Cuando tuve dificultades al predicar el evangelio

23 Oct 2022

Por An’fen, Myanmar

En 2020 acepté la obra de Dios Todopoderoso en los últimos días. Fui enormemente bendecida de poder recibir el regreso del Señor. Para difundir esta noticia sumamente importante, comencé a predicar el evangelio con la esperanza de que más gente regresara a Dios tras oír Su voz. Aun así, en febrero de 2022, a raíz de la represión de los credos religiosos por parte del Gobierno birmano, mi iglesia fue perseguida, y la labor evangelizadora, notablemente entorpecida. Algunos hermanos y hermanas no iban a reuniones por cobardía y debilidad, otros se volvieron pasivos en el deber, y, básicamente, la labor evangelizadora se paró. Por entonces yo también estaba pasiva en el deber. Hacía lo que me ordenara mi líder. Creía estar regando a la gente con normalidad, pero se trataba de aquellos que iban a reuniones de forma irregular y eran pasivos en el deber. Por tanto, yo no podía hacer nada. Como en ocasiones no había internet, no podía conectarme con mis hermanos y hermanas para saber del trabajo, así que tenía que salir a la calle a buscar conexión. A veces buscaba un buen rato, pese a lo cual no encontraba buena conexión, y con el tiempo se me iban las ganas de conectarme para saber del trabajo. En aquel entonces prediqué el evangelio a un pariente de una hermana. Los tres miembros de su familia aceptaron la obra de Dios de los últimos días, por lo que viví allí y los regué durante diez días. Me conformaba con regar a estos tres nuevos fieles y no quería predicar más. Pensaba: “En las aldeas cercanas se rumorea mucho que es difícil predicar el evangelio. Si sé regar bien a esta familia de tres miembros, me llevarán ante sus familiares y amigos para que les predique. ¿No es una buena manera de predicar el evangelio?”. Por ello, cuando mis hermanos y hermanas señalaban a receptores potenciales del evangelio de aldeas vecinas, rara vez hablaba de cómo predicarles el evangelio. Esto afectaba directamente a la labor evangelizadora.

