La mentira solo trae dolor

1 Feb 2022

Por Gengxin, Corea del Sur

Recuerdo que, en mayo de este año, estábamos grabando un video musical del hermano Liu cantando, y yo trabajaba en iluminación. El hermano Liu se movía por el escenario y es un poco alto y tiene bastante zancada, así que yo tenía que estar pendiente de hasta dónde caminaba y mover las luces en función de eso. Si no seguía el ritmo y descolocaba la luz de fondo sobre su cabeza, habría un problema de continuidad en la edición final. Antes de empezar a grabar, me dije a mí mismo que tenía que concentrarme. Al no haber ningún problema en las primeras tomas, me fui relajando un poco. A punto de terminar de grabar, el director dijo que quería un par de tomas más, por lo que, cuando empezamos a rodar, yo aún estaba mirando otro monitor y no me enteré hasta que el hermano Liu estaba fuera del área iluminada. Moví la luz rápidamente, pero no lo bastante, y la cabeza del hermano Liu se salió de la luz y volvió a entrar. La toma era inservible. Normalmente, cuando tenemos un problema en el escenario, tenemos que avisar inmediatamente al director y hacer otra toma, pero yo solamente estaba sujetando el walkie y no me atrevía a abrir la boca. No me salían las palabras. Me sentía muy confundido y pensaba que allí no solo estaba el director, sino también muchos otros hermanos y hermanas. Si les contaba que había cometido un error tan elemental, ¿qué opinarían de mí? ¿Dirían que había sido imprudente? Sería muy bochornoso. No obstante, si no decía nada, sería irresponsable. Tendría repercusión directa en la calidad del video si se utilizaba la secuencia. Justo cuando estaba debatiéndome con esto, oí decir al director: “Esta es buena, vamos a hacer la siguiente”. Vi que el hermano que grababa ya había apagado su equipo, así que me puse a buscar excusas. Pensaba que todo estaba grabado, por lo que, si decía algo, todos tendrían que volver a encender sus equipos, lo que sería un gran lío. Tal vez no debía comentarlo; era una sola toma de todos modos, y quizás ni la utilizarían. Además, ni se veía el problema a menos que observaras atentamente. Decidí callar. Tras la grabación, cada vez me sentía más culpable. ¿No estaba siendo un mentiroso a sabiendas? Podría engañar a la gente, pero ¿a Dios? Así pues, le hablé al director de mi error. Dijo: “Hemos terminado y todos han recogido. ¿Por qué esperaste hasta ahora para decírmelo? ¿Por qué no me lo dijiste entonces? Si lo hubieras hecho, no habríamos tardado en volver a grabarlo”. Ante el gesto de impotencia del director, me sentí aún peor y tuve muchas ganas de darme una bofetada. ¿Por qué me costó tanto admitir mi error? ¿Por qué me supuso un tremendo esfuerzo ser sincero? Con dolor, oré a Dios: “Dios mío, cometí un error y no tuve el valor de admitirlo por miedo a que me menospreciaran. Dios mío, estoy sufriendo mucho ahora. Por favor, guíame para conocerme a mí mismo”.

