Probé el placer de practicar la verdad

23 Oct 2022

Por Zhao Lu, Países Bajos

En marzo de 2021, mi líder me ordenó que me encargara de la labor evangelizadora de una iglesia. Al enterarme, pensé para mis adentros: “La labor evangelizadora de esta iglesia siempre ha sido mediocre. Han probado con varios supervisores allí, pero el trabajo nunca se ha hecho bien. La líder quiere que lo haga yo, una novata que nunca se ha encargado de la labor evangelizadora. ¿Esto no empeorará las cosas? Si acepto este trabajo y no lo hago bien, eso no solo demostrará que no tengo capacidad para ello, sino que también podrían decir que me faltan sensatez y autoconocimiento. Probablemente sea mejor que no lo acepte”. Teniéndolo presente, rechacé lo dispuesto por la líder.

Luego vino mi líder a hablar conmigo de que no había candidatos adecuados y de que esperaba que tuviera en consideración la voluntad de Dios y llevara esta carga. Cuando se lo oí decir, comprendí que la voluntad de Dios no era que rechazara este deber. Me acordé de la palabra de Dios: “Todos vosotros decís que tenéis consideración por la carga de Dios y defenderéis el testimonio de la Iglesia, pero ¿quién de vosotros ha considerado realmente la carga de Dios? Hazte esta pregunta: ¿Eres alguien que ha mostrado consideración por Su carga? […] ¿Puedes permitir que Mis intenciones se cumplan en ti? ¿Has ofrecido tu corazón en el momento más crucial? ¿Eres alguien que hace Mi voluntad? Hazte estas preguntas y piensa a menudo en ellas” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Declaraciones de Cristo en el principio, Capítulo 13). Ante las preguntas de Dios sentí mucha vergüenza. Teníamos dificultades en la labor evangelizadora y, en ese momento crítico, debía tener en consideración la voluntad de Dios, pero temía quedar revelada y ser despreciada, por lo que rechacé el deber y eludí la responsabilidad. ¡Qué egoísta y qué inútil! Recordé que Dios también manifestó: “En el camino hacia Jerusalén, Jesús estaba sufriendo, como si le estuvieran retorciendo un cuchillo en el corazón, pero no tenía la más mínima intención de volverse atrás en Su palabra; siempre había una poderosa fuerza que lo empujaba hacia adelante hacia el lugar de Su crucifixión. Finalmente, fue clavado en la cruz y se convirtió en la semejanza de la carne pecaminosa, completando la obra de redención de la humanidad. Se liberó de los grilletes de la muerte y el Hades. Delante de Él, la mortalidad, el infierno y el Hades perdieron su poder, y Él los venció. Vivió treinta y tres años a lo largo de los cuales siempre se esforzó al máximo por cumplir la voluntad de Dios según la obra de Dios en ese momento, sin considerar jamás Su propia ganancia o pérdida personal y pensando siempre en la voluntad de Dios Padre. Por ello, después de ser bautizado, Dios dijo: ‘Este es mi Hijo amado en quien me he complacido’. Debido a Su servicio delante de Dios que estaba en armonía con la voluntad de Dios, Dios colocó sobre Sus hombros la pesada carga de redimir a toda la humanidad y le hizo cumplirla, y Él estaba calificado y autorizado para llevar a cabo esta importante tarea. A lo largo de Su vida, soportó un sufrimiento inconmensurable por Dios y Satanás lo tentó innumerables veces, pero nunca se descorazonó. Dios le encomendó tan grande tarea porque confiaba en Él y lo amaba, y por eso Dios dijo personalmente: ‘Este es mi Hijo amado en quien me he complacido’” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Cómo servir en armonía con la voluntad de Dios). “Si, como Jesús, podéis prestar toda la atención a las cargas de Dios y dais la espalda a vuestra carne, Él os confiará Sus importantes tareas, de forma que cumpláis las condiciones requeridas para servir a Dios. Solo bajo tales circunstancias os atreveréis a decir que estáis haciendo la voluntad de Dios y llevando a cabo Su comisión, y solo entonces os atreveréis a decir que estáis sirviendo verdaderamente a Dios” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Cómo