37. Por qué motivos no se adopta una postura

Por Kelly, Corea del Sur

Hace algún tiempo era muy ineficiente en el deber. Cada vez que hacía un proyecto de video, lo modificaba muchas veces. Esto repercutía gravemente en el progreso del trabajo en general. Al principio creía que era por carecer de opiniones propias; cada vez que mis hermanos y hermanas sugerían correcciones, yo no evaluaba si eran necesarias según los principios y simplemente hacía los cambios que sugerían. Algunas sugerencias no eran muy razonables, por lo que había que repetir el trabajo constantemente. Después, tras ser podada y tratada y hacer introspección conforme a lo que revela la palabra de Dios, me percaté de que me faltaba firmeza por mis actitudes satánicas y mis intenciones despreciables.

Eso fue hace varios meses. Entonces había unos hermanos y hermanas que eran arrogantes y santurrones, siempre se aferraban a sus opiniones y eran incapaces de aceptar sugerencias ajenas, lo que repercutía gravemente en el progreso del trabajo. Nuestra líder habló con ellos varias veces para revelarlos, pero no cambiaron y fueron destituidos. Al ver que los habían destituido, me advertí en secreto: “Cuando los hermanos y hermanas me den sugerencias en lo sucesivo, no puedo aferrarme a mis opiniones”. Posteriormente, cuando todos daban sugerencias para revisar un video, casi siempre las adoptaba, aunque en algunos casos se tratara de cuestiones menores que en realidad no hacía falta cambiar. De hecho, creía que algunas de esas sugerencias no eran acordes con los principios y que algunas cuestiones eran sumamente triviales, pero me preocupaba: “Si no hago esta revisión, ¿qué pensarán de mí mi supervisora y mis hermanos y hermanas? ¿Les parecerá que soy arrogante e incapaz de aceptar consejos de nadie? Si les doy la mala impresión de no aceptar la verdad, mi destitución será inminente. Además, no estoy del todo segura de mis opiniones. Si estoy equivocada, no hago un cambio necesario y descubren el problema una vez publicado el video en internet, yo seré la responsable”. Tras pensarlo, y para mayor seguridad, acepté todas las sugerencias e hice nuevas correcciones. A veces había distintas sugerencias sobre un mismo asunto, con lo que hacía varias versiones y le pedía a mi supervisora que decidiera cuál era la mejor, o bien, mientras nuestro equipo debatía el trabajo, lo hablaba con los hermanos y hermanas y tomábamos juntos la decisión final. Pensaba: “Mi supervisora y la mayoría de los hermanos y hermanas tomaron esta decisión. Como es la opinión mayoritaria, no debería haber grandes problemas. Es el método más seguro. Si algo falla en un futuro, no será solo responsabilidad mía”. En ocasiones recibía muchas sugerencias y dudaba de cómo hacer correcciones, así que recurría a la supervisora para que me ayudara a decidir qué hacer. De vez en cuando escuchaba demasiados consejos y, al final, no sabía qué efecto presentar, por lo que el deber se cumplía de forma muy ineficiente. En los debates de trabajo, mis constantes peticiones a los hermanos y hermanas para que me ayudaran a decidir les quitaban tiempo de su deber y demoraban el progreso general del trabajo.

