83. ¿Mi amor por mi hija es amor verdadero?
Crecí en el campo y mis padres no tenían muchos estudios, así que no les quedaba más remedio que deslomarse trabajando en el campo de sol a sol. Mi padre me decía a menudo: “En nuestra familia, solo tu tío llegó a ser alguien tras mucho estudio, y se convirtió en un funcionario de alto rango en la ciudad. Yo no estudié mucho de joven, así que ahora solo puedo vivir de la agricultura. Tú tienes que estudiar mucho en el futuro, no acabes sin perspectivas como yo”. Cuando veía a mi tío volver al pueblo en un auto de lujo, y todos se deshacían en elogios y lo miraban con admiración, sentía una envidia enorme. Luego veía el trato indiferente que los del pueblo le daban a mi papá, y me di cuenta de que solo estudiando una persona puede salir adelante y ser respetada dondequiera que vaya. Me propuse que tenía que estudiar mucho para poder destacar en el futuro y ganarme la admiración de los demás. Estudié duro, esforzándome varias veces más que los demás, pero no me fue bien en el examen de ingreso al instituto y solo entré en una escuela de formación profesional normal. Lo más inesperado fue que, cuando me gradué, el gobierno implementó políticas de despidos, reducción de plantilla y eficiencia y, básicamente, me quedé sin empleo antes de empezar a trabajar oficialmente. Sentí como si el cielo se me viniera encima y ya no tenía ninguna esperanza de destacar en la vida. Después de casarme, mi esposo, por no tener muchos estudios, trabajaba como obrero y nuestra calidad de vida era mediocre. Al ver a mis familiares y amigos, me di cuenta de que los que tenían estudios y títulos llevaban vidas glamurosas y superiores, y siempre frecuentaban sitios exclusivos. Al compararme con ellos, sentí con más fuerza que, sin un alto nivel de estudios, no se puede tener éxito en esta sociedad, y que mi vida siempre sería así. Así que sentí que, en el futuro, tenía que educar bien a mi hija y ayudarla a obtener un título de alto nivel, para que pudiera honrar a nuestra familia. De esa forma, yo también podría obtener gloria.
Cuando mi hija tenía cuatro años, acepté la obra de Dios de los últimos días. En ese entonces, asistía a reuniones dos veces por semana, y el resto del tiempo lo pasaba con mi hija, repasando tarjetas de aprendizaje en inglés, recitando poemas clásicos y enseñándole sumas y restas básicas. Quería que desarrollara el amor por el estudio desde pequeña. Cuando estaba en tercer grado, empecé a darle clases particulares de inglés y matemáticas, esperando que sus calificaciones superaran las de sus compañeros para que, en el futuro, pudiera entrar en una buena universidad, encontrar un buen trabajo y llevar una vida de gloria y éxito. A menudo le decía a mi hija que estudiara mucho para que pudiera destacar en el futuro. Cada vez que lo hacía, me miraba confundida, como entendiendo a medias, pero hacía de mala gana lo que le pedía. A veces, cuando la veía cansada de estudiar, le explicaba con paciencia por qué tenía que hacerlo, y que solo con buenas calificaciones podría tener un buen futuro y buenas oportunidades de trabajo. Al ver la expresión de impotencia en su rostro, pensé: “Educar bien a un hijo es la responsabilidad y obligación de los padres. Puede que ahora no me entienda, pero cuando crezca, entenderá mis meticulosas intenciones”.