servir en armonía con la voluntad de Dios). Me emocioné mucho al meditar las palabras de Dios. El Señor Jesús vino encarnado a obrar en la tierra e hizo cuanto pudo por la voluntad del Padre. Ante el dolor de la crucifixión, pese a sentirse débil, no tuvo intención de abandonar ni de retroceder, nunca tuvo en cuenta Sus pérdidas y ganancias personales y finalmente consumó la obra de redención de toda la humanidad. Para mí, una persona corrompida por Satanás, era un honor poder participar en la labor evangelizadora. Si rechazaba este deber por miedo a ser revelada, ¡a Dios le resultaría desolador! Me sentí especialmente motivada al pensarlo. Mi función era aceptar ese deber sin vacilar y hacer las cosas lo mejor que supiera, y confiaba en que Dios me guiaría. Por tanto, acepté lo dispuesto por la líder y empecé a supervisar la labor evangelizadora. Por entonces, como no sabía hacer bien el trabajo, solía presentarme ante Dios a orar y clamaba a Él. Para hacer bien un trabajo se requiere la colaboración de varias personas buenas, así que busqué hermanos y hermanas que pudieran llevar una carga y tuvieran aptitud para que asumieran el trabajo, y nuestra líder también solía guiarnos en él. Además, los hermanos y hermanas de otras iglesias también compartían cómo hacían la labor evangelizadora. Para septiembre, la labor evangelizadora de la iglesia que supervisaba era ¡casi diez veces más eficaz! Mi líder tambien me elogió: “Últimamente es muy eficaz la labor evangelizadora de la iglesia que supervisas”. Según otro supervisor: “Deja de creerte novata”. Estas cosas me resultaron muy agradables de oír. Por fin tenía el visto bueno de mis hermanos y hermanas como una supervisora capacitada. En lo sucesivo, mientras fuera constante en el deber y garantizara la eficacia de la labor evangelizadora, no tendría que preocuparme de que me trasladaran o destituyeran.

Luego, la líder organizó la llegada a nuestra iglesia de personal evangelizador. Cuando me enteré, me tomó un poco por sorpresa y sentí cierta renuencia: “La líder traslada a muchísima gente. ¿No querrá decir que la labor evangelizadora tiene que ser varias veces más eficaz? Esto es bastante difícil para mí. Estos hermanos y hermanas predicaban bien el evangelio en sus iglesias anteriores. Si no da buen resultado su labor evangelizadora en la iglesia de la que soy responsable, ¿no parecerá que tengo poca capacidad para ello y que soy inferior a los demás? Si no mejora la eficacia de nuestro trabajo, podrían destituirme, mis hermanos y hermanas conocerán mi nivel real, seguro que la líder estará decepcionada conmigo, ¡y nunca más me ascenderá ni promoverá! Ya conozco la situación de la iglesia. Sé que puedo hacerlo bien, progresamos un poco más cada mes y mi estatus de supervisora está asegurado, pero ahora, con tantas otras personas, ¿qué pasará si las cosas no funcionan en lo sucesivo? Sería mejor mantener la situación actual. Si no acepto estas órdenes, estaré entorpeciendo la labor evangelizadora y seguro que la líder me destituye, pero no estoy precisamente satisfecha como para aceptarlas”. Me senté ante la computadora a mirar la lista de personas que iban a enviarnos, y me sentí muy frustrada. Me acordé de lo que le dije a la líder: “La labor evangelizadora sería más eficaz con algo más de personal en la iglesia”, y lo lamenté. La líder debía de haberme hecho caso para decidir enviar más personal. Si no éramos capaces de obtener resultados, ¿me responsabilizaría a mí la líder? Con esto en la cabeza, tardé en organizar el trabajo del nuevo personal. La líder vio mi estado y me señaló que me protegía a mí misma. También me envió un pasaje de la palabra de Dios. “Si te parece que puedes cumplir con un determinado deber, pero al mismo tiempo también temes cometer un error y ser descartado, y entonces estás cohibido, estancado, y no puedes progresar, ¿acaso no es esa una actitud sumisa? Por ejemplo, si tus hermanos y hermanas te eligen como líder, puede que te sientas obligado a cumplir este deber porque te han elegido, pero no lo consideras con una actitud proactiva. ¿Por qué no eres proactivo? Porque piensas cosas al respecto y te parece que: ‘Ser líder no es nada bueno. Es como vivir en el filo de la navaja o pisar en hielo fino. Si hago un buen trabajo, no obtendré ninguna recompensa especial, pero si lo hago mal, se me tratará y podará. Y ser tratado no es lo peor de todo. ¿Y si me sustituyen o me descartan? Si eso ocurriera, ¿acaso no sería mi final?’