Una vez, estaba haciendo una imagen de fondo de video. Tenía que reflejar el estado de sufrimiento de quienes viven en pecado, así que la hice en tono oscuro a contraluz. A unos hermanos y hermanas les pareció demasiado oscura y fea y me sugirieron que aclarara un poco la foto y añadiera luz y efectos de sombra. Yo tenía dudas acerca de estas sugerencias. A tenor del tema, una imagen con demasiado brillo no se ajustaba al ambiente general de la gente que vive en tinieblas, y añadir brillo vulneraría la objetividad, así que no me pareció una sugerencia razonable. Sin embargo, luego pensé que, como lo habían sugerido varias personas, si no lo hacía y eso repercutía en el efecto del video una vez publicado en internet, yo sería la responsable. Mientras me debatía al respecto, vi que la líder también aceptaba la corrección, por lo que empecé a transigir. Si proponía mi opinión y mostraba mi desacuerdo con la corrección, ¿pensarían todos que estaba empeñada en mi opinión? ¿Que estaba poniendo excusas para no cambiarla porque era trabajoso? Así pues, decidí modificarla. Si había algún problema, no sería solo responsabilidad mía, pues había hecho el cambio en función de las sugerencias de todos. Tenía claro que ese cambio no procedía, pese a lo cual dediqué mucho tiempo a modificar toda la imagen. Me asombró que, una vez que terminé, la supervisora la evaluara según los principios pertinentes y su efecto real tras la corrección, y dijera que no concordaba con los hechos objetivos y que tenía que modificarla otra vez. Añadió que últimamente era pasiva en el deber, que no opinaba sobre las sugerencias ajenas y entorpecía el progreso del trabajo, y me pidió que hiciera introspección. No pude calmarme durante un buen rato y me sentía muy triste y culpable. Me había pasado mucho tiempo modificando la imagen, y ahora tenía que volver a modificarla, lo que, efectivamente, demoraba el progreso del trabajo. Me di cuenta de que, en esa época, cada vez que me enfrentaba a distintas sugerencias, en realidad tenía opiniones propias, pero, para que no me consideraran arrogante, no las expresaba. Ante la incertidumbre sobre un problema, no buscaba los principios verdad, esperaba a que otros tomaran la decisión final, y siempre hacía las cosas según las órdenes de otras personas. Esa forma de cumplir con el deber era realmente demasiado pasiva y había demorado la labor de la iglesia. Me presenté ante Dios a orar para pedirle que me guiara para hacer introspección y conocerme.

Mientras buscaba y meditaba, leí la palabra de Dios: “Para poder cumplir con un deber en la casa de Dios, hay que ser personas cuya carga sea el trabajo de la iglesia, que asuman la responsabilidad, que defiendan los principios verdad, y sean capaces de sufrir y pagar el precio. Si uno carece de estos aspectos, no es apto para cumplir con un deber y no posee las condiciones para ello. Hay muchas personas con miedo a asumir la responsabilidad de cumplir con un deber. Su miedo se manifiesta de tres maneras básicas. La primera es que eligen deberes que no exigen asumir responsabilidades. Si un líder de la iglesia les ordena un deber, primero preguntan si deben responsabilizarse de él; si es así, no lo aceptan. Si no exige que asuman la responsabilidad y se responsabilicen de él, lo aceptan a regañadientes, pero aun así deben comprobar si el trabajo es agotador o incómodo y, pese a su aceptación a regañadientes del deber, no están motivadas para cumplir bien con él y siguen prefiriendo ser descuidadas y superficiales. Su principio es: ocio, no negocio, y ninguna penalidad física. En segundo lugar, cuando les acontece una dificultad o se encuentran con un problema, su primer recurso es informarlo a un líder para que este se ocupe y lo resuelva, con la esperanza de que ellas puedan conservar la tranquilidad. No les importa cómo se ocupe el líder del asunto y no le dan importancia; mientras ellas no sean las responsables, todo bien. ¿Es leal a Dios esta forma de cumplir con el deber? A esto se le llama escurrir el bulto, incumplir con el deber, hacer trucos. Es pura charla, no están haciendo nada real. Se dicen a sí mismas: ‘Si tengo que solucionar esto, ¿qué pasa si termino cometiendo un error? Cuando investiguen quién tiene la culpa, ¿acaso no se encargarán de mí? ¿No recaerá la responsabilidad sobre mí primero?’