84. Lecciones que aprendí después de que mi esposo se enfermó

Por Lin Jing, China

En agosto de 2001, una hermana me dio testimonio de que Dios se había hecho carne por segunda vez para expresar la verdad y realizar Su obra de juicio, para purificar y transformar el carácter corrupto de la humanidad y, finalmente, para llevar a la gente al maravilloso reino. Me emocioné mucho al oír esto. Después de investigar por un tiempo, acepté la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días. A partir de entonces, asistí activamente a las reuniones y realicé mis deberes. Más tarde, me eligieron líder en la iglesia. En aquel tiempo, mi esposo a menudo intentaba evitar que yo creyera en Dios y cumpliera mi deber, pero no me dejé constreñir y nunca demoré la realización de mis deberes. Me pasaba el día de un lado para otro en la iglesia. Durante el día, asistía a reuniones y compartía con los hermanos y hermanas para resolver las dificultades de su entrada en la vida. Por la noche, apoyaba a los hermanos y hermanas que estaban negativos y débiles. Mi esposo no había ganado mucho dinero antes, pero, inesperadamente, en esa época tuvo un buen ingreso y no tardamos mucho en ahorrar algo. Yo estaba muy contenta. Pensé: “Ahora, al realizar mi deber, tengo la gracia y la bendición de Dios, y en el futuro también podré entrar en el reino. Debo hacer mi deber como es debido, y Dios no me tratará injustamente; bendecirá a mi familia para que nuestra vida sea cada vez mejor”. Sin embargo, justo cuando estaba haciendo mis planes así, ocurrió algo inesperado.

Después de un tiempo, mi esposo se quejaba constantemente de un dolor lumbar, así que fue al hospital a hacerse una revisión. El médico dijo que mi esposo tenía una hernia de disco y espolones óseos en la columna, y que, si el cuadro se agravaba, le comprimiría los nervios y le causaría parálisis. También le dijo que no trabajara más y que necesitaba tratamiento urgente. Me quedé impactada al oír esto. Pensé para mis adentros: “Debemos mucho dinero por la casa nueva que acabamos de construir, y todavía no hemos puesto ni las puertas ni las ventanas. Nuestra hija está en la universidad y también necesita dinero. Yo, como líder de la iglesia, estoy muy ocupada y no tengo tiempo para ganar dinero. Solo nuestro hijo de catorce años está aprendiendo a decorar, pero es joven y todavía es un aprendiz, gana muy poco al mes. ¿Cómo vamos a cubrir los gastos de la familia en el futuro?”. Me sentí un poco preocupada. Sin embargo, al pensar en lo ocupada que estaba todo el día realizando mi deber en la iglesia, pensé que Dios no ignoraría las dificultades de mi familia y que la enfermedad de mi esposo quizás se curaría tras un período de recuperación. Al pensar esto, mis preocupaciones internas disminuyeron mucho.

Pasó más de un año en un abrir y cerrar de ojos. Mi esposo se aplicaba continuamente emplastos medicinales, pero su enfermedad seguía sin mejorar, y los médicos tampoco tenían ningún tratamiento eficaz. Yo estaba muy ansiosa por dentro. No podía evitar pensar: “¿Cuándo mejorará la enfermedad de mi esposo? Si no estuviera tan ocupada con mi deber, podría ganar algo de dinero para mantener a la familia. Pero estoy ocupada con el trabajo de la iglesia todo el día y no tengo tiempo para ganar nada de dinero. ¿Por qué Dios no protege a mi familia? ¿Por qué la enfermedad de mi esposo no mejora? Con todas estas dificultades en casa ante mí, ¿cómo puedo dedicar el corazón por completo a mi deber?”. Cuanto más lo pensaba, más me angustiaba. Sentía que el corazón me ardía de ansiedad. A veces, de verdad no podía soportarlo más y lloraba a escondidas. Sabía que no debía quejarme de Dios, pero no podía controlar mis emociones y vivía en medio del dolor y el tormento todo el día. En especial, cuando vi que al esposo de la hermana con la que colaboraba le iba muy bien ganando dinero, y que ella vivía cómodamente y sin limitaciones económicas, sentí que no era justo. Pensé: “Yo hago mis deberes con más dedicación que ella, entonces, ¿por qué mi familia está en esta situación? ¿Por qué Dios les concede Su gracia a ellos y a mí no? ¿Será que no le agrado a Dios? Dios no bendice a mi familia aunque yo pague un precio y me entregue de esta forma, entonces, ¿para qué seguir siendo tan activa?”