91. Ya no me hundo en la confusión debido a mi transgresión
En agosto de 2018, tenía veintidós años. Como el PCCh siempre ha perseguido y arrestado a los cristianos, planeaba irme a un país libre y democrático para poder creer en Dios. Pero, inesperadamente, me arrestaron en el aeropuerto. Para obligarme a vender información sobre la iglesia, la policía me hizo estar de pie con los pies juntos desde las 6 a. m. hasta las 12 a. m. todos los días, durante seis o siete días seguidos. Me pasaba tanto tiempo de pie que me mareaba; tenía las piernas doloridas y entumecidas y se me aceleraba la respiración. La policía también me amenazó: “Si no hablas, te colgaremos y te haremos probar las ‘llamas gemelas del hielo y el fuego’. Primero, te quemaremos con una máquina a altas temperaturas y, luego, te forzaremos a tragar agua. Repetiremos el proceso una y otra vez. Para entonces, ya no podrás hablar, aunque quieras hacerlo”. Al pensar en los hermanos y hermanas que la policía había torturado, sentí que una oleada de temor me invadía el corazón. “¿Seré capaz de soportar la tortura?”. Oré en silencio en mi corazón y le pedí que me diera fortaleza y fe. Cuando la policía vio que no decía nada, me empujó la cabeza hacia abajo y me apretó una colilla encendida contra las fosas nasales. El humo denso y el calor penetraron por mis fosas nasales y me hicieron ahogar tanto que no podía respirar. Sentí que me estaba asfixiando. También me quemaron la piel de las fosas nasales y sentí oleadas de un dolor punzante. Luego, me levantaron el brazo, encendieron un mechero y me quemaron el brazo con la llama. Intenté apartar la mano por instinto, pero los policías me la sujetaron con fuerza y no me dejaron mover. Me quemaron los brazos durante decenas de segundos. El dolor era insoportable. La piel de la parte interna de mis brazos estaba negra y en carne viva por las quemaduras; después se me ulceró y me quedaron cicatrices del tamaño de huevos. Luego, los policías hasta me miraban con sonrisas y expresiones malvadas, y yo me sentía lleno de furia, resentimiento y miedo, y pensaba: “Estos diablos son capaces de cualquier cosa. ¿Quién sabe cómo me torturarán después?”. Estaba muy débil y quería salir de ese lugar infernal cuanto antes. Pero sabía que no podía ser un judas y traicionar a mis hermanos y hermanas solo para prolongar mi miserable existencia. Así que oré a Dios en mi corazón y juré que, aunque muriera, no traicionaría los intereses de la casa de Dios y jamás me convertiría en un judas. Unos días después, la policía trajo a mi familia para hacerme firmar las “Tres declaraciones” y dijo que me dejarían libre si lo hacía. Mi padre, desorientado por el gran dragón rojo, dijo que renegaría de mí como hijo si no firmaba. Sabía que esto era una artimaña de Satanás y me negué a firmar. Entonces, la policía me amenazó y dijo: “Te daremos una última noche, pero, si mañana sigues sin firmar, ¡te llevaremos a otro sitio y te trataremos como es debido!”. Me dio miedo oír esto. “Son capaces de todo y son aún más brutales con los que creen en Dios Todopoderoso. Si sigo negándome a firmar, ¿quién sabe cómo me torturarán?”. La idea de padecer un sufrimiento peor que la muerte me aterraba. Pensé: “¿Y si no puedo resistir la tortura y me convierto en un judas? Entonces, ofendería el carácter de Dios y nunca volvería a tener la oportunidad de obtener la salvación. Si uso la sabiduría y firmo las Tres declaraciones, pero mi corazón no traiciona a Dios, ¿me dará Dios otra oportunidad?”. Al final, no pude vencer la debilidad de mi carne y firmé las Tres declaraciones. Después de firmar las Tres declaraciones, la policía me dejó ir a casa.
