30. Luego de que se hicieran añicos las esperanzas que tenía depositadas en mi hijo
Nací en una familia de intelectuales. Mis padres siempre me enseñaron que “Los libros son superiores a todo afán”, “El hombre deja su reputación allá por donde va, de la misma manera que un ganso grazna allá por donde vuela” y “Destácate del resto y honra a tus antepasados”. Acepté estos pensamientos e ideas en mi corazón y siempre me esforcé por alcanzarlos. Quería cambiar mi porvenir a través del conocimiento y creía que, si lograba entrar en la universidad, tendría un trabajo respetable. Podría trabajar en una oficina sin tener que hacer mucho esfuerzo físico y la gente me admiraría. Sin embargo, las cosas no salieron como yo deseaba y no conseguí entrar en la universidad. Más adelante, empecé a trabajar en una fábrica de productos de cemento. Después de casarme, mi suegra me despreciaba por ser una trabajadora común y corriente y solía ponerme las cosas difíciles. Decía que no era más que una mera trabajadora patética. Cuando mi suegra me decía esas cosas llenas de burla y desprecio, no me atrevía a decirle una palabra y me sentía muy triste. Decidí que estudiaría para entrar en la universidad mientras criaba a mi hijo para que, una vez que entrara en la universidad, pudiera convertirme en funcionaria y mi suegra ya no volviera a mirarme por encima del hombro.
En 1986, finalmente me presenté al examen de ingreso a la universidad y obtuve una diplomatura, justo como había soñado. Después de graduarme, volví a la fábrica y me ascendieron a un puesto superior. Más adelante, me ascendieron a directora de la planta filial de pienso para animales. Todos mis compañeros de clase y de trabajo me admiraban mucho, decían que era una mujer que tenía poder y todos mis familiares y amigos me elogiaban. Todos los que me conocían me saludaban con afecto cuando se cruzaban conmigo. La actitud de mi suegra también cambió y siempre tenía una sonrisa en el rostro cuando me hablaba. Hasta alardeaba de mis capacidades ante los vecinos. Por fin podía caminar con la cabeza bien alta. No podía sino suspirar: “¡Qué diferencia hay entre tener estatus y no tenerlo!”. Mientras disfrutaba de los elogios de los demás, me di cuenta de que aún tenía una responsabilidad: tenía que educar a mi hijo de forma adecuada para que, como yo, adquiriera más conocimientos y entrara en la universidad. Entonces, en el futuro, me superaría, podría hacer carrera en el gobierno, ganaría poder y estatus, se destacaría entre los demás y honraría a nuestros antepasados. Entonces, como su madre, yo también podría disfrutar indirectamente de su prestigio. Por eso, cuando mi hijo llegó a la edad para empezar la escuela media, usé mis contactos para que entrara en el mejor instituto local. Solía decirle que debía estudiar mucho, y le enseñaba que solo podría conseguir un buen trabajo y tener un futuro brillante si iba a la universidad. Mi hijo no me decepcionó y siempre estaba entre los seis mejores de su clase. Su maestro me dijo: “Tienes que educar bien a tu hijo. Es muy inteligente y tiene potencial para entrar en la Universidad Tsinghua o en la de Pekín”. Al oír al profesor decir esto, me sentí muy feliz y pensé: “Mi hijo es inteligente y no tendrá problemas para entrar en una universidad de élite. Para él, conseguir un buen trabajo en el futuro será pan comido”. Yo tenía una carrera exitosa y a mi hijo le iba muy bien en los estudios, lo que me llenaba de esperanzas para el futuro. Sin embargo, lo que ocurrió después fue totalmente inesperado.