En quinto grado, las calificaciones de matemáticas de mi hija eran muy malas. Aunque su maestra le explicaba las cosas con paciencia, sus compañeros la ayudaban y ella se esforzaba por hacer los ejercicios, los resultados de sus exámenes seguían siendo insatisfactorios. A veces, incluso reprobaba. Al ver esto, me puse extremadamente ansiosa y le dije con severidad a mi hija: “Sin buenas calificaciones, no entrarás en la escuela que quieres y no llegarás a nada. A los ojos de los demás, no serás nadie y toda tu vida será un fracaso. Tienes que encontrar la forma de mejorar rápidamente tus notas en matemáticas como sea. Si no, vas a tener serios problemas conmigo”. Mi hija me miró tímidamente, con demasiado miedo para hablar y el rostro pálido de terror. Al verla así, me ablandé un poco; ella se esforzaba, y sus malas notas en matemáticas no eran porque se negara a aprender. Me pregunté si me había pasado de la raya. Pero enseguida pensé: “Si no soy estricta ahora, puede que no tenga buenas oportunidades de trabajo más adelante. Prefiero que me odie ahora a que no tenga futuro”. Después de preguntar por ahí, encontré a un maestro con muchos años de experiencia para que le diera clases particulares a mi hija. Cuando era la hora de su clase, yo dejaba mi trabajo y también me ponía a escuchar. Apuntaba las partes que mi hija no entendía y, al llegar a casa, la hacía repasarlas otra vez. Cuando seguía sin poder resolverlas, me enojaba y la regañaba a gritos: “¿Tú crees que vas a entrar en una buena escuela si sigues siendo así?”. Mi hija se encogía de miedo, con los ojos llenos de lágrimas de dolor. Se me ablandó el corazón y pensé: “Quizás debería dejar que las cosas sigan su curso… que aprenda lo que pueda. ¿Y si tanta presión acaba deprimiéndola?”. Pero de inmediato pensé: “Si aflojo con su educación ahora, eso afectará directamente su futuro. Tengo que cumplir mi responsabilidad como madre”. Así que seguí presionando a mi hija para que estudiara. Mi hija ya de por sí era introvertida, y con la presión que yo le metía, su autoestima bajó aún más. A menudo se despertaba sobresaltada por pesadillas, sus calificaciones empeoraron todavía más y nuestra relación se fue haciendo cada vez más distante. Ver esto me ponía muy ansiosa. Por un lado, me preocupaba que sus malas calificaciones afectaran su futuro; por otro, también estaba desconsolada por ella y me sentía culpable por presionarla tanto. Tenía un enredo de emociones y no sabía qué hacer. No paraba de preguntarme: “¿Tratar a mi hija así es amor de verdad? Si lo es, ¿no debería hacerla sentir libre y tranquila? Pero puedo sentir claramente que se ha sentido más angustiada y su autoestima ha bajado. Sus calificaciones no solo no han mejorado, sino que han empeorado aún más, y ahora no para de despertarse sobresaltada por pesadillas. ¿Será que mi forma de educarla está mal?”. No sabía qué hacer, así que oraba sin cesar, pidiéndole a Dios que me guiara para entender mis problemas.
Un día, leí las palabras de Dios y logré entender un poco mi estado. Dios Todopoderoso dice: “En realidad, independientemente de lo grandes que sean las aspiraciones del hombre, de lo realistas que sean sus deseos o de lo adecuados que puedan ser, todo lo que el hombre quiere lograr, todo lo que busca está inextricablemente vinculado a dos palabras. Ambas son de vital importancia para cada persona a lo largo de su vida y son cosas que Satanás pretende infundir en el hombre. ¿Qué dos palabras son? Son ‘fama’ y ‘provecho’. Satanás usa un método muy suave, un método muy de acuerdo con las nociones de las personas y que no es muy agresivo para que estas acepten, sin darse cuenta, sus medios y leyes de supervivencia, desarrollen objetivos y una dirección en la vida y lleguen a tener aspiraciones en ella. Por muy altisonantes que puedan ser las descripciones de sus aspiraciones en la vida, estas aspiraciones siempre giran en torno a la fama y el provecho. Todo lo que persigue cualquier persona importante o famosa —o, de hecho, cualquier persona— a lo largo de su vida solo guarda relación con estas dos palabras: ‘fama’ y ‘provecho’. Las personas piensan que una vez que han obtenido fama y provecho, tienen el capital para disfrutar de un estatus alto y de una gran riqueza, así como