95. ¿Se puede ser feliz buscando tener un matrimonio perfecto?

Por Yiping, China

Cuando iba al colegio, me encantaba escuchar canciones y leer poesía antigua. La mayoría de estas obras trataban sobre el amor. Estaba condicionada por perspectivas sobre el amor, como “el amor es lo más importante” y “tomarse de la mano y envejecer juntos”. Me atraía la idea de tener un matrimonio con una larga historia romántica y ansiaba encontrar a alguien que cuidara de mí y envejeciera conmigo. Después de empezar a trabajar, conocí a mi marido. Tras casarnos, él era muy atento y cuidaba de mí. A veces, aunque solo tuviera un dolor de cabeza leve o una fiebre, insistía en llevarme al hospital. Cuando caminábamos por la calle, siempre me hacía caminar a su derecha porque temía que me atropellara un coche. Siempre que surgía algún pequeño roce en nuestra vida, él cedía y me toleraba. Además, era extremadamente romántico. Me traía regalos cada vez que volvía de un viaje de trabajo y en cada festividad, por insignificante que fuera. Cuando veía el cariño con el que me trataba mi marido, sentía que era la mujer más afortunada del mundo. Le encomendé toda mi felicidad en esta vida.

En julio de 2013, empecé a creer en Dios. A través de las palabras de Dios, descubrí que Dios Todopoderoso es Aquél que creó el cielo, la tierra y todas las cosas, y que tiene soberanía sobre todas las cosas. Él es el Salvador de la humanidad. Yo soy un ser creado y debo creer en Dios de manera adecuada, seguirlo y cumplir bien con mi deber. Por aquel entonces, leía las palabras de Dios y predicaba el evangelio de forma activa siempre que tenía tiempo libre. Mi marido no se oponía a mi fe en Dios. En junio de 2014, oyó los rumores infundados del PCCh que desacreditaban a la Iglesia de Dios Todopoderoso. Como temía quedar implicado debido a mi fe en Dios Todopoderoso, empezó a obstaculizar mi fe en Dios. Le dije la verdad y le pedí que no creyera aquellos rumores infundados. Como vio que no lo escuchaba, a partir de entonces, empezamos a discutir sin cesar.

En junio de 2018, mi marido llegó borracho a casa alrededor de las diez de la noche. Abrió la puerta del dormitorio de una patada, me agarró del pelo, me tiró de la cama al suelo y empezó a golpearme en la cabeza. Me atizaba con mucha fuerza y cada golpe me hacía retumbar la cabeza. Después, empezó a darme bofetadas y, cuando terminó, fue a la cocina a buscar un cuchillo. Mientras profería insultos, dijo: “Si vuelves a creer en Dios, te mataré y luego me suicidaré”. Mientras hablaba, presionó el lomo del cuchillo contra mi cuello. Yo clamaba a Dios en mi corazón sin cesar. No me atrevía a resistirme físicamente. Tras lo que pareció una eternidad, puso el cuchillo a un lado. El corazón se me hizo añicos al ver cómo mi marido, que antes era cariñoso y amoroso, se había vuelto tan violento. Al día siguiente, se disculpó y me pidió que lo perdonara. Pensé: “Hemos estado casados durante muchos años y siempre me ha tratado bien. Esta vez, seguro que fue por estar borracho y actuar de forma impulsiva”. Así que lo perdoné. Sin embargo, a partir de entonces, empecé a sentirme limitada cuando iba a las reuniones o hacía mi deber. Cada vez que volvía de una reunión y veía que mi marido no estaba en casa, suspiraba aliviada. Si él estaba en casa y tenía el ceño fruncido, me acercaba activamente a hablarle o a preguntarle qué quería comer, y me apresuraba a ir a la cocina a prepararlo. Era aún más atenta con él que antes.