. Sin embargo, luego pensé: “¿Acaso Dios me está examinando? Si sigo haciendo activamente mis deberes, quizás Dios bendiga a mi familia cuando vea mi devoción. Si realizo mi deber de manera superficial, ¿qué haré si Dios me ignora en el futuro?”. Así que me dije a mí misma que no podía ser negligente y que tenía que hacer mi deber como era debido. Seguí ocupada todo el día realizando mi deber. Sin embargo, después de un tiempo, la condición de mi esposo no había mejorado y los problemas de mi familia seguían sin resolverse. Mi corazón estaba aún más confundido y angustiado, y sentía que no había salida. Sentía el corazón amargo como la hiel. En una reunión, mencioné mis dificultades en casa. Con el rostro cubierto de angustia, me quejé: “Parece que todos ustedes están en el cielo, pero yo siento que me atormentan tanto que estoy en el infierno”. Mi hermana me podó con severidad, diciendo: “¿No te estás quejando de que Dios no es justo?”. Las palabras de mi hermana me impactaron hasta lo más profundo. ¿Acaso no me estaba quejando de Dios? Recordé las palabras de Dios: “Cada queja tuya deja mancha ¡y es un pecado que no se puede borrar!(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Al creer en Dios, lo más crucial es recibir la verdad). Al darme cuenta de la gravedad del problema, bajé rápidamente la cabeza y dejé de hablar. Cuando llegué a casa, me arrodillé y sollocé en oración: “Dios, sé que no debo quejarme cuando a mi familia le sobrevienen dificultades, pero no sé cuál es Tu intención ni cómo experimentar esto. Dios, te pido que me esclarezcas y me guíes para que pueda conocer Tu obra y entender Tu intención”.

Un día, leí un pasaje de las palabras de Dios y obtuve algo de entendimiento sobre Sus intenciones. Dios Todopoderoso dice: “Para todas las personas, el refinamiento es penosísimo y muy difícil de aceptar, sin embargo, es durante el refinamiento cuando Dios revela Su carácter justo al hombre y le da a conocer Sus requerimientos, y le proporciona mayor esclarecimiento, además de una poda más práctica. Por medio de la comparación entre los hechos y la verdad, el hombre adquiere un mayor conocimiento de sí mismo y de la verdad y una mayor comprensión de las intenciones de Dios, permitiéndole así tener un amor más sincero y puro por Dios. Esas son las metas que tiene Dios cuando lleva a cabo la obra de refinamiento. Toda la obra que Dios realiza en el hombre tiene sus propias metas y significado; Él no obra sin sentido ni tampoco hace una obra que no sea beneficiosa para el hombre. El refinamiento no implica quitar a las personas de delante de Dios ni tampoco destruirlas en el infierno. En cambio, consiste en cambiar el carácter del hombre durante el refinamiento, cambiar sus intenciones y sus antiguos puntos de vista, cambiar su amor por Dios y cambiar por completo su forma de vivir. El refinamiento es una prueba práctica del hombre y un tipo de formación práctica; solo durante el refinamiento puede el amor del hombre cumplir su función inherente(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Solo experimentando el refinamiento puede el hombre poseer el verdadero amor). Mientras reflexionaba sobre las palabras de Dios, mi corazón se iluminó. Sin importar los entornos que Dios disponga para ti, Su objetivo no es descartarte, sino purificar y transformar tu carácter corrupto, y ayudarte a entender Su carácter y Su obra. Cuando conoces a Dios, puedes someterte a Su obra. Entonces me di cuenta de que la intención de Dios detrás de que mi esposo estuviera tanto tiempo aquejado por su lesión de espalda era que yo buscara la verdad y aprendiera lecciones de eso, para que mi carácter corrupto pudiera ser purificado y transformado. Recordé cuando acepté por primera vez la nueva obra de Dios. Sabía que, en los últimos días, Dios hace Su obra de juicio y purificación, pero yo seguía buscando obtener gracia y bendiciones como en la Era de la Gracia, queriendo que Dios sanara la enfermedad de mi esposo. Cuando la situación no mejoraba, me quejaba de Dios y vivía en la negatividad y el malentendido. Yo misma me había causado todo este sufrimiento. Todo fue provocado por mi falta de entendimiento de la obra de Dios y porque estaba recorriendo la senda equivocada en mi fe en Él. Cuando entendí esto, el dolor en mi corazón disminuyó mucho.