para disfrutar de la vida. Piensan que, una vez que tengan fama y provecho, tienen el capital para buscar placer y participar en el disfrute excesivo de la carne. En aras de esta fama y provecho que desean, las personas entregan su cuerpo alegremente y sin saberlo, así como su corazón e incluso todo lo que tienen, incluidas sus expectativas y su porvenir a Satanás. Lo hacen sin reservas, sin dudarlo ni un momento y sin saber jamás reclamar todo lo que una vez tuvieron. ¿Pueden las personas conservar algún control sobre sí mismas una vez que se han entregado a Satanás y se han vuelto leales a él de esta manera? Desde luego que no. Están total y completamente controladas por Satanás. Se han hundido de un modo completo y total en este cenagal y son incapaces de liberarse a sí mismas” (La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. Dios mismo, el único VI). Las palabras de Dios me ayudaron a entender que, durante tantos años, en realidad había vivido completamente bajo el engaño de Satanás. Recordé cómo, desde niña, mis padres me habían adoctrinado, y yo había tomado como metas de mi búsqueda que “el hombre lucha hacia arriba; el agua fluye hacia abajo” y “destácate del resto y honra a tus antepasados”. Para destacar, cuando era estudiante, me esforcé mucho más que los demás, solo para reprobar el examen de ingreso al instituto y, más tarde, no poder encontrar un buen trabajo. Por eso, empecé a darme por vencida y perdí la confianza en la vida. Después de que nació mi hija, puse todas mis esperanzas en ella. Para cultivar su interés por el estudio, empecé a inculcarle conocimientos desde muy pequeña y, como resultado, perdió la alegría de la infancia. Cuando empezó la escuela y vi que sus notas en matemáticas eran malas, la obligué a tomar clases particulares para mejorarlas y, cuando no mejoraba, me enojaba y la regañaba. No la entendía ni era compasiva con ella en lo más mínimo. Como no paraba de presionarla, su joven corazón se cargó de un estrés enorme y nos fuimos distanciando cada vez más. Por fuera, parecía que hacía todo esto por su propio bien, pero la verdad es que le estaba imponiendo mis propios sueños frustrados, obligándola a cumplirlos por mí y usándola como una herramienta para yo poder destacar. ¡Realmente carecía de humanidad! Al darme cuenta de todo esto, sentí un profundo remordimiento. No quería que Satanás me siguiera engañando y haciendo daño.
Seguí buscando y leí las palabras de Dios: “Independientemente de lo insatisfecho que uno esté con su nacimiento, su crecimiento o su matrimonio, todo el que ha pasado por estas cosas sabe que uno no puede elegir dónde y cuándo nace, qué aspecto tiene, quiénes son sus padres ni quién es su cónyuge, sino que debe solamente aceptar la voluntad del cielo. Pero cuando llegue el momento de que las personas críen a la siguiente generación, proyectarán todos sus deseos no realizados en la primera mitad de sus vidas sobre sus descendientes, esperando que ellos compensen todas las decepciones de la primera mitad de sus propias vidas. […] Estas saben que están impotentes y desesperanzadas en esta vida, que no tendrán otra oportunidad, ni otra esperanza, de destacar sobre los demás, y que no tienen elección sino aceptar su porvenir. Y, por tanto, proyectan todas sus esperanzas, sus deseos e ideales no realizados en la siguiente generación, esperando que sus descendientes puedan ayudarles a lograr sus sueños y materializar sus deseos; que sus hijas e hijos traigan gloria al apellido, sean importantes, ricos o famosos. En resumen, quieren que se disparen las fortunas de sus hijos. Los planes y las fantasías de las personas son perfectos; ¿no saben que el número de hijos que tienen, el aspecto de sus hijos, sus capacidades, etc., no es algo que ellos puedan decidir, que ni un poco del porvenir de sus hijos está en sus manos? Los humanos no son señores de su propio porvenir, pero esperan cambiar el porvenir de la generación más joven; no tienen poder para escapar de sus propios sinos, pero intentan controlar los de sus hijos e hijas. ¿No están sobrevalorándose? ¿No es esto insensatez e ignorancia humanas?” (La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. Dios mismo, el único III). “A qué ocupación se dedica uno, qué se hace para vivir y