Una lección que aprendí regando a nuevos creyentes

23 Oct 2022

Por Ye Cheng, China

En enero de este año estaba regando a nuevos fieles en la iglesia. La hermana Liu y sus esposo eran dos nuevos de quienes yo era responsable. El supervisor me contó que el marido de la hermana Liu acababa de empezar a estudiar la obra de Dios en los últimos días, solo había ido a algunas reuniones y precisaba más sustento y riego.

Las dos veces que fui a casa de la hermana Liu, estalló una discusión entre su esposo y ella. Al investigarlo, me enteré de que la hermana Liu lo despreciaba por seguir las tendencias mundanas y no ser un creyente devoto. Pensé que sus exigencias poco realistas y el hecho de explotar con su esposo cuando él acababa de empezar a estudiar el camino verdadero podrían entorpecer el progreso de aquel. Hablé con ella una vez de cómo abordar a la gente con tolerancia y paciencia. Para mi sorpresa, la hermana se ofendió y me dijo que ya era muy paciente. Incluso añadió: “Si no quiere creer, que no crea. Así, al menos, no afectará a mi estado”. Al oír eso, me preocupó que su esposo dejara la iglesia. Me quejé para mis adentros: “Qué extremadamente arrogante esta hermana. Lo único que le importa es desahogarse, no cómo se sientan los demás. Tengo que hablar con ella en serio para advertirle la gravedad de su situación”. Sin embargo, cuando di mi opinión, la hermana Liu me refutó: “No quiero enojarme, pero se pasa todo el día por ahí o jugando mahjong, y no lee la palabra de Dios. No me escucha por más veces que se lo diga”. Me enojé un poco con esto. Pensé: “Evidencias señales de corrupción, pero solo criticas a tu marido. ¡No te conoces en absoluto!”. Así pues, le leí un apartado de la revelación de Dios sobre el carácter corrupto de la gente e interpreté su ira como producto de unas ganas irrefrenables de estatus. Enojarse y perder los estribos para que su marido se ablandara cuando no hacía lo que ella le decía era un carácter corrupto y había que corregirlo. La hermana admitió entonces de mala gana que era muy arrogante, pero luego era exactamente igual y no cambió lo más mínimo. Más adelante, le hablé varias veces más y le insté a tratar justamente a su esposo, a no sacarle siempre defectos y a conocerse a sí misma, pero la hermana seguía inventándose excusas. No sabía qué hacer. En principio yo quería que él fuera a más reuniones para ayudarlo a afianzarse en el camino verdadero, pero, inesperadamente, se suspendieron todas esas reuniones.

Por entonces no paraba de quejarme y juzgaba a la hermana Liu: “Es muy arrogante y no para de tratar duramente a su marido. ¿Tiene poca humanidad? He hablado muchas veces con ella, pero no practica la verdad ni ayuda a promover las reuniones. La verdad, ya no quiero regarla”. En una ocasión debatí esta cuestión con la hermana que tenía por compañera y descargué mis quejas. La hermana me recomendó un video de testimonio de experiencias. En el video, un pasaje de la palabra de Dios dio realmente en el clavo. Las palabras de Dios dicen: “Hay que ser cuidadoso y prudente y confiar en el amor en el trato con las personas que están investigando el camino verdadero. Esto se debe a que todos los que investigan el camino verdadero son incrédulos, incluso los religiosos entre ellos son más o menos incrédulos, y todos ellos son frágiles: si algo no concuerda con sus nociones, son susceptibles de contradecirlo, y si alguna frase no se ajusta a su voluntad, son propensos a rebatirla. Por lo tanto, predicar el evangelio a estas personas requiere tolerancia por nuestra parte. Nos exige un amor extremo, y precisa de algunos métodos y enfoques. Sin embargo, lo fundamental es leerles las palabras de Dios, transmitirles todas las verdades que Dios expresa para salvar al hombre y hacerles oír la voz de Dios y las palabras del Creador. De este modo, obtendrán beneficios” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Difundir el evangelio es el deber al que están obligados por honor todos los creyentes). Dios exige que tratemos a todo receptor potencial del evangelio con cariño, y debemos ayudarlo y apoyarlo con paciencia y amor profundos, enseñarle la verdad y llevarlo ante Dios. Estas son las responsabilidades y los deberes de aquel que predique el evangelio. Sentí el cariño de Dios por la vida humana en cada palabra y frase Suya. Por eso nos exigía estas cosas. Sentí vergüenza al meditar sobre el amor y la comprensión de Dios hacia la humanidad. Recordé cómo había tratado a la hermana Liu. Como hablé varias veces con ella por explotar con su esposo y no mejoró, me enojé, busqué pasajes de la palabra de Dios con que criticarla por voluntad propia, analicé sus problemas, descargué mi frustración con ella y no pensé lo más mínimo en sus sentimientos ni en su estatura. Hasta dije delante de mi compañera que tenía poca