En junio de 2019, me eligieron líder de la iglesia. Cuando me dieron la noticia, me alegré mucho y pensé que, como líder, tendría muchas oportunidades de formarme y progresar rápidamente en la vida. Sin embargo, también estaba llena de recelos: “Antes, mi marido siempre me miraba mal o se quejaba cuando iba a reuniones. Los líderes tienen más trabajo que hacer, y tendré que ir a reuniones a menudo. ¿Intentará obstaculizarme aún más? Si eso pasa, ya nunca tendremos una vida armoniosa”. Por un lado, tenía mi deber; por el otro, mi matrimonio. Tenía el corazón dividido. Oré a Dios para buscarlo y pensé en Sus palabras: “Si desempeñas un papel importante en la difusión del trabajo evangélico y abandonas tu puesto sin el permiso de Dios, actuando como un desertor, no existe mayor transgresión. ¿Acaso no cuenta como un acto de traición contra Dios?(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Predicar el evangelio es el deber que todos los creyentes están obligados a cumplir). Si rechazaba mi deber para mantener mi matrimonio, eso sería una transgresión grave. Soy un ser creado y hacer mi deber es mi responsabilidad y mi obligación. No puedo dejar de hacer mi deber solo para tener una vida tranquila. Por lo tanto, acepté el deber de líder. Justo en ese momento, mi marido tenía licencia en el trabajo. Me veía salir temprano y volver tarde todos los días, y discutía conmigo día por medio. Muchas veces se interponía en la puerta y no me dejaba ir a las reuniones. Hasta decía que no cuidaba de la familia ni de él, y que, si seguía creyendo en Dios, se divorciaría de mí. Mi boca entonces formaba las palabras: “¡Pues divórciate entonces!”, pero por dentro me sentía débil. Pensaba: “¿Y si realmente se divorcia de mí? ¿Qué sería de mi vida después?”. Solo pensar en el divorcio me hacía sentir que luego ya nunca más sería feliz. El corazón me dolía como si me lo estuvieran apuñalando. Ya no quería salir de casa cada día a hacer mi deber. Sin embargo, era líder de la iglesia y era responsable del trabajo general de la iglesia. Si abandonaba mi deber, realmente no tendría conciencia. Tenía que armarme de valor y no aflojar. En las reuniones, solo participaba por inercia, preguntaba si alguien estaba en un estado incorrecto y me enteraba un poco del trabajo. Daba pláticas sencillas, pero no buscaba obtener resultados. A veces, el trabajo no se había terminado de implementar, pero, en cuanto veía que era hora de terminar la reunión, me iba de prisa a casa. Como resultado, los problemas y dificultades de los hermanos y hermanas no se resolvían a tiempo y algunos trabajos no se podían implementar de manera oportuna.