. Esto es lo que les preocupa. Sin embargo, ¿crees tú que Dios lo escruta todo? Todo el mundo comete errores. Si una persona de intención correcta carece de experiencia y no se ha ocupado anteriormente de algún tipo de asunto, pero lo ha hecho lo mejor posible, eso es visible para Dios. Debes creer que Dios escudriña todas las cosas y el corazón del hombre. Si uno ni siquiera cree esto, ¿no es un no creyente? ¿Qué puede importar que alguien así cumpla con un deber? En realidad, no importa si cumplen o no con este deber, ¿verdad? Tienen miedo de aceptar la responsabilidad y la evitan. Cuando algo sucede, lo primero en lo que piensan no es en una manera de encargarse del problema, sino que lo primero que hacen es llamar y notificar al líder. Por supuesto, hay algunos que tratan de ocuparse del problema por su cuenta al tiempo que se lo notifican al líder, pero otros no, y lo primero que hacen es llamar al líder, y tras eso se limitan a esperar con pasividad, aguardando instrucciones. Cuando el líder les manda que den un paso, dan un paso. Si el líder les dice que hagan algo, eso hacen. Si el líder no dice nada o no da instrucciones, no hacen nada y solo procrastinan. Si nadie los espolea o los supervisa, no realizan ningún trabajo en absoluto. Dime, ¿está esa persona cumpliendo con un deber? Aunque esté prestando un servicio, ¡no tiene lealtad! Hay otra forma en que se manifiesta el miedo de alguien a asumir responsabilidades. Cuando cumplen con su deber, algunas personas solo hacen un poco de trabajo superficial y sencillo, un trabajo que no conlleva asumir responsabilidades. Descarga sobre otros el trabajo que conlleva dificultades y responsabilidad, y si algo llega a ir mal, culpa a esa gente y no se mete en líos. Cuando los líderes de la iglesia se dan cuenta de que son irresponsables, ofrecen ayuda con paciencia o podan y tratan con ellos para que puedan responsabilizarse. Sin embargo, no quieren hacerlo y piensan: ‘Es muy difícil cumplir con este deber. Tendré que aceptar la responsabilidad cuando las cosas vayan mal, y puede que incluso me expulsen y descarten, y ese será el fin para mí’. ¿Qué clase de actitud es esta? Si no tienen sentido de la responsabilidad al llevar a cabo su deber, ¿cómo pueden hacerlo bien? Los que no se gastan por Dios de verdad no pueden llevar a cabo bien ningún deber, y los que temen aceptar responsabilidad solo demorarán las cosas cuando cumplan con su deber. La gente así no es fiable ni formal; solo cumple con el deber para poder comer. ¿Hay que descartar a estos ‘pordioseros’? Sí. La casa de Dios no quiere a esa gente(La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 8: Querrían que se les obedeciera solo a ellos, no a la verdad ni a Dios (I)). La palabra de Dios revelaba mi estado. Recordé mi desempeño en el deber durante esa época. Cuando recibía tantas sugerencias, me daba cuenta de que algunas no procedían. Algunas correcciones iban en contra de los principios y otras eran innecesarias. No obstante, temía que si no escuchaba los consejos de todos y algo fallaba, tendría que asumir yo sola la culpa. También temía que aferrarme a mi punto de vista le diera a la gente la impresión negativa de que era arrogante y santurrona, por lo que satisfacía las opiniones de todos, hacía todos los cambios que sugirieran los demás, hasta corregía las cosas reiteradamente y hacía varias versiones, y esperaba a que decidieran la supervisora y mis hermanos y hermanas. Nunca buscaba los principios verdad ni tomaba decisiones propias por temor a cargar con la culpa. Esta manera de hacer las cosas me parecía más segura porque, cuando se trataba de una decisión grupal, los problemas eran menos probables, y aunque hubiera alguno, yo no estaría sola. Aparentemente, siempre estaba ocupada en el deber, pero en realidad pensaba en mis intereses en todo y en cómo protegerme y eludir la responsabilidad. Con ello, ¿no hacía trampa? Al cumplir así con el deber, aparentemente solo aportaba mi trabajo y hacía lo que me decían. Nunca era diligente ni asumía la responsabilidad en el deber. No tenía en cuenta para nada la obra de la iglesia y, ciertamente, carecía de toda humanidad. Los que cumplen sinceramente con el deber tienen en cuenta los intereses de la iglesia en todo, y ante cuestiones que no entienden, buscan la voluntad de Dios y los principios verdad, y se sienten unidos a Dios en el deber. ¿Y yo? Era absolutamente falsa e irracional en el deber. Como una empleada, esperaba que me mandaran hacer algo. Jamás procuraba resolver los problemas con la verdad. Con esta forma de cumplir con el deber, yo no tenía nada que ver con Dios ni con la verdad. Actuaba superficialmente por inercia, ni siquiera estaba a la altura de una hacedora de servicio.