cuánta riqueza se amasa en la vida es algo que no deciden los padres, los talentos, los esfuerzos ni las ambiciones de uno: es el Creador quien lo predestina” (La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. Dios mismo, el único III). Las palabras de Dios dejaron en evidencia mi verdadero estado. Yo, en efecto, había puesto mis deseos frustrados en mi hija, con la esperanza de que ella pudiera destacar y cumplir mis anhelos. Así que intenté por todos los medios controlar su porvenir con mis propios esfuerzos. En realidad, el porvenir de cada persona está en las manos de Dios, pero yo no conocía Su soberanía. Vivía según las ideas falaces de que “el conocimiento puede cambiar tu destino” y “cada quien tiene su porvenir en sus propias manos”, y siempre quise controlar el futuro de mi hija. Me puse a pensar en todos los trabajadores a mi alrededor que tenían estudios, y, sin embargo, su porvenir no había cambiado por eso. Yo misma era un claro ejemplo. Siempre intenté cambiar mi porvenir a través del conocimiento, pero después de graduarme me despidieron de inmediato, y ni siquiera tuve la oportunidad de conseguir un empleo o de aplicar lo que había estudiado. Vi que el porvenir de una persona no está en sus propias manos y, aun así, ilusoriamente, intentaba controlar el de mi hija. ¡Qué arrogante e ignorante fui, me sobreestimé de veras! El porvenir y la carrera de mi hija están preordinados por Dios, y no son cosas que se puedan cambiar con el esfuerzo humano o los estudios. Me acordé del amigo de mi esposo que, a pesar de tener solo educación primaria, logró abrir varias cadenas de tiendas por todo el país, y muchos graduados universitarios buscan trabajo allí. Este marcado contraste me hizo ver aún más claramente que el conocimiento no puede cambiar el porvenir de una persona, y que debía dejar que los estudios de mi hija siguieran su curso natural. Después de eso, dejé de obligar a mi hija a estudiar según mis exigencias y también dejé de inscribirla en clases particulares. En vez de eso, puse todo lo relacionado con ella en manos de Dios. También prediqué el evangelio a mi hija. Siempre que tenía tiempo, se reunía con hermanos y hermanas de su edad, y su estado mental fue mejorando.
Más tarde, leí las palabras de Dios más recientes y vi mis problemas con más claridad. También llegué a entender qué responsabilidades deben cumplir realmente los padres con sus hijos. Dios Todopoderoso dice: “En la conciencia subjetiva de los padres, se prevén, planifican y determinan distintos asuntos relativos al futuro de los hijos que finalmente generan dichas expectativas. Alentados por ellas, los padres exigen a sus hijos que se formen para desarrollar ciertas habilidades, como teatro, danza, arte, etcétera. Les demandan que se conviertan en personas talentosas y que a partir de entonces sean los superiores, no los subordinados. Les exigen que sean funcionarios de alto rango y no meros reclutas; los obligan a que se conviertan en gerentes, ejecutivos y directores generales, que trabajen para una de las 500 empresas más importantes del mundo, y demás. Estas son las ideas subjetivas de los padres. […] Los padres depositan esperanzas en sus hijos sobre una base totalmente fundamentada en la forma de ver las cosas de los adultos, y también en las opiniones, perspectivas y preferencias de estos sobre las cuestiones del mundo. ¿No es eso subjetivo? (Sí). Para expresarlo con delicadeza, podría decirse que es subjetivo, pero ¿qué es en realidad? ¿Qué otra interpretación tiene esa subjetividad? ¿Acaso no es egoísmo? ¿No es coacción? (Sí). Te gusta cierta ocupación, te gustaría ser funcionario, hacerte rico, ser glamuroso y exitoso en la sociedad, así que obligas a tus hijos a buscar también ser esa clase de persona y caminar por esa senda. Pero ¿les gustará a tus hijos vivir en tal entorno y hacer ese trabajo en el futuro? ¿Son aptos para eso? ¿Cuál es su porvenir? ¿Cuáles son la soberanía y los arreglos de Dios para ellos? ¿Sabes algo de esto? Hay quien dice: ‘Todo eso me parece irrelevante, lo que importa es lo que me guste a mí como padre. Mis preferencias dictarán las esperanzas que deposite en mis hijos’. ¿No es una perspectiva muy egoísta? (Sí). ¡Es muy egoísta! Dicho de manera amable, es muy subjetivo; ellos llevan la voz cantante, pero ¿cómo es en realidad? ¡Muy egoísta! Estos padres no tienen en consideración el calibre o los talentos de sus hijos, no les importan los arreglos que Dios dispone para el porvenir y la vida de cada persona. No toman en cuenta nada de eso, se limitan a imponer sus propias preferencias y planes a sus hijos mediante pensamientos ilusorios. Algunos dicen: ‘Si no hago estos arreglos, su futuro se verá afectado. Son jóvenes e ingenuos y, para cuando lo entiendan, ya será demasiado tarde. Como padre, tengo que preocuparme por mis hijos y arreglarlo todo para ellos. ¡Esta es la responsabilidad de un padre!’