Luego leí un pasaje de las palabras de Dios: “Si tuvieras que elegir entre admitir tus errores y ser una persona honesta, decir la verdad y permitir a todo el mundo ver tu verdadera cara, de manera que tu imagen y tu estatus en los corazones de la gente desaparecieran por completo; o sacrificar tu vida por Dios, ¿qué elegirías? Sería una elección difícil, ¿verdad? Podrías decir: ‘Yo elegiría dar mi vida por Dios. Estoy dispuesto a morir por Él’. Podrías llegar a conseguirlo, sin embargo, si no fueras a morir ahora, sino que fueras una persona honesta y dijeras algo auténtico, algo que afecte a los hechos, a tu futuro y tu destino, cuyas consecuencias tal vez no resultaran en tu beneficio, y los demás dejaran de admirarte y tu reputación acabara destruida, ¿podrías hacerlo entonces? Esto es lo más difícil de hacer, mucho más que entregar tu vida. Podrías decir: ‘Que diga la verdad no servirá de nada. Prefiero morir por Dios a decir la verdad y ser una persona honesta. Prefiero morir a que todo el mundo me desprecie y piense que soy una persona corriente’. ¿Qué es lo que más aprecia la gente? Lo que más aprecia la gente no es su vida, sino su estatus y su reputación, cosas que están controladas por actitudes satánicas y corruptas. Puedes sacrificar tu vida con una sola palabra, en un único impulso. Dios no quiere que sacrifiques tu vida, sino que seas una persona realmente honesta que diga lo que tiene en el corazón y se lo muestre a todos. ¿Eso te resulta fácil de hacer? (No). Dios no te pide que sacrifiques nada, tampoco que sacrifiques tu vida. ¿Acaso no te la ha dado Dios? ¿De qué le serviría a Él tu vida? Dios no la quiere. Quiere que hables con sinceridad, que muestres a los demás quién eres y lo que piensas en tu corazón. ¿Puedes mostrar tales cosas? Aquí, esta empresa se vuelve difícil, y puedes decir: ‘Hazme trabajar duro, y tendría fuerzas para hacerlo. Pídeme que me sacrifique, y renunciaré a todos mis bienes, mis padres, mis hijos, mi juventud, mi matrimonio y mi carrera. Todo esto es fácil de sacrificar. Pero decir lo que hay en mi corazón, hablar con honestidad, eso es lo único que no puedo hacer’. ¿Por qué no puedes? Porque una vez que lo hagas, cualquiera que te conozca o esté familiarizado contigo te verá de manera diferente. Ya no te admirarán. Habrás perdido tu imagen, y tu carácter y dignidad también habrán desaparecido. Ya no existirá tu elevado estatus y prestigio a ojos de los demás. Por eso, pase lo que pase, no dirás estas cosas. Cuando la gente se encuentra con esto, se produce una batalla en sus corazones, y cuando esta termina, algunos finalmente superan sus dificultades, mientras que otros aún no lo han logrado, y siguen siendo controlados por sus actitudes satánicas y corruptas y su propio estatus, reputación y lo que ellos llaman dignidad. Esto es una dificultad, ¿verdad? El mero hecho de hablar con honestidad y decir la verdad no es un gran acontecimiento y, sin embargo, a muchos héroes valientes, a muchas personas que han jurado dedicar su vida a Dios y esforzarse por Él mientras vivan, a muchos que le han dicho cosas grandiosas a Dios, les resulta imposible hacerlo” (‘Realizar bien el deber requiere, por lo menos, conciencia’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Este era justo mi estado. Mi imagen y mi estatus eran demasiado importantes para mí. No fui capaz de decir ni una sola palabra que admitiera mi error por temor a quedar mal. Al descubrir mi error, creí que los demás me menospreciarían si lo admitía y pensarían que no sabía ocuparme de algo tan simple. Por querer preservar mi imagen, no dije nada y hasta lo disimulé creyendo que nadie se enteraría y que no me criticarían por ello. Entonces podría conservar mi imagen a ojos de ellos. Vi que eso podría repercutir en la labor de la iglesia y, pese a sentirme mal por ello, me daba demasiado miedo ser podado y tratado y quedar mal, así que busqué una excusa para consolarme: probablemente no usen esta toma. ¿No me estaba mintiendo a mí mismo? ¡Qué egoísta de mi parte! Sentí enorme pesar por mi deshonestidad hacia Dios y hacia los hermanos y hermanas solo por preservar mi imagen y estatus. Por ello, oré a Dios: “Oh, Dios mío, no confesé mi error nada más que por mi imagen y mi estatus. Sé que esa no es Tu voluntad, pero es como si estuviera poseído y no pudiera escapar de mi corrupción. Dios mío, te pido que me guíes para poder librarme de mi corrupción”.

