Practicar la verdad es la clave de una coordinación armoniosa

7 Feb 2021

Por Dongfeng, Estados Unidos

En agosto de 2018, mi tarea era elaborar decorados para películas con el hermano Wang. Al principio tenía la sensación de que no sabía muchas cosas, así que pedía ayuda al hermano Wang todo el tiempo. Después de un tiempo, aprendí el trabajo. Había estudiado diseño de interiores y tenía experiencia en la construcción y también en carpintería, así que pronto pude fabricar los decorados sin ayuda. Entonces me di cuenta de que el hermano Wang era un buen diseñador de interiores, pero la elaboración de los decorados en sí no era su punto fuerte. Cuando teníamos diferencias de opinión en ese sentido, yo me negaba a escucharlo. Estaba seguro de que yo era mejor fabricando los decorados y de que mis planos eran mejores que los suyos. Con el paso del tiempo, chocábamos cada vez más y a veces discutíamos durante muchísimo tiempo sobre lo que podíamos hacer con un trozo de madera. Casi siempre cedía por el bien de la relación, pero seguía convencido de tener razón. Después de un tiempo, me sentía muy infeliz y ya no quería volver a trabajar con él.

Una vez, teníamos que hacer una casa con techumbre de paja para un vídeo, pero no teníamos ninguna madera adecuada para los postes y tuvimos que fabricarlos. Hablamos de nuestras ideas para el proyecto. Yo dije que podíamos hacer un molde para los postes y rellenarlo de hormigón para hacerlos más resistentes. Pero el hermano Wang dijo que las columnas quedarían demasiado lisas y poco realistas. Quería usar trozos de tela para imitar la textura y la forma de un tronco de árbol. Yo pensé, “He trabajado en el sector de la construcción y nunca he visto poner tela sobre un poste de cemento. Da igual el aspecto que tenga, su grosor será difícil de controlar y no va a ser muy resistente”. Yo rechacé su idea, pero él insistió en que quería probarla. Me resistía al ver que no aceptaba mi sugerencia. Pensé: “¿Por qué no me hace caso? Da igual, de cualquier manera, yo tengo razón. Los resultados hablarán por sí mismos. Si al final sale mal, que no diga que no se lo advertí”. Como no conseguimos alcanzar un acuerdo, nos fuimos y cada uno hizo lo que quiso. Trabajé toda la tarde hasta que tuve un poste listo. Me preguntaba cómo sería el poste del hermano Wang y si quedarían bien juntos, ya que cada uno había hecho un poste diferente. Esas dudas me preocupaban, así que fui a ver su obra. Cuando llegué, vi que su poste no era gran cosa. Entonces pensé: “Ya te dije que eso no iba a funcionar, pero no quisiste escucharme. Ahora está claro que mi idea era mejor que la tuya”. Entonces le dije al hermano Wang: “Hermano Wang, este poste es un poco grueso. La casa que vamos a hacer no es muy grande. ¿Crees que cabrá? También tiene varias grietas, no parece muy resistente. Hemos hecho dos postes muy diferentes, ¿cómo vamos a utilizarlos juntos en una película? Es mejor dejar este modelo. ¿No podemos seguir mi idea?”. Me sorprendió oírlo decir: “Mi poste es un poco grueso, pero eso no es un problema. Tu poste de cemento no parece un tronco de árbol. Va a necesitar más trabajo”. Al ver que no solo rechazaba mi crítica sino que insistía en que mi trabajo no era bueno, me sentí muy incómodo. Pensé: “¿Cómo puede ser tan difícil trabajar contigo? ¡Es imposible hacer nada contigo!”. Después de cenar me senté delante del ordenador y pensé en mi día. Estaba un poco disgustado. Creía que el hermano Wang estaba completamente equivocado y que siempre se ponía en mi contra. No quería seguir trabajando con él. Entonces entendí que estaba evitando el problema de que yo no me había sometido. Me sentía cada vez peor, más triste, así que me presenté ante Dios en oración, y le pedí que me ayudase a conocerme mejor para poder trabajar bien con el hermano Wang.