Más tarde, pensé en cómo Dios desenmascara a la gente que lo trata como una navaja suiza y un cuerno de la abundancia, así que busqué ese pasaje de las palabras de Dios para leerlo. Dios dice: “Como las personas actuales no poseen la misma humanidad que Job, ¿qué hay de su esencia-naturaleza, y de su actitud hacia Dios? ¿Temen a Dios? ¿Se apartan del mal? Los que no temen a Dios ni se apartan del mal solo pueden definirse con tres palabras: ‘enemigos de Dios’. Pronunciáis a menudo estas tres palabras, pero nunca habéis conocido su verdadero significado. Tienen un aspecto sustancial: no están diciendo que Dios vea al hombre como enemigo, sino que es el hombre quien le ve a Él así. Primero, cuando las personas comienzan a creer en Él, ¿quién de ellas no tiene sus propios objetivos, motivaciones y ambiciones? Aunque una parte de ellas crea en la existencia de Dios y la haya visto, su fe en Él sigue conteniendo esas motivaciones, y su objetivo final es recibir bendiciones y las cosas que desean de Él. En sus experiencias vitales piensan a menudo: ‘He abandonado a mi familia y mi carrera por Dios, ¿y qué me ha dado Él? Debo sumarlo todo y confirmarlo: ¿He recibido bendiciones recientemente? Me he esforzado mucho durante este tiempo, he corrido y corrido, y he sufrido mucho; ¿me ha dado Dios alguna promesa a cambio de mi desempeño durante este tiempo? ¿Ha recordado mis buenas obras? ¿Cuál será mi resultado? ¿Puedo recibir bendiciones?…’. En su corazón, toda persona hace esos cálculos en forma frecuente y continua, albergando motivaciones, ambiciones y una mentalidad transaccional al solicitarle cosas a Dios. Es decir, el hombre incesantemente está examinando a Dios en su corazón, ideando planes sobre Él, ‘defendiendo’ ante Él su propio resultado, tratando de arrancarle una declaración y ver si Él le dará o no lo que quiere. Al mismo tiempo que busca a Dios, el hombre no lo trata como tal. Este siempre ha intentado hacer tratos con Él, solicitándole cosas sin cesar, y hasta presionándolo a cada paso, tratando de tomar el brazo cuando le dan la mano. A la vez que intenta hacer tratos con Dios, también discute con Él, e incluso hay personas que, cuando les llegan las pruebas o se encuentran en ciertas situaciones, con frecuencia se vuelven débiles, negativas y holgazanas en su trabajo, y están llenas de quejas hacia Él. Desde el momento en que empezó a creer en Él por primera vez, el hombre lo ha considerado una cornucopia, una navaja suiza, y se ha considerado Su mayor acreedor, como si solicitar bendiciones y promesas de Dios fuera su derecho y obligación inherentes, y las responsabilidades a cargo de Dios fueran protegerlo, cuidar de él y proveer para él. Tal es la comprensión básica de las tres palabras ‘fe en Dios’ de todos aquellos que creen en Él, y su comprensión más profunda del concepto de creer en Él(La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. La obra de Dios, el carácter de Dios y Dios mismo II). “Esperas que tu fe en Dios no acarree ninguna dificultad ni tribulación ni el más mínimo sufrimiento. Siempre buscas aquellas cosas que no tienen valor y no le otorgas ningún valor a la vida, poniendo en cambio tus propios pensamientos extravagantes antes que la verdad. ¡No vales nada! Vives como un cerdo, ¿qué diferencia hay entre tú y los cerdos y los perros? ¿No son bestias todos los que no persiguen la verdad y, en cambio, aman la carne? ¿No son cadáveres vivientes todos esos muertos sin espíritu? ¿Cuántas palabras se han hablado entre vosotros? ¿Se ha hecho solo un poco de obra entre vosotros? ¿Cuánto he provisto entre vosotros? ¿Y por qué no lo has obtenido? ¿De qué tienes que quejarte? ¿No será que no has obtenido nada porque estás demasiado enamorado de la carne? ¿Y no es porque tus pensamientos son muy extravagantes? ¿No es porque eres demasiado estúpido?