Solo la honestidad trae semejanza humana

7 Feb 2021

Por Shizai, China

Mi esposo y yo vendemos muebles de oficina. Empezamos llevando el negocio honestamente y hacíamos exactamente lo que los clientes pedían, sin agregar nada falso. Pero pasó un año y, tras pagar todos los gastos, apenas nos alcanzaba para vivir. Los dueños de la tienda de al lado trabajaban en el mismo rubro, pero ganaban mucho más que nosotros. Estaba confundida: ¿por qué no podíamos ganar tanto como ellos? Quería ir a mirar y aprender, a ver cómo ganaban su dinero. Un día, un cliente entró a su tienda y pidió un sofá, un escritorio de recepción y una mesa. Quería que todo fuera de lo mejor. Vi que el dueño le prometía que todo sería de la mejor calidad, pero, en cuanto el cliente salió, tomó productos de tercera categoría de su fábrica, los intercambió por los de primera categoría y se los envió al cliente. Ganó más de 10.000 yuanes de una vez. Me impactó mucho verlo emplear este tipo de tácticas. Pensé: “¡Así es como lo hacen! ¿No es eso engañar al cliente? No es una forma muy honesta de hacer negocios”. Pero después pensé: “Estamos en el mismo rubro, pero ellos ganan más dinero y viven mejor, mientras que nosotros apenas sobrevivimos. Hay mucha disparidad”. Pensé que podía aprender algunas cosas de ellos. Así que, para ganar más dinero, empecé a ignorar mi conciencia y a vender como hacían los vecinos.

Una vez, un cliente vino a comprar suministros de oficina y pidió que todo fuera de la mejor calidad. Le aseguré una y otra vez que sería solo lo mejor y que tendría garantía de por vida para que se sintiera cómodo comprándonos a nosotros. Cuando se fue, cambié lo que había elegido por productos de tercera categoría que se veían exactamente iguales a los buenos porque costaban mucho menos dinero. Me sentí muy intranquila al entregar el pedido. Pensé: “Si lo descubre y exige un rembolso, no solo perderé dinero. Me acusará a la cara de ser una estafadora”. Este pensamiento me puso aún más nerviosa. Mi corazón se aceleró y ni siquiera podía mirarlo a la cara. Me sorprendí cuando revisó el pedido y no notó nada, y por fin pude relajarme un poco. Cuando cobré esa factura, había ganado decenas de miles de más y, aunque tenía sentimientos de culpa y sabía que esto no era honesto ni ético, no pude evitar sentirme secretamente complacida por ganar tanto dinero tan rápido. Después de un tiempo, mentir y engañar constantemente sí me causó bastantes problemas. A veces, cuando vendía algo falso, el cliente llamaba para que se lo arreglara. Pero las falsificaciones no tenían servicio de posventa, por lo que tenía que hallar todo tipo de excusas para que desistieran. A veces, alguien se enojaba y decía: “Ustedes, los comerciantes, no se hacen responsables de nada después de la venta. ¡No son para nada dignos de confianza!”. No me resultaba fácil oír que un cliente me decía eso, pero después pensaba que todos trabajaban así, entonces, ¿no era lo normal? Ese sentimiento de culpa empezó a desaparecer gradualmente.

Pasaron algunos años y, aunque había ganado dinero y vivía más cómodamente, no sentía nada de alegría en mi corazón. En cambio, todo el tiempo me sentía nerviosa porque vendía muchas falsificaciones, temerosa del día en que un cliente descubriera un problema de calidad y me exigiera un rembolso o me denunciara. Eso me costaría mucho dinero. También me costaría mi reputación y la gente tal vez hablaría a mis espaldas. Para evitar esto, pensaba constantemente cómo apaciguaría las cosas si alguna vez recibía ese tipo de llamada. Vivir así era agotador. A menudo pensaba: “Si comerciara honestamente y comprara lo que los clientes piden sin darles algo de menor calidad, no tendría que preocuparme por esto todo el tiempo. Pero tengo muchos gastos en la tienda y en casa. Si comerciara honestamente y comprara lo que los clientes piden, no ganaría mucho dinero. ¿No dicen que ‘No existe el comerciante honesto’? ¿No se hacen así las cosas ahora? No puedo ganar suficiente sin engañar, así que solo me concentraré en el dinero”. Así, aunque a veces me remordía la conciencia, seguí usando turbias tácticas comerciales para ganar más dinero.

