30. No fue fácil dejar ir el estatus

Por Li Zheng, China

Nací en una familia de campesinos. Cuando era pequeño, perdí a mis padres, así que mi hermano mayor y yo tuvimos que depender uno del otro. Éramos muy pobres y las personas nos desdeñaban. Yo solía pensar: “Iré a la escuela, y, un día, sobresaldré del resto”. Desafortunadamente, tuve que dejar la escuela en mi segundo año de preparatoria pues no teníamos dinero. Mi sueño de destacar sobre los demás quedó arruinado y me sentí totalmente destrozado.

En 1990, encontré mi fe en el Señor Jesús. El predicador dijo que al creer en el Señor, no solo encontraremos paz en esta vida, sino que tendremos vida eterna en la vida futura. También dijo que cuantas más personas convirtiéramos mediante la difusión del evangelio, más bendecidos seríamos, y que recibiríamos nuestra recompensa y nuestra corona y reinaríamos como reyes junto a Dios. Alrededor de esa época, leí lo siguiente en la Biblia: “He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe. En el futuro me está reservada la corona de justicia que el Señor” (2 Timoteo 4:7-8). Así pues, decidí abandonar a mi familia e ir a difundir el evangelio para Dios. En aquel entonces yo estaba lleno de energía, y en menos de un año había convertido a varios cientos de personas. Ya que el número de personas convertidas aumentaba, para 1997 habíamos establecido cientos de iglesias con más de 30.000 personas. Yo tenía la última palabra respecto a todo lo que tenía que ver con las iglesias, e independientemente de a qué iglesia fuera a trabajar, los hermanos y hermanas siempre me recibieron con respeto y me llevaron en auto dondequiera que yo quería ir. Me proporcionaban comida deliciosa y un hermoso lugar donde hospedarme, y también pagaban mis gastos de viaje. Llegué a disfrutar estas cosas.

Un día, una líder de nivel superior nos pidió que asistiéramos a una reunión y dijo que ahora había una denominación llamada Relámpago Oriental que predicaba que el Señor Jesús había regresado como Dios Todopoderoso y nos dijo que sus sermones eran muy elevados. Ella dijo que muchos miembros buenos de las congregaciones de la iglesia habían sido robados por ellos y que incluso dos colaboradores de nuestra iglesia, el hermano Wang y el hermano Wu, habían aceptado al Relámpago Oriental. La líder nos pidió que rechazáramos rotundamente a estos dos hermanos, y dijo que si descubríamos que alguien más escuchaba los sermones del Relámpago Oriental, debíamos expulsarlo de inmediato. Todo esto me dejó sorprendido. Yo conocía bastante bien a estos dos hermanos; estaban bien versados en la Biblia y creían sinceramente en el Señor. Yo simplemente no podía comprender cómo podían haber aceptado al Relámpago Oriental. A medida que se acercaba el fin de año, estos dos hermanos realizaron una visita sorpresa a mi casa. Dudé durante un largo rato antes de decidir abrirles la puerta, pues tenían miedo de que hubieran venido a engañarme. Pero luego pensé: “Sea cual sea el caso, yo creo en el Señor, y no puedo alejar a estos dos hermanos de mi puerta”. Así pues, los invité a pasar. Y ellos dijeron que para recibir al Señor, yo tenía que enfocarme en escuchar la voz de Dios, y que no debía negarme a buscar o investigar el verdadero camino por miedo a ser engañado. Luego me brindó una enseñanza detallada sobre cómo ser una virgen prudente que escucha la voz de Dios y sobre cómo distinguir entre el camino verdadero y los caminos falsos. Pensé que lo que dijeron aquel día era tanto refrescante como esclarecedor. Yo estaba totalmente convencido. Cuando se fueron, me entregaron un libro y me dijeron que contenía las declaraciones de Dios Todopoderoso y me instaron a leerlo y a no perder la oportunidad de recibir al Señor. Después de que se fueron, comenzó a preocuparme que me hubiera dejado engañar, y si el líder de nivel superior descubría que yo había recibido a estos hermanos en mi casa, sería expulsado de la iglesia. Pero luego pensé: “Si Dios Todopoderoso en verdad es el Señor Jesús que ha regresado y yo no lo investigo por miedo a ser expulsado, entonces ¿acaso no me haría eso alguien que rechaza a Dios y se resiste a Él?”. Frente a este pensamiento, decidí en ese instante buscar la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días.