A partir de la segunda mitad de 1995, la planta filial de pienso que yo tenía a cargo pasó de ser rentable a tener pérdidas. Esto me preocupó muchísimo. También caí gravemente enferma de tuberculosis y estaba tan débil que ya no podía ir a trabajar, así que rescindí mi contrato antes de tiempo, y la fábrica no me pagó. Por aquel entonces, mi marido llevaba años sin trabajar y nunca había conseguido encontrar un trabajo adecuado. Después de comprar un piso, casi se nos habían acabado los ahorros que nos quedaban. Mi hijo estaba a punto de empezar la escuela secundaria, lo que costaba mucho dinero. Sin una fuente de ingresos, ¿cómo íbamos a seguir apoyándolo con sus estudios? Más tarde, mi marido me pidió que montara con él un puesto callejero para vender mercancías. Sentía un gran dolor y pensé: “Yo, una directora de fábrica respetada, he caído tan bajo que tengo que vender cosas en la calle. Si mis compañeros de trabajo en la fábrica o mis conocidos me ven así, ¡quedaré irremediablemente mal!”. Sin embargo, luego, pensé: “Puede que ahora quede mal, pero mi hijo me dará prestigio cuando se gradúe en la universidad y tenga éxito. Para ahorrar dinero para su educación universitaria, vale la pena quedar un poco mal y padecer un poco de sufrimiento”.
En abril de 1998, tuve la suerte de aceptar la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días. Las palabras de Dios me permitieron entender que esta etapa de la obra de Dios es Su obra final para salvar a la humanidad y que, si las personas no creen en Dios ni aceptan Su salvación, por mucho conocimiento que adquieran, por bueno que sea su título o por alto que sea su estatus, en última instancia, perecerán. Pero tenía profundamente arraigados los pensamientos y las ideas de adquirir conocimiento para cambiar el porvenir propio, y aún tenía la esperanza de que mi hijo destacara entre los demás y honrara a nuestros antepasados. De forma inesperada, cuando mi hijo estaba en primer año de la escuela secundaria, ya no quiso estudiar y, en su lugar, quiso alistarse en el ejército. Me sorprendió, y pensé: “Ser soldado es un trabajo muy duro. ¿Qué posibilidades tendrá de progresar en el futuro? Uno solo puede encontrar un buen trabajo si entra en la universidad y obtiene un buen título. Solo así tiene la oportunidad de conseguir un alto cargo de funcionario bien remunerado y convertirse en una persona de alto prestigio”. No podía permitir de ninguna manera que mi hijo hiciera lo que quería. Por lo tanto, intenté persuadirlo con cuidado y le dije: “Hijo, eres muy inteligente. Todos los maestros dijeron que eras un buen candidato para la Universidad Tsinghua o la de Pekín. Solo quedan dos años para el examen de ingreso a la universidad. Si dejas la escuela ahora y te alistas en el ejército, te arrepentirás por el resto de tu vida. Cuando se da de baja a los soldados del servicio militar, siempre se los clasifica como trabajadores, independientemente del trabajo que se les asigne, y no tienen posibilidad de progresar. Solo vas a poder conseguir un buen trabajo si tienes un título universitario. Como mínimo, tendrás un trabajo de oficina, algo oficial, un puesto seguro. Si trabajas duro, tendrás muchas oportunidades de ascender. En esta sociedad, solo puedes hacerte un hueco si tienes una carrera exitosa y estatus. Hoy en día, la competencia en la sociedad es feroz y, sin conocimientos ni un título, serás una persona inferior. Te digo todo esto por el bien de tu futuro”. Tras mucho insistir, volvió a ir a clases, aunque con renuencia. Una mañana, mi marido vio que nuestro hijo estaba remoloneando en casa, no tenía ganas de ir a la escuela, así que le pegó. Mi hijo se escapó de casa de inmediato y no lo encontramos hasta muy entrada la noche. Yo sabía que mi hijo no quería estudiar y quería alistarse en el ejército, pero no podía permitírselo. Hice todo lo posible por convencerlo y, al final, aunque con renuencia, aceptó ir a la escuela. En esa época, mi hijo andaba todos los días con el ceño fruncido y no quería hablarnos, pero yo pensaba: “Tanto si ahora lo entiendes como si no, cuando seas famoso y tengas éxito en el futuro, entenderás nuestras meticulosas intenciones”. En efecto, más adelante, consiguió entrar en la universidad y me sentí muy feliz. Las esperanzas que había albergado todos esos años por fin se habían cumplido. Sin embargo, aunque estaba contenta, también me preocupaba lo que costaba enviarlo a la universidad. Nuestra familia no tenía dinero extra para pagarle la universidad, así que vendí el piso que tanto me había costado comprar a lo largo de media vida para pagarle la matrícula y alquilé un piso sin decoración alguna para vivir. Cuando mi hijo estaba a punto de graduarse, pagué a alguien unos 10 000 yuanes para que le consiguiera un trabajo en un banco. Hice todos los preparativos para el futuro de mi hijo y solo estaba esperando a que terminara la carrera y empezara a trabajar en el banco. Sin embargo, volvió a ocurrir algo inesperado.