humanidad. ¿Dónde estaba mi misericordia? La hermana Liu acababa de aceptar la obra de Dios en los últimos días seis meses atrás y aún no comprendía mucho la verdad; ¿no era normal, por ello, que revelara corrupción ante los problemas? No solo no la había guiado con amor para ayudarla a practicar la verdad, sino que, de hecho, la había despreciado. Me faltaba mucha humanidad. Al meditar todo esto, comprendí que no había obtenido resultados tras hablar varias veces con la hermana Liu porque no le había enseñado con amor ni había resuelto sus problemas con la verdad. En cambio, la había despreciado y etiquetado con arrogancia y le había increpado con mal genio. ¿Cómo esperaba que comprendiera la verdad y mejorara su estado comportándome como lo hacía? Me presenté ante Dios en oración, dispuesta a rectificar mis intenciones y a dejar de tratar a la hermana Liu según mi carácter corrupto.

Un día vi un pasaje de las palabras de Dios. “Necesitas tener un entendimiento de los múltiples estados en los que las personas estarán cuando el Espíritu Santo lleve a cabo obra en ellas. En particular, quienes se coordinan para servir a Dios deben tener una comprensión mucho mejor de estos estados. Si únicamente hablas de muchas experiencias o formas de lograr la entrada, eso demuestra que tu experiencia es demasiado parcial. Si no conoces tu verdadero estado y no comprendes los principios de la verdad, no es posible que logres un cambio de carácter. Si no conoces los principios de la obra del Espíritu Santo ni comprendes el fruto que produce, será difícil que puedas discernir la obra de los espíritus malignos. Debes poner al descubierto la obra de los espíritus malignos, así como las nociones del hombre, y penetrar directamente en el meollo del asunto; también debes señalar muchas de las desviaciones que ocurren en la práctica de las personas y los problemas que podrían tener en su fe en Dios, de modo que puedan reconocerlos. Como mínimo, no debes hacer que se sientan negativas o pasivas. Sin embargo, debes entender las dificultades que existen de un modo objetivo para la mayoría de las personas, no debes ser irracional ni ‘intentar enseñar a cantar a un cerdo’; esa conducta es insensata. Para resolver las muchas dificultades que experimentan las personas, primero debes comprender la dinámica de la obra del Espíritu Santo; debes comprender cómo el Espíritu Santo lleva a cabo obra en diferentes personas; debes tener un entendimiento de las dificultades que enfrentan las personas y de sus deficiencias, y debes distinguir los asuntos clave del problema y llegar a su origen, sin desviarte ni cometer ningún error. Solo esta clase de persona está calificada para coordinarse en servicio a Dios” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Con qué debería estar equipado un pastor adecuado). Al meditar las palabras de Dios vi que, trátese de la predicación del evangelio o del riego a los nuevos, debemos conocer siempre los problemas y estados reales de la gente y enseñar las verdades pertinentes para resolver realmente sus problemas. Si no entiendes sus dificultades y hablas en función de tus propias creencias, no solo no resolverás sus problemas, sino que eres susceptible de lastimarla u ofenderla. A veces, cuando los nuevos dan muestras de corrupción y negatividad y hablar con ellos varias veces no los ayuda a mejorar, debemos reflexionar primero sobre si hemos enseñado claramente la verdad acerca de sus problemas. Si sus problemas siguen sin resolverse por no haberles enseñado claramente la verdad, entonces no hemos cumplido nuestro deber ni nuestras responsabilidades. No podía evitar recordar cómo había tratado a la hermana Liu. Las veces que la había visto explotar con su esposo, supuse que era arrogante y mandona con él, por lo que la criticaba continuamente y la obligué a reconocer su carácter corrupto, pero, al final, siguieron sin resolverse sus problemas. Tras sosegar mis pensamientos y meditarlo, entendí que la hermana Liu no dejaba de perder los estribos porque esperaba que su marido se asentara pronto en el camino verdadero, empezara a asistir siempre a las reuniones y tuviera la protección de Dios ante los problemas. Por eso perdía los estribos cuando su esposo estaba ajetreado saliendo por ahí o jugando mahjong, y no leyendo las palabras de Dios. Como no le había hablado de esta cuestión, lo que le hablé no dio resultado. De hecho, el principal problema era yo. No identifiqué el problema de la nueva fiel para hablarle de él y hasta la juzgué por tener poca humanidad y no aceptar la verdad, y ni siquiera quería regarla. Realmente no me conocía ni tenía el más mínimo amor por los demás. Al darme cuenta sentí bastante vergüenza y culpa. Tenía que rectificar mi actitud hacia la hermana Liu, hablarle de su situación real y resolver sus problemas con la verdad.