. En ese momento, empiezas a sentirte en conflicto. ¿Qué es esta actitud? Eso es ser precavido e incomprendido. Esta no es una actitud que la gente deba tener hacia su deber. Es una actitud desmoralizada y negativa. […] Entonces, ¿cómo puedes resolver realmente este problema? Debes buscar activamente la verdad y adoptar una actitud sumisa y cooperativa. Eso puede resolver completamente el problema. La timidez, el miedo y la preocupación resultan inútiles. ¿Existe alguna relación entre ser revelado y descartado y ser un líder? Si no eres un líder, ¿desaparecerá tu carácter corrupto? Tarde o temprano debes resolver el problema de tu carácter corrupto. Además, si no eres un líder, entonces no tendrás más oportunidades de practicar y progresarás lentamente en la vida, contando con pocas oportunidades para ser perfeccionado. Aunque se sufre un poco más al ser un líder o un obrero, también hay muchas recompensas, y si puedes recorrer el camino de la búsqueda de la verdad, puedes ser perfeccionado. ¡Qué gran bendición es esa! Así que debes someterte y colaborar activamente. Es tu deber y tu responsabilidad. Sin importar el camino que tengas por delante, debes tener un corazón obediente. Esta debe ser la actitud que has de tener hacia el deber” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. ¿Cuál es el desempeño adecuado del deber?). La palabra de Dios revelaba mi estado. Tras la ampliación del personal evangelizador, lo primero en lo que pensé fue en mi futuro y mi destino. Temía que, después de que la líder añadiera a tanta gente a la vez, si la labor evangelizadora no era más eficaz, yo quedara revelada y destituida, todos mis hermanos y hermanas conocieran mi verdadero nivel, la líder me calara y nunca más me ascendiera ni promoviera. Como esto me asustaba, me ponía a la defensiva, tenía malentendidos y quería huir de ese ambiente. Hallé una senda de práctica en las palabras de Dios. Debía obedecer siempre lo dispuesto por Dios en mi deber. Esta era mi responsabilidad y la actitud que debía tener hacia el deber. Tras meditar las palabras de Dios, me calmé poco a poco. Hice una oración de obediencia a Dios y le pedí que me guiara en ese ambiente. Después de orar recordé unas líneas de la palabra de Dios: “La autoridad de Dios y la realidad de Su soberanía sobre el destino humano son independientes de la voluntad humana, y no cambian de acuerdo a las preferencias y elecciones del hombre” (La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. Dios mismo, el único III). Las palabras de Dios fueron un recordatorio oportuno. Precisamente, la difusión del evangelio en determinado lugar depende por completo de la soberanía de Dios. Que tantas otras personas de mi zona aceptaran la obra de Dios de los últimos días en el último medio año demostraba que el Espíritu Santo obraba intensamente entre ellas. Dios quería conquistar a más personas de aquellas, y esa fue Su voluntad aquí. Por tanto, pedir la colaboración de más hermanos y hermanas para difundir el evangelio de Dios incluso en mayor medida supuso un giro inevitable y una disposición muy sensata. El evangelio del reino se difundió decididamente en esta región. Con esto en mente, tuve cierta confianza dentro de mí. Mi actitud defensiva y mis malentendidos no podían entorpecer la labor evangelizadora. Tenía que someterme a lo dispuesto por Dios, ocuparme correctamente de la labor evangelizadora y cumplir mi deber. Así, a primera hora de la mañana siguiente, asigné los deberes de todos los nuevos hermanos y hermanas.