Un día, mi hijo me dijo que había abandonado la universidad en su último año. No había pagado la matrícula, así que no podía obtener el título. Cuando oí la noticia, no me lo podía creer. ¿Había oído mal? Sin embargo, al ver la expresión tranquila en el rostro de mi hijo, supe que era verdad y no pude parar de llorar. Lloraba mientras me quejaba y regañaba a mi hijo. Estaba tan enfadada que sentía debilidad en todo el cuerpo. Pensé: “He trabajado tan duro durante todos estos años para crear las condiciones para que él fuera a la universidad. Solo quería que tuviera éxito y me trajera honor por ser su madre. No puedo creer que haya hecho esto. ¿Cómo voy a mirar a la gente a la cara a partir de ahora?”. En ese momento, realmente quería electrocutarme con un cable y acabar con todo. Durante esa época, no podía comer ni podía dormir. Tenía la mente llena de preocupaciones por el futuro de mi hijo. “¿Qué debería hacer en el futuro?”, pensaba. “He vendido el piso para costear sus estudios y ahora ni siquiera tenemos un lugar estable donde vivir. ¡El arduo trabajo de media vida está arruinado!”. Cuando estaba sumida en el dolor más intenso, oré a Dios para que me sacara de mi sufrimiento.
Mientras buscaba, escuché un himno de las palabras de Dios, “La suerte del hombre está controlada por las manos de Dios”: “La suerte del hombre está controlada por las manos de Dios. Tú eres incapaz de controlarte a ti mismo: aunque el hombre siempre se afana y se ocupa de sus propios asuntos, sigue siendo incapaz de controlarse. Si pudieras conocer tus propias perspectivas, si pudieras controlar tu propio sino, ¿se te seguiría llamando un ser creado? En resumen, independientemente de cómo obre Dios, toda Su obra es por el bien del hombre. Es tal como Dios creó los cielos, la tierra y todas las cosas para servir al hombre: Dios creó la luna, el sol y las estrellas para el hombre, Él creó los animales y las plantas para el hombre, Él hizo la primavera, el verano, el otoño y el invierno para el hombre, entre otras cosas, todo esto se creó en beneficio de la existencia del hombre. Y así, independientemente de cómo Dios castigue y juzgue al hombre, todo es por el bien de la salvación de este. Incluso si despoja al hombre de sus esperanzas carnales, sigue siendo por el bien de su purificación, y su purificación es en beneficio de la existencia del hombre. El destino del hombre está en manos del Creador, por tanto, ¿cómo podría el hombre controlarse a sí mismo?” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Restaurar la vida normal del hombre y llevarlo a un destino maravilloso). Escuché este himno una y otra vez. Mientras reflexionaba sobre las palabras de Dios, entendí que Él es soberano y ha predestinado el porvenir de cada persona. Por mucho que te esfuerces o luches, no puedes cambiar tu futuro ni tu porvenir, y mucho menos puedes cambiar el porvenir de los demás. Pensé en la primera mitad de mi vida. Quería cambiar mi porvenir adquiriendo más conocimientos, pero, más adelante, la fábrica empezó a tener pérdidas y yo me enfermé. No tuve más remedio que renunciar. Todo eso realmente no dependía de mí. Desde que mi hijo era pequeño, le enseñé con palabras y con el ejemplo, con la esperanza de que fuera a la universidad y se convirtiera en funcionario, como yo quería. Luché y sacrifiqué media vida de sangre, sudor y lágrimas para lograrlo, pero él no hizo lo que yo quería y, al final, nunca obtuvo un título universitario. Estos hechos me hicieron dar cuenta de que no dependía de mí que mi hijo tuviera o no un futuro y un porvenir