ser compatibles con Dios. Siendo esto así, ¿no es risible vuestra fe? ¿No es absurda vuestra fe? ¿Cómo vas a enfrentarte a tu futuro? ¿Cómo vas a elegir la senda por la cual habrás de caminar?” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Quienes son incompatibles con Cristo indudablemente se oponen a Dios). Las palabras de Dios revelaban mi estado a la perfección. Tras aprender algunos principios en el deber, creía tener gran aptitud, que tenía talento. Cuando hacía sacrificios y pagaba algún precio, me alababa a mí misma y creía estar buscando la verdad. Cuando me pusieron de compañera a la hermana Xu en el deber, yo tenía un poco más de trabajo y creía buscar mejor que ella, que yo era mejor. Cuando los asuntos familiares frenaban a la hermana Xu, no era comprensiva con ella, sino que la desvalorizaba y despreciaba y tendía a mirarla mal. No tenía el menor afecto hacia ella, sino que siempre la frenaba. Eso revelaba totalmente un carácter arrogante y Dios lo aborrecía. Aunque la hermana Xu sí tuviera líos familiares, tenía buena humanidad y era firme en el deber. Asimismo, enseñaba de forma muy práctica y sabía resolver las dificultades de otros. Por ejemplo, en las temporadas altas del campo, había quienes llegaban tarde a las reuniones o no asistían regularmente. Yo les enseñaba que este es el momento decisivo para buscar la verdad, que no ganarían nada por estar siempre ocupados con la vida de la carne y que un necio no hará sino echarse a perder por codiciar las comodidades. Les enseñaba todos esos tópicos huecos y todos ellos asentían con la cabeza, pero luego estaban ocupados trabajando en el campo y seguían yendo tarde a las reuniones. Sin embargo, la hermana Xu tenía líos familiares, con lo que entendía las luchas de ellos en la vida real. Enseñaba sus experiencias a los hermanos y hermanas para ayudarlos. Ellos escuchaban, les parecían muy prácticas y normalmente volvían a reunirse con regularidad. Ambas enseñábamos a los hermanos y hermanas. Yo no sabía resolver sus problemas reales, pero la hermana Xu era capaz de conseguir resultados reales con sus enseñanzas. Esto evidenciaba que ella sí tenía realmente experiencia práctica.

Más tarde, leí otro pasaje de las palabras de Dios que me ayudaron a entender qué es la realidad. Las palabras de Dios dicen: “Tomar las palabras de Dios y poder explicarlas descaradamente no significa que poseas la realidad; las cosas no son tan simples como te las imaginas. Tener la realidad no se basa en lo que dices, sino en lo que vives. Solo cuando las palabras de Dios se convierten en tu vida y en tu expresión natural, se puede decir que tienes la realidad, y solo entonces puede contarse como haber recibido el verdadero conocimiento y la estatura real. Debes ser capaz también de soportar la prueba por largos períodos de tiempo y de vivir la semejanza que Dios requiere. No debe ser solo una pose, sino que debe fluir naturalmente de ti; solo entonces tendrás realmente realidad y solo entonces habrás ganado vida. […] ¡Ay de aquellos que son arrogantes y altivos, ay de los que no tienen conocimiento de sí mismos! Esas personas son expertas en hablar, sin embargo, son las peores en poner en acción sus palabras. Al menor signo de problemas, estas personas comenzarán a tener dudas, la idea de abandonar entrará en sus mentes furtivamente. No poseen ninguna realidad, solo tienen teorías que están por encima de la religión, sin ninguna de las realidades que Dios exige hoy. Estoy más disgustado con aquellos que solo hablan de teorías sin poseer ninguna realidad. Ellos gritan más alto que nadie cuando llevan a cabo su obra, pero se derrumban tan pronto como se enfrentan a la realidad. ¿No muestra esto que estas personas no tienen realidad? Sin importar cuán feroces sean el viento y las olas, si puedes permanecer firme sin permitir que ni un ápice de duda entre en tu mente y si puedes permanecer firme y estar libre de negación, incluso cuando no quede nadie más, entonces se te contará como que tienes un verdadero entendimiento y que posees la realidad verdaderamente. Si te mueves en cualquier dirección en la que sople el viento, si sigues a la mayoría, y aprender a repetir las palabras de otros, por muy elocuente que seas, esto no será la prueba de que poseas la realidad. Por lo tanto, te sugiero que no seas prematuro en gritar palabras vacías. ¿Sabes lo que Dios va a hacer? No te comportes como otro Pedro, no sea que te traigas vergüenza a ti mismo y pierdas la habilidad de mantener tu cabeza en alto; eso no es bueno para nadie. La mayoría de las personas no tienen una estatura real. Aunque Dios ha obrado mucho, no ha hecho descender la realidad las personas; para ser más exactos, Dios nunca ha castigado personalmente a nadie. Algunas personas han quedado expuestas por tales pruebas, con sus manos pecadoras extendidas cada vez más, pensando que es fácil aprovecharse de Dios, que pueden hacer lo que quieran. Como no son capaces de soportar ni este tipo de prueba, las pruebas más desafiantes están fuera de su alcance, así como la posesión de realidad. ¿No están tratando de engañar a Dios? Poseer la realidad no es algo que puedas fingir, ni tampoco es algo que puedas obtener sabiéndolo. Depende de tu verdadera estatura y de si eres capaz de soportar todas las pruebas o no. ¿Entiendes?” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Solo se posee la realidad si se pone en práctica la verdad). Las palabras de Dios son clarísimas. Que una persona esté en posesión de la realidad no depende de lo que diga, sino de si es capaz de practicar la verdad, de si da testimonio de Dios en aquello que vive. Si solo entiendes de doctrina y crees que eso implica estar en posesión de la realidad, eso es arrogancia y falta de autoconocimiento. En general, me creía llena de fe, me ocupaba con puntualidad del trabajo de la iglesia, era entusiasta en el deber y parecía capaz de someterme a Dios, pero después de que eligieran predicadora a la hermana Xu, me desequilibré. Me creía mejor que ella, más capaz; entonces, ¿por qué no me eligieron a mí? Brotaron quejas en mi interior y eso no me parecía justo para conmigo. A tenor de lo que exhibía, la verdad, no me conocía y no podía someterme a la situación dispuesta por Dios. No tenía para nada la realidad de la verdad. Solo tenía cierto entusiasmo en el deber y era capaz de soltar algo de doctrina. Confundía esas cosas con mi auténtica estatura, pero, de hecho, en realidad no entendía las verdaderas dificultades de los hermanos y hermanas ni sabía resolver sus problemas reales. Ya me estaban dando una oportunidad dejándome servir como líder de iglesia, pero no me conocía en absoluto y quería luchar por ser predicadora. Era arrogante más allá de la razón. Quería que Dios me valorara especialmente, cosa imposible. A Dios no le agradaría alguien fuera de control y desprovisto de razón. Como tenía un carácter arrogante, no me transformaba y mi conducta le resultaba aborrecible e infame a Dios, tenía muchos remordimientos. Sentía que era muy insensible y que realmente no me conocía. Si no hubiera tratado conmigo la hermana Zhang, aún no vería mis problemas.