En 2004, mi cuñada compartió conmigo la obra de los últimos días de Dios Todopoderoso. Al leer las palabras de Dios, me convencí de que era la obra de los últimos días de Dios y empecé a vivir la vida en la iglesia. Un día, leí esto en las palabras de Dios: “Mi reino necesita a los que son honestos; a los que no son hipócritas o astutos. ¿Acaso las personas sinceras y honestas no son impopulares en el mundo? Yo soy justo lo opuesto. Es aceptable que las personas honestas vengan a Mí; me deleito en esta clase de personas, y también necesito a esta clase de personas. Esto es precisamente Mi justicia” (‘Capítulo 33’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). “Debéis saber que a Dios le gustan los que son honestos. En esencia, Dios es fiel, y por lo tanto siempre se puede confiar en Sus palabras. Más aún, Sus acciones son intachables e incuestionables, razón por la cual a Dios le gustan aquellos que son absolutamente honestos con Él” (‘Tres advertencias’ en “La Palabra manifestada en carne”). Al leer esto, aprendí que a Dios le gustan las personas honestas y que Él requiere que seamos honestos y rectos en nuestras palabras y acciones. No deberíamos mentir ni engañar a Dios ni al hombre. Pensé: “Ser honesto está muy bien, es una forma de vida tranquila y pacífica. Pero en esta sociedad obsesionada con el dinero, la gente considera idiotas a las personas honestas. Sobre todo para nosotros, los comerciantes, engañar a los clientes es un secreto a voces. Si soy completamente honesta, no ganaré nada de dinero y no podré ganarme la vida. Alguien incluso podría tomarme por tonta y engañarme. Pero Dios requiere que seamos honestos, ¿qué debería hacer?”. Pensé en un punto medio. Hablaría y actuaría de modo completamente honesto en la iglesia, con los hermanos y hermanas. No necesitaría estar con la guardia en alto y nadie se burlaría de mí. Pero no podía ser una persona honesta en el trabajo. Empecé a poner eso en práctica.

Un día, un cliente llegó y pidió 120 escritorios y sillas. Todos los modelos que eligió en la tienda eran de buena calidad y no tenían olor a formaldehído. Pensé: “Cambiaré lo que pidió por los productos de otra fábrica que se ven exactamente igual a los que pidió, aunque son de menor calidad y tienen olor a formaldehído. Ganaré 1.200 yuanes más”. Decidí venderle muebles de menor calidad. Pero luego pensé que el formaldehído era dañino y me sentí intranquila. Pero sabía que todas las demás tiendas comerciaban así. Si yo no lo engañaba, él iría a otro lado, y lo engañarían ahí. Decidí que mejor ganaría yo ese dinero. Con la conciencia tranquila, ordené los productos falsos. Cuando, unos días después, hice la entrega, el cliente tuvo sospechas de la calidad y el olor. Me preguntó: “¿No es esto peligroso? ¿Cómo puede comerciar así? ¡Ya no quiero estas cosas!”. Quise negociar con él y ofrecerle un mejor trato siempre y cuando se quedara con todo. Pero no me dio la oportunidad de hablar, sino que dijo, con firmeza y resolución, que quería devolverlo todo. No tuve opción más que llevarme esos 120 escritorios y sillas. Cuando llegué a casa, me sentía fatal. Pensé que actuar de manera deshonesta era mucho trabajo y consumía muchos recursos. No era solo el dinero; mi reputación y mi dignidad habían sido dañadas. Estaba cosechando lo que había sembrado. Si actuaba como Dios lo requería y no vendía falsificaciones, no ganaría tanto dinero, nadie se enojaría conmigo y yo no me agotaría ni viviría preocupada. Al actuar de modo turbio, ¡me dañaba a mí y a los demás! Fui ante Dios para orar y dije: “¡Oh, Dios! Tú requieres que seamos honestos, pero yo sigo siendo deshonesta en mi negocio. Lo que sucedió hoy fue Tu disciplina y yo ya me he cansado de la amargura de vivir así. Ya no quiero engañar a la gente. Quiero que Tú me guíes para ser honesta. Estoy lista para esforzarme para cumplir Tus requisitos”.