Después de eso, leí todos los días las palabras de Dios Todopoderoso. Mientras tanto, los dos hermanos me brindaron enseñanza sobre las tres etapas de la obra de Dios para salvar a la humanidad, sobre el misterio de la encarnación de Dios, sobre cómo Dios realiza Su obra de juicio en los últimos días para purificar y salvar al hombre, sobre cómo Dios finaliza las eras, cómo el reino de Cristo se manifiesta en la tierra, y más. Jamás había escuchado nada parecido en todos los años que tenía de creer en el Señor, y cuanto más escuchaba, más llenas de autoridad y poderosas me parecían las palabras de Dios Todopoderoso. Sentí más y más que Dios Todopoderoso podría, ciertamente, ser el Señor Jesús que ha regresado y que debía investigarlo. Pero siempre sentí un conflicto en mi interior. Los pastores y ancianos habían estado condenando al Relámpago Oriental durante varios años, y yo también los había seguido en cuanto a sellar la iglesia tan herméticamente como fuera possible y no permitir que nadie tuviera ningún tipo de contacto con el Relámpago Oriental y expulsar a cualquiera que aceptara su camino. Si yo aceptaba al Relámpago Oriental, ¿qué pensarían los más de 30.000 creyentes que estaban debajo de mí en la iglesia? Si todos me seguían y aceptaban también al Relámpago Oriental, entonces eso sería fantástico, Pero si no lo hacían, entonces, con toda seguridad ellos me rechazarían. Y pensé cómo yo había salido en todas las condiciones climáticas y había predicado y obrado día y noche, Y cómo me había arriesgado a ser cazado por el PCCh, Y cómo había establecido todas estas iglesias con mi sangre, mi sudor y mis lágrimas. Me había costado mucho llegar al punto en el que me encontraba y que tantas personas me tuvieran en tan alta estima; ¿cómo podía echar todo eso a la basura con tanta facilidad? Además, si todos los que estaban debajo de mí en la iglesia aceptaban a Dios Todopoderoso, ¿podría seguir siendo su líder? Pero luego pensé: “Si Dios Todopoderoso en verdad es el Señor Jesús que ha regresado y yo no lo acepto, ¿acaso no perdería la oportunidad de recibir al Señor?”. Le di vueltas y vueltas en mi mente, incapaz de decidir qué hacer. Justo en ese momento, mi esposa me sorprendió y entró apresuradamente y con entusiasmo tras escuchar las palabras de Dios Todopoderoso y dijo: “Escuché las palabras de Dios Todopoderoso y creo que son la voz de Dios. ¡Si Dios Todopoderoso en verdad es el Señor Jesús que ha regresado, entonces tenemos que investigarlo y aceptarlo tan pronto como podamos!”. Le respondí, enfadado: “Ya lo sé, pero no es tan sencillo. Los líderes y colaboradores de nuestra iglesia han sellado la iglesia de modo que a nadie se le permita investigar al Relámpago Oriental. Si yo acepto su camino, entonces ellos seguramente me rechazarán”. Pero esto simplemente hizo que mi esposa se agitara y dijera: “¿Por qué hemos estado creyendo en el Señor todos estos años? ¿Acaso no hemos estado esperando ansiosamente la venida del Señor de modo que podamos ser arrebatados al reino de los cielos? Ahora el Señor ha regresado; aun si no eres líder, ¡tienes que aceptar la obra de Dios y recibir al Señor!”. Dije que estaba de acuerdo con ella, pero por dentro pensaba: “Tú tienes la mente sencilla de una mujer. Yo tengo más de 30.000 personas a las cuales tomar en cuenta. Tengo que andar con cuidado. Necesito reflexionar al respecto un poco más”. Pasaron muchos meses sin que yo aceptara al Relámpago Oriental. Durante este tiempo, los hermanos y hermanas de la Iglesia de Dios Todopoderoso vinieron con frecuencia a verme. Compartieron enseñanza pacientemente conmigo, y, de hecho, yo llegué a sentir claramente en mi corazón que esta era, ciertamente, la obra de Dios, pero como no podía abandonar mi fuente de poder, seguí demorándome en aceptarlo. Después de un tiempo, los hermanos y hermanas se dieron cuenta del estado en el que me encontraba. En una ocasión, cuando estaba reunido con el hermano Bai y el hermano Song, el hermano Song me comunicó sus experiencias. Dijo que anteriormente también había sido líder de la iglesia y que había estado a cargo de una docena de iglesias. Después de que alguien le predicó el evangelio, a través de la lectura de las palabras de Dios Todopoderoso, él tuvo la certeza de que Dios Todopoderoso es el Señor Jesús que ha regresado. Pero cuando llegó el momento de aceptarlo en serio, comenzó a dudar, y pensó: “Si acepto a Dios Todopoderoso, ¿puedo seguir siendo líder? ¿Puedo seguir liderando a tantas personas?”. Luego recordó la parábola del Señor Jesús de los labradores malvados En Mateo, capitulo 21, versículos 33 al 41: “Había una vez un hacendado que planto una viña y la cerco con un muro, y cavo en ella un lagar y edifico una torre, la arrendó a unos labradores y se fue de viaje. Y cuando se acercó el tiempo de la cosecha, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores, tomando a los siervos, a uno lo golpearon, a otro lo mataron y a otro lo apedrearon. Volvió a mandar otro grupo de siervos, mayor que el primero; y les hicieron lo mismo. Finalmente les envió a su hijo, diciendo: ‘Respetarán a mi hijo’. Pero cuando los labradores vieron al hijo, dijeron entre sí: ‘Este es el heredero; venid, matémoslo y apoderémonos de su heredad’. Y echándole mano, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará a esos labradores? Ellos le dijeron: Llevará a esos miserables a un fin lamentable, y arrendará la viña a otros labradores que le paguen los frutos a su tiempo”. El hermano Song dijo cómo tuvo una aguda sensación de remordimiento. El Señor le había confiado a Su rebaño, y ahora el Señor había regresado, y, en lugar de dirigir a los hermanos y hermanas para que recibieran al Señor, él estaba tratando de usurpar al rebaño del Señor y de rechazar al Señor. Dijo que él había actuado exactamente como aquellos labradores malvados y que él era un siervo malvado que se estaba resistiendo al Señor. Se preguntó: “¿Acaso creo en Dios para poder convertirme en líder? ¿Lo hago por estatus y por tener un sustento? ¿En verdad creo en Dios?”. Sintió un gran remordimiento cuando pensó en estas cosas, así que se confesó y se arrepintió delante de Dios, y luego aceptó a Dios Todopoderoso. Luego difundió el evangelio a todos los hermanos y hermanas que estaban debajo de él. Cuando lo escuché dar esta enseñanza, me sentí sumamente avergonzado y molesto. Para salvaguardar mi propio estatus, me tardé en aceptar la obra de Dios Todopoderoso, aunque sabía que en verdad era la obra de Dios. Tampoco permitía que los hermanos y hermanas la investigaran; me estaba negando a entregarle a Dios Su rebaño. ¡Yo era un siervo malvado, y merecía ser maldecido y castigado! Sin embargo, cuando pensé en cuán herméticamente había sellado la iglesia, y cómo ninguna persona en mi iglesia había aceptado la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días, pensé: “Si lo acepto, ¿acaso no me estaría dando un balazo en el pie? ¿Dónde podría dar la cara? Si las personas de mi iglesia descubrían que yo había aceptado la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días, con toda seguridad me odiarían y me rechazarían, y entonces me quedaría sin nada”. Así que decidí que era mejor no aceptarla.