Una vez, mi hermana mayor me siguió a casa de una hermana para que dejara de creer en Dios. Para proteger la seguridad de esa hermana, los líderes superiores me pidieron que no contactara con mis hermanos y hermanas, y que hiciera mi deber en la medida de mis posibilidades dada la situación en casa. Los primeros días, me sentí perdida y triste por no poder hacer mis deberes. Luego, al ver que mi marido cocinaba para mí cada día y se desvivía por alegrarme, pronto volví a recaer en las emociones de la vida marital. Sabía muy bien que acababan de elegir como líder a la hermana con la que yo trabajaba y que ella no estaba familiarizada con el trabajo de la iglesia. Había muchos asuntos urgentes que requerían que las dos colaboráramos para implementarlos y darles seguimiento. Además, mi marido no estaba vigilando cada cosa que hacía. Tenía oportunidades para ir a hacer mi deber, pero temía que él se enfadara si se enteraba. Nuestra relación acababa de recomponerse y no quería destrozar esa situación. Así que, durante dos meses, no pregunté acerca del trabajo de la iglesia y puse la excusa de que debía “proteger el entorno”. Como resultado, todos los aspectos del trabajo se dificultaron en mayor o menor medida. Los líderes superiores vieron que estaba viviendo completamente una vida carnal y que no hacía el trabajo de la iglesia, por lo que me destituyeron. En ese momento, lloré. Durante esos dos meses, había tenido oportunidades para realizar mi deber, pero no me había empeñado en hacerlo. ¿Acaso no era una desertora? Sentía remordimiento y culpa en mi corazón. En una reunión, leí un pasaje de las palabras de Dios, que recuerdo como si fuera ayer. Dios Todopoderoso dice: “Si en estos momentos colocase dinero frente a vosotros y os diera la libertad de escoger, si no os condenara por vuestra elección, la mayoría escogería el dinero y renunciaría a la verdad. Los mejores de entre vosotros renunciarían al dinero y de mala gana elegirían la verdad, mientras que aquellos que se encuentran en medio agarrarían el dinero con una mano y la verdad con la otra. ¿No se haría evidente de esta manera vuestra verdadera cara? Al elegir entre la verdad y cualquier cosa a la que sois leales, todos elegiríais de esta manera, y vuestra actitud seguiría siendo la misma. ¿No es así? Muchos de vosotros habéis vacilado entre lo correcto y lo incorrecto, ¿no es así? En todas las luchas entre lo positivo y lo negativo, lo blanco y lo negro —entre la familia y Dios, los hijos y Dios, la armonía y la ruptura, la riqueza y la pobreza, el estatus y lo ordinario, ser apoyados y ser rechazados y así sucesivamente— ¡seguro que no ignoráis las elecciones que habéis hecho! Entre una familia armoniosa y una fracturada, elegisteis la primera, y sin ninguna vacilación; entre la riqueza y el deber, de nuevo elegisteis la primera, aun careciendo de la voluntad de regresar a la orilla; entre el lujo y la pobreza, elegisteis lo primero; entre vuestros hijos, esposa o marido y Yo, elegisteis a los primeros; y entre las nociones y la verdad, seguisteis eligiendo lo primero. Al enfrentarme a toda forma de acciones malvadas de vuestra parte, simplemente he perdido la fe en vosotros, simplemente he estado asombrado. De manera inesperada, vuestro corazón es del todo incapaz de ablandarse(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. ¿A quién eres leal exactamente?). Cuando leí las palabras de juicio de Dios, sentí un profundo reproche y no pude sino romper a llorar. Yo era una de esas personas indecisas que Dios expone. Con una mano, me aferraba con fuerza a mi matrimonio y a mi familia, y no estaba dispuesta a desprenderme de ellos; con la otra, me aferraba a la salvación de Dios, sin querer que me abandonara. Cuando era líder, aunque iba cada día a hacer mi deber, no quería que mi fe en Dios enfadara a mi marido y afectara nuestra relación. Cuando hacía mi deber, solo lo hacía por inercia. No dedicaba ningún esfuerzo a compartir sobre las dificultades de mis hermanos y hermanas y los problemas que enfrentaban en su trabajo, ni a resolverlos. Cuando estaba aislada en casa para proteger el entorno, simplemente aproveché para dejar de lado mi deber, mientras disfrutaba de una supuesta vida feliz. Era plenamente consciente de que la hermana con la que trabajaba acababa de convertirse en líder y que no podía encargarse sola de todo ese trabajo. Es más, mi marido no me vigilaba todos los días, así que podría haber colaborado con mi hermana para hacer algo de trabajo. Sin embargo, a fin de proteger la relación con mi marido, no me preocupé en absoluto por el trabajo de la iglesia durante dos meses. Con el corazón dividido entre mi deber y una familia armoniosa, elegí mantener la armonía en mi familia y me desprendí sin reparos de mis deberes. No tenía ninguna lealtad hacia Dios e, incluso durante esos dos meses, ni siquiera sentí el más mínimo remordimiento o sentimiento de deuda. Había leído muchas de las palabras de Dios, pero, para mi gran sorpresa, me comporté de esta manera cuando realmente pasé por algo. ¡Verdaderamente no tenía ni un ápice de conciencia o razón! Dios dice: “Al enfrentarme a toda forma de acciones malvadas de vuestra parte, simplemente he perdido la fe en vosotros, simplemente he estado asombrado. De manera inesperada, vuestro corazón es del todo incapaz de ablandarse”. Como líder en la iglesia, tenía una gran responsabilidad. Debería haber asumido la responsabilidad de salvaguardar el progreso normal de los diversos aspectos del trabajo en la iglesia y debería haber apoyado y ayudado a mis hermanos y hermanas a entender la verdad y a cumplir bien con sus deberes. Pero, en cambio, no me importaba si la entrada en la vida de mis hermanos y hermanas se veía afectada ni si se perjudicaba el trabajo de la iglesia. Solo pensé en mantener mi propio matrimonio y mi familia y abandoné mi deber a la ligera. ¡Realmente fui demasiado egoísta y vil! ¡Fui una persona que no era digna de confianza! Era la única culpable de que me hubieran destituido. Me sentía muy arrepentida y me propuse en silencio que ya no abandonaría mi deber a fin de mantener mi matrimonio y mi familia. Más tarde, empecé a cumplir deberes de nuevo en la iglesia y mi marido usó tanto el palo como la zanahoria para forzarme a abandonar mi fe en Dios. Cuando vio que no le hacía caso, empezó a mencionar el tema del divorcio todos los días para amenazarme. Oré a Dios y le rogué que me diera fe y fortaleza. De esta manera, persistí en ir siempre a las reuniones y en hacer mi deber. De a poco, mi marido dejó de controlarme de forma tan estricta y solo me exigía que regresara a casa todos los días.

