85. En los deberes no hay distinción de estatus ni de rango

Por Lei Bing, China

En 2023, los líderes dispusieron que predicara el evangelio porque mi calibre era deficiente y demostré ser incapaz de realizar los deberes relacionados con textos. En ese momento, sentí que quedaba mal. Pensé: “Si mis hermanos y hermanas se enteran de que me destituyeron por mi escaso calibre, ¿qué pensarán de mí?”. Me sentí fatal. Un día, cuando volví de predicar el evangelio, recibí una carta de los líderes. Decían que les faltaba gente y querían que volviera al lugar donde originalmente había estado haciendo mi deber. Al ver esto, me puse muy contento y pensé: “¡Ahora puedo volver a realizar deberes relacionados con textos!”. Pero cuando seguí leyendo, inmediatamente me desanimé. Resultó que los líderes querían que fuera allí a realizar el deber de acogida. Estaba completamente decepcionado. Pensé: “Se acabó. Este deber de acogida siempre lo realizan los hermanos y hermanas mayores. ¿Cómo he caído al punto de cocinar para la gente? ¡Esto es tan degradante! ¡Qué vergüenza! Además, en el pasado, realizaba deberes relacionados con textos, pero ahora, en un abrir y cerrar de ojos, estoy haciendo acogida. ¿Cómo voy a poder mirar a los ojos a los hermanos con los que solía colaborar? He sido líder y he realizado deberes relacionados con textos, y mis hermanos y hermanas de mi pueblo natal todos me consideran una persona talentosa. ¿Qué pensarán de mí si se enteran de que ahora estoy haciendo el deber de acogida? ¡Perdería la reputación irremediablemente!”. Cuando pensé esto, me sentí muy reacio, y no quise aceptar este deber. Sin embargo, acepté a regañadientes porque me preocupaba que los líderes dijeran que no era obediente.

Cuando llegué a la casa de acogida, me costaba un poco mirar a los ojos a los hermanos que ya había conocido en el pasado; me sentía inferior. Para evitar la vergüenza, intentaba quedarme solo en mi habitación tanto como fuera posible y minimizar el contacto con ellos. Cuando los veía irse a hacer sus deberes después de comer, mientras yo estaba ocupado lavando platos, limpiando mesas y barriendo el suelo, empecé a sentirme frustrado mientras trabajaba. Me sentía como un empleado doméstico. A veces, tiraba la escoba y pasaba un par de días sin limpiar y, en ocasiones, algunos hermanos me echaban una mano con la limpieza. Un hermano tenía problemas de salud y no podía comer comida demasiado picante, y me recordó muchas veces que no hiciera la comida demasiado picante. Sin embargo, no pude aceptarlo correctamente y creí que me estaban tratando como a un sirviente, así que me enfurruñé. Cuando cocinaba, no ponía ni un solo chile, y dejaba que los chiles se echaran a perder en lugar de comerlos para desahogar mi insatisfacción. Al ver mi actitud, los hermanos y hermanas dejaron de hacerme sugerencias. Después, sentí remordimiento y supe que no debería haber hecho eso, pero simplemente no podía controlarme. Me volví cada vez más irresponsable en mis deberes, y unas veces hacía demasiada comida y otras, muy poca. No preguntaba si mis hermanos tenían suficiente para comer, y constantemente me rondaba la idea de eludir este deber. Sin embargo, tenía miedo de que los hermanos y hermanas dijeran que no me estaba sometiendo, y por eso no lo mencioné. Sin embargo, me sentía triste en mi corazón cada vez que me enfrentaba a las ollas y sartenes, lavando y enjuagando. Pensé que este deber siempre lo hacían los hermanos y hermanas mayores y que, si los hermanos y hermanas que me conocían se enteraban de que era cocinero, ya nadie me admiraría. Al pensar en esto, sentía una frustración contenida que me hacía sentir muy mal. Me di cuenta de que mi estado era incorrecto, y oré a Dios en mi corazón: “Dios mío, sé que Tú permitiste que me sobreviniera este deber. ¡Te ruego que me guíes para poder someterme!”.