Luego leí un par de pasajes de las palabras de Dios que realmente sí me aportaron una senda. Dios Todopoderoso dice: “Dios ha predestinado que solo las personas honestas puedan formar parte del reino de los cielos. Si no eres honesto y si en tu vida, tu práctica no está dirigida a ser honesto y no revelas tu verdadero rostro, entonces jamás tendrás oportunidad alguna de obtener la obra de Dios o Sus elogios. No importa lo que estés motivado a hacer, debes tener una actitud honesta. Por ejemplo, ¿llevar a cabo un deber exige una actitud honesta? Si, mientras realizas tu deber, hay algunas cosas que no has hecho de forma adecuada, entonces debes desnudarte y examinarte a ti mismo, y luego buscar los principios de la verdad, esforzarte para hacerlo apropiadamente la próxima vez, sin ser superficial. Si no lo intentas y satisfaces a Dios con un corazón honesto, y siempre buscas complacer a tu propia carne o tu orgullo, entonces ¿serás capaz de hacer un buen trabajo mientras obres de esa forma? ¿Puedes realizar bien tu deber? Desde luego que no” (‘La práctica verdaderamente fundamental de ser una persona honesta’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). “Si tras cometer un error puedes tratarlo correctamente, y eres capaz de permitir que todo el mundo hable de él y lo evalúe con libertad, si puedes exponerte al respecto y analizarlo, ¿cuál será la opinión de todo el mundo sobre ti? (Que se trata de alguien honesto). Su opinión de ti mejorará al instante. Dirán que eres una persona honesta y que tu corazón está expuesto, y podrán ver tu corazón mediante tus acciones y comportamientos. Pero si intentas disfrazarte o engañar a todo el mundo, la gente tendrá un mal concepto de ti y dirá que eres un necio y una persona poco prudente. Si no intentas fingir ni poner excusas, todos dirán que eres honesto y prudente. ¿Y qué te convierte en prudente? Todo el mundo comete errores. Todo el mundo tiene fallos y defectos. Y en realidad, todo el mundo tiene el mismo carácter corrupto. No te creas más noble, perfecto y bondadoso que los demás; eso es ser totalmente irracional. Una vez que tengas claro el carácter corrupto de la gente y la esencia y el verdadero rostro de la corrupción del hombre, no te sorprenderás de tus propios errores ni le apretarás las tuercas a los demás cuando cometan uno, sino que afrontarás ambas cosas correctamente. Solo entonces serás perspicaz y no harás tonterías, lo cual te convertirá en alguien prudente. Aquellos que no son prudentes sino necios, siempre insisten en sus pequeños errores mientras entre bastidores son unos tramposos. Es repugnante. De hecho, lo que haces les resulta obvio al instante a otras personas, pero sigues actuando con total descaro. A los demás les parece la actuación de un payaso. ¿Acaso no es estúpido? Sí. La gente estúpida carece de sabiduría. No importa cuántos sermones oigan, siguen sin entender la verdad ni ver nada tal y como es realmente. Siempre están en su púlpito, pensando que son diferentes de todos los demás, que son más dignos, lo cual es estúpido. La gente estúpida carece de comprensión espiritual, ¿verdad? Los asuntos en los que te muestras estúpido e imprudente son aquellos en los que no tienes comprensión espiritual y no entiendes la verdad. Esto es así” (‘Los principios que deben guiar el comportamiento de una persona’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Con esto aprendí que todo el mundo comete errores en el deber. Es normal. No podemos disimularlos, sino que tenemos que hablar con franqueza y sincerarnos sobre nuestra corrupción y nuestros defectos. No podemos proteger nuestra imagen y nuestro estatus, sino ser honestos, como exige Dios. Eso es lo único digno y lo único que recibe la aprobación y las bendiciones de Dios. Sin embargo, me importaba demasiado lo que opinaran otros