90. Cuando mi deseo de bendiciones quedó destrozado

Por Li Xin, China

En 2009, una familiar me predicó el evangelio del reino de Dios. Me dijo que, en los últimos días, Dios expresa la verdad para purificar nuestra corrupción, salvar a la humanidad del pecado y liberarnos de esta vida de sufrimiento, para al final llevarnos a un hermoso destino donde ya no habrá más dolor ni tristeza. Apenas lo oí, pensé: “¿No es esta exactamente la vida que siempre he anhelado?”. Así que acepté con gusto la obra de Dios de los últimos días y, al poco tiempo, empecé a realizar mi deber en la iglesia. Durante los años siguientes, a mi familia le iba bien y nuestra vida transcurría sin problemas. A menudo le daba gracias a Dios y me sentía aún más motivada para renunciar a cosas y entregarme.

Entonces, una tarde de otoño de 2019, mi hija mayor recibió una llamada de la comisaría. Había ocurrido un accidente en la obra donde mi esposo era el contratista. Un trabajador migrante había muerto accidentalmente en su puesto, y habían llevado a mi esposo a un centro de detención, a la espera de que se procesara el caso. Al oír la noticia, mi mente quedó en blanco. Pensé: “¿Cómo pudo pasar algo así? ¿Cuánto tendremos que pagar de indemnización? Para empezar, no tenemos dinero; no podemos pagarlo de ninguna manera. Con mi esposo detenido, ¿nuestra familia no quedará arruinada?”. No podía ni describir lo que sentía. Mi hija se quejó: “¿No crees en Dios? ¿Cómo es que todavía le pasa algo así a nuestra familia?”. Cuando nuestros parientes del pueblo se enteraron, algunos se quejaron: “¡Qué mala suerte que les pase esto! ¡Todo el dinero que ganaron estos años fue para nada!”. Otros dijeron: “¡Quién sabe cuánto tendrán que pagar!”. Al oírlos hablar a todos a la vez, sin que nadie me ofreciera ayuda para juntar el dinero y, en cambio, no hicieran más que comentarios crueles, me sentí profundamente descorazonada. Además, me preocupaba que la familia del trabajador fallecido viniera a armar un escándalo. Esos pocos días estuve aterrorizada y ansiosa. No podía comer ni dormir bien. Cada vez que pensaba en la indemnización, me abrumaba la preocupación: “Todo el dinero que mi esposo ganó trabajando tan duro de la mañana a la noche estos últimos años se fue en pagar deudas y en comprar maquinaria y herramientas. No nos queda nada. Si tenemos que pagar cientos de miles en indemnización, ¿de dónde voy a sacar tanto dinero?”. Lo único que podía hacer era encomendarle estas dificultades a Dios y orar: “Dios mío, no sé qué hacer con esta enorme indemnización. No puedo contar con mis parientes ni con mis amigos. Lo pongo todo en Tus manos. Por favor, ayúdame a superar este momento difícil”. Un par de meses después, tras la mediación del tribunal, la otra parte exigió 280.000 yuanes de indemnización. El abogado dijo que, si podíamos pagar el dinero y la otra parte firmaba una carta de perdón, mi esposo no tendría que ir a la cárcel. Si no podíamos pagar, lo condenarían. ¡Para mí, 280.000 yuanes era una cifra astronómica! ¿Cómo iba a conseguir tanto dinero una mujer como yo? Pero si no podía pagar, mi esposo sería condenado a prisión. No tuve más remedio que ir pidiendo dinero prestado a todos nuestros parientes, pero, para mi sorpresa, cuando fui pidiendo ayuda, todos me la negaron con distintas excusas. Ante su indiferencia, me sentí desolada e impotente, y estaba tan preocupada que no podía parar de llorar. Clamé a Dios una y otra vez, esperando que me ayudara a superar este momento difícil. Pero a medida que se acercaba la fecha límite para el pago, todavía no había logrado recaudar ni de lejos esa cantidad. No pude evitar empezar a quejarme en mi corazón: “Esos no creyentes viven muy bien. Yo creo en Dios, he dejado todo atrás por mi fe, e incluso cuando mi esposo y mi hermano intentaron detenerme, persistí en hacer mi deber. Soy una verdadera creyente, entonces, ¿por qué Dios no me protegió? ¿Por qué dejó que me cayera encima un desastre así?”. Cuanto más lo pensaba, más agraviada me sentía, y clamé a Dios: “Dios mío, he estado haciendo mi deber todos estos años. ¿Por qué no me protegiste? Siento este desastre como una montaña enorme que me aplasta y apenas puedo respirar. No puedo aguantarlo más. ¿Qué debo hacer?”. Me di cuenta de que estaba mal quejarme, pero de verdad no tenía a quién acudir y simplemente no lograba someterme en mi corazón. Esos días no podía comer ni dormir, no tenía nada de energía y perdí las ganas de leer las palabras de Dios. Me sentía muy lejos de Él. Más tarde, como mi familia simplemente no pudo reunir el dinero de la indemnización, a mi esposo lo condenaron a un año y medio de prisión. Me sentí profundamente angustiada ante este desenlace. Con mi esposo en la cárcel, no había nadie que ganara dinero para la familia. ¿Cómo íbamos a arreglárnoslas en el futuro? Ante estas dificultades, sentí que no podía contar con nadie más que conmigo misma. Empecé a pensar que ya no podía hacer mi deber a tiempo completo y que tendría que dedicar la mitad de cada día a un trabajo a tiempo parcial.