buenos. Por mucho que luche o sacrifique, todo es en vano. Debido a que yo soy solo un pequeño ser creado, Dios es quien es soberano sobre mi porvenir y el de mi hijo, y es Él quien los predestina. Ni siquiera puedo controlar mi propio porvenir; sin embargo, quería controlar el futuro y el porvenir de mi hijo. ¡Qué ignorante y arrogante era! La razón por la que estaba sufriendo tanto era que no entendía en absoluto la soberanía de Dios y no podía someterme a ella. Cuando lo entendí, estuve dispuesta a someterme a la soberanía y los arreglos de Dios y a dejar de quejarme de mi hijo. Si tiene una vida común y corriente, eso se debe a la soberanía y la ordenación de Dios, y debo encomendárselo a Dios y dejar que todo siga su curso.
A partir de entonces, no paraba de preguntarme: ¿Por qué sufrí tanto cuando mi hijo no obtuvo un título universitario? ¿Por qué le daba tanta importancia al conocimiento y a los títulos? ¿Cuál era la raíz de esto? Leí las palabras de Dios: “Algunos piensan que el conocimiento es algo valioso en este mundo y que, cuanto más conocimiento tengan, mayor será su estatus y más pertenecerán a la élite, más nobles y cultos serán, de modo que no pueden vivir sin el conocimiento. Algunos piensan: ‘Si te va bien en tus estudios y obtienes abundante conocimiento, lo tendrás todo. Tendrás estatus, dinero, un buen trabajo y buenas perspectivas; tienes que tener conocimiento en este mundo. Sin conocimiento, todos te menosprecian. Te discriminarían y nadie querría tener nada que ver contigo; los que no tienen conocimiento solo pueden vivir en los escalones más bajos de la sociedad’. Así pues, adoran intensamente el conocimiento, lo valoran muchísimo y lo consideran sumamente importante, incluso más que la verdad. […] se mire como se mire, este es un aspecto de los pensamientos y los puntos de vista humanos. Hay un dicho antiguo que reza: ‘Lee diez mil libros y recorre diez mil kilómetros’. ¿Qué significa esto? Significa que cuanto más leas, más culto y próspero serás, y sin importar en qué grupo de personas te encuentres, se te tendrá en muy alta estima y tendrás estatus. Todos albergan este tipo de pensamientos y opiniones en su corazón. Si alguien no puede ir a la universidad y obtener un diploma porque su familia no tiene los medios, lo lamentará toda la vida, por lo que se propondrá asegurarse de que sus descendientes estudien más, asistan a la universidad y obtengan títulos superiores, o incluso que cursen estudios superiores en el extranjero. Este es el pensamiento y el punto de vista que todos tienen con respecto al conocimiento; todos anhelan alcanzar el conocimiento. Muchos padres, por lo tanto, no escatiman esfuerzos ni gastos —llegando incluso a llevar a la familia a la bancarrota— para que sus hijos se eduquen y para pagar sus estudios. ¿Y qué hay de los extremos a los que llegan algunos padres para disciplinar a sus hijos? Les permiten solo tres horas de sueño por noche, los obligan a aprender y estudiar continuamente, o incluso los hacen emular a los antiguos y atarse el pelo al techo, con lo que les niegan el sueño por completo. Este tipo de historias, estas tragedias, siempre han ocurrido desde tiempos ancestrales hasta la actualidad, y son las consecuencias de la sed y la adoración del conocimiento por parte de la humanidad” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. La senda de práctica para la transformación del carácter). Las palabras de Dios me tocaron el corazón. Me habían atado las ideas y los pensamientos satánicos, como “Los libros son superiores a todo afán”, “Lee diez mil