Reflexiones durante una enfermedad

29 Mar 2022

Por Shiji, Estados Unidos

He sido débil y he tenido tendencia a enfermar desde pequeña. Mi mamá decía que yo había sido prematura y enfermiza desde que salí del útero. Tras convertirme en cristiana, mi salud mejoró gradualmente. Durante siete años, no tuve que ir al hospital ni tomar ninguna medicina. Estaba muy agradecida con Dios Luego, en 2001, acepté la obra de los últimos días de Dios Todopoderoso. Estaba increíblemente emocionada de recibir al Señor y me sentía muy bendecida. Renuncié a mi negocio y empecé a compartir el evangelio y a cumplir con mi deber. Tenía mucha energía para viajar por mi deber, y me aboqué por completo. Muchas veces escapé del arresto por poco, me apoyé en Dios y nunca me rendí. También arriesgué mi seguridad para ir a ofrecer apoyo a los hermanos y a las hermanas, a veces, incluso iba a las montañas, caminaba cinco o seis horas seguidas. En algunos lugares, ni siquiera podía beber un sorbo de agua limpia, pero, para mí, eso no era una adversidad. Sentía que al esforzarme así, sin dudas ganaría la aprobación y las bendiciones de Dios.

En 2015, poco después de mudarme al extranjero. Empecé a sentirme cada vez peor, y a veces, a la noche, tenía ataques de sudor. Sentía pánico, y me costaba concentrarme. Tomé medicinas chinas e hice acupuntura, pero nada ayudó. Al principio, no le presté mucha atención y pensé que mi salud estaba en manos de Dios, mientras yo cumpliera con mi deber, Él cuidaría de mí y me protegería. Pero, para mi sorpresa, mi salud seguía deteriorándose. Luego, en julio de 2016, noté que me dolía un lado del cuello, y un mes después, una noche, empeoró tanto durante una reunión que ni siquiera podía hablar. Me sentía agotada y empecé a sentir escalofríos. Me tomé la temperatura y tenía 39,5 °C. Tomé un antipirético y un antiinflamatorio, pero no hicieron efecto. Después de eso, empecé a tener fiebre todas las noches y estaba empapada de sudor en medio de la noche. Estaba en tal agonía que no podía dormir en toda la noche. Una hermana me dijo que debería ir a que me revisaran, y dije que iría, pero pensaba que estaría bien. Durante esos años, había trabajado mucho y había cumplido mi deber, por eso, pensé que, sin dudas, Dios me cuidaría y me protegería, e incluso si tenía algo, no sería nada grave. Pasaron un par de semanas en las que tuve fiebre todo el tiempo, perdí casi 5 kilos, y se veía que mi cuello estaba inflamado. Estaba débil y mareada todos los días, mi corazón estaba acelerado, latía muy rápido, y mis manos empezaron a temblar. En ese punto, ya no podía soportarlo más, y una hermana me llevó a Emergencias en medio de la noche. Cuando estaba ahí, muchos médicos se reunieron alrededor de mi cama con expresión seria, y yo me preguntaba si de verdad tendría algo grave. Dijo que el diagnóstico preliminar era tiroiditis subaguda y tirotoxicosis, y que debía internarme de inmediato. También dijo que tenía un bulto en el cuello y que no podían descartar que fuera un tumor. Querían esperar a que me bajara la fiebre, entonces podrían tomar una muestra de tejidos para analizarla. En ese momento, también mostraba signos de crisis tiroidea, lo que podía ser mortal. Muy serio, el médico me dijo: “Si vuelve a retrasar el tratamiento así, ¿sabe lo graves que podrían ser las consecuencias?”. Tenía una expresión muy seria. Al oír esto, me sentí desfallecer y pensé: “Renuncié a todo para trabajar por Dios y cumplir mi deber todos estos años. He sufrido mucho por esto. Él debería protegerme y cuidarme. ¿Cómo es posible que tenga un tumor?”. Durante esa época, oraba y buscaba, y sabía, en principio, que yo debería someterme al gobierno y los arreglos de Dios, pero, en mi corazón, aún esperaba que Él me quitara la enfermedad muy rápido.