y solamente quería conservar mi estatus e imagen ante sus ojos. Solo quería disimular los errores que cometiera por miedo a que se enteraran y no tuve el valor de contarlos ni siquiera cuando me sentí culpable. Ni siquiera pensé en el perjuicio que ello podría provocar al trabajo de la casa de Dios. No me ocupaba de los intereses de la casa de Dios y no era ni remotamente honesto. Así, ¿cómo podría cumplir correctamente con el deber? Me sentí fatal al pensarlo. Después deseé cambiar de estrategia en el deber. Si lo pensamos, todo el mundo comete errores en el deber. Es normal. Afrontarlo con calma y ocuparse enseguida de ello puede ayudarnos a mejorar. No repercutirá en el trabajo y tampoco es tan doloroso. Posteriormente, cuando cometía errores en la grabación y me sentía confundido sobre si reconocerlos o no, me daba cuenta de que solo trataba de conservar mi imagen y estatus. Oraba a Dios y le pedía que me guiara para practicar la verdad y ser honesto, de modo que reconociera mi error. Al hacerlo, comprobaba que los hermanos y hermanas no me culpaban, sino que eran prácticos al respecto y hacíamos otra toma. Me sentía mucho mejor y sentía la paz y el gozo derivados de practicar la verdad.

Un día estábamos trabajando en otro video musical. Antes de empezar a grabar, el director me preguntó por el walkie: “¿Luces preparadas? Atento a los fotogramas”. Creía haber mirado bien todos los fotogramas, así que, confiado, respondí: “¡Preparadas, todo bien!”. Pero tras una toma me di cuenta de que me había olvidado de encender un par de luces. Entré en pánico. Quise decir algo, pero dudé. Pensaba que había afirmado confiadamente delante de todos que todo estaba listo, por lo que, si admitía que me había equivocado, ¿qué opinarían de mí? ¿Perderían la confianza en mí? Olvidarse de encender las luces era un gran error de principiante. ¿Cómo podría volver a dar la cara si lo admitía? ¿Pensarían los demás que era un inútil por haber fallado en una tarea tan simple? Me sentí muy confundido durante un rato. Me parecía estar caminando sobre brasas, sin saber si informar de lo que había hecho mal. Ya habíamos hecho varias tomas, por lo que, si decía algo, temía que todos me criticaran por no haber hablado inmediatamente. Tras devanarme los sesos, pensé que podría a hablar a solas al hermano editor del video y pedirle que ajustara la iluminación para no tener que reconocer públicamente mi error. Eso resolvería el problema del video y mantendría mi buena reputación. Así, cuando terminamos de grabar, hablé con el hermano de edición y le quité hierro: “Tuve un problema con la iluminación la primera vez. En comparación, no está tan mal, son simples diferencias de brillo. Sería estupendo que me ayudaras con eso”. Me tomó la palabra y me dijo que me ayudaría a corregir la iluminación. Me sentí fatal a medida que me salían las palabras por la boca, ya que, en realidad, era un gran problema, pero yo dije que no era para tanto. ¿No estaba mintiendo con toda la intención? Al final, aquel hermano tardó más de tres horas en corregir la luz en esa toma. A primera hora de la mañana siguiente, el director me preguntó por qué no le había contado inmediatamente un problema de iluminación tan importante. Como no sabía qué decir, traté de buscar algunas excusas para explicarlo. Me dijo: “Esto ya ha sucedido anteriormente y no dijiste nada. Estás retrasando nuestro trabajo. Verdaderamente, necesitas introspección”. Me sentí muy culpable cuando dijo eso. Detestaba que, de nuevo, me hubiera controlado la corrupción y no hubiera practicado la verdad. Me arrodillé ante Dios a orar: “Dios mío, me importa demasiado mi reputación. Esta vez, no solo me negué a hablar claro sobre mi error, sino que manipulé para ocultarlo. Soy realmente astuto. Dios mío, quiero arrepentirme. Te pido que me guíes y salves”.