(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Las experiencias de Pedro: su conocimiento del castigo y del juicio). El desenmascaramiento de las palabras de Dios me traspasó el corazón. Después de empezar a creer en Dios, había disfrutado mucho de Su gracia y Sus bendiciones, y estaba sumamente motivada para hacer mi deber. Creía que, mientras hiciera mi deber adecuadamente, Dios me concedería abundante gracia, me protegería de desastres y desgracias, y mantendría a mi familia sana y salva. Había estado realizando mi deber con estas intenciones incorrectas. Para empezar, cuando mi esposo tuvo la hernia de disco y el médico dijo que si se agravaba quedaría paralizado, yo creía que mientras hiciera mis deberes activamente, Dios no me trataría injustamente y no pasaría mucho tiempo antes de que la enfermedad de mi esposo se curara. Por eso, mi entusiasmo por hacer mis deberes no disminuyó. Sin embargo, cuando mi esposo seguía sin mejorar y mi familia enfrentaba dificultades económicas, mientras los hermanos y hermanas a mi alrededor disfrutaban de una vida superior y cómoda, sentí que no era justo y me quejé de que Dios no me bendecía, y ya no era tan activa en realizar mi deber como antes. Luego, me preocupaba que Dios estuviera probando si le era leal, y que, si era negligente con mi deber, no recibiría la gracia y las bendiciones de Dios, así que no me quedó más remedio que seguir realizando mi deber. Después de un tiempo, la condición de mi esposo seguía sin mejorar, y las dificultades de mi vida no se habían resuelto. En mi corazón, me quejaba de Dios aún más, e incluso desahogué mi descontento con Él delante de mis hermanas, quejándome de que Dios no era justo conmigo. La fealdad de mi intento de negociar con Dios quedó completamente al descubierto, ¡y yo había sido totalmente puesta en evidencia! Durante los años en que mi esposo estuvo enfermo, yo no había buscado la verdad. En cambio, vivía constantemente en la negatividad, quejándome de Dios y malinterpretándolo. Aunque hacía mi deber, solo intentaba negociar con Dios a cambio de Sus bendiciones, tratándolo como un cuerno de la abundancia, una navaja suiza. En el pasado, había pensado que era bastante activa en mis deberes. Nunca descuidé mis deberes, ni siquiera cuando mi esposo estaba enfermo, e incluso logré algunos resultados en mi trabajo. Como consecuencia, me puse la etiqueta de ser una persona “leal a Dios” que “creía verdaderamente en Él”. ¡Carecía totalmente de autoconciencia! Los que son leales a Dios son aquellos que cumplen su deber con todo su corazón y su mente, y no se quejan en absoluto, los bendiga Dios o no. Tomemos a Job como ejemplo. Ya fuera que Dios le diera o le quitara, Job fue capaz de someterse a Dios y alabar siempre Su nombre. Sin importar cómo lo tratara Dios, Job no tenía exigencias propias. Esto es lo que realmente significa ser una persona leal a Dios. Yo creía en Dios y hacía mi deber para obtener beneficios de Él. No tenía lealtad ni sinceridad alguna. Solo era una oportunista. Que yo creyera en Dios y lo siguiera era falso; lo único genuino era mi exigencia de gracia y bendiciones. Valoraba estas cosas materiales por encima de todo y le exigía constantemente a Dios gracia y bendiciones. Yo no era una persona que creyera verdaderamente en Dios en absoluto, y realmente estaba provocando Su aborrecimiento y Su repugnancia. Si Dios no me hubiera puesto en evidencia de esta manera, nunca habría visto claramente mi verdadero yo.

