Así dejé de mentir

31 Ene 2022

Por Marinette, Francia

Antes de aceptar la obra de Dios de los últimos días, mentía y le hacía la pelota a la gente como si nada, pues me daba miedo decepcionarla u ofenderla por decir la verdad. Me hice creyente en Dios Todopoderoso en noviembre de 2018 y aprendí en Sus palabras que detesta a la gente complaciente y astuta. Decidí poner en práctica las palabras de Dios y ser honesta, y, con algo de esfuerzo, logré hablar honestamente la mayor parte del tiempo. Por ejemplo, cuando tuve que pagar más de 50 € por mi medicación, pero el farmacéutico se equivocó y me cobró la mitad, le señalé el error sin pensármelo. Pero me costaba más ser franca cuando algo afectaba a mi reputación o a mis intereses personales.

En marzo de 2021, ejercía como líder de la iglesia y estaba siempre ocupada. A veces me agotaba enormemente por falta de sueño. Una tarde, cuando iba a echarme una siesta, mi compañera, la hermana Li, me dijo que quería charlar conmigo de trabajo. No me hizo demasiada gracia su mensaje porque estaba cansada y no quería hablar de nada. En ese momento no podía pensar en nada que no fuera descansar, pero no quería decírselo directamente a la hermana Li. Me daba miedo lo que pensara de mí, que era vaga o algo así, que me preocupaba en exceso el bienestar físico, y que pensara mal de mí. Así pues, por una cuestión de imagen, le dije: “Lo siento, tengo una cita importante. Tengo médico”. Me salió esa mentira por la boca sin ni siquiera pensármela. Me sentí tan culpable por ello que, al final, no descansé nada, sino que me sentí fatal todo el tiempo. A Dios le agrada la gente honesta. ¿Cómo podía mentir tan a la ligera? ¿Cómo iban a confiar en mí? Sabía que no estaba bien mentir por mi bienestar físico, que eso no agradaba a Dios y que debía priorizar la labor de la iglesia. Contacté enseguida con la hermana Li. Me preguntó si ya había vuelto de mi cita. No le conté la verdad, sino que seguí mintiendo porque no quería quedar mal con ella y que pensara que era una persona astuta. Le conté que no había ido a la médica, que ella había anulado la cita a última hora porque tenía que ir a la clínica de vacunación. La conversación giró después a temas de trabajo, pero me sentía muy incómoda. Le había mentido una vez y no lo había admitido, sino que seguí mintiendo. Descubrí la gravedad de mi carácter satánico y sentí vergüenza de mí misma. Apenas podía mirarle a los ojos. La había engañado; es decir, era una persona realmente deshonesta. Estaba muy confundida. Si confesaba, eso hundiría mi imagen ante ella y me consideraría deshonesta. Sin embargo, si continuaba mintiendo, disgustaría a Dios. Por ello, me presenté ante Él a hacer introspección, con la que vi que era evasiva y maliciosa muchas veces en mi vida. Una vez, una líder me preguntó si había avisado a la hermana Zhou de una reunión para esa tarde. Me di cuenta de que no, pero a la líder no le dije la verdad para proteger mi imagen ante ella. Le mentí diciéndole que le había avisado. Envié de inmediato un mensaje a la hermana Zhou para avisarla de la reunión. Asimismo, generalmente salía a la compra los viernes por la mañana, por lo que no podía unirme a ninguna reunión de última hora entonces. No decía la verdad directamente a la líder: que tenía que ir a comprar comida para cocinar los siguientes días, que era el único momento que tenía para ir a la compra. Le contaba que tenía otra reunión o una cita y que por eso no podía ir. Tergiversaba las cosas y era astuta y mentirosa para proteger mi imagen y hacer creer a la líder que estaba siempre ocupada en el deber. Comprobé que estaba lejos de las exigencias de honestidad de Dios. Así pues, oré: “Dios Todopoderoso, lamento mucho mis mentiras y engaños. No puedo dejar de mentir por mi bienestar físico. No soy nada honesta. Dios mío, por favor, guíame y ayúdame a comprender la verdad para liberarme de esta corrupción”.

