La vanidad y la reputación me perjudicaron

10 Ene 2022

Por Xinlu, Estados Unidos

En 2017, fui elegida como líder a cargo de algunas iglesias. Todos los líderes de esas iglesias habían sido creyentes por más tiempo. Las hermanas Gao y Sun habían sido líderes muchos años y antes compartimos reuniones de colaboradores así que sabían bien qué esperar de mí. La hermana Yuan, una líder de otra iglesia, me regó justo después de que acepté la obra de Dios. Yo no conocía nada y ante cualquier problema ella me ayudaba. Me superaban en experiencia laboral y en tiempo de fe. Sentía que si intentaba hacerme cargo de su labor para resolver los problemas, terminaría pasando vergüenza. Pero sabía que esta comisión era la exaltación de Dios. No podía rechazar este deber por no quedar mal y por cuidar mi estatus. Tenía que aceptar y someterme.

Así que les escribí a los líderes para armar un encuentro y así familiarizarme con las iglesias. Suelo escribir cartas muy rápido, pero no fue así al escribirle a Gao. Escribí y reescribí mis líneas y las revisé una y otra vez. Me preocupaba que si no me comunicaba claramente, me menospreciaría. Cuando llegó el encuentro, sentí mucha ansiedad. No dejaba de pensar: Solíamos celebrar encuentros como colaboradoras y si no comunico bien ni puedo resolver problemas, ¿qué pensarán de mí? Acaso dirán “¿Quién eres tú para estar a cargo del liderazgo?”. No. Debía enseñar con calidad para mostrarles que era capaz de hacer este trabajo. Comencé a interiorizarme sobre el trabajo Anotaba los problemas que surgían y buscaba resolverlos con la palabra de Dios. Pero, como estaba tan nerviosa, después de un rato ya no sabía qué decir. En ese momento, noté la mirada seria de la hermana Gao. Pensé: “¿Será porque, con mi enseñanza, no resolví sus problemas?”. Para recuperar mi imagen, me obligué a continuar compartiendo. Mientras hablaba, iba monitoreando sus rostros para ver si se impacientaban. Mi corazón se aceleraba con cualquier cambio en su semblante. Hacia el final del encuentro, todas callaron y yo era la única que hablaba. El tiempo parecía estar suspendido, iba a paso de tortuga. Finalmente cuando la reunión terminó me fui a casa, completamente exhausta. Sentía que había tenido una jornada agotadora y quería descansar, pero recordé que al día siguiente había organizado otro encuentro. Si tenían un problema que no pudiera resolver, ¿qué pensarían de mí? No, debía estar preparada. Tomé el informe sobre la obra de su iglesia y comencé a leer, pero me quedé dormida. Me desperté a las 9 de la noche, con un sobresalto. Y pensé: “Pero qué extraño. Yo no me duermo tan temprano”. Me presenté ante Dios en oración: “Dios mio, este deber me hace sentir muy presionada. Me preocupa que las líderes me menosprecien si no logro enseñar bien. Me siento muy limitada y no sé cómo atravesar esta situación. Te ruego que me esclarezcas para conocerme”.