Después, al repasar el trabajo, según el líder, la labor evangelizadora de la iglesia casi se había parado ese mes, y comentó otros problemas. Esto me entristeció mucho. Luego, una hermana me advirtió que me conformaba con la situación y no aspiraba a progresar en el deber. Eso me supuso un despertar repentino. Comprendí que no llevaba una carga en el deber. Como líder de iglesia, yo no hacía lo que una líder debería, y no afrontaba ni resolvía dificultades, lo que afectaba a la labor envagelizadora. Cuanto más lo pensaba, peor me sentía. Mientras reflexionaba, leí en la palabra de Dios: “En la actualidad, hay algunas personas que no llevan cargas por la iglesia. Estas personas son flojas y descuidadas, y solo les preocupa su propia carne. Son extremadamente egoístas y, también, ciegas. Si no puedes ver este asunto con claridad, no llevarás ninguna carga. Cuanto más consciente seas de la voluntad de Dios, mayor será la carga que Él te confiará. Las personas egoístas no están dispuestas a sufrir tales cosas ni a pagar el precio y, como resultado, perderán oportunidades para que Dios las perfeccione. ¿Acaso no se están haciendo daño a sí mismas? Si eres alguien consciente de la voluntad de Dios, desarrollarás una carga verdadera para la iglesia. De hecho, en lugar de considerar que esto es una carga que llevas para la iglesia, sería mejor que la consideraras como una carga que llevas para tu propia vida, porque el propósito de esta carga que desarrollas para la iglesia es que utilices estas experiencias para que Dios te perfeccione. Por tanto, quien lleve la mayor carga para la iglesia, quien lleve una carga para entrar en la vida, será a quien Dios perfeccionará. ¿Has visto esto claramente? Si la iglesia con la que estás se encuentra esparcida como la arena, pero tú no te sientes ni preocupado ni inquieto e incluso haces la vista gorda cuando tus hermanos y hermanas no comen ni beben normalmente las palabras de Dios, entonces no estás llevando carga alguna. A Dios no le gustan tales personas. La clase de personas que a Él le agradan tienen hambre y sed de justicia y son conscientes de Su voluntad” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Sé consciente de la voluntad de Dios para alcanzar la perfección). Al meditar las palabras de Dios sentí mucha culpa. Era líder de iglesia, pero, al ver parada la labor evangelizadora, no sentí apremio alguno, busqué excusas objetivas y pensé que, como no tenía buena conexión a internet, era comprensible que no supiera del trabajo. En cuanto a los receptores potenciales del evangelio proveídos por mis hermanos y hermanas, casi nunca les enseñaba a estos cómo predicarles el evangelio; y cuando mis hermanas querían hablarme de trabajo, no me encontraban. Ante la persecución a la iglesia, mis hermanos y hermanas estaban cohibidos y débiles, incapaces de reunirse con normalidad o de cumplir su deber, pero yo no buscaba la verdad para corregir eso. Por fin me di cuenta de que el freno a la labor evangelizadora guardaba relación directa conmigo. Según las palabras de Dios, “En la actualidad, hay algunas personas que no llevan cargas por la iglesia. Estas personas son flojas y descuidadas, y solo les preocupa su propia carne. Son extremadamente egoístas y, también, ciegas”. Me percaté de que era la persona egoísta descrita en la palabra de Dios. No llevaba una carga en la labor de la iglesia, siempre me conformaba con la situación, solo me importaba mi comodidad y me negaba a sufrir o a pagar un precio. Al ver resentirse la labor evangelizadora de la iglesia, no sentí apremio ni ansiedad, y me volvía débil y pasiva en las dificultades. Realmente era muy egoísta. Pensé en iglesias también perseguidas por el Gobierno en otros sitios, pero los hermanos y hermanas aún predicaban el evangelio y hacían nuevas iglesias, mientras que la labor evangelizadora de la nuestra había parado; todo esto porque yo era egoísta y despreciable, no llevaba una carga y no me responsabilizaba. Me sentí muy en deuda con Dios. Cuando llevaba una carga, si alguien estudiaba el camino verdadero, pronto ordenaba a otro que le predicara el evangelio, y cuando tenían problemas los hermanos y hermanas, les enseñaba la verdad para resolverlos. Cuanto más cooperaba, más tenía la obra del Espíritu Santo, la labor evangelizadora era eficaz y yo sentía tranquilidad y gozo. Sin embargo, últimamente, como cumplía con el deber sin llevar una carga, la labor evangelizadora era ineficaz. En ese momento, con estas palabras de Dios: “Quien lleve la mayor carga para la iglesia, quien lleve una carga para entrar en la vida, será a quien Dios perfeccionará”, por fin logré entender algo. Solo los que tienen en consideración la voluntad de Dios y llevan una carga en la labor de la iglesia pueden ser perfeccionados por Él. También me percaté de que, si no podía cambiar mi estado de pasividad, eso no solo afectaría al trabajo de la iglesia, sino que yo terminaría revelada y descartada. Sentí un poco de miedo al pensarlo. No podía seguir siendo pasiva y negligente. Oré a Dios para pedirle que me ayudara a llevar una carga y que me guiara para tener en consideración Su voluntad y cumplir bien mi deber.