Luego reflexioné acerca de por qué siempre tenía miedo a las responsabilidades y siempre me preocupaban mucho la reputación y el estatus. Después de leer las palabras de Dios, me comprendí un poco a mí misma. Las palabras de Dios dicen: “Los anticristos son unos tipos taimados, ¿verdad? En cualquier cosa que hacen, conspiran y lo calculan ocho o diez veces, o incluso más. Tienen la cabeza llena de pensamientos sobre cómo hacerse con posiciones más estables entre los demás, cómo tener mejor reputación y mayor prestigio, cómo ganarse el favor de lo alto, cómo hacer que los hermanos y hermanas les apoyen, amen y respeten, y harán lo que sea necesario para conseguir estos resultados. ¿Por qué senda caminan? Para ellos, los intereses de la casa de Dios, los de la iglesia y la obra de la casa de Dios no son su principal consideración, y mucho menos son cosas que les preocupen. ¿Qué es lo que piensan? ‘Estas cosas no tienen nada que ver conmigo. Es cada hombre por sí mismo, y sálvese quien pueda; la gente tiene que vivir para sí misma y para su propia reputación y estatus. Esa es la meta más alta que existe. Si alguien no sabe que debe vivir para sí mismo y protegerse, es un imbécil. Si se me pidiera que practicara según los principios de la verdad y que me sometiera a Dios y a los arreglos de Su casa, entonces dependería de si existiera o no algún beneficio en ello para mí, y si hubiera alguna ventaja en hacerlo. Si el no someterme a los arreglos de la casa de Dios conlleva la posibilidad de que me echen y pierda la oportunidad de obtener bendiciones, entonces me someteré’. Así, para proteger su propia reputación y estatus, los anticristos suelen optar por hacer algunas concesiones. Se podría decir que, en aras del estatus, los anticristos son capaces de soportar cualquier tipo de sufrimiento, y con tal de tener una buena reputación, son capaces de pagar cualquier tipo de precio. El dicho: ‘Un gran hombre sabe cuándo ceder y cuándo no’, les parece cierto. Esta es la lógica de Satanás, ¿verdad? Esta es la filosofía de Satanás para vivir en el mundo, y también es el principio de supervivencia de Satanás. ¡Es absolutamente repugnante!” (La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 9: Cumplen con su deber solo para distinguirse a sí mismos y satisfacer sus propios intereses y ambiciones; nunca consideran los intereses de la casa de Dios, e incluso los venden a cambio de su propia gloria (II)). Dios revela que los anticristos son especialmente astutos. Hagan lo que hagan, albergan un plan. Siempre piensan en si lo que hacen es bueno para su prestigio y estatus y en cómo adquirir más reputación y estatus entre la gente, pero el trabajo de la casa de Dios no les afecta en el fondo. No lo tienen en cuenta para nada. ¿No era mi conducta la de un anticristo? Cuando la líder me hizo supervisora, lo primero en lo que pensé fue en que no era buena para este deber, que era muy difícil, en que, si no lo hacía bien, probablemente se revelaría que no era apta ni capaz para ello y en lo vergonzoso que sería que me destituyeran por eso, por lo que me pareció que no podía aceptar un deber tan ingrato. Cuando la líder dio más personal a la iglesia, creí que, a más gente, más presión, que tendría una responsabilidad mayor y que, si la labor evangelizadora no era tan eficaz como se esperaba tras el traslado de este personal, quedaría revelado mi verdadero nivel y yo podría terminar perdiendo el puesto, lo que sería profundamente vergonzoso. Por preservar mi prestigio y estatus, estaba dispuesta a retrasar la labor de la iglesia antes que a ampliar el personal. ¡Qué egoísta y despreciable! ¿No actuaba igual que un anticristo? Al reflexionarlo me empezó a asustar lo que exhibía con mi conducta, sobre todo cuando vi que Dios revelaba que los anticristos pueden parecer obedientes desde fuera, pero que en realidad lo hacen para preservar su prestigio y estatus; obedecen por compromiso para engañar a otros. Recordé que, cuando la líder dio más personal evangelizador a la iglesia, yo cedí un poco. Sabía que era inevitable, por lo que, si no aceptaba lo dispuesto, eso entorpecería la labor evangelizadora. En el mejor de los casos, eso dañaría la imagen que tenía la gente de mí, y si las cosas fallaban gravemente, podría ser trasladada o destituida. Por eso tenía que obedecer. ¿No exhibía y hacía yo lo mismo que los anticristos revelados por Dios? Podía padecer cualquier cosa en aras del prestigio y el estatus y creía que “un gran hombre sabe cuándo ceder y cuándo no”. El tipo de obediencia que tenía le resultaba indignante y abominable a Dios.