En julio de 2023, los líderes organizaron que me encargara de un deber. Como el trabajo implicaba bastantes asuntos, solo podría volver a casa una vez cada dos semanas, más o menos. Me sentí un poco limitada: “Si solo vuelvo a casa cada dos semanas, ¿estaría de acuerdo mi marido? Si no estoy en casa a menudo y no paso tiempo a su lado ni cuido de él, es inevitable que nuestro matrimonio se vaya rompiendo de a poco”. Sin embargo, recordé mi experiencia previa de fracaso. Esta vez, no quería quedarme con remordimientos, y acepté este deber. Pasado un tiempo, empecé a preocuparme: “Si continúo sin regresar a casa, mi relación con mi marido se enfriará cada vez más. Si se enamora de otra persona, entonces, nuestro matrimonio llegará a su fin. Si pierdo mi matrimonio, ¿podré tener aún una vida feliz en el futuro?”. En apariencia, estaba ocupada con el trabajo todos los días, pero mi corazón estaba siempre perturbado. En cuanto terminaba el trabajo, empezaba a contar los días que faltaban para volver a casa. Hasta pensé en pedir a los líderes que cambiaran mi deber por uno que pudiera hacer en casa. Me di cuenta de que eso era ser quisquillosa con mi deber. No era razonable, así que no dije nada. Sin saber qué hacer, le conté mis pensamientos más íntimos a Dios y le rogué que me esclareciera y guiara.