Luego reflexioné: ¿Por qué cuando pasan cosas buenas puedo alabar a Dios, pero cuando mi esposo enfermó y tuvimos dificultades económicas, me quejé de Él? Leí estas palabras de Dios: “Durante muchos años, los pensamientos en los que se han apoyado las personas para sobrevivir han corroído sus corazones hasta el punto de volverse astutas, cobardes y despreciables. No solo no poseen fuerza de voluntad ni determinación, sino que también se han vuelto avariciosas, arrogantes y caprichosas. Carecen absolutamente de cualquier determinación para trascender el yo y, más aún, de la menor pizca de valor para librarse de las limitaciones de esas influencias oscuras. Los pensamientos y la vida de las personas están tan podridos que las perspectivas tras su creencia en Dios siguen siendo insoportablemente abominables, e incluso son francamente ofensivas al oído. Todas las personas son cobardes, ineptas, despreciables y frágiles. No aborrecen a las fuerzas de la oscuridad ni sienten amor por la luz y la verdad, sino que se esfuerzan al máximo por expulsarlas(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. ¿Por qué no estás dispuesto a ser un contraste?). “Los que nacieron en la tierra más profundamente corrompida de todas son aún más ignorantes sobre lo que Dios es o sobre lo que significa creer en Dios. Mientras más corruptas sean las personas, menos saben sobre la existencia de Dios, y más pobres son su razón y su percepción. La causa fundamental de la oposición y rebeldía del hombre contra Dios es que ha sido corrompido por Satanás. Debido a la corrupción de Satanás, la conciencia del hombre se ha insensibilizado; se ha corrompido moralmente, sus pensamientos son degenerados, y ha desarrollado una perspectiva mental retrógrada. Antes de ser corrompido por Satanás, el hombre se sometía de manera natural a Dios y a Sus palabras después de escucharlas. Originalmente tenía una razón y una conciencia cabales y una humanidad normal. Después de que el hombre fuera corrompido por Satanás, su razón, su conciencia y su humanidad originales se fueron insensibilizando y Satanás las arruinó. Debido a ello, el hombre ha perdido su sumisión y amor a Dios. La razón del hombre se ha vuelto aberrante, su carácter se ha vuelto como el de una bestia y su rebeldía contra Dios es cada vez mayor y más grave. Sin embargo, el hombre todavía no conoce ni entiende esto, y meramente se opone y se rebela con persistencia. Las revelaciones del carácter del hombre son las expresiones de su razón, su percepción y su conciencia. Debido a que su razón y su percepción son defectuosas y su conciencia se ha vuelto sumamente insensible, su carácter es rebelde contra Dios(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Permanecer con un carácter invariable es estar enemistado con Dios). Mientras reflexionaba sobre las palabras de Dios, entendí que es Satanás quien ha corrompido y carcomido la mente de las personas. Este mundo está lleno de varias reglas satánicas de supervivencia, como “Cada hombre para sí mismo, y sálvese quien pueda” o “El lucro es lo primero” y “Nunca salir perdiendo”. Todos viven según estas filosofías satánicas y se vuelven egoístas y despreciables, y no tienen en cuenta la conciencia en absoluto. En todo lo que hacen, piensan primero en su propio beneficio. Si algo les beneficia, lo hacen; si no, no. Yo también había sido profundamente corrompida por estos pensamientos e ideas satánicos. Cuando vi que, por creer en Dios y realizar mi deber, tenía Su cuidado y protección, y que la vida de mi familia parecía mejorar, creí que eran bendiciones de Dios que había obtenido porque había realizado mi deber con devoción, y que mientras siguiera haciendo activamente mi deber de esa manera, también podría recibir la salvación y entrar en el reino en el futuro. Cuando mi esposo se enfermó y mi familia tuvo dificultades económicas, malinterpreté a Dios, me quejé de Él y fui negligente al hacer mi deber. Los hechos revelaron que no tenía ninguna sinceridad al hacer mi deber. Todo lo que hacía era intentar engañar a Dios y diseñar planes en Su contra, intentando en vano sonsacarle bendiciones a través de la realización de mi deber. Dios mismo se hizo carne y expresa la verdad para salvarnos. Él nos dedica toda la sangre de Su corazón y nunca considera Sus propios intereses. La esencia de Dios es fiel; es abnegada, hermosa y buena. Yo, en cambio, detrás del poco deber que realizaba, escondía negociaciones, exigencias y engaños; simplemente no trataba a Dios como tal. Era una persona egoísta y despreciable que había perdido toda humanidad y razón. Si no me hubieran pasado estas cosas, nunca habría visto con claridad lo que yo era en realidad. Solo entonces comprendí que la enfermedad de mi esposo y las dificultades económicas de mi familia no eran porque Dios quisiera ponerme las cosas difíciles intencionadamente. En cambio, la intención era hacerme ver claramente mi propio rostro feo, egoísta y despreciable, despertar mi corazón y mostrarme cómo comportarme. Esta fue la gran salvación de Dios para mí, y contenía Su amor, pero yo había estado demasiado ciega para entender Su intención, y constantemente lo malinterpretaba y me quejaba de Él. Cuando entendí esto, me llené de arrepentimiento y me odié a mí misma. Entonces estuve dispuesta a arrepentirme ante Dios y a someterme a Sus instrumentaciones y arreglos, sin importar si había mejoras en la enfermedad de mi esposo o en nuestra vida familiar.