Cuando la supervisora de la iglesia se enteró de mi situación, compartió conmigo para ayudarme y me dijo que debía buscar las intenciones de Dios en lo que le había pasado a mi familia y aprender lecciones de ello. Así que empecé a orar y a buscar a Dios. Durante mis prácticas devocionales, leí unas palabras de Dios: “El enunciado de Job: ‘¿Aceptaremos el bien de la mano de Dios y no aceptaremos la adversidad?’* ya deja claro por qué él era capaz de someterse a Dios y contiene una verdad que podemos buscar. ¿Expresó Job quejas o demandas al pronunciar ese enunciado? (No). ¿Contenía alguna ambigüedad o insinuaciones negativas? (No). Claramente, no. A través de su experiencia, Job llegó a comprender que no corresponde a las personas decidir la forma en que el Creador las trata. Puede que eso suene algo desagradable, pero es un hecho. Dios ha dispuesto el sino de todas las personas para toda su vida; eso es un hecho, lo aceptes o no. No puedes cambiar tu porvenir. Dios es el Creador y debes someterte a Sus instrumentaciones y disposiciones. Haga lo que haga, Su obra es correcta porque Él es la verdad y el Soberano sobre todas las cosas, y las personas deben someterse a Él. La expresión ‘todas las cosas’ te incluye a ti y a todos los seres creados. Por lo tanto, ¿quién tiene la culpa de que siempre quieras resistirte? (Nosotros). Ese es tu problema. Siempre intentas dar razones y encontrar faltas; ¿está bien eso? Siempre quieres recibir bendiciones y beneficios de Dios; ¿está bien eso? Nada de eso está bien. Esos puntos de vista representan un conocimiento y un entendimiento incorrectos de Dios. Precisamente porque tu punto de vista de la fe en Dios es incorrecto, es inevitable que te resistas a Dios y te enfrentes y opongas a Él cuando afrontas alguna situación, y que siempre pienses: ‘Está mal que Dios haga eso; no lo puedo entender. Todo el mundo protestaría por lo que está haciendo. ¡No es propio de Dios obrar así!’. Sin embargo, no se trata de cómo sea Dios; con independencia de lo que Él haga, sigue siendo Dios. Si careces de esa razón y ese entendimiento, si siempre estás escrutando y haciendo suposiciones cuando te ocurren cosas en tu día a día, el resultado será que tan solo te enfrentarás a Dios y te opondrás a Él a cada momento, y serás incapaz de escapar de ese estado. Sin embargo, si tienes ese entendimiento y puedes adoptar la posición de un ser creado, y si cuando te enfrentes a situaciones puedes compararte con ese aspecto de la verdad y practicar y entrar en ella, entonces tu temor interior de Dios aumentará con el tiempo. De manera inconsciente, llegarás a pensar: ‘Resulta que lo que Dios hace no es erróneo; todo lo que Dios hace está bien. Las personas no tienen por qué escrutarlo y analizarlo; ¡tan solo ponte a merced de la instrumentación de Dios!’. Y cuando te veas incapaz de someterte a Dios o de aceptar Sus instrumentaciones, tu corazón se sentirá reprendido: ‘No he sido un buen ser creado. ¿Por qué no puedo limitarme a someterme? ¿No entristece eso al Creador?’