Recordé otro pasaje de la palabra de Dios: “¿Cuál es el estándar a través del cual las acciones y el comportamiento de una persona son juzgados como buenos o malvados? Que en sus pensamientos, efusiones y acciones posean o no el testimonio de poner la verdad en práctica y de vivir la realidad verdad. Si no tienes esta realidad ni vives esto, entonces, sin duda, eres un hacedor de maldad. ¿Cómo considera Dios a los hacedores de maldad? Para Dios, tus pensamientos y tus acciones externas no dan testimonio para Él, no humillan a Satanás ni lo derrotan; en cambio, avergüenzan a Dios, están llenas de marcas del deshonor que le has causado a Él. No estás dando testimonio para Dios, no te estás gastando por Él y no estás cumpliendo tus responsabilidades y obligaciones hacia Dios, sino que más bien estás actuando para ti mismo. ¿Qué significa ‘para ti mismo’? Siendo precisos, significa ‘para Satanás’. Así que, al final Dios dirá: ‘Apartaos de mí, los que practicáis la iniquidad’. A ojos de Dios tus acciones no se verán como buenas, se considerarán actos malvados. No solo no obtendrán la aprobación de Dios, además serán condenadas. ¿Qué espera obtener alguien con una fe así en Dios? ¿Acaso no se quedaría esta fe en nada al final?(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. La libertad y la liberación solo se obtienen desechando la propia corrupción). A partir de las palabras de Dios entendí que Él observa el corazón de todos. No se fija en cuánto trabajamos ni en cuánto sufrimiento soportamos. Se fija, en cambio, en si los propósitos de la gente en el deber son para Él o para sí misma y en si tiene testimonio de práctica de la verdad en el deber. Si se cumple con el deber solo para satisfacerse a uno mismo, a ojos de Dios, eso es iniquidad, y Él la aborrece. Con la palabra de Dios vi que, en el cumplimiento del deber, pensaba en mí misma. Para no asumir responsabilidades, corregía cosas que no eran importantes, por más que tardara, incluso haciendo correcciones reiteradas sin preocuparme por las demoras en el progreso del trabajo. Contra mi voluntad, hacía correcciones basadas en sugerencias que claramente sabía que no procedían, con lo que la calidad de los videos empeoraba. Demoraba el trabajo, pero nunca me preocupaba ni tenía sensación de urgencia, ni tampoco trataba de mejorar la eficiencia buscando los principios verdad. En el deber me limitaba a seguir los procedimientos y hacer las cosas sin interés y creía que, mientras terminara la corrección y todos dieran su visto bueno, estaba bien. Mi conducta irresponsable no tenía nada de cumplimiento del deber y no me servía para acumular buenas acciones. Era iniquidad. Por proteger mis intereses, entorpecía una y otra vez el trabajo de la iglesia. Era una mera sierva de Satanás, ¡y perturbaba la labor de la iglesia! Me aterró pensar en esto. Me apresuré a orar a Dios para pedirle que me guiara para cambiar de actitud hacia el deber.

Después, frente a las diversas sugerencias que me hacían en el deber, primero me presentaba ante Dios a orar y buscar, analizaba qué cambios de los sugeridos hacían falta y cuáles no y pensaba en cómo mejorar mi eficiencia para obtener un mejor resultado. Sobre los cambios sugeridos que no eran necesarios, exponía mis opiniones en función de los principios que comprendía, buscaba y hablaba con todos y lograba el consenso. Esta práctica me hizo un poco más eficiente en el deber. Creía haber cambiado algo y obtenido cierta entrada en este aspecto, pero cuando me topaba con cosas que podían implicar asumir responsabilidad, volvía a las andadas.