Después, en mis devocionales, un día leí estas palabras: “Yo soy el Dios que examina lo más íntimo del corazón del hombre. No actúes de una manera frente a los demás, pero de otra a sus espaldas; Yo veo con claridad todo lo que haces y, aunque puedas engañar a los demás, no puedes engañarme a Mí. Lo veo todo claramente. No es posible que ocultes nada; todo está en Mis manos” (‘Capítulo 44’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). “¿Piensas que no te pasará nada después de estafar a alguien? ¿Piensas que después de haberles timado no habrá consecuencias para ti, tras haberte quedado con su dinero? Eso sería imposible, ¡claro que habrá consecuencias! Independientemente de quiénes sean, o de que crean o no que existe un Dios, todas las personas tienen que ser responsables de su conducta y cargar con las consecuencias de sus acciones” (‘Dios mismo, el único X’ en “La Palabra manifestada en carne”). “Que Dios les pida a las personas que sean honestas demuestra que verdaderamente aborrece a los astutos, y que no le gustan las personas astutas. El hecho de que no le gusten las personas astutas significa que le desagradan sus acciones, su carácter y sus motivaciones; es decir, a Él no le gusta la forma en la que hacen las cosas. Por tanto, si queremos agradarle a Dios, primero debemos cambiar nuestras acciones y el modo de nuestra existencia. Previamente nos basábamos en mentiras y pretensiones para vivir entre las personas, usándolas como nuestro capital y base existencial, la vida y el fundamento por el que nos conducíamos. Eso era algo que Dios despreciaba” (‘La práctica verdaderamente fundamental de ser una persona honesta’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”).