Al día siguiente nos tocaba reunirnos otra vez. Cuando llegué, la hermana Liu se puso a quejarse de que su esposo había dicho claramente que iría a la reunión, pero que aún no había vuelto a casa. Además, lo etiquetó de no buscador y quería dejarlo por imposible. Así pues, hablé con ella a la luz de su situación. Le dije: “Tu intención fue buena al pedir a tu esposo que se reuniera y leyera las palabras de Dios, pero no podemos tener unas expectativas muy elevadas de él. Si pierdes los estribos cuando no te hace caso, es improbable que obedezca. La gente ha sido muy hondamente corrompida por Satanás y no ama la verdad, por lo que su búsqueda de la verdad y su entrada en la vida son muy lentas. Hacen falta multitud de enseñanzas, experiencias y hasta reveses para conseguir esa poca perspicacia o comprensión. Por tanto, hemos de ayudar a la gente con amor y darle tiempo de cambiar. Hemos visto que Dios exige a la gente que transforme su carácter, pero jamás la obliga ni fija expectativas poco realistas. Al observar que vivimos según nuestro carácter corrupto y que no cumplimos las palabras de Dios, Él no desata Su ira ni nos abandona, sino que nos da esclarecimiento y nos guía con Sus palabras, gracias a lo cual experimentamos las cosas poco a poco y, gradualmente, comprendemos la verdad y logramos transformarnos. Su estrategia se siente muy sutil. Así pues, si queremos que nuestra familia vaya a las reuniones y lea más las palabras de Dios para asentarse cuanto antes, esta intención es buena, pero debemos ser comprensivos con sus dificultades y guiarlos y sustentarlos con paciencia. Entonces será más probable que obedezcan”. Cuando oyó mis palabras, la hermana Liu dio un largo suspiro y replicó: “Siempre intento que mi esposo se reúna y lea más las palabras de Dios porque creo que es lo mejor para él, y procuro que me obedezca. Cuando no hace lo que le digo, estallo con él. En realidad, es probable que le haga daño que lo trate de esa forma. Estaba equivocada. En lo sucesivo practicaré según las palabras de Dios y dejaré de tratarlo de acuerdo con mi carácter corrupto”. Yo también me sentí genial al ver que la hermana Liu había entendido algo y que estaba sonriente. Luego leímos juntas un pasaje de la palabra de Dios. “Las palabras de Dios te muestran y señalan claramente cómo debes tratar a los demás; la actitud con la que Dios trata al hombre es la actitud que las personas deben adoptar en su trato de unos hacia otros. ¿Cómo trata Dios a todas y cada una de las personas? Algunas personas son de estatura inmadura o son jóvenes o han creído en Dios por poco tiempo, o no son malos por naturaleza y esencia, ni tampoco maliciosos, solo un poco ignorantes o carentes de calibre. O están sujetos a muchas restricciones, y todavía no comprenden la verdad ni han entrado en la vida, así que les resulta difícil abstenerse de hacer cosas estúpidas o cometer actos ignorantes. Pero Dios no se centra en la estupidez pasajera de las personas, sino que mira en sus corazones. Si están decididas a buscar la verdad, entonces están en lo correcto y, cuando tienen este objetivo, entonces Dios las observa, las espera y les da el tiempo y las oportunidades que les permitan entrar. No es que Dios las vaya a fulminar por una sola transgresión. Eso es algo que la gente hace a menudo; Dios nunca trata así a la gente. Si Dios no trata así a la gente, ¿por qué la gente trata así a los demás? ¿Acaso no nuestra esto su carácter corrupto? Este es precisamente su carácter