Luego leí este pasaje de las palabras de Dios: “En su día a día, la gente dice muchas cosas sin sentido, falsas, ignorantes, estúpidas y con el fin de justificarse. En el fondo, dicen estas cosas en aras de su propio orgullo, para satisfacer su propia vanidad. El hecho de que digan estas falsedades es la manifestación de su carácter corrupto. Resolver esta corrupción limpiará tu corazón, y te hará así cada vez más puro y honesto. De hecho, la gente sabe por qué dice mentiras. Lo hacen por su imagen. Y, al compararse con los demás, se valoran mucho más allá de lo que merecen con la intención de preservar su propia dignidad e integridad, aunque por el contrario acaban dañando su imagen, perdiendo su integridad, su dignidad. Eso se debe a que dices muchas mentiras, a que todo lo que dices es mentira. Nada es verdad. Cuando mientes no quedas mal en ese momento, pero para tus adentros te sientes totalmente desacreditado y tu conciencia te acusará de ser deshonesto. En el fondo te menospreciarás y te despreciarás, y pensarás: ‘¿Por qué vivo de una manera tan lamentable? ¿Realmente cuesta tanto decir la verdad? ¿Debo decir estas mentiras nada más que por mi reputación? ¿Por qué la vida me parece tan tediosa?’. No tienes por qué llevar una vida tediosa, pero no has elegido una senda de comodidad y libertad. Has elegido una senda de conservación de tu reputación y tu vanidad; por eso la vida para ti es muy tediosa. ¿Qué reputación te granjeas mintiendo? La reputación es algo vacío y, sencillamente, no vale un real. Al mentir traicionas tu integridad y dignidad. Estas mentiras hacen que pierdas la dignidad y no tengas integridad ante Dios. Dios no se deleita en esto y lo aborrece. Así pues, ¿vale la pena? ¿Es correcta esta senda? No, y al seguirla no vives en la luz. Cuando no vives en la luz estás agotado. Siempre estás mintiendo y tratando de hacer que las mentiras parezcan plausibles, devanándote los sesos para que se te ocurra alguna tontería que decir, provocándote mucho sufrimiento, hasta que finalmente piensas: ‘No debo seguir mintiendo. Me quedaré callado y hablaré poco’. Sin embargo, no puedes evitarlo. ¿Por qué? Como no puedes renunciar a cosas como tu reputación y tu prestigio, solamente puedes conservarlos con mentiras. Crees que puedes utilizar las mentiras para aferrarte a estas cosas, pero en realidad no es así. No solo no has logrado mantener tu integridad y dignidad con tus falsedades, sino que, sobre todo, has perdido la oportunidad de practicar la verdad. Aunque hayas conservado tu reputación y tu prestigio, has perdido la verdad; has perdido la oportunidad de ponerla en práctica, así como la de ser una persona honesta. Esta es la mayor de las pérdidas” (‘Solo si se es honesto se puede vivir con auténtica semejanza humana’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Esto me describía a la perfección. Descubrí que era artera y astuta. Cuando solo quería descansar, no pude decir la verdad acerca de tan poca cosa. No le dije directamente a mi compañera que necesitaba una siesta y que quería verla luego, sino que le mentí. Mi motivación era proteger mi reputación y mi estatus, mi imagen ante los demás. Pero Dios detesta esa conducta y yo también me sentía culpable. Según las palabras de Dios, “Cuando mientes no quedas mal en ese momento, pero para tus adentros te sientes totalmente desacreditado y tu conciencia te acusará de ser deshonesto. En el fondo te menospreciarás y te despreciarás, y pensarás: ‘¿Por qué vivo de una manera tan lamentable? ¿Realmente cuesta tanto decir la verdad? ¿Debo decir estas mentiras nada más que por mi reputación? ¿Por qué la vida me parece tan tediosa?’” (‘Solo si se es honesto se puede vivir con auténtica semejanza humana’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Me identificaba mucho con estas palabras de Dios. Realmente me di cuenta de que mentir para proteger mi reputación era una manera agotadora de vivir, que tenía que seguir mintiendo para encubrir la mentira inicial y que terminaría siendo cada vez más falsa y retorcida. Sabía que Dios lo detestaba porque Él es santo y justo. Al recordar mi falta de honestidad, mi conciencia se sentía verdaderamente acusada tras mentir, yo lo lamentaba, lloraba ante Dios y me avergonzaba de mis mentiras. Sin embargo, luego no podía evitar seguir mintiendo más. ¡Qué corrupto y vergonzoso de mi parte! La mentira se había vuelto mi naturaleza. Me acordé de algo que dijo el Señor Jesús: “Antes bien, sea vuestro hablar: ‘Sí, sí’ o ‘No, no’; y lo que es más de esto, procede del mal” (Mateo 5:37). “Sois de vuestro padre el diablo y queréis hacer los deseos de vuestro padre. Él fue un homicida desde el principio, y no se ha mantenido en la verdad porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, habla de su propia naturaleza, porque es mentiroso y el padre de la mentira” (Juan 8:44). Era cierto. Mis constantes mentiras demostraban que era del diablo y que lo hacía solo por proteger mi imagen y mi reputación. Pero eso me quitó todo temperamento y dignidad. ¡Qué necedad de mi parte! Dios creaba oportunidades para que practicara la verdad, fuera honesta, diera testimonio y humillara a Satanás. No obstante, caía en las trampas de Satanás, así que era su hazmerreír. Solo lo hacía por mi reputación y para encubrir mi corrupción. No era honesta, sino astuta por naturaleza.