Después, reflexioné sobre mí mismo: “¿Por qué nunca quiero realizar el deber de acogida?”. Un día, durante mis devocionales, leí un pasaje de las palabras de Dios que era muy pertinente para mi estado. Dios dice: “El aprecio de los anticristos por su reputación y estatus va más allá del de la gente corriente y forma parte de su esencia-carácter; no es un interés temporal ni un efecto transitorio de su entorno, sino algo que está dentro de su vida, de sus huesos y, por lo tanto, es su esencia. Es decir, en todo lo que hacen los anticristos, lo primero en lo que piensan es en su reputación y su estatus, nada más. Para los anticristos, la reputación y el estatus son su vida y el objetivo que persiguen a lo largo de toda su existencia. En todo lo que hacen, su primera consideración es: ‘¿Qué pasará con mi estatus? ¿Y con mi reputación? ¿Me dará una buena reputación hacer esto? ¿Elevará mi estatus en la opinión de la gente?’. Eso es lo primero que piensan, lo cual es prueba fehaciente de que tienen el carácter y la esencia de los anticristos; y por eso consideran las cosas de esta manera. Se puede decir que, para los anticristos, la reputación y el estatus no son un requisito añadido ni mucho menos cosas que son externas a ellos de las que podrían prescindir. Forman parte de la naturaleza de los anticristos, los llevan en los huesos, en la sangre, son innatos en ellos. Los anticristos no son indiferentes a la posesión de reputación y estatus; su actitud no es esa. Entonces, ¿cuál es? La reputación y el estatus están íntimamente relacionados con su vida diaria, con su estado diario, con aquello que buscan día tras día. […] Se puede decir que, en el corazón de los anticristos, la búsqueda de la verdad al creer en Dios es la búsqueda de reputación y estatus, y la búsqueda de reputación y estatus es también la búsqueda de la verdad; adquirir reputación y estatus supone adquirir la verdad y la vida. Si les parece que no tienen fama, provecho ni estatus, que nadie los respeta, los tiene en alta estima ni los sigue, se desaniman, creen que no tiene sentido creer en Dios, que no sirve de nada, y por dentro se preguntan: ‘¿He fallado al creer en Dios de esta manera? ¿Acaso no hay esperanza para mí?’. A menudo sopesan estas cuestiones en su corazón. Sopesan cómo pueden hacerse un lugar en la casa de Dios, cómo pueden obtener una gran reputación en la iglesia, cómo pueden lograr que la gente los escuche cuando hablan y les cante alabanzas cuando actúan, cómo pueden hacer que la gente los siga sin importar dónde estén, cómo pueden ser una voz influyente en la iglesia, así como fama, provecho y estatus; tales son las cosas en las que de verdad se concentran en su fuero interno, son las cosas que buscan(La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 9 (III)). Dios expone que los anticristos consideran el estatus y la reputación como si les fuera la vida en ello. Sin importar qué deberes cumplan los anticristos, nunca consideran los intereses de la casa de Dios. En cambio, solo consideran si pueden ganar prestigio y la admiración de los demás, y tan pronto como no pueden alcanzar reputación y estatus, es como si les hubieran arrebatado la vida. Esto lo determina la esencia de los anticristos. El carácter que había revelado era el mismo que el de un anticristo. Creía que ser líder o hacer un deber con un componente técnico era algo respetable y destacado, y que haría que la gente me admirara, y que solo así la vida tendría valor o sentido. En contraste, creía que hacer el deber de acogida era inferior y que nadie me admiraría. Después de que me destituyeron de los deberes relacionados con textos, tenía miedo de que los hermanos y hermanas me menospreciaran si sabían que me habían reasignado por mi escaso calibre, y me sentía muy avergonzado. Especialmente, cuando me pidieron que hiciera el deber de acogida, me sentí completamente