Leí entonces este pasaje de las palabras de Dios: “La humanidad de los anticristos es deshonesta, lo que significa que no son en absoluto sinceros. Todo lo que dicen y hacen está adulterado por sus propias intenciones y objetivos, y en todo ello se esconden inconfesables e indecibles trucos, métodos, propósitos y conspiraciones. Hablan de una manera tan adulterada que es sencillamente imposible saber cuáles de sus palabras son verdaderas y cuáles falsas, cuáles acertadas y cuáles equivocadas. Como son deshonestos, sus mentes son extremadamente complejas, están llenas de enredos y cargadas de trucos. No dicen nada directamente. No dicen que uno es uno, dos es dos, sí es sí y no es no. En lugar de eso, se van por las ramas en todos los asuntos y dan varias vueltas a las cosas en su cabeza, pensando en las causas y las consecuencias, sopesando los méritos y los inconvenientes desde todos los ángulos. Luego, manipulan las cosas con el lenguaje, de tal modo que todo lo que dicen suena muy engorroso. La gente honesta nunca entiende lo que dicen y es fácilmente engañada y embaucada por ellos, y cualquiera que habla con personas así considera la experiencia extenuante y laboriosa. Nunca dicen que uno es uno y dos es dos, nunca dicen lo que piensan ni describen las cosas tal y como son. Todo lo que dicen es indescifrable, y los objetivos e intenciones de sus acciones son muy complejos. Y si, habiendo hablado, se exponen o se les descubre, se apresuran a inventar otra patraña para encubrirse. Suelen mentir, encubrir sus mentiras y engañar a los demás para proteger sus propios secretos y su privacidad, y cuando, como ocurre a menudo, se descubren sus mentiras, estas son desmontadas y quedan expuestas, mienten más para cubrirse, apilando mentira sobre mentira. La impresión que la mayoría de la gente tiene de estas personas es la de no saber cuáles de sus palabras son ciertas, cuándo dicen la verdad y aún menos cuándo dicen falsedades. Cuando estas personas mienten, no se ruborizan ni se inmutan, es como si dijeran la verdad. ¿No significa esto que la mentira se ha convertido en su naturaleza? Por ejemplo, en cualquier asunto sencillo, desde fuera parecen ser buenos con los demás, ser considerados con ellos y cálidos en su discurso, lo cual es agradable y conmovedor de oír. Pero incluso en este asunto tan simple, nadie puede decir si están siendo sinceros o si hay alguna intención o propósito detrás de sus palabras, o qué es exactamente lo que buscan. Incluso cosas tan sencillas como las palabras amables están adulteradas y resultan poco sinceras al salir de sus bocas. ¿No se ha convertido la mentira en su naturaleza? Estas personas mienten sin tener en cuenta las consecuencias. Mientras lo que digan les resulte en una ventaja inmediata y sirva para engañar a otros, mientras pueda lograr sus objetivos, no tienen en cuenta las consecuencias. En cuanto se ven expuestos, siguen ocultando, mintiendo y engañando. El principio y el método por el que estas personas se relacionan con los demás se basa en engañarlos con mentiras. Tienen dos caras y hablan para adaptarse a su público; interpretan cualquier papel que exija la situación. Son hábiles y astutas, se les llena la boca de mentiras y no son de fiar. Cualquiera que está en contacto con ellos durante un tiempo acaba engañado o alterado y no puede recibir provisión, ayuda o edificación. Da igual que las palabras que salgan de la boca de estas personas sean agradables o desagradables, razonables o absurdas, acordes o discordantes con la humanidad, bruscas o civilizadas, en esencia todas son mentira” (‘Digresión cuatro: Resumen de la naturaleza humana de los anticristos y de la esencia de su carácter (I)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Las palabras de Dios exponen la naturaleza astuta y taimada de los anticristos. Son deshonestos de palabra y obra. De su boca no