Pero seguía surgiendo, y yo siempre tenía fiebre, a veces llegaba a los 40 °C. Me sentía muy desorientada Tenía sudores nocturnos, dejaba las mantas húmedas. Lo primero que hacía cada mañana era ducharme y secar mi ropa de cama. Mis manos temblaban tanto que no podía sostener los palitos. Debía ir al hospital cada semana porque aún tenía fiebre muchas veces, y después, un médico me dijo, resignado: “Nunca he visto un caso como este”. Lo único que podía hacer era aumentar la dosis de hormonas que me estaba dando. No podía hacer nada más. Pero esas hormonas tenían unos efectos secundarios muy obvios, como inflamación de la cara y del cuerpo, y dolor en las piernas. Atravesar todo eso fue una verdadera agonía. En esa época, ya no me quedaba nada de fe, y me preguntaba si de verdad iba a morir. Después de un tiempo, un líder vio que estaba en terrible forma, e hizo que suspendiera por un tiempo mi deber de riego para que me concentrara en mi salud. Sabía que los hermanos y las hermanas pensaban en mi propio bienestar, pero me resultaba muy duro. Sentía que, si ni siquiera podía cumplir un deber, ¿significaría eso que sería eliminada?

Esa misma noche volví a tener fiebre y me senté mirando la habitación vacía, no había nadie más que yo, y de pronto me sentí increíblemente sola y sin esperanzas. Pensé: “¿De verdad voy a morir aquí?”. Pensé en mi hijo y en mi mamá en casa. No sabía si alguna vez volvería a verlos antes de morir. Era una muerte en vida. No podía volver a casa, había perdido mi deber y sentía que Dios ya no me quería. Había renunciado a mucho y había sufrido mucho esos años, ¿cómo podía ser eso todo lo que consiguiera a cambio? Cuanto más lo pensaba, peor me sentía, y empecé a llorar sin parar. Pensé que tal vez sería mejor morir y acabar con todo. Entonces, de la nada, una palabra apareció en mi mente: ¡Resistencia! Esta palabra sonó en mi cabeza una y otra vez, y luego pensé en algo que Dios dijo: “Si una persona tiene una actitud negativa hacia el destino, demuestra que se está resistiendo a todo lo que Dios ha organizado para ella, que no tiene una actitud sumisa” (‘Dios mismo, el único III’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios despertaron mi corazón que en ese momento estaba entumecido. Pensé que había estado llena de exigencias hacia Dios desde que había surgido mi enfermedad. Sentí que Dios debería estar protegiéndome porque yo había abandonado mi casa para cumplir mi deber. Cuando descubrí lo grave que era mi condición y que tal vez moriría, sentí que ya no tendría mi futuro y destino. Lamenté todos mis años de esfuerzo y quise morir para acabar con todo. ¿No era eso resistirse a Dios todo el tiempo? ¿Dónde estaba mi obediencia hacia Dios? Darme cuenta de eso fue un llamado de atención, y finalmente me arrodillé ante Dios y, llorando, oré. Dije: “Dios, ¡estaba equivocada! No debería malinterpretarte ni quejarme, y no debería resistirme a Ti. Pero estoy sufriendo mucho y estoy muy débil ahora. No sé cómo atravesar esta situación. Por favor, guíame”. Después de orar, sentí que tenía algo de fuerza, así que, con cierto esfuerzo, me levanté y abrí las palabras de Dios. Este es el pasaje que vi: “Si siempre has sido muy leal y amoroso conmigo, pero sufres el tormento de la enfermedad, la pobreza y el abandono de tus amigos y parientes, o soportas cualquier otra desgracia en la vida, ¿aun así continuarán tu lealtad y amor por Mí? Si nada de lo que has imaginado en tu corazón concuerda con lo que he hecho, ¿cómo caminarás tu senda futura? Si no recibes nada de lo que esperabas recibir, ¿puedes seguir siendo Mi seguidor?” (‘Un problema muy serio: la traición (2)’ en “La Palabra manifestada en carne”). Leer esto en las palabras de Dios me dolió mucho. Pensé en todas las veces que había leído este pasaje antes y había jurado solemnemente a Dios que lo seguiría firmemente hasta el final, y que nunca lo traicionaría, sin importar qué pasara. Pero cuando enfrenté la enfermedad, el tipo de fe que había tenido esos años se reveló como lo que era y me di cuenta de que, a lo largo de mis años de creyente, nunca había sido sincera con Dios ni había tenido amor por Él. Cuando no se cumplió mi deseo de ganar seguridad por mi fe, cuando se destruyeron mis esperanzas de bendiciones, empecé a malinterpretar y a culpar a Dios, e incluso quise pelear con Él a través de mi muerte. Vi que todo lo que había sacrificado había sido solo por mí misma, solo había sido para ser bendecida. Estaba negociando con Dios. ¡Era tan rebelde! Como ser, cada aliento que tomaba, me lo da Dios, por eso, debería someterme a Su gobierno y a sus arreglos. ¿Qué derecho tenía a exigirle algo a Dios, a hacer tratos con Él? Al pensar en eso, me llené de remordimiento y de verdad odié lo irracional e inconsciente que era.