paralizado. Pensé en cómo, cuando antes había sido líder en la iglesia, a menudo me reunía y tenía pláticas con mis hermanos y hermanas, e implementaba el trabajo, pero ahora me había convertido en cocinero, y sentí que había perdido mi reputación por completo. Cada vez que pensaba en esto, me sentía sofocado, resentido y triste, y no podía someterme. Había un hermano que tenía ciertos problemas de salud y no podía consumir alimentos demasiado picantes y, en muchas ocasiones, me recordó que usara menos chiles. Esta era una petición razonable y algo que debería haber considerado como alguien que realizaba el deber de acogida, y debería haberlo aceptado. Pero no mostré consideración por él e incluso creí que me estaba menospreciando, así que le llevaba la contraria, e incluso descargué mi ira en mi deber. Estaba tan consumido por el estatus y la reputación que hasta perdí la humanidad normal. No me puse a pensar en cómo hacer bien mi deber de acoger a los hermanos. Mi cabeza estaba llena de pensamientos sobre mi reputación y estatus, y constantemente quería eludir mi deber. ¡Qué falta de humanidad la mía! Oré a Dios en mi corazón, dispuesto a arrepentirme y a tratar mis deberes correctamente.

Un día, leí un pasaje de las palabras de Dios y logré entender un poco mis propios problemas. Dios Todopoderoso dice: “Cuando ocurre una situación en la que uno no asume su lugar apropiado y no logra lo que debería —es decir, cuando no cumple su deber—, se le forma un nudo en el corazón. Este es un problema de lo más práctico, y debe resolverse. Entonces, ¿cómo debería resolverse? ¿Qué tipo de actitud debería uno tener? Ante todo, debe tener el deseo de enmendarse. Y si tiene tal deseo, ¿cómo debería practicar? Por ejemplo, supongamos que hay alguien que ha sido líder durante uno o dos años y, debido a su escaso calibre, no está a la altura del trabajo, no puede desentrañar nada, no sabe cómo usar la verdad para resolver problemas y es incapaz de hacer un trabajo real, lo que resulta en que lo destituyan. Si, después de ser destituido, es capaz de someterse, y puede continuar haciendo su deber y tiene el deseo de enmendarse, ¿qué debería hacer? En primer lugar, debería tener este entendimiento: ‘Dios hizo bien en actuar como lo hizo. Mi calibre es sumamente escaso. Durante mucho tiempo no he hecho ningún trabajo real, con lo que he retrasado el trabajo de la iglesia y la entrada en la vida de los hermanos y hermanas. Ya es bastante bueno que la casa de Dios no me haya expulsado. He sido muy desvergonzado al simplemente sostenerme en esta posición todo este tiempo, mientras seguía pensando que estaba haciendo un gran trabajo. ¡Qué falta de razón la mía!’. Si puede odiarse a sí mismo y sentir remordimiento en su corazón, ¿no es esa una manifestación de tener el deseo de enmendarse? Ser capaz de decir esto significa que tiene el deseo. Supongamos que dice esto en su corazón: ‘Durante mucho tiempo en mi posición como líder no hice más que perseguir los beneficios del estatus; solo estaba predicando doctrinas y dotándome de ellas, no persiguiendo la entrada en la vida. Recién ahora que he sido destituido veo que me quedo muy corto y me falta mucho. Dios hizo lo correcto, y debo someterme. Antes, cuando tenía estatus, los hermanos y hermanas eran muy buenos conmigo; se arremolinaban a mi alrededor dondequiera que iba. Ahora nadie me presta atención, y todos me rechazan; me lo merezco, esta es la pena que me corresponde. Además, ¿cómo podría un ser creado tener algún estatus ante Dios? No importa cuán alto sea el estatus de alguien, no es ni su resultado ni su destino. Al darme mi comisión, Dios no pretende que yo haga valer mi estatus o me deleite en él, sino que haga mi deber. Debería hacer tanto como sea capaz. Debería tener una actitud de sumisión hacia la soberanía de Dios y los arreglos de la casa de Dios. Aunque es difícil someterse, debo hacerlo. Dios tiene razón en hacer lo que hace, y aun suponiendo que yo tuviera miles o decenas de miles de razones, ninguna de ellas sería la verdad. ¡Someterse a Dios es la verdad!’