Toda carga es una bendición de Dios

10 Ene 2022

Por Yongsui, Corea del Sur

Hace no mucho me eligieron líder en unas elecciones de la iglesia. Me quedé atónita cuando me enteré y no me atrevía a creérmelo. ¿Líder yo? ¿Cómo era posible? Un líder debe hablar de la verdad para resolver los problemas de los hermanos y hermanas en su entrada en la vida, pero yo era joven y tenía una experiencia limitada. Encima, nunca había tenido un puesto de líder. ¿Estaba a la altura? Esto me preocupó durante bastante tiempo y sentía que no tenía lo necesario para ese deber, que no podía aceptarlo. Si lo aceptaba y luego lo hacía mal, ¿no perjudicaría a la casa de Dios, a mis hermanos y hermanas? Además, llegarían a conocerme y verían cómo era, lo que sería muy humillante. Me inventé una letanía de excusas, pero una hermana me leyó este pasaje de las palabras de Dios: “Comer y beber las palabras de Dios, practicar la oración, aceptar la carga de Dios y las tareas que Él te confía, todo esto es para que pueda haber una senda delante de ti. Cuanto más pese sobre ti la carga de lo que Dios te ha confiado, más fácil será que seas perfeccionado por Él. […] Si eres alguien consciente de la voluntad de Dios, desarrollarás una carga verdadera para la iglesia. De hecho, en lugar de considerar que esto es una carga que llevas para la iglesia, sería mejor que la consideraras como una carga que llevas para tu propia vida, porque el propósito de esta carga que desarrollas para la iglesia es que utilices estas experiencias para que Dios te perfeccione” (‘Sé consciente de la voluntad de Dios para alcanzar la perfección’ en “La Palabra manifestada en carne”). Estas palabras de Dios me ayudaron a entender que, al confiarme esa misión, Dios me daba la oportunidad de formarme. Aunque tenía enormes carencias, ese deber no iba solo de dirigir y resolver los problemas de otros, sino de avivar mi interés por entrar en la verdad a través de su cumplimiento. Ante todo, debería buscar la verdad para poder abordar mis problemas y usar mi experiencia para ayudar a los hermanos y hermanas en sus dificultades. Al confiarme Dios esa comisión, también me estaba dando una carga. Como líder de la iglesia, tendría que preocuparme de todos sus asuntos, lidiar con personas y cosas, dedicarme a problemas varios y aprender a resolverlos por medio de la verdad. Así podría progresar en mi entendimiento de la verdad y en que Dios me perfeccionara. Recordé estas palabras de Dios: “Si no buscas oportunidades para ser perfeccionado por Dios y si no luchas por llevar la delantera en tu búsqueda de la perfección, entonces al final te llenarás de remordimiento. El presente es la mejor oportunidad para alcanzar la perfección; ahora es un momento extremadamente bueno. Si no buscas seriamente que Dios te perfeccione, una vez que Su obra haya concluido será demasiado tarde: habrás perdido la oportunidad. No importa cuán grandes sean tus aspiraciones, si Dios ya no está llevando a cabo obra alguna, independientemente del esfuerzo que hagas, nunca serás capaz de alcanzar la perfección” (‘Sé consciente de la voluntad de Dios para alcanzar la perfección’ en “La Palabra manifestada en carne”). Comprendí que mi oportunidad de cumplir con aquel deber era, de hecho, una oportunidad de ser perfeccionada por Dios. Con la obra de Dios en su etapa final, no nos queda mucho tiempo para cumplir con el deber. Si rechazaba esa comisión no tendría otra oportunidad más adelante. Sería tarde para lamentarse. Sentía que no podía seguir viviendo consumida por las dificultades ni pensar en nada más que en mi imagen y mi estatus, pero tenía que aceptar esto y someterme. Oré a Dios en mi interior y le agradecí la oportunidad de practicar, dispuesta a confiar en Él y a cumplir con el deber.

Para mi sorpresa, me encontré con el primer escollo tras haber asumido el nuevo deber. En una reunión, nuestro superior habló de un diácono que creía desde hacía más de dos años, tenía cierta aptitud y era sumamente arrogante. Era autoritario en el deber y nunca debatía nada con nadie. Perjudicaba el trabajo de la casa de Dios. El