. Cuanto más desees ser un buen ser creado, más crecerá tu comprensión y tu lucidez con respecto a ese aspecto de la verdad(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. La actitud que ha de tener el hombre hacia Dios). Antes, había leído muchas veces la historia de Job, pero siempre la había visto solo como una historia. Al volver a meditar en ella ese día, y ver cómo Job no pecó de palabra ni siquiera ante pruebas tan grandes, me llené de admiración por su sumisión a Dios. Job perdió todas las ovejas y bueyes que cubrían las colinas, su inmensa fortuna y a todos sus hijos; además, estaba cubierto de llagas purulentas, pero aun así no se quejó de Dios. Él sabía que Dios es el Creador y que, sin importar lo que Él haga, el hombre debe someterse. Sabía que esta es la razón que un ser creado debe poseer, y que uno no puede estar feliz cuando Dios bendice y quejarse cuando Dios quita; eso sería adoptar una posición equivocada. Por eso Job fue capaz de decir: “¿Aceptaremos el bien de la mano de Dios y no aceptaremos la adversidad?” (Job 2:10).* Job creía que todo lo que Dios hacía era bueno y, aunque no lo entendiera, aun así podía someterse. Comparado con las pruebas que enfrentó Job, ¿qué representaba lo que me había pasado a mí? Y a pesar de todo, yo no mostré la más mínima sumisión. Me pasaba los días proclamando: “Dios tiene soberanía sobre todas las cosas y las gobierna; debemos someternos a Su soberanía y a Sus disposiciones”, pero cuando mi esposo se metió en problemas, no pude someterme en absoluto. Le exigí una y otra vez a Dios que me ayudara a resolver mis dificultades inmediatas. Cuando Dios no satisfizo mis exigencias, llegué a cuestionarlo, preguntándole por qué había permitido que me pasara algo así. Sentí que Dios estaba en mi contra, que lo que hacía era irrazonable. Incluso pensé en abandonar mi deber para buscar mi propia salida. Vi que no entendía en absoluto la soberanía de Dios y que no tenía ni un ápice de un corazón temeroso de Dios. Pensándolo bien… antes de creer en Dios, en mi familia habíamos tenido tanto buenos como malos momentos. Los no creyentes a veces también tienen épocas tranquilas, y otras veces se enfrentan a desastres naturales o provocados por el hombre. En realidad, el porvenir de una persona, incluidas las dificultades y los reveses que enfrentará, está preordinado por Dios desde hace mucho tiempo. Pero yo pensaba que los que creen en Dios deberían tener una vida mejor que los no creyentes y no deberían sufrir desastres. ¿No era eso un entendimiento distorsionado y una falta de conocimiento de la soberanía de Dios? Dios es el Creador. Él conoce mejor que nadie nuestras necesidades y dispone los entornos adecuados para que los experimentemos. Detrás de lo que le sucede a cada persona y del momento en que ocurre, siempre están la soberanía y las disposiciones de Dios. Aunque por fuera las cosas no se ajusten a nuestras nociones, sin duda son beneficiosas para nuestra vida; debería someterme y buscar las intenciones de Dios. Pero, a pesar de haber disfrutado de tanta gracia y bendiciones de Dios, y del riego y el sustento de Sus palabras, no mostré ni la más mínima gratitud. En cuanto pasó algo que no me gustó, me quejé amargamente contra Dios. ¡Vi lo desprovista de humanidad que estaba! Me llené de remordimiento y oré a Dios arrepentida, dispuesta a someterme a Su soberanía y a Sus disposiciones.