Una vez, hice una viñeta en video y cada cual tenía una opinión distinta de algunos detalles de la imagen. Tras debatirlo y comunicarnos, aún no habíamos decidido cómo modificarla y estuvimos atascados bastante tiempo. En realidad sabía que, en una viñeta, siempre que luzca bien y el contenido de la imagen no vulnere la realidad objetiva, no hace falta demorarse en los detalles. No obstante, después de oír tantas sugerencias distintas, no sabía qué hacer: “Si cambio cosas de acuerdo con mis ideas, ¿qué pasará si hay algún problema una vez que se suba el archivo del video? Será responsabilidad mía”. Como me daba miedo ser responsable de algún error, me puse nuevamente a hacer varias versiones según las sugerencias de todos y esperé a que me transmitieran una decisión definitiva. Sin embargo, al final, nadie me dio una respuesta clara. Conforme pasaban los días, me puse muy nerviosa. ¿No estaba demorando de nuevo el progreso del video? Me pregunté: “¿Por qué es tan difícil tomar una decisión? ¿Por qué siento que tengo las manos atadas y no las puedo desatar?”. Así pues, me presenté ante Dios a orar y buscar, y le pedí que me guiara para reflexionar y conocerme a mí misma.

Más tarde leí la palabra de Dios: “Debes ser una persona honesta, debes tener sentido de la responsabilidad ante los problemas, y debes encontrar la manera de buscar la verdad para resolverlos. No seas traicionero. Si eludes la responsabilidad y te lavas las manos cuando surgen los problemas, hasta los incrédulos te condenarán, ya no digamos la casa de Dios. Él condena y maldice esto, y el pueblo escogido de Dios desprecia y rechaza tal comportamiento. Dios ama a los honestos, pero odia a los mentirosos y esquivos. Si eres alguien traicionero e intentas engañar, ¿acaso Dios no te odiará? ¿La casa de Dios simplemente te dejará eludir las consecuencias? Tarde o temprano, se te hará responsable. A Dios le agradan los honestos y le desagradan los traicioneros. Todos deben entender esto claramente y dejar de estar confundidos y de hacer tonterías. La ignorancia momentánea es entendible, pero negarse por completo a aceptar la verdad es una mera muestra de obstinación. Los honestos pueden asumir la responsabilidad. No consideran sus propios beneficios y pérdidas, solo resguardan la obra y los intereses de la casa de Dios. Tienen un corazón bondadoso y honesto que es como un recipiente de agua cristalina cuyo fondo puede verse de un vistazo. Asimismo, en sus actos hay transparencia. Una persona astuta siempre engaña, siempre oculta las cosas, se encubre y se enmascara de tal manera que nadie puede verla tal cual es. La gente no puede calar tus pensamientos internos, pero Dios puede ver las cosas más profundas que hay en tu interior. Si Él ve que no eres honesto, que eres esquivo, que jamás aceptas la verdad, que siempre intentas engañarlo y que no le entregas tu corazón, no le vas a gustar a Dios, sino que te va a odiar y a abandonar. Aquellos que prosperan entre los incrédulos, gente con un pico de oro e ingenio, ¿qué clase de personas son? ¿Lo veis claro? ¿Cuál es su esencia? Se puede decir que son todos extraordinariamente calculadores, extremadamente astutos y traicioneros, que son el auténtico diablo Satanás. ¿Podría Dios salvar a alguien así? No hay nada que Dios odie más que a los diablos, a las personas astutas y traicioneras. De ninguna manera salvará Dios a tales personas, así que hagáis lo que hagáis, no debéis ser personas de este tipo. Aquellos que son ingeniosos y tienen en cuenta todos los ángulos cuando hablan, que son diestros y hábiles para ver por dónde van los tiros cuando manejan sus asuntos; esos, te