Cuando tenía 18 años

16 Sep 2020

Por Yilian, China

Dios Todopoderoso dice: “Tal vez todos recordáis estas palabras: ‘Pues esta aflicción leve y pasajera nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación’. Todos habéis oído estas palabras antes, sin embargo, ninguno de vosotros comprendió su verdadero significado, del que hoy en día ya sois profundamente conscientes. Dios cumplirá estas palabras durante los últimos días y se cumplirán en aquellos que han sido brutalmente perseguidos por el gran dragón rojo en la tierra donde yace enroscado. El gran dragón rojo persigue a Dios y es Su enemigo, y por lo tanto, en esta tierra, los que creen en Dios son sometidos a humillación y opresión y, como resultado, las palabras de Dios se cumplirán en este grupo de personas. […] Es tremendamente difícil para Dios llevar a cabo Su obra en la tierra del gran dragón rojo, pero es a través de esta dificultad que Dios realiza una etapa de Su obra, para manifestar Su sabiduría y acciones maravillosas, y usa esta oportunidad para hacer que este grupo de personas sean completadas” (“La Palabra manifestada en carne”). Este pasaje de las palabras de Dios me recuerda a cuando hace unos años me perseguía el PCCh.

Un día de abril de 2017, al atardecer, estaba reunida con otras dos hermanas cuando, de repente, irrumpió más de una docena de agentes de civil. Antes de que pudiera reaccionar, teníamos encima a varios de ellos, que nos decían que no nos moviéramos mientras los demás destrozaban la casa palmo a palmo. No tardaron nada en ponerla patas arriba. La escena que tenía ante mí era terrorífica. Me latía con fuerza el corazón e invoqué a Dios una y otra vez: “¡Oh, Dios mío! Tengo mucho miedo y no sé qué nos van a hacer ahora. Te ruego fortaleza y fe para mantenerme firme en el testimonio”. Tras mi oración recordé estas palabras de Dios: “Sabes que todas las cosas del entorno que te rodea están ahí porque Yo lo permito, todo planeado por Mí. Ve con claridad y satisface Mi corazón en el entorno que te he dado. No temas, el Todopoderoso Dios de los ejércitos seguramente estará contigo; Él guarda vuestras espaldas y es vuestro escudo” (“La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios impulsaron mi fe y mi valentía. Sabía que Dios me respaldaba y que, sin importar lo que estuviera por venir, si me apoyaba en Dios y recurría a Él sinceramente, Él estaría conmigo. Con ese pensamiento ya no estaba tan nerviosa ni asustada.

Justo entonces, una agente me dio violentamente un par de bofetadas, me oprimió la barbilla y me sacó una foto. Además, nos registraron y quitaron todo el dinero y los objetos de valor. Después nos llevaron a las tres a la Oficina Municipal de Seguridad Pública para interrogarnos por separado. La agente que me había sacado la foto me gritó: “¿Qué haces en la iglesia? ¿Quién la dirige? ¡Habla!”. Como no le respondía, ella, exasperada, me oprimió la barbilla con su mano izquierda y tiró para arriba. Me oprimía haciéndome mucho daño, lo que me obligó a ponerme de puntillas. Luego levantó la mano derecha como si fuera a pegarme y, amenazante, me dijo: “Sé buena y habla; si no, ¡tenemos maneras de tratarte!”. Me dio algo de miedo verla así de furiosa. No sabía cómo me torturaría luego, así que invoqué urgentemente a Dios. En ese momento rememoré estas palabras de Dios Todopoderoso: “La fe es como un puente de un solo tronco: aquellos que se aferran miserablemente a la vida tendrán dificultades para cruzarlo, pero aquellos que están dispuestos a sacrificarse pueden pasar sin preocupación. Si el hombre alberga pensamientos asustadizos y de temor es porque Satanás lo ha engañado por miedo a que crucemos el puente de la fe para entrar en Dios” (“La Palabra manifestada en carne”). Comprendí que mis pensamientos cobardes y temerosos eran fruto de la astucia de Satanás y que la policía quería atormentar mi carne para que, al no soportar el dolor, traicionara a Dios y a mis hermanos y hermanas. No podía caer en las trampas de Satanás. Decidí que, sin importar cómo me torturara la policía, nunca sería una judas. Sabía que mi vida y mi muerte estaban en las manos de Dios y que no podían hacerme nada sin que Dios lo permitiera. Una vez que asimilé estas cosas, me sentí mucho más calmada. Después, por mucho que me oprimiera la barbilla mientras me disparaba una pregunta tras otra, yo no decía ni una palabra. Justo entonces la llamó otro agente y por fin me dio un respiro.