Luego, leí la palabra de Dios: “Todos los seres humanos corruptos adolecen de un problema común: cuando no tienen estatus, cuando son hermanos y hermanas normales, no se dan importancia al relacionarse o hablar con alguien ni adoptan un determinado estilo o tono discursivo; son, sencillamente, normales y corrientes y no necesitan aparentar. No sienten presión psicológica y saben compartir abiertamente y de corazón. Son accesibles y es fácil relacionarse con ellos; a los demás les parecen muy buena gente. Sin embargo, en cuanto logran estatus, se vuelven petulantes, como si nadie pudiera alcanzarlos; creen merecer respeto y que ellos y la gente normal están cortados por distintos patrones. Desprecian a las personas corrientes y dejan de compartir abiertamente con los demás. ¿Por qué ya no comparten abiertamente? Sienten que ahora tienen estatus y son líderes. Piensan que los líderes deben tener determinada imagen, estar un poco por encima de la gente normal, tener más estatura y ser capaces de asumir más responsabilidad; creen que, en comparación con la gente normal, los líderes deben tener más paciencia, ser capaces de sufrir, de esforzarse más y de soportar toda tentación. Piensan, incluso, que los líderes no pueden llorar, con independencia de cuántos miembros de su familia mueran, y que, si tienen que llorar, deben hacerlo en secreto para que nadie vea en ellos limitaciones, defectos ni debilidades. Llegan a creer que los líderes no pueden decir a nadie que han caído en la negatividad; por el contrario, deben ocultar todas esas cosas. Creen que así debe actuar una persona con estatus. Cuando se reprimen hasta ese punto, ¿acaso el estatus no se ha convertido en su Dios, en su Señor? Y siendo así, ¿poseen todavía una humanidad normal? Cuando tienen tales ideas, cuando se meten en esa cesta y se comportan de esa manera, ¿acaso no se han enamorado del estatus?” (‘Para resolver el propio carácter corrupto, la persona debe tener una senda específica de práctica’ en “Registro de las charlas de Cristo de los últimos días”). La palabra de Dios reveló de manera incisiva mi estado. Estos encuentros me eran agotadores porque mi preocupación era la dignidad y el estatus. Antes de ser elegida como líder, cuando me reunía con otras hermanas, era desinhibida. Compartía exactamente lo que entendía y confiaba en no dirían que mi enseñanza era superficial porque era creyente hace poco. Tras cumplir como líder, sentí que, como tenía un puesto más alto, pensarían mal de mí si no enseñaba bien y si no resolvía sus problemas. En los encuentros, hacía un gran esfuerzo por presumir y reivindicarme para que me admiraran y dijeran que merecía el puesto. No tenía experiencia práctica, pero no era franca sobre mis defectos. Seguía hacia adelante. Siempre me ponía a mí misma en un pedestal, pensando que los líderes debían tener cierta estatura y ser mejores en todo. Decidí esconder todos mis defectos y mis errores, no buscaba abiertamente lo que no entendía sino que fingía, todo por miedo a que me menospreciaran. Me autoinfligí este sufrimiento porque me enamoré del estatus. Dios me dio la posibilidad de entrenarme exaltándome con este puesto de liderazgo, permitiéndome aprender cómo compartir la verdad. Pero no pensaba cómo cumplir bien mi deber y ayudar a los demás a resolver sus problemas. Al contrario, usé mi deber para autopromocionarme y que me admiraran. Incluso monté una imagen falsa y los engañé. No tenía ni la más mínima razón, fui una descarada. Me presenté ante Dios y oré para expresarle mi arrepentimiento, y pedir que me guiara para liberarme de las ataduras del estatus.

Luego, leí este pasaje de Su palabra. “Alguna gente siempre piensa que cuando las personas tienen estatus, deben actuar más como funcionarios, que los demás solo les tomarán en serio y les respetarán si hablan de una determinada manera. Si eres capaz de darte cuenta de que esta forma de pensar es errónea, entonces deberías orar a Dios y dar la espalda a las cosas carnales. No vayas por esa senda. Cuando tengas pensamientos de este tipo, debes salir de ese estado y no permitirte quedar atrapado en él. Tan pronto como te quedes atrapado en él y esos pensamientos y puntos de vista tomen forma en tu interior, te disfrazarás, te envolverás de manera increíblemente fuerte, para que nadie pueda ver dentro de ti ni tener una idea de lo que hay en tu corazón y tu mente. Hablarás con los demás como si llevaras una máscara. No podrán verte por dentro. Deberías aprender a dejar que otras personas vean lo que hay en tu corazón, confiar en la gente y acercarte a ella. Deberías alejarte de las predilecciones físicas, y esto no tiene nada de malo; también es una senda viable. No importa lo que te ocurra, primero debes reflexionar sobre los problemas de tu propio pensamiento. Si tu inclinación sigue siendo la de montar una escena o una farsa, entonces debes orar a Dios tan rápido como puedas: ‘¡Oh, Dios mío! Quiero disfrazarme de nuevo y estoy a punto de meterme en tramas y engaños otra vez. ¡Soy todo un diablo! ¡Consigo que me detestes enormemente! Ahora me doy mucho asco a mí mismo. Te pido que me disciplines, repruebes y castigues’. Debes orar y sacar a la luz tu actitud. Esto entraña tu manera de practicar. ¿A qué aspecto de la especie humana va dirigida esta práctica? A los pensamientos, ideas e intenciones que la gente ha revelado respecto a un tema, así como a la senda por la que va y el rumbo que toma. Es decir, tan pronto como se te ocurran tales ideas y quieras actuar en consecuencia, debes frenarlas y analizarlas. En el momento en que frenes y analices los pensamientos, ¿no los expresarás y actuarás en consecuencia en un grado mucho menor? Además, ¿no sería un revés para tus actitudes corruptas internas?” (‘Para resolver el propio carácter corrupto, la persona debe tener una senda específica de práctica’ en “Registro de las charlas de Cristo de los últimos días”). Leer Sus palabras me dio una senda de práctica. Había sido elegida líder, pero mi estatura no había cambiado en nada. Cumplir este deber no significaba entender las verdades y que podía comprender y resolver problemas. También debía enfrentar mis deficiencias.… Si no podía resolver algo, solo debía admitir honestamente que no entendía. Y buscar la verdad con los demás para resolverlo. En otro encuentro, las líderes decidieron plantear varios problemas para compartirlos entre todos. Yo estaba un poco preocupada. Si no podía resolver sus problemas, ¿pensarían mal de mí? Así que le oré a Dios en silencio le pedí que me corrigiera y permitiera enfrentar mis deficiencias. Si todos veían mi capacidad real y pensaban mal de mí, yo practicaría la verdad. Solo importaba que todo se resolviera y avanzara. Después de eso, solo compartí lo que entendía y si me costaba resolver algo, me abría a mis hermanos y buscábamos resolverlo juntos. Sentí liberación al practicar así. Poco a poco, dejé de preocuparme por las apariencias y me relajé en las reuniones. Sentía el esclarecimiento y la guía de Dios e identificaba problemas en la obra y los resolvía a través de la palabra de Dios. Me sentía asentada y en paz al cumplir mi deber.

Después, pasaron otras cosas que me hicieron reflexionar aún más sobre mí misma. En 2019, comencé a trabajar en edición. Organizamos un grupo de estudio de principios relevantes con hermanos de otras iglesias. Nunca había organizado un grupo de estudio tan grande como ese y sentí mucha presión, como una roca sobre el pecho. Temía quedar mal por no brindar una enseñanza clara. Me pidieron que participara activamente, enseñando en el grupo. Se me hizo un nudo en la garganta… No era un encuentro pequeño de unas pocas personas. ¿Y si yo no podía enseñar con claridad frente a tantos hermanos? ¿Qué pensarían todos los presentes de mí? ¿Dirían por qué, con mi calibre, tenía esa tarea? Más pensaba, y más ansiosa me ponía. Antes del encuentro, leí una y otra vez los principios. Me devané los sesos intentando pensar en la manera más clara de enseñarles. Le oré a Dios constantemente, pidiendo paz y serenidad para mi corazón. Pero cuando llegó el momento seguía nerviosa. Contaba los minutos que faltaban para que fuera mi turno de compartir. No podía reflexionar sobre los principios. No sé cómo hice para superar ese encuentro. Sentí mucha presión, no quería organizar estos grupos. Me dije: “Tal vez deba cancelar el grupo y dejar que estudien por su cuenta todos. Así, no tendría que preocuparme por enseñar mal o avergonzarme”. Fui con el líder y le dije que el grupo de estudio, era poco efectivo. Y terminó cancelándolo. Nadie supo de mis malas intenciones, pero Dios observaba. Después me dispuso una situación. Una hermana me dijo varias veces: “¿Por qué no organizas un grupo de estudio para repasar los principios?”. Y dijo que a ella le gustaría ir a un grupo así. Al oírla decir eso me sentí un poco culpable. Yo estaba a cargo de la obra de edición. Era mi deber guiar a los hermanos al estudiar los principios. Pero cancelé el grupo para salvar apariencias y preservar mi estatus, sin siquiera tomar en cuenta la necesidad de los demás ni lo mejor para la iglesia. ¿No estaba perjudicando a los demás? ¡Era egoísta y despreciable!

Luego vi un pasaje emotivo de la palabra de Dios ahí expone anticristos. Al darle importancia al estatus y la reputación, revelaba mi carácter de anticristo. La palabra de Dios dice: “El aprecio de los anticristos por su estatus y prestigio va más allá del de la gente normal y forma parte de su carácter y esencia; no es un interés temporal ni un efecto transitorio de su entorno, sino algo que está dentro de su vida, de sus huesos; por ende, es su esencia. Es decir, en todo lo que hace un anticristo, lo primero en lo que piensa es en su estatus y su prestigio, nada más. Para un anticristo, el estatus y el prestigio son su vida y su objetivo durante toda su existencia. En todo lo que hace, lo primero que piensa es: ‘¿Qué pasará con mi estatus? ¿Y con mi prestigio? ¿Me dará prestigio hacer esto? ¿Elevará mi estatus en la mentalidad de la gente?’. Eso es lo primero que piensa, lo cual es prueba fehaciente de que tiene el carácter y la esencia de los anticristos; si no, no se esforzaría así” (‘Cumplen con su deber solo para distinguirse a sí mismos y satisfacer sus propios intereses y ambiciones; nunca consideran los intereses de la casa de Dios, e incluso los venden a cambio de su propia gloria (II)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Al compararme con lo dicho por Dios, vi que mi reciente obsesión con la reputación y el estatus manifestaba mi carácter de anticristo. Mientras organizaba el grupo, me preocupaba no entender los principios y que me menospreciaran por no enseñar bien. Antes de la reunión, los releí una y otra vez, desesperada por poder expresarme de la mejor manera. Pero todo ese esfuerzo no era para entender la verdad y los principios, ni ayudar a los demás, sino para crearme una imagen de “profesional capaz” y lograr la admiración de los demás. Le daba mucha importancia a la reputación y el estatus los encuentros solo eran una oportunidad para construir mi reputación. Sabía que esa era una manera efectiva de estudiar, pero tenía miedo de quedar mal, así que esquivé mis deberes e incluso di excusas para cancelar el grupo. Pasaba todo el día, todos los días, pensando en cómo no quedar mal y en cómo ganarme la admiración de los demás. Puse mi beneficio personal ante todo. No tenía la comisión de Dios en el corazón y no consideré qué sería mejor hacer para mis hermanos y hermanas, lo mejor para la casa de Dios. ¡Qué egoísta y bajo de mi parte! Tal vez no hacía el mal tan evidentemente como un anticristo, pero en esencia mi carácter no era diferente al suyo. Iba por la senda de un anticristo. De haber tenido estatus, habría actuado como tal, entorpeciendo la obra de la casa de Dios por mis intereses. Habría hecho mucho mal y sería eliminada. Una vez que me di cuenta de todo, sentí mucho miedo y me arrepentí. Así que le oré a Dios: “Dios mío, Satanás me ha corrompido mucho. Siempre quiero preservar mi estatus y no me dedico a mi deber ni soy responsable. Dios, ya no quiero rebelarme contra Ti, deseo arrepentirme. Por favor, guíame”.

En mi búsqueda, encontré un video de una lectura de la palabra de Dios. Dios Todopoderoso dice: “Debes buscar la verdad para resolver cualquier problema que surja, sea el que sea, y bajo ningún concepto disfrazarte o poner una cara falsa para los demás. Tus defectos, carencias, fallos y actitudes corruptas… sé totalmente abierto acerca de todos ellos y compártelos. No te los guardes dentro. Aprender a abrirse es el primer paso para entrar en la verdad y el primer obstáculo, el más difícil de superar. Una vez que lo has superado, es fácil entrar en la verdad. Dar este paso significa que estás abriendo tu corazón y mostrando todo lo que tienes, bueno o malo, positivo o negativo; que te estás descubriendo ante los demás y ante Dios; que no le estás ocultando nada a Dios ni estás disimulando ni disfrazando nada, libre de mentiras y trampas, y que estás siendo igualmente sincero y honesto con otras personas. De esta manera, vives en la luz y no solo Dios te escrutará, sino que también otras personas podrán comprobar que actúas con principios y cierto grado de transparencia. No es necesario que ocultes nada, hagas modificaciones ni emplees trucos por el bien de tu reputación, tu dignidad y tu estatus, y esto también es aplicable a cualquier error que hayas cometido; ese trabajo absurdo es innecesario. Si no lo haces, vivirás de forma fácil y descansada y totalmente en la luz. Esa es la única clase de personas que pueden ganarse el elogio de Dios” (‘Solo quienes practican la verdad temen a Dios’ en “Registro de las charlas de Cristo de los últimos días”). Dios espera que todos practiquemos la verdad y seamos honestos. Deberíamos ser abiertos en cuanto a nuestros defectos, errores o expresiones de corrupción. No ocultarnos ante los demás ni ante Dios. Someter actos y palabras a Su escrutinio. Solo así podremos lograr Su elogio. Pero, aunque me oculte, no cambia mi estatura. Puedo engañar a todos y hacer que piensen bien de mí, pero no a Dios. Debería someterme a Su escrutinio y ser honesta.

Luego, organizamos más encuentros para estudiar con gente de algunas iglesias. Quería que fueran efectivos, de ayuda real y práctica para mis hermanos, así que cada vez que preparaba los materiales de estudio, le oraba a Dios le pedía Su guía. Traía al grupo cualquier pregunta de la que no estaba segura, para discutirla juntos. En otros encuentros, solo me había devanado los sesos pensando en cómo lograr que los demás me admirasen, pero eso me dejaba nerviosa y exhausta. Ahora, ya no busco el estatus ni tampoco quedar bien con nadie y me siento más relajada y libre. También me di cuenta de que para que un encuentro sea efectivo, se necesita que todos colaboren, y la clave es la iluminación del Espíritu Santo. Cuando al fin encaré los encuentros con la actitud adecuada, sentí el esclarecimiento y la guía de Dios. Cuando todos opinaban sobre las ideas de otros, los encuentros me aportaban mucho. A través de esta experiencia, sentí qué tonto es perseguir el estatus y la dignidad. Me torturaba y, a Dios le repugnaba que no cumpliera mi deber. Solo practicando Su palabra, buscando ser una criatura de Dios y cumpliendo bien mi deber, puedo vivir feliz y sin preocupaciones.

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