Recordé un himno que cantábamos mucho: “Ahora bien, no les presto ninguna atención a mis perspectivas de futuro ni estoy bajo el yugo de la muerte. Con un corazón que te ama, deseo buscar el camino de la vida. Todas las cosas, todo está en Tus manos; mi destino y mi propia vida están en Tus manos. Ahora, busco amarte e, independientemente de si me dejas amarte, de cómo interfiera Satanás, estoy decidido a amarte. Yo mismo estoy dispuesto a buscar a Dios y a seguirlo. Ahora, aunque Dios quiera abandonarme, yo no dejaré de seguirlo. Tanto si Él me quiere como si no, yo seguiré amándolo, y al final debo ganarlo. […]” (‘Estoy decidido a amar a Dios’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Con este himno sonando en mi cabeza, en silencio decidí que, sin importar mi futuro y mi desino, si era bendecida o no, cumpliría mi deber y me mantendría firme en el testimonio para Dios. Pensé que, incluso si estaba mal de salud y apenas podía salir de casa, aún podía cumplir mi deber por internet. A partir de ese momento, me aboqué a compartir el evangelio por internet, y cuando dejé de pensar en mi futuro y en mi destino, y aboqué todos mis esfuerzos a cumplir mi deber, me sentí totalmente en paz y tuve algo de éxito al predicar el evangelio. Después de un tiempo, me di cuenta de que ya no tenía tanta fiebre ni tenía que ir tanto al hospital. Después, el médico confirmó que tenía un nódulo en la tiroides, no un tumor maligno. Debía seguir tomando medicina y volver para controles, pero estaba muy agradecida con Dios.

Después de eso, tuve una mejor comprensión de mí misma, pero la corrupción y las adulteraciones estaban profundamente arraigadas, por eso, no podemos lograr el cambio solo porque ganemos un poco de comprensión. Después pasé por mucho más.

Dos o tres meses después de eso, recibí un mensaje de casa que decía que mi mamá había sufrido una repentina apoplejía y estaba postrada en la cama. Mi hijo iba a todos lados a pedir dinero para su tratamiento. La noticia me impactó. Era muy perturbador. Durante toda mi vida, debido a mi frágil salud, mi mamá siempre me había cuidado en especial, más que a mi hermano y a mi hermana. Pero ahora que estaba enferma y en el hospital, no podía ir a estar a su lado y cuidarla. Sabía que dependía de Dios que mi mamá se recuperara o no, y estaba lista para someterme, pero me aferraba a esta esperanza de que, mientras cumpliera bien con mi deber, Dios la cuidaría y la protegería. De verdad esperaba que ella mejorara y que todo estuviera bien en casa. Pero pasaron algunos meses, y no solo no mejoró su condición, sino que estaba totalmente paralizada del lado izquierdo y sufría de un poco de confusión. Parecía que no había mucha esperanza de que se recuperara. Me resultaba muy doloroso. Yo todavía sufría mis problemas de salud. Siempre tenía escalofríos y no soportaba ningún tipo de corriente. Mientras otros usaban el aire acondicionado y esterillas de bambú para dormir más frescos, yo necesitaba mantas y mi presión sanguínea era de 45/80 mmHg. Estaba anémica e hipoglucémica, y me dolían las piernas. Mi vista también se deterioró mucho. Una noche, volví a tener fiebre. Pensaba que no había mejorado, pero debía seguir con la medicación y los controles, y, además, la condición de mi mamá era en verdad muy mala, no había forma de saber cuánto tiempo sobreviviría. Yo estaba muy deprimida y no tenía motivación en mi deber. En mi miseria, oré a Dios y le dije: “Dios, me siento muy débil ahora, y no puedo someterme a esta situación que organizaste. Por favor, guíame para que pueda ver las cosas de acuerdo con Tus palabras, para que no te culpe ni te malinterprete, y para que pueda tener algo de comprensión sobre mi propio estado”.