Sobre las 3 de la madrugada del día siguiente me llevaron al Centro Municipal de Detención. Nada más meterme en una celda, una agente ordenó a los demás presos que me arrancaran la ropa y luego me mandó poner las manos en la cabeza, voltearme y hacer sentadillas delante de todos. Tuve que hacerlo hasta que se quedaron satisfechos, mientras los presos, a un lado, se mofaban de mí. En ese momento estaba alterada e indignada, y gritaba una y otra vez para mis adentros: “¿Por qué me humillas así?”. ¡Si no lo hubiera experimentado personalmente, a duras penas habría creído que esta presunta “policía del pueblo” pudiera hacer algo tan despreciable! La agente les dijo entonces a los presos: “Cree en Dios Todopoderoso, así que es objetivo de una fuerte represión gubernamental. Enséñenle bien las normas”. Desde entonces, los presos me acosaban todo el tiempo y me llamaban la atención por todo. Me mandaban todas las tareas más sucias y cansadas, como lavar los platos, barrer y fregar el suelo. Al rato me dolían los pies y estaba agotada, pero si descansaba un segundo o iba más lenta, me gritaban. Peor aún, cada vez que infringían una norma de la cárcel, me culpaban a mí. Me era imposible apelar a la razón.

El acoso y abuso verbal reiterados de los demás presos me dejaban triste y débil. No sabía cuándo se terminaría todo y muchas noches me acurrucaba bajo las mantas a llorar en silencio. Oré mucho a Dios en esa época. Estando casi al límite, recordé estas palabras de Dios: “Hoy todos tendréis que enfrentar pruebas amargas. Sin esas pruebas, el corazón amoroso que tenéis por Mí no se hará más fuerte ni sentiréis verdadero amor hacia Mí. Aun si estas pruebas consisten únicamente en circunstancias menores, todos deben pasar por ellas; es solo que la dificultad de las pruebas variará de una persona a otra. Las pruebas son una bendición proveniente de Mí” (“La Palabra manifestada en carne”). Entendí que Dios había permitido que me pusieran en esa situación para perfeccionar mi fe y amor por Él, con el fin de que no lo traicionara en un entorno tan penoso y así poder mantenerme firme en el testimonio y humillar a Satanás. Recordé cuando todo estaba tranquilo y yo rebosaba fe, pero ahora que sufría dolor y humillación me había vuelto débil y negativa. Vi lo insuficiente que era realmente mi fe en Dios. Yo era demasiado delicada, como una flor de invernadero que no tolera un poco de viento y lluvia. Al someterme a esas dificultades, Dios estaba perfeccionando mi fe, lo que era provechoso para mi vida. Tenía que mantenerme firme en el testimonio para satisfacer a Dios.

