¿Qué me impide seguir a Dios?

10 Ene 2022

Por Chen Ming, China

Era diciembre de 2011, y habían arrestado a los dos líderes de nuestra iglesia. Tras conocer la noticia, tuvimos que lidiar con las consecuencias. Unos días después recibí una carta, decía que algunos hermanos de otras iglesias habían sido arrestados, y que había una persona sospechosa frente a mi puerta; podrían estar vigilándome. También decía que lo mejor sería irme a un lugar seguro desde donde ocuparme de la iglesia. La carta me provocó mucha ansiedad. Pensé en los coches de policía que patrullaban las calles sin cesar, en la omnipresente vigilancia. ¿Sabían que era diaconisa de la iglesia? ¿Me vigilaban para detenerme? Pensé en quienes habían capturado, los lisiados o muertos a golpes. Entonces, yo hacía trabajo de iglesia, andaba de un lado a otro. Si la policía me atrapaba, ¿qué sería de mí? Cuanto más lo pensaba, más miedo tenía. Si me mataban a golpes, ¿cómo lograría la salvación y la vida eterna? Sentía una enorme presión en el corazón. Hasta me costaba respirar. Más adelante, pasé unos días en casa de un pariente. Mi marido me dijo: “Aquí tampoco es seguro. Escóndete en casa de un amigo en otra provincia. La policía sabe que eres diaconisa de la iglesia. No te dejará en paz”. Quedé indecisa tras escuchar a mi marido, porque nuestros líderes ya habían sido arrestados. Había mucho trabajo urgente por hacer, así que, si me iba, nadie continuaría esas tareas. Sin embargo, si me quedaba y me arrestaban, me matarían o acabaría lisiada. Así que decidí que lo mejor era esconderme unos días, para seguir cumpliendo con mi deber cuando todo se calmara. Abandoné mi deber y fui a casa de una amiga en otra provincia. Dejé mi deber en un momento crucial. ¡Fue un acto de traición a Dios! Pero yo solo pensaba en mi seguridad y no tenía fe. No entendía la naturaleza de lo que había hecho.

Más tarde, temiendo que la implicara, mi amiga me trasladó a una casa destartalada de las afueras. La puerta ni siquiera cerraba bien, y no había comida ni agua corriente. Me sentí muy desgraciada en un entorno así. Entonces empecé a reflexionar. ¿Había hecho bien en abandonar mi deber para esconderme? Encontré estas palabras de Dios: “En la actualidad, hay algunas personas que no llevan cargas por la iglesia. Estas personas son flojas y descuidadas, y solo les preocupa su propia carne. Son extremadamente egoístas y, también, ciegas. Si no puedes ver este asunto con claridad, no llevarás ninguna carga. Cuanto más consciente seas de la voluntad de Dios, mayor será la carga que Él te confiará. Las personas egoístas no están dispuestas a sufrir tales cosas ni a pagar el precio y, como resultado, perderán oportunidades para que Dios las perfeccione. ¿Acaso no se están haciendo daño a sí mismas?” (‘Sé consciente de la voluntad de Dios para alcanzar la perfección’ en “La Palabra manifestada en carne”). Al leer esto, sentí una punzada en el corazón; yo era como esas personas egoístas y viles expuestas por Dios. Habían arrestado a los líderes, y había que asumir las consecuencias. En ese momento crucial, debí confiar en Dios, trabajar para la iglesia y proteger a mis hermanos y hermanas. Pero yo solo pensé en mi propia seguridad y fui una cobarde, me escondí, abandoné el trabajo de la iglesia, y no me importó la vida de mis hermanos y hermanas. ¡Fue una grave traición a Dios! Entonces recordé un himno de las palabras de Dios: “Abraham ofreció a Isaac, ¿qué habéis ofrecido vosotros? Job lo ofreció todo, ¿qué habéis ofrecido vosotros? Muchas personas han dado su vida, han entregado sus cabezas y derramado su sangre con el fin de buscar el camino verdadero. ¿Habéis pagado ese precio?” (‘¿Qué han dedicado ustedes a Dios?’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). ¿Qué le había ofrecido yo a Dios? Abraham fue capaz de sacrificar a su hijo para satisfacerlo; Job lo había entregado todo. ¿Y yo? Había huido por miedo a ser capturada y torturada. ¿Acaso no deserté, no me aferré a la vida y temí a la muerte? Dice el refrán: “Una preparación minuciosa acaba dando sus frutos”. Como diaconisa de la iglesia, alimentada muchos años por la casa de Dios, ignoré lo que se me había confiado en el momento crucial, no pensé en cómo mantener el trabajo de la iglesia, solo en mí misma y en mi propia existencia, en huir del peligro. ¿Era digna de llamarme humana? Había mordido la mano que me daba de comer, ¡ni como animal valía!