Después de esto, leí esto en las palabras de Dios: “Muchos creen en Mí solo para que pueda sanarlos. Muchos creen en Mí solo para que use Mis poderes para expulsar espíritus inmundos de sus cuerpos, y muchos creen en Mí simplemente para poder recibir de Mí paz y gozo. Muchos creen en Mí solo para exigir de Mí una mayor riqueza material. Muchos creen en Mí solo para pasar esta vida en paz y estar sanos y salvos en el mundo por venir. Muchos creen en Mí para evitar el sufrimiento del infierno y recibir las bendiciones del cielo. Muchos creen en Mí solo por una comodidad temporal, sin embargo no buscan obtener nada en el mundo venidero. Cuando hice descender Mi furia sobre el hombre y le quité todo el gozo y la paz que antes poseía, el hombre se volvió confuso. Cuando le di al hombre el sufrimiento del infierno y recuperé las bendiciones del cielo, la vergüenza del hombre se convirtió en ira. Cuando el hombre me pidió que lo sanara, Yo no le presté atención y sentí aborrecimiento hacia él; el hombre se alejó de Mí para en su lugar buscar el camino de la medicina maligna y la hechicería. Cuando le quité al hombre todo lo que me había exigido, todos desaparecieron sin dejar rastro. Así, digo que el hombre tiene fe en Mí porque doy demasiada gracia y tiene demasiado que ganar” (‘¿Qué sabes de la fe?’ en “La Palabra manifestada en carne”). “Los que carecen de humanidad no pueden amar verdaderamente a Dios. Cuando el ambiente es seguro y fiable o hay ganancias que obtener, son completamente obedientes a Dios, pero cuando lo que desean está comprometido o finalmente se les niega, de inmediato se rebelan. Incluso, en el transcurso de una sola noche pueden pasar de ser una persona sonriente y ‘de buen corazón’ a un asesino de aspecto espantoso y feroz […]” (‘La obra de Dios y la práctica del hombre’ en “La Palabra manifestada en carne”). Al leer estas palabras de Dios, sentí mucha vergüenza. El juicio de Dios exponía por completo mi despreciable motivación de buscar bendiciones en mi fe. Desde el principio, había querido buena salud y una familia feliz y tranquila a cambio de mi fe. Cuando recibía esta gracia y esta bendición de Dios, cuando me sentía bien, abandoné todo para trabajar para Dios. Pero cuando me volví a enfermar y mi mamá también tuvo problemas de salud, me quejé a Dios, me volví negativa y me retraje. Ni siquiera me importaba cumplir bien mi deber. ¿Qué clase de creyente era? ¿No estaba tan solo usando a Dios para satisfacer mi deseo de bendiciones? ¿No estaba engañando a Dios? Dios ya me había dado mucho, y, de no haber sido por la salvación de Dios, no habría llegado tan lejos. Cualquiera con conciencia, aunque no sea creyente, sabe agradecer un favor, pero yo había disfrutado del riego y el sustento de Dios todos esos años sin dar nada a cambio, había disfrutado mucho Su gracia, pero no tenía ni un mínimo de gratitud hacia Él. No encaraba mi deber con sinceridad, sino que trataba a Dios como una fuente de abundancia, solo quería Su gracia y Sus bendiciones. Vi que carecía de la conciencia y razón más básicas que una persona debe tener. ¡Era egoísta, despreciable, codiciosa y mezquina! Al darme cuenta de esto, me enojé mucho conmigo misma. Me sentía culpable y en deuda, y fui a orar ante Dios, llorando. Dije: “Dios, ahora veo que todo lo que aporté estos años fue por bendiciones. Te he estado engañando, negociando contigo. Esto en verdad te desagrada. Guíame para que comprenda la raíz de mi motivación de buscar bendiciones para que pueda arrepentirme de verdad y cambiar”.

