72. Aprendí a tratar correctamente a los demás

Por Siyuan, Francia

Un día se me acercó el hermano Chen, de nuestra iglesia, y me dijo que quería dar testimonio en su tiempo libre y aportar algo de vigor al trabajo evangélico. Por mi trato previo con el hermano Chen, sabía que tenía un carácter muy arrogante, así que albergaba algunas ideas y opiniones prejuiciosas sobre él. Además, a mi parecer, quienes dan testimonio deben tener cierto nivel de conocimiento de la Biblia. Deben saber comunicar claramente la verdad y responder las preguntas de aquellos a quienes predicamos el evangelio. Tenía la impresión de que él carecía de estas cualidades, por lo que no accedí. En vista de ello, dijo: “De acuerdo con mis habilidades, ¿no me crees capaz de dar testimonio? ¿No desperdiciaría mi talento si no lo hiciera?”. Al oír esto, me harté de verdad y pensé: “¿Te parece fácil dar testimonio? Si no tienes verdadero talento, ¿crees que puedes cumplir adecuadamente con este deber? Te tienes en demasiada estima. Sencillamente, ¡no conoces tu valía exacta!”. Después hablé con otros hermanos y hermanas de la situación del hermano Chen con el objetivo de lograr discernir su estado. Tras oír mis palabras, algunos hermanos y hermanas también afirmaron que el hermano Chen había manifestado conductas arrogantes. Esto me confirmó que, en efecto, mi opinión acerca del hermano Chen era certera. Nunca tuve conciencia de que, cuando hablaba informalmente sobre él sin buscar la verdad para entenderlo correctamente, en el fondo lo estaba juzgando y confabulándome con otras personas.

Una vez fui a una reunión con el hermano Chen. Mientras leíamos el plan de trabajo sobre cómo ver las películas de la familia de Dios viviendo la vida de iglesia, dijo: “Creo que los líderes y colaboradores no poseen la realidad de la verdad. Solo predican estudios y doctrinas en las reuniones y son incapaces de resolver las dificultades prácticas que afrontan los hermanos y hermanas. Está bien que ahora podamos ver películas en las reuniones. Esto nos ayudará a entender la verdad”. Prosiguió: “Cuando comencé a llevar a cabo este deber, tenía muchas dificultades porque no entendía los principios. Sin embargo, ahora que ya los comprendo, siento que cumplo con él con mucha más facilidad y los resultados que logro en el trabajo son especialmente buenos…”. Al oírle decir esto, el corazón se me soliviantó de aversión y rechazo. Pensé: “Qué bien aprovechas la ocasión. Usas la enseñanza del hermano desde lo alto para humillarnos a los líderes y colaboradores. Al mismo tiempo, no te has olvidado de dar testimonio de ti mismo y presumir. Eres, de verdad, muy arrogante e irracional…”. Luego nos pusimos a hablar de cómo íbamos a trabajar juntos en las cinco cuestiones que había que comunicar en la siguiente reunión. En ese momento, el hermano Chen se ofreció a encargarse de tres de ellas e incluso propuso a los responsables de las otras dos. Cuando dispuse que el líder del grupo se encargara de la siguiente reunión, Chen se apresuró a cuestionarlo: “¿Crees que puedes ocuparte de ello? ¿Lo sabes hacer?”. Por su tono de voz parecía pensar que solamente él sabría encargarse de la reunión. Ante esta conducta, pensé: “Eres muy irracional. ¿Eres capaz de hacer esto? Sólo quieres utilizar esta oportunidad como una plataforma para presumir ante los hermanos y hermanas. Quieres toda la atención, pero no lo permitiré”. A fin de que no lograra su objetivo, hice valer mi autoridad para reorganizar la reunión y que él no estuviera al frente. Al pensar en todas las conductas del hermano Chen, lo aborrecí tremendamente dentro de mi corazón y mis prejuicios hacia él se intensificaron más que nunca. En concreto, le había comunicado varias veces su conducta arrogante, pero únicamente la reconocía de palabra y después yo no percibía ningún cambio evidente. Por tanto, me parecía que tenía un nivel extraordinario de arrogancia. Era tan arrogante que yo creía que nunca podría cambiar y que no había esperanza para él. A veces llegué a pensar que, siendo tan arrogante, en el fondo no era apto para cumplir con su deber de aquel momento. Sencillamente, lo sustituiría por otra persona.