digo, son aquellos a los que más aborrece Dios, la gente así está más allá de la salvación. Cuando la gente es astuta y traicionera, por muy bonitas que suenen sus palabras, no dejan de ser mentiras engañosas. Cuanto más bonitas suenan sus palabras, más son el diablo Satanás. Este es exactamente el tipo de personas que Dios más desprecia. A ver qué me decís de esto: ¿Puede la gente que es astuta, a la que se le da bien mentir, que tiene labia, recibir la obra del Espíritu Santo? ¿Pueden recibir la iluminación y el esclarecimiento del Espíritu Santo? Por supuesto que no. ¿Cuál es la actitud de Dios hacia las personas que son astutas y traicioneras? Las detesta y rechaza, las aparta y no les presta atención, las considera de la misma clase que los animales. A ojos de Dios, tales personas simplemente visten una piel humana; en su esencia, son de la misma clase que el diablo Satanás, son cadáveres andantes, y Dios jamás los salvará(La Palabra, Vol. V. Las responsabilidades de los líderes y obreros. Las responsabilidades de los líderes y obreros (8)). Las palabras de Dios revelaban mi estado. Siempre estaba indecisa frente a distintas sugerencias por miedo a responsabilizarme de los errores, y siempre trataba de protegerme porque me controlaban venenos satánicos como “cada hombre para sí mismo, y sálvese quien pueda”, “el sensato se protege nada más que para no equivocarse” y “no se puede hacer cumplir la ley cuando todos la infringen”. Ante las sugerencias ajenas, tenía opiniones propias, pero no las exponía ni buscaba oportunamente. En ocasiones, cuando me parecía que las sugerencias de los demás no procedían, igualmente me empeñaba con obstinación en ponerlas en prácticas a fin de protegerme. De este modo, si había problemas, no serían responsabilidad mía y nadie trataría conmigo. En apariencia era receptiva a los consejos de otras personas y capaz de aceptar y aplicar sugerencias, lo que creaba la ilusión de que no era arrogante y podía aceptar la verdad. En realidad, a ello subyacían mis propósitos despreciables. Recordé cómo me había comportado y que, cada vez que podía ser responsable de algo, miraba por mí. En ocasiones, cuando otros tenían problemas y me pedían consejo, primero averiguaba sus ideas y opiniones, y si coincidían con las mías, me basaba en ellas y añadía mis propios consejos; pero si sus opiniones diferían, yo no quería compartir las mías por temor a tener que responsabilizarme si me equivocaba y surgían problemas, así que decía algo impreciso y superficial. Por vivir según estas filosofías de vida satánicas, me había vuelto especialmente taimada y astuta, que nunca era capaz de exponer claramente mi punto de vista, que no tenía principios ni una postura, y que hablaba y actuaba de tal forma que confundía a la gente y mis opiniones eran inescrutables. Hasta pensaba que esto era inteligente para no tener que sufrir las consecuencias, no ser podada y tratada ni tampoco destituida. No sabía que estaba engañando a Dios y a mis hermanos y hermanas y conspirando en contra de ellos, que estaba haciendo que Dios abominara de mí y me aborreciera. Dios no salva a la gente así. Tal vez haya podido engañar a mis hermanos y hermanas, pero Dios observaba mi interior. Si continuaba engañando así a Dios, siendo irresponsable en el deber, haciendo las cosas sin interés y sin centrarme en buscar los principios verdad, al final jamás alcanzaría verdad alguna y de todos modos sería descartada. Comprobé que me pasaba de lista en perjuicio propio. ¡Qué ignorante era realmente! Al darme cuenta de esto, empecé a tener miedo de veras. Realmente quería arrepentirme ante Dios. No podía seguir así.