Una semana después, la policía me interrogó de nuevo y un agente me dijo con afectación: “Si eres buena y nos lo cuentas todo acerca de tu iglesia, pelearemos para que salgas con facilidad. Eres muy joven, deberías estar por ahí disfrutando de la juventud. La verdad, no vale la pena estar sufriendo aquí dentro”. Otro agente me dijo: “Todos tus compañeros de clase y amigos están por ahí trabajando por sus sueños, mientras tú estás encerrada por creer en Dios. ¿Qué opinarían de ti si se enteraran?”. Al oírles decir esto, pensé en lo joven que era para estar en la cárcel y me pregunté si mis familiares y amigos se reirían de mí si se enteraban. Cuanto más lo pensaba, mayor confusión sentía, y luego comprendí que no me encontraba en el estado adecuado, por lo que me apresuré a invocar a Dios: “Oh, Dios mío, la policía no deja de perturbarme. No quiero traicionarte y ser una judas. Te ruego que protejas mi corazón y me guíes...”. Entonces recordé este pasaje de las palabras de Dios: “En todo momento, Mi pueblo debe estar en guardia contra las astutas maquinaciones de Satanás, […] para evitar caer en la trampa de Satanás, momento en el que sería demasiado tarde para lamentarse” (“La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me recordaron a tiempo que la policía estaba siendo hipócrita al hablarme de mi futuro. En realidad solo querían engañarme para que traicionara a Dios y a mis hermanos y hermanas. Eran verdaderamente muy siniestros. Al pensarlo, dije decididamente: “Soy una persona de fe que va por la senda correcta en la vida. Digan lo que digan, no traicionaré a Dios”. Los agentes se quedaron anonadados. Como no había funcionado su treta, inmediatamente apareció su faceta ruin. Uno me dijo de forma amenazante: “Pareces tener la lengua bastante larga para ser tan joven. Ya te digo, podemos buscar cualquier excusa para que te condenen a 8 o 10 años, incluso a 15. ¡Ahora tienes 18 años, así que te pasarás toda tu juventud en la cárcel! Pensé: “Por muchos años que me encarcelen, confiaré en Dios y me mantendré firme en el testimonio. No me someteré a Satanás”.

Creía que se les habían agotado tanto el palo como la zanahoria y no me interrogarían más. Jamás imaginé que probarían con algo aún más siniestro. Un día de finales de mayo, los policías me llevaron a una sala de interrogatorios y me dijeron: “Hemos preguntado en la escuela de tu hermano menor y hemos comprobado que le va bastante bien. Dinos lo que sabes y podrás irte antes a casa para estar con tu familia. ¿No extrañas a tu hermano?”. Me apenó oír esto. Mi hermano y yo estábamos unidos desde pequeños, pero llevaba años fugada para eludir la detención del PCCh y no lo había podido ver. No sabía qué tal le iba. También me dijeron que mi padre había grabado un video unos días antes, me pusieron delante un celular y lo reprodujeron. Vi a mi padre ahí sentado sin vigor, con la ropa arrugada y un aspecto mucho más avejentado. Habló a la cámara: “Xiaoyi, ven a casa. Todos te extrañamos”. La policía me lo puso varias veces. Mientras veía a mi padre en el video, no podía dejar de llorar. Un agente me dijo, insinuante: “Aunque no pienses en ti, ¡debes pensar en tu familia! Si estás decidida a creer en Dios, no solo cumplirás condena tú, sino que también tu familia se verá arrastrada. Aunque tu hermano apruebe el examen de acceso a la universidad, ninguna lo admitirá y no podrá encontrar un buen empleo. Hasta sus hijos se verán implicados. Más te vale pensarlo detenidamente”. Me preocupé mucho al oír esto. Oré a Dios sin cesar: “¡Oh, Dios mío! Tengo sentimientos encontrados y me siento débil. Te ruego que protejas mi corazón para que no siga los afectos de la carne y me mantenga firme en el testimonio”. Tras orar recordé estas palabras de Dios: “Debes poseer Mi valentía dentro de ti y debes tener principios cuando te enfrentes a parientes que no creen. Sin embargo, por Mi bien, tampoco debes ceder a ninguna fuerza oscura. Confía en Mi sabiduría para caminar el camino perfecto; no permitas que ninguna de las conspiraciones de Satanás se apodere de ti” (“La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me fueron calmando. Satanás sabía que tenía unos sentimientos intensos y no podía dejar de lado a mi padre y mi hermano, por lo que utilizaba mis emociones y el futuro de mi familia para amenazarme, para que traicionara a Dios y fuera una judas. ¡Qué astuta la policía! Si hacía caso a Satanás y traicionaba a Dios, aunque me soltaran y pudiera estar con mi familia, lo lamentaría el resto de mi vida. Entonces pensé que todo está en las manos de Dios, por lo que Él gobernaría y dispondría el futuro de mi hermano. Los demonios del PCCh no tenían la última palabra. Luego oré en silencio a Dios. Encomendé a mi familia a Dios y me preparé para someterme a Sus disposiciones. Respondí: “¡No tengo nada que decir!”. En ese momento, el agente golpeó la mesa con rabia y me gritó: “¡Si vas a ser así de terca, no nos culpes si olvidamos nuestros modales! No pienses que no tenemos más ases bajo la manga. Únicamente con lo que descubrimos cuando te detuvieron podríamos detener a tus padres para que los condenaran a entre 3 y 5 años, ¡y a ver entonces cómo lo pasaría tu hermano solo en casa!”. Me indigné al oír esto. El PCCh no solo empleaba tácticas de tortura para que traicionara a Dios y a mis hermanos y hermanas, sino que incluso trataba de coaccionarme amenazando el futuro y bienestar de mi familia. En China, cuando una persona cree en Dios, el PCCh persigue a toda la familia. Despreciaba a ese hatajo de demonios y estaba decidida a no permitir que sus trucos les funcionaran. Entonces respondí categóricamente: “Creo que todo está en las manos de Dios. ¡Jamás conseguirán que lo traicione!”. El agente golpeó nuevamente la mesa con rabia, se dio la vuelta y salió con paso airado.