Después de que la reunión había concluido y yo había reflexionado acerca de cada uno de los conceptos e ideas que había revelado en ella, sentí un cierto reproche y gran malestar dentro de mi corazón. Oré a Dios: “¡Oh, Dios! Tengo muchos prejuicios y opiniones sobre el hermano Chen. Me parece muy arrogante. Ahora, cada vez que lo oigo hablar, en mi corazón nacen la aversión y el rechazo. Incluso quiero sustituirlo. ¡Oh, Dios! Sé que mi estado es un error. No obstante, no entiendo Tu voluntad ni sé en qué aspecto de la verdad debo entrar. Oh, Dios, te pido esclarecimiento y guía”. Tras terminar de orar, recordé un pasaje de un sermón: “¿Tenéis este tipo de opiniones en vuestro corazón? Cuando pensáis en alguien, primero pensáis en sus debilidades y en las formas en que es corrupto, ¿verdad? Si seguís pensando así, nunca podréis llevaros bien con los demás con normalidad… Pero como él cree sinceramente en Dios y desea buscar la verdad, su corrupción, en consecuencia, no tardará mucho en transformarse y desaparecer. Así debemos ver este problema y debemos contemplar los problemas con la perspectiva de madurar. No debemos fijarnos en la debilidad de una persona y condenarla para siempre diciendo que será así toda su vida, que es esa clase de persona. ¡Esto sería juzgarla y delimitarla! Al salvar a la gente, Dios no ha dicho que la humanidad haya sido corrompida hasta este punto, que, por tanto, no tenga sentido salvarla y que este sea el fin de la raza humana. Dios no lo ve así en absoluto. Por consiguiente, ahora todos nosotros buscamos la verdad. Todos deseamos buscar la verdad y creemos que, como mínimo, si continuamos la búsqueda, dentro de unos años seguro que podremos transformarnos ligeramente y al final seremos plenamente capaces de lograr una transformación de carácter y de ser perfeccionados por Dios. Todos tenéis este tipo de fe, ¿no? Dado que la tenéis, debéis creer que otras personas también la tienen” (‘Cómo establecer relaciones interpersonales normales’ en “Sermones y enseñanzas sobre la entrada a la vida I”). Las enseñanzas de este pasaje me mostraron claramente mi estado y sentí vergüenza. Vi lo arrogante y vanidosa que era mi naturaleza. Actuaba como si tuviera la verdad y fuera capaz de juzgar de forma certera a una persona a simple vista y de comprender su esencia a fondo. Recitándome a mí misma las palabras del sermón, me percaté de que, por mi trato con el hermano Chen, me daba la impresión de que era un joven orgulloso cuando veía que manifestaba su carácter arrogante en las palabras que decía y las cosas que hacía. Sentía que no se conocía en absoluto. Llegué a determinar en de mi corazón que era una persona arrogante, totalmente irracional y sin esperanzas de cambio; por eso nunca supe tratarlo de manera justa ni imparcial. Dios salva a las personas en la medida de lo posible, pero yo delimitaba al hermano Chen en todos los sentidos. Ahora Dios me había dejado en evidencia y me había hecho ver claramente mi arrogancia y mi vanidad. Para mí, mis puntos de vista y creencias eran la verdad y los criterios por los que juzgaba a las personas; era tremendamente irracional. ¿Consideraba y evaluaba a los demás con principios y criterios? ¿Acaso estaba en consonancia con la verdad mi manera de considerar y delimitar a las personas? Era más insignificante que un gusano. ¿Qué me capacitaba para juzgar y condenar a los demás? Las palabras de Dios dicen: “Las personas a las que Dios salva son las que tienen un carácter corrupto por medio de la corrupción de Satanás; no son personas perfectas sin la más mínima mancha ni son personas que vivan en el vacío” (‘La entrada en la vida es sumamente importante para creer en Dios’ en “Registros de las pláticas de Cristo”). Aún no hemos sido perfeccionados y continuamos en el proceso de transformación gradual a través de nuestra experiencia de la obra de Dios. Aunque manifestemos nuestro carácter corrupto o cometamos algunos pecados en el cumplimiento del deber, siempre que creamos sinceramente en Dios y busquemos la verdad, podremos transformarnos. Sin embargo, yo no observaba a los demás con vistas a madurar. Por el contrario, los delimitaba con mis puntos de vista y mi carácter corrupto. Era, de verdad, muy arrogante.