Tras regresar, me sentía inquieto. Aunque pensé usar la sabiduría, aún así había firmado las Tres declaraciones y, ante los ojos de Dios, eso era una marca de traición. ¿Me salvaría Dios todavía? Más tarde, mi padre quiso llevarme a trabajar y también trajo a familiares y amigos para convencerme. Pensé: “No puedo irme. Si me voy, mis hermanos y hermanas no podrán encontrarme. Entonces, jamás tendré la oportunidad de volver a la casa de Dios”. Me sentía como un pájaro perdido, completamente solo y a la espera de una respuesta incierta. Medio mes después, mis hermanos y hermanas me encontraron y hablaron conmigo sobre hacer mis deberes. Al ver que aún podía regresar a la casa de Dios y hacer mis deberes, me conmoví tanto que casi me puse a llorar y asentí de inmediato con la cabeza. A partir de entonces, independientemente del deber que me asignara la iglesia, me esforzaba al máximo para cumplirlo bien. Pero, de vez en cuando, oía a los hermanos y hermanas hablar sobre el asunto de firmar las Tres declaraciones. Decían: “De ninguna manera podemos firmar las Tres declaraciones. Firmarlas es traicionar a Dios y nos pone la marca de la bestia”. Cada vez que oía estas palabras, el corazón me dolía, sobre todo, cuando leía estas palabras de Dios: “Ya no seré misericordioso con los que no me mostraron la más mínima lealtad durante los tiempos de tribulación, ya que Mi misericordia llega solo hasta allí. Además, no me siento complacido con aquellos que alguna vez me han traicionado y mucho menos deseo relacionarme con los que venden los intereses de sus amigos. Este es Mi carácter, independientemente de quién sea la persona. Debo deciros esto: cualquiera que quebrante por completo Mi corazón no volverá a recibir clemencia, y cualquiera que me haya sido leal permanecerá por siempre en Mi corazón” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Prepara suficientes buenas obras para tu destino). Vi que el carácter de Dios es justo, majestuoso y no tolera ofensa, y que Él ya no será misericordioso con quien lo traicione y hiera Su corazón. Pensé: “Yo he firmado las Tres declaraciones y traicionado a Dios. ¿Acaso Dios ya me ha descartado? ¿Significa eso que, aunque crea hasta el mismísimo final, nunca obtendré la salvación de Dios?”. En especial, en los videos de testimonios vivenciales de la casa de Dios, vi a hermanos y hermanas quienes, luego de que los capturaron, se mantuvieron firmes en su testimonio ante todo tipo de tortura y se negaron rotundamente a firmar las Tres declaraciones. Pero yo las firmé para evitar que me torturaran. No solo no conseguí dar testimonio de Dios, sino que dejé una marca de vergüenza y permití que Satanás se burlara de mí. Sentí que Dios debía de estar verdaderamente decepcionado conmigo. Cuanto más lo pensaba, más negativo me volvía: el corazón me dolía como si me lo atravesaran con un cuchillo y deseaba no haber firmado las Tres declaraciones. Pero lo hecho, hecho está. El agua derramada no vuelve al vaso. Más tarde, la casa de Dios empezó a investigar a quienes habían firmado las Tres declaraciones, yo también estaba siendo investigado. Pensé en las palabras de Dios: “¿Acaso no son aquellos que firman las ‘Tres declaraciones’ los que han detonado la bomba y se han volado a sí mismos en pedazos?” (La Palabra, Vol. VII. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (5)). Dios detesta a quienes firman las Tres declaraciones y lo traicionan. Como yo había firmado las Tres declaraciones, Dios me debe haber condenado y descartado. ¿Seré echado a continuación? Luego, aunque la iglesia no me echó, seguía viviendo en la negatividad. Muchas veces, cuando veía a los hermanos y hermanas con los que colaboraba hablar entre ellos sobre escribir artículos vivenciales o la entrada en la vida, sentía que yo era diferente de ellos, que todos ellos eran verdaderos hermanos y hermanas y que tenían la oportunidad de perseguir la verdad y obtener la salvación. Pero yo era distinto. Yo había traicionado a Dios, y de seguro Dios tenía que sentir repulsión por mí. Sentía que las personas como yo no éramos aptas para perseguir la verdad y que, aunque creyera hasta el final, todo sería en vano, que quizás solo sería mano de obra y que la salvación no tendría nada que ver conmigo. Vivía en un estado de negatividad y cada día hacía mis deberes solo de forma mecánica, con el corazón lleno de un dolor indescriptible. Por aquel entonces, solía escuchar un himno de las palabras de Dios, “Si eres un servidor”. Dios nos pregunta: “Si eres verdaderamente un servidor, ¿me puedes servir con devoción, sin ningún elemento de superficialidad o negatividad? Si descubres que nunca te he apreciado, ¿seguirás siendo capaz de quedarte y rendirme servicio de por vida?” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Un problema muy serio: la traición (2)). Cada vez que escuchaba esta canción, me sentía profundamente conmovido. Soy un ser creado y creer en Dios y hacer mis deberes es algo perfectamente natural y justificado y, aunque Dios no me quisiera, yo seguiría creyendo en Él hasta el final. Mientras tuviera un día más para hacer mis deberes, ¡tenía que esforzarme al máximo para cumplirlos!