Después entré en la web de la Iglesia y leí un fragmento de la palabra de Dios sobre el servicio en coordinación. Dios dice: “Hoy en día, muchas personas no reparan en qué lecciones hay que aprender al coordinarse con otras. He descubierto que muchos no aprendéis ninguna lección al coordinaros con los demás; la mayoría se aferra a sus puntos de vista. En el trabajo en la iglesia, tú haces una observación, otro hace la suya y no guardan relación entre ellas; en realidad no cooperáis en absoluto. Todos estáis muy concentrados nada más que en comunicar vuestras ideas o en liberar vuestras ‘cargas’ internas sin buscar la vida en lo más mínimo. Parece que simplemente trabajas sin interés, creyendo siempre que debes seguir tu propia senda independientemente de lo que digan o hagan otros; piensas que debes enseñar a medida que te guíe el Espíritu Santo, sean cuales sean las circunstancias de los demás. No sois capaces de descubrir las fortalezas de los demás ni de examinaros a vosotros mismos. Vuestra aceptación de las cosas es verdaderamente pervertida y errada. Puede afirmarse que todavía demostráis mucha santurronería, como si hubierais recaído en esa antigua enfermedad” (‘Servid como lo hacían los israelitas’ en “La Palabra manifestada en carne”). “La cooperación entre hermanos y hermanas es, en sí misma, un proceso de compensación de los puntos débiles de uno con los puntos fuertes de otro. Tú compensas las deficiencias de otros con tus puntos fuertes y viceversa. Esto es lo que significa compensar los puntos débiles de uno con los fuertes de otros y cooperar en armonía. Solo cuando la gente coopera en armonía es posible que Dios la bendiga y, cuanto más experimenta uno esto, más sentido de la práctica posee, la senda se ilumina aún más y está más tranquilo que nunca. Si siempre estás de uñas con los demás, que no te convencen y nunca quieren escucharte; si tratas de preservar la dignidad de los demás, pero ellos no hacen lo mismo por ti, lo que te parece insoportable; si los acorralas por algo que han dicho, lo tienen presente y la próxima vez que surja un problema te hacen lo mismo a ti, ¿se puede denominar lo que estás haciendo compensación de los puntos débiles del otro con tus puntos fuertes y cooperación en armonía? Se denomina disputa y vivir en función de tu mal genio y tus actitudes corruptas. Dios no lo bendecirá, pues no le agrada” (‘La coordinación armoniosa’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”). Esas palabras de Dios me mostraron que el hermano Wang y yo no nos entendíamos porque yo vivía según mi carácter arrogante y orgulloso. Siempre quería tener la última palabra al trabajar. Creía que elaborar decorados era mi fuerte, que lo hacía mucho mejor que el hermano Wang, por lo que lo trataba con condescendencia y siempre quería que me escuchase, que hiciese lo que yo decía. Cada vez que hacía una sugerencia para los postes, yo ni siquiera la tenía en cuenta; la rechazaba sin más. Lo miraba por encima del hombro y lo despreciaba. Creía que, como no era un experto, no valía la pena considerar sus ideas. Al ver que su poste no era bueno, pensé que yo tenía razón y desprecié su trabajo con sutileza. Después, intenté que hiciese lo que yo quería. Cuando él señaló los problemas de mi plan, no los acepté ni intenté que buscásemos una solución entre los dos. Me resistía, y ni siquiera quería seguir trabajando con él. Todo lo que decía y hacía era para demostrar mi valor, para convencerlo de que siguiese mis propuestas. Me estaba dejando llevar por los caracteres satánicos de la arrogancia y el orgullo. Estas palabras de Dios son muy adecuadas: “¿Se puede denominar lo que estás haciendo compensación de los puntos débiles del otro con tus puntos fuertes y cooperación en armonía? Se denomina disputa y vivir en función de tu mal genio y tus actitudes corruptas. Dios no lo bendecirá, pues no le agrada” (‘La coordinación armoniosa’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”). Sus palabras me hicieron entender que ese tipo de persona entristece a Dios. Dios me había hecho trabajar con el hermano Wang para que nos complementásemos e hiciésemos un buen trabajo juntos. Pero yo hablaba y actuaba con arrogancia, siempre pensaba que yo tenía razón y que la última palabra tenía que ser mía. Quería que los demás siguiesen mis ideas como si fuesen la verdad, sin aceptar lo que pensaban los demás. Dios detesta ese tipo de carácter. Al pensarlo, me sentí cargado de culpa y arrepentimiento, así que me presenté ante Dios con esta oración: “Oh, Dios, no he sido capaz de colaborar con los demás por mi arrogancia y eso ha perjudicado mi trabajo. Dios, deseo arrepentirme. Quiero dejar mi orgullo a un lado y trabajar con mi hermano para cumplir bien con nuestro deber”.

