Cómo cambié mi yo arrogante

7 Feb 2021

Por Jingwei, Estados Unidos

Dios Todopoderoso dice: “Cada paso de la obra de Dios —ya sean las palabras ásperas o el juicio o el castigo— perfeccionan al hombre y es absolutamente apropiado. Nunca a lo largo de las eras ha llevado a cabo Dios una obra como esta; en la actualidad, Él obra dentro de vosotros para que apreciéis Su sabiduría. Aunque hayáis sufrido algo de dolor en vuestro interior, vuestro corazón se siente firme y en paz; es vuestra bendición poder disfrutar esta etapa de la obra de Dios. Independientemente de lo que podáis ganar en el futuro, todo lo que veis de la obra de Dios en vosotros hoy es amor. Si el hombre no experimenta el juicio y el refinamiento de Dios, sus acciones y su fervor siempre serán superficiales y su carácter siempre permanecerá inalterado. ¿Acaso esto cuenta como ser ganado por Dios? Hoy, aunque todavía hay mucha arrogancia y soberbia dentro del hombre, su carácter es mucho más estable que antes. El tratamiento que Dios lleva a cabo contigo lo hace con el fin de salvarte, y aunque puedas sentir algo de dolor en el momento, vendrá el día cuando ocurra un cambio en tu carácter. En ese momento, mirarás en retrospectiva y verás cuán sabia es la obra de Dios, y en ese instante podrás entender realmente la voluntad de Dios” (‘Solo al experimentar pruebas dolorosas puedes conocer la hermosura de Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). Solía pensar que solo con entusiasmo y estar dispuesta a pagar un precio con mi deber podía lograr la aprobación de Dios. No me concentré en aceptar el juicio y castigo de Sus palabras, ni en aspirar a un cambio de carácter. Solo cumplí con mi deber siendo arrogante y dictatorial. Restringí y afecté a hermanos y hermanas y perjudiqué la obra de la iglesia. Con el tiempo, vi que sin el juicio y el castigo de Dios, mi carácter corrupto no podía ser purificado y cambiado y que jamás podía cumplir bien con mi deber para satisfacer a Dios. Realmente experimenté que el juicio y castigo de Dios son nuestra salvación.

En 2016, tuve el deber de ser escenógrafa. Estaba muy entusiasmada, pensaba: “Estudié diseño de interiores y tengo más de cuatro años de experiencia en el área. Tendré que poner en funcionamiento mis destrezas profesionales para hacer esto bien y satisfacer a Dios”. Después de eso, aprendí destrezas junto a mis hermanos y hermanas y compartimos principios. Después de un tiempo, comencé a ver resultados de mi deber. Cuando oía a alguien decir “Qué gran trabajo han logrado con este decorado. Es muy realista”, si bien respondía que era gracias a la guía de Dios, lo que pensaba era “Pues, claro, ¿no sabes quién lo diseñó? Soy una profesional”. Comencé a caminar con la cabeza en alto y hablaba más fuerte. Cuando notaba algún error en los demás, los menospreciaba. Dejé de discutir opciones de escenografía con ellos. Pensaba que como yo había estudiado Diseño, no había necesidad, que era una pérdida de tiempo, porque de todos modos aceptarían mis ideas. Ideaba un diseño sola y después lo discutía con el director.

Luego de ser ascendida a líder de equipo, me volví más despectiva con mis hermanos y hermanas. Una vez, mientras montábamos una escena de un restaurante, el hermano Zhang, del equipo, dijo: “La puerta principal no es suficientemente alta, no se ve bien”. No me interesa lo que diga, pensé: “He diseñado muchas escenografías de restaurantes. ¿De veras crees que no sé qué tan alta tiene que ser la puerta? Tú, que no hiciste muchas escenografías, ni estudiaste Diseño, ni tienes mucha experiencia práctica, me quieres enseñar a mí cómo trabajar”. Impaciente, desestimé su sugerencia y todos dejaron la puerta como la quería yo. Cuando el camarógrafo la vio, dijo que era demasiado baja y que bloquearía la toma y que así no podía filmarla. No tuvimos otra opción que hacer una puerta nueva. Más tarde, tuvimos que hacer un armario, así que le pedí al hermano Chen que hiciera uno en base a un dibujo mío. Me dijo: “El centro es demasiado ancho. No se ve bien. ¿Y si lo hacemos más angosto?”. Pensé: “Investigué todo tipo de materiales en Internet y estas son las proporciones correctas. Haz lo que yo digo y no te equivocarás”. Me mantuve firme y dije: “¿Qué dices? ¡Solo hazlo como lo dibujé!”. Al final, todos coincidieron en que el centro era demasiado ancho y no se veía bien. El hermano Chen tuvo que dedicar más tiempo a modificarlo, lo cual retrasó la filmación. Yo seguía sin reflexionar ni intentar conocerme, pero no me importaba. Pensé: “¿Quién no comete errores alguna vez? Es solo un poco de tiempo y materiales para arreglarlo, no es para tanto”.