Unos días más tarde, en otra reunión con los dos hermanos, les hablé de mis preocupaciones. En aquel entonces yo era muy deshonesto, y me salía por la tangente; les pregunté: “Si las personas a las que dirijo también comienzan a creer en Dios Todopoderoso, ¿quién las liderará? ¿Serán los mismos líderes y colaboradores que hay ahora?”. Lo que realmente quería decir con esto era: “Yo todavía tengo que liderarlos y gestionarlos”. Sin embargo, el hermano Bai me sorprendió cuando dijo: “Después de que aceptamos la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días, es Dios mismo quien nos guía, nos riega y nos pastorea. En nuestra iglesia, Cristo y la verdad son quienes dominan. Los líderes de la iglesia son elegidos, así que quienquiera que comprenda la verdad y posea la realidad, y quienquiera que pueda regar a los hermanos y hermanas y resolver sus problemas prácticos es quien resulta electo”. Continuó diciendo: “Si buscas la verdad, entonces, tú también podrías ser escogido para ser líder. Existen muchas clases diferentes de deberes en la iglesia: líderes, predicadores del evangelio: todos tienen su propia función. No hay tales distinciones como ‘importante’ o ‘no importante’ o estatus ‘elevado’ o ‘bajo’ en lo que se refiere a los deberes. Eso es porque todos son iguales delante de Dios, lo cual difiere por completo de cómo ocurre en las denominaciones religiosas”. Cuanto más escuchaba al hermano Bai, más abatido me sentía, hasta tener la cabeza inclinada. Pensé: “No creo que sea capaz de ser líder para tantas personas nuevamente después de esto”.

El hermano Song se dio cuenta de cómo me sentía y compartió conmigo enseñanza sobre la experiencia del rey de Nínive. Dijo: “El rey de Nínive era el gobernante de una nación. Cuando escuchó a Jonás predicar las palabras de Dios, que decían que Nínive sería destruida, él se bajó de su trono y guio a todos en la ciudad que se cubrieran de arrepentimiento y cayeran de rodillas y se confesaran y se arrepintieran delante de Dios. Dios tuvo misericordia de ellos, y la ciudad fue pasada por alto”. Continuó diciendo: “Como líder de la iglesia ¿no deberías tratar de emular al rey de Nínive ahora que te enfrentas con un evento tan grande como la venida del Señor y guiar a los hermanos y hermanas para que se confiesen y se arrepientan delante de Dios?”. Lo que dijo me conmovió profundamente. Tenía razón; el rey de Nínive era el gobernante de una nación. Si alguien con una posición tan elevada pudo ser humilde y confesarse y arrepentirse delante de Dios, ¿por qué yo no podía abandonar mi estatus y aceptar la obra de Dios de los últimos días? Luego, el hermano Song continuó, diciendo: “Cuando el Señor Jesús llevó a cabo Su obra, los fariseos quisieron salvaguardar su cargo y su sustento, así que hicieron todo lo que estaba a su alcance por resistirse al Señor Jesús y condenarle, y mantuvieron a los fieles bajo su control. El Señor Jesús los reprendió con estas palabras: ‘Pero, ¡ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres, pues ni vosotros entráis, ni dejáis entrar a los que están entrando’ (Mateo 23:13)”. Luego, él me dijo: “Que Dios exprese la verdad y lleve a cabo la obra de juicio en los últimos días es el evangelio de la venida del reino de los cielos. Al principio, tú creíste las mentiras que te dijeron y seguiste a los líderes religiosos en cuanto a sellar la iglesia, e impediste que los hermanos y hermanas aceptaran la obra de Dios de los últimos días. Al hacer esto, desafiaste a Dios. Ahora has leído las palabras de Dios Todopoderoso y has llegado a la conclusión de que Él es el Señor Jesús que ha regresado. Si sigues negándote obstinadamente a aceptar la obra de Dios o a decirles a los hermanos y hermanas las nuevas sobre el regreso del Señor y les impides entrar en el reino de los cielos, estarás haciendo el mal a sabiendas y cometiendo otro error más”. Dijo: “¡Esto sería un enorme mal en contra de Dios! Si los hermanos y hermanas pierden la oportunidad de obtener la salvación debido a que nosotros se lo impedimos, ¡eso sería una deuda de sangre! No podríamos pagar esta deuda aun si muriéramos una y otra vez. Sin embargo, si llevas a los hermanos y hermanas delante de Dios, ellos no solo no te odiarán, sino que te agradecerán que compartas con ellos el evangelio del reino celestial y el camino de la vida eterna”.

Luego el hermano Bai nos leyó un par de pasajes de las palabras de Dios Todopoderoso. “Cuando Dios se hace carne y viene a obrar entre los hombres, todos lo miran y oyen Sus palabras, y todos ven los hechos que Dios obra dentro de Su cuerpo de la carne. En ese momento, todas las nociones del hombre se convierten en espuma. En cuanto a aquellos que han visto a Dios aparecer en la carne, no serán condenados si lo obedecen de buen grado, mientras que los que están contra Él intencionadamente se considerarán oponentes de Dios. Tales personas son anticristos y enemigos que están deliberadamente contra Él” (‘Todas las personas que no conocen a Dios son las que se oponen a Él’ en “La Palabra manifestada en carne”). “Hay algunos que leen la Biblia en grandes iglesias y la recitan todo el día, pero ninguno de ellos entiende el propósito de la obra de Dios. Ninguno de ellos es capaz de conocer a Dios y mucho menos es conforme a la voluntad de Dios. Son todos personas inútiles y viles, que se ponen en alto para enseñar a Dios. Se oponen deliberadamente a Él mientras llevan Su estandarte. Afirman tener fe en Dios, pero aun así comen la carne y beben la sangre del hombre. Todas esas personas son diablos que devoran el alma del hombre, demonio jefes que estorban a aquellos que tratan de entrar en la senda correcta y obstáculos que amenazan a los que buscan a Dios. Pueden parecer de ‘buena constitución’, pero ¿cómo van a saber sus seguidores que no son más que anticristos que llevan a la gente a levantarse contra Dios? ¿Cómo van a saber sus seguidores que son diablos vivientes dedicados a devorar a las almas humanas?” (‘Todas las personas que no conocen a Dios son las que se oponen a Él’ en “La Palabra manifestada en carne”). Después de que leyó estos pasajes, me sentí bastante consternado. Sentí como si me hubieran dado una bofetada en el rostro y me hubiera puesto rojo como remolacha. Quería que se abriera la tierra y me tragara. Yo sabía perfectamente bien que el Señor Jesús había regresado y que Él estaba expresando muchas verdades y llevando a cabo la obra de juzgar y purificar al hombre. Sin embargo, para salvaguardar mi puesto y mi sustento, me había rehusado a aceptar la obra de Dios de los últimos días y había sellado la iglesia de modo que las ovejas de Dios no pudieran escuchar Su voz y volver a Él. ¿En qué sentido era yo diferente a los fariseos que se resistieron al Señor Jesús tantos años atrás? El Señor es nuestro Pastor, y ahora Él ha regresado para llamar a Su rebaño de vuelta a Él; tenía que devolverle a Dios sus ovejas. ¿Cómo podría yo seguir tratando de proteger mi puesto ahora? ¿Acaso iba a esperar hasta que el castigo de Dios viniera sobre mí? Decidí que no podía desafiar a Dios durante más tiempo. Aun si yo ya no era líder y todos me rechazaban, tenía que aceptar la obra de Dios de los últimos días, llevar a los hermanos y hermanas delante de Dios y regresarle a Dios Su rebaño. Mientras pensaba esto, decidí aceptar la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días y comenzar a predicar el evangelio a aquellos a los que dirigía.