También leí esto en las palabras de Dios: “Debéis saber que a Dios le gustan los que son honestos. En esencia, Dios es fiel, y por lo tanto siempre se puede confiar en Sus palabras. Más aún, Sus acciones son intachables e incuestionables, razón por la cual a Dios le gustan aquellos que son absolutamente honestos con Él. Honestidad significa dar tu corazón a Dios; ser auténtico y abierto con Dios en todas las cosas, nunca esconderle los hechos, no tratar de engañar a aquellos por encima y por debajo de ti, y no hacer cosas solo para ganaros el favor de Dios. En pocas palabras, ser honesto es ser puro en tus acciones y palabras, y no engañar ni a Dios ni al hombre” (‘Tres advertencias’ en “La Palabra manifestada en carne”). Descubrí que la honestidad implica no tener engaño en el corazón, ninguna mentira en la lengua y no engañar jamás ni a Dios ni al hombre en nada. Comprendí que había sido muy artera anteriormente con la hermana Li, pues siempre mentía para proteger mi imagen y mis intereses. Estaba cansada y quería echarme una siesta, no hablar con ella del trabajo de la iglesia justo entonces, pero no le dije lo que pensaba, sino que mentí alegando que tenía una cita porque no quería que pensara mal de mí. Preferí mentir para zafarme de ese encuentro, en vez de decir que estaba demasiado cansada y necesitaba descanso. Y cuando sí nos vimos, no admití mi error, sino que continué mintiendo con otra falsedad para encubrir la primera. Cuando mi líder me preguntó por el trabajo, le mentí diciéndole que había hecho algo que realmente no había hecho. Y cuando tenía que hacer la compra de la semana y esta coincidía con una reunión, mentía diciendo que tenía una cita. Solamente quería proteger mi imagen en todo. Vi que tenía una naturaleza muy artera y astuta. No era capaz de decir la verdad ni en lo más básico. Tanto me había corrompido Satanás que ni de lejos era yo honesta.