corrupto. Debes ver cómo trata Dios a las personas ignorantes y estúpidas, cómo trata a los de estatura inmadura, cómo trata las manifestaciones normales del carácter corrupto del hombre y cómo trata a los que son maliciosos. Dios trata a distintas personas de diferentes maneras y también tiene varias maneras de gestionar las innumerables condiciones de las diferentes personas. Debes entender estas verdades. Una vez que has entendido estas verdades, entonces sabrás cómo experimentar los asuntos y tratar a la gente según los principios” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Para ganar la verdad, uno debe aprender de las personas, los asuntos y las cosas cercanas). Al acabar de leer, la hermana Liu afirmó que era un buen pasaje y me pidió que le enseñara más. Le enseñé lo siguiente: “Cuando, en nuestra relación con alguien, advertimos que tiene defectos o problemas, podemos plantearlos de manera cariñosa y apacible y no esperar demasiado de esa persona. Debemos darle tiempo de aceptar la verdad y aguardar a que mejore poco a poco. Dios sabe que Satanás nos ha corrompido profundamente y que hay muchos obstáculos y dificultades para aceptar y practicar la verdad. A veces, aunque la comprendamos, no sabemos practicarla inmediatamente. Dios tiene que enseñarnos una y otra vez. En ocasiones le preocupa que no comprendamos, por lo que, paciente, nos da ejemplos y emplea toda clase de métodos para guiarnos hacia la comprensión. Otras veces nos guía con Sus palabras, y otras, con los consejos de nuestros hermanos y hermanas. En otras ocasiones somos demasiado insensibles y rebeldes y no hay enseñanza que dé resultados, así que Dios dispone situaciones prácticas para reprendernos, disciplinarnos, podarnos y tratarnos a fin de revolvernos por dentro. Dios trabaja de forma muy sutil y cariñosa; lo que hace no tiene ninguna imposición. Cuando a veces nos reprende, disciplina, juzga y revela estrictamente, aún podemos sentir Su amor y Su misericordia. Con nuestras experiencias vemos que Dios trata a la gente con numerosos principios y que nunca nos abandona impulsivamente porque no mejoremos tras oír gran parte de la verdad. Dios tiene un amor y una paciencia inmensos hacia la humanidad y un deseo hondamente sincero de salvarla”.

Después de hablar con la hermana Liu, de pronto reflexioné: “¿Cuánto de lo exigido por Dios he practicado yo? Tan solo enseñé a la hermana Liu a tratar correctamente a su esposo, ¡pero yo no la traté correctamente! Cuando vi que la hermana Liu se enojaba con su marido y que no mejoraba tras hablarle varias veces, la juzgué para mis adentros como arrogante, carente de humanidad, perro ladrador y poco mordedor, etc.”. Sentí bastante vergüenza al recordar lo que había revelado. La hermana Liu era una nueva fiel y no tenía mucha experiencia, pero la obligué a reconocer su naturaleza arrogante y le exigí que cambiara. Como no se transformó, la etiqueté como alguien que no busca ni acepta la verdad y hasta la juzgué como una persona de poca humanidad. Era obvio que no había captado su estado ni le había hablado de él, pese a lo cual la obligué a aceptar, someterse y transformarse. Fui realmente arrogante e irracional. Me di cuenta entonces de que había revelado mi carácter corrupto: el estado de la hermana Liu era un espejo en el que veía mi corrupción. Solo hacía medio año que creía en Dios, así que normal que no supiera hacer introspección y conocerse. Yo llevaba años en la fe y solía enseñar la verdad a otros para resolver