Después, me puse a reflexionar sobre mí misma: “¿Por qué será que me quejaba de Dios cada vez que pasaba algo desagradable?”. Entonces, leí unas palabras de Dios: “Esperas que tu fe en Dios no acarree ninguna dificultad ni tribulación ni el más mínimo sufrimiento. Siempre buscas aquellas cosas que no tienen valor y no le otorgas ningún valor a la vida, poniendo en cambio tus propios pensamientos extravagantes antes que la verdad. ¡No vales nada! Vives como un cerdo, ¿qué diferencia hay entre tú y los cerdos y los perros? ¿No son bestias todos los que no persiguen la verdad y, en cambio, aman la carne? ¿No son cadáveres vivientes todos esos muertos sin espíritu? ¿Cuántas palabras se han hablado entre vosotros? ¿Se ha hecho solo un poco de obra entre vosotros? ¿Cuánto he provisto entre vosotros? ¿Y por qué no lo has obtenido? ¿De qué tienes que quejarte? ¿No será que no has obtenido nada porque estás demasiado enamorado de la carne? ¿Y no es porque tus pensamientos son muy extravagantes? ¿No es porque eres muy estúpido? Si no puedes obtener estas bendiciones, ¿puedes culpar a Dios por no salvarte? Lo que buscas es poder ganar la paz después de creer en Dios, que tus hijos no se enfermen, que tu esposo tenga un buen trabajo, que tu hijo encuentre una buena esposa, que tu hija encuentre un esposo decente, que tus bueyes y tus caballos aren bien la tierra, que tengas un año de buen clima para tus cosechas. Esto es lo que buscas. Tu búsqueda es solo para vivir en la comodidad, para que tu familia no sufra accidentes, para que los vientos te pasen de largo, para que la arena no toque tu cara, para que las cosechas de tu familia no se inunden, para que no te afecte ningún desastre, para vivir en ‘el abrazo de Dios’, para vivir en un nido acogedor. Un cobarde como tú, que siempre busca la carne, ¿tienes corazón, tienes espíritu? ¿No eres una bestia? Yo te doy el camino verdadero sin pedirte nada a cambio, pero no lo buscas. ¿Eres uno de los que creen en Dios? Te otorgo la vida humana real, pero no la buscas. ¿Acaso no eres igual a un cerdo o a un perro? Los cerdos no buscan la vida del hombre, no buscan ser limpiados y no entienden lo que es la vida. Cada día, después de hartarse de comer, simplemente se duermen. Te he concedido el camino verdadero, pero no lo has obtenido: tienes las manos vacías. ¿Estás dispuesto a seguir en esta vida, la vida de un cerdo? ¿Qué significado tiene que tales personas estén vivas? Tu vida es despreciable y vil, vives en medio de la inmundicia y el libertinaje y no persigues ninguna meta; ¿no es tu vida la más innoble de todas? ¿Tienes el descaro de presentarte ante Dios? Si sigues teniendo esa clase de experiencia, ¿vas a conseguir algo? El camino verdadero se te ha dado, pero que al final puedas o no ganarlo depende de tu propia búsqueda personal(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Las experiencias de Pedro: su conocimiento del castigo y del juicio). Mientras meditaba sobre las palabras de Dios, me atravesaron el corazón. ¿No era yo exactamente la clase de persona que Dios desenmascara, alguien que siempre busca la paz de la carne y que carece de corazón y de espíritu? La razón por la que empecé a creer en Dios fue que mi familia siempre tenía problemas y yo solo quería encontrar algo en que apoyarme. Cuando oí que Dios podía salvar a la gente y conceder paz y bendiciones, lo traté como mi gran salvador. Pensé que, mientras creyera en Dios como es debido y realizara mi deber, Él bendeciría a mi familia con paz y nos mantendría a salvo de desastres o calamidades. Cuando mi esposo consiguió el contrato de construcción y nuestra situación económica mejoró, le agradecí a Dios efusivamente y me volví aún más proactiva en mi deber. Pero cuando ocurrió el accidente en la obra, no pudimos pagar la indemnización y lo condenaron a prisión, me quejé de que Dios no me había protegido y ya no quise comer y beber Sus palabras ni orar. Incluso sentí que no se podía confiar en Dios y pensé en buscar mi propia salida consiguiendo un trabajo a tiempo parcial para ganar dinero. Piénsalo, Dios se hizo carne en los últimos días y vino a la tierra para concederle al hombre abundantes verdades, permitiendo que la gente experimente Su obra, persiga la verdad y logre un cambio de carácter, para que al final puedan ser salvos y entrar en Su reino. Este es el gran amor y la salvación de Dios para la humanidad. Pero en mi fe en Dios, los objetivos de mi búsqueda eran incorrectos; solo quería disfrutar de la comodidad de la carne, e incluso tenía la fantasía de que, si una persona creía en Dios, toda su familia sería bendecida. ¿No es esta la misma visión de la fe que tiene la gente religiosa? En los últimos días, Dios realiza la obra de juicio y castigo, expresando la verdad para purificar las actitudes corruptas de las personas. Dios espera que todos puedan perseguir y ganar la verdad, y vivir una vida con sentido. Pero yo siempre me limité a perseguir la gracia y las bendiciones, buscando la comodidad carnal como un animal. Esa es la vida más patética e inútil. Si seguía buscando de esa manera, no ganaría la verdad y mi carácter no cambiaría. ¿No terminaría entonces con las manos vacías, sin nada que mostrar? Al final, de todos modos Dios me descartaría. ¡Me di cuenta de lo necia e ignorante que era!