Tiempo después, con la guía del Espíritu Santo, más de 10.000 personas en mi iglesia aceptaron la obra de Dios de los últimos días. Gracias a Dios, finalmente llevé al rebaño de Dios delante de Él, y me sentí en paz y tranquilo.

Seis meses después, más y más personas en un área extensa se habían unido a la iglesia, así que fue necesario dividir las iglesias por región y se tuvo que elegir a líderes y colaboradores. Sin embargo, yo era muy arrogante, pues pensaba: “Sea como sea que dividan las iglesias, yo seguiré siendo líder debido a mi capacidad para obrar y mi experiencia. Puedo manejar varias iglesias; no hay problema”. Sin embargo, unos días después me encontraba en una reunión con dos hermanos cuando un líder de la iglesia vino y dijo: “Es momento de difundir el evangelio del reino. Necesitamos a algunos hermanos y hermanas de buen calibre que conozcan bien la Biblia para que vayan y difundan el evangelio en otras áreas. Se trata de una tarea especialmente importante. ¿Estarían dispuestos a ir ustedes tres?”. Los dos hermanos dijeron con gusto que sí, pero yo no estaba contento al respecto, y pensaba: “En mi antigua denominación dirigí iglesias por varios años y manejé a varios miles de personas. Ahora he regresado a predicar el evangelio mientras que algunos de los colaboradores que estaban debajo de mí se han vuelto líderes. ¿Cómo podré dar la cara? ¡Esto es humillante!”. Pensé en todos los años que había servido como líder, en los cuales me habían tenido en alta estima y me idolatraban dondequiera que iba, y me regalaban todo lo que yo quería. Ahora no tenía nada, y tenía que ir y soportar predicar el evangelio a cambio. Simplemente no podía aceptarlo. Pero habría sido demasiado vergonzoso haberme negado a hacerlo frente a los demás, así que accedí con renuencia. Pensé: “Tengo que predicar bien el evangelio. Siempre que pueda convertir a muchas personas, los hermanos y hermanas seguirán admirándome”. Y, cuando lo hice, logré predicar bien el evangelio. Al poco tiempo, más de 400 personas habían aceptado la nueva obra de Dios. En ese momento sentí que fuera adonde fuera, los hermanos y hermanas me recibían con entusiasmo y me admiraban. Una vez más estaba viviendo en el gozo que conllevaba el cargo que ocupaba, y mi entusiasmo por difundir el evangelio aumentó.

En agosto del año 2000, viajé fuera de la ciudad con el hermano Liu para difundir el evangelio. El hermano Liu había creído en Dios Todopoderoso durante más tiempo que yo y comunicaba claramente la verdad. Yo también estaba contento, pues pensaba lo grandioso que era poder aprovechar sus fortalezas para compensar mis propias carencias. En una ocasión, él y yo fuimos a predicar el evangelio a un grupo de personas que pertenecían a una denominación religiosa. Ellos sostenían algunas nociones religiosas y yo quería darles enseñanza. Pero debido a que mi propia comprensión de la verdad era tan deficiente, estaba ansioso por ayudar, pero no podía hacerlo. Al final, el hermano Liu les impartió enseñanza de manera sosegada para refutar sus nociones y habló objetiva y razonablemente. Esas personas a las que estábamos impartiéndoles enseñanza no la aceptaron al principio, pero a medida que escucharon, comenzaron a tener la certeza de que lo que el hermano Liu les decía era verdad, hasta que, finalmente, asintieron en señal de aceptación. Cuando vi esa escena, sentí tanto celos como admiración hacia el hermano Liu. Pensé: “El hermano Liu comunica con gran claridad. Si esto continúa, mi único papel consistirá en hacerlo ver bien, y los demás dirán que él es mejor que yo. ¡Eso es totalmente inaceptable! Tengo que equiparme con la verdad y tratar de superar al hermano Liu”. Después de regresar a casa, comencé a leer las palabras de Dios desde el amanecer hasta el atardecer, y me armé con las verdades de la difusión del evangelio. Incluso durante las comidas pensaba en cómo enseñaba el hermano Liu de modo que yo supiera cómo enseñar la próxima vez a quienes estaba dirigido el evangelio para verme, al menos, tan bien como el hermano Liu.