Luego leí otro pasaje de las palabras de Dios que me ayudó a entender Su voluntad. Las palabras de Dios dicen: “Cuando sufrís una pequeña limitación o dificultad es bueno para vosotros; si se os pusiera todo fácil, estaríais arruinados y entonces, ¿cómo podríais estar protegidos? Hoy, se os da protección, porque sois castigados, juzgados y maldecidos. Se os protege, porque habéis sufrido mucho. De no ser así, el hombre habría caído hace mucho en la depravación. Esto no es dificultaros las cosas intencionadamente; la naturaleza del hombre es difícil de cambiar y tiene que ser así para que su carácter sea cambiado. Hoy, ni siquiera poseéis la conciencia o la razón que tenía Pablo ni tenéis su conciencia de sí mismo. Siempre tenéis que ser presionados, y siempre tenéis que ser castigados y juzgados con el fin de despertar vuestro espíritu. El castigo y el juicio son lo mejor para vuestra vida. Y cuando sea necesario, también debe producirse el castigo de la llegada de los hechos a vosotros; solo entonces os someteréis del todo. Vuestra naturaleza es tal que sin castigo y maldición no estaríais dispuestos a bajar la cabeza ni a someteros. Sin los hechos ante vuestros ojos, no habría efecto. ¡Sois demasiado inferiores e inútiles en personalidad! Sin castigo y juicio, sería difícil que se os conquistara y sería duro vencer vuestra injusticia y desobediencia. Vuestra vieja naturaleza está muy profundamente arraigada. Si se os colocara sobre el trono, no tendríais idea de la altura del cielo y la profundidad de la tierra, y menos aún de adónde os dirigíais. Ni siquiera sabéis de dónde vinisteis, ¿cómo podríais conocer al Señor de la creación? Sin el oportuno castigo y las maldiciones de hoy, vuestro día final habría llegado hace mucho. Eso por no decir nada de vuestro destino; ¿no correría un mayor peligro inminente? Sin este castigo y juicio oportunos, quién sabe lo arrogantes y lo depravados que os volveríais. Este castigo y juicio os han traído hasta hoy y han preservado vuestra existencia. Si se os siguiera ‘educando’ usando esos mismos métodos que los de vuestro ‘padre’, ¡quién sabe a qué mundo entraríais! No tenéis la menor capacidad de autocontrol y autorreflexión. Para las personas como vosotros, si solo seguís y obedecéis sin causar ninguna interferencia o interrupción, Mis objetivos se cumplirán. ¿No haríais mejor en aceptar el castigo y el juicio de hoy? ¿Qué otras elecciones tenéis?” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Práctica (6)). Mientras leía las palabras de Dios, se me pasó por la mente una escena detrás de otra desde que era predicadora hasta que me cambiaron de deber. Percibí de veras que Dios me protegió con el juicio y la poda de Sus palabras. Era tan arrogante que no sabía nada de nada y, además, era muy terca y rebelde en el fondo. Si los hechos no se hubieran repetido de esa manera, no sé hasta dónde habría llegado mi arrogancia. Tras esta experiencia, el auténtico sentido de las palabras “el castigo y el juicio de Dios son la luz, y la luz de la salvación del hombre, y no hay mejor bendición, gracia o protección para el hombre” es algo que verdaderamente he logrado entender un poco. Si la gente quiere que su carácter se purifique y transforme, eso es, en realidad, inseparable del juicio y castigo de Dios. Hice una oración de sometimiento a Dios, dispuesta a permanecer de veras en ese deber, y, aunque nunca me ascendieran, estaba lista y deseosa de someterme a las disposiciones de Dios.

Poco después recibí carta de la líder superior, que me decía que yo había sido ascendida y que cumpliría con un deber en otra parte. Nunca lo habría imaginado. Sentí mucha gratitud hacia Dios en aquel momento. En realidad, Dios no estaba tratando de estancarme ahí sin poder cumplir con otro deber, sino que yo era problemática y me oponía a todo, por lo que fue preciso que experimentara este tipo de situación para poder ser purificado y transformado. También experimenté realmente las sinceras intenciones de Dios de salvarme. ¡Gracias a Dios!

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