En mi búsqueda, leí este pasaje de las palabras de Dios. “Todos los humanos corruptos viven para sí mismos. Cada hombre para sí mismo, y sálvese quien pueda; este es el resumen de la naturaleza humana. La gente cree en Dios para sí mismos; abandonan las cosas, se esfuerzan por Él y le son fieles, pero aun así, todo lo que hacen es para sí mismos. En resumen, su único propósito es ganarse bendiciones para sí mismos. En la sociedad, todo se hace para beneficio personal; se cree en Dios solamente para lograr bendiciones. La gente lo abandona todo y puede soportar mucho sufrimiento para obtener bendiciones. Todo esto es una prueba empírica de la naturaleza corrupta del hombre” (‘La diferencia entre los cambios externos y los cambios en el carácter’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). “‘Cada hombre para sí mismo, y sálvese quien pueda’: esta es la vida y la filosofía del hombre y también representa la naturaleza humana. Estas palabras se han convertido ya en la naturaleza de la humanidad corrupta, en el auténtico retrato de su naturaleza satánica, la cual se ha convertido ya en la base de la existencia de esta humanidad corrupta. La humanidad corrupta ha vivido según este veneno de Satanás durante varios miles de años y hasta nuestros días” (‘Cómo caminar por la senda de Pedro’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Después de leer esto, gané un poco de comprensión en mi corazón que la fuente de la búsqueda de bendiciones en mi fe era que yo estaba profundamente corrompida por Satanás. Vivía según la lógica satánica “Cada hombre para sí mismo, y sálvese quien pueda”, y todo lo que hacía era para mí misma. Mi fe era solo por el bien de mi salud física y el bienestar de mi familia, y todos mis sacrificios y mi esfuerzo en mi deber eran para tener un buen destino. En cuanto no me beneficiaba de mi fe, cuando mis esperanzas desaparecían, perdía todo la motivación en mi deber. De hecho, es perfectamente normal que la gente tenga problemas de salud en el transcurso de una vida normal. Es la ley natural. Pero culpé a Dios cuando me enfermé, e incluso me quejé ante Dios cuando mi mamá enfermó. ¡Era tan irracional! Recordé a Job. Era recto y amable, y nunca exigía nada de Dios. Creía que todo venía de Dios, y, seamos bendecidos o suframos calamidades, igual deberíamos alabar y venerar a Dios. Por eso, cuando Satanás tentó a Job, y, en una noche, Job perdió a sus hijos y le robaron sus pertenencias, y luego, todo su cuerpo quedó cubierto de llagas, no se quejó ni una vez, incluso alabó el nombre de Dios y dijo: “Jehová dio y Jehová quitó; bendito sea el nombre de Jehová” (Job 1:21).* Cuando todo estuvo dicho y hecho, se mantuvo firme en el testimonio y humilló a Satanás. Pero, aunque yo había leído tantas palabras de Dios, Dios aún no tenía un lugar en mi corazón. Mi fe era solo para mis propias bendiciones, para mi propio beneficio. ¡Tenía tan baja humanidad!

