Adónde me llevó buscar la admiración ajena

23 Oct 2022

Por Shen Si, China

En octubre fui a una iglesia a cumplir con el deber. La líder de la iglesia, la hermana Liang, me pidió que dirigiera primero unos grupos de reunión. Tras cada reunión, siempre me sinceraba con la hermana Liang para preguntarle por cuestiones que no entendía, y ella me enseñaba pacientemente. En aquel entonces sentía que aprendía algo nuevo cada día. Como una semana después, nuestra superior, la hermana Chen, vino a reunirse con nosotras. Oí afirmar a la hermana Liang algunas veces que yo era joven, apta y de humanidad madura y que llevaba una carga en el deber. Estaba muy sorprendida. No esperaba una evaluación tan buena de la hermana Liang sobre mí. Oí decir varias veces a la hermana Chen que ella quería formarme como líder de iglesia, y pidió a la hermana Liang que me familiarizara con los diversos trabajos de la iglesia. En ese momento aparentaba calma, pero en el fondo estaba contentísima. Al parecer, ¡era un talento valioso en la iglesia! Como todo el mundo me tenía tanta estima, sentía que tenía que hacerlo bien en lo sucesivo y que no podía dejar que vieran mis defectos. Si no, nadie me respetaría.

Luego, en la siguiente reunión, me puse nerviosa sin querer al ver a la hermana Chen. Temía que, de hacerlo mal delante de ella, echaría a perder la buena imagen que tenía de mí y que ya no me formaría más. Entonces, de pronto la hermana Chen nos preguntó que habíamos aprendido durante este tiempo. Pensé: “En este tiempo acabo de empezar con el trabajo de la iglesia. He estado ocupadísima todos los días y no he prestado mucha atención a la entrada en la vida, así que no tengo nada que contar. Sin embargo, si soy honesta, ¿no dirá la hermana Chen que no presto atención a la entrada en la vida y que no soy una persona que busque la verdad? ¿Me formará después? No, no puedo dejar que vea que no tengo una entrada en la vida”. Por ello, me devané los sesos para recordar mis pequeñas experiencias recientes de las que había entendido algo y las compartí con todos. Después de hablar, como la hermana Chen no decía nada de mí, suspiré aliviada.

Posteriormente, cada vez que venía la hermana Chen a las reuniones, yo era muy cauta y pensaba las cosas al detalle antes de hablar. Si creía que no había lagunas, estaba dispuesta a decirlo. También evitaba comentar problemas graves cuando hablaba de mi estado y rara vez tomaba la iniciativa de expresar mis opiniones cuando debatíamos cuestiones. Recuerdo que, en una reunión, la hermana Chen preguntó por un receptor potencial del evangelio. Tras terminar de hablar mi compañera, la hermana Chen señaló las anomalías de su predicación del evangelio y nos preguntó: “¿Qué harían ustedes si les pidieran predicar?”. Me quedé de piedra y estaba muy nerviosa: “¿Por qué nos pregunta la hermana Chen qué opinamos? ¿Quiere ver si tenemos inteligencia y aptitud para ser líderes?”. Me afané por recordar los materiales de evangelización que había leído antes y busqué la forma correcta de contestar. En ese momento tenía algunas ideas, pero dudaba si eran correctas, por lo que no dije nada. Me puse a reflexionar: “Si mis ideas funcionan, bien, pero si no funcionan y se le ocurre una idea mejor a otra hermana, ¿pensará la líder que no tengo aptitud y que enfoco las cosas de manera demasiado simple? ¿Eso no echaría a perder mi buena imagen?”. Mientras lo reflexionaba, miré inconscientemente a mis dos compañeras y me puse a echar cuentas mentalmente: “A ver qué dicen ellas primero. Sis sus ideas son mejores que las mías, puedo desarrollarlas. Si no son tan buenas, puedo comentar lo que opino. Así nadie reparará en mis defectos y eso no afectará a mi buena imagen a ojos de la líder”. Por tanto, eché la cabeza a un lado y fingí estar pensando mientras aguardaba en silencio la respuesta de las dos hermanas. Después de que hablaran, mezclé lo más destacado de su pensamiento con el mío y se lo expliqué a todos. Al ver que la hermana Chen no tenía sino elogios hacia mí, estaba contentísima. Sentí que mi corazón desbordaba alegría. Percibí que, sin duda, había mejorado mi imagen a ojos de la hermana Chen. Pero luego, cuando me calmé y me acordé de que siempre era cauta en las reuniones, tuve una ligera sensación de reprensión en mi interior: “¿Por qué pienso siempre de forma tan complicada cuando me reúno con la líder? ¿Acaso debería sincerarme sobre mi estado con la hermana Chen?”. Si me sinceraba sobre mi estado y mis dificultades ahora, ¿diría la hermana Chen que era astuta y que ocultaba demasiado? ¿Continuaría formándome? Tras luchar conmigo misma un momento, me tragué mis palabras.