Podía sentir, por las palabras de Dios, que el carácter de Dios es justo y santo, y que no tolera ninguna ofensa. Él analiza todas nuestras palabras y acciones y, al final, todos recibimos lo que nos merecemos según lo que hayamos hecho. Podía salirme con la mía y mentir para ganar dinero por un tiempo, pero luego cosecharía frutos amargos. Iría al infierno y sería castigada después de morir. Esa es una ley celestial. Vi lo tonta que había sido. Pensé que podía ser honesta con los hermanos y hermanas, pero seguir engañando en mi tienda para ganar el favor de Dios, y que luego sería bendecida sin dañar mis intereses mientras tanto. Podía engañar a la gente con mis trucos, pero no a Dios. Había pagado bastante dinero por esos escritorios y esas sillas. Era la disciplina de Dios, pero también eran Su advertencia y Su salvación. De otro modo, habría seguido consintiéndome y siendo deshonesta, y habría recibido mi retribución al final, sin duda. Este pensamiento me asustó un poco y empecé a reflexionar sobre mí misma. Repasé mis años de comerciante; había ignorado mi conciencia para ganar más dinero, cambiaba los productos de buena calidad que los clientes compraban por otros inferiores. Había mentido y engañado, y seguía vendiendo productos de mala calidad como si fueran de buena calidad. Incluso después de convertirme en creyente, a sabiendas de que Dios requiere que seamos honestos, que no engañemos a ningún hombre ni a Dios, seguí engañando y mintiendo a los clientes para obtener ganancias, ganando dinero deshonesto. Cuando se trataba de dinero, no me detenía ante nada. Llevaba un negocio turbio, engañaba a la gente, Satanás me había corrompido, no tenía conciencia ni razón. Era taimada, egoísta y despreciable, vivía como un demonio sin semejanza humana. Era tal y como había dicho el Señor Jesús: “Sois de vuestro padre el diablo y queréis hacer los deseos de vuestro padre. Él fue un homicida desde el principio, y no se ha mantenido en la verdad porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, habla de su propia naturaleza, porque es mentiroso y el padre de la mentira” (Juan 8:44). “Antes bien, sea vuestro hablar: ‘Sí, sí’ o ‘No, no’; y lo que es más de esto, procede del mal” (Mateo 5:37). Solo el diablo miente y engaña siempre, y eso es lo que yo hacía. ¿No tenía semejanza con el diablo? ¿Dónde estaba mi semejanza humana? Al pensar esto, me sentí muy disgustada conmigo misma. Ya no quería mentir para mi propio beneficio. Después leí estas palabras de Dios: “Sé una persona honesta; ora a Dios para deshacerte del engaño que hay en tu corazón. Purifícate a través de la oración en todo momento, sé conmovido por el Espíritu santo a través de la oración y tu carácter cambiará gradualmente” (‘Acerca de la práctica de la oración’ en “La Palabra manifestada en carne”). “Honestidad significa dar tu corazón a Dios; ser auténtico y abierto con Dios en todas las cosas, nunca esconderle los hechos, no tratar de engañar a aquellos por encima y por debajo de ti, y no hacer cosas solo para ganaros el favor de Dios. En pocas palabras, ser honesto es ser puro en tus acciones y palabras, y no engañar ni a Dios ni al hombre” (‘Tres advertencias’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me dieron una senda de práctica. Sabía que debía confiar en Dios en mi esfuerzo por convertirme en una persona honesta y orar a Dios sobre mis dificultades para librarme de mi carácter corrupto. También debía orar cuando algo en la tienda se relacionaba con el dinero o mis intereses, aceptar el escrutinio de Dios y ser una persona recta. Debía ser sincera y buscar la verdad de los hechos en la palabra y la acción. Cuando me di cuenta de esto, oré dispuesta a aceptar el escrutinio de Dios y poner en práctica sus palabras.

Poco después, un cliente vino a comprar unos armarios metálicos. Pidió unos armarios de calidad superior a la media con una construcción robusta. En ese momento, pensé: “Si encargo justo lo que él pide, no ganaré mucho dinero después de pagar los costos y gastos. Si encuentro algo un poco más ligero y él no se da cuenta, podría ganar 10.000 yuanes o más. ¿Y si compro algo no tan robusto?”. Mientras vacilaba, recordé las consecuencias de todas las veces que había engañado a la gente. No solo no había ganado nada, sino que había perdido dinero y me había sentido fatal. También pensé que la gente honesta brinda alegría a Dios y es bendecida por Él, y que Él requiere que digamos la verdad absoluta. No podía ignorar mi conciencia y hacer algo deshonesto solo por dinero. Me di cuenta de que estar ante esa situación otra vez era una prueba de Dios para ver si podía practicar de acuerdo con la resolución que había tomado ante Dios. Oré a Dios, le pedí que me protegiera de la tentación y me diera la fuerza para practicar la verdad y abandonarme, y ser una persona honesta que deleita a Dios. Después de orar, me sentí más fuerte. Encargué los armarios metálicos tal cual el cliente los había pedido y, aunque no gané tanto, tuve una verdadera sensación de paz en el corazón. También sentí lo maravilloso que es practicar la honestidad de acuerdo con las palabras de Dios. No era una carga y no me preocupaba qué pasaría.