Un día, me encontré con un pasaje de las palabras de Dios que describía mi estado a la perfección. Dios Todopoderoso dice: “También existe otra causa profunda para que la gente se hunda en el abatimiento, que es que a la gente le ocurren algunas cosas concretas antes de llegar a la mayoría de edad o después de convertirse en adultos, es decir, cometen algunas transgresiones o hacen algunas cosas idiotas, necias e ignorantes. Se hunden en el abatimiento debido a estas transgresiones, debido a estas cosas idiotas e ignorantes que han hecho. Este tipo de abatimiento es una condena a uno mismo, y también es una especie de calificación del tipo de persona que son. […] A veces, algunas personas pueden desprenderse de su abatimiento y dejarlo atrás. Aplican su sinceridad y toda la energía que pueden reunir al cumplimiento de su deber, sus obligaciones y sus responsabilidades, e incluso dedican todo su corazón y su mente a perseguir la verdad y contemplar las palabras de Dios, y a esforzarse para comprenderlas. Sin embargo, en el momento en que se presenta alguna situación o circunstancia particular, el abatimiento se apodera de ellas una vez más y las hace sentirse acusadas de nuevo en lo profundo de su corazón. Piensan para sus adentros: ‘Ya hiciste eso antes, y eras de esa clase de persona. ¿Puedes alcanzar la salvación? ¿Tiene sentido practicar la verdad? ¿Qué piensa Dios de lo que has hecho? ¿Te perdonará por haberlo hecho? ¿Pagar el precio ahora de esta manera puede compensar esa transgresión?’. A menudo se reprochan a sí mismas y se sienten acusadas en lo más profundo de su ser, y a menudo dudan de sí mismas y se acribillan a preguntas. Nunca pueden despojarse de este abatimiento y en su corazón sienten una perpetua sensación de malestar por esa cosa vergonzosa que hicieron. Así pues, han creído en Dios durante tantos años y no parece que hayan escuchado nada de lo que Dios ha dicho ni que hayan entendido nada de ello. Es como si no supieran si alcanzar la salvación tiene algo que ver con ellas, si pueden ser absueltas y redimidas, o si están cualificadas para recibir el juicio y el castigo de Dios y Su salvación. No tienen ni idea de todas estas cosas. Como no reciben ninguna respuesta, y tampoco ningún veredicto exacto, se sienten constantemente abatidas en lo más profundo de su ser. En el fondo de su corazón, recuerdan una y otra vez lo que hicieron, lo repiten en su mente sin cesar, rememorando cómo empezó todo y cómo terminó, recordando qué pasó antes y qué ocurrió después. Con independencia de cómo lo recuerden, siempre se sienten pecadoras, y por eso se encuentran constantemente abatidas por este asunto a lo largo de los años. Incluso cuando hacen su deber, aunque supervisen un determinado aspecto del trabajo, les sigue pareciendo que no tienen esperanzas de salvarse. Por tanto, nunca afrontan de lleno la cuestión de perseguir la verdad como algo de lo más correcto e importante. Creen simplemente que el error que han cometido o lo que han hecho en el pasado está muy mal visto por la mayoría de la gente o que esta las condena y desdeña —o que incluso Dios las condena— y que, aunque persigan la verdad en el futuro, no se pueden salvar. No importa en qué paso se encuentre la obra de Dios o cuántas palabras haya dicho, nunca afrontan el asunto de perseguir la verdad de la manera correcta. ¿A qué se debe esto? A que la conclusión que sacan de haber experimentado este tipo de cosas es equivocada, así que son incapaces de dejar atrás su abatimiento” (La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (2)). Dios describía exactamente mi estado. Desde que firmé las Tres declaraciones, ese asunto se había convertido en una espina en mi corazón y solía hacerme sentir desconsolado y angustiado. Más de una vez me pregunté: “Ahora que firmé las Tres declaraciones y me han puesto la marca de la bestia, ¿salvará Dios aún a alguien como yo? Dios quiere a gente que pueda dar testimonio de Él, pero yo no solo no di testimonio de Dios, además, firmé las Tres declaraciones y traicioné a Dios, convirtiéndome en una marca de la vergüenza. ¿Me habrá descartado ya Dios?”