libros y recorre diez mil kilómetros” y “El conocimiento puede cambiar tu destino”, y adoraba especialmente el conocimiento. Creía que el conocimiento conducía a un futuro brillante, que te convertía en alguien superior y admirado por los demás, y que solo entonces la vida tendría valor. Creía que sin conocimientos ni un título, tendrías que trabajar duro y tener una vida inferior, los demás te menospreciarían y te quedarías en lo más bajo de la sociedad toda la vida, sin poder salir adelante. Creía que, si tenías conocimientos, podías tenerlo todo, así que no paré de intentar adquirir conocimientos, ni siquiera después de casarme y tener un hijo. Cuando me gradué de la universidad y volví a la fábrica, me convertí en funcionaria de inmediato y, luego, me fueron dando ascensos uno a uno, y me encomendaron cargos importantes. Al poco tiempo, los tres en la familia nos mudamos a un amplio piso. Todas las personas con las que me cruzaba me miraban con envidia y me saludaban por iniciativa propia, y los empleados de la fábrica me respetaban muchísimo. Obtuve la fama y el provecho que quería, y creía que todo eso había venido gracias al conocimiento que había adquirido al estudiar mucho y al título que había conseguido. Por lo tanto, me convencí aún más de que el conocimiento podía cambiar el porvenir de una persona y yo deseaba que mi hijo consiguiera un buen título y se convirtiera en alguien exitoso y famoso en el futuro, para que yo pudiera disfrutar indirectamente de su prestigio. Cuando mi hijo me dijo que quería alistarse en el ejército, no le pregunté lo que pensaba realmente. En cambio, me limité a pensar que, si se alistaba en el ejército, no tendría posibilidades para el futuro, así que lo obligué a ir a la universidad. Para asegurarme de que mi hijo pudiera asistir a la universidad, vendí el piso por el que había comprado tras trabajar media vida. Cuando me enteré de que mi hijo no había pagado la matrícula del último año y que no conseguiría su título universitario, mis esperanzas se hicieron añicos y caí en la desesperación total. Solo pensaba en acabar con todo. ¡La fama y el provecho me habían cegado de verdad! De hecho, el porvenir de cada persona está en manos de Dios y no se puede cambiar simplemente adquiriendo conocimiento. Pensé en mi vecino, el jefe de sección Wang, que tiene pocos estudios, pero ahora es jefe de sección del Departamento de Personal del gobierno. Por otro lado, una compañera de escuela mía entró en la Universidad de Pekín, pero, después de graduarse, no logró encontrar un buen trabajo durante muchos años. Hoy en día, hay licenciados universitarios por todas partes que no tienen trabajo, y muchos que incluso tienen estudios de posgrado no pueden encontrar un empleo formal. Está claro que la idea de que “El conocimiento puede cambiar tu destino” es errónea y no se sostiene en absoluto. Es contraria a la verdad. Aunque yo creía en Dios, no entendía la verdad ni tenía capacidad de discernimiento. Consideraba que el conocimiento, la fama y el provecho eran más importantes que cualquier otra cosa, y no tenía idea para nada de que todas estas eran formas de Satanás para seducir y devorar a las personas. Gracias a lo que dejan en evidencia las palabras de Dios, por fin recuperé la razón. Oré a Dios en silencio, en mi corazón: “Dios mío, gracias por la provisión y esclarecimiento de Tus palabras, que me han permitido discernir los pensamientos y las ideas de Satanás. Ya no quiero seguir atada a esos pensamientos e ideas. Te ruego que me guíes para seguir la senda de perseguir la verdad”.