Sin embargo, para mi sorpresa, la siguiente vez que fuimos a predicarles el evangelio a esas personas hicieron algunas preguntas nuevas, y, una vez mas, no pude dar una enseñanza clara. Cuando vi que en realidad no estaban comprendiendo lo que yo decía, me sentí muy avergonzado. En ese momento, el hermano Liu se apresuró a tomar el mando. Ellos lo escucharon con atención, y asentían de vez en cuando, y, al final, entendieron todo muy bien. No obstante, yo solo había logrado avergonzarme a mí mismo y quería que la tierra se abriera y me tragara por completo. Pensé: “Vine con el hermano Liu, pero no pude enseñar con claridad y no fui de utilidad alguna. Ellos necesitaron que él entrara en acción y les ayudara a abordar sus problemas. ¡Qué humillante!”. Recuerdo que, para recuperar algo de dignidad, aproveché una pausa que hizo el hermano Liu en su enseñanza y dije unas cuantas palabras. Un día después, todos aceptaron el evangelio. Esto me puso muy feliz, pero por dentro me sentí un poco decaído. Sentí que no habían aceptado el evangelio por mí y que yo no había dado una buena imagen. Después de haber compartido los alimentos, esos recién llegados nos pidieron que habláramos sobre nuestras experiencias. Pensé: “Normalmente, el hermano Liu es quien destaca, pero esta vez tengo que aprovechar la oportunidad de hablar sobre mis propias experiencias para que ellos no piensen que soy alguien que no cuenta”. Así que comencé a hablar y a hablar sobre el trabajo que había realizado, el sufrimiento que había soportado y cómo había guiado a más de 10.000 personas de vuelta a Dios. ¡Vaya que me halagué! Algunos de esos hermanos y hermanas quedaron sorprendidos; otros me vieron con admiración, mientras que otros más simplemente escucharon con atención. Yo estaba encantado. Me paré erguido y hablé con confianza.

Cuando llegué a casa ese día, pensé: “Carezco de muchas verdades en lo que se refiere a difundir el evangelio. ¿Debería buscar al hermano Liu en relación con esto?”. Pero luego pensé: “Si busco al hermano Liu en relación con esto, ¿acaso no mostraría eso que él es mejor que yo? Olvídalo. Simplemente seguiré armándome con las verdades en secreto. No le preguntaré”. Posteriormente, cuando ambos fuimos a predicar el evangelio nuevamente, los hermanos y hermanas recibieron al hermano Liu de una manera muy cálida. Se arremolinaban a su alrededor y le preguntaban sobre una cosa y otra. Eso me molestó mucho Y simplemente bajé la cabeza y me quedé a un lado, pensando “¿Qué caso tiene que yo esté aquí si el hermano Liu da tan buena enseñanza? ¿Acaso no salgo sobrando a la vista de los demás? Él es quien siempre sobresale, y si eso continúa, nadie tendrá una buena imagen de mí”. De repente, me vino a la mente un pensamiento de rebeldía: que en realidad yo ya no quería llevar a cabo mi deber con el hermano Liu. Después de haber pensado esto, cuandoquiera que el hermano Liu y yo estábamos a punto de predicar el evangelio, yo comenzaba a buscar excusas y decía que no me sentía bien y que quería quedarme. Algunas veces, incluso cuando iba con él, yo no daba enseñanza y solo cuando alguien me hacía una pregunta yo decía con renuencia unas cuantas palabras. En esencia, yo no quería trabajar con él. Terminamos trabajando juntos por dos meses más, y mientras yo competía constantemente por obtener fama y luchaba por mis propios intereses personales. Mi condición se volvió cada vez más oscura; fue cada vez peor. Sin embargo, jamás pasó por mi cabeza el arrepentimiento. Fue en ese tiempo que Dios me castigó y me disciplinó.

Un día, me dijeron que fuera al noreste de China para difundir ahí el evangelio. Cuando escuché esto, rebosé de alegría y pensé: “Al menos ya no necesito trabajar con el hermano Liu. Este es mi momento de brillar, Y cuando convierta a las personas a través de predicarles el evangelio, todo se deberá únicamente a mí. Los hermanos y hermanas seguramente me admirarán”. Lo que no pude haber sabido era que, mientras me dirigía a ese lugar, la policía vio que yo no tenía mi tarjeta de identificación conmigo y me arrestaron, pues pensaron que yo era una especie de asesino fugitivo. Sin importar lo mucho que tratara de explicarles, ellos simplemente no escuchaban, y me torturaron durante tres días y tres noches. No me permitieron comer nada ni dormir o, incluso, tomar un sorbo de agua. Me golpearon hasta que me sangraron la boca y la nariz, y mis ojos estaban tan hinchados que no podía abrirlos. Me golpearon hasta dejarme hecho polvo. Recuerdo haberme desmayado varias veces; la muerte habría sido un alivio bendito. Sentí una gran angustia en mi corazón y odié a esos demonios por ser tan malvados. No hicieron una investigación meticulosa y no tenían ninguna evidencia; sin embargo, me interrogaron brutalmente. En ese momento, simplemente seguí orando a Dios, y le pedí que me protegiera y me guiara. Me di cuenta de que Dios estaba permitiendo que me ocurriera todo esto, y que yo tenía que buscar la verdad y aprender de lo que estaba ocurriendo. Luego comencé a reflexionar sobre mí mismo: “¿Por qué me está ocurriendo esto?”. Justo en ese momento, me vino a la mente un pasaje de las palabras de Dios: “Cuanto más busques de esta forma, menos recogerás. Cuanto mayor sea el deseo de estatus en la persona, mayor será la seriedad con la que sea tratada y mayor refinamiento el que tendrá que experimentar. ¡La gente así no vale nada! Tiene que ser tratada y juzgada lo suficiente como para que renuncie a estas cosas por completo. Si buscáis de esa manera hasta el final, nada recogeréis” (‘¿Por qué no estás dispuesto a ser un contraste?’ en “La Palabra manifestada en carne”). Mientras contemplaba las palabras de Dios, me di cuenta de cuán grande era mi deseo de tener estatus. Pensé en el tiempo que había pasado predicando el evangelio con el hermano Liu. Cuando vi que la enseñanza que impartía era buena y todos lo veían con admiración, me puse celoso y quise competir con él para ver quién era mejor. Hablé frente a los recién llegados sobre mis propias experiencias para exaltarme y alardear de modo que ellos me admiraran y me idolatraran. Cuando no recibí ningún tipo de admiración por parte de los hermanos y hermanas, tuve una actitud negativa y de resistencia y ya no quise trabajar con el hermano Liu, y, en mi deber, simplemente actuaba por inercia. Me di cuenta de que no estaba realizando mi deber para dar testimonio de Dios, sino que lo había estado utilizando para obtener fama y estatus a cambio. ¡Qué despreciable era yo! No había hecho más que ir tras la fama y tras mis propios intereses personales, y nunca me vino a la mente el arrepentimiento, a pesar de haber caído tan profundamente en las tinieblas. ¡Qué rebelde era yo! Cuanto más pensaba en ello, más me odiaba a mí mismo, así que oré a Dios. Dije: “Querido Dios: Yo siempre solía ir tras el estatus en mi deber y luchaba por tener fama y beneficios. ¡Cuánto lo habrás detestado! Ahora estás castigándome y disciplinándome, y yo quiero reflexionar sinceramente sobre mí mismo y obedecer Tus disposiciones e instrumentaciones. Si supero esto, deseo abandonar mi estatus y buscar sinceramente la verdad”. Para mi sorpresa, cuando me sometí y aprendí algunas lecciones, Dios me mostró Su misericordia. La policía logró encontrar mi ID en su sistema, y cuando se dieron cuenta de que yo no era un asesino, me soltaron.