Después leí otro fragmento de la palabra de Dios. “A veces, al cooperar en el cumplimiento de un deber, dos personas porfían por una cuestión de principios. Tienen distintos puntos de vista y han llegado a opiniones distintas. ¿Qué se puede hacer en ese caso? ¿Ocurre con frecuencia? Es un fenómeno normal provocado por diferencias de mentalidad, aptitud, percepción, edad y experiencia de las personas. Es imposible que haya exactamente lo mismo en la mente de dos personas, por lo que el que estas puedan llegar a discrepar en sus opiniones y puntos de vista es un fenómeno muy común y un suceso muy normal. No te hagas un lío con ello. Lo más importante cuando se plantea un problema semejante es cómo has de cooperar y tratar de alcanzar la unidad ante Dios y una opinión unánime. ¿Cuál es el objetivo de tener una opinión unánime? El de buscar los principios de la verdad al respecto y no actuar en función de los propósitos propios o ajenos, sino buscar juntos los propósitos de Dios. Esta es la senda hacia la cooperación armoniosa. Solo cuando busques los propósitos de Dios y los principios que Él exige podrás alcanzar la unidad” (‘La coordinación armoniosa’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”). Después de leer las palabras de Dios, vi que para alcanzar la concordia al cooperar no podemos seguir solo las ideas de una persona, sino que debemos luchar por los principios de la verdad. Una cooperación realmente armoniosa requiere buscar la verdad y trabajar según sus principios. Como el hermano Wang y yo teníamos diferentes experiencias, conocimientos y habilidades técnicas, era normal tener diferentes perspectivas al trabajar. Tenía que aprender a dejarme a mí mismo a un lado para buscar los principios junto a él. Teníamos que someternos a la verdad y hacer el trabajo de la casa de Dios para ganar la guía del Espíritu Santo en el cumplimiento de nuestro deber. Al darme cuenta de esto, pensé en conversar abiertamente con el hermano Wang al día siguiente para poder crear ese decorado juntos. Me sorprendí al ver que fue él quien vino a hablar conmigo para decirme que había sido muy obstinado y que su plan no era bueno. Incluso había destruido su poste y estaba dispuesto a seguir mi idea. Sentí vergüenza al oírlo hablar así. Yo también hablé abiertamente con el hermano Wang, le dije cómo me sentía y lo que había pensado. Cuando los dos abandonamos nuestro ego, la barrera entre nosotros desapareció. Después de eso fui capaz de ver los errores de mi propio trabajo. El poste que había hecho era muy liso y no se parecía en nada a un tronco de verdad. Necesitaba realizar algunos cambios más. Fui a hablar con el hermano Wang y encontramos una solución enseguida. Cada uno compensaba las debilidades del otro y conseguimos acabar tres postes en un día. Habíamos dedicado todo el día anterior para hacer dos postes y ninguno estaba bien. Esto era mucho más eficiente. Me di cuenta de lo importante que era practicar la verdad y cooperar con hermanos y hermanas en mi trabajo. Pero yo era tan arrogante y engreído que no tardé mucho tiempo en tener problemas al trabajar con otras personas.