Luego, leí varios pasajes más de las palabras de Dios y comprendí que, detrás de la búsqueda de fama y provecho de las personas, yace la siniestra intención de Satanás. Dios Todopoderoso dice: “Algunos dirán que aprender conocimiento no es más que leer libros y aprender algunas cosas que aún no sabes, como para no quedarse atrasados en el tiempo o que el mundo no los deje atrás. El conocimiento solo se aprende a fin de poner comida en tu mesa, para tu propio futuro o para proveer las necesidades básicas. ¿Hay alguien que podría soportar una década de duro estudio solo para las necesidades básicas, para resolver tan solo la cuestión de la comida? No, no hay nadie así. ¿Para qué sufre una persona estas dificultades por todos estos años? Es por la fama y el provecho. La fama y el provecho la esperan en la distancia, llamándola, y cree que solo por su propia diligencia, sus dificultades y su lucha podrá tomar el camino que la llevará a la fama y el provecho, con lo cual obtendrá estas cosas. Una persona así debe sufrir estas dificultades por su propia senda futura, para su disfrute futuro y para obtener una vida mejor” (La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. Dios mismo, el único VI). “¿Qué usa Satanás para mantener al hombre firmemente bajo su control? (La fama y el provecho). Satanás usa la fama y el provecho para controlar los pensamientos de las personas, con lo que hace que no piensen en nada más que en estas dos cosas y que luchen por la fama y el provecho, sufran dificultades, soporten la humillación y lleven una pesada carga, sacrifiquen todo lo que tienen y emitan todo juicio o tomen toda decisión en aras de la fama y el provecho. De esta forma, Satanás coloca grilletes invisibles a las personas y, con estos grilletes sobre ellas, no tienen la capacidad ni el valor para liberarse. Sin saberlo, llevan estos grilletes mientras avanzan paso a paso con gran dificultad. En aras de esta fama y provecho, la humanidad se aparta de Dios y lo traiciona, y se vuelve más y más perversa. De esta forma, se destruye una generación tras otra en medio de la fama y el provecho de Satanás. Consideremos ahora las acciones de Satanás, ¿no son sus insidiosos motivos completamente odiosos? Tal vez hoy todavía no podáis desentrañar sus motivos insidiosos, porque pensáis que, sin fama y provecho, la vida no tendría significado y las personas ya no serían capaces de ver el camino que tienen por delante ni tampoco sus metas, y su futuro se volvería oscuro, tenue y sombrío. Sin embargo, poco a poco, todos reconoceréis un día que la fama y el provecho son grilletes enormes que Satanás coloca al hombre. Cuando llegue ese día, te resistirás por completo al control de Satanás y a los grilletes que este te pone. Cuando desees liberarte de todas estas cosas que Satanás ha inculcado en ti, romperás definitivamente con él y odiarás de veras todo lo que te ha traído. Solo entonces sentirás verdadero amor y anhelo por Dios” (La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. Dios mismo, el único VI). Las palabras de Dios son muy prácticas. La razón por la que las personas persiguen el conocimiento es para obtener fama y provecho. Para obtener la fama y el provecho, la gente trabaja duro y soporta adversidades e incluso está dispuesta a pagar cualquier precio por ello. Satanás usa el conocimiento para seducir a las personas y usa la fama y el provecho para controlarlas, de modo que las corrompe sin que se den cuenta de ello. Yo era exactamente así. Mi padre me había enseñado desde pequeña que, cuanto más erudita fuera, más superior sería como persona; sin conocimiento, solo podría ser una persona inferior y hacer trabajos manuales duros. Los profesores también nos enseñaban a tener grandes aspiraciones, a intentar destacar sobre los demás y a honrar a nuestros antepasados. Sin darme cuenta, acepté estos pensamientos e ideas. Para obtener la fama, el provecho y el estatus, estaba dispuesta a soportar cualquier adversidad y a pagar cualquier precio. No solo perseguí estas cosas yo misma, sino que también obligué a mi hijo a hacerlo. Cuando supe que mi hijo no pudo obtener su título, mis sueños se hicieron trizas de repente y sentí una agonía tan intensa que incluso quería morir para poder escapar del dolor. Me controlaban las ideas que Satanás me había inculcado de perseguir la fama y el provecho. Esto no solo me trajo un enorme sufrimiento a mí, sino que también perjudicó a mi hijo, tanto física como mentalmente. Satanás me puso unas cadenas invisibles de fama y provecho, y me hizo luchar y trabajar duro por ellos. A pesar de estar agotada física y mentalmente, no tenía la capacidad de librarme de esto. Gracias a la salvación de Dios para mí, adquirí cierto discernimiento sobre los métodos de Satanás para perjudicar a las personas. Ya no podía perseguir la fama y el provecho. Tenía que mantenerme en mi lugar como ser creado y someterme a la soberanía y los arreglos de Dios.