. Cada vez que lo pensaba, sentía como si me desgarraran el corazón con un cuchillo. Ya ni siquiera sabía qué decir en mis oraciones. Aunque la iglesia seguía dándome la oportunidad de hacer mis deberes y yo estaba muy agradecido y quería hacerlos lo mejor que pudiera, esa inquietud no desaparecía. Cada vez que oía a los hermanos y hermanas hablar de quienes habían firmado las Tres declaraciones, sentía un dolor sordo en el corazón. Ver las experiencias de los hermanos y hermanas que se mantuvieron firmes en su testimonio luego de que los arrestaran me hacía doler aún más el corazón. Pensaba que Dios daba Su aprobación a esas personas, pero yo había firmado las Tres declaraciones y había traicionado a Dios, lo que me hacía indigno de Su salvación. Como no podía liberarme de la sombra de haber firmado las Tres declaraciones, solía vivir en un estado de negatividad y no lograba reunir la motivación para perseguir la verdad ni la entrada en la vida. Me sentía como un cascarón vacío que solo sabía hacer las cosas, día a día. Parecía que solo podía expiar mis transgresiones si hacía las cosas bien, y solo así mi corazón podía sentir algo de alivio. Al meditar sobre las palabras de Dios, me di cuenta de que Él no me había quitado la oportunidad de perseguir la verdad. Hasta me permitió formarme para hacer el deber de un líder. Si Dios me hubiera descartado, ¿cómo podría seguir teniendo la oportunidad de hacer mi deber? En ese caso, mucho menos podría disfrutar del riego y la provisión de las palabras de Dios. ¡Pero no paraba de malinterpretar a Dios y malgastar tanto tiempo viviendo en la negatividad! Si seguía siendo tan negativo, no sería Dios quien me descartara, sino que yo mismo me estaría arruinando por no perseguir la verdad. Tenía que reflexionar con cuidado sobre mí mismo y buscar la verdad para salir de ese estado de negatividad.
Más tarde, vi un pasaje de las palabras de Dios que me ayudó a encontrar la raíz del problema. Dios Todopoderoso dice: “Todas las personas creen en Dios para obtener bendiciones, recompensas y coronas. ¿Acaso no tiene toda persona esta intención en su corazón? En realidad, sí. Esto es un hecho. Aunque la gente no suele hablar de ello, e incluso encubre su intención y deseo de obtener bendiciones, este deseo, esta intención y este motivo que yacen en lo profundo del corazón de las personas nunca han vacilado. No importa cuánta teoría espiritual entiendan, qué conocimiento vivencial tengan, qué deber puedan hacer, cuánto sufrimiento soporten o qué precio paguen, nunca se desprenden de la intención de obtener bendiciones que se oculta en lo profundo de su corazón, y siempre se afanan y corren silenciosamente a su servicio. ¿No es esto lo que está enterrado más profundamente en el corazón de las personas? Sin esta intención de obtener bendiciones, ¿cómo os sentiríais? ¿Con qué actitud haríais vuestro deber y seguiríais a Dios? ¿Qué sería de las personas si esta intención de obtener bendiciones que se oculta en su corazón fuera completamente erradicada? Es posible que muchas de ellas se volvieran negativas, y que algunas se desmotivaran en sus deberes y perdieran el interés en su fe en Dios. Parecería que han perdido el alma, y daría la impresión de que les han arrancado el corazón. Por eso digo que la intención de obtener bendiciones es algo oculto en lo profundo del corazón de las personas. Quizás, mientras hacen su deber o viven la vida de iglesia, sienten que han entendido algunas verdades y son capaces de renunciar a sus familias y entregarse gustosamente para Dios, y que ahora tienen conocimiento de su intención de obtener bendiciones, han abandonado esta intención y ya no están gobernadas ni constreñidas por ella. Entonces, piensan que ya no tienen la intención de obtener bendiciones, pero Dios cree lo contrario. La gente solo considera las cosas superficialmente. Sin pruebas, se siente bien consigo misma. Mientras no abandone la iglesia ni reniegue del nombre de Dios y persevere en esforzarse por Él, cree haberse transformado. Cree que ya no se deja llevar por su entusiasmo ni por los impulsos momentáneos en la ejecución del deber. En cambio, se cree capaz de perseguir la verdad, de buscarla y practicarla continuamente mientras hace su deber, de modo que sus actitudes corruptas se purifican y la persona alcanza alguna transformación verdadera. Sin embargo, cuando suceden cosas directamente relacionadas con su destino y desenlace, ¿cuáles son sus manifestaciones? Su verdadera situación se revela en su totalidad” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Seis indicadores de crecimiento vital). Dios expuso mi verdadero estado. Estaba siendo tan negativo porque mi deseo de bendiciones había sido destrozado. Después de encontrar a Dios, estaba motivado para esforzarme por Él y comencé a realizar mi deber a tiempo completo nada más terminar la escuela secundaria, ya que pensaba que, si seguía persiguiendo así, seguro que entraría en el reino y disfrutaría de las bendiciones del reino de los cielos. Cuando me arrestaron y firmé las Tres declaraciones por miedo a la tortura, sentí que ya no tenía esperanzas de recibir bendiciones, y afloraron todas mis dudas y malentendidos sobre Dios. Me preguntaba: “Después de firmar las Tres declaraciones, ¿podrá Dios perdonarme aún? Si Dios no me salva, ¿tendré esperanzas aún de recibir bendiciones? Si no tengo esperanzas de recibir bendiciones, ¿de qué sirve seguir creyendo hasta el final?”