Mientras seguía buscando, encontré otro pasaje de las palabras de Dios: “Job no intentó hacer tratos con Dios, no le exigió nada ni le solicitó nada. Alababa Su nombre a causa del gran poder y la autoridad de Dios al tener soberanía sobre todas las cosas, y eso no dependía de si obtenía bendiciones o si lo golpeaba la adversidad. Job creía que, independientemente de que las personas reciban de Dios bendiciones o adversidad, Su gran poder y Su autoridad no cambiarán y así, independientemente de las circunstancias de la persona, el nombre de Dios debe ser alabado. Que Dios bendiga al hombre se debe a Su soberanía, y también se debe a Su soberanía que le llegue la adversidad. El gran poder y la autoridad de Dios tienen soberanía sobre todo lo relativo al hombre y lo disponen; los vaivenes de su fortuna son la manifestación de Su gran poder y autoridad, y sin importar la perspectiva desde la que se lo mire, se debería alabar el nombre de Dios. Esto es lo que Job experimentó y llegó a conocer durante los años de su vida. Todos sus pensamientos y sus actos llegaron a los oídos de Dios, a Su presencia, y Él los consideró importantes. Dios atesoraba este conocimiento de Job y le valoraba a él por tener un corazón así, que siempre aguardaba el mandato de Dios, en todas partes, y cualesquiera que fueran el momento o el lugar aceptaba lo que le sucediera. Job no le ponía exigencias a Dios. Lo que se requería a sí mismo era esperar, aceptar, afrontar y someterse a todas las disposiciones que procedieran de Él; creía que esa era su obligación, y era precisamente lo que Él quería(La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. La obra de Dios, el carácter de Dios y Dios mismo II). Cuando Job perdió todas sus ovejas, su ganado y todas sus riquezas, aunque sufría una angustia mental, fue racional. No sacó conclusiones precipitadas cuando no entendía la intención de Dios y nunca pronunció una palabra de queja o rebeldía contra Dios. Él sabía que Dios es el único Dios verdadero, que creó todo y que es soberano sobre todas las cosas, y que, ya fuera que Dios diera o quitara, Su nombre debía ser siempre alabado y ensalzado. Job fue capaz de aceptar de parte de Dios y someterse a todos los entornos que Dios dispuso. En cambio, al mirarme a mí misma, veía que cuando Dios me concedía gracias y bendiciones, alababa Su nombre con alegría, pero cuando mi esposo se enfermó y mi familia enfrentó dificultades económicas, yo no oraba para buscar y captar Su intención. En lugar de eso, quería usar la realización de mi deber para intentar ganarme la confianza de Dios con engaños, y conseguir que Él me ayudara a resolver las dificultades de mi familia. Cuando lo que Dios hacía no era conforme a mis deseos, me quejaba de que Él no era justo conmigo. No mostré ninguna sumisión genuina a Dios. Realmente había una diferencia abismal entre Job y yo. ¡Qué humanidad tan pobre tenía!