Una mañana de finales de mayo, vino una agente a liberarme de la cárcel. Me pareció muy extraño. La policía me llevó entonces a la comisaría de la Policía local. Le estaba dando vueltas a esto cuando vi que mi padre y mi abuelo me miraban expectantes, mientras, a un lado, me observaba la policía. Comprendí que no me iban a soltar tan fácilmente, pero no sabía qué treta iban a probar. El comisario me dijo entonces: “Firma esta carta de garantía y dejaremos que te vayas a casa para estar con tu familia”. Al leer el documento, vi que rezaba: “Prometo dejar de creer en Dios y de tener contacto con los miembros de la Iglesia de Dios Todopoderoso. No haré nada en pro de la Iglesia ni tramitaré ningún documento para viajar al extranjero en los próximos tres años. Asimismo, deberé presentarme inmediatamente ante la Policía durante un año en libertad bajo fianza”. El PCCh trataba de forzarme a traicionar a Dios y romper todo vínculo con la Iglesia. Estaba sumamente enojada y me negué rotundamente a firmar. En vista de mi determinación, un agente me amenazó así: “Si no firmas esto, ¡te van a condenar a ir a la cárcel una temporada!”. Mi padre y mi abuelo se pusieron muy nerviosos y me apremiaron para que firmara. Me dijeron que habían pagado algo de dinero, que les había costado hacer contactos para conseguir la libertad bajo fianza en espera de juicio y que podría irme a casa con solo poner mi nombre en aquella carta. No podían saber que firmarla supondría negar y traicionar a Dios ante Satanás y perder mi testimonio. Me puse a llorar bajo tanta presión de la policía y de mi familia. Estaba confundida por dentro. Pensé: “Si no firmo, a saber cuánto tiempo estaré en la cárcel. Pero si firmo, ¡traicionaré a Dios!”. Me apresuré a orar para mis adentros y pensé en estas palabras de Dios: “Espero que todas las personas puedan dar un testimonio sólido y vibrante de Mí ante el gran dragón rojo, que puedan ofrecerse por Mí una última vez y cumplan Mis requisitos una última ocasión. ¿De verdad podéis hacerlo?” (“La Palabra manifestada en carne”). Sentí vergüenza ante la exigencia de Dios. Seguía pensando en mi carne y mi futuro en vez de satisfacer a Dios. También comprendí que el que mi familia me mandara firmar la carta en la que negaba mi fe era un truco del PCCh. Mi fe era justa y apropiada y yo iba por la senda correcta en la vida. No podía renunciar al camino verdadero y traicionar a Dios solo porque el PCCh me amenazara y mi familia me presionara. De ninguna manera firmaría esa carta. En ese momento, dije categóricamente: “Jamás lograrán que renuncie a mi fe. ¡Desistan de esa idea!”. Los policías estaban furiosos, pero tenían las manos atadas. Al final me dijeron que me iban a condenar a un año de libertad bajo fianza y que si se enteraban de que continuaba practicando mi fe, me detendrían y me caería una dura condena.