Una vez, estaba trabajando con el hermano Li para levantar una carpa para abrigar a los hermanos y hermanas de la lluvia. Durante la fase de diseño, propuse una idea que le gustó mucho. Entonces pensé: “Yo he trabajado en el sector de la construcción, está claro que lo entiendo mejor que tú”. Entonces, él mencionó algo que lo preocupaba. Dijo, “Solo tenemos 16 postes de metal. ¿Serán suficientes para este plan? ¿Será estable? ¿Será seguro?”. Entonces pensé: “Es una estructura triangular. ¿Es que no sabes nada sobre la estabilidad de las estructuras triangulares? Pues claro que será sólido”. Y le respondí con condescendencia: “No se puede garantizar al cien por cien que no va a haber ningún problema, pero, si no tenemos un huracán de categoría diez, no va a pasar nada”. Entonces me pidió que esbozara un plano y le explicase los detalles. Yo perdí la paciencia y le dije: “No hace falta. El plano lo tengo en la cabeza, ya me aseguraré de que está bien hecho”. La conversación acabó ahí. Al otro día, cuando empezamos a construir la carpa, otro hermano propuso colocar dos postes de metal primero para fijar el techo antes de levantar las paredes. Al oír esto, pensé: “Así vamos a tardar más tiempo. Ya le he dado muchas vueltas y seguro que mi método es el mejor. Tú acabas de llegar, ni siquiera estabas cuando lo diseñamos. Mi propuesta es la mejor y punto”. Entonces le dije: “Así tardaríamos mucho. Además, después habrá que desmontar esos dos postes. Construir desde atrás es más rápido”. Cuando vio que yo no tenía intención de aceptar su idea, no dijo nada más. Yo empecé a construir la carpa basándome en mi proyecto. Cuando llegué a la parte más alta de la escalera, la abrazadera de un poste de metal se aflojó y el poste se vino abajo. Por suerte caí en la hierba, no encima de otra persona. Se me paró el corazón. “¿Qué ha pasado?”, me preguntaba. “Estoy seguro de que haberlo apretado, ¿cómo ha podido caerse sin más? Seguro que no lo han puesto derecho y por eso la abrazadera no ha quedado bien apretada”. Mi respuesta fue así de simple y no le di más importancia. Seguí construyendo según mi proyecto. Entonces, el poste que había colocado cayó hacia mí, sobre la escalera a la que me había subido. Caí desde más de dos metros de altura. Tuve suerte y no me hice daño. Entonces me di cuenta de que esas dos caídas no eran una casualidad. De no ser por el cuidado y la protección de Dios, las consecuencias de cualquiera de los accidentes habrían sido terribles. Cuantas más vueltas le daba, más culpable y asustado me sentía. Entonces acudí ante Dios en la oración. “Oh, Dios, hoy las cosas me han ido mal. Sé que tu buena voluntad está detrás de todo y que tengo que aprender una lección de esto, pero no sé lo que debo buscar. Guíame e ilumíname para conocer tu voluntad”. Después de orar, pensé en las palabras de Dios: “Siempre que haces algo, sale mal o te topas con una pared. Esa es la disciplina de Dios. A veces, cuando haces algo que desobedece o se rebela contra Dios, puede que nadie más lo sepa, pero Dios sí. Él no te perdonará y te disciplinará” (‘Los que serán hechos perfectos deben someterse al refinamiento’ en “La Palabra manifestada en carne”). En mi mente seguía dando vueltas a las palabras: “Puede que nadie más lo sepa, pero Dios sí. Él no te perdonará y te disciplinará”. Entonces me di cuenta de lo despectivo que había sido con mis hermanos a la hora de construir la tienda. No había escuchado sus propuestas, las había rechazado sin pensarlo. Estaba convencido de tener la razón y de que teníamos que hacer lo que yo quería. ¿No era muy arrogante por mi parte? La carpa ya era precaria cuando la estábamos construyendo. Si caía encima de los actores, las consecuencias serían gravísimas. Con eso en mente, oré a Dios para que me cambiase. Entonces pensé en algo que dijo el Señor Jesús: “Si dos de vosotros se ponen de acuerdo sobre cualquier cosa que pidan aquí en la tierra, les será hecho por mi Padre que está en los cielos” (Mateo 18:19). Las palabras de Dios me hicieron despertar y supe que no podía seguir así Tenía que hablar las cosas y cooperar con mis hermanos. Entonces se me ocurrió otra cosa: la seguridad es lo primero. Lo más importante era construir la carpa bien con el material que teníamos. Entonces, los hermanos dijeron que, basándonos en mi proyecto original, no teníamos bastantes postes de metal para una construcción sólida. Propusieron levantar dos en el medio para que la arista del techo fuese estable. Estuve totalmente de acuerdo con ellos. Mi proyecto habría creado muchos riesgos para la seguridad. Lo hablamos entre todos y enseguida elaboramos un plano completo. Los postes de metal eran suficientes y acabamos antes del anochecer.