Después debatí con el supervisor y los líderes de grupo sobre dónde más podríamos ir a predicar el evangelio. Encontramos una aldea donde todos creían en el Señor, pero no había nadie adecuado para ir entonces. Pensé: “Esta vez he de tener en consideración la voluntad de Dios y no puedo no llevar una carga como antes. He de asumir activamente esta responsabilidad”. Así, me ofrecí voluntaria para ir a esa aldea a predicar el evangelio. Pero estaba algo nerviosa porque nunca había ido sola a dar testimonio de la obra de Dios en los últimos días, por lo que me preocupaba no saber hablar claro. Pensé: “No sé si aquí tienen internet. ¿Pueden hablar por internet los hermanos y hermanas que predican el evangelio?”. Me di cuenta de que mi estado era incorrecto y de que me apoyaba en la gente, así que oré en mi interior para pedir a Dios sabiduría y fe mientras predicara el evangelio allí. Al llegar a la aldea, una hermana me llevó directa a casa del alcalde a predicar. Inesperadamente, el alcalde quiso llevarme al pastor. Me emocionó saber aquello, pero también tuve ciertas preocupaciones: “Nunca he predicado el evangelio sola. Si el pastor tiene nociones, ¿cómo debo hablarle? ¿Y si no solo no lo acepta, sino que, de hecho, se opone a mí? ¿Podremos, pese a ello, predicar el evangelio en esta aldea?”. Me inquieté mucho. Cuando llegué a casa del pastor, quise llamar a mis hermanos y hermanas para pedirles ayuda, pero no tenía internet en el teléfono. Sin saber por dónde empezar, oré reiteradamente a Dios para rogarle que estuviera conmigo y me diera fe, de modo que pudiera dar testimonio de Su obra en los últimos días. Tras orar recordé unas palabras de Dios: “El corazón y el espíritu del hombre están en la mano de Dios; todo lo que hay en su vida es contemplado por los ojos de Dios. Independientemente de si crees esto o no, todas las cosas, vivas o muertas, se moverán, se transformarán, se renovarán y desaparecerán, de acuerdo con los pensamientos de Dios. Así es como Dios preside sobre todas las cosas” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Dios es la fuente de la vida del hombre). Cierto. Dios es omnipotente, y toda persona, cuestión y cosa está en Sus manos, incluidos el corazón y el espíritu de las personas, así que tenía que aprender a ampararme en Dios. Oré a Dios en mi interior: “Dios mío, si este pastor es una de Tus ovejas, seguro que entenderá Tu voz y aceptará Tu obra”. Después de orar sentí fortaleza interior, como si nada fuera imposible con Dios a mi lado. Luego aproveché los desastres y asuntos mundiales actuales para hablar de las profecías de la venida del Señor. Tras oírlo, el pastor coincidió y le pareció probable el regreso del Señor. Además, mandó a llamar a otros dos pastores para que me escucharan. Como temía no saber hablar claro y resolver sus problemas, dentro de mí clamé una y otra vez a Dios para pedirle que me guiara. Me acordé de cuando Dios pidió a Moisés que sacara de Egipto a los israelitas. Moisés sabía que sería difícil y peligroso acudir al faraón de Egipto, pero su actitud fue de obediencia y sumisión. Dios estaba con él, respaldándolo, y, con Su guía, Moisés sacó a los israelitas de Egipto. Recordé la historia de la derrota de David a Goliat. Cuando los israelitas vieron a Goliat, tuvieron miedo. Solo David se atrevió a salir a luchar. David dijo a Goliat: “Vienes a mí con espada, lanza y escudo, pero yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos” (1 Samuel 17:45).* Así, David mató a Goliat con una simple piedra. Con estas dos historias descubrí que, ante las dificultades, solo con auténtica fe podemos contemplar los actos de Dios y que Él llega adonde la gente no. Al pensarlo, me armé de valor.

Entonces llegaron dos pastores más. Mediante profecías bíblicas les enseñé cómo Dios aparece y obra encarnado en los últimos días, el sentido de Su encarnación y lo que es esta. También di testimonio de que Dios vino a realizar la obra de juicio y purificación, de que, en los últimos días, Dios se llama Dios Todopoderoso y de que Él es el regreso del Señor Jesús. Cuando acabé, el primer pastor lloró de la emoción. Enjugándose las lágrimas, dijo: “Llevo más de 40 años predicando para el Señor y la mayor parte de mi vida aguardando Su regreso. En realidad, ¡el Señor ya ha regresado! ¡Le estoy muy agradecido a Dios por haber podido recibir hoy al Señor!”. Al oír al pastor, me emocioné y lloré con él, y también le estaba muy agradecida a Dios. A decir verdad, yo no hablé muy exhaustivamente, por lo que el pastor aceptó el evangelio y entendió las palabras de Dios totalmente guiado por Él.