Una vez, luego de una reunión, el hermano Zhang me hizo esta devolución: “Últimamente te he notado bastante terca cuando trabajas con otra gente. No oyes nuestras sugerencias y desestimas algunas que son totalmente viables. Hablas condescendientemente y eres dominante, y siempre insistes en hacer las cosas a tu modo. Estas son todas expresiones de un carácter arrogante”. Acepté verbalmente lo que dijo, pero pensaba: “Soy arrogante, pero no es tanto problema”. Unos pocos días después, el hermano Liu también me abordó por ser arrogante y dijo que yo no escuchaba a los demás y los dominaba. Alcé un muro a mi alrededor, antes de que siquiera terminara. Pensé: “Ninguno de ustedes me llega a los tobillos. ¿Cómo se atreven a abordarme?”. Cuanto más lo pensaba, menos lo aceptaba. Hasta ponía excusas en mis oraciones a Dios. Cuanto más lo hacía, más oscuro y deprimido sentía el espíritu. Mis escenografías se volvieron desorganizadas, pero seguía sin reflexionar sobre mí misma. Un día, me golpeé la pierna contra el marco de metal de una silla y me hice un corte muy profundo. Me dieron siete puntos en el hospital. Sabía bien que no había sido un accidente y que sin duda la voluntad de Dios estaba detrás. Por fin aquieté mi corazón y reflexioné profundamente. Cuando un hermano o hermana tenía una sugerencia o indicación útil, nada me convencía y me resistía. No era para nada tolerante ni sumisa. Era increíblemente rígida. Oré a Dios, pidiéndole que me guiara para conocer mi propio carácter corrupto.

Leí Su palabra en mi devocional diario: “Si consideras que los demás son menos que tú, entonces eres santurrón, presuntuoso y no beneficias a nadie” (‘Capítulo 22’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). “No te creas un prodigio nato, sólo algo un poco por debajo del cielo pero infinitamente por encima de la tierra. Estás lejos de ser más listo que nadie y hasta podría decirse que es sencillamente adorable lo imbécil que eres comparado con cualquiera de las personas que poseen la razón en la tierra, pues te tienes en una posición demasiado elevada y jamás has tenido sensación de inferioridad; como si vieras Mis actos hasta el más ínfimo detalle. De hecho, eres una persona fundamentalmente carente de razón, ya que no tienes ni idea de lo que pretendo hacer, y menos todavía de lo que estoy haciendo ahora. Y por eso digo que ni siquiera eres como un viejo agricultor que labra la tierra, un agricultor sin la más mínima idea de la vida humana y que, sin embargo, pone toda su confianza en las bendiciones del cielo cuando cultiva la tierra. Ni por un segundo piensas en tu vida, no sabes nada notorio, y menos aún tienes autoconocimiento. ¡Qué ‘por encima de todo’ estás!” (‘Los que no aprenden y siguen siendo ignorantes, ¿acaso no son unas bestias?’ en “La Palabra manifestada en carne”). Leer esto me destrozó. Me sentí expuesta con cada palabra. Desde que me había convertido en escenógrafa, me creí un talento indispensable porque conocía la industria y tenía experiencia. Era arrogante con hermanos y hermanas, pensando que yo era la profesional así que nadie estaba a mi altura. Siempre tenía la última palabra y no quería discutir nada con nadie. Me parecía una pérdida de tiempo porque no tenían nociones de diseño. Cuando de mala gana discutía algo, creía que yo era la más informada y que podía ver las cosas más integralmente. Jamás exploraba lo que me sugerían, sino que solo los rechazaba. No tenía ni siquiera el más mínimo respeto por los demás. Cuando los hermanos y hermanas decían que era arrogante y me instaban a reflexionar, no podía aceptar eso tampoco y me mantenía reacia. Pude ver que solo demostraba arrogancia. Al vivir regida por mi carácter arrogante, menospreciaba a los demás y no hacía más que restringir y perjudicar a hermanos y hermanas. Era arrogante y autocrática en mi trabajo, obligaba a todos a escucharme y les hacía rehacer cosas una y otra vez, alterando la obra de la iglesia. ¡Estaba haciendo el mal! Al darme cuenta, sentí un poco de miedo. Oré y me arrepentí ante Dios. Ya no quería hacer cosas por arrogancia.