sale una palabra cierta. Para disimular sus errores, no dejan de mentir y de ocultar sus despreciables motivaciones impúdicamente. Los que son como los anticristos son sumamente malvados. Al mirarme a mí mismo, las palabras de Dios parecían tratar sobre mí. No estuve atento durante la grabación, lo que provocó un error. No lo reconocí por temor a que me los demás me menospreciaran, así que me devané los sesos buscando el modo de disimularlo. Hablé con el único hermano de edición para que lo arreglara, manipulé y le mentí diciéndole que no era un gran problema para que creyera que no era para tanto. Fui demasiado astuto. ¿No era tan malvado como un anticristo? A Dios le agradan los honestos, pero mi disimulo, mi maldad y mis mentiras eran mi naturaleza. ¿Eso no le resulta indignante y abominable a Dios, igual que los anticristos? Recordé que el Señor Jesús manifestó: “Sea vuestro hablar: ‘Sí, sí’ o ‘No, no’; y lo que es más de esto, procede del mal” (Mateo 5:37). “Sois de vuestro padre el diablo y queréis hacer los deseos de vuestro padre. Él fue un homicida desde el principio, y no se ha mantenido en la verdad porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, habla de su propia naturaleza, porque es mentiroso y el padre de la mentira” (Juan 8:44). Según Dios, las mentiras vienen del maligno, del diablo, y los que siempre mienten son diablos. Al mentir constantemente y sumar el engaño a las mentiras, ¿no era como Satanás? Lo que decía tenía un elemento demoníaco, era engañoso y perturbaba el trabajo de la casa de Dios. Ese error que cometí en la grabación podría haberse resuelto con la simple aceptación, que habría prevenido muchas pérdidas evitables. Sin embargo, para preservar mi imagen y mi posición a ojos de otros, le di vueltas y vueltas, pero no dije ni una palabra honesta. Terminé mintiendo y ocultándolo aún más, engañando a los hermanos y hermanas. El hermano editor tuvo que pasarse más de tres horas ayudándome a arreglar el error. No estaba teniendo en cuenta el trabajo de otras personas ni qué clase de consecuencias podrían tener esas tomas fallidas en el video definitivo. ¡Qué egoísta era! Todo lo que hacía a causa de mi carácter corrupto perjudicaba a los demás y a mí mismo. Era realmente repugnante e indignante para Dios. Me embargaron el pesar y los reproches. Oré a Dios porque quería dejar de proteger mi imagen y estatus y ser una persona sencilla, abierta y honesta.

Después leí un pasaje de las palabras de Dios. “Debes buscar la verdad para resolver cualquier problema que surja, sea el que sea, y bajo ningún concepto disfrazarte o poner una cara falsa para los demás. Tus defectos, carencias, fallos y actitudes corruptas… sé totalmente abierto acerca de todos ellos y compártelos. No te los guardes dentro. Aprender a abrirse es el primer paso para entrar en la verdad y el primer obstáculo, el más difícil de superar. Una vez que lo has superado, es fácil entrar en la verdad. Dar este paso significa que estás abriendo tu corazón y mostrando todo lo que tienes, bueno o malo, positivo o negativo; que te estás descubriendo ante los demás y ante Dios; que no le estás ocultando nada a Dios ni estás disimulando ni disfrazando nada, libre de mentiras y trampas, y que estás siendo igualmente sincero y honesto con otras personas. De esta manera, vives en la luz y no solo Dios te escrutará, sino que también otras personas podrán comprobar que actúas con principios y cierto grado de transparencia. No es necesario que ocultes nada, hagas modificaciones ni emplees trucos por el bien de tu reputación, tu dignidad y tu estatus, y esto también es aplicable a cualquier error que hayas cometido; ese trabajo inútil es innecesario. Si no lo haces, vivirás de forma fácil y descansada y totalmente en la luz. Esa es la única clase de personas que pueden ganarse el elogio de Dios. Luego, debes aprender a analizar tus