Más tarde, leí otro pasaje de las palabras de Dios y logré entender un poco mi propia naturaleza. Dios Todopoderoso dice: “Una de las intenciones y actitudes principales de los anticristos hacia su deber es usarlo como una oportunidad para hacer una transacción con Dios y obtener los beneficios que desean. Creen además que ‘Cuando la gente abandona a sus familias y renuncia a sus expectativas mundanas para hacer su deber en la casa de dios, ni que decir tiene que han de ganar algo, obtener algo a cambio; solo esto es justo y razonable. Si cumples tu deber y no recibes nada a cambio, aunque recibas algunas verdades, no merece la pena. El cambio de carácter tampoco es un beneficio tangible, ¡aunque hayas recibido la salvación, nadie será capaz de verlo!’. Estos incrédulos hacen oídos sordos a cualquier requerimiento que Dios le haga a la especie humana. No lo reconocen ni lo creen y adoptan una actitud de negación. A juzgar por las actitudes e intenciones con las que los anticristos tratan su deber, está claro que no son personas que persigan la verdad, sino que son incrédulos y oportunistas; son propios de Satanás. ¿Habéis oído que Satanás pueda llevar a cabo un deber con lealtad? (No). Si Satanás puede hacer su ‘deber’ delante de Dios, este deber ha de estar entre comillas porque Satanás lo hace de manera pasiva y bajo coacción. Dios maneja a Satanás y lo explota. Por consiguiente, debido a su esencia de anticristo y a que no ama la verdad y siente aversión por ella e, incluso en mayor medida, a su naturaleza perversa, los anticristos no pueden hacer su deber como seres creados de manera incondicional o sin compensación ni pueden perseguir la verdad ni obtenerla al tiempo que llevan a cabo sus deberes o los hacen de acuerdo con los requerimientos de las palabras de Dios(La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 9 (VII)). Dios deja en evidencia que los anticristos tienen una naturaleza egoísta y despreciable, y sienten aversión por la verdad. Al hacer su deber, solo intentan negociar con Dios. Creen que, como han pagado un precio al renunciar a cosas y entregarse en su deber, Dios debe concederles gracia y bendiciones cuando se lo pidan, y que esa es la única manera justa y razonable; de lo contrario, Dios no sería justo. Mi esencia-naturaleza era tan fea y perversa como la de un anticristo. Todos esos años, fui capaz de persistir en mi deber a pesar de que mi esposo me lo impedía y mis parientes se burlaban de mí, únicamente para recibir mayores bendiciones de Dios. Siempre había creído que, si me entregaba para Dios y realizaba mi deber, Él me bendeciría y protegería, dándome una vida libre de preocupaciones, una vida de paz en la que todo fuera bien. Jamás imaginé que ocurriría un accidente en la obra de mi esposo, y que lo condenarían a prisión porque no podíamos pagar la indemnización. Aquello me resultó insoportable, así que usé mis renuncias y mi entrega como argumento para discutir con Dios, cuestionando por qué Él no me había protegido y por qué había dejado que me sobreviniera un desastre tan grande. Estaba viviendo según leyes de supervivencia satánicas como: “No muevas un dedo si no hay recompensa”, “Pelear hasta por las migajas” y “Cada hombre para sí mismo, y sálvese quien pueda”. Daba igual con quién tratara, si yo pagaba un precio, esperaba algo a cambio. Después de empezar a creer en Dios, como era de esperar, también intenté negociar con Él. Creía que, mientras yo sufriera y me entregara para Dios, Él debía bendecirme; si no, Él no era justo. Un verdadero creyente realiza su deber sin negociar ni poner exigencias. Es como Noé, que lo dio todo para construir el arca, persistiendo durante ciento veinte años, día tras día. Él sufrió y pagó un precio únicamente para completar la comisión de Dios, sin pensar nunca en sus ganancias o pérdidas personales. Pero, de principio a fin, mi fe en Dios solo consistió en usarlo para alcanzar mi propio objetivo de ser bendecida. Yo no era una verdadera creyente en absoluto; estaba tratando de engañar y usar a Dios. Mi naturaleza era tan perversa y falsa como la de un anticristo. Era exactamente la clase de incrédula y oportunista que Dios desenmascara. Al ver que mis acciones eran tan rebeldes y habían herido tan profundamente el corazón de Dios, me sentí llena de remordimiento y me culpé a mí misma. Entonces, oré a Dios de nuevo: “Dios mío, estoy muy desprovista de humanidad y razón. Mi fe en Ti y la realización de mi deber han sido solo intentos de negociar contigo y engañarte. ¡Te he decepcionado tanto! Estoy dispuesta a arrepentirme. Me someteré a las circunstancias que Tú dispongas y ya no me rebelaré ni romperé Tu corazón”.