. Me volví realmente negativo en mi interior. Sobre todo, más adelante, cuando los líderes investigaron que había firmado las Tres declaraciones, empecé a sospechar que la iglesia podía echarme en cualquier momento y sentía que, aunque todavía podía disfrutar de la provisión de la palabra de Dios y hacer mis deberes, no podía escapar del sino de que me descartaran. Pensaba que ya no tenía esperanzas de recibir bendiciones y sentía como si una roca pesada me estuviera aplastando el corazón. Sentía como si hubiera perdido mi alma. Solía estar envuelto en negatividad y dolor y no lograba reunir energías para perseguir la verdad o la entrada en la vida. Vi que mi deseo de recibir bendiciones era demasiado fuerte. Todos esos años de esfuerzos y sacrificios que había hecho no eran para complacer a Dios, sino para intentar negociar con Él. Cuando había algo que ganar, me motivaba mucho cumplir mis deberes, pero, cuando no podía obtener bendiciones, me volvía negativo en exceso. ¿Qué diferencia había entre mi búsqueda y la de los incrédulos? Soy solo un ser creado, ni siquiera digno del polvo, pero puedo acudir a la casa de Dios, hacer mis deberes y disfrutar de todas las verdades que Dios expresa. He recibido muchísimo de parte de Dios. Pero no le agradecí en absoluto todo lo que me había dado. Hasta llegué a tener el descaro de pedirle las bendiciones del reino de los cielos y, si no podía recibirlas, me volvía negativo y me resistía. ¡Realmente no tenía humanidad! Al darme cuenta de esto, me sentí profundamente arrepentido, así que oré a Dios y estuve dispuesto a desprenderme de mis intenciones de recibir bendiciones y a arrepentirme.
Luego, leí dos pasajes más de las palabras de Dios y obtuve una comprensión más clara de Su intención. Dios Todopoderoso dice: “La mayoría de la gente ha cometido algunas transgresiones y se ha manchado a sí misma. Por ejemplo, algunas personas se han resistido a Dios y han dicho cosas blasfemas; otras han rechazado la comisión de Dios y se han negado a realizar su deber, y Dios las ha desdeñado; algunas personas han traicionado a Dios cuando se han enfrentado a las tentaciones; otras han firmado las ‘Tres declaraciones’ cuando estaban detenidas, con lo cual traicionaron a Dios; algunas han robado ofrendas; otras han despilfarrado las ofrendas; algunas han perturbado a menudo la vida de iglesia y han causado daño al pueblo escogido de Dios; otras han formado camarillas y han atormentado a los demás, con lo cual han dejado la iglesia hecha un desastre; algunas han difundido a menudo nociones y muerte, perjudicando a los hermanos y hermanas; y otras han tenido relaciones inapropiadas con el sexo opuesto y han sido promiscuas, con lo cual han sido una influencia terrible. Baste decir que todos tienen sus transgresiones y manchas. Sin embargo, algunas personas son capaces de aceptar la verdad y arrepentirse, mientras que otras no pueden aceptar la verdad y morirían antes que arrepentirse. Así que deberían ser tratadas según su esencia-naturaleza y sus manifestaciones constantes. Los que pueden arrepentirse son los que verdaderamente creen en Dios; pero en cuanto a los verdaderamente impenitentes, deberían ser echados o expulsados según corresponda. […] El trato de Dios hacia cada persona se basa en las circunstancias y el trasfondo reales del momento, así como en las acciones y el comportamiento de esa persona y su esencia-naturaleza. Dios nunca agravia a nadie. Esta es la justicia de Dios. Por ejemplo, Eva fue seducida por la serpiente para que comiera del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, pero Jehová no la reprendió diciendo: ‘Te dije que no comieras, ¿por qué lo hiciste de todos modos? Deberías haber tenido discernimiento; deberías haber sabido que la serpiente solo hablaba para seducirte’. Jehová no reprendió a Eva de esa manera. Esto se debe a que los seres