Leí otro pasaje de las palabras de Dios: “Solo si la gente procura ser honesta puede saber lo hondamente corrompida que está y si tiene o no semejanza humana; solo al practicar la honestidad puede darse cuenta de cuántas mentiras dice y de lo profundamente ocultas que están su falsedad y su deshonestidad. Solo al experimentar la práctica de la honestidad puede llegar a conocer poco a poco la verdad de su propia corrupción y reconocer su naturaleza y esencia, momento en que se puede purificar constantemente su carácter corrupto. Solo durante la purificación constante de su carácter corrupto será cuando podrá recibir la gente la verdad. Tomaos vuestro tiempo para experimentar estas palabras. Dios no hace perfectos a quienes son deshonestos. Si tu corazón no es honesto, si no eres una persona honesta, entonces no serás ganado por Dios. Asimismo, tampoco obtendrás la verdad y serás incapaz de ganar a Dios. ¿Qué significa ganar a Dios? Si no ganas a Dios y no has comprendido la verdad, entonces no conocerás a Dios, y entonces no habrá manera de que puedas ser compatible con Dios, en cuyo caso eres Su enemigo. Si eres incompatible con Dios, Él no es tu Dios; y si Él no es tu Dios, no serás salvado. Y si no puedes ser salvado, ¿qué haces creyendo en Dios? Si no puedes alcanzar la salvación, serás, por siempre, un enemigo acérrimo de Dios y tu resultado estará determinado. Por lo tanto, si la gente desea salvarse, debe empezar por ser honesta. Hay una señal que marca a aquellos a quienes Dios conquistará al final. ¿Sabéis cuál es? Está escrito en el Apocalipsis, en la Biblia: ‘En su boca no fue hallado engaño; están sin mancha’ (Apocalipsis 14:5). ¿De quiénes se trata? Son los perfeccionados y conquistados por Dios, los salvos. ¿Cómo los describe Dios? ¿Cuáles son las características y manifestaciones de sus actos? (Están sin mancha. No mienten). Todos deberíais conocer y comprender qué significa no mentir: significa ser honesto. ¿Qué significa estar sin mancha? ¿Cómo define Dios a alguien sin mancha? A ojos de Dios, ¿quién es perfecto? (Alguien que teme a Dios y evita el mal). Así es. A ojos de Dios, es simplemente alguien que teme a Dios y evita el mal. Entonces, ¿ser perfecto está relacionado con estar sin mancha, son la misma cosa? (Sí). Por supuesto. Entonces, ¿qué significa ‘sin mancha’? (Personas que son perfectas, que temen a Dios y evitan el mal). Correcto. Son personas que temen a Dios y evitan el mal, personas que son capaces de seguir el camino de Dios. Solo las personas así están sin mancha” (‘Seis indicadores de crecimiento vital’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Al pensarlo me asusté mucho. Dice Dios: “Si no eres una persona honesta, entonces no serás ganado por Dios. Asimismo, tampoco obtendrás la verdad y serás incapaz de ganar a Dios”. “Si no puedes alcanzar la salvación, serás, por siempre, un enemigo acérrimo de Dios y tu resultado estará determinado”. Es cierto que Dios no salva a los astutos. Supe que, de no arrepentirme, acabaría eliminada por Dios. Gracias a Sus palabras, por fin me comprendí de verdad y supe que la mentira viene del diablo y que miento por cómo me criaron y por influencia de la sociedad. Mi madre siempre me había dicho que, por muy feo que alguien tuviera el pelo o la ropa, tenía que decir algo agradable de todos modos para no ofender. Si no, nadie me ayudaría cuando lo necesitara. Con esa clase de educación, no tenía el valor de ser honesta. Trabajaba por mantener una buena imagen para caer bien a la gente y que esta pensara que era compasiva. Sin embargo, en realidad terminé por ser una persona falsa y astuta. Con esto me acordé de Job 1:7 en la Biblia: “Y Jehová dijo a Satanás: ¿De dónde vienes? Y Satanás respondió a Jehová, y dijo: De ir y venir de la tierra, y de andar por la tierra”.* Las palabras de Satanás eran arteras e indirectas y no estaba claro qué decía en realidad. Al mentir, ¿no estaba siendo artera como Satanás? Sentí una gran vergüenza al descubrir que tenía la misma naturaleza que Satanás. Vivía bajo su fuerza y en absoluto estaba libre de mi carácter satánico. Así, ¿cómo podría ser compatible con Cristo o recibir la aprobación de Dios? Me presenté ante Dios a arrepentirme y pedirle perdón. Me detestaba de veras, odiaba a Satanás y me sentía muy culpable. El carácter de Dios es justo y supe que no podía seguir mintiendo y ofendiéndolo. Este es otro pasaje sobre el que reflexioné: “Hay una señal que marca a aquellos a quienes Dios conquistará al final. ¿Sabéis cuál es? Está escrito en el Apocalipsis, en la Biblia: ‘En su boca no fue hallado engaño; están sin mancha’ (Apocalipsis 14:5). ¿De quiénes se trata? Son los perfeccionados y conquistados por Dios, los salvos” (‘Seis indicadores de crecimiento vital’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Dios valora a los honestos, y los deshonestos no entrarán jamás en Su reino. Realmente deseaba dejar de mentir, quedarme sin mancha, pero no podía lograrlo yo sola. Necesitaba la ayuda de Dios para no caer en la trampa de Satanás. Tal vez me diera vergüenza a veces decir la verdad, pero quería dejar de mentir. Releí entonces “Principios para ser una persona honesta”: “(1) Al formarse para ser una persona honesta, es necesario confiar en Dios. Entregarle tu corazón y aceptar Su escrutinio. Solo así se puede, con el tiempo, desechar las mentiras y engaños. (2) Es necesario aceptar la verdad y reflexionar sobre cada una de tus palabras y actos. Analizar el origen y esencia de la corrupción que revelas y conocerte a ti mismo. (3) Es necesario investigar en qué asuntos tiene uno arrebatos de contar mentiras y albergar engaños. Atrévete a analizarte y a exponerte, a disculparte y enmendarte. […]” (“Los 170 principios de la práctica de la verdad”). Supe que tenía que disculparme con la hermana Li. Fui tan astuta que le mentí dos veces. Decidí que tenía que sincerarme con ella acerca de mi corrupción y mis motivaciones. No podía ocultarlas. Tenía que decir la verdad y ser honesta a toda costa. Tras orar varias veces más, me armé de valor para descubrirme ante la hermana Li. Le conté al detalle cómo la había engañado y que me había arrepentido ante Dios. Dejé de encubrir mis mentiras porque sabía que Dios me observaba y que tenía que hablar detalladamente de todo. Cuando terminé, sentí que me había quitado un gran peso de encima y estaba mucho más relajada.