En esa época siempre me esmeraba por aparentar, pues pensaba que la gente a la que se estaba formando no debía tener defectos. En ocasiones tenía dificultades que no sabía resolver y quería sincerarme y buscar con la hermana Liang, pero dudaba una y otra vez: “La hermana Liang siempre me ha evaluado bien. Si me sincero y busco, ¿le parecerá mi estatura demasiado pequeña como para gestionar la labor de líder?”. Al pensar así, no tenía ganas de hablar, pero por fuera aún fingía ser muy activa en el deber, como si no tuviera dificultades ni debilidades. Poco a poco, en las reuniones cada vez me sinceraba menos acerca de mi estado y mis dificultades reales. Siempre que mis hermanos y hermanas decían que yo era objeto de formación, me envolvía en un grueso disfraz y era muy cauta. Aunque los hermanos y hermanas de mi entorno me tenían en gran estima y recibía halagos allá adonde iba, sentía una amargura indescriptible. A menudo me parecía estar viviendo con una máscara puesta. Tenía que pensarme mucho cada palabra. Sentía un gran peso encima, mi relación con Dios se hacía cada vez más distante, no aportaba luz en las reuniones y mi estado no dejaba de empeorar. Notaba que caminaba hacia un callejón sin salida. Entonces solo pude orar a Dios para pedirle que me ayudara a cambiar este estado.

Luego leí en la palabra de Dios: “Algunos temen que sus hermanos y hermanas, al interactuar o relacionarse con ellos, descubran que tienen problemas y digan que tienen poca estatura o que los miren por encima del hombro. Cuando hablan, siempre tratan de dar la impresión de que son fervientes, que anhelan a Dios y que están ansiosos por poner en práctica la verdad, pero, en realidad, en su corazón son bastante débiles y extremadamente negativos. Fingen ser fuertes para que nadie pueda ver más allá. Esto también es engaño. En síntesis, en todo lo que hagas, ya sea en la vida o en el cumplimiento del deber, si eres falso o aparentas y engañas o embaucas a los demás con falsedades, a fin de que te estimen e idolatren, o que no te menosprecien, lo que estás haciendo no es más que engañar” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. La práctica verdaderamente fundamental de ser una persona honesta). La palabra de Dios revela claramente que cuando, para ganarte la alta estima de tu entorno, nunca muestras las dificultades ni los estados negativos que vives, siempre engañas a los demás aparentando una fortaleza ilusoria y nunca dejas que vean tu auténtico estado, eso es una mentira. Recordé mi conducta y comprobé que en esa época hacía precisamente eso. Desde que la líder afirmara querer formarme, empezó a importarme mi imagen a ojos de ella. Cuando mi líder me preguntó por mi estado y era obvio que entonces no tenía una entrada en la vida, me preocupó que, si se lo decía, eso hundiera mi buena imagen a ojos de ella, por lo que me devané los sesos buscando pequeñas experiencias y eludí debatir mis graves problemas para encubrir los hechos reales. Cuando la líder nos preguntó por nuestras ideas para predicar el evangelio, tuve miedo de equivocarme y de que la líder no me formara si veía mi auténtico nivel, así que fingí adrede estar pensando y esperé a que mis compañeras hablaran antes para poder desarrollar lo más destacado. Cada vez disimulaba más a fondo, no me atrevía a sincerarme sobre mi estado negativo y siempre fingía hallarme en uno positivo. Vivía una vida falsa. ¿Esto no era engañar hipócritamente a la gente? Una vez que lo reconocí, oré a Dios: “Dios mío, no quiero seguir viviendo en este estado. Te pido que me ayudes a sincerarme sobre él y a ser honesta”.