Luego leí otro pasaje de las palabras de Dios: “¿De acuerdo con qué principio debes tratar a los miembros de la familia de Dios? (Tratar con justicia a cada hermano y hermana.) ¿Cómo los tratas con justicia? Todos tienen pequeñas fallas y defectos, al igual que ciertas idiosincrasias, y todos tienen arrogancia, debilidad y áreas en las que son deficientes. Debes ayudarlos con un corazón amoroso, ser tolerante y paciente y no ser demasiado duro ni armar un escándalo por cada pequeño detalle. Si alguien es joven o no ha creído en Dios por mucho tiempo o solo ha comenzado a cumplir con su deber recientemente o tiene algunos requisitos especiales; si todo lo que haces es aferrarte a eso y no lo dejas ir, entonces a esto se le llama ser duro. Ignoras el mal que esos falsos líderes y anticristos han hecho y, sin embargo, cuando ves los pequeños defectos y fallas de tus hermanos y hermanas, te niegas a ayudarlos y, en cambio, eliges armar un escándalo por esas cosas y juzgarlos a sus espaldas, lo que hace que más personas se opongan a ellos, los excluyan y los releguen. ¿Qué clase de conducta es esta? Esto es solo hacer las cosas basándote en tus preferencias personales y no ser capaz de tratar a las personas con justicia; ¡esto muestra un carácter satánico corrupto! ¡Es una transgresión! Cuando las personas hacen cosas, Dios está observando; independientemente de lo que hagas y pienses, ¡Dios te ve! Si quieres comprender los principios, primero debes entender la verdad. Una vez que entiendes la verdad, puedes comprender la voluntad de Dios; si no entiendes la verdad, ciertamente no entenderás la voluntad de Dios. La verdad te dice cómo tratar a las personas y, una vez que has entendido esto, sabrás cómo tratar a las personas según la voluntad de Dios. Cómo debes tratar a los demás se muestra y se señala claramente en las palabras de Dios; la actitud con la que Dios trata al hombre es la actitud que las personas deben adoptar en su trato de unos hacia otros. ¿Cómo trata Dios a todas y cada una de las personas? Algunas personas son de estatura inmadura o son jóvenes o han creído en Dios por poco tiempo. La naturaleza y la esencia de algunas personas no es mala ni maliciosa; simplemente, son algo ignorantes o carecen de calibre o la sociedad las ha contaminado demasiado. No han entrado en la realidad de la verdad, así que les resulta difícil abstenerse de hacer algunas cosas estúpidas o cometer algunos actos de ignorancia. Sin embargo, desde la perspectiva de Dios, esos asuntos no son importantes: Él sólo ve el corazón de las personas. Si están decididas a entrar en la realidad de la verdad, se dirigen en la dirección correcta y tienen este objetivo, entonces Dios las observa, las espera y les da el tiempo y las oportunidades que les permitan entrar. No es que Dios las derribe de un solo golpe o las golpee en el momento en que cometen un error. Dios nunca ha tratado a las personas así. Dicho esto, si las personas se tratan de esa forma entre sí, ¿no es su carácter corrupto? Su carácter, precisamente, es corrupto. Debes ver cómo trata Dios a las personas ignorantes y estúpidas, cómo trata a los de