Luego leí otro pasaje de la palabra de Dios. “Si alguien dice que ama y busca la verdad, pero, en esencia, el objetivo que persigue es distinguirse, alardear, hacer que la gente piense bien de él y lograr sus propios intereses; y el cumplimiento de su deber no consiste en obedecer o satisfacer a Dios, sino que en cambio tiene como fin lograr prestigio y estatus, entonces su búsqueda no es legítima. En ese caso, cuando se trata del trabajo de la iglesia, ¿son sus acciones un obstáculo o ayudan a que avance? Claramente son un obstáculo, no hacen que avance. Algunas personas enarbolan la bandera de realizar el trabajo de la iglesia mientras buscan su propio prestigio y estatus, se ocupan de sus propios asuntos, crean su propio grupito y su propio pequeño reino: ¿acaso esta clase de persona está cumpliendo con su deber? En esencia, todo el trabajo que hacen interrumpe, perturba y perjudica el trabajo de la iglesia. ¿Cuál es la consecuencia de su búsqueda de estatus y prestigio? En primer lugar, esto afecta la manera en la cual el pueblo escogido de Dios come y bebe de Su palabra y entiende la verdad; obstaculiza su entrada en la vida, les impide ingresar en la vía correcta de la fe en Dios, y los conduce hacia la senda equivocada, lo que perjudica a los escogidos y los lleva a la ruina. Y, en definitiva, ¿qué ocasiona eso al trabajo de la iglesia? Causa el desmantelamiento, la interrupción y el perjuicio. Esta es la consecuencia derivada de que la gente busque la fama y el estatus. Cuando cumplen con su deber de esta manera, ¿acaso no puede definirse esto como caminar por la senda de un anticristo? Cuando Dios pide que las personas dejen de lado el estatus y el prestigio, no es que les esté privando del derecho de elegir; más bien es porque, durante la búsqueda de prestigio y estatus, las personas interrumpen y perturban el trabajo de la iglesia y la entrada en la vida del pueblo escogido de Dios, e incluso puede que afecten al hecho de que otros coman y beban de las palabras de Dios, comprendan la verdad y, así, logren la salvación de Dios. Es un hecho indiscutible. Cuando la gente se afana por el prestigio y el estatus, es indudable que no busca la verdad y no cumple fielmente con el deber. Solo habla y actúa en aras del prestigio y el estatus, y todo trabajo que hace, sin la más mínima excepción, es en beneficio de esas cosas. Esa forma de comportarse y actuar implica, sin duda, ir por la senda de los anticristos; es una interrupción y perturbación de la obra de Dios, y sus diversas consecuencias obstaculizan la difusión del evangelio del reino y el libre fluir de la voluntad de Dios en la iglesia. Así pues, se puede afirmar con certeza que la senda que recorren los que van en pos del prestigio y el estatus es la senda de resistencia a Dios. Es una resistencia intencionada a Él contrariándolo; es decir, cooperar con Satanás para resistirse a Dios y oponerse a Él. Esta es la naturaleza de la búsqueda de estatus y prestigio por parte de la gente. El problema de las personas que buscan sus propios intereses es que los objetivos que persiguen son los mismos que los de Satanás, unos objetivos malvados e injustos. Cuando las personas buscan sus intereses personales, como el prestigio y el estatus, se convierten involuntariamente en una herramienta de Satanás, en un canal de este y, además, se convierten en una personificación de Satanás. Desempeñan un papel negativo en la iglesia; el efecto que causan en el trabajo