En mi siguiente deber después de esto, me hice conscientemente a un lado y escuché las sugerencias de los demás para compensar mis defectos. Una vez hice un diseño y los hermanos y hermanas plantearon varias sugerencias, diferentes a mis ideas. Estaba a punto de desestimarlas, pero me di cuenta de que estaba siendo arrogante otra vez. Oré a Dios en mi corazón, pidiéndole que me guiara para renunciar a mí misma y dejar de vivir regida por mi carácter corrupto. Quería aceptar las sugerencias que más beneficiaran la obra de la casa de Dios. Apenas comencé a aceptar las ideas de los demás, descubrí una mejora en nuestra utilería, que era más funcional, práctica y podía fabricarse más rápido. Pude apreciar la dulzura de practicar la palabra de Dios. Pero no entendía mi naturaleza arrogante y no tenía consciencia de mí misma. Unos meses después vi que nuestros decorados eran bien recibidos por todos y que tenía cierto éxito en mi deber. Sin darme cuenta, mi carácter arrogante estaba resurgiendo.

Una vez, mientras armábamos el decorado de la casa de alguien rico, pensé: “Alguien así debe tener cosas de alto nivel que reflejen su estatus”. Hice que mis hermanos y hermanas dispusieran el decorado tal como yo quería. El hermano Zhang me señaló que era demasiado moderno y que no era acorde a la generación del personaje principal. No me gustó lo que dijo. Pensé: “¿Qué sabrás tú? Esto es ser flexible. Debemos diseñar en función a su estatus, sin limitarlo a un período en particular. En mi opinión, no tienes idea de qué tipo de estilo deberían tener estas casas. Tus ideas son muy anticuadas”. Lo que le dije a él fue: “Tengo noción de la época. Confía en mí”. Poco después el hermano Chen dijo que las ventanas eran demasiado modernas. Estaba muy molesta y me pregunté por qué eran tan retrógrados e inflexibles. Contuve mi temperamento e insistí en mi visión. El hermano Chen no dijo nada más. Ante mi sorpresa, cuando terminamos el decorado, el director dijo que nuestro diseño no era realista, que era demasiado lujoso y que no era acorde a la edad del personaje principal. Tuvimos que rehacer todo. Pero yo seguía sin aceptarlo. Sentía que no sabían apreciar el diseño. Pero como todos coincidían en que no estaba bien, acepté rehacerlo de mala gana.

Una vez, más adelante, necesitamos un kang estilo años 80 para un decorado. Pensé que nos saldría muy caro, pero el hermano Zhang dijo que ahorraríamos mucho dinero si él lo construyera y dijo que tenía en mente un plan detallado. Pero yo solo sentía desprecio por la idea. Podíamos hacerlo nosotros por menos, pero no sería tan duradero. ¿No sería solo un esfuerzo en vano? También se lo dije al director, que la idea del hermano Zhang era sencillamente inviable. El director dijo que mi presupuesto era demasiado alto, así que eliminó la escena del kang. El hermano Zhang sugirió otra alternativa y lo regañé, porque pensé que no entendía y que se había obstinado. Una hermana vio cómo lo restringía y me dijo que era arrogante. Me negué a aceptarlo. Incluso me mantenía arrogante e inflexible cuando discutía opciones con el director. Entonces, los decorados a veces no eran lo que necesitábamos e incluso había que rehacerlos. Y la filmación se retrasaba.

Pronto fui removida de mi puesto. El líder de la iglesia me dijo: “Los hermanos y las hermanas dicen que eres arrogante, que haces todo a tu manera, que siempre tienes la última palabra y que los regañas condescendientemente. Actúas como si fueras la jefa y los demás tus subordinados. Todos se sienten sometidos por ti”. Me quedé estupefacta al oírlo. Jamás hubiera imaginado que daba una imagen tan arrogante e irracional. Estaba tan molesta que no escuché nada más de lo que dijo el líder. Me sentí abatida por unos días. No podía comer ni dormir bien. Durante mi reflexión me vino a la mente un pasaje de la palabra de Dios: “Cada uno de vosotros deberíais examinar nuevamente cómo habéis creído en Dios durante vuestra vida” (‘Conocer a Dios es la senda para temer a Dios y apartarse del mal’ en “La Palabra manifestada en carne”). Reflexioné sobre esto y pensé: “Hace cinco años que creo en Dios, pero jamás reflexioné ni me conocí a mí misma. Demostré mucha arrogancia sin darme cuenta. Debo reflexionar profundamente sobre mí misma”. Y elevé esta oración a Dios: “Oh, Dios, guíame y esclaréceme para que pueda conocer mi carácter corrupto y logre odiarme y renunciar a mí misma. Estoy dispuesta a arrepentirme”. Un día fui al set de filmación por un recado y vi un kang estilo años 80 construido tal como lo había sugerido el hermano Zhang. Había costado menos de la mitad de mi presupuesto original. Además, el hermano Zhang y los demás habían hecho mucha utilería usando cartón. Había resultado efectiva, habían ahorrado tiempo, energía y materiales. Sentí vergüenza cuando vi esto. Pude ver lo arrogante que había sido y cuánto había retrasado la filmación. Comencé a preguntarme: “¿Por qué era tan arrogante, siempre exigiendo que los demás me escucharan? ¿Cuál es la verdadera raíz de esto?”.