humanos son creados por Dios, y Él sabe cómo son sus capacidades naturales y lo que estas permiten hacer a las personas, hasta qué punto pueden controlarse a sí mismas y cuánto pueden lograr. Dios sabe todo esto con bastante claridad. El trato de Dios hacia una persona no es tan simple como la gente imagina. La actitud de Dios hacia una persona —si le agrada, le tiene aversión o la aborrece— se basa principalmente en la actitud de esa persona hacia la verdad. Sin importar lo que uno diga en cualquier contexto, Dios lo escruta y lo entiende, porque escruta el corazón y la esencia del hombre. La gente siempre cree: ‘Dios solo tiene divinidad. Él es justo y no tolera la ofensa del hombre. No considera las dificultades del hombre ni se pone en su lugar. Si una persona se resiste a Dios, Él la castigará’. Las cosas no son así en absoluto. Si así es como la gente entiende la obra de Dios, Sus principios para tratar a las personas y Su justicia, esto es un grave error. La determinación de Dios del resultado de cada persona no se basa en las nociones y figuraciones del hombre, sino en el carácter justo de Dios. Él retribuirá a cada uno según lo que haya hecho. Dios es justo y, tarde o temprano, hará que todas las personas queden completamente convencidas” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Tercera parte). “En la Biblia, hay una historia sobre el regreso del hijo pródigo; ¿por qué el Señor Jesús utilizó esta parábola? Para que la gente entienda que la intención de Dios de salvar a la humanidad es sincera, y que Él da la oportunidad a la gente de arrepentirse y cambiar. A lo largo de este proceso, Dios entiende a las personas, pues tiene un conocimiento profundo de sus debilidades y del grado de su corrupción. Sabe que las personas tropezarán y fracasarán. Al igual que un niño que aprende a caminar, por muy fuerte que sea físicamente, habrá momentos en los que tropezará y caerá, así como ocasiones en las que se golpeará con las cosas y dará un traspié. Dios entiende a cada uno tanto como una madre entiende a su hijo. Entiende las dificultades de cada persona, sus debilidades y sus necesidades. Incluso más, Dios entiende las dificultades, las debilidades y los fracasos a los que la gente se enfrentará en el proceso de la entrada en la vida y la transformación del carácter. Estas son las cosas que Dios entiende mejor. De esta manera, se dice que Él escruta las profundidades del corazón de las personas. Por muy débil que seas, mientras no renuncies al nombre de Dios ni lo abandones a Él ni este camino, siempre tendrás la oportunidad de transformar el carácter. Si dispones de esta oportunidad, tendrás esperanza de sobrevivir y, por tanto, de que Dios te salve” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. La senda de práctica para la transformación del carácter). Al leer las palabras de Dios, entendí un poco más sobre Su carácter justo. Cuando Dios juzga si una persona puede ser salvada o no, Él no la condena o descarta en función de una transgresión momentánea. Dios conoce nuestra estatura y comprende nuestras debilidades. Dios evalúa a una persona principalmente en función de sus comportamientos constantes y de si puede aceptar la verdad. Si sus comportamientos en su deber han sido consistentemente buenos, y si, después de cometer una transgresión, puede aceptar la verdad y arrepentirse de forma sincera, Dios será misericordioso y tolerante con esa persona. Por ejemplo, David estaba profundamente arrepentido tras tomar a la esposa de Urías y nunca más cometió adulterio nuevamente. Incluso cuando ya era anciano, aunque llevaron a una joven a su cama para darle calor, no se acercó a ella. Aunque David cometió una transgresión, se arrepintió de forma sincera y Dios siguió dándole Su aprobación. Algunos hermanos y hermanas han sido expulsados por recorrer la senda de un anticristo y perturbar gravemente el trabajo de la iglesia. Sin embargo, después, se arrepintieron de forma sincera, los readmitieron en la casa de Dios y hasta escribieron artículos vivenciales en los que dieron testimonio de la obra de salvación de Dios. Aprendí de ellos que Dios tiene una actitud de misericordia y salvación hacia quienes se arrepienten de verdad y pueden aceptar la verdad. Por el contrario, en cuanto a aquellos que siempre se han comportado mal, no aceptan la verdad o no se arrepienten de forma sincera, la actitud de Dios es de condenarlos y descartarlos. Por ejemplo, hay personas que firmaron las Tres declaraciones