Más adelante, le conté a mi hermana sobre mi estado y ella me buscó un pasaje de las palabras de Dios: “En primer lugar, veamos estos requisitos y enfoques que tienen los padres hacia sus hijos: ¿son correctos o incorrectos? (Incorrectos). Entonces, en última instancia, ¿cuál es el principal culpable en lo que respecta a estos enfoques que adoptan los padres hacia sus hijos? ¿Acaso no son las expectativas de los padres para con sus hijos? (Sí). Dentro de la conciencia subjetiva de los padres, tienen toda clase de presunciones, planes y determinaciones sobre el futuro de sus hijos y, como resultado, desarrollan estas expectativas. […] Estos padres depositan expectativas en sus hijos basándose totalmente en sus propias preferencias y deseos. ¿No es esto subjetivo? (Sí). Decir que es subjetivo es decirlo de forma amable; ¿qué es en realidad? ¿Qué otra interpretación tiene esa subjetividad? ¿Acaso no es egoísmo? ¿No es coacción? (Sí). Te gusta cierta ocupación, te gustaría ser funcionario, hacerte rico, ser glamuroso y exitoso en la sociedad, así que haces que tus hijos busquen también ser esa clase de persona y caminen por esa senda. Pero es difícil decir si podrán hacer ese trabajo en el futuro, o si ese trabajo realmente es adecuado para ellos. Y entonces, ¿cuál es exactamente su porvenir? ¿Cómo tendrá Dios soberanía sobre ellos y qué dispondrá para ellos? ¿Sabes estas cosas? Algunos dicen: ‘No me importan esas cosas. Mientras sea algo que a mí, como padre, me guste, está bien. Como me gusta, deposito expectativas de este tipo en ellos’. ¿No es eso demasiado egoísta? (Sí). Por decirlo amablemente, es muy subjetivo, es solo escucharse a uno mismo, pero ¿qué es, en realidad? ¡Muy egoísta! Estos padres no tienen en consideración el calibre o los talentos de sus hijos, y no les importan los arreglos que Dios dispone para el porvenir y la vida de cada persona. No toman en cuenta nada de eso, se limitan a imponer sus propias preferencias y planes a sus hijos a causa de pensamientos ilusorios” (La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (18)). Después de leer las palabras de Dios, de repente, entré en razón. Antes, pensaba que todo lo que hacía era por el bien del futuro y el porvenir de mi hijo. A través de lo que las palabras de Dios exponían, finalmente entendí que la intención detrás de mis actos siempre había sido satisfacer mi deseo de fama, provecho y estatus. Como me gustaba el poder y el estatus, y quería ser funcionaria para que los demás me admiraran, le impuse a mi hijo mis propias preferencias y deseos. Esperaba que él estudiara mucho y se destacara en el futuro al obtener un alto cargo y un buen salario, para que yo pudiera disfrutar indirectamente de su prestigio. Todo lo que había hecho era por mis propias ambiciones y deseos, y no había tenido en cuenta las preferencias y los deseos de mi hijo en absoluto. Cuando mi hijo dijo que no quería ir a la universidad y que quería alistarse en el ejército, hice todo lo posible por convencerlo de lo contrario y lo obligué a ir a la universidad, en contra de sus deseos. Mi objetivo con esto era que él persiguiera una carrera como funcionario y obtuviera poder y estatus para que yo también ganara prestigio. A primera vista, todo lo que hice fue por el futuro y el porvenir de mi hijo. Lo di todo para educar a mi hijo. Sin embargo, en esencia, todo era para satisfacer mi propio deseo de estatus, porque quería disfrutar del respeto y la admiración de más