. No hay nada malo en esta afirmación, pero si tus planes y arreglos no son lo que tus hijos necesitan, sino cosas que les impones, entonces no es apropiado. […] Aunque desde pequeños les eduquen en que: ‘Debes guardarte algo cuando te relaciones con la gente’, ellos solo se lo tomarán como una especie de doctrina. Solo podrán actuar realmente conforme al consejo de sus padres cuando lo hayan entendido de verdad. Si no alcanzan a entenderlo, el empeño que pongan en educarlos carece de sentido, pues para los hijos seguirá siendo una especie de doctrina. Por tanto, cuando algunos padres piensan: ‘Esta sociedad es demasiado competitiva y la gente vive bajo demasiada presión; si no acelero el ritmo de la educación de mis hijos desde una edad temprana y hago que adquieran un conocimiento sólido, tendrán que sufrir dolor y adversidades en el futuro’, ¿se sostiene esta idea? (No). Haces que tus hijos soporten esta presión de forma prematura para que puedan padecer menos de esas adversidades en el futuro, haciéndolos soportar esta presión desde una edad en la que todavía no entienden nada. ¿De verdad llegarán a ser algo por haber soportado esta presión? Si no logran adquirir cualesquiera habilidades o conocimientos adecuados, ¿no será todo inútil? Hacerlos soportar presión desde una edad temprana no es beneficioso para su salud física y mental. Si eso trae consigo algunas enfermedades y consecuencias, ¿no los estará perjudicando? ¿De verdad estás haciendo esto por su propio bien? Que no entiendan no es necesariamente algo malo. Al menos pueden vivir unos años de una manera cómoda, sencilla y feliz. Si desde una edad temprana pudieran desentrañar estas cosas y empezaran a soportar estas presiones, no sería necesariamente algo bueno para ellos” (La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (18)). Después de leer las palabras de Dios, me di cuenta de lo limitado y egoísta que había sido mi amor por mi hija. Para lograr mi propio objetivo de destacar, le impuse unilateralmente mis puntos de vista, hice planes para su futuro sin tener en cuenta sus capacidades o su calibre, y usé métodos por la fuerza para obligarla a estudiar, presionándola y constriñéndola. Cuando veía que sus calificaciones no mejoraban, le gritaba como si hubiera perdido la cabeza, haciendo que se volviera cada vez más retraída y quitándole su libertad y su espacio. Todo lo que yo hacía era restringirla y atarla. Me encantaban la fama y el provecho, y siempre quise destacar, así que, cuando mis propios deseos no se cumplieron, se los cargué a mi hija, obligándola a cumplir mis anhelos y metiéndole una presión excesiva para que estudiara. Nunca me puse en su lugar para pensar qué le gustaba o en qué era buena. Incluso cuando veía que por mi presión se volvía cada vez más introvertida y se sentía cada vez más inferior, seguía insistiendo en que cumpliera mis expectativas, haciéndola vivir en un dolor constante. ¡Fui realmente cruel y egoísta! Mi hija todavía era pequeña, a una edad en la que quería divertirse y, sin embargo, yo le había inculcado a la fuerza filosofías y leyes satánicas, obligándola a soportar presiones y dolores que no debería haber soportado. Lo que le hice a mi hija no era amor en absoluto, sino una forma de daño psicológico. Si de verdad la hubiera amado y me hubiera hecho responsable de ella, debería haberla educado según sus intereses y capacidades, guiándola correctamente en lugar de imponerle mis propios deseos. Al reflexionar sobre mis acciones, sentí un profundo remordimiento y me di cuenta de que no tenía humanidad. No podía seguir imponiéndole esas expectativas inadecuadas.