de la iglesia y en la vida normal de la iglesia y la búsqueda normal del pueblo escogido de Dios es el de perturbar y perjudicar. Causan un efecto negativo y adverso” (La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 9: Cumplen con su deber solo para distinguirse a sí mismos y satisfacer sus propios intereses y ambiciones; nunca consideran los intereses de la casa de Dios, e incluso los venden a cambio de su propia gloria (I)). Cuando la líder amplió el personal evangelizador, yo tenía claro que teníamos muy poco y que seguro que no predicábamos el evangelio tan rápido como lo haríamos con más gente. Sin embargo, en cuanto a mi trabajo de entones, yo lo conocía. Progresé con el tiempo, era eficaz en el deber y mis hermanos y hermanas me tenían mucho aprecio. Para no perder mi estatus de aquella época, prefería que la expansión de la labor evangelizadora fuera más lenta antes que ampliar el personal evangelizador. ¿No estaba obstaculizando el trabajo de la iglesia? ¡Qué egoísta y despreciable! Al recordarlo, tuve un temor especial y lamenté lo que había hecho. Quería arrepentirme y transformarme, no seguir buscando de esa forma. Después leí en la palabra de Dios cómo Noé consideró Su comisión, y me sentí muy alentada. Las palabras de Dios dicen: “Tras aceptar esta comisión, leyendo entre líneas las palabras de Dios, a juzgar por todo lo que Él dijo, Noé sabía que no era un asunto sencillo ni una tarea fácil. […] A pesar de que Noé se dio cuenta y comprendió la gran dificultad de lo que Dios le había confiado, y lo grandes que serían las penurias que enfrentaría, no tenía intención de negarse, sino que, en cambio, le estaba profundamente agradecido a Jehová Dios. ¿Por qué le estaba agradecido Noé? Porque, sin que lo esperara, Dios le había confiado algo muy importante, y le había contado y explicado personalmente todos los detalles. Y lo que es más importante, Dios también le había relatado a Noé toda la historia, de principio a fin, de por qué había que construir el arca. Se trataba de un asunto del propio plan de gestión de Dios, era un asunto de Dios y, como Él le había hablado de ello, Noé percibió su importancia. En resumen, a tenor de estas varias señales, del tono del discurso de Dios y de los diversos aspectos de lo que Él le comunicó a Noé, este pudo percibir la importancia de que Dios le confiara la construcción del arca, logró apreciarlo en su corazón, y no se atrevió a tratarlo a la ligera ni a pasar por alto ningún detalle” (La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Digresión tres: Cómo escucharon Noé y Abraham las palabras de Dios y lo obedecieron (II)). “Ante toda clase de dificultades, penurias y desafíos, Noé no se arredró. Cuando a menudo fracasaban algunas de sus tareas de ingeniería más difíciles y estas sufrían daños, a pesar de que Noé se sentía turbado y ansioso en su corazón, cuando pensaba en las palabras de Dios, cuando recordaba cada palabra que Dios le había ordenado y Su elevación sobre él, entonces a menudo se sentía extremadamente motivado: ‘No puedo rendirme, no puedo renegar de lo que Dios me ordenó y me encomendó. Esta es la comisión de Dios, y puesto que la acepté, ya que oí las palabras pronunciadas por Dios y Su voz y acepté esto de Él, entonces debo obedecer completamente, es eso lo que debería alcanzar un ser humano’. Así que, sin importar las dificultades a las que se enfrentara, las burlas o el vilipendio con los que se encontrara, sin importar lo agotado