. Estas son precisamente las manifestaciones de enmendarse. Si una persona las posee, ¿cómo la evaluará Dios? Dios dirá que este es un individuo con conciencia y razón. ¿Es alta esta evaluación? No es muy alta; solo tiene conciencia y razón; todavía no ha cumplido el estándar de ser hecho perfecto por Dios. Pero en lo que respecta a este tipo de persona, ya es algo que debe valorarse: ser capaz de someterse es raro y valioso. A continuación, en cuanto a cómo es la búsqueda de la persona para que Dios cambie Su opinión sobre ella, eso depende de la senda que elija(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Solo si se resuelven las propias nociones es posible emprender el camino correcto de la fe en Dios (3)). Después de leer las palabras de Dios, me sentí avergonzado y culpable. Cuando a una persona con conciencia y razón la reasignan en sus deberes o la destituyen, es capaz de someterse, reflexionar sobre sí misma y entender sus deficiencias. Aceptan sin tratar de justificarse ni negociar condiciones, y desean enmendarse. Pensé en que tenía un calibre deficiente y no estaba a la altura de hacer los deberes relacionados con textos. Después de meses de hacer mi deber, no había logrado ningún resultado, y el hecho de que ajustaran mi deber fue algo enteramente de acuerdo al principio-verdad. Si hubiera seguido haciendo ese deber, habría retrasado el trabajo y me habría vuelto negativo por mi falta de calibre. Esta disposición fue beneficiosa tanto para el trabajo de la iglesia como para mí mismo. Sin embargo, no le di gracias a Dios, e incluso me volví negativo y me quejé, creyendo que realizar el deber de acogida me rebajaba completamente, como si estuviera siendo enormemente humillado. Todos los días, hacía mi deber de mala gana. Mi calibre era deficiente, pero la casa de Dios no me había descartado, y en cambio me había dado otra oportunidad de realizar mi deber. Esta fue la gracia de Dios, y debería haber agradecido a Dios y haberlo aceptado y someterme incondicionalmente. Pero, sin saber lo que era bueno para mí, me volví negativo, holgazaneé y me sentí indignado y reacio a aceptar. ¡De verdad me faltaban conciencia y razón!

Después, reflexioné sobre mí mismo: ¿Por qué siempre estaba limitado por el estatus y el orgullo en mi deber? Leí un pasaje de las palabras de Dios y encontré la raíz que causaba mi problema. Dios dice: “¿Queréis siempre ser superiores a los demás, desplegar vuestras alas y emprender el vuelo, y ser un águila y no un pajarito? ¿Qué carácter es ese? ¿Se trata del principio de conducta propia? Vuestra conducta propia debe basarse en las palabras de Dios; solo estas son la verdad. Habéis sido corrompidos demasiado profundamente por Satanás, y siempre tomáis la cultura tradicional —las palabras de Satanás— como la verdad, como el objeto de vuestra búsqueda, lo que os facilita tomar la senda equivocada, caminar por la senda de la oposición a Dios. Los pensamientos y puntos de vista de la humanidad corrupta y las cosas que buscan son todos contrarios a los deseos de Dios, a la verdad y a la ley de la soberanía de Dios sobre todo, Su instrumentación de todo y Su control sobre el porvenir de la humanidad. Por lo tanto, no importa lo apropiada y razonable que resulte tu búsqueda según los pensamientos y nociones humanos, desde la perspectiva de Dios, no es una cosa positiva, y no concuerda con Sus intenciones. Como vas en contra del hecho de la soberanía de Dios sobre el porvenir de la humanidad y quieres hacer tu propio camino, llevando tu porvenir en tus propias manos, siempre te topas con las paredes, lo que te deja golpeado y amoratado, y nada te sale bien. ¿Por qué nada te sale bien? Porque esta ley que Dios estableció es inalterable