Un día, durante mis prácticas devocionales, leí un pasaje de las palabras de Dios que me fue de gran ayuda. Dios dice: “Hay algunos que, después de empezar a creer en Dios y de aceptar su deber y la comisión que les ha encomendado la casa de Dios, a fin de mantener la felicidad y dicha de su matrimonio, comprometen gravemente el desempeño de su deber. En principio, se supone que vayan a un lugar lejano a predicar el evangelio y que regresen a casa una vez a la semana o de vez en cuando, o incluso podrían dejar su hogar para realizar su deber a tiempo completo según sus calibres y condiciones en diversos aspectos. Sin embargo, temen que su pareja esté descontenta con ellos, que su matrimonio no sea feliz o que lo pierdan por completo, así que, con el objetivo de mantener la felicidad conyugal, renuncian a una gran parte del tiempo que deberían invertir en la realización de su deber. En especial, cuando escuchan a su pareja quejarse o perciben que esta se disgusta o refunfuña, se vuelven aún más cautos para conservar su matrimonio. Se empeñan todo lo posible por satisfacer a su pareja y trabajan duro para mantener la felicidad conyugal y evitar que su matrimonio se desmorone. Por supuesto, aún más grave que esto es que algunas personas rechacen la llamada de la casa de Dios y se nieguen a hacer su deber para mantener su felicidad conyugal. Como les resulta insoportable la idea de separarse de su cónyuge, o debido a que sus suegros se oponen a su fe en Dios y son contrarios a que abandonen su trabajo y su hogar para hacer su deber, cuando llega la hora de hacerlo, hacen concesiones y renuncian a su deber, y eligen en su lugar conservar la felicidad conyugal y la integridad de su matrimonio. Con este fin, y para evitar que su matrimonio se desmorone y se termine, eligen solo cumplir con sus responsabilidades y obligaciones en la vida marital y abandonar la misión de un ser creado. No sabes que, con independencia de tu rol en la familia o en la sociedad —ya sea el de esposa, esposo, hijo, padre, empleado o cualquier otro— y tanto si tu papel en la vida matrimonial es importante como si no, solo tienes una identidad ante Dios y esa es la de un ser creado. No tienes una segunda identidad ante Dios. Por lo tanto, cuando la casa de Dios te llama, debes cumplir tu misión en ese momento. Es decir, como ser creado, no es que debas cumplir tu misión solo cuando se satisfaga la condición de mantener tu felicidad conyugal y la integridad de tu matrimonio, sino que más bien, siempre y cuando seas un ser creado, la misión que Dios te otorga y te encomienda ha de cumplirse incondicionalmente. Al margen de las circunstancias, debes cumplir tu misión, tratándola como tu deber ineludible, y colocar la misión encomendada por Dios en primer lugar, mientras relegas la misión y las responsabilidades que se te confieren por medio del matrimonio a un lugar secundario(La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (10)). Después de leer este pasaje de las palabras de Dios, sentí como si un rayo de luz me hubiera iluminado el corazón. De repente me sentí despejada y esclarecida. Tal como dice Dios, yo daba muchísima importancia a tener un matrimonio sólido y feliz. Solo quería hacer algún deber siempre y cuando pudiera mantener un matrimonio feliz. En cuanto este afectaba a mi matrimonio, ya no podía hacerlo con el corazón tranquilo y hasta quería desprenderme de él para preservar mi matrimonio. No priorizaba los deberes de un ser creado. Recordé que, cuando iba al colegio, me habían influido profundamente ideas sobre el matrimonio, como “tomarse de la mano y envejecer juntos” y “ojalá consiga un corazón que me sea fiel y nunca nos separemos hasta el fin de nuestros días”. Siempre quise encontrar a mi media naranja, alguien