estatura inmadura, cómo trata las manifestaciones normales del carácter corrupto del hombre y cómo trata a los que son maliciosos. Tiene diferentes maneras de tratar a las distintas personas y también tiene varias maneras de gestionar las innumerables condiciones de las diferentes personas. Debes entender la verdad de estas cosas. Una vez que has entendido estas verdades, entonces puedes saber cómo experimentarlas” (‘Para alcanzar la verdad, debes aprender de las personas, los asuntos y las cosas que te rodean’ en “Registros de las pláticas de Cristo”). Las palabras de Dios describen con gran claridad los principios y la senda para tratar a las personas. También explican que la actitud de Dios hacia los anticristos y los malvados rebosa odio, maldiciones y castigos. En cuanto a aquellos de pequeña estatura, que no son de buen calibre y que tienen toda clase de actitudes corruptas y defectos, mientras crean de verdad en Dios, estén dispuestos a buscar la verdad y sepan aceptarla y ponerla en práctica, la actitud de Dios hacia ellos será de amor, misericordia y salvación. En las palabras de Dios vi que Él tiene unos principios y criterios para tratar a cada persona. Dios nos exige amar a quienes Él ama y odiar a quienes Él odia. Debemos ser tolerantes y compasivos con los hermanos y hermanas que creen sinceramente en Dios y darles la oportunidad de arrepentirse y transformarse. No podemos hundirlos de un golpe cuando hayan manifestado su carácter corrupto, pues esto no es coherente con los principios y métodos de Dios para tratar a las personas, ni mucho menos Su voluntad. Me puse a pensar en cómo el hermano Chen asumía la carga de sus deberes, tenía sentido de la responsabilidad y sabía hacer algo de trabajo práctico. Jamás valoré plenamente sus fortalezas y méritos. Por el contrario, me fijaba en su corrupción sin dejársela pasar, lo juzgué y lo condené. ¡Mi naturaleza era verdaderamente siniestra!

Justo entonces recordé un pasaje de las palabras de Dios: “La actitud y la forma de Dios en que trataba a Adán y Eva son parecidas a la manera como los padres humanos muestran su preocupación por sus propios hijos. También es la forma como los padres humanos aman, cuidan y se ocupan de sus propios hijos e hijas, de una forma real, visible y tangible. En lugar de ponerse en una posición elevada y poderosa, Dios usó personalmente las pieles para confeccionar ropa para el hombre. No importa si este abrigo de piel se usó para cubrir su modestia o para protegerlos del frío. En pocas palabras, Dios hizo personalmente con Sus propias manos esta ropa, para cubrir el cuerpo del hombre. En vez de realizarlo sencillamente por medio del pensamiento o de métodos milagrosos como las personas imaginan, Él había hecho, justificadamente, algo que según el hombre Dios no podía o no debía hacer. Esto puede ser algo tan simple que algunos no considerarían digno de mencionar ni de pensar en ello; sin embargo, también permite que todos los que siguen a Dios, y estaban antes llenos de vagas ideas sobre Él, adquieran una percepción de Su autenticidad y Su hermosura, y vean Su naturaleza fiel y humilde. Hace que aquellos que