Por la noche volví a pensar en el día. Mi arrogancia casi había causado una desgracia y me sentía muy agitado. Me apresuré a orar a Dios y le pedí que me guiase para conocerme a mí mismo. Cogí el teléfono y entré en la web de la Iglesia, donde leí estas palabras de Dios. Dios Todopoderoso dice: “Algunos nunca buscan la verdad mientras cumplen con el deber. Simplemente hacen lo que les place, actuando con terquedad de acuerdo con sus fantasías y siempre arbitrarios e imprudentes. ¿Qué supone ser ‘arbitrario e imprudente’? Supone actuar ante un problema como creas conveniente, sin reflexionar y despreocupado de lo que diga el resto. Nadie puede convencerte ni hacer que cambies de opinión, así que nadie te puede influir lo más mínimo; te mantienes firme, no escuchas a los demás ni siquiera cuando lo que dicen tiene lógica y crees que tu manera es la correcta. Aunque lo sea, ¿no deberías prestar atención a las sugerencias ajenas? Pero prestas atención. Otras personas te llaman terco ¿Cómo de terco? Tan terco que ni diez bueyes podrían tirar de ti: absolutamente terco, arrogante y extremadamente arbitrario, de los que no ven la verdad hasta que los mira a la cara. De puro terco, ¿no eres arbitrario? Haces lo que quieres, lo que piensas hacer, y no escuchas a nadie. Si alguien te dijera que algo de lo que haces no concuerda con la verdad, contestarías: ‘Lo haré tanto si concuerda con la verdad como si no. Si no concuerda con la verdad, te daré tal o cual motivo o justificación. Haré que me escuches. Estoy empeñado en ello’. Puede que otros digan que lo que haces es disruptivo, que acarreará graves consecuencias, que va en detrimento de los intereses de la casa de Dios, pero no los escuchas, sino que insistes en tu razonamiento: ‘Esto es lo que voy a hacer, te guste o no. Quiero hacerlo así. Tú te equivocas totalmente y yo tengo plena justificación’. Tal vez, en efecto, tengas justificación y lo que hagas no acarree graves consecuencias, pero ¿qué actitud estás revelando? (La arrogancia). Una naturaleza arrogante te hace arbitrario. Cuando la gente tiene este carácter arbitrario, ¿no es proclive a ser arbitraria e imprudente?” (La comunión de Dios). “La arrogancia es la raíz del carácter corrupto del hombre. Cuanto más arrogante es la gente, más propensa es a oponerse a Dios. ¿Hasta dónde llega la gravedad de este problema? Las personas de carácter arrogante no solo consideran a todas las demás inferiores a ellas, sino que lo peor es que incluso son condescendientes con Dios. Aunque algunas personas, por fuera, parezcan creer en Dios y seguirlo, no lo tratan en modo alguno como a Dios. Siempre creen poseer la verdad y tienen buen concepto de sí mismas. Esta es la esencia y la raíz del carácter arrogante, y proviene de Satanás. Por consiguiente, hay que resolver el problema de la arrogancia. Creerse mejor que los demás es un asunto trivial. La cuestión fundamental es que el propio carácter arrogante impide someterse a Dios, a Su gobierno y Sus disposiciones; alguien así siempre se siente inclinado a competir con Dios por el poder sobre los demás. Esta clase de persona no venera a Dios lo más mínimo, por no hablar de que ni lo ama ni se somete a Él” (La comunión de Dios). La palabra de Dios me hizo ver mi propia fealdad. Era tan caprichoso y tan poco razonable como indican las palabras de Dios. Al construir la carpa, me aferraba a mi propia experiencia y volvía a ser obstinado. No escuchaba las propuestas de los hermanos, sino que las rechazaba sin más. Me pedían que me asegurase de que era seguro, de que el tejado era estable, pero los ignoré. Quería tener la última palabra y que todos hiciesen lo que yo quería. Entendí que mi naturaleza arrogante era la raíz de mi desprecio y mi obstinación. Ser arrogante y hacer las cosas siempre a mi manera ya había afectado a mi trabajo antes. Pero esta vez, cuando no escuchaba ni siquiera las propuestas razonables y me aferraba con rigidez a mi propia idea, casi había provocado un accidente. En mi arrogancia, había sido despótico y caprichoso. No trabajaba bien con los demás y Dios no tenía lugar en mi corazón. Ni siquiera me importaba el trabajo de la casa de Dios ni la seguridad de los demás. Estaba decidido a hacer lo que yo quería. En mi arrogancia perdí toda la razón. De no haber sido por el cuidado y la protección de Dios, no imagino qué consecuencias podía haber. Por fin entendí lo peligroso que era hacer las cosas así. No solo habría retrasado el trabajo, sino que algún día podía provocar un accidente terrible. ¡Entonces sería tarde para lamentarlo! Esa idea me llenó de temor. Había comprendido mi naturaleza arrogante y no quería seguir trabajando de esa manera.