que me tratara con sinceridad, fuera considerado conmigo, cuidara de mí y me acompañara a lo largo de la vida. Después de casarme, trataba mi matrimonio como lo más importante y siempre me esforzaba por mantenerlo. Después de que empecé a creer en Dios, mi marido se creyó rumores infundados e intentó impedir que lo hiciera. Yo temía que empezaran a aparecer grietas en nuestro matrimonio, así que buscaba formas de congraciarme con él. Cuando realizaba los deberes de una líder, lo hacía de forma superficial y por inercia. Entraba y salía de todas las reuniones puntualmente, como si marcara horario en el trabajo. Algunas tareas no se implementaban del todo, pero, cuando pensaba en que mi marido probablemente ya habría terminado de trabajar, terminaba de prisa la reunión y me iba a casa. De camino a casa, hasta pensaba en cómo congraciarme con mi marido y mantener mi relación con él. Durante los dos meses que estuve en casa protegiendo el entorno, podría haber hecho algunos deberes. Sin embargo, para mantener mi relación con mi marido, ignoré por completo el trabajo de la iglesia. Esto no solo retrasó la entrada en la vida de mis hermanos y hermanas, sino que también perjudicó el trabajo de la iglesia. Además, cuando esta vez fui a hacer mi deber, solo lo acepté en apariencia, pero no lo hacía con todo el corazón. En cuanto tenía un momento libre, empezaba a calcular cuándo volvería a casa. Hasta pensé en cambiar mi deber por uno que me permitiera estar en casa todos los días. Daba demasiada importancia a mantener la felicidad de mi matrimonio; era como si perder mi matrimonio fuera un acontecimiento tan grave como si se me viniera el mundo abajo. Soy un ser creado. Es Dios quien me dio la vida y me concedió todo. Mi misión es cumplir bien con el deber de un ser creado. Pero, para mantener mi matrimonio, siempre hacía mi deber de forma superficial. ¡Me sentía tan avergonzada ante Dios! No tenía ni un ápice de conciencia ni de razón. Cuando entendí esto, sentí remordimiento y dolor en el corazón. Me propuse en silencio que, en el futuro, practicaría la verdad y retribuiría el amor de Dios y dedicaría todo mi tiempo y mis pensamientos a mi deber.

Un día de septiembre de 2023, volví a casa. Mi marido regresó por la noche, tras haber estado bebiendo, y me preguntó de forma agresiva: “No estás en casa habitualmente. ¿Dónde te estás quedando? ¿Qué estás haciendo?”. También me dijo que dejara de creer en Dios. Yo discrepé de él, así que empezó a golpearme. Estaba tan enfadada que me fui de casa. Un día de noviembre, fui a casa de mi madre. Mi madre me dijo: “Tu marido dice que no puede seguir viviendo así. Quiere que vuelvas a casa para que tramiten el divorcio”. Cuando oí esto, di un largo suspiro de alivio. Pensé: “A lo largo de todos estos años me ha perseguido mucho y ha intentado impedir que crea en Dios. Si nos divorciamos, podré creer en Dios con libertad y ya no me limitará más”. Sin embargo, cuando salí por la puerta y vi a las parejas casadas paseando por la calle, pensé en que había estado casada con él durante veinte años. Si nos divorciábamos, eso significaría que, de ahí en adelante, ya no habría ninguna relación entre nosotros. Si me enfermaba, ¿quién cuidaría de mí? Sin su compañía, ¿sería la segunda mitad de mi vida desolada y solitaria? ¿Podía realmente poner fin a veinte años de vida conyugal así, sin más? Al pensar en esto, mi corazón se llenó de tristeza, y las lágrimas inundaron mis ojos. Oré a Dios: “Querido Dios, sé que ya no hay necesidad de mantener mi matrimonio con mi marido. Estoy dispuesta a divorciarme de él, pero, en cuanto pienso en hacerlo, aún me duele profundamente en el corazón. Querido Dios, te ruego que me des fe y fortaleza para poder tomar la decisión correcta”.