problemas, ¿pero cuánta verdad había practicado yo en realidad? ¿No hablaba por hablar sin practicar, como los fariseos, que solamente hablaban de doctrinas? En ese momento me vino a la mente un pasaje de las palabras de Dios. “Algunas personas se equipan de verdades solo para trabajar y predicar, para aprovisionar a otros, no para resolver sus propios problemas, ni para ponerlas en práctica. Su comunicación puede ser de puro entendimiento y acorde con la verdad, pero no están a la altura de ella, ni la practican ni la experimentan. ¿Cuál es aquí el problema? ¿Han aceptado realmente la verdad como su vida? Pues no. La doctrina que se predica, por muy pura que sea, no implica que se posea la realidad de la verdad. Para estar dotado de la verdad, primero uno debe haber entrado en ella por sí mismo, y ponerla en práctica cuando la entiende. Si uno no se concentra en su propia entrada, sino que pretende alardear predicando la verdad a los demás, su intención es equivocada. Hay muchos falsos líderes que trabajan así, comunican sin cesar a otros las verdades que entienden, proveen a los nuevos creyentes, enseñan a la gente a practicar la verdad, a realizar bien sus deberes, a no ser negativos. Estas palabras están muy bien, son buenas e incluso cariñosas, pero ¿por qué sus oradores no practican la verdad? ¿Por qué no tienen entrada en la vida? ¿Qué está pasando aquí en realidad? ¿Ama con sinceridad la verdad una persona así? Es difícil de decir. Así era como los fariseos de Israel exponían la Biblia a los demás, aunque ellos mismos no podían guardar los mandamientos de Dios. Cuando el Señor Jesús apareció y obró, oyeron la voz de Dios pero se resistieron al Señor. Crucificaron al Señor Jesús y fueron maldecidos por Dios. Por lo tanto, todas las personas que no aceptan o practican la verdad son condenadas por Dios. ¡Qué miserables son! Si la doctrina de palabras y letras que predican puede ayudar a otros, ¿por qué no puede ayudarles a ellos? Haríamos bien en llamar a tal persona un hipócrita que no tiene realidad. Proporcionan a otros las palabras y las letras de la verdad, hacen que otros la practiquen, pero ellos mismos no la practican lo más mínimo. ¿Acaso una persona así no es una desvergonzada? No tienen la realidad de la verdad, sin embargo, al predicar las palabras y las letras de la doctrina a otros, fingen tenerla. ¿No es esto un engaño y un daño deliberados? Si una persona así fuera expuesta y descartada, solo podría culparse a sí misma. No merecería compasión” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Tercera parte). Las palabras de Dios eran una descripción exacta de mi estado. Al recordar la época en que regaba a la hermana Liu, vivía según un carácter corrupto y no la trataba justamente. No veía más que cómo revelaba la hermana Liu su carácter arrogante y que no aceptaba la verdad, pero no reflexionaba para nada sobre la corrupción que yo revelaba. No reconocía mi peor cara y criticaba descaradamente a la hermana Liu con las palabras de Dios, exigiéndole que mejorara. Era como si a otros les hiciera falta reflexionar sobre su corrupción, pero yo no fuera corrupta, por lo que no me hacía falta reflexionar. Realmente no me conocía a mí misma ¡y era muy desvergonzada! Enseñaba a otros a resolver sus problemas con las palabras de Dios, pero no reflexionaba ni alcanzaba la entrada lo más mínimo. ¿En qué se diferenciaba esto de los fariseos, falsamente píos? ¿Cómo esperaba ser de ayuda a la gente si cumplía así con el deber?