Más tarde, leí unas palabras de Dios y encontré en ellas una senda de práctica. Dios Todopoderoso dice: “¿En qué sentido es un error tratar la búsqueda de bendiciones como un objetivo? Se opone completamente a la verdad y no es congruente con la intención de Dios de salvar a las personas. Dado que recibir bendiciones no es un objetivo adecuado al que la gente deba aspirar, ¿cuál es un objetivo adecuado? La búsqueda de la verdad, la búsqueda de la transformación del carácter y la capacidad de someterse a todas las instrumentaciones y disposiciones de Dios: estos son los objetivos a los que la gente debe aspirar. […] Cuando renuncias al deseo de recibir bendiciones y recorres la senda de perseguir la verdad, se te quita un peso de encima. ¿Y podrás estar negativo todavía? Aunque aún haya momentos en que lo estés, no dejas que esto te constriña, en el fondo sigues orando y luchando, cambiando el objetivo de tu búsqueda —de recibir bendiciones y tener un destino, a la búsqueda de la verdad—, y piensas para tus adentros: ‘La búsqueda de la verdad es el deber de un ser creado. No hay mayor cosecha que comprender ciertas verdades hoy día, esta es la mayor bendición de todas. Aunque Dios no me quiera, yo no tenga un buen destino y mis esperanzas de recibir bendiciones se hagan añicos, continuaré cumpliendo adecuadamente con el deber, tengo esa obligación. Sea cual sea el motivo, no permitiré que afecte a mi cumplimiento adecuado del deber ni a mi cumplimiento de la comisión de Dios; este es mi principio de conducta’. Con esto, ¿no has trascendido las limitaciones de la carne?(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Practicar la verdad es la única manera de obtener la entrada en la vida). Después de leer las palabras de Dios, entendí que para creer en Él, uno debe perseguir la verdad y un cambio de carácter, y buscar la verdad y someterse a las orquestaciones y disposiciones de Dios en los entornos que Él dispone. No importa si recibimos bendiciones o encontramos adversidad, debemos cumplir con nuestro deber. Esta es la senda correcta que debe recorrer un creyente. Antes, mi corazón estaba lleno del deseo de bendiciones. Cuando azotaba el desastre, siempre quería escapar de él. Vivía en un estado de rebelión contra Dios, lo cual era demasiado angustioso y doloroso. Hoy, he llegado a entender la verdad. Sin importar si recibo bendiciones en el futuro, solo deseo aferrarme a mi deber y perseguir adecuadamente la verdad y un cambio de carácter. Después, mi estado se normalizó y pude hacer mi deber con el corazón en paz. Aunque las dificultades de mi familia persistían, estaba dispuesta a confiar en Dios para experimentarlas. Ya no le hice exigencias irrazonables a Dios, ni volví a pensar en tratar de escapar de mi apuro valiéndome de mis propias capacidades. Sin darme cuenta, empecé a ver la guía de Dios. Durante el año y pico que mi esposo estuvo en prisión, mi hija mayor se ocupó de las necesidades diarias y los estudios de su hermana menor, así que no tuve que preocuparme. Y en cuanto a la indemnización, la familia de la víctima vio que realmente no podíamos pagar y no insistió más. Sentí de verdad que Dios me había estado ayudando en secreto todo el tiempo, guiándome a través del período más difícil de mi vida.

Aunque pasé por algo de dolor y tormento durante ese año y poco más, llegué a conocer mi propia naturaleza egoísta y despreciable, y la senda equivocada que había recorrido en mi fe. También obtuve la comprensión correcta del carácter justo de Dios. Vi que todo lo que Dios orquesta y dispone es bueno y beneficioso para mi vida. He llegado a entender de verdad que enfrentarse a la adversidad no es algo malo. No importa qué sufrimiento experimentes, si puedes entender la verdad y tu vida puede crecer, eso es recibir la bendición de Dios. ¡Gracias a Dios!

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