Cuando volví a casa, fui al hospital a hacerme una revisión general Tenía la pierna derecha fracturada, así como una de las costillas. A lo largo de los siguientes meses, comí y bebí las palabras de Dios y reflexioné sobre mí mismo mientras me recuperaba en casa. Un día, leí esto en las palabras de Dios: “En vuestra búsqueda tenéis demasiadas nociones, esperanzas y futuros individuales. La obra presente es para tratar con vuestro deseo de estatus y vuestros deseos extravagantes. Las esperanzas, el estatus y las nociones son, todos ellos, representaciones clásicas del carácter satánico. La razón de que estas cosas existan en el corazón de las personas se debe, por completo, a que el veneno de Satanás siempre está corroyendo los pensamientos de las personas, y estas no son nunca capaces de sacudirse esas tentaciones satánicas. Viven en medio del pecado, sin embargo, no creen que sea pecado y siguen pensando: ‘Creemos en Dios, así que Él debe concedernos bendiciones y disponerlo todo para nosotros de forma adecuada. Creemos en Dios, así que debemos ser superiores a los demás, y tener más estatus y más futuro que cualquier otro. Dado que creemos en Dios, Él debe proporcionarnos bendiciones ilimitadas. De otro modo, no lo denominaríamos creer en Dios’. Durante muchos años, los pensamientos en los que se han apoyado las personas para sobrevivir han corroído sus corazones hasta el punto de volverse astutas, cobardes y despreciables. No solo carecen de fuerza de voluntad y determinación, sino que también se han vuelto avariciosos, arrogantes y obstinados. Carecen absolutamente de cualquier determinación que trascienda el yo, más aun, no tienen ni una pizca de valor para sacudirse la esclavitud de esas influencias oscuras. Los pensamientos y la vida de las personas están tan podridos que sus perspectivas de creer en Dios siguen siendo insoportablemente horribles, e incluso cuando las personas hablan de sus perspectivas de la creencia en Dios, oírlas es sencillamente insufrible. Todas las personas son cobardes, incompetentes, despreciables y frágiles. No sienten repugnancia por las fuerzas de la oscuridad ni amor por la luz y la verdad, sino que se esfuerzan al máximo por expulsarlas. ¿No son vuestros pensamientos y vuestras perspectivas actuales exactamente así? ‘Como creo en Dios, deberían lloverme las bendiciones y se me tendría que asegurar que mi estatus nunca descenderá y que se va a mantener por encima del de los incrédulos’. No habéis estado albergando ese tipo de perspectiva en vuestro interior solo uno o dos años, sino durante muchos más. Vuestro modo transaccional de pensar está exageradamente desarrollado. Aunque habéis llegado hoy hasta esta etapa, seguís sin renunciar al estatus, y en su lugar estáis luchando constantemente por investigarlo y observarlo a diario, con el profundo temor de que un día vuestro estatus se pierda y se arruine vuestro nombre. Las personas nunca han dejado a un lado su deseo de comodidad. […] Es difícil para vosotros dejar de lado vuestras perspectivas y vuestro destino. Ahora sois seguidores, y habéis obtenido cierto entendimiento de esta etapa de la obra. Sin embargo, todavía no habéis dejado a un lado vuestro deseo de estatus. Cuando tu estatus es alto buscáis bien, pero cuando es bajo, dejáis de buscar. Las bendiciones del estatus siempre están en vuestra mente. ¿Por qué la mayoría de las personas no pueden desprenderse de la negatividad? ¿Acaso la respuesta invariable no es que se debe a las perspectivas sombrías?” (‘¿Por qué no estás dispuesto a ser un contraste?’ en “La Palabra manifestada en carne”).

El hombre vive en medio de la carne, lo que quiere decir que vive en un infierno humano y, sin el juicio y el castigo de Dios, el hombre es tan inmundo como Satanás. El castigo y el juicio de Dios son la mejor protección del hombre y la mayor gracia. Solo a través del castigo y el juicio de Dios, el hombre puede ser despertado y odiar la carne y odiar a Satanás. La disciplina estricta de Dios libera al hombre de la influencia de Satanás; lo libera de su propio y pequeño mundo y le permite vivir en la luz de la presencia de Dios. ¡No hay mejor salvación que el castigo y el juicio!” (‘Las experiencias de Pedro: su conocimiento del castigo y del juicio’ en “La Palabra manifestada en carne”). Lloré mucho mientras leía estos pasajes. Finalmente, me di cuenta de que Dios juzga y castiga no porque Él odie al hombre, sino porque quiere salvarlo. Él quería rectificar mi visión equivocada de buscar la fama y el estatus. Desde que era pequeño, había vivido según los venenos satánicos de “Destacar entre los demás y honrar a los antepasados”, y “El hombre lucha hacia arriba; el agua fluye hacia abajo”. Yo quería sobresalir por encima de los demás a cada oportunidad, e incluso soñaba con ello. Después de que comencé a creer en el Señor, hice sacrificios y me esforcé simplemente por alcanzar un estatus elevado de modo que los hermanos y hermanas me admiraran y me idolatraran. Incluso quería reinar como rey junto a Cristo. ¡Mis ambiciones no tenían límites! Cuando escuché el evangelio de Dios Todopoderoso, supe que el Señor había venido, pero como yo no podía renunciar a mi puesto como líder, no quise aceptarlo, y por poco me convierto en un siervo malvado que impidió a los fieles entrar en el reino de Dios. A lo largo de los dos años anteriores, después de aceptar la obra de Dios Todopoderoso, parecía que yo había renunciado a mi posición de liderazgo, pero mi corazón seguía controlado por la fama y el estatus. Cuando los hermanos y hermanas me admiraban e idolatraban, yo era feliz y llevaba a cabo mi deber con energía. Sin embargo, cuando eran indiferentes conmigo, me sentía desalentado y molesto, y ya no quería realizar mi deber. Me di cuenta de que no estaba llevando a cabo mi deber para buscar la verdad y para que mi carácter cambiara o para ser elogiado por Dios, sino para sobresalir por encima de los demás de tal modo que otros me admiraran y cumplieran mis propias ambiciones y deseos. ¿Acaso no estaba utilizando descaradamente a Dios y tratando de engañarle? ¡Estaba desafiando a Dios! Estaba viviendo según estos venenos satánicos y me estaba volviendo cada vez más arrogante, sin una pizca de humanidad o razón. De no haber sido por el juicio y las revelaciones de las palabras de Dios y por Su castigo y Su disciplina, jamás me habría percatado de cuán profundamente había sido corrompido por Satanás o de cuán grande era mi deseo de tener estatus. Simplemente habría codiciado las bendiciones del estatus más y más, y me habría vuelto más y más depravado, hasta que, finalmente, fuera maldecido y castigado por Dios. Finalmente llegué a apreciar que todo lo que Dios hace —ya sea juicio, castigo, reprensión o disciplina—, todo ello es la salvación de la humanidad y el amor hacia ella.