Después leí estas palabras de Dios: “Nacido en una tierra tan inmunda, el hombre ha sido gravemente arruinado por la sociedad, influenciado por una ética feudal y educado en ‘institutos de educación superior’. Un pensamiento retrógrado, una moral corrupta, una visión mezquina de la vida, una filosofía despreciable para vivir, una existencia completamente inútil y un estilo de vida y costumbres depravados, todas estas cosas han penetrado fuertemente en el corazón del hombre, y han socavado y atacado severamente su conciencia. Como resultado, el hombre está cada vez más distante de Dios, y se opone cada vez más a Él. […] Incluso cuando escuchan la verdad, aquellos que viven en la oscuridad no consideran ponerla en práctica ni tampoco muestran interés en buscar a Dios, aun cuando hayan contemplado Su aparición. ¿Cómo podría una humanidad tan depravada tener alguna posibilidad de salvación? ¿Cómo podría una humanidad tan decadente vivir en la luz?” (‘Tener un carácter inalterado es estar enemistado con Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). “Mientras las personas no hayan experimentado la obra de Dios y hayan obtenido la verdad, la naturaleza de Satanás es la que toma las riendas y las domina desde el interior. ¿Qué cosas específicas conlleva esa naturaleza? Por ejemplo, ¿por qué eres egoísta? ¿Por qué proteges tu propia posición? ¿Por qué tienes emociones tan fuertes? ¿Por qué te gustan esas cosas injustas? ¿Por qué te gustan esas maldades? ¿Cuál es la base para que te gusten estas cosas? ¿De dónde proceden? ¿Por qué las aceptas de tan buen grado? Para este momento, todos habéis llegado a comprender que esto se debe, principalmente, al veneno de Satanás que hay dentro de vosotros. En cuanto a qué es el veneno de Satanás, se puede expresar por completo con palabras. Por ejemplo, si les preguntas a algunos malvados por qué cometieron el mal, te responderán: ‘Cada hombre por sí mismo y sálvese quien pueda’. Esta sola frase expresa la raíz del problema. La lógica de Satanás se ha convertido en la vida de las personas. Puede que hagan las cosas con un propósito u otro, pero solo lo hacen para sí mismas. Todos piensan que ya que el plan es cada hombre por sí mismo y sálvese quien pueda, deben vivir para ellos mismos, hacer todo lo que esté en su mano para asegurarse una buena posición y la comida y ropa de calidad. ‘Cada hombre por sí mismo y sálvese quien pueda’: esta es la vida y la filosofía del hombre y también representa la naturaleza humana. Estas palabras de Satanás son precisamente el veneno de Satanás, y cuando la gente lo internaliza, se convierte en su naturaleza. La naturaleza de Satanás queda expuesta a través de estas palabras; lo representan por completo. Este veneno se convierte en la vida de las personas y en el fundamento de su existencia, y la humanidad corrompida ha sido sistemáticamente dominada por este veneno durante miles de años” (‘Cómo caminar por la senda de Pedro’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”). Las palabras de Dios me ayudaron a entender por qué no podía dejar de mentir y engañar. Era porque Satanás me había corrompido profundamente. Satanás usa a nuestra sociedad y nuestra educación formal para impregnarnos con sus leyes satánicas, como: “Cada hombre por sí mismo y sálvese quien pueda”, “El dinero no es omnipotente, pero sin él no se puede hacer absolutamente nada”, “El dinero hace girar al mundo” y “El dinero es lo primero”. Y también: “No existe el comerciante honesto”. Las había interiorizado y se habían convertido en mi naturaleza. Así, terminé adorando al dinero y, paso a paso, abandoné mis principios más básicos en aras de obtener ganancia. Cada vez era más malvada, codiciosa e interesada. Era muy egoísta y astuta. Al comerciar, cambiaba por bienes de menor calidad y hacía daño sin