El pastor lo aceptó y señaló que haría que toda la aldea oyera mi sermón esa noche. Estaba tan emocionada que di gracias a Dios una y otra vez en mi interior. Esa noche, el pastor y el alcalde invitaron a dos aldeas a reunirse y contaron a todos la noticia de la venida del Señor. Aquella noche, más de 30 personas aceptaron la obra de Dios de los últimos días. Algunos lugareños dijeron: “Hace cuatro años que el Gobierno nos prohibió creer en el Señor. Todos vivimos con dolor y extrañamos poder celebrar reuniones. ¡Gracias a Dios!”. Otro lugareño, conmovido, comentó: “Hace años que no tenemos reuniones. Tú has venido a predicarnos el evangelio para que oigamos la voz de Dios, y le estoy muy agradecido a Dios por ello”. En una noche predicamos el evangelio a la aldea entera. Nunca esperé que la primera vez que predicara el evangelio lo aceptara el pastor junto con muchos más. ¡Fue, sencillamente, increíble! Sabía que esto era fruto de la obra del Espíritu Santo, pero aún creía que era experta y cumplía muy bien con el deber. Sin darme cuenta, empecé a sentirme orgullosa y satisfecha de nuevo con la situación, por lo que solo quería regar a estos nuevos fieles con la hermana a cargo del riego y no ir más a predicar. En esa época, rara vez preguntaba por la labor de la iglesia y oraba a Dios menos que antes.

Un día, cargando el teléfono, hubo un cortocircuito. Introduje la tarjeta SIM en otro teléfono, pero, sorprendentemente, también ese saltó. Vi entonces que me estaba dando contra una pared y que esa tal vez fuera la disciplina de Dios, así que me puse a reflexionar sobre mis problemas. Leí en la palabra de Dios: “En general, todos vivís en un estado de pereza, desmotivados sin querer hacer ningún sacrificio personal, o esperáis pasivamente y algunos hasta se quejan; no entienden los objetivos y la relevancia de la obra de Dios y les resulta difícil buscar la verdad. Esas personas detestan la verdad y acabarán descartadas. Ninguna de ellas puede perfeccionarse ni sobrevivir. Si la gente no tiene un poco de determinación para oponerse a las fuerzas de Satanás, ¡no hay esperanza para ella!” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Práctica (7)). “No seas un seguidor pasivo de Dios y no busques lo que te da curiosidad. Al no ser ni frío ni caliente, tú mismo te echarás a perder y retrasarás tu vida. Te debes deshacer de esa pasividad e inactividad, y debes volverte adepto a buscar cosas positivas y debes vencer tu propia debilidad para ganar la verdad y vivir la verdad. No hay nada terrible en tu debilidad, y tus deficiencias no son tu mayor problema. Tu mayor problema y tu mayor deficiencia son que no eres ni caliente ni frío y tu falta de deseo por buscar la verdad. El mayor problema con todos vosotros es la mentalidad cobarde por la cual estáis felices con las cosas como están y esperáis pasivamente. Ese es vuestro mayor obstáculo y el mayor enemigo en vuestra búsqueda de la verdad” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Las experiencias de Pedro: su conocimiento del castigo y del juicio). Tras leer la palabra de Dios hice introspección. Cuando se predicó el evangelio a toda la aldea, creí que Dios estaba satisfecho con mi desempeño en el deber, por lo que estaba orgullosa y satisfecha con la situación y no quería seguir predicando el evangelio. Una vez que tenía resultados, no aspiraba a progresar más. Deseaba demasiado conformarme con la situación. Anteriormente demoré la labor evangelizadora precisamente por conformarme con la situación, y ahora lo estaba haciendo de nuevo. Dios exige que pongamos todo nuestro corazón y toda nuestra mente en el deber. ¿Cómo iba a estar satisfecho Dios con mi desempeño en el deber? Entendí entonces que, si no progresaba en el deber, iba a volver a las andadas y, en materia de entrada en la vida y de resultados de predicación del evangelio, me quedaría atrás. Siempre me conformaba con la situación, no buscaba la verdad y me estaba distanciando de Dios. A largo plazo, de ese modo solo me perjudicaría. Mi conformidad con la situación era mi mayor obstáculo para buscar la verdad y cumplir mi deber, y así solo me perjudicaría y hundiría a mí misma. Como dicen las palabras de Dios, “Al no ser ni frío ni caliente, tú mismo te echarás a perder y retrasarás tu vida”. Y según el Apocalipsis, “Así, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca” (Apocalipsis 3:16). Yo era el agua tibia de la palabra de Dios: ni fría ni caliente y conforme con la situación. De seguir así, no tendría esperanza alguna y en verdad sería descartada. Me asustó un poco pensarlo, por lo que oré a Dios para arrepentirme diciéndole que, sin importar qué dificultades afrontara en el futuro, me esforzaría y nunca volvería a las andadas ni me conformaría con la situación.