En mi devocional de la mañana siguiente, leí esto en la palabra de Dios: “Si realmente posees la verdad en ti, la senda por la que transitas será, de forma natural, la senda correcta. Sin la verdad es fácil hacer el mal, y no podrás evitar hacerlo. Por ejemplo, si existiera arrogancia y engreimiento en ti, te resultaría imposible evitar desafiar a Dios; te sentirías impulsado a desafiarlo. No lo haces intencionalmente, sino que esto lo dirige tu naturaleza arrogante y engreída. Tu arrogancia y engreimiento te harían despreciar a Dios y verlo como algo insignificante; causarían que hagas alarde de ti mismo, que te exhibas constantemente y que al final te sentaras en el lugar de Dios y dieras testimonio de ti mismo. Finalmente, considerarías tus propias ideas, pensamientos y nociones como si fueran la verdad a adorar. ¡Ve cuántas cosas malas te lleva a hacer esta naturaleza arrogante y engreída!” (‘Solo buscando la verdad puede uno lograr un cambio en el carácter’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”). Me sentí muy patética al leer esto. Sabía de mi carácter arrogante, pero no tenía idea de las consecuencias de mi arrogancia. Finalmente pude ver, por lo revelado por la palabra de Dios y por la reflexión sobre mis palabras y acciones, que me llevaba a hacer el mal y a resistirme a Dios. Mi naturaleza arrogante me llevó a ser muy presumida y creía que los demás no valían nada, porque yo tenía cierto talento. Pensaba que mi enfoque de las cosas era siempre el correcto y nadie se me comparaba y que todos debían hacer lo que yo decía. Si yo decía “izquierda” nadie podía ir a la derecha ni sugerir algo distinto. Regañaba a los que no me escuchaban y era obstinada y dictatorial. Estaba siendo controladora e iba rumbo a convertirme en un anticristo. Estas palabras de Dios “Tu arrogancia y engreimiento te harían despreciar a Dios y verlo como algo insignificante”, me hicieron pensar en lo presumida que había sido al hacer mi deber. Nunca busqué la voluntad de Dios ni los principios de la verdad. Cuando los demás sugerían algo, nunca consideraba que podía venir de Dios, que podía ser Su guía. Si no era idea mía, sencillamente no la consideraba. Pude ver que no tenía veneración por Dios. Era tan arrogante que trataba a los demás con desprecio y en mi corazón no había lugar para Dios. Lo que debía hacer era someterme a la verdad y a la obra del Espíritu Santo. Cualquier sugerencia de parte de un hermano o hermana, coincidiera o no con mi propia idea, podía venir del Espíritu Santo. Debería aceptarla y explorarla con un corazón sumiso y temeroso de Dios. Si concuerda con la verdad y beneficia la obra de la casa de Dios, debería obedecer e implementarla. Al rechazar algo del esclarecimiento y la guía del Espíritu Santo, entorpezco la obra del Espíritu y me resisto a Dios. Eso ofende el carácter de Dios. Cumplí con mi deber de manera arrogante y autocrática, dominando a hermanos y hermanas y descartando ideas perfectamente buenas. Esto alteró la obra de la iglesia. Que me despidieran fue el carácter justo de Dios viniendo a mi encuentro. Pensar en todo el daño que causé a mis hermanos y hermanas y las pérdidas que ocasioné a la obra de la iglesia, me hizo sentir arrepentida y culpable. Odiaba profundamente mi corrupción. Al mismo tiempo, estaba llena de gratitud hacia Dios, porque de no haber sido duramente juzgada y castigada por mi arrogancia y obstinación, jamás me habría conocido a mí misma y habría seguido resistiéndome a Dios.