Después de eso, empecé a pensar las cosas mientras leía las palabras de Dios. ¿Cuál era la voluntad de Dios en estos problemas de salud? Leí un par de pasajes de las palabras de Dios que ayudaron. “El refinamiento es el mejor medio por el cual Dios hace perfectas a las personas; solo el refinamiento y las pruebas amargas pueden suscitar el verdadero amor por Dios en el corazón de las personas. Sin las dificultades, las personas carecen de verdadero amor por Dios; si no son puestas a prueba en su interior ni son realmente sometidas al refinamiento, entonces su corazón siempre estará fuera, a la deriva. Después de haber sido refinado hasta cierto punto, verás tus propias debilidades y dificultades, verás de cuánto careces y que eres incapaz de vencer los muchos problemas con los que te enfrentas, y verás cuán grande que es tu desobediencia. Las personas solo pueden conocer realmente su verdadera condición durante las pruebas, estas las capacitan mejor para ser perfeccionadas” (‘Solo experimentando el refinamiento puede el hombre poseer el verdadero amor’ en “La Palabra manifestada en carne”). “Si todo lo que buscas es que Dios te perfeccione y que te bendiga al final, entonces la perspectiva de tu fe en Dios no es pura. Debes estar buscando cómo ver las obras de Dios en la vida real, cómo complacerlo cuando Él manifieste Su voluntad en ti y debes buscar cómo debes dar testimonio de lo maravilloso que Él es y de Su sabiduría, y cómo dar testimonio de cómo Él te disciplina y te trata. Todas estas son cosas sobre las que deberías reflexionar ahora. Si tu amor por Dios es sólo para que puedas compartir la gloria de Dios después de que Él te perfeccione, entonces aún es insuficiente y no puede alcanzar las exigencias de Dios. Necesitas poder dar testimonio de la obra de Dios, satisfacer Sus demandas y experimentar la obra que Él ha hecho en las personas de una manera práctica. Trátese de dolor, lágrimas o tristeza, debes experimentar todas estas cosas en tu práctica. Tienen como objetivo perfeccionarte como alguien que da testimonio de Dios. ¿Qué es exactamente lo que ahora te impulsa a sufrir y buscar la perfección? ¿Tiene realmente tu sufrimiento actual el fin de amar a Dios y dar testimonio de Él? ¿O su fin son las bendiciones de la carne o tus perspectivas futuras y tu destino? Todas tus intenciones, motivos y las metas que persigues deben ser rectificados y no los puede guiar tu propia voluntad” (‘Los que serán hechos perfectos deben someterse al refinamiento’ en “La Palabra manifestada en carne”). Tras leer estos dos pasajes de las palabras de Dios, sentí que de verdad había ganado algo de entendimiento. Vi que la voluntad de Dios detrás de mi enfermedad era revelar la corrupción y la adulteración en mi fe, para purificarme y hacerme pura. De no haber sido por eso, nunca me habría dado cuenta de mi desagradable motivación de buscar bendiciones, y no habría visto que todo mi esfuerzo era tan solo una obvia negociación con Dios. Tener fe y cumplir mi deber de ese modo era engañar a Dios y resistirme a Él. Supe que, si no me arrepentía y cambiaba, terminaría siendo eliminada por Dios. Entonces comprendí que mi enfermedad era, en realidad, el amor y la salvación de Dios hacia mí, y que yo debería usar esa situación para reflexionar sobre mí misma y conocerme, para buscar la verdad para resolver mi carácter corrupto. Tras entender la voluntad de Dios, le juré que aunque mi mamá y yo no nos curáramos, estaba lista para someterme, para dejar de lado mis exigencias y deseos, y para dejar de buscar bendiciones. Después de eso, empecé a abocarme al deber de esparcir el evangelio. Cuando fui al hospital para un control unos meses después, el médico dijo que todos mis análisis de sangre eran normales, y el ultrasonido mostró que el nódulo en mi tiroides había desaparecido. También dijo que podía dejar la medicación. Supe que esta era la total protección de Dios y estuve muy agradecida con Él. Solo quería cumplir bien mi deber para compensar mi deuda con Dios.