Pero justo cuando empecé a ser activa en la predicación, me topé con otra dificultad grave. Nos denunciaron, así que el gobierno municipal supo que había ido gente a predicar el evangelio. Si nos encontraban, probablemente nos detendrían junto con los lugareños y el alcalde. Como el alcalde y los lugareños temían verse implicados, nos pidieron que nos marcháramos y volviéramos una vez calmadas las cosas. Pensé: “¿Qué les pasará a estos nuevos fieles si nos vamos? Acaban de aceptar el evangelio y no tienen ninguna base, pero, si nos quedáramos ambas, podríamos llamar fácilmente la atención”. Al final decidimos que se fuera la hermana de riego, mientras que yo me quedaría sola en la aldea sustentando a los nuevos. Pese a saber que esto era lo más adecuado, estaba algo triste. Me sentía totalmente sola en un lugar desconocido. Dado que el pastor aún tenía muchas nociones, no tenía del todo seguro el camino verdadero y temía ser detenido, también quería que yo me fuera. Me sentí muy ofendida. El pastor y el alcalde me estaban echando y era como si yo no tuviera casa. En este estado no tenía motivación para orar y sentía algo de nostalgia. Al hablar con el pastor descubrí que todavía tenía muchas nociones. Por eso creía que él no tenía un buen entendimiento. Cuando vi que venían pocos nuevos fieles a las reuniones por miedo a ser detenidos, no llevé una carga para sustentarlos. Por entonces pensaba: “Está bien que vinieran estos pocos. Los llamé, pero el resto no vino, así que no puedo hacer más”. Poco a poco, cada vez asistían menos nuevos a las reuniones con regularidad, y yo estaba sumida en la dificultad y cada vez más deprimida. Más tarde hablé por teléfono con una hermana sobre mi estado, y ella me envió un pasaje de la palabra de Dios. “Que así son las personas cuando no han alcanzado la verdad: que todas viven con fervor, un fervor sumamente difícil de mantener: han de tener a alguien que les predique y enseñe todos los días; una vez que no hay nadie que las riegue y provea y nadie que las sustente, se les enfría de nuevo el corazón, flaquean una vez más. Y cuando su corazón flaquea, se vuelven menos eficaces en el deber; si se esfuerzan más, la eficacia aumenta, el cumplimiento de su deber se hace más productivo y aprenden más. ¿Es esta vuestra experiencia? […] La gente debe tener voluntad; solamente aquellos que tienen voluntad pueden esforzarse verdaderamente por la verdad, y solo una vez que hayan comprendido la verdad podrán cumplir correctamente con el deber, satisfacer a Dios y avergonzar a Satanás. Si tú tienes esta clase de sinceridad y no haces planes en aras de tu propio bien, sino nada más que para alcanzar la verdad y cumplir correctamente con el deber, tu cumplimiento de él se volverá algo normal y se mantendrá constante todo el tiempo; sin importar con qué circunstancias te encuentres, sabrás perseverar en el cumplimiento del deber, Independientemente de quién o qué pueda llegar a confundirte o perturbarte, sea tu estado de ánimo bueno o malo, serás capaz igualmente de cumplir con el deber con normalidad. De esta manera, Dios podrá tomarse un respiro respecto a ti, y el Espíritu Santo podrá darte esclarecimiento para que comprendas los principios de la verdad y guiarte para que entres en la realidad de la verdad; en consecuencia, seguro que tu cumplimiento del deber estará a la altura. […] Debes tener fe en que todo está en manos de Dios, y que los humanos solo están cooperando con Él. Si tu corazón es sincero, Dios lo verá, y te abrirá todos los caminos, haciendo que las dificultades ya no sean difíciles. Esta es la fe que debes tener. Por tanto, no hace falta que os preocupéis por nada mientras cumplís con vuestro deber, siempre y cuando dediques todas tus fuerzas y pongas tu corazón en ello. Dios no te pondrá las cosas difíciles ni te obligará a hacer nada de lo que no seas capaz” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. En la fe en Dios, lo principal es practicar y experimentar Sus palabras). A base de aplicar la palabra de Dios, vi que cumplía con el deber únicamente desde el entusiasmo y que no era leal a Dios. Tras llegar a nosotros la persecución del Gobierno, el alcalde me pidió que me fuera y los nuevos fieles no asistían a las reuniones por miedo a ser detenidos. Ante estas dificultades, no tuve una actitud positiva, no busqué la guía de Dios ni me esmeré por regar a los nuevos fieles para que pudieran cimentar su fe. Por el contrario, me volví pasiva y me conformé con unos pocos nuevos fieles. Precisamente por cumplir con el deber sin llevar una carga ni aspirar a progresar, la asistencia a las reuniones de nuevos fieles era cada vez más irregular. Como dicen las palabras de Dios, “Cuando su corazón flaquea, se vuelven menos eficaces en el deber; si se esfuerzan más, la eficacia aumenta, el cumplimiento de su deber se hace más productivo y aprenden más”. Muy cierto. Cuando llevaba una carga y deseaba pagar un precio, descubría la guía y las bendiciones de Dios y mi predicación del evangelio era eficaz. Sin embargo, cuanto tenía dificultades, no llevaba una carga en el deber, era irresponsable, débil y pasiva, por lo que me volvía ineficaz en él. Era gracia de Dios el que yo pudiera realizar un deber, pero no era capaz de hacerlo bien para satisfacerlo. ¡Era demasiado rebelde!