para cualquier ser creado, y la autoridad y el poder de Dios están por encima de todo y ningún ser creado puede quebrantarlos. La gente confía demasiado en sus propias capacidades. ¿Qué es lo que hace que la gente siempre desee liberarse de la soberanía de Dios, quiera apoderarse de su propio porvenir, planificar su propio futuro y controlar sus perspectivas, su dirección y sus objetivos vitales? ¿De dónde proviene esta motivación? (De las actitudes corruptas satánicas). Así pues, ¿qué les traen a las personas las actitudes corruptas satánicas? (La lucha contra Dios). ¿Qué surge de que las personas luchen contra Dios? (Dolor). El dolor no es ni la mitad; ¡es destrucción! Lo que ves ante tus ojos es dolor, negatividad, debilidad, resistencia y quejas. ¿Qué consecuencia traerá luchar contra Dios? ¡La aniquilación! Esto no es un asunto menor ni un juego(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Las actitudes corruptas solo se pueden corregir aceptando la verdad). En las palabras de Dios entendí que había estado atado principalmente por venenos satánicos, como “El hombre deja su reputación allá por donde va, de la misma manera que un ganso grazna allá por donde vuela” y “El hombre lucha hacia arriba; el agua fluye hacia abajo”, y que vivía para la fama y el provecho. Cuando era joven, tenía un fuerte deseo de reputación y estatus. En mi adolescencia, vi a mucha gente trabajando de albañil y me dije a mí mismo: “¡Incluso si muero de pobreza, nunca seré albañil!”. Pensaba así porque creía que era un trabajo realizado por gente sin habilidades y sin futuro. Realmente envidiaba a aquellos que hacían grandes negocios, se vestían respetablemente y, dondequiera que iban, los admiraban y envidiaban. Más tarde, empecé a aprender a hacer negocios, y todos los aldeanos me elogiaban, diciendo: “Este chico tiene agallas. Definitivamente tendrá un futuro brillante”. Me puse muy contento al oír esto. En todo lo que hacía, tenía que pensar si era respetable o no, y si haría que la gente me admirara. Después de encontrar a Dios, continué viviendo según estos venenos satánicos. Pensaba que siendo un creyente común que realizaba un deber que implicaba esfuerzo físico no podía demostrar mi valor. Creía que ser líder o hacer un deber con un componente técnico me pondría en el centro de atención y haría que la gente me envidiara y admirara; solo así la vida podría tener valor y sentido. Por lo tanto, al hacer mi deber, era muy activo y capaz de hacer sacrificios y renuncias. Recordé cuando antes había sido líder, y cómo mis hermanos y hermanas me admiraban dondequiera que iba. En particular, cuando me pedían que me reuniera y tuviera pláticas con ellos más a menudo, me ponía tan contento que no sabía ni qué decir. Sentía que me tenían en alta estima y estaba muy motivado para hacer mi deber. Sin embargo, cuando me pidieron que realizara el deber de acogida, me desinflé como un globo. Sentía que hacer este deber era inferior, así que me sentí reacio y me quejé en mi corazón, y me volví negativo y holgazaneé al hacer mi deber. Cuando cocinaba, o hacía de más, o hacía de menos y no era suficiente para comer. A veces, veía algunas sobras y simplemente preparaba una comida con ellas de manera superficial, sin importarme si mis hermanos tenían suficiente para comer o no. Al cocinar, no consideraba la salud de mi hermano, y cuando él me volvía a recordar, me molestaba. Cuando estaba de mal humor, ni siquiera limpiaba. Al vivir según los venenos satánicos, cada vez me faltaba más razón y humanidad normal. Si no me arrepentía, entonces, no solo los hermanos y hermanas sentirían aversión por mí, sino que Dios también se disgustaría y, con el tiempo, el Espíritu Santo me abandonaría. Cuando entendí esto, sentí un poco de miedo, así que le oré a Dios diciéndole que estaba dispuesto a someterme a Su orquestación y Sus arreglos, y a cumplir mi deber.