Más adelante leí otro pasaje de Su palabra: “La mayor parte del tiempo, las ideas, los actos y la mentalidad de las personas con talento y dones no concuerdan con la verdad, pero ellas mismas lo ignoran. Aún piensan: ‘¡Mira qué listo soy, qué decisiones más inteligentes he tomado! ¡Que decisiones más acertadas! Ninguno de vosotros puede igualarme’. Viven continuamente en un estado de narcisismo y amor propio. Les cuesta sosegar el corazón para reflexionar sobre lo que Dios les pide, sobre lo que es la verdad y cuáles son los principios de la verdad. Les cuesta entrar en la verdad y en las palabras de Dios, descubrir o comprender los principios de la práctica de la verdad y entrar en la realidad de la verdad” (‘Aquello concreto en lo que las personas han confiado para vivir’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”). Las palabras de Dios me mostraron que al apoyarnos en los dones y fortalezas, nos volvemos más arrogantes y presumidos y creemos que esa es la verdad, sin perseguir los principios de la verdad. Yo creí tener talento y que no podían prescindir de mí para la escenografía y la utilería, pero de hecho, hubo otros que hicieron muy bien su deber, sin tener experiencia profesional, y fabricaron utilería mucho mejor que yo. Me creía perspicaz, talentosa y llena de buenas ideas, pero hice un desastre. Las cosas que creé no eran útiles y a menudo había que rehacerlas, perdiendo tiempo, energía y dinero. Vi que al apoyarme en mis dones y fortalezas, sin ir tras los principios de la verdad, me faltaba la obra del Espíritu Santo y no podía cumplir bien con mi deber. Si alguien tiene buenas intenciones, Dios lo esclarece y lo guía. Dios nos concede una sabiduría que ningún humano podría imaginar. Me di cuenta de que esos dones y talentos de los que estaba tan orgullosa no tenían valor alguno. Intentar capitalizarlos fue realmente arrogante e irracional. Me sentí muy avergonzada. Entonces, oré a Dios: “Ya no quiero vivir regida por mi carácter arrogante. Deseo fervientemente buscar y practicar la verdad y cumplir bien con mi deber”.

Luego asumí el deber de regar nuevos fieles y mantuve un perfil bajo al trabajar con otros. Cuando surgía algo, conscientemente buscaba la voluntad de Dios y escuchaba más las sugerencias de los demás. Un día, un hermano del equipo me dijo: “Tu estilo para regar y apoyar a hermanos y hermanas es un tanto rígido. No es muy efectivo. Sería mejor si pudieras focalizar tu riego en la debilidad particular de cada persona”. Pero yo no estaba del todo convencida. Creí estar poniendo en funcionamiento toda mi experiencia, ¿cómo podría estar haciendo algo mal? Estaba a punto de desestimarlo, pero me di cuenta de que la arrogancia asomaba la cabeza otra vez. Oré a Dios en silencio y me vino a la mente este pasaje de Su palabra: “Cuando otros expresan opiniones contrarias, ¿qué práctica puedes adoptar para evitar ser arbitrario e imprudente? Primero debes tener una actitud de humildad, dejar de lado lo que crees correcto y permitir que todos hablen. Aunque creas que lo que dices es correcto, no debes seguir insistiendo en ello. Esa, para empezar, es una suerte de paso adelante; demuestra una actitud de búsqueda de la verdad, abnegación y satisfacción de la voluntad de Dios. Una vez que tienes esta actitud, a la vez que no te apegas a tu propia opinión, oras. Como no distingues el bien del mal, dejas que Dios te revele y diga qué es lo mejor y lo más adecuado que puedes hacer. Mientras todos comparten juntos, el Espíritu Santo les otorga esclarecimiento” (La comunión de Dios). Había sido muy arrogante y obstinada en el pasado, dominaba a los demás y alteraba la obra de la casa de Dios. Sabía que no podía seguir así, dominando y resistiéndome a Dios y que debía escuchar las sugerencias de los demás. Primero debía aceptarlo y someterme y luego perseguir la voluntad de Dios. Esa es la única manera de recibir Su guía. Entonces, escuché al hermano pacientemente y me di cuenta de que realmente podía mejorar mis métodos. El enfoque que él me sugirió era más flexible y adaptable. Lo puse en práctica y descubrí que era realmente efectivo. Después de eso, cuando los hermanos y hermanas me hacían indicaciones, ya no me resistía, sino que las aceptaba y exploraba, y buscaba un mejor camino de práctica con los demás. Todos dijeron luego que habían logrado mucho con ese tipo de riego. Me inundó una verdadera sensación de paz. Sabía que era la guía de Dios. Y no pude más que ofrecerle mis gracias y alabarlo. También experimenté que Su bendición se logra practicando los principios de la verdad y no cumpliendo con el deber arrogantemente.

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