reconocerlo. Puse el dinero y mis intereses personales antes que todo lo demás, incluso traicioné mi propia conciencia y mi integridad. Había perdido toda humanidad normal. Había ganado mucho dinero de ese modo, pero no era para nada feliz. En cambio, siempre estaba agotada y preocupada. Vivir así era doloroso. Finalmente, me di cuenta de que todo se debía a que Satanás me había corrompido, porque vivía según las leyes de supervivencia de Satanás. También me di cuenta de que el mundo es muy oscuro y malvado ahora. Es porque todos viven según los venenos de Satanás, como: “Cada hombre por sí mismo y sálvese quien pueda” y “El hombre es capaz de cualquier cosa por ser rico”. La gente idolatra el dinero, la fama y el estatus, desea los placeres malvados y cada vez es más egoísta, codiciosa y malvada. Las personas se pelean por dinero y ganancias, se lastiman y engañan, nada las detiene. La familia y los amigos no son la excepción. A nadie le importa ya la conciencia o la integridad, y apenas parecen humanos. Nuestra sociedad, tan al alcance de Satanás, es como una tina de tinte, una picadora de carne. Sin fe en Dios, no hay forma de conocer la verdad de cómo Satanás corrompe a la humanidad ni de escapar de su oscura influencia. Solo nos hacemos más corruptos y depravados y, al final, Satanás nos devora. Esa es la consecuencia de que Satanás nos corrompa y nos dañe. Al darme cuenta de esto, agradecí sinceramente la protección y la salvación de Dios. Sin la guía, sustento y juicio de las palabras de Dios Todopoderoso, no habría conocido la importancia de ser una persona honesta. Tampoco me habría dado cuenta de la esencia y las consecuencias de mentir constantemente. Habría seguido viviendo bajo el alcance de Satanás, siempre engañando, apenas viviendo como un ser humano. No importa cuánto dinero ganara, habría terminado castigada en el infierno. Desde ese momento, practiqué la sinceridad y la honestidad en mi negocio. A veces, el dinero me tentaba mucho y aún pensaba en mentir y engañar a la gente, pero sabía que Dios odiaba eso y a la gente tampoco le gustaba. Oraba a Dios para abandonar mis motivos errados y para practicar ser una persona honesta. Para mi sorpresa, cuando lo hice, no gané menos. Mi negocio mejoró y cada vez tenía más clientes. Gané el respeto de la gente y algunos clientes habituales confiaban en mí, así que, en vez de venir a mirar las cosas, tan solo las compraban por teléfono. Sentí cada vez más la tranquilidad, libertad y seguridad que se siente al ser honesta y practicar las palabras de Dios.

Una vez, un cliente fue a la tienda y pidió 500 armarios metálicos. Pidió que el metal fuera de 0,7 milímetros de espesor. No lo dudé para nada, sino que encargué exactamente lo que él había pedido. Para mi sorpresa, cuando entregué todo, sacó un micrómetro para medir el espesor, pero yo estaba completamente tranquila, no sentía preocupaciones ni miedo. Tras medirlo, dijo: “De verdad es confiable. Muchas personas solo quieren ganar dinero, y no se puede confiar en ellas. Ya no hay mucha gente como usted. Le compraré más en el futuro”. Al oírlo decir esto, sentí aún más profundamente lo grandioso de ser honesto. Es como dicen las palabras de Dios: “La dirección futura será así: los que obtengan las declaraciones de la boca de Dios tendrán una senda para caminar en la tierra, y sean hombres de negocios o científicos o educadores o industriales, los que estén sin las palabras de Dios tendrán dificultades en dar siquiera un solo paso y serán obligados a buscar el camino verdadero. Esto es lo que quiere decir ‘Con la verdad caminarás por todo el mundo; sin la verdad, no irás a ningún lado’” (‘El Reino Milenario ha llegado’ en “La Palabra manifestada en carne”). ¡Agradezco la salvación de Dios!

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