que estuviera su cuerpo, lo débil que se sintiera, no abandonó lo que le había sido confiado por Dios, y tuvo siempre en mente cada una de las palabras de lo que Dios había dicho y ordenado. Por mucho que cambiara su entorno, por mucha dificultad que afrontara, confiaba en que nada de esto sería eterno, que solo las palabras de Dios nunca morirían, y que únicamente debía cumplirse lo que Él había ordenado hacer. Noé poseía la verdadera fe en Dios y la obediencia que debía tener, y siguió construyendo el arca que Dios le había pedido construir. Día tras día, año tras año, Noé envejeció, pero su fe no disminuyó y no se produjo ningún cambio en su actitud y determinación de cumplir la comisión de Dios. Aunque hubiera momentos en los que su cuerpo se sintió cansado y débil, cayó enfermo y su corazón se debilitó, su determinación y perseverancia para completar la comisión de Dios y obedecer Sus palabras no decrecieron. Durante los años en que Noé construyó el arca, practicó escuchar y obedecer las palabras que Dios había pronunciado, y practicó una de las verdades importantes de una criatura de Dios y de una persona corriente para completar la comisión de Dios” (La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Digresión tres: Cómo escucharon Noé y Abraham las palabras de Dios y lo obedecieron (II)). Medité las palabras de Dios y descubrí que Noé rebosaba gratitud por Su comisión. Le agradeció Su enaltecimiento y confianza. Noé sabía que la construcción del arca era un proyecto enorme, que llevaría mucho tiempo y que él afrontaría infinidad de dificultades en un futuro. Pese a ello, Noé no dudó en aceptar la comisión de Dios y no flojeó ni un momento. Tan solo se puso a preparar los diversos materiales y elementos necesarios para construir el arca. Durante ese tiempo tuvo que afrontar toda clase de dificultades, la incomprensión de su familia y la difamación de parientes y amigos. Noé afrontó una enorme presión emocional y el proceso debió de ser inconcebiblemente duro, pero sin importar qué dificultades afrontara, jamás se rindió y continuó construyendo el arca con fe y obediencia sinceras hacia Dios. Dios dice: “Noé practicó escuchar y obedecer las palabras que Dios había pronunciado, y practicó una de las verdades importantes de una criatura de Dios y de una persona corriente para completar la comisión de Dios. La actitud de Noé hacia la comisión de Dios me avergonzó y motivó. Había comido y bebido mucho más de las palabras de Dios que Noé, pero cuando la expansión del evangelio de Dios requirió mi colaboración, únicamente quise proteger mi prestigio y estatus y no tuve ninguna consideración por la voluntad de Dios. Era muy egoísta y despreciable ¡y le debía muchísimo a Dios! La difusión del evangelio del reino es el deseo apremiante de Dios y, sean cuales sean las dificultades que afrontemos, Él nos dirigirá y guiará. Además, hay muchos hermanos y hermanas con quienes podemos comunicarnos. Los líderes también suelen brindarnos enseñanzas y orientación. Pensé detenidamente y vi que mis dificultades no eran nada comparadas con las de Noé. Sabía que debía emular a Noé cumpliendo bien mi deber, con fe y obediencia a Dios, y amparándome en Él para expandir la labor evangelizadora local. Luego encontré a unos hermanos y hermanas que supervisaban la labor evangelizadora en otras iglesias y hablé con ellos de cómo hacerla más eficaz. Me dieron consejos e ideas y, paso a paso, puse en práctica estas sugerencias.