Después leí otra sección de la palabra de Dios, “No importa lo que Dios te pida, solo necesitas trabajar con todas tus fuerzas para lograrlo, y espero que seas capaz de ir delante de Dios y mostrarle, al final, toda tu devoción. Siempre que puedas ver la sonrisa de satisfacción de Dios mientras está sentado en Su trono, aun si esta es la hora señalada de tu muerte, debes ser capaz de reír y sonreír mientras cierras los ojos. Durante tu tiempo en la tierra debes llevar a cabo tu deber final por Dios. En el pasado, Pedro fue crucificado cabeza abajo por Dios, pero tú debes satisfacer a Dios al final y agotar toda tu energía por Él. ¿Qué puede hacer por Dios un ser creado? Por tanto, debes entregarte a Dios más temprano que tarde para que Él disponga de ti como lo desee. Mientras Él esté feliz y complacido, permítele hacer lo que quiera contigo. ¿Qué derecho tienen los hombres de quejarse?” (‘Capítulo 41’ de Interpretaciones de los misterios de las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). Estas palabras de Dios me animaron mucho, pero me sentí culpable. Pensé en Pedro escapando de la cárcel, cuando el Señor Jesús le dijo que lo crucificarían de nuevo por él. Las palabras del Señor hicieron comprender a Pedro: “El Señor Jesús ya fue crucificado una vez para redimir a la humanidad. no puedo permitir que pase de nuevo. Él dio Su vida por nosotros; ahora debo darla yo por Él”. Pedro volvió a la cárcel sin dudarlo, y al final, pidió ser crucificado boca abajo por Dios. Pedro fue capaz de dar su vida por Dios, ¿y yo? Ante un peligro menor, abandoné mi comisión y hui a un lugar lejano. ¿Acaso tenía un ápice de conciencia? Había seguido a Dios muchos años, me proveyó de muchas palabras, pero lo traicioné en un momento crucial. No era apta para vivir frente a Dios. Me arrodillé arrepentida y le oré a Dios: “¡Dios! Hice mal. Abandoné mi deber por mi seguridad. ¡He sido tan egoísta y vil! Quiero ignorar mis propios intereses. Quiero aprender de Pedro, cumplir lo que me encomiendes, aunque signifique la muerte”. Entonces volví a la iglesia. Una de las hermanas me dijo: “Hoy recibimos los últimos sermones de Dios. No sabía a quién acudir para enviárselos a los hermanos y hermanas. Me estaba poniendo ansiosa y has vuelto”. Al oírla, me puse muy contenta de haber regresado. No había causado demasiadas pérdidas a la iglesia. Hablé con la hermana del personal adecuado para enviar los sermones a los hermanos a tiempo. Desde entonces no fui tan cobarde con mi deber.

Después de esa experiencia, pensé que había ganado fe, pero para mi sorpresa, quedé expuesta de nuevo. Un día, la hermana Zhou me dijo: “Peligran varias casas donde se guarda el dinero de la iglesia”. Me encomendó mover el dinero a un lugar más seguro. Pensé en los patrulleros que andaban por todas partes, tenía miedo, me preocupaba que las casas estuvieran vigiladas. ¿Y si me seguían y me detenían mientras movía el dinero? No pude evitar pensar: “Soy diaconisa de la iglesia; si me arrestan, me torturarán. Era poco probable salir viva de aquello. ¿Cómo alcanzaría la salvación y entraría en el reino de los cielos?”. Lo pensé mucho. Quería esconderme, este deber era demasiado peligroso. Entonces recordé mi experiencia anterior. Había sido egoísta y vil, solo me preocupó mi seguridad, y no retrasé la obra de la casa de Dios por poco. Me advertí que no tomaría la misma senda fallida. Que confiaría en Dios y completaría este importante deber. Decidida, dejé de sentirme tan ansiosa. A menudo me preguntaba: “¿Por qué tengo tanto miedo del arresto y la tortura en momentos tan críticos?”. Luego leí estas palabras de Dios: “Desde hoy, permitiré que todas las personas empiecen a conocerme a Mí, el único Dios verdadero que lo creó todo, que vino entre los seres humanos y al que estos rechazaron y difamaron, quien controla y dispone todas las cosas por completo, el Rey que está a cargo del reino, Dios mismo, quien dirige el cosmos; más aún, el Dios que controla la vida y la muerte de los seres humanos y quien tiene la llave del Hades. Yo permitiré que todos los seres humanos (adultos y niños, tengan espíritu o no, sean necios o discapacitados, etcétera) me conozcan. Yo no excusaré a nadie de esta tarea; es la obra más dura, una tarea que he preparado bien y que se está llevando a cabo desde este mismo instante. Lo que Yo digo se hará. Abre tus ojos espirituales, deja tus propias nociones ¡y reconoce que Yo soy el único Dios verdadero que administra el universo! Yo no me escondo de nadie y llevo a cabo Mis decretos administrativos sobre todos” (‘Capítulo 72’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Al leer estas palabras de Dios, me sentí muy avergonzada. Dios Todopoderoso es Soberano de todo el universo y controla el destino humano. La vida y la muerte están en Sus manos, y todo está sujeto a Sus arreglos. No había comprendido la omnipotencia y soberanía de Dios. Al cumplir con mi deber, solo me preocupaba mi vida. Tenía mucho miedo de que la policía me torturara hasta matarme. No poseía ni un ápice de fe en Dios. Mi estatura era muy pequeña. Cobarde, me aferraba a la vida, quería huir de cualquier deber peligroso. Si me acababan arrestando y torturando, sin duda traicionaría a Dios, sería una Judas, y mi castigo sería el infierno. Esta comprensión me asustó mucho.