Al día siguiente vino la hermana Chen a reunirse con nosotros, y me sinceré sobre mi estado. Luego leímos juntos un pasaje de la palabra de Dios: Dios dice: “Si deseas buscar la verdad, si deseas provocar un cambio total en diversos aspectos, por ejemplo en tus erróneas motivaciones, estados o ánimos, antes de nada debes aprender a abrirte y a comunicar. […] Abrirse y exponerse es, ante todo, la clase de actitud que una persona debe tener ante Dios, y esa actitud es de vital importancia. No te guardes las cosas dentro, diciendo: ‘Estas son mis motivaciones, estas son mis dificultades, tengo un mal estado, soy negativo, pero aun así no se lo diré a nadie, me lo guardaré todo para mí’. Si nunca te sinceras acerca de tu estado cuando oras, se hará difícil que recibas el esclarecimiento del Espíritu Santo y, con el tiempo, dejarás de querer orar, dejarás de querer comer y beber la palabra de Dios, tu estado se irá deteriorando cada vez más y se hará difícil cambiar las cosas. Así que, no importa cuál sea tu estado, si eres negativo o estás en dificultades, no importan tus propias motivaciones o planes personales, lo que has llegado a saber o de lo que te has dado cuenta mediante el análisis, debes aprender a abrirte y a comunicar, y mientras lo haces, el Espíritu Santo obra. ¿Y cómo obra el Espíritu Santo? Él te esclarece y te permite ver la gravedad del problema, te hace consciente de la raíz y la esencia de este, luego te esclarece para que comprendas poco a poco la verdad y los principios de práctica, para que puedas poner la verdad en práctica y, a partir de allí, entrar en las realidades de la verdad. Este es el efecto que logra la obra del Espíritu Santo. Cuando una persona puede comunicar abiertamente, eso significa que tiene una actitud honesta hacia la verdad. Que una persona tenga honestidad y que sea una persona honesta se determina según su actitud hacia la verdad y hacia Dios, y según pueda aceptar la verdad y obedecer a Dios. Eso es lo más importante” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Tercera parte). Hasta que no leí las palabras de Dios no entendí la importancia de sincerarse y buscar la verdad. Esta es la senda de entrada a las realidades de la verdad. Ser capaz de abrirse y hablar significa que se tiene una actitud sincera hacia la verdad, una actitud de búsqueda y aceptación. Solo si nos sinceramos y hablamos podemos recibir esclarecimiento del Espíritu Santo, momento en que podemos reconocer nuestro carácter corrupto y resolver nuestras dificultades. Al hacer introspección en aquel tiempo, vi que siempre quería crear una imagen perfecta delante de mis hermanos y hermanas. Antes de hablar, siempre tenía que pensarme dos veces cómo evitar que los demás me calaran o me despreciaran. Eso complicaba mucho mi forma de pensar. Era obvio que mi estado no era bueno, pero no me atrevía a revelarlo. Era desdichado y agotador, nada más que un tormento; mi estado no dejó de empeorar y era totalmente autoinfligido. La esencia de Dios es la fidelidad y a Dios le agradan los honestos. Sean cuales sean sus pensamientos o la corrupción que revelen, los honestos, simplemente, saben abrirse a sus hermanos y hermanas sin fingimiento ni disimulo. Esas personas son capaces de aceptar el escrutinio de Dios, están dispuestas a practicar la verdad y viven con integridad. Así debe comportarse un creyente en Dios. Después, cuando debatíamos el trabajo, expresaba conscientemente mi punto de vista, y cuando no entendía las cosas, buscaba con los demás. En las reuniones también era capaz de sincerarme con todos acerca de mi estado real. Una vez que lo hice, se aligeró un poco la carga que llevaba dentro.