Más tarde, leí otros dos pasajes de las palabras de Dios y entendí cómo tratar mis deberes. Dios dice: “En la casa de Dios, cuando se te asigna una tarea, sea dura o agotadora, te agrade o no, es tu deber. Si puedes considerarlo una comisión y responsabilidad que Dios te ha dado y la puedes completar con todo tu corazón y fuerza, se puede decir que el trabajo que haces —el deber que realizas— es relevante para la obra de Dios de salvar al hombre. Si puedes aceptar seria y sinceramente la comisión que Dios te ha dado, ¿cómo te considerará Él? Te considerará un miembro de Su familia. ¿Es eso una bendición o una calamidad? (Una bendición). Es una gran bendición(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. ¿Cuál es la realización del propio deber acorde al estándar?). “¿Cuál es vuestra función como seres creados? Esto se relaciona con tu práctica y con tu deber. Eres un ser creado, y si Dios te dio el don del canto y la casa de Dios dispone que cantes, debes cantar bien. Si tienes el don de predicar el evangelio y la casa de Dios dispone que prediques el evangelio, entonces debes hacerlo bien. Si el pueblo escogido de Dios te elige como líder, debes asumir la comisión de liderazgo y conducir al pueblo escogido de Dios para que coma y beba Sus palabras, comparta la verdad y entre en la realidad. Así, habrás hecho bien tu deber. ¡La comisión que Dios le da al hombre es sumamente importante y significativa! Así pues, ¿cómo debes asumir esta comisión y cumplir con tu función? Se puede decir que esta es una de las mayores cuestiones a las que te enfrentas, un momento crucial que determina si puedes obtener la verdad y ser perfeccionado por Dios. Debes elegir(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Solo al entender la verdad se pueden conocer los hechos de Dios). En las palabras de Dios entendí que en los deberes de la casa de Dios no hay distinción entre grandes y pequeños, altos y bajos, o nobles y viles. Los deberes surgen de la obra de Dios para salvar a la humanidad. No importa qué deber cumplas o si puedes destacar o no, si puedes aceptar sinceramente tu deber, tratarlo con seriedad, desempeñar tu función según las exigencias de Dios y cumplir bien tu deber con los pies en la tierra, entonces Dios estará satisfecho. Sin embargo, yo consideraba que ser líder o hacer un deber relacionado con textos o un deber con un componente técnico eran deberes de alto nivel. Creía que las personas que realizaban este tipo de deber serían objeto de la salvación de Dios, mientras que aquellos que acogían y hacían recados solo se esforzaban y rendían servicio. Dividí los deberes de la casa de Dios en altos y bajos, nobles y humildes y en varios grados. Esta opinión era realmente absurda y violaba completamente la verdad. Pensé en que no tenía las habilidades para hacer un deber relacionado con textos, además, tenía poco calibre y hacía mucho tiempo que no lograba ningún resultado en mi deber. Si me forzaba a cooperar para guardar las apariencias, no solo retrasaría el trabajo de la iglesia, sino que también tendería a volverme negativo, lo que no traería ningún beneficio a mi propia vida. La iglesia dispuso que yo hiciera el deber de acogida, que es un deber que soy capaz de hacer, y debería aceptarlo, someterme y cumplir con mis responsabilidades. Solo entonces tendría la conciencia y la razón que debería tener.