son insufriblemente arrogantes, y se creen elevados y poderosos, inclinen avergonzados su engreída cabeza ante la autenticidad y la humildad de Dios” (‘La obra de Dios, el carácter de Dios y Dios mismo I’ en “La Palabra manifestada en carne”). Todas y cada una de las palabras de Dios me entibiaron el corazón. Podía sentir la preocupación y empatía de Dios por las personas y que Su cuidado y cariño eran reales. Cuando Adán y Eva desobedecieron el mandato de Dios y comieron el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, aunque Dios se escondió de ellos y los expulsó del jardín del edén, se apiadó y personalmente les hizo una vestimenta con pieles para que se la pusieran. Dios es verdaderamente hermoso y Su carácter, verdaderamente bello y bueno. Su actitud es paciente con los corruptos y transgresores. Gracias a Su compasión es capaz de perdonar la ignorancia, la debilidad y la inmadurez del hombre. Le da al hombre tiempo y ocasión de arrepentirse. Mientras espera, le da continuamente la provisión de la verdad para que el hombre entre en ella. La salvación de Dios al hombre es muy real. Dios es fiel y Su amor por el hombre es real, nada falso ni fingido, sino tangible y apreciable. Cuando pensé en esto, se me llenaron los ojos de lágrimas y empecé a llorar. Me puse a reflexionar sobre todas mis experiencias. En mi labor formando a líderes y colaboradores, como no había entrado en los principios, hacía cosas que interrumpían y alteraban el trabajo de la iglesia. Sin embargo, Dios no me descartó ni castigó, sino que utilizó el informe redactado por mis hermanos y hermanas para obligarme a hacer introspección, a arrepentirme y transformarme para poder cumplir con el deber según los principios. Cuando estaba negativa y débil, Dios me consoló y ayudó con Sus palabras. Además, motivó a los hermanos y hermanas que estaban a mi lado a comunicarme Su voluntad, lo que me fortaleció enormemente. En momentos en los que pecaba o cuando me equivocaba en el trabajo, cuando albergaba malentendidos, me protegía de Dios y me volvía negativa y holgazana en el trabajo, Dios me daba esclarecimiento y guía con Sus palabras para que entendiera Su voluntad, y percibía Su amor y salvación. Luego podía dejar atrás la negatividad y los malentendidos… ¿Dios no había obrado esto en mí mucho antes? Cuando percibí el ilimitado amor de Dios por mí, Su sincero amor ablandó mi obstinado y adormecido corazón. Le oré arrepentida: “¡Oh, Dios! Te he desobedecido y me he opuesto a Ti una y otra vez. Sin embargo, sigues tratándome con amor y tolerancia y demuestras comprensión de mis debilidades. Una y otra vez, me has dado esclarecimiento, guía, ayuda y provisión con Tus palabras. Me has guiado paso a paso hasta hoy. No soy digna de que inviertas tanto cuidado y esfuerzo en salvarme. ¡Oh, Dios! Me amas lo indecible. Mientras esperas pacientemente mi transformación, también me das oportunidades de arrepentimiento. Lo único que deseo es practicar de ahora en adelante conforme a Tu voluntad y Tus exigencias. Quiero ampararme en los principios de la verdad en mi trato con cada hermano y hermana que sinceramente crea en Ti”.