Más tarde, leí más palabras de Dios y llegué a entender cómo creer en Dios y realizar mi deber se relacionan con recibir bendiciones o sufrir desgracias. Dios dice: “No existe correlación entre el deber del hombre y que él reciba bendiciones o sufra calamidades. El deber es lo que el hombre debe cumplir; es la vocación que le dio el cielo y debe cumplirlo sin buscar recompensa y sin condiciones ni excusas. Solo esto se puede llamar cumplir con el propio deber. Recibir bendiciones se refiere a las bendiciones que disfruta una persona cuando es hecha perfecta después de experimentar el juicio. Sufrir calamidades se refiere al escarmiento que recibe una persona cuando su carácter no cambia tras haber pasado por el castigo y el juicio; es decir, cuando no se la hace perfecta. Pero, independientemente de si reciben bendiciones o sufren calamidades, los seres creados deben cumplir su deber, haciendo lo que deben hacer y haciendo lo que son capaces de hacer; esto es lo mínimo que una persona, una persona que busca a Dios, debe hacer. No debes realizar tu deber en pos de recibir bendiciones, y no debes negarte a hacerlo por temor a sufrir calamidades. Dejadme deciros esto: lo que el hombre debe hacer es realizar su deber, y si no realiza su deber, eso es su rebeldía(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. La diferencia entre el ministerio de Dios encarnado y el deber del hombre). A partir de las palabras de Dios, entendí que la vida humana la concede Dios, y todo lo que el hombre disfruta lo provee Él. La gente debe realizar sus deberes de manera incondicional. Esto es perfectamente natural y justificado. No debe poner condiciones ni exigencias; y mucho menos debe hacer sus deberes simplemente para recibir bendiciones y gracia. Es lo más irracional que se puede hacer. Así como los padres sufren grandes dificultades para criar a sus hijos, los hijos deben mantener a sus padres. Si la gente solo mantiene a sus padres cuando ven que van a recibir una herencia, y echan a sus padres cuando no tienen bienes, esas personas son hijos rebeldes; son bestias. No tienen humanidad. Hacer mi deber es mi vocación celestial como ser creado, y no debo tener ninguna intención o propósito al hacerlo. Sin importar si Dios me bendice o no, debo cumplir mi deber de forma incondicional. Además, mi esposo intentaba impedirme creer en Dios. Era por su propia culpa que su enfermedad no se había curado. No merecía compasión. Mi esposo era alguien que se resistía a Dios y, sin embargo, yo le pedía a Dios que sanara su enfermedad e incluso me quejaba de Él. Esto era totalmente irracional y provocaba el aborrecimiento y la repugnancia de Dios. En el futuro, sin importar si mi esposo se recuperaba o no de su enfermedad, yo estaba dispuesta a someterme a las orquestaciones y arreglos de Dios, adoptar la actitud correcta y cumplir mi deber con todo mi corazón y mi mente. Una vez que entendí esto, ya no sentía tanta amargura. Entonces pensé en lo que dice la Biblia: “Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros, y sin embargo, vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No sois vosotros de mucho más valor que ellas?(Mateo 6:26). Dios dijo que las aves del cielo no siembran ni cosechan, y aun así Él las alimenta, ¿cuánto más a los seres humanos? Dios no quiere que yo me prepare o planifique para eventos futuros, sino que deje que las cosas sigan su curso natural. Debería contentarme solo con tener suficiente comida y ropa. Aunque nuestra familia tenía dificultades económicas, podíamos llegar a fin de mes, y estaba dispuesta a someterme a la soberanía y los arreglos de Dios, y dejé de sentir angustia y ansiedad por el mañana.

Más tarde, el tío de un amigo de mi esposo vino de vacaciones a nuestra zona. Le enseñó a mi esposo sobre emplastos medicinales y métodos para tratar el dolor de espalda y piernas, y también lo trató de forma gratuita. Después de un tiempo, mi esposo mejoró mucho, e incluso abrió un consultorio en el mercado para tratar dolores de espalda y piernas, con lo que ganaba algo de dinero para ayudar con los gastos de la casa. Después de experimentar estas cosas, mi esposo dejó de oponerse con tanta fuerza a que yo creyera en Dios. Después, la enfermedad de mi esposo reapareció varias veces, pero ya no me quejaba de Dios por la enfermedad de mi esposo. Sé que todo lo que Dios orquesta es bueno, y debo someterme a Él y cumplir bien mi deber. El que yo haya podido cambiar así es el resultado de la guía de las palabras de Dios. ¡Gracias a Dios!

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