Después, encontré un camino en las palabras de Dios. “No te des aires de grandeza. ¿Puedes asumir tú solo la obra aun si eres la persona con las mejores habilidades profesionales o si sientes que tu calidad es mayor a la de quienes están aquí? ¿Puedes tú solo asumir la obra aun si tienes el estatus más alto? No puedes hacerlo; no sin la ayuda de todos los demás. Por tanto, nadie debe ser arrogante y nadie debe desear actuar de forma unilateral; la persona debe tragarse su orgullo, abandonar sus propias ideas y puntos de vista y trabajar en armonía con los compañeros. Estas personas practican la verdad y poseen humanidad. Dios ama a esas personas y sólo ellas pueden ser leales al realizar su deber. Esto, por sí solo, es una manifestación de devoción” (‘El correcto cumplimiento del deber requiere de una cooperación armoniosa’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”). La palabra de Dios me mostró el principio de la cooperación. No importa la posición ni los dones que tengamos, todos cometemos errores y tenemos debilidades. No hay nadie que sea capaz de hacerlo todo. Debemos aprender a dejar nuestro orgullo a un lado y colaborar con los demás. De ese modo, todos podemos aprovechar los dones que Dios nos ha dado y luchar por un objetivo común: cumplir bien con nuestro deber. Y, pensando en mi deber, algunos hermanos y hermanas tenían fortalezas que yo no poseía. Después de recibir sus propuestas y su ayuda, en el segundo intento logré hacerlo mejor. A veces tenían ideas que yo no había considerado y sus sugerencias me ayudaron a evitar algunos posibles problemas. Esta idea me avergonzó. Antes no me conocía a mí mismo. Había sido arrogante y ciego, pero ahora sabía que necesitaba la cooperación y la ayuda de los demás para poder cumplir con mi deber. Mi experiencia me enseñó que cada vez que actuaba con arrogancia y no cooperaba con los demás me estrellaba contra un muro. Cuando estaba dispuesto a arrepentirme, a hacerme a un lado y a colaborar con los demás, contaba con la guía y la bendición de Dios. Podía ver que a Dios les gustan las personas con humanidad que practican la verdad. Fue algo muy revelador y encontré un camino de práctica.

La tercera mañana, un hermano me pidió que reforzase un poco la tienda. Yo pensé: “La vamos a desmontar después de grabar esta tarde, ¿seguro que hace falta?”. Pero entonces pensé en este fragmento de la palabra de Dios: “Nadie debe ser arrogante y nadie debe desear actuar de forma unilateral; la persona debe tragarse su orgullo, abandonar sus propias ideas y puntos de vista y trabajar en armonía con los compañeros. Estas personas practican la verdad”. La palabra de Dios me dio un camino de práctica. Tenía que abandonar mis propias ideas y colaborar con el hermano Li. Tanto si él tenía razón como si no, tenía que ceder e investigarlo antes. Entonces me di cuenta de que quedaban cinco o seis horas de filmación y no había forma de saber si el tiempo iba a cambiar. Lo más seguro sería reforzarla. Otro hermano y yo reforzamos la tienda. Entonces, hacia las dos o las tres de la tarde, empezó a llover y se levantó mucho viento. La tormenta duró unos cuarenta minutos y pudimos esperar resguardados en la carpa. Me conmovió de un modo que no puedo expresar. Entendí que Dios es omnipotente y sabio. Las sugerencias de los demás me habían ayudado a reconocer mi propio carácter corrupto, y Dios me lo había recordado de esta forma maravillosa y nos había protegido durante la tormenta. ¡Doy gracias a Dios desde el fondo del corazón!

Estas experiencias me ayudaron a comprender mi naturaleza satánica y arrogante y me enseñaron lo que era la cooperación armoniosa. Vi que practicar la verdad y no ser obstinado en el trabajo era muy importante para colaborar con los demás. Lo que entendí y lo que gané se debe exclusivamente al juicio, la revelación y la disciplina de Dios por Su palabra. ¡Demos gracias a Dios Todopoderoso!

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