Luego leí lo siguiente en las palabras de Dios: “El punto de vista de Dios es exigir que las personas recuperen su deber y su estatus originales. El hombre es una criatura de Dios y, por tanto, no debe excederse haciéndole exigencias a Dios y debe limitarse a cumplir con su deber como criatura de Dios” (‘El éxito o el fracaso dependen de la senda que el hombre camine’ en “La Palabra manifestada en carne”). “El hombre, como criatura de Dios, también debe cumplir con su deber. Independientemente de que sea el señor o el cuidador de todas las cosas, por muy alto que sea el estatus del hombre entre todas las cosas, sigue siendo un ser humano insignificante bajo el dominio de Dios, solo un ser humano insignificante, una criatura de Dios, y nunca estará por encima de Dios. Como criatura de Dios, el hombre debe procurar cumplir con el deber de una criatura de Dios y buscar amar a Dios sin hacer otras elecciones, porque Dios es digno del amor del hombre. Quienes buscan amar a Dios no deben buscar ningún beneficio personal ni aquello que anhelan personalmente; esta es la forma más correcta de búsqueda. Si lo que buscas es la verdad, si lo que pones en práctica es la verdad y si lo que obtienes es un cambio en tu carácter, entonces, la senda que transitas es la correcta. Si lo que buscas son las bendiciones de la carne, si lo que pones en práctica es la verdad de tus propias nociones y no hay un cambio en tu carácter ni eres en absoluto obediente a Dios en la carne, sino que sigues viviendo en la ambigüedad, entonces lo que buscas te llevará sin duda al infierno, porque la senda por la que caminas es la del fracaso. Que seas perfeccionado o eliminado depende de tu propia búsqueda, lo que equivale a decir que el éxito o el fracaso dependen de la senda que el hombre camine” (‘El éxito o el fracaso dependen de la senda que el hombre camine’ en “La Palabra manifestada en carne”). Después de leer las palabras de Dios, comprendí que yo soy un ser creado que debe ocupar su lugar apropiado, buscar amar a Dios, obedecerle, deshacerme de mis actitudes corruptas y realizar bien mi deber como un ser creado. Esta es la única búsqueda correcta. También me di cuenta de que el que alguien pueda o no alcanzar la salvación y ser perfeccionado no tiene que ver con que tenga estatus o no. Sea cual sea el deber que alguien realice, lo que Dios ve es su sinceridad y su obediencia, pues Él ve si la persona busca la verdad y si su carácter de vida ha cambiado. Cuando me percaté de esto, oré a Dios: “No importa qué deber lleve a cabo en el futuro, ya sea que tenga estatus o no, deseo buscar la verdad sinceramente y realizar bien mi deber como un ser creado”. Pasaron más de dos meses antes de que mis lesiones comenzaran a mejorar y yo pudiera ir a predicar nuevamente el evangelio. Lo que había cambiado era que yo ya no sentía que no tenía estatus, y, cuando trabajaba con otras personas, ya no luchaba por ser el mejor. Sentía que el solo hecho de llevar a cabo mi deber mostraba que había sido elevado por Dios.