Más adelante descubrí un pasaje de las palabras de Dios que me ayudó a entender la esencia de por qué siempre aspiraba a que me tuvieran en alta estima. Dios dice: “Independientemente del contexto, sea cual sea el deber que cumplan, el anticristo tratará de dar la impresión de que no es débil, de que siempre es fuerte, que está lleno de confianza, nunca es negativo. Jamás revelan su verdadera estatura o su auténtica actitud hacia Dios. En realidad, en el fondo de su corazón, ¿de verdad creen que no hay nada que no puedan hacer? ¿De verdad piensan que no tienen debilidad, negatividad ni brotes de corrupción? Por supuesto que no. Se les da bien fingir, son expertos en ocultar cosas. Les gusta mostrar a la gente su lado fuerte y honorable, no quieren que perciban su lado débil y verdadero. Su propósito es obvio, sencillamente quieren mantener su imagen, proteger el lugar que ocupan en el corazón de las personas. Piensan que si se abren a los demás sobre su propia negatividad y debilidad, si revelan su lado rebelde y corrupto, esto supondrá un daño grave para su estatus y reputación, causará más problemas de los necesarios. Así que prefieren mantener su debilidad, rebeldía y negatividad estrictamente para sí mismos. Y si llega un día en el que todo el mundo percibe su lado débil y rebelde, cuando vean que son corruptos y que no han cambiado en absoluto, seguirán fingiendo. Consideran que si admiten que tienen un carácter corrupto, que son personas normales, pequeñas e insignificantes, perderán entonces su lugar en el corazón de los demás, la veneración y adoración de todos, y así habrán fracasado por completo. Por eso, pase lo que pase, simplemente no se abrirán a la gente. En ningún caso entregarán a nadie su poder y su estatus. En cambio, se esfuerzan al máximo por competir y nunca se darán por vencidos. […] Si ocurre algo importante, y alguien les pregunta qué entienden del suceso, son reticentes a revelar su opinión y, en cambio, dejan que primero hablen los demás. Su reticencia tiene sus motivos: si no se trata de que no tengan una opinión, tienen miedo de que su opinión esté equivocada, de que si la expresan, los demás la refuten y los hagan sentirse avergonzados, y por eso no la comentan; y si no tienen una opinión, siendo incapaces de percibir el asunto con claridad, no se atreven a hablar en forma arbitraria, pues temen que la gente se ría de su error, con lo que el silencio es su única opción. En síntesis, no expresan sus opiniones abiertamente por temor a dejar en evidencia cómo son realmente, a permitir que la gente vea que son pobres y lamentables, y así se altere la imagen que tienen de ellos. Así pues, una vez que todo el mundo ya ha compartido sus opiniones, ideas y conocimientos, se apropian de ciertas afirmaciones más elevadas y factibles que sacan a relucir como propias. Las resumen y las ofrecen al grupo en comunión, con lo que adquieren alto estatus en el corazón de los demás. […] Los que se creen impecables y santos son, todos ellos, impostores. ¿Por qué digo que todos ellos son impostores? Dime, ¿hay alguien impecable entre la humanidad corrupta? ¿Existe alguien que sea realmente santo? (No). Por supuesto que no. ¿Cómo puede el hombre lograr la impecabilidad cuando está tan hondamente corrompido por Satanás y, además, no posee la verdad en forma innata? Solo Dios es santo; toda la humanidad corrupta