Luego leí otro pasaje de un sermón que dice: “Por ejemplo, eres líder y debes responsabilizarte de los hermanos y hermanas. Supón que un hermano o hermana no busca la verdad ni sigue el camino correcto. ¿Qué debes hacer? Ayudar a esta persona. Esta ayuda incluye la poda y el trato. Incluye la censura y la crítica. Esta es la manera de ayudar. Todo esto es amor. ¿Es preciso convencerla o emplear un tono de asesoramiento? No necesariamente. Si hay necesidad de podarla y tratarla, hazlo. Expón lo que haya que exponer, pues eres líder y colaborador. Si tú no ayudas, ¿quién lo hará? Este es el deber que debes cumplir” (‘Cómo se debe experimentar la obra de Dios con el fin de lograr la salvación y ser perfeccionado’ en “Sermones y comunicación sobre la entrada en la vida VI”). Con esta enseñanza aprendí que un líder o colaborador que verdaderamente tiene la realidad de la verdad trata a sus hermanos y hermanas con principios. Conoce su responsabilidad y su comisión. Sabe ampararse en los principios de la verdad para tratar a las personas según su naturaleza y esencia. Sabe darles ayuda práctica en función de su corrupción y sus defectos. Sabe cuándo debe ayudarlas con un corazón bondadoso, cuándo tratarlas y podarlas estrictamente y cuándo reprenderlas. Es capaz de comportarse adecuadamente, de tener principios, y no considera arbitrariamente enemigos a los hermanos y hermanas que hayan manifestado su corrupción. Me puse a pensar nuevamente en cómo trataba al hermano Chen. Cuando lo veía manifestar su carácter arrogante, no lo ayudaba ni respaldaba de forma práctica. No analizaba su naturaleza arrogante para ayudarlo a conocer la esencia de la misma ni para que viera claramente las peligrosas consecuencias de no transformar su carácter arrogante. Por el contrario, lo juzgaba, marginaba y condenaba arbitrariamente; incluso difundía a sus espaldas mis prejuicios sobre él. No mostraba tolerancia ni paciencia, ni mucho menos lo trataba con un corazón bondadoso. En ese momento entendí que no tenía los principios de la verdad en mi trato con este hermano y que no cumplía con mi deber y mis obligaciones. Entendí la voluntad de Dios y descubrí el sendero de práctica. Por consiguiente, fui a buscar al hermano Chen. Le señalé sus problemas y le ofrecí ayuda y apoyo. Al mismo tiempo, también lo traté y podé. Analicé sus puntos de vista incorrectos sobre la búsqueda y la senda equivocada que estaba tomando. Le hablé, asimismo, de la santa esencia de Dios y de Su carácter, que no admite ofensa… Gracias a Dios por Su guía. Comunicándome con él, el hermano Chen entendió un poco su naturaleza arrogante y la corrupción que había manifestado. Dijo: “Aunque sé que soy muy arrogante, a menudo solo lo reconozco de palabra. Nunca he analizado mi naturaleza arrogante en profundidad, ni mucho menos la he detestado de verdad. Hoy que tú me has señalado estas cosas, he descubierto que mi situación es muy nefasta y peligrosa. Dios no está en mi corazón y no respeto a nadie. Siempre me creo capaz. Especialmente cuando el trabajo da resultados, no solo le arrebato la gloria a Dios, sino que soy todavía más arrogante y vanidoso porque me creo una persona maravillosa. Estoy en la senda del anticristo, cometo malas acciones y me opongo a Dios. Hoy, tu advertencia y ayuda me han dado la oportunidad de hacer introspección, arrepentirme y transformarme…”. Oírle decir esto me conmovió de veras el corazón. Sentí en lo más hondo que yo no había cumplido bien con el deber y que no tenía un corazón compasivo. No había ofrecido ayuda ni apoyo a mi hermano, sino que me había valido de su corrupción para condenarlo. El juicio y castigo de las palabras de Dios era lo que me había salvado al hacerme ver con nitidez que tenía una naturaleza arrogante y siniestra, y al corregir mi absurda perspectiva. Leí sobre lo anterior en un pasaje de un sermón: “Puede afirmarse que todas aquellas personas que realmente aman la verdad y tienen voluntad de aspirar a ser perfeccionadas tienen un carácter arrogante y santurrón. Mientras sean capaces de aceptar la verdad, la poda y el trato y de obedecer completamente la verdad en toda circunstancia, esta clase de personas pueden alcanzar la salvación y ser perfeccionadas. De hecho, no hay nadie verdaderamente apto y que realmente tenga esa voluntad que no sea arrogante. Esto es un hecho. El pueblo elegido