y que no tuvieron ninguna comprensión sobre su traición a Dios ni se arrepintieron de ella después, y hasta vendieron a la iglesia y a sus hermanos y hermanas. Dios no da oportunidades adicionales a ese tipo de personas, ya que tienen aversión a la verdad y no tienen ninguna conciencia ni razón. Pensé en cómo no había estado realizando mi deber durante mucho tiempo cuando estuve detenido, en que mi experiencia era superficial y mi estatura era escasa. Había firmado las Tres declaraciones en un momento de debilidad, pero, después, sentí un fuerte reproche y remordimiento, y quise arrepentirme y cambiar. La iglesia me dio otra oportunidad basándose en mis comportamientos consistentes en mi deber. Esto fue misericordia de Dios y reveló Su justicia. Pero yo no entendía el carácter de Dios y seguía malinterpretándolo, ya que pensaba que estaba siendo mera mano de obra y que me descartaría en cuanto terminara, como si Él estuviera usándome como mano de obra. Pensaba que Dios urdía tramas contra las personas a cada paso, como hace la humanidad corrupta. ¿Acaso no era esto blasfemar contra Dios? ¡No tenía un corazón temeroso de Dios para nada! Negaba por completo la justicia de Dios y también negaba Su intención de salvar a la humanidad en la mayor medida posible. Me di cuenta de que, en mi fe, no conocía a Dios en absoluto. ¡Estaba verdaderamente ciego! Si seguía así, jamás recibiría el perdón de Dios. Tenía que seguir el ejemplo de David, afrontar mis transgresiones con calma y arrepentirme de verdad. Independientemente de que, al final, fuera a tener o no un buen desenlace, tenía que aceptarlo y someterme, y no preocuparme por mis expectativas de futuro y las sendas que tomaría.
Después me pregunté: “¿Cuál fue la raíz de mi fracaso en el asunto de firmar las Tres declaraciones después de mi arresto?”. Leí las palabras de Dios: “Esperas que tu fe en Dios no acarree ninguna dificultad ni tribulación ni el más mínimo sufrimiento. Siempre buscas aquellas cosas que no tienen valor y no le otorgas ningún valor a la vida, poniendo en cambio tus propios pensamientos extravagantes antes que la verdad. ¡No vales nada! Vives como un cerdo, ¿qué diferencia hay entre tú y los cerdos y los perros? ¿No son bestias todos los que no persiguen la verdad y, en cambio, aman la carne? ¿No son cadáveres vivientes todos esos muertos sin espíritu? ¿Cuántas palabras se han hablado entre vosotros? ¿Se ha hecho solo un poco de obra entre vosotros? ¿Cuánto he provisto entre vosotros? ¿Y por qué no lo has obtenido? ¿De qué tienes que quejarte? ¿No será que no has obtenido nada porque estás demasiado enamorado de la carne? ¿Y no es porque tus pensamientos son muy extravagantes? ¿No es porque eres demasiado estúpido? Si no logras obtener estas bendiciones, ¿puedes culpar a Dios por no salvarte? […] Te otorgo la vida humana real, pero no la buscas. ¿Acaso no eres del mismo tipo que los cerdos y los perros? Los cerdos no buscan la vida del hombre, no buscan ser limpiados y no entienden lo que es la vida. Cada día, después de hartarse de comer, simplemente se duermen. Te he concedido el camino verdadero, pero no lo has obtenido, sigues con las manos vacías. ¿Estás dispuesto a seguir en esta vida, la vida de un cerdo? ¿Qué significado tiene que tales personas estén vivas? Tu vida es despreciable y vil, vives en medio de la inmundicia y el libertinaje y no persigues ninguna meta; entonces, ¿no es tu vida la más innoble de todas? ¿Tienes el descaro de presentarte ante Dios? Si sigues teniendo esa clase de experiencia, ¿acaso crees que vas a conseguir algo? El camino verdadero se te ha concedido, pero que al final puedas o no ganarlo depende de tu propia búsqueda” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Las experiencias de Pedro: su conocimiento del castigo y del juicio). “En este momento, todos en el mundo están pasando por pruebas, incluso Dios está sufriendo, así que ¿cómo podríais no sufrir vosotros? […] Algunas personas se enfrentan a la persecución de sus familias, otras al rechazo de sus seres queridos, y otras más, bajo persecución, son incapaces de volver a sus hogares y no tienen un lugar seguro donde descansar. Esto les causa sufrimiento en su corazón. ¿No es el sufrimiento que estáis afrontando en este momento el mismo que soportó Dios? Ahora sufrís con Dios, y Él acompaña a los seres humanos en el sufrimiento. ¡Solo si tenéis parte en la tribulación, el reino y la resiliencia de Cristo hoy, obtendréis la gloria al final! Este