Luego leí otro pasaje de la palabra de Dios: “¿Qué significa ‘mantenerse firme en el deber propio’? Significa que, sean cuales sean las dificultades con las que uno se encuentre, no se desespera, ni se convierte en un desertor ni elude su responsabilidad. Hace todo lo que puede. Eso es lo que significa mantenerse firme en el deber. Digamos, por ejemplo, que se ha dispuesto que hagas algo. No hay nadie que te vigile, ni nadie que te supervise y te anime. ¿Cómo podrías mantenerte firme en tu deber? (Aceptando el escrutinio de Dios y viviendo ante Él). Aceptar el escrutinio de Dios es el primer paso; esa es una parte. La otra parte es hacerlo con todo tu corazón y toda tu mente. ¿Qué debes hacer para poder actuar con todo tu corazón y toda tu mente? Debes aceptar la verdad y ponerla en práctica; debes aceptar y obedecer todo lo que Dios requiera; debes tratar tu deber como un asunto individual y personal, que no exija la preocupación de nadie más, ni su constante vigilancia, ni sus controles, ni sus prisas, ni siquiera su trato y su poda. Debes pensar para ti mismo: ‘Cumplir con este deber es mi responsabilidad. Es mi papel, y ya que se me ha encomendado hacerlo y se me han explicado los principios y los he captado, me pondré las pilas y lo haré con toda mi alma. Haré todo lo que pueda para que se haga bien. Solo me detendré cuando alguien me diga que me detenga; hasta entonces, continuaré con ello con la misma determinación’. Esto es lo que significa mantenerse firme en el deber con todo el corazón y toda la mente. Así es como debe comportarse la gente. Entonces, ¿de qué debe estar dotada una persona para mantenerse firme en su deber con todo su corazón y toda su mente? En primer lugar, debe tener la conciencia que debe tener un ser creado. Eso es lo mínimo. Además de eso, debe ser devofa. Como humano, para aceptar la comisión de Dios, uno debe ser devoto. Debe ser completamente devoto a Dios, y no puede serlo a medias ni dejar de aceptar la responsabilidad; actuar según sus propios intereses o estados de ánimo está mal, eso no es ser devoto. ¿A qué se refiere ser devoto? Significa que mientras cumples tus deberes, no estás influenciado y constreñido por estados de ánimo, ambientes, personas, asuntos o cosas. Deberías pensar para tus adentros: ‘He recibido esta comisión de Dios; Él me la ha dado. Esto es lo que debo hacer. Por lo tanto, lo haré considerándolo como si fuera asunto mío, de la manera que dé mejores resultados, dándole importancia a satisfacer a Dios’. Cuando tienes este estado, no solo estás siendo controlado por tu conciencia, sino que la devoción también está involucrada. Si solo te satisface conseguirlo, sin aspirar a ser eficiente y lograr resultados, y sientes que solo basta con dedicar algo de esfuerzo, entonces esto es meramente el criterio de la conciencia, y no puede contarse como devoción” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Tercera parte). Tras leer las palabras de Dios, entendí cómo cumplir con el deber. Este deber se me confió a mí, así que tenía que esmerarme por hacerlo bien y sin supervisión de nadie. Sin importar si afrontaba dificultades, si se veían implicados mis intereses o yo tenía que sufrir, tenía que aceptar el examen de Dios y cumplir bien mi deber. Mientras continuara la labor evangelizadora, tenía que hacer todo lo posible y considerar el deber mi misión, y no podía abandonar, eludir la responsabilidad ni actuar según mi ánimo. Entonces cumpliría con el deber.