Hace más de tres años que gozo de excelente salud, y mi problema de tiroides no ha reaparecido. Pero, en febrero de este año, de pronto sentí dolor en el cuello y, cuando me miré en el espejo, vi que había una visible inflamación ahí. Esa noche, me dolía tanto que daba vueltas y vueltas, incapaz de dormir, y, cuando me levanté a tomar agua a la mañana siguiente, mi manos temblaban mientras sostenía el vaso. Me asusté mucho, eran exactamente los mismos síntomas de antes. En ese momento, no estaba realmente segura, por lo que hablé sobre mis síntomas con alguien que practicaba la medicina china, y me dijo que era otra vez mi problema de tiroides. Me preocupé mucho, porque había mucha gente en internet que investigaba la obra de Dios Todopoderoso, por lo que estaba muy ocupada compartiendo testimonio, y a veces tenía muchas reuniones en un día. Pensaba que si seguía cumpliendo así mi deber, me agotaría y empezaría a tener fiebre otra vez, y entonces, ¿qué haría si mi condición se deterioraba? Y ahora que la situación con el coronavirus es tan grave, si me enfermaba y debía internarme en el hospital, además de no saber si el tratamiento tendría éxito, podía incluso contagiarme Covid. Ese día, después de tan solo una hora de enseñanza con una hermana, mi cuerpo colapsó. Me dolía el cuello, y me temblaba todo el cuerpo, además, sentía que no tenía suficiente oxígeno, y mi mente estaba nublada. Me pregunté si debería tomarme un par de días y retomar mi deber cuando me sintiera mejor. Pero luego pensé en todos los colaboradores de otras iglesias cristianas con los que había organizado compartir testimonio al día siguiente. Era demasiado tarde para encontrar a alguien más con tan poco tiempo, si no iba, ¿no retrasaría su investigación del camino verdadero? Esa noche, me dolía el cuello, y lo tenía inflamado, y otra vez, no pude dormir. Pero pensé en cuánto Dios había obrado en mí, y que, cuando enfermé, solo pensé en mí misma, y me sentí horrible. Me arrodillé ante Dios para orar, y dije: “Dios, es por tu buena voluntad que vuelvo a enfermar. Por favor, esclaréceme y guíame para que pueda comprender Tu voluntad. Creo por completo que mi vida está en Tus manos, y, sin importar lo que pase con mi salud, estoy dispuesta a someterme a Tu gobierno y a Tus arreglos”. Este pasaje de las palabras de Dios vino a mi mente después de orar: “Si, en tu fe en Dios y tu búsqueda de la verdad, eres capaz de decir: ‘Ante cualquier enfermedad o acontecimiento desagradable que Dios permita que me suceda, haga Dios lo que haga, debo obedecer y mantenerme en mi sitio como un ser creado. Ante todo, he de poner en práctica este aspecto de la verdad, la obediencia, aplicarlo y vivir la realidad de la obediencia a Dios. Además, no debo dejar de lado la comisión de Dios para mí ni el deber que he de llevar a cabo. Debo cumplir con el deber hasta mi último aliento’, ¿esto no es dar testimonio? Con esta determinación y este estado, ¿puedes quejarte igualmente de Dios? No” (‘La senda surge al meditar la verdad con frecuencia’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Estas palabras de Dios me ayudaron a entender que mi deber era la comisión de Dios, que era mi responsabilidad, y que era lo correcto y lo adecuado que lo llevara adelante. Sin importar qué pasara, incluso si era mi último aliento, debería cumplir mi deber. Por eso, me hice fuerte y lo arriesgué todo. Incluso si mi condición empeoraba tras compartir testimonio al día siguiente, incluso si terminaba hospitalizada, cumpliría mi deber. Cuando empecé a pensar así, gané una sensación de paz. Al día siguiente, estaba lista frente a mi computadora antes del horario establecido. Me sorprendió descubrir que, a lo largo de las varias reuniones que tuve ese día, mi mente estaba clara, y me sentía más esclarecida cuanto más hablaba. Hablé todo el día sin sentir nada de dolor en el cuello. Desde entonces, mi cuello no se ha vuelto a inflamar ni ha vuelto a dolerme. Al ver otra vez la protección de Dios, me sentí muy agradecida hacia Dios, y pensé que si el problema volvía a aparecer o no, estaba lista para someterme y superarlo.

De verdad pude sentir el amor de Dios a través de esta experiencia. Aunque sufrí a lo largo de mi enfermedad, de verdad me abrió los ojos sobre mi motivación de ser bendecida, mi corrupción y mi adulteración en mi fe. Las palabras de Dios transformaron mi perspectiva errónea sobre la búsqueda y me ayudaron a ganar algo de sometimiento a Dios. Lo que es más, me permitió ver la autoridad y la protección de Dios, y me dio más fe en Él. Todo esto fue el verdadero amor y la salvación de Dios hacia mí.

La cita bíblica marcada (*) ha sido traducida de AKJV.

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