Más tarde, también me di cuenta de que tenía una opinión falaz, creyendo que si uno hacía un deber importante, tendría un estatus elevado, y que si hacía un deber discreto, tendría un estatus bajo. Un día, leí un pasaje de las palabras de Dios que transformó mi opinión falaz. Dios dice: “Si alguien tiene un estatus social muy bajo, una familia muy pobre y un bajo nivel de educación, pero cree en Dios con los pies en la tierra, ama la verdad y las cosas positivas, a los ojos de Dios, ¿es su valor alto o bajo, es noble o humilde? Es valioso. Viéndolo desde esta perspectiva, ¿de qué depende el valor de alguien, independientemente de que este sea alto o bajo, noble o humilde? Depende de cómo te ve Dios. Si Dios te ve como alguien que persigue la verdad, entonces tienes valía y eres valioso: eres un recipiente valioso. Si Dios ve que no persigues la verdad y que no te entregas sinceramente a Él, eres despreciable y careces de valor: eres un recipiente insignificante. No importa cuán educado seas o cuán alto sea tu estatus en la sociedad, si no persigues ni entiendes la verdad, tu valía nunca podrá ser alta; incluso si muchas personas te apoyan, te exaltan y te adoran, sigues siendo una porquería. […] Viéndolo ahora, ¿cuál es la base para definir si el valor de alguien es noble o insignificante? (Es su actitud hacia Dios, la verdad y las cosas positivas). Así es. Primero, uno debe entender cuál es la actitud de Dios. Entender la actitud de Dios y comprender los principios y criterios según los cuales Él emite un veredicto sobre las personas, y luego medirlas con base en los principios y criterios por los cuales Dios las trata: solo esto es lo más preciso, apropiado y justo(La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 7: Son perversos, insidiosos y falsos (I)). A partir de las palabras de Dios entendí que el que una persona sea noble en la casa de Dios no depende de si tiene estatus o no, ni de si alguien la admira o la adora. En cambio, depende de si las personas aman la verdad y si también la persiguen. Si una persona no persigue la verdad ni la ama, entonces por más elevado que sea su estatus y por mucha gente que la rodee y la adore, no solo no vale nada, sino que también será revelada y descartada por disfrutar de los beneficios del estatus. Incluso si una persona no tiene ningún estatus y nadie la admira, si ama la verdad, tiene un corazón temeroso de Dios y puede creer en Él y hacer su deber con los pies en la tierra, esas personas son valiosas a los ojos de Dios. En el pasado, siempre pensé que los deberes de acogida y de asuntos generales eran trabajos que implicaban esfuerzo, que todos menospreciaban, y que, por muy bien que uno los realizara, no serviría de nada. Por lo tanto, no quería hacer ese tipo de deber, y solo buscaba ser líder o hacer un deber con un componente técnico. ¡Ahora me daba cuenta de cuán absurda era mi opinión! Pensé en cómo Pablo perseguía con determinación estar por encima de todos los demás apóstoles. Viajó por la mayor parte de Europa para predicar el evangelio y también escribió muchas cartas, lo que le ganó la admiración y la adoración de todos. Sin embargo, no obtuvo la verdad y vida, y tenía un carácter corrupto hasta la médula. Al final, incluso dijo algo tan presuntuoso y traicionero como “Para mí, el vivir es Cristo”, y terminó siendo castigado por Dios. Vi que la senda que estaba recorriendo era la de Pablo, y, si no cambiaba el rumbo, mi desenlace al final sería el mismo que el de Pablo. Tenía que arrepentirme y cambiar rápidamente. Después de eso, pude tratar mi deber de acogida con esmero, y todos los días reflexionaba sobre cómo hacer bien este deber y acoger bien a mis hermanos y hermanas. Ya no me sentía inferior.

Durante el tiempo que he estado haciendo el deber de acogida, he aprendido cómo someterme a las orquestaciones y los arreglos de Dios, he llegado a entender un poco mis propias actitudes corruptas, he podido aquietar mi corazón para hacer mi deber y he vivido con algo de semejanza humana. Todas estas son lecciones que he aprendido al hacer el deber de acogida. ¡Agradezco a Dios desde el fondo de mi corazón!

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