Luego, cuando volvió el esposo de la hermana Liu, ella le dijo: “Mi hermana me acaba de leer unos pasajes de la palabra de Dios y comprendí que estoy equivocada. Te he estado reprimiendo con mi carácter arrogante. En lo sucesivo practicaré según las palabras de Dios y dejaré de tratarte con un carácter corrupto”. Sentí todavía más vergüenza al ver a la hermana Liu capaz de practicar las palabras de Dios. Anteriormente la etiqueté como alguien que no aceptaba la verdad, pero, ahora, la realidad de la situación me supuso una bofetada. De camino a casa pensé en cómo había etiquetado y juzgado a la hermana Liu y me sentí bastante culpable. Recordé unas palabras de Dios: “Si, en el fondo, realmente comprendes la verdad, sabrás cómo practicarla y obedecer a Dios y, naturalmente, te embarcarás en la senda de búsqueda de la verdad. Si la senda por la que vas es la correcta y conforme a la voluntad de Dios, la obra del Espíritu Santo no te abandonará, en cuyo caso serán cada vez menores las posibilidades de que traiciones a Dios. Sin la verdad es fácil hacer el mal, y no podrás evitar hacerlo. Por ejemplo, si tienes un carácter arrogante y engreído, que se te diga que no te opongas a Dios no sirve de nada, no puedes evitarlo, escapa a tu control. No lo haces intencionalmente, sino que esto lo dirige tu naturaleza arrogante y engreída. Tu arrogancia y engreimiento te harían despreciar a Dios y verlo como algo insignificante; harían que te ensalzaras a ti mismo, que te exhibieras constantemente; te harían despreciar a los demás, no dejarían a nadie en tu corazón más que a ti mismo; te quitarían el lugar que ocupa Dios en tu corazón, y finalmente harían que te sentaras en el lugar de Dios y exigieras que la gente se sometiera a ti y harían que veneraras tus propios pensamientos, ideas y nociones como la verdad. ¡Cuántas cosas malas hacen las personas bajo el dominio de esta naturaleza arrogante y engreída! Para resolver el problema de hacer el mal, primero deben resolver su naturaleza. Sin un cambio de carácter, no sería posible obtener una resolución fundamental a este problema” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Solo buscando la verdad puede uno lograr un cambio en el carácter). Mientras meditaba las palabras de Dios, aprecié todavía con más claridad mi carácter corrupto. Al acordarme de mi época de riego a la hermana Liu, cuando ella no mejoró tras haberle hablado varias veces, no hice introspección, y hasta creí haber identificado el problema exacto y poder hablarle y resolver su situación. Si la hermana Liu no obedecía, era porque no aceptaba la verdad. Solo la había visto unas pocas veces y realmente no la conocía de nada, pese a lo cual la juzgué y etiqueté imprudentemente como si captara muy bien la verdad y pudiera descubrir la esencia de alguien tras verla unas pocas veces. Revelada una y otra vez, vi que no captaba la raíz y la esencia de los problemas de la gente ni la trataba según su conducta, naturaleza y esencia en general. En realidad no comprendía la verdad, pero creía profundamente en mí y me aferraba a mis creencias. No tenía el menor conocimiento de mí misma. Me di cuenta de que, si seguía tratando a los nuevos fieles de acuerdo con mi carácter arrogante, como mínimo tendría prejuicios hacia ellos, y sería susceptible de limitarlos y perjudicarlos y de demorar su entrada en la vida. En el peor de los casos, podría juzgarlos y etiquetarlos, incluso abandonarlos imprudentemente. Estaría en deuda con ellos. Me horrorizó un poco percatarme de esto, pero también sentí alivio. Cuando había mostrado señales de arrogancia, mi compañera me lo había señalado, gracias a lo cual pude reconocer mi problema y cambiar a tiempo. ¡Así me protegió Dios! Después tuve que irme temporalmente de la iglesia por exigencias del trabajo. Un mes más tarde, cuando volví a ver a la hermana Liu, me contó cómo había experimentado y dado testimonio de las palabras de Dios mientras predicaba el evangelio. Suspirando de emoción, prosiguió: “Últimamente, al predicar el evangelio, he visto que todo el mundo tiene muchas nociones distintas sobre Dios. A la gente no le resulta sencillo aceptar la obra de Dios en los últimos días y presentarse ante Él. Antes siempre creía que mi esposo no buscaba y le exigía que se abstuviera de muchas cosas. Le exigía demasiado; era culpa mía. Las palabras de Dios son verdaderamente grandes y aún he de experimentarlas más”. Al oír esto me alegré mucho por ella, pero también sentí mucha vergüenza y emoción. La gente necesita mucho tiempo y mucha experiencia para aceptar la verdad. Luego, cuando los nuevos mostraban señales de corrupción en el riego, me centraba en identificar la causa principal de su problema y buscaba principios relacionados con los que abordarlos. En esa época también descubrí que presentarse ante Dios y asentarse es un proceso que lleva tiempo. Mientras los regaba y sustentaba, también hacía introspección y rectificaba mis estados incorrectos y los sustentaba con amor, así que se asentaban y se presentaban ante Dios lo antes posible. Esta forma de cumplir mi deber me hacía sentir auténtica paz y tranquilidad.

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