personas a través de mi hijo, y disfrutar de una mejor vida material. Finalmente pude ver con claridad que todo lo que había hecho no era por el bien de mi hijo en absoluto. Todo había sido para satisfacer mis propias ambiciones y deseos. ¡Mi naturaleza era demasiado egoísta, vil y repugnante! En realidad, mi hijo no quería hacer carrera en el gobierno. Una vez me dijo: “Mamá, simplemente no estoy hecho para ser funcionario. Si quieres hacerte un hueco en el funcionariado en esta sociedad, tienes que saber beber, comer, halagar y engañar. También debes tener una familia con buenos contactos y conexiones, además de ser cruel y desagradable. Yo no tengo nada de eso. Está bien ser una persona común y corriente”. Al recordar, lo que dijo mi hijo era muy cierto. Pensé en el hijo de mi hermana mayor, que es el subdirector del Departamento de Industria y Comercio. Una vez me dijo: “Cuando entras en el funcionariado, ya no tienes control sobre ti mismo. La gente maquina y conspira entre sí y no puedes contarle a nadie lo que piensas ni tener amistades cercanas. No sabes si puedes decir algo que vaya a ofender a alguien. Puede que no quieras hacerles daño a los demás, pero, aun así, te apuñalarán por la espalda. Tienes que vivir pendiente de la expresión en el rostro de los demás. ¡La vida en el funcionariado es agotadora!”. Ser funcionario no es algo bueno. El funcionariado es como un gran tanque de colorante y, si mi hijo hubiera entrado ahí como yo quería, al cabo de más o menos una década, se habría manchado y habría adquirido todo tipo de malos hábitos sin quererlo. Se habría vuelto escurridizo y falso, habría perseguido la fama y el provecho, habría competido con los demás y puede que hasta hubiera hecho cosas malvadas. Entonces, ya no habría podido llevar una vida normal y tranquila. Eso le habría causado un daño enorme y un dolor interminable, tanto física como mentalmente. Mi hijo no quería ser funcionario y solo quería ser una persona común y corriente. ¿No es eso algo bueno? Ahora tiene un empleo formal y su salario mensual puede cubrir básicamente los gastos de su familia. No se opone a mi fe en Dios y está muy dispuesto a echar una mano cuando la iglesia necesita su ayuda en algo. Eso ya es grandioso.
Después de esta experiencia, cada vez me doy más cuenta de que Dios predetermina el tipo de trabajo que hace cada persona y cómo se gana la vida, y es soberano sobre ello. Como Dios dice: “Dios preordinó que alguien fuera un trabajador corriente, y que en esta vida solo pudiera ganar un sueldo básico para alimentarse y vestirse, pero sus padres insisten en que se convierta en una celebridad, en alguien rico, en un funcionario de alto nivel. Hacen planes y arreglos para su futuro antes de que este llegue a la edad adulta, pagan todo tipo de supuestos precios, tratan de controlar su vida y su futuro. ¿No es eso una estupidez? (Sí)” (La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (18)). Este pasaje de las palabras de Dios me hizo darme cuenta de que no solo fui una necia: ¡fui una completa idiota! Todo el sufrimiento que había soportado fue culpa mía. Cuando me desprendí de mis expectativas para mi hijo, dejé de luchar contra el porvenir, de recorrer la senda de perseguir la fama y el provecho, y fui capaz de mantenerme en la posición de un ser creado y aceptar, enfrentar y experimentar la soberanía de Dios con una actitud positiva y sumisa, y vi que los arreglos de Dios son maravillosos. ¡Gracias a Dios!