es impura. Si alguien se presentara como santo y afirmara ser impecable, ¿qué sería esa persona? Sería un diablo, Satanás, el arcángel; sería un auténtico anticristo. Solo un anticristo afirmaría ser impecable y santo” (La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 9: Cumplen con su deber solo para distinguirse a sí mismos y satisfacer sus propios intereses y ambiciones; nunca consideran los intereses de la casa de Dios, e incluso los venden a cambio de su propia gloria (X)). Dios revela que los anticristos nunca se sinceran sobre sus verdaderos pensamientos, que se lo piensan dos veces antes de hablar, que siempre encubren y falsean y que crean una imagen de que son perfectos y mejores que nadie entre la gente con la esperanza de ganar prestigio y gozar de sus ventajas. Era como si Dios se me revelara cara a cara. En el momento en que mi líder dijo que quería formarme, comencé a envanecerme. A mi parecer, como ella me iba a formar, yo debía ser mejor que una persona común y disfrutaba de la sensación de ser admirada y valorada. Así, en las reuniones con la líder o cuando me relacionaba con mis hermanos y hermanas, no pensaba más que en cómo conservar una buena imagen en el corazón de todos y hacer que me admiraran. Siempre tenía que pensármelo dos veces antes de hablar, nunca expresaba opiniones ni exponía mis defectos a la ligera y, con este despreciable método, engañaba a todos y me aseguraba que me llevaran en el corazón. Yo era muy hipócrita. ¿Tenía acaso algo de semejanza humana? La gente debe honrar a Dios por encima de todo y llevarlo en el corazón, pero yo siempre quería aparentar perfección para que la gente me admirara y llevara en el corazón. ¡Considero que era muy descarada! Sobre todo al leer las palabras de Dios “¿Hay alguien impecable entre la humanidad corrupta? ¿Existe alguien que sea realmente santo? (No). Por supuesto que no. ¿Cómo puede el hombre lograr la impecabilidad cuando está tan hondamente corrompido por Satanás y, además, no posee la verdad en forma innata? Solo Dios es santo; toda la humanidad corrupta es impura. Si alguien se presentara como santo y afirmara ser impecable, ¿qué sería esa persona? Sería un diablo, Satanás, el arcángel; sería un auténtico anticristo. Solo un anticristo afirmaría ser impecable y santo”. Percibí la majestad y la ira de Dios en estas palabras, penetrantes y aterradoras. Era como si Dios me condenara. Entre todas las cosas de este universo, solo Dios es omnipotente. Yo solo era una persona corrompida por Satanás, llena de actitudes corruptas, pero no me conocía ni siquiera lo más mínimo. No me comportaba correctamente, era hipócrita y siempre intentaba tener buena imagen en el corazón de los demás para que me admiraran. Realmente era demasiado arrogante y desvergonzada, ¡y por eso Dios me detestaba y aborrecía! Hasta que no me conocí de esta manera no vi la ruindad, la fealdad y la inmundicia que escondía mi imagen “perfecta”. Ahora, al recordar lo orgullosa y presuntuosa que era cuando me elogiaban mis hermanos y hermanas, así como mi estado de ánimo cuando aparentaba, sentía asco de mí misma y que era completamente irracional. En realidad, aunque muchos me tuvieran en gran estima y me miraran con buenos ojos, si no se transformaba mi carácter, solamente vivía con la imagen hipócrita y astuta de Satanás y terminaba descartada, ¿no sería todo en vano?