A partir de entonces, a través de la lectura de las palabras de Dios, entendí la responsabilidad que, como madre, debo cumplir. Dios Todopoderoso dice: “Al diseccionar la esencia de las expectativas de los padres hacia sus hijos, nos damos cuenta de que todas ellas son egoístas, que van en contra de la humanidad y que no tienen nada que ver con las responsabilidades propias de los padres. Cuando estos les imponen todo tipo de expectativas y exigencias a sus hijos, ejercen una gran cantidad de presión adicional sobre ellos; esto no es cumplir con sus responsabilidades. Entonces, ¿cuáles son las responsabilidades que los padres deberían cumplir? Como mínimo, deberían enseñar a sus hijos a ser personas honestas que dicen la verdad y hacen las cosas de manera honesta, y enseñarles a ser bondadosos y a no hacer cosas malas, guiándolos en una dirección positiva. Estas son sus responsabilidades más básicas. Además, deberían guiar a sus hijos para que estudien conocimientos y habilidades prácticos, etcétera, en función de su calibre y sus condiciones. Si los padres creen en Dios y entienden la verdad, deberían hacer que sus hijos lean las palabras de Dios y acepten la verdad, para que lleguen a conocer al Creador y entiendan que las personas son creadas por Dios y que Dios existe en este universo; deberían guiar a sus hijos para que oren a Dios y coman y beban Sus palabras a fin de que puedan entender algunas verdades, de modo que, después de que crezcan, sean capaces de creer en Dios, seguirlo y hacer el deber de un ser creado, en lugar de perseguir las tendencias mundanas, quedar atrapados en diversas relaciones interpersonales complicadas y ser seducidos, corrompidos y devastados por las diversas tendencias malvadas de este mundo. Estas son realmente las responsabilidades que los padres deberían cumplir. Las responsabilidades que deberían cumplir son, en su papel de padres, proporcionar a sus hijos una guía positiva y una ayuda apropiada antes de que alcancen la edad adulta, así como atenderlos con prontitud en su vida física en lo que respecta a las necesidades diarias. Si sus hijos se ponen enfermos, los padres deberían procurarles tratamiento siempre que sea necesario; no deberían, por miedo a retrasar los estudios de sus hijos, hacer que sigan yendo a la escuela y renuncien al tratamiento. Cuando sus hijos necesiten recuperarse, se les debe permitir que se recuperen y, cuando necesiten descansar, se les debe permitir que descansen. Garantizar la salud de sus hijos es imprescindible; si los hijos se quedan rezagados en sus estudios, los padres pueden encontrar después una manera de contrarrestarlo. Estas son las responsabilidades que los padres deberían cumplir. Por un lado, deben ayudar a sus hijos a adquirir un conocimiento sólido; por otro, deben guiarlos y educarlos para que recorran la senda correcta y garantizar su salud mental para que no se vean influenciados por las tendencias malsanas y las prácticas malvadas de la sociedad. Al mismo tiempo, también deben hacer que sus hijos se esfuercen por practicar ejercicio de forma apropiada para garantizar su salud física. Estas son las cosas que los padres deberían hacer, en lugar de imponer por la fuerza cualquier expectativa o requisito poco realista a sus hijos. Los padres deben cumplir con sus responsabilidades tanto en lo que respecta a las cosas que sus hijos necesitan para su espíritu como a las que necesitan en su vida física. Deberían enseñarles algunos conocimientos básicos, como que deben comer alimentos calientes y no fríos, que cuando hace frío deben abrigarse para evitar enfriarse o resfriarse, con lo que los ayudan a aprender a cuidar de su propia salud. Además, cuando en la joven mente de sus hijos surjan algunas ideas infantiles e inmaduras sobre su futuro o algunos pensamientos extremos, los padres deben proporcionarles una guía correcta tan pronto como lo descubran, de modo que corrijan esas fantasías infantiles y cosas extremas para que sus hijos puedan embarcarse en la senda correcta de la vida. En esto consiste cumplir con sus responsabilidades. Cumplir con sus responsabilidades