Más tarde, leí las palabras de Dios y descubrí cómo debía tratar al matrimonio. Dios Todopoderoso dice: “Dios te ha ordenado el matrimonio y te ha dado una pareja. Aunque te cases, tu identidad y estatus ante Él no cambian. Sin importar si eres hombre o mujer, hay una cosa que ambos compartís, y es que ambos sois seres creados ante el Creador. En el marco del matrimonio, os toleráis y os valoráis y protegéis el uno al otro, os ayudáis y apoyáis, y en eso consiste el cumplimiento de vuestras responsabilidades. No obstante, las responsabilidades y la misión que debes cumplir ante Dios no se pueden sustituir por aquellas que debes satisfacer con respecto a tu pareja. Por lo tanto, cuando exista un conflicto entre tus responsabilidades hacia tu pareja y el deber que un ser creado debe hacer ante Dios, debes elegir el desempeño de este último, en lugar del cumplimiento de tus responsabilidades hacia tu cónyuge. Esta es la dirección y el objetivo que debes elegir y, por supuesto, también es la misión que debes cumplir. Sin embargo, hay quienes erróneamente convierten en su misión en la vida perseguir la felicidad conyugal o cumplir con las responsabilidades hacia su pareja, así como cuidarla, atenderla, valorarla y protegerla, y la consideran su mundo entero, su vida; eso es una equivocación. […] En lo que respecta al matrimonio, lo único que puede hacer la gente es aceptarlo de parte de Dios y atenerse a la definición de este que Él ha ordenado para el hombre, en la que tanto el marido como la mujer cumplen con sus responsabilidades y obligaciones el uno con el otro. Lo que no pueden hacer es decidir el porvenir ni la vida anterior, actual o futura de su pareja, y mucho menos la eternidad. Tu destino, tu porvenir y la senda que sigues solo los puede decidir el Creador. Por lo tanto, como ser creado, ya tengas el rol de mujer o de marido, la felicidad que debes perseguir en esta vida radica en que hagas el deber de un ser creado y logres la misión que le corresponde a uno. No radica en el propio matrimonio y ni mucho menos en el cumplimiento de las responsabilidades de una mujer o un marido en el marco de este. Por supuesto, algo que debes entender es que la senda que escoges seguir y la perspectiva de vida que adoptas no deben basarse en la felicidad conyugal, y menos aún las debe determinar uno de los cónyuges(La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (11)). “En cuanto al matrimonio, siempre que no choque ni entre en conflicto con tu búsqueda de la verdad, no cambiarán las obligaciones que debes cumplir, la misión que debes lograr y el papel que debes desempeñar dentro del marco del matrimonio. Por tanto, pedir que te desprendas de la búsqueda de la felicidad conyugal no significa pedirte que renuncies al matrimonio o te divorcies, sino que trates el matrimonio correctamente y, entonces, sobre esta base, completes tu misión como ser creado y cumplas con el deber que te corresponde. Por supuesto, si tu búsqueda de la felicidad conyugal afecta u obstaculiza la realización de tu deber como ser creado, o incluso te lleva a renunciar a este deber que te corresponde, entonces eres una persona inmensamente rebelde. Si buscas la verdad sobre este asunto, deberías ser capaz de ver con claridad a qué deben aferrarse las personas y a qué deben renunciar. Lo que deberías abandonar no es meramente tu búsqueda de la felicidad conyugal, sino tu matrimonio por completo. De esta manera, lograrás una conformidad total con los principios-verdad. […] Si quieres ser alguien que persiga la verdad, en lo que deberías pensar más que nada es en cómo desprenderte de lo que Dios te pide que te desprendas y en cómo lograr lo que Él te pide que logres. Incluso si en el futuro te quedas sin matrimonio y sin una pareja a tu lado, podrás seguir viviendo para ver tus últimos años y te irá bien. Sin embargo, si renuncias a esa oportunidad de hacer tu deber, será como abandonar el deber que te corresponde y la misión que Dios te ha encomendado. Para Él no serás alguien que persigue la verdad, que realmente quiere a Dios o que busca la salvación. Si renuncias activamente a tu oportunidad y tu derecho de alcanzar la salvación, abandonas tu misión, y en lugar de eso eliges el matrimonio, escoges vivir junto con tu cónyuge, acompañarlo y satisfacerlo, y mantener la integridad de tu matrimonio, al final sin duda perderás algo a la vez que ganas algo. Entiendes lo que perderás, ¿verdad? El matrimonio no lo es todo para ti, ni tampoco lo es la felicidad conyugal; no pueden decidir tu suerte, tu futuro y mucho menos tu destino(La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (10)). Cuando terminé de leer las palabras de Dios, mi corazón se sintió extremadamente claro y luminoso. Dios ha ordenado que el matrimonio solo sirve para que los seres humanos se acompañen y cuiden mutuamente. Sin embargo, las responsabilidades del matrimonio no pueden reemplazar la misión de un ser creado. Cuando el deber llama, debo dar prioridad a cumplir bien con el deber de un ser creado. Si abandono mi deber para buscar tener un matrimonio feliz, perderé mi oportunidad de obtener la verdad y recibir la salvación de Dios. Al final, caeré en las grandes catástrofes y seré destruida. En el pasado, solo pensaba en tener un matrimonio feliz. Dediqué mucho tiempo y esfuerzo a mantener mi relación con mi marido. Quería aferrarme a mi felicidad marital con una mano, y a la verdad con la otra. Intenté ocuparme de ambas cosas, pero mi corazón se sentía extremadamente exhausto y no sentía felicidad alguna. Ahora, he creído en Dios durante muchos años, pero aún sigo sin entender la verdad. He perdido mucho tiempo. ¡Fui demasiado necia! También entendí que creer en Dios es perfectamente natural y justificado. Mi marido no creía en Dios e intentaba impedir que yo lo hiciera. En cuanto mencionaba cualquier cosa relacionada con la fe en Dios, se enfadaba conmigo, me regañaba, me golpeaba y me insultaba. Él solía amenazarme con el divorcio para obligarme a abandonar mi fe en Dios. Está claro que su esencia es la de un demonio que odia la verdad y odia a Dios. Tal como dice Dios: “Creyentes y no creyentes no son intrínsecamente compatibles, sino que más bien se oponen entre sí(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Dios y el hombre entrarán juntos en el reposo). Simplemente éramos dos tipos de persona incompatibles que transitábamos sendas radicalmente distintas. Simplemente no había forma alguna de que envejeciéramos de la mano. Pero yo seguía manteniendo ese matrimonio con sumo cuidado, neciamente. ¿No era esto seguir a ciegas a un demonio? ¡Era demasiado atolondrada y necia! Mantener mi relación con mi marido solo me llevaría a apartarme de Dios, traicionarlo y perder mi oportunidad de obtener la salvación. Al vivir de acuerdo con una opinión errónea del amor, consideraba que la búsqueda de un matrimonio feliz era mi misión. No estaba dispuesta a discernir la esencia de mi marido. Sin la revelación de los hechos y si no hubiera tenido el esclarecimiento y la guía de Sus palabras, aún no habría sido capaz de desentrañar esto. ¡Era realmente ciega e ignorante! No podía seguir viviendo conforme a esos pensamientos y opiniones equivocados. Aunque mi marido quisiera divorciarse de mí, yo debía seguir haciendo el deber de un ser creado. ¡De eso se trata realmente mi misión!