Leí otros dos pasajes de la palabra de Dios: “En la casa de Dios, debes captar el principio de cada deber que realices, sea cual sea, y ser capaz de practicar la verdad. Eso es tener principios. Si no tienes algo claro, si no estás seguro de qué es lo apropiado, busca la comunicación para lograr el consenso. Una vez que se haya determinado lo que es más beneficioso para la obra de la iglesia y para los hermanos y hermanas, hazlo. No te atengas a las normas, no te demores, no esperes, no seas un observador pasivo. Si eres siempre un observador y nunca tienes opinión propia, si siempre esperas a que otro haya tomado una decisión para hacer algo y, cuando nadie toma una decisión, te limitas a dar largas y esperar, ¿cuál será la consecuencia? Que se atascan todas las parcelas del trabajo y nada se termina. Debes aprender a buscar la verdad, o al menos ser capaz de actuar según tu conciencia y razón. Siempre y cuando tengas clara la manera adecuada de hacer algo, y a los demás, en su mayoría, esa manera les parezca viable, así debes practicar. No tengas miedo de asumir la responsabilidad del asunto, ni de ofender a los demás ni de incurrir en consecuencias. Si alguien no hace nada real, si siempre está echando cuentas, con miedo a asumir responsabilidades, y no se atreve a defender los principios en lo que hace, eso demuestra que es especialmente astuto y taimado, y que tiene demasiadas estratagemas diabólicas. Qué inicuo es desear disfrutar de la gracia y las bendiciones de Dios y, sin embargo, no hacer nada real. No hay nadie a quien Dios desprecie más que a esas personas astutas y confabuladoras. Independientemente de lo que pienses, no practicas la verdad, no tienes lealtad y siempre se ven implicadas tus propias consideraciones personales, y siempre albergas tus propios pensamientos e ideas. Dios observa estas cosas, Dios las sabe, ¿acaso creías que Dios no las sabe? ¡Pensar así es estúpido! Y si no te arrepientes inmediatamente, perderás la obra de Dios(La comunión de Dios). “¿Cuáles son las manifestaciones de una persona honesta? Primero, no tener dudas acerca de las palabras de Dios. Esa es una de las manifestaciones de una persona honesta. Además de esto, la manifestación más importante es buscar y practicar la verdad en todo: esto es crucial. Dices que eres honesto, pero siempre pasas por alto las palabras de Dios y simplemente haces lo que te parece. ¿Acaso es esa la manifestación de una persona honesta? Dices: ‘Aunque tengo poco calibre, tengo un corazón honesto’. Y, sin embargo, cuando te llega un deber te da miedo sufrir y asumir la responsabilidad si no lo haces bien, por eso pones excusas para evadir tu deber o sugieres que lo haga otro. ¿Es esta la manifestación de una persona honesta? Claramente, no lo es. Entonces, ¿cómo debería comportarse una persona honesta? Debe someterse a los arreglos de Dios, dedicarse a realizar el deber que le corresponde cumplir, y esforzarse por satisfacer la voluntad de Dios. Esto se manifiesta de diferentes maneras. Una es aceptar tu deber con un corazón honesto, no considerar tus intereses carnales, no ser desganado en él, y no conspirar por tu propio bien. Estas son manifestaciones de honestidad. Otra es dedicar todo el corazón y todas tus fuerzas a cumplir bien con tu deber, haciendo las cosas en forma adecuada y poniendo el corazón y tu amor en el deber a fin de satisfacer a Dios. Estas son las manifestaciones que debería tener una persona honesta cuando cumple con su deber(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Tercera parte). En la palabra de Dios descubrí que Dios ama a los honestos. Da igual si somos ignorantes y tenemos poca aptitud. La clave es tener un corazón decente y honesto, no ocultarnos, hablar abiertamente de lo que pensamos, buscar y hablar con los demás de lo que no entendamos, actuar según los principios y en beneficio de la obra de la iglesia y ser leales en el deber. Hazlo, y satisfarás a Dios. Él observa el corazón de la gente. Si nos esforzamos al máximo, aunque a veces cometamos errores por tener poca aptitud o no comprender la verdad, igualmente aprenderemos algo. Siempre que seamos capaces de aceptar la verdad, buscarla e informar de los problemas oportunamente, con el paso del tiempo nos extraviaremos cada vez menos y poco a poco dominaremos los principios y cumpliremos bien con el deber. La iglesia no condena a nadie ni lo culpa por una única falta. Una vez que lo entendí, me sentí mucho más aliviada.