pensamientos e ideas. Cualquier cosa que estés haciendo está mal, y cualquier comportamiento que tengas no le gustará a Dios; debes poder revertirlo de inmediato y rectificarlo. ¿Cuál es el propósito de rectificarlo? Es aceptar y tomar en cuenta la verdad, al tiempo que rechazas las cosas en tu interior que le pertenecen a Satanás y las reemplazas con la verdad. Solías basarte en tus naturalezas satánicas, como la astucia y el engaño, pero ahora no es así; ahora, cuando haces las cosas, actúas con una mentalidad de honestidad, pureza y obediencia. Si no te guardas nada, si no te pones una careta, una impostura, una fachada, si te expones ante los hermanos y hermanas, si no ocultas tus pensamientos y reflexiones más íntimas, sino que permites que los demás vean tu actitud sincera, entonces la verdad echará raíces poco a poco en ti, florecerá y dará frutos, dará gradualmente resultados” (‘Solo quienes practican la verdad temen a Dios’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Descubrí sendas de práctica en las palabras de Dios y aprendí a sincerarme cuando me encontrara con problemas y a abrir mi corazón a Dios, en vez de ser un falso o de ser astuto y mentiroso para preservar mi imagen. Supe que tenía que abrirme a los demás acerca de mi corrupción, mis faltas y errores, incluidas mis motivaciones ocultas. Esa es la parte más decisiva de la entrada en la verdad. Lograr eso es la única vía para librarse poco a poco de la corrupción y vivir con auténtica semejanza humana. Supe que no podía seguir actuando por el bien de mi estatus, sino que tenía que aceptar el escrutinio de Dios y la supervisión de los hermanos y hermanas.

Por ello, me sinceré con los demás acerca de mis errores y de la corrupción que había revelado entretanto. También hice cosas para corregirme, para grabarlas en mi memoria. En realidad, no es difícil admitir los errores. La auténtica dificultad es estar tan atrapado en un carácter corrupto. Este suceso me hizo entender un poco mi carácter astuto y juré que haría cambios en él. Posteriormente, un día, grabando, mientras miraba los detalles de la pantalla de otra cámara, un cantante se salió del área iluminada en cuanto no presté atención. Para cuando me di cuenta de lo que pasaba, había cantado unos cuantos versos, así que tuvimos más de 10 segundos de imágenes inservibles debido a la iluminación. Me preguntaba cómo pude haber vuelto a cometer ese mismo error. Había metido mucho la pata últimamente. ¿Qué opinarían todos si lo admitía? ¿Dirían que no me tomaba en serio el deber? Mientras dudaba si decir algo, de pronto comprendí que trataba de proteger nuevamente mi estatus, y recordé la repercusión que tuvo en los hermanos y hermanas y en la labor de la iglesia cuando previamente me había protegido y no había practicado la verdad. También me acordé de lo nefastos que fueron mis esfuerzos por ocultar mis errores y de todo el dolor y la tristeza derivados de mentir. Supe que no podía manipular y ser un mentiroso, sino que esta vez tenía que renunciar a mí mismo y practicar la verdad. Así pues, dejé de vacilar, agarré el walkie y le conté lo sucedido al director.

Después, empecé a practicar conscientemente la honestidad en el deber, a admitir activamente mis errores. No pensaba constantemente en mi estatus y mi reputación, sino en los intereses de la casa de Dios. Con ello, no solo había menos trabajo de corrección de errores, sino que la labor de la casa de Dios no sufría pérdidas a raíz de los míos. A veces oía que los hermanos y hermanas me reprendían y exhortaban por el walkie, pero esa forma de trabajar me hacía sentir en calma y en paz. Y experimenté verdaderamente lo doloroso que es mentir y engañar por mi reputación. Practicar la verdad y ser honesto es el único modo de tener dignidad y de vivir en la luz. ¡Demos gracias a Dios!

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