sufrimiento tiene sentido. ¿No es así? No puedes carecer de determinación. Debes entender el significado de sufrir en estos días y de por qué sufres tanto. Debes buscar la verdad y lograr un entendimiento de la intención de Dios, y así tendrás la determinación de sufrir” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Cómo conocer la naturaleza del hombre). Las palabras de Dios me permitieron entender que la raíz de que firmara las Tres declaraciones fue que valoraba demasiado mi carne. Seguía la ley de supervivencia satánica de “Cada hombre para sí mismo, y sálvese quien pueda”, y ponía los intereses de mi carne por encima de todo lo demás. En mi fe en Dios, deseaba no tener que pasar por ninguna dificultad o dolor, que mi carne no sufriera y, aún más, no tener que experimentar ninguna prueba o tribulación. Así que, cuando el gran dragón rojo amenazó con torturarme, no pensé en cómo mantenerme firme en mi testimonio, sino en mi miedo a la tortura; a fin de sufrir menos tortura, firmé las Tres declaraciones. Para salvarme y evitar el sufrimiento físico, me incliné ante el demonio y me rebajé para sobrevivir, me aferré a mi vergonzosa existencia, negué a Dios y lo traicioné. ¿Cómo era mi conducta distinta a la de Judas? Las palabras de Dios también me permitieron entender que uno debe padecer muchos sufrimientos para obtener la salvación en la fe. Solo a través de situaciones dolorosas podemos tener verdadera fe en Dios. Por ejemplo, Pedro. Cuando él siguió al Señor Jesús, experimentó cientos de pruebas y refinamientos a lo largo de su vida. Él buscó amar a Dios en esos refinamientos y, al final, consiguió amar a Dios al máximo y se sometió hasta la muerte, fue crucificado cabeza abajo para Dios y se convirtió en la primera persona en la historia a la que Dios perfeccionó. También está Job, que enfrentó pruebas. Perdió sus enormes riquezas y a sus hijos en un instante, su cuerpo se cubrió de llagas y, aun así, fue capaz de someterse a la soberanía y los arreglos de Dios y de mantenerse firme en su testimonio de Él, lo que aterrorizó a Satanás y lo hizo huir presa del pánico. Job se convirtió en un hombre verdaderamente libre. Comparado con ellos, me sentí avergonzado. Me aterroricé por completo y cedí ante Satanás, incluso sin haber enfrentado torturas graves. Era como una flor de invernadero que no pudo soportar ni un poco de viento o lluvia. ¡Era realmente frágil! Debía perseguir la verdad y dejar de considerar mi carne. Juré que, si algún día me volvían a arrestar, me mantendría firme en mi testimonio aunque Satanás me torturara tanto que la vida se volviera peor que la muerte.
A finales de julio de 2024, justo después de llegar a la Iglesia de Dongyang, empezaron a hacer arrestos masivos en una iglesia vecina y los líderes dispusieron que ayudáramos de inmediato a trasladar los libros de las palabras de Dios. Pero justo después de haber trasladado unos pocos escondites de libros, se sospechaba que al conductor lo seguían, y el hermano con el que colaboraba también estaba expuesto a posibles riesgos por haberse relacionado con el conductor. Sentí mucho miedo. Pensé en que, recientemente, la policía me había estado siguiendo durante mucho tiempo y casi me había arrestado, y en cómo un judas me había traicionado y en que yo era un objetivo de arresto clave para la policía. Si el hermano con el que colaboraba estaba en la mira de la policía, yo no lograría escapar; si la policía me atrapaba, seguro no me dejaría en libertad. Pero, cuando pensé en la transgresión que había cometido la última vez, cuando me arrestaron y firmé las Tres declaraciones, sentí una emoción muy fuerte en mi corazón: “¡Si realmente me capturan, juro que nunca negaré a Dios y que daré testimonio de Él de forma categórica!”. Al pensar así, mi corazón ya no se sintió limitado por ese entorno. Que me capturaran o no estaba en manos de Dios, y debía someterme a Sus orquestaciones y arreglos. Los libros necesitaban ser trasladados urgentemente, se debían implementar con urgencia varias tareas y yo debía proteger los intereses de la casa de Dios. Entonces, continué discutiendo los arreglos para el traslado con mi compañero. Al mismo tiempo, escribí una carta a la iglesia para dar seguimiento a cómo avanzaba el traslado. Al practicar de este modo, sentí mucha más tranquilidad en el corazón. Haber sido capaz de obtener esta parte de conocimiento y transformación es inseparable de la guía de las palabras de Dios. ¡Doy gracias sinceras a Dios!