Luego descubrí otro pasaje de las palabras de Dios. “¿Cómo deberías practicar para ser una persona normal y corriente? ¿Cómo se puede lograr eso? […] En primer lugar, no te dejes llevar por tu propio título. No digas: ‘Soy el líder, soy el jefe del equipo, soy el supervisor, nadie conoce este tema mejor que yo, nadie entiende las habilidades más que yo’. No te dejes llevar por tu autoproclamado título. En cuanto lo hagas, te atará de pies y manos, y lo que digas y hagas se verá afectado; tu pensamiento y juicio normales, también. Debes liberarte de los grilletes de este estatus; primero bájate de esta posición oficial que imaginas tener y ponte en el lugar de una persona corriente; si lo haces, tu actitud se volverá normal. También debes admitirlo y decir: ‘No sé cómo hacer esto, y tampoco entiendo aquello; voy a tener que investigar y estudiar’, o ‘Nunca he experimentado esto, así que no sé qué hacer’. Cuando seas capaz de decir lo que realmente piensas y de hablar con honestidad, estarás en posesión de una razón normal. Los demás conocerán tu verdadero yo, y por tanto tendrán una visión normal de ti y no tendrás que fingir, ni existirá una gran presión sobre ti, por lo que podrás comunicarte con la gente con normalidad. Vivir así es libre y fácil; quien considera que vivir es agotador es porque lo ha provocado él mismo. No finjas ni coloques una fachada; primero muéstrate abierto sobre lo que piensas en tu corazón, tus verdaderos pensamientos, para que todos los conozcan y los comprendan. De este modo, se eliminarán tus preocupaciones, y las barreras y sospechas entre ti y los demás. Además, también cuentas con otra dificultad. Siempre te consideras el jefe del equipo, un líder, un obrero o alguien con título y estatus: Si dices que no entiendes algo, o que no puedes hacer algo, ¿acaso no te estás denigrando a ti mismo? Cuando dejas de lado estos grilletes en tu corazón, cuando dejas de pensar en ti mismo como un líder o un obrero, y cuando dejas de pensar que eres mejor que otras personas, y sientes que eres una persona ordinaria igual a cualquier otra, que hay algunos ámbitos en los que eres inferior a los demás-cuando compartes la verdad y los asuntos relacionados con el trabajo con esta actitud, el efecto es diferente, y el ambiente también es diferente. Si en tu corazón siempre tienes recelos, si siempre te sientes estresado y menoscabado, y si quieres librarte de estas cosas pero no eres capaz, entonces puede resultarte efectivo hacerlo orando seriamente a Dios, reflexionando sobre ti mismo, percibiendo tus defectos, esforzándote hacia la verdad y poniéndola en práctica” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Atesorar las palabras de Dios es la base de la fe en Dios). Siempre había pensado que, dado que me iban a formar, debía ser la mejor y la más perfecta. Ahora sé que esta opinión es un error. La casa de Dios no asciende y forma a gente perfecta, superhombres ni grandes hombres. Asciende y forma a gente normal con defectos y corrupción. La formación no es sino una oportunidad que te da Dios de practicar. No quiere decir que las personas no tengan defectos ni que sean mejores que la gente normal. A decir verdad, sea cual sea mi deber, y se me forme o no, soy una persona normal con corrupción y defectos, y ciertas cosas me superan. He de considerar correctamente mis puntos fuertes y débiles, aprender a renunciar a una posición elevada, ser capaz de presentarme a menudo ante Dios a examinarme y, a su vez, saber sincerarme ante otras personas acerca de lo que revelo para que todos vean mi corrupción y mis defectos. Esto es lo único razonable. Antes siempre disimulaba mis defectos y debilidades y siempre temía que todos me despreciaran si salían a la luz. En realidad, únicamente me hacía daño a mí misma. Eso no solo hizo que no tuviera una relación normal con Dios; como la gente no veía mis defectos en el deber, no podía ayudarme ni subsanarlos, por lo que, sin importar cuánto tiempo cumpliera con el deber, nunca podía progresar. Una vez que lo reconocí, quería esforzarme por ser una persona honesta, como exige Dios, y, como Él dice, ser clara como el agua, capaz de decir lo que pienso y ya no disimular más. Juré ante Dios: “¡Quiero ser una persona normal y mostrar mi verdadero rostro a todo el mundo!”. Días después, la iglesia dispuso que cumpliera con el deber en otra iglesia. Recordé todos los momentos en que disimulé al relacionarme con los demás y sentí una tristeza y un pesar indescriptibles mientras pensaba: “Engañé demasiado tiempo a mis hermanos y hermanas. Antes de irme, he de sincerarme con ellos para que vean mi yo real”. En nuestra reunión, compartí mi estado durante ese tiempo y las lecciones que aprendí, y me sinceré con ellos acerca de todo. Tras sincerarme, desapareció inmediatamente mi antigua sensación de estar reprimida, que fue sustituida por una honda sensación de liberación. Me sorprendió que mis hermanos y hermanas no solo no me despreciaran, sino que me animaran. Abrumada por la emoción, se me cayeron las lágrimas. Ese día, de camino a casa, el sol invernal se sentía especialmente cálido sobre mi cuerpo, y di gracias a Dios y lo alabé de corazón. Posteriormente, en mi nuevo trabajo, ya no me centraba en mi presunta buena imagen. Siempre que tenía cualquier estado o dificultad, me abría a los demás y buscaba con ellos. En las reuniones expresaba lo que comprendía, y si no entendía, pedía ayuda a mis hermanos y hermanas. Con sus enseñanzas y su ayuda, poco a poco llegué a entender lo que antes no entendía. Tras hacer esto durante un tiempo, descubrí que había progresado en el deber y tuve una honda sensación de libertad y liberación. También alcancé la sensación de seguridad y paz que acarrea la práctica de la honestidad. De todo corazón, ¡puedo decir que se sentía maravillosamente!

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