Más tarde, encontré estas palabras de Dios: “Cuando las personas están preparadas para sacrificar su vida, todo se vuelve insignificante y nadie puede conseguir lo mejor de ellas. ¿Qué podría ser más importante que la vida? Así pues, Satanás se vuelve incapaz de hacer nada más en las personas, no hay nada que pueda hacer con el hombre. Aunque, en la definición de la ‘carne’, se dice que Satanás la ha corrompido, si las personas se entregan, y no son dominadas por Satanás, nadie puede conseguir lo mejor de ellas” (‘Capítulo 36’ de Interpretaciones de los misterios de las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). Sus palabras me ayudaron a reconocer que mi debilidad era el miedo a la muerte. Satanás usó la debilidad de mi carne para atacarme, para que traicionara a Dios y terminara destruida junto a Satanás. ¡Satanás es tan despreciable y malvado! La soberanía de Dios determina mi vida y mi muerte. Por salvaje que sea Satanás, no me haría nada sin permiso de Dios. Debo darle mi vida y mi muerte, someterme a sus orquestaciones; aunque el PCCh me torture y me mate, debo ser firme en el testimonio y glorificar a Dios. Me arrodillé y le oré a Dios: “Dios, quiero entregarte mi vida, permitirte orquestar si vivo o muero. Por favor, examina mi corazón”.

En ese momento, recordé otras palabras que pronunció Dios: “Como miembros de la raza humana y cristianos devotos, es responsabilidad y obligación de todos nosotros ofrecer nuestra mente y nuestro cuerpo para el cumplimiento de la comisión de Dios, porque todo nuestro ser vino de Él y existe gracias a Su soberanía. Si nuestras mentes y nuestros cuerpos no son para la comisión de Dios ni para la causa justa de la humanidad, nuestras almas se sentirán indignas de aquellos que fueron martirizados por causa de aquella, y aún más indignas de Dios, que nos ha provisto todo” (‘Dios preside el destino de toda la humanidad’ en “La Palabra manifestada en carne”). En estas palabras vemos que lo más significativo para los seres creados es morir para cumplir la tarea confiada por Dios. De los discípulos y apóstoles que siguieron al Señor Jesús en su tiempo, muchos fueron martirizados difundiendo el evangelio, pero sus muertes son recordadas por Dios. Aunque estén muertos en la carne, sus espíritus siguen vivos. Si nos convertimos en Judas y lo traicionamos por miedo a la muerte, Él nos castiga y morimos, esa es la muerte real, acabar en el infierno. Ese es el sufrimiento eterno. El Señor Jesús dijo: “Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 16:25). En este duro ambiente de represión y arrestos del PCCh, Dios vio mi actitud; Se fijaba en si arriesgaba mi vida para satisfacerlo y dar testimonio ante Satanás. Si abandono mi deber y traiciono a Dios por miedo a morir, solo soy una muerta que anda. Al darme cuenta, oré a Dios, quería traicionar la carne y confiar en Él para cumplir con mi deber. Mientras movía el dinero de la iglesia, en silencio entoné un himno de las palabras de Dios: “Eres un ser creado, debes por supuesto adorar a Dios y buscar una vida con significado. Como eres un ser humano, ¡te debes gastar para Dios y soportar todo el sufrimiento! El pequeño sufrimiento que estás experimentando ahora, lo debes aceptar con alegría y con confianza y vivir una vida significativa como Job y Pedro. Vosotros sois personas que buscáis la senda correcta, los que buscáis mejorar. Sois personas que os levantáis en la nación del gran dragón rojo, aquellos a quienes Dios llama justos. ¿No es eso la vida con más sentido?” (‘La vida más significativa’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Cuanto más cantaba, más lo apreciaba. Como ser creado, poder cumplir con tu deber es lo más preciado. Es la manera de tener una vida con sentido. Dios alaba esa vida. Ya no me sentía cobarde y asustada, y pude mover el dinero de la iglesia sin contratiempos. En el fondo me sentía tranquila y reconfortada. Después, con la guía de Dios, moví propiedades y libros de Su casa en varias ocasiones.

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