Algún tiempo después, recibimos a un gran número de personas que estudiaban el camino verdadero. Cada día, muchos aceptaban la obra de Dios de los últimos días. No obstante, aún nos faltaba personal de riego. Si estos nuevos fieles no podían asentarse en el camino verdadero por falta de riego, podrían perturbarlos las malvadas fuerzas de los anticristos. La idea me hacía sentir muy culpable y muy en deuda con esos nuevos fieles. No sabía qué hacer en ese momento. Me puse a llorar de los nervios, pero justo cuando me sentía desamparada, recordé un pasaje de las palabras de Dios. Dicen las palabras de Dios: “Cuando suceden cosas, todo el mundo debe orar junto y tener un corazón de reverencia a Dios. La gente no debería en absoluto depender de sus propias ideas ni actuar arbitrariamente. Mientras sean de una sola mente y un solo corazón a la hora de orarle a Dios y buscar la verdad, entonces podrán obtener el esclarecimiento y la iluminación de la obra del Espíritu Santo, y serán capaces de ganar las bendiciones de Dios. ¿Qué dijo el Señor Jesús? (‘Si dos de vosotros se ponen de acuerdo sobre cualquier cosa que pidan aquí en la tierra, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’ [Mateo 18:19-20]). ¿Qué asunto ilustra esto? Demuestra que el hombre no puede apartarse de Dios, que debe depender de Él, que no puede ir solo y no es aceptable que vaya por libre. ¿Qué se entiende cuando se dice que el hombre no puede hacerlo sin ayuda? Significa que debe colaborar armoniosamente, hacer las cosas con un solo corazón y una sola mente, y tener un objetivo común. Coloquialmente, se puede decir que ‘las varas que están en un manojo no se pueden romper’. Entonces, ¿cómo puedes convertirte en un manojo de varas? Hay que actuar en concordancia, y entonces obrará el Espíritu Santo” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Tercera parte). La palabra de Dios me proporcionó la senda y el rumbo. Así, tomé esta dificultad, la debatí con los supervisores de cada grupo y buscamos soluciones juntos. Era una carga que todos compartíamos, y nos ofrecimos voluntarios a enviar a hermanos y hermanas de nuestros grupos a regar a los nuevos fieles, lo que alivió el problema de las iglesias. A finales de diciembre, los resultados de la labor evangelizadora de nuestra iglesia eran diez veces superiores a los de medio año antes. En aquel momento, mis hermanos y hermanas lloraron de emoción, y yo también estaba emocionadísima. ¡Di gracias a Dios de todo corazón por guiarnos! La obra de Dios la realiza el propio Dios, y la gente solo coopera. También me sentí culpable y avergonzada porque mi deseo de conservar mi prestigio y estatus estuvo a punto de entorpecer la labor evangelizadora.

Tiempo después, vi muy ocupada a la hermana que tenía por compañera y supervisaba la labor de la iglesia. Quería ayudarla a aliviar parte de su carga, y ella accedió gustosamente, pero una vez que empecé el trabajo, descubrí que era mucho más complicado de lo que imaginaba. Me faltaba experiencia de trabajo y no se me daba bien resolver problemas con la verdad. Me preocupaba qué opinaran los demás de mí si no hacía bien el trabajo. ¿Creerían que no tenía las realidades de la verdad y que no servía para nada? Así me sería imposible afianzarme como supervisora entre ellos. Cuanto más lo pensaba, más me parecía un trabajo arriesgado y que no debía asumirlo. Lamenté pensar las cosas de forma tan simple y quería encontrar una excusa para que mi compañera hiciera la labor de seguimiento. Recordé entonces mi experiencia previa de fracaso. Me di cuenta de que de nuevo defendía mi reputación, y rememoré un pasaje de la palabra de Dios. “Para todos los que cumplen con su deber, ya sea profundo o superficial su entendimiento de la verdad, la manera más sencilla de entrar en la realidad de la verdad es pensar en los intereses de la casa de Dios en todo, y renunciar a los deseos egoístas, a las intenciones, motivos, orgullo y estatus individuales. Poned los intereses de la casa de Dios en primer lugar; esto es lo menos que debéis hacer. Si una persona que lleva a cabo su deber ni siquiera puede hacer esto, entonces ¿cómo puede decir que está llevando a cabo su deber? Esto no es llevar a cabo el propio deber” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. La libertad y la liberación solo se obtienen desechando la propia corrupción). La palabra de Dios fue un recordatorio oportuno de que debía renunciar al estatus y priorizar el trabajo de la iglesia. La iglesia tenía mucho trabajo pendiente y mi compañera estaba muy ocupada, pero yo aún tenía tiempo y energía, así que debía compartir la carga. Si procuraba que mi compañera hiciera este trabajo para yo preservar mi reputación, sería egoísta y despreciable. Por tanto, renuncié a esa idea. Quería esmerarme por hacer bien esta labor.

Ser libre de las garras del prestigio y el estatus, poder tener en consideración la carga de Dios con un corazón sincero y cumplir con el deber lo mejor que sepa son los resultados logrados únicamente por las palabras de Dios. ¡Gracias a Dios!

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