A continuación fui a hablar con los nuevos fieles que no asistían a las reuniones. Les dije: “Si no pueden venir a las reuniones por la noche, cuando tengan tiempo por el día, yo puedo venir a enseñarles”. Esto conmovió a algunos nuevos fieles, que se mostraron dispuestos a ir a las reuniones. Una noche organicé una reunión con el pastor y los lugareños. Les expliqué: “La obra de Dios ya va a concluir, así que no debe darnos miedo que nos persiga el Gobierno por reunirnos a leer Sus palabras. Si nos da miedo, perderemos Su salvación. Los desastres ya van en aumento y solo Dios Todopoderoso puede salvarnos. Debemos creer que Dios es soberano de todo, tener fe en Él y no retroceder ante la persecución que afrontamos. He predicado el evangelio en su aldea, y si ellos me descubren, me detendrán. Tan solo soy una joven y temo que me detengan; ¿y por qué no me voy? Porque esta es mi responsabilidad. Acaban de aceptar el evangelio del reino y por fin han oído la voz de Dios. Ha llegado esta pequeña persecución, y me pidieron que me fuera, pero si me fuera para protegerme y los abandonara a todos, sería un incumplimiento del deber”. Después de mis palabras honestas, el pastor dijo a los lugareños: “Tenemos que protegerla a partir de ahora. No le cuenten a nadie que está predicando el evangelio en esta aldea. Si alguien pregunta, respondan que no saben”. Me emocionaron mucho las palabras del pastor. Aunque aún tenía muchas nociones religiosas, estaba dispuesto a buscar, así que le impartí unas enseñanzas orientadas a sus nociones, y los hermanos y hermanas le enviaron unas palabras de Dios Todopoderoso. El pastor escuchó atentamente, y se corrigieron algunas de sus nociones. Después, el pastor iba de forma activa a las reuniones, y les dijo a los lugareños: “Quiero que todos vengan a las reuniones. Hemos de aceptar la obra de Dios de los últimos días, aguantar y no quedarnos atrás. ¡Dios Todopoderoso es el regreso del Señor Jesús!”. ¡Gracias a Dios! Tras esta experiencia, realmente descubrí que todo está en las manos de Dios. Antes simplemente afirmaba que todo estaba en las manos de Dios, pero ahora experimenté de hecho que, en realidad, todo está en Sus manos y que siempre que la gente coopere sinceramente con Dios, Él la guiará. Nada es imposible con Dios.