Durante mis prácticas devocionales, escuché un himno de las palabras de Dios.

Deja que Dios entre en tu corazón

1  Dios solo puede entrar en tu corazón cuando se lo abres a Él. Solo cuando Dios ha entrado en tu corazón puedes ver lo que Él tiene y es y cuáles son Sus intenciones para ti. En ese momento descubrirás que todo lo que tiene que ver con Dios es muy precioso, que lo que Él tiene y es es muy digno de valorar. Comparados con eso, las personas, los acontecimientos y las cosas que te rodean, y hasta tus seres queridos, tu pareja y las cosas que amas, no merecen ninguna mención, son muy insignificantes y de escaso valor para ti. Sentirás que no habrá objeto material que pueda ser capaz de volver a atraerte ni hacerte pagar ningún precio por él otra vez. En la humildad de Dios verás Su grandeza y Su supremacía.

2  Más aún, en algo que Él haya hecho y que antes te había parecido bastante pequeño, verás Su infinita sabiduría y Su tolerancia, además de la paciencia, indulgencia y entendimiento que Él te muestra. Esto engendrará en ti adoración hacia Él. Ese día, sentirás que la humanidad está viviendo en un mundo muy sucio y que, ya se trate de las personas que están a tu lado o de las cosas que suceden a tu alrededor o incluso de aquellos que amas, de su amor por ti y su pretendida protección o preocupación por ti, nada de eso es digno de mención; solo Dios es el más amado por ti y tu tesoro más preciado. El amor de Dios es tan grande y Su esencia tan santa. En Dios no hay falsedad ni maldad, ni envidia, ni lucha, sino solo justicia y autenticidad. Los seres humanos deberían anhelar todo lo que Dios tiene y es, y también deberían buscarlo y aspirar a ello.

La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. La obra de Dios, el carácter de Dios y Dios mismo III

Me sentí muy conmovida al escuchar ese himno. El amor entre las personas se construye sobre los cimientos de la transacción. Cuando yo acompañaba a mi marido y cuidaba de él y de los niños, él me trataba bien. Cuando ya no podía cuidar de él a tiempo completo, empezaba a enfadarse y quería divorciarse porque ya no obtenía ningún beneficio de mí. Durante esos años, había dejado de lado mi deber y había traicionado en una ocasión a Dios por mantener la felicidad de mi matrimonio. Sin embargo, Dios no me trató según mis actos. Dios no dejó de mostrarme Su misericordia y Su gracia, y usó Sus palabras para esclarecerme y permitirme desentrañar las tramas de Satanás. Me ayudó a corregir mis opiniones equivocadas sobre el matrimonio para que Satanás ya no me hiciera más daño. Me di cuenta de que solo Dios ama a las personas más que nadie y que solo el amor de Dios es genuino y santo.

Después, cuando acepté divorciarme de mi marido, él ya no quiso hacerlo. Incluso dijo que, mientras yo volviera a casa, me trataría bien, como lo había hecho antes, y ya no intentaría impedirme creer en Dios. Pensé en cómo mi marido había usado amenazas, violencia e insultos para obligarme a abandonar mi fe en Dios. Cuando vio que esos ardides no funcionaban, usó palabras melifluas para engañarme. Independientemente de cómo cambien sus ardides, su esencia sigue siendo la de un demonio. Su esencia de ser un enemigo de Dios jamás cambiará. Llevaba una década intentando impedirme creer en Dios. Si fuera capaz de cambiar, ya lo habría hecho hace tiempo. Si volvía a creer en sus palabras, solo volvería a caer en la trampa, me acabaría engañando y perdería mi oportunidad de que Dios me salvara. Así que ignoré lo que dijo. Pensé: “Aunque no nos divorciemos, no puedo permitir que me ponga trabas para hacer mis deberes”. A partir de entonces, hice siempre mis deberes en la iglesia y mi corazón estuvo en paz. Dejé de pensar en cómo mantener mi matrimonio y mi familia, y por fin pude liberarme de las limitaciones de mi marido y las ataduras del matrimonio. Ahora soy libre para creer en Dios y hacer mi deber. ¡Gracias a Dios por Su salvación!

Anterior: 94. Las consecuencias de escoger las tareas fáciles y rehuir las difíciles en el deber

Siguiente: 96. Escapar del vórtice del dinero, la fama y el provecho

Ahora ya han aparecido varios desastres inusuales, y según las profecías de la Biblia, habrá desastres aún mayores en el futuro. Entonces, ¿cómo obtener la protección de Dios en medio de los grandes desastres? Contáctanos, y te mostraremos el camino.

Contenido relacionado

85. Un tiempo de tortura brutal

Por Chen Hui, ChinaCrecí en una familia normal en China. Mi padre era militar y, como me había moldeado e influido desde temprana edad,...

Ajustes

  • Texto
  • Temas

Colores lisos

Temas

Fuente

Tamaño de fuente

Interlineado

Interlineado

Ancho de página

Índice

Buscar

  • Buscar en este texto
  • Buscar en este libro