de Dios debe saber diferenciar. No debe determinar que una persona no es buena y no puede ser salvada y perfeccionada simplemente porque sea extremadamente arrogante y santurrona. Por muy ferozmente arrogante que sea la persona, mientras sea apta y capaz de buscar la verdad, es una persona a quien Dios quiere perfeccionar. Los criterios por los que Dios perfecciona a las personas consisten principalmente en ser buena personas, aptas y que busquen la verdad. Si una persona tiene muy poca apitud y continuamente es incapaz de entender la verdad, aunque su carácter sea extremadamente manso y nada arrogante, no sirve para nada y no vale la pena perfeccionarla. En este punto es preciso entender la voluntad de Dios. Si una persona tiene aptitud y voluntad y no es arrogante y santurrona, eso es, con toda seguridad, un disfraz o una apariencia superficial falsa, pues no existe tal persona. Uno debe saber que la humanidad corrupta tiene una naturaleza arrogante y santurrona. Este es un hecho innegable” (La comunicación desde lo alto). Esta enseñanza me ayudó a entender claramente la manera en que debía tratar a las personas de carácter arrogante. Aprendí que aquellas que lo tienen pueden transformarse y que la clave radica en si son o no capaces de buscar y aceptar la verdad. Si son capaces de aceptar la verdad, el juicio y castigo de Dios, la trata y la poda, por supuesto que pueden transformarse y ser perfeccionadas por Dios. Cuando en aquel momento reconsideré la situación del hermano Chen, me di cuenta de que, como era joven, no llevaba creyendo en Dios mucho tiempo ni había experimentado demasiado Su juicio y castigo, era bastante normal que manifestara un carácter arrogante y vanidoso. Satanás nos ha corrompido y nuestro carácter arrogante nos controla, por lo que nos encanta buscar el primer plano y presumir. Esta es una característica común en los seres humanos corruptos. ¿Acaso no he manifestado yo arrogancia y vanidad a menudo? ¿Por qué creo que yo puedo cambiar y él no? ¿Por qué son más laxos los criterios que he fijado para mí misma que los que he fijado para él? ¿No significa esto que soy incluso más arrogante que él? No es una forma justa de tratarlo. Cuando me di cuenta de esto, pude liberarme de mis sesgos y prejuicios contra el hermano Chen. Percibí que la esencia de su naturaleza no era mala. Tenía la determinación de buscar la verdad, solo que su carácter arrogante era un poquito más duro, y comprendí que debía ayudarlo con un corazón bondadoso y cumplir con mi responsabilidad.

Gracias a Dios por Su esclarecimiento y guía. Con esta experiencia, aprendí que quienes viven inmersos en su carácter corrupto, no tratan a los demás según los principios de las palabras de Dios y son incapaces de adoptar el planteamiento correcto acerca de las fortalezas y debilidades de otras personas, no pueden tratarlas de manera justa. No solo provocarán daños físicos y mentales a sus hermanos y hermanas, sino que también retrasarán su entrada en la vida. Puede que incluso los hagan pasar mal o los castiguen, tomando así la senda del anticristo. Gracias a Dios por la obra de juicio y castigo que llevó a cabo en mí en aquel tiempo. Cuando vivía inmersa en mi carácter rebelde y era incapaz de tratar a mi hermano según los principios de la verdad, Dios se apresuró a ejercer Su juicio y castigo para salvarme a tiempo y me hizo reconocer mi carácter arrogante y siniestro. Cuando me volví hacia Dios, me hice a un lado y busqué la verdad, recibí la guía y la iniciativa de Dios: con Sus palabras entendí cómo tratar a la gente con principios. Cuando traté al hermano Chen según las palabras de Dios, experimenté verdaderamente la paz y la estabilidad espirituales. Además, fui capaz de descubrir las fortalezas de mi hermano y aprender de ellas a subsanar mis defectos. Supe lo agradable que es poner en práctica las palabras de Dios. La obra y la guía de Dios fueron lo que me permitió entender algunas verdades y llegar a comprender un poco mi carácter y mis defectos. A su vez, creo sinceramente que es muy importante tratar a otras personas según los principios de la verdad. Únicamente deseo seguir poniendo en práctica las palabras de Dios en el cumplimiento del deber y tratar a cada uno de mis hermanos y hermanas de acuerdo con la verdad de las palabras de Dios.

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