Pasaron los años y pensé que estaba libre de las ataduras y los grilletes del estatus. Pero cuando Dios dispuso una nueva situación para mí, mi deseo de obtener estatus levantó nuevamente su horrible cabeza. Era el invierno de 2012. La policía estaba arrestando frenéticamente a los cristianos y era una época muy mala. Un día, los líderes y diáconos tuvieron una reunión en nuestra villa. Uno de los líderes vio que yo tenía tiempo libre, así que me pidió que me parara en la esquina de la calle y actuara como centinela. Esto me hizo sentir muy infeliz, pero considerando la seguridad de los hermanos y hermanas, accedí. Cuando el líder se fue, pensé: “Fui líder por varios años y siempre estuve afuera predicando el evangelio. Era preferible encontrar a un par de creyentes comunes y corrientes que realizar este trabajo denigrante de ser centinela. ¿Por qué tengo que hacerlo? Todos ustedes están ahí dentro celebrando una reunión mientras yo estoy afuera en el frío, arriesgándome y poniéndome en peligro. ¿Acaso no se debe esto a que no tengo estatus? Si yo fuera líder, no tendría que estar llevando a cabo el deber de vigilar como ahora”. De pronto, me di cuenta de que mi deseo de tener estatus había vuelto a las andadas. Así pues, me apresuré y oré a Dios: “Querido Dios, ahora tengo que realizar este deber denigrante y mi deseo de tener estatus ha surgido nuevamente. Oh, Dios. No quiero ser esclavizado nuevamente por el estatus. Por favor, guíame de modo que pueda deshacerme de los grilletes del estatus”. Luego leí lo siguiente en las palabras de Dios: “Algunas personas idolatran de manera particular a Pablo: les gusta salir a pronunciar discursos y hacer obra, les gusta reunirse y hablar; les gusta que las personas las escuchen, las adoren y las rodeen. Les gusta tener estatus en el corazón de los demás y aprecian que otros valoren la imagen que muestran. Analicemos su naturaleza a partir de estos comportamientos: ¿Cuál es su naturaleza? Si de verdad se comportan así, entonces basta para mostrar que son arrogantes y engreídos. No adoran a Dios en absoluto; buscan un estatus elevado y desean tener autoridad sobre otros, poseerlos, y tener estatus en sus mentes. Esta es una imagen clásica de Satanás. Los aspectos de su naturaleza que más destacan son la arrogancia y el engreimiento, la negativa a adorar a Dios, y un deseo de ser adorados por los demás. Tales comportamientos pueden darte una visión muy clara de su naturaleza” (‘Cómo conocer la naturaleza del hombre’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”). Tras leer las palabras de Dios, me di cuenta de que siempre estaba buscando cargos elevados, que siempre quería que otros me admiraran e idolatraran. Quería ocupar un lugar en el corazón de las personas, y, en esencia, esto significaba que yo quería ocupar el corazón de otras personas. ¡Estaba compitiendo con Dios por las personas! ¡Qué arrogante era mi naturaleza! Pensé en cómo Pablo siempre estaba exaltándose y dando testimonio de sí mismo, razón por la cual dijo: “Pues para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia” (Filipenses 1:21). Esto hizo que la mayoría de las personas lo admiraran y adoraran, tanto así, que el lugar que ocupaba en el corazón de las personas sobrepasó al lugar del Señor Jesús. ¿Acaso lo que yo estaba pensando y buscando en aquel momento no me hizo igual a Pablo? Ciertamente, yo me encontraba en la senda de los anticristos de resistirse a Dios; en verdad, yo había disgustado a Dios y a las personas, y merecía ser castigado. En los últimos días, Dios expresa la verdad para purificar y salvar a las personas, pero después de todos estos años de fe, yo no había hecho ningún esfuerzo por buscar la verdad ni había considerado buscar cambiar y convertirme en alguien que obedeciera y adorara a Dios. En cambio, utilicé todo mi pensamiento y toda mi energía en ir tras el estatus. Si continuaba de esa manera, sería maldecido y castigado por Dios. ¡Qué estúpido había sido!

Luego leí en las palabras de Dios: “Las personas son seres creados que no tienen nada de lo que puedan jactarse. Como sois criaturas de Dios, debéis llevar a cabo el deber de una criatura. No hay más requisitos para vosotros. Así es cómo oraréis: ‘¡Oh, Dios! Tenga estatus o no, ahora me entiendo a mí mismo. Si mi estatus es alto, se debe a Tu elevación; y si es bajo, se debe a Tu ordenación. Todo está en Tus manos. No tengo ninguna elección ni ninguna queja. Tú ordenaste que yo naciera en este país y entre esta gente, y lo único que debería hacer es ser absolutamente obediente bajo Tu dominio, porque todo está incluido en lo que Tú has ordenado. No pienso en el estatus; después de todo, solo soy una criatura. Si Tú me colocas en el abismo sin fondo, en el lago de fuego y azufre, no soy más que una criatura. Si Tú me usas, soy una criatura. Si Tú me perfeccionas, sigo siendo una criatura. Si Tú no me perfeccionas, te seguiré amando, pues no soy más que una criatura. No soy más que una criatura minúscula, creada por el Señor de la creación, tan solo una de entre todos los seres humanos creados. Fuiste Tú quien me creó, y ahora me has vuelto a colocar en Tus manos, para hacer conmigo Tu voluntad. Estoy dispuesta a ser Tu herramienta y Tu contraste, porque todo es lo que Tú has ordenado. Nadie puede cambiarlo. Todas las cosas y todos los acontecimientos están en Tus manos’. Cuando llegue el momento en que ya no pienses en el estatus, entonces te liberarás de él. Solo en ese momento serás capaz de buscar con confianza y valor, y sólo entonces, tu corazón podrá llegar a liberarse de cualquier restricción” (‘¿Por qué no estás dispuesto a ser un contraste?’ en “La Palabra manifestada en carne”). Después de leer las palabras de Dios, comprendí que si alguien tiene un estatus elevado, Dios lo ha elevado, y si alguien tiene un estatus bajo, entonces eso es lo que Dios ha predestinado. Sea como sea que trate a las personas y sin importar dónde nos coloque, siempre debemos someternos, hacer bien nuestro deber y no quejarnos. Esto es lo razonable que hay que hacer, y es lo que un auténtico ser creado hace. Cuando comprendí esto, estuve dispuesto a someterme y a practicar la verdad, y, a partir de ese momento, dediqué mi vida a ser el centinela. Me aseguraría de estar en guardia de modo que los líderes y diáconos pudieran llevar a cabo su reunión en paz. El líder me pidió que montara guardia durante las reuniones unas cuantas veces más después de eso, pero yo ya no pensaba en si tenía un estatus elevado o bajo; simplemente me sentía muy liberado y en paz.

A lo largo de esos años, Dios dispuso situaciones una y otra vez para exponerme y utilizó Sus palabras para juzgarme y castigarme de modo que yo verdaderamente llegara a ver cuán profundamente había sido corrompido por Satanás y cuán grande era mi deseo de tener estatus. También reconocí claramente que el estatus es algo que Satanás utiliza para mantener esclavizadas a las personas: cuanto más buscas el estatus, más te daña Satanás y juega contigo, y más desobedeces a Dios y te resistes a Él. También llegué a comprender lo que las personas deben buscar en su fe en Dios para poder ser salvas. Habiendo tenido un deseo tan fuerte de tener estatus y unas ambiciones tan grandes, los cuales he podido cambiar, obedecer las instrumentaciones y las disposiciones de Dios y llevar a cabo mi deber con obediencia, todo ello se debe al juicio y al castigo de Dios. Dios llevó a cabo grandes esfuerzos a mi favor ¡y desde el fondo de mi corazón le doy gracias a Dios Todopoderoso por salvarme!

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