Después, comencé a presentarme ante Dios en oración a cada rato para pedirle que escrutara mi corazón. Cuando tenía alguna intención artera, o si era deshonesta o astuta, le pedía a Dios que me disciplinara y parara. Sabía que no se puede resolver de inmediato el problema de la mentira y que jamás en la vida había sido verdaderamente honesta. Quería seguir intentando ser honesta. A Dios le agradan los honestos, los bendice y solo ellos pueden salvarse. Desde entonces, cuando me percataba de que tenía una idea retorcida, me presentaba ante Dios a orar: “Dios mío, me he topado con un problema y creo que no puedo resolverlo sin mentir. Te pido esclarecimiento para comprender la verdad y fortaleza para renunciar a la carne. Oh, Dios mío, quiero practicar la verdad y ser honesta. Te ruego que me ayudes. ¡Te estoy muy agradecida!”.

Una vez, después de una reunión, un líder me preguntó qué opinaba. A decir verdad, había notado que había estado mandón en la reunión y su enseñanza tenía algunos problemas más. Sin embargo, temí herir su orgullo con la verdad y caerle mal. No quise ser honesta y alterar su opinión de mí, así que respondí: “Genial”. Me sentí fatal nada más decirlo. Me di cuenta de que había mentido, por lo que oré a Dios para pedirle que me guiara para ser honesta y decir la verdad. Fui entonces a hablar con el líder de los problemas de la reunión y me sentí mucho más tranquila. La siguiente reunión que celebró fue mucho mejor. Comprobé que Dios escucha nuestras oraciones sinceras. Noté que, con el tiempo, iba transformándome poco a poco. Antes, siempre había mentido para proteger mi reputación y mi estatus, pero, al entregar mi corazón a Dios para pedirle que velara por él y por mí y que me controlara, vi mi estado con nitidez. Me presentaba ante Dios a orar y practicaba la honestidad. Eso tal vez ofendiera a la gente a veces, pero para mí es más importante ser honesta ante Dios.

Antes tenía por costumbre mentir para contentar a la gente y proteger mi reputación y mi estatus, pero ahora trabajo para ser honesta en todo ambiente que Dios disponga para mí. Estoy muy agradecida a Dios por estas experiencias y esta comprensión. El juicio de Sus palabras me ha ayudado a ver mi corrupción y mi perversidad y a someterme a algunos cambios. Sé que cambiar el hábito de mentir conlleva un proceso y que Dios dispone una situación tras otra para mí. He de estar alerta para no decir ninguna mentira que disguste a Dios. Lo principal es aceptar el juicio de Sus palabras, orar y ampararse en Él para liberarse verdaderamente de la tendencia a mentir. ¡Toda la gloria a Dios Todopoderoso!

La cita bíblica marcada (*) ha sido traducida de AKJV.

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