Poco tiempo después, las autoridades municipales fueron a la aldea y nos llevaron al pastor y a mí al ayuntamiento. Estaba nerviosa y asustada, pero me acordé de que todo estaba en manos de Dios y de que, ya que Él permitía que me sobreviniera este entorno, debía obedecer. Caminando por la calle, oré en silencio a Dios para pedirle que estuviera conmigo. Recordé la palabra de Dios: “Independientemente de lo ‘poderoso’, audaz y ambicioso que sea Satanás, de lo grande que sea su capacidad de infligir daño, del amplio espectro de las técnicas con las que corrompe y atrae al hombre, lo ingeniosos que sean los trucos y las artimañas con las que intimida al hombre y de lo cambiante que sea la forma en la que existe, nunca ha sido capaz de crear una simple cosa viva ni de establecer leyes o normas para la existencia de todas las cosas, ni de gobernar y controlar ningún objeto, animado o inanimado. En el cosmos y el firmamento no existe una sola persona u objeto que hayan nacido de él, o que existan por él; no hay una sola persona u objeto gobernados o controlados por él. Por el contrario, no sólo tiene que vivir bajo el dominio de Dios, sino que, además, debe obedecer todas Sus órdenes y Sus mandatos. Sin el permiso divino, le resulta difícil incluso tocar una gota de agua o un grano de arena sobre la tierra; ni siquiera es libre para mover a las hormigas sobre la tierra, y mucho menos a la humanidad creada por Dios” (La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. Dios mismo, el único I). Al recordar las palabras de Dios, estaba tranquila, no tenía tanto miedo y creí que todo estaba en Sus manos.

En el ayuntamiento, al pastor y a mí nos encerraron en una sala para interrogarnos. Reaparecieron entonces las migrañas del pastor. No tenía fuerzas, le temblaban las manos y los pies, tenía dolor y le preocupaba morir allí. Yo hablé con él: “Este entorno es una prueba para nosotros, para ver si seguimos realmente a Dios. Todo está en Sus manos y Satanás no nos hará nada sin Su permiso, así que hemos de tener fe”. Tras mis palabras, al pastor se le saltaron las lágrimas. Me respondió: “¡Gracias a Dios! Todo está en Sus manos y Él está con nosotros, por lo que no puedo temer la muerte”. Prosiguió: “Si nos interrogan, diré que eres mi hija y que has venido a ayudarme con el trabajo”. Por tanto, el pastor y yo tuvimos la confianza necesaria para experimentar este entorno. Al final, el gobernador nos multó al pastor y a mí con 300 yuanes y nos soltó.

Después de esta detención, descubrí la omnipotente soberanía de Dios y que en Sus manos están el corazón y el espíritu de las personas. Aunque la senda de predicación del evangelio sea dura y peligrosa, en esa época maduré un poco. Cuando me persiguieron en el pasado, fui pasiva, pero ahora fui capaz de responsabilizarme de forma activa ante el peligro. Este cambio y este valioso beneficio no los podría haber obtenido de otro modo. ¡Gracias a Dios!

El fin de todas las cosas se está acercando, ¿quieres saber cómo el Señor recompensará el bien, castigará el mal y determinará el fin de cada uno? Bienvenido a contactarnos para descubrir la respuesta.

Contenido relacionado

Así dejé de mentir

Por Marinette, Francia Antes de aceptar la obra de Dios de los últimos días, mentía y le hacía la pelota a la gente como si nada, pues me...

¿Por qué soy tan arrogante?

Por Rui Zhi, Corea del Sur Era responsable de los trabajos en video de la iglesia. Tras un tiempo de práctica, logré captar algunos...

Encrucijada

Por Li Yang, China Nací en el campo y crecí en una familia pobre. Mis padres eran unos ingenuos campesinos muy acosados. De niño juré que,...

Contacta con nosotros por WhatsApp