Más adelante, me sinceré con una hermana, le hablé de mi estado en esa época y ella me ayudó muy pacientemente. Al compartir y buscar juntas la verdad, modifiqué la opinión equivocada que siempre había tenido. Antes siempre me preocupaba que, si no aceptaba consejos ajenos y daba unos puntos de vista y unas opiniones diferentes, creyeran que era arrogante y no aceptaba la verdad. De hecho, eso era porque no podía diferenciar la arrogancia de la defensa de los principios. Mediante la búsqueda de la verdad, defender los principios implica decidir unas prácticas acordes con ellos y proteger los intereses de la iglesia y continuar defendiéndolos sin transigir cuando otros se opongan o planteen problemas. Aunque aparentemente sea similar a la arrogancia, eso es defender la verdad y es algo positivo. La arrogancia siempre implica sentirse superior a otros y creer correctas las opiniones e ideas propias; cuando otros exponen puntos de vista distintos, la obstinación está presente en el modo de pensar de uno, sin buscar ni meditar; uno simplemente se maneja a su modo e insiste en que lo incorrecto es correcto. Todas estas opiniones derivan del propio juicio y no se basan en los principios. Aun así, la persona exige que la escuchen y hagan lo que diga. Este es un carácter satánico, una manifestación de arrogancia. Me acordé de los hermanos y hermanas destituidos anteriormente. Algunos se empeñaban en sus puntos de vista, no se tomaban en serio las sugerencias de sus hermanos y hermanas, no buscaban ni meditaban, siempre se defendían y no estaban dispuestos a corregir y mejorar. Aquello en lo que se empeñaban nunca coincidía con los principios; tan solo eran sus ideas y preferencias personales. Esta es la manifestación de la arrogancia. Si uno puede evaluar y determinar, según los principios, que las sugerencias de los demás no son procedentes y puede plantear sus propias opiniones, eso no es arrogancia, sino tomarse las cosas en serio y hacerse responsable del trabajo con esmero. Cuando uno no entiende plenamente un problema, expresar la propia opinión al buscar y compartir con los demás no es insistir con arrogancia en hacerlo a su modo, sino buscar los principios antes de actuar. Cuando comprendí este aspecto de la verdad, sentí mucho alivio.

Posteriormente, cuando recibía muchas sugerencias en el deber, oraba a Dios para pedirle calma, buscaba los principios verdad pertinentes y evaluaba si, de acuerdo con ellos, eran necesarias las correcciones. También tomaba la iniciativa de comunicarme y hablar con todos sobre mis ideas. Una vez, cuando terminé una imagen de fondo de video, mi líder me dijo que el color no era adecuado y me recomendó cambiarlo. Pensé: “Modificarlo de acuerdo con esta sugerencia implicará una revisión importante y, desde luego, eso demorará la subida del archivo de video. Realmente no es una cuestión de principios, sino una preferencia personal, así que no hace falta cambiarlo. Sin embargo, si no lo hago, ¿le pareceré a mi líder arrogante, santurrona e incapaz de aceptar sugerencias ajenas?”. Cuando empecé a dudar de nuevo, oré para pedirle a Dios que me guiara para practicar según los principios. Tras orar, encontré unos materiales de consulta y trabajé con mi líder y mi supervisora para buscar juntas los principios pertinentes. Además, intercambié con ellas mi entendimiento y mis opiniones. Después, la líder y la supervisora aceptaron mi punto de vista y pronto se publicó el video en internet. Me sentí sumamente feliz y segura.

Al recordar mi experiencia de esa época, me di cuenta de que, para protegerme y eludir la responsabilidad, me ataba de manos en el deber con toda clase de preocupaciones. Era cansado vivir así y yo no era muy eficaz. No obstante, al comprender la voluntad de Dios y practicar según los principios verdad, los problemas eran fáciles de resolver y mi deber parecía mucho más sencillo y relajado. Experimenté realmente que, al vivir según las filosofías de vida satánicas, solo me volvía cada vez más taimada y astuta, indigna de la confianza de nadie y desagradable para Dios. La única forma de recibir la bendición de Dios es practicar la verdad y cumplir con el deber según los principios verdad. Esa es la única manera de ser firme y sincero y de encontrar gozo y paz interior.

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