significa, por un lado, cuidar de la vida de sus hijos y, por otro, respetar, guiar y corregir los pensamientos de estos, así como proporcionarles la guía correcta en lo que se refiere a sus pensamientos y puntos de vista” (La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (18)). “A medida que sus hijos crecen, las responsabilidades y obligaciones que los padres deben cumplir consisten en no presionar a sus hijos, atarlos ni interferir en sus opciones, cosa que añade en ellos una carga tras otra. En cambio, durante la etapa de crecimiento, con independencia de su personalidad y calibre, es responsabilidad de los padres guiarlos hacía la dirección positiva y benigna. Cuando un lenguaje, una conducta o unos pensamientos peculiares e inadecuados surgen de los niños, los padres deben aportar el consejo espiritual, la guía y la rectificación a ese comportamiento en el momento oportuno. En cuanto a si los niños están dispuestos a estudiar, lo bien que lo hagan, el interés que muestren en obtener conocimiento y destrezas, y qué van a ser capaces de hacer cuando se hagan mayores, todo ello debe adaptarse a sus dotes y preferencias naturales, y a la orientación de sus intereses, lo que les permitirá crecer de forma sana, libre y robusta durante el proceso de su crianza: esta es la responsabilidad que deben cumplir los padres. Asimismo, es la actitud que deben tener hacia el crecimiento, los estudios y la carrera profesional de sus hijos, en vez de imponerles sus propios deseos, ambiciones, preferencias e incluso sus anhelos para que ellos los materialicen en su lugar” (La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (16)). Gracias a las palabras de Dios, aprendí que la responsabilidad de los padres es guiar a sus hijos para que aprendan con normalidad en función de su calibre y sus puntos fuertes, ofrecerles una guía positiva y activa cuando surjan problemas durante su crecimiento, disciplinarlos cuando hagan algo malo y enseñarles a discernir entre las cosas positivas y las negativas. En cuanto a la vida futura del niño, el tipo de persona en que se convertirá o la carrera que seguirá, todo está dentro de la soberanía y los arreglos de Dios, y los padres deben aceptar y someterse a la soberanía de Dios. Una vez que hube determinado mi responsabilidad, supe cómo educar a mi hija. Cuando mi hija no estaba ocupada con la escuela, leíamos juntas las palabras de Dios y escuchábamos himnos. Cuando tenía problemas en sus estudios, le enseñaba con calma y también le decía que no se sintiera presionada. Inesperadamente, las calificaciones de mi hija mejoraron un poco. Más tarde, vi que a mi hija le encantaba pintar, así que la inscribí en una clase de pintura. Desarrolló sus propias aficiones y su estado mental también mejoró. Además, mi hija y yo nos volvimos cada vez más cercanas.
Un día, después de la escuela, de camino a casa tras recoger a mi hija, vi a una madre gritándole a su hija, criticándola por sus malas calificaciones. La pequeña temblaba de miedo. En ese momento, mi hija me susurró suavemente al oído: “Mamá, gracias a la salvación de Dios, ya no sufro. Tú solías ser igual de dura conmigo, pero ya no eres así, y te has convertido en una buena mamá”. Al oírla decir esto, sentí una calidez en mi corazón y casi se me saltan las lágrimas. Mi corazón se llenó de gratitud hacia Dios. Fueron las palabras de Dios las que me hicieron darme cuenta de que el porvenir humano está en Sus manos. Más aún, fueron Sus palabras las que me mostraron cuál es la verdadera responsabilidad de los padres hacia sus hijos. Dejé de obligar a mi hija a estudiar, y esto me convirtió en una buena mamá a sus ojos. Le susurré a mi hija: “Las dos debemos agradecer a Dios por Su salvación”.
Mi hija ahora está estudiando en una escuela de enfermería y, aunque a veces hablamos sobre asuntos de su futuro laboral, mi corazón está en paz y creo que todo está en las manos de Dios. No importa cuál sea la situación laboral de mi hija, estoy dispuesta a someterme a los arreglos de Dios. Toda esta transformación y estas ganancias se debieron a la guía de las palabras de Dios. ¡Gracias a Dios!