Me fui a casa, pero, en realidad, el PCCh no me había liberado en absoluto. Un día de finales de junio de 2017, la policía llevó a un abogado a mi casa para que tratara de lavarme el cerebro. Me dijo que la libertad religiosa en China era puro teatro ante los extranjeros y que en este país teníamos que obedecer al Partido Comunista. También comentó: “Cuando el partido dice ‘Salten’, nosotros respondemos ‘¿A qué altura?’, y si dice que no puedes tener fe, pues no puedes. De lo contrario, tendrás tu merecido”. Esto me indignó. El PCCh prueba todos los trucos posibles para hacernos renunciar a la fe. ¡En China, los cristianos no tenemos ninguna manera de defenderse! Recordé un pasaje de las palabras de Dios. “¿Libertad religiosa? ¿Los derechos legítimos y los intereses de los ciudadanos? ¡Todos son trucos para tapar el pecado! […] ¿Por qué levantar un obstáculo tan impenetrable a la obra de Dios? ¿Por qué emplear diversos trucos para engañar a la gente de Dios? ¿Dónde están la verdadera libertad y los derechos e intereses legítimos? ¿Dónde está la justicia? ¿Dónde está el consuelo? ¿Dónde está la cordialidad? ¿Por qué usar intrigas engañosas para embaucar al pueblo de Dios? ¿Por qué usar la fuerza para suprimir la venida de Dios? ¿Por qué no permitir que Dios vague libremente por la tierra que creó? ¿Por qué acosan a Dios hasta que no tenga donde reposar Su cabeza? ¿Dónde está la calidez entre los hombres?” (“La Palabra manifestada en carne”). Estas palabras de Dios me ayudaron a tener clara la malvada esencia del Gobierno del PCCh. El PCCh es un demonio de Satanás que detesta la verdad y se opone a Dios. Cuanto más ferozmente me persigue, ¡más quería rechazarlo de plano y seguir a Dios hasta el final! Posteriormente, la policía vino a mi casa varias veces a lavarme el cerebro y, una y otra vez, ordenó a los cuadros de la aldea que me dijeran que renunciara a mi fe. También obligó a mi familia a decirme que redactara una declaración de arrepentimiento y traicionara a Dios. Guiada por las palabras de Dios, pude sobrevivir a todos los ataques y tentaciones del PCCh hacia mí y mantenerme firme en el testimonio.

Aunque sufrí un poco físicamente a raíz de mi detención y hostigamiento por parte del PCCh, adquirí un discernimiento que me permitió ver la malvada esencia del PCCh y su rostro demoníaco de oposición a Dios. Lo aborrecí y rechacé desde el fondo de mi corazón. Durante mi acoso y sufrimiento, las palabras de Dios me guiaron para vencer las trampas de Satanás y me dieron fe y fortaleza para dominar mi debilidad carnal y mantenerme firme en el testimonio. En efecto, he experimentado personalmente la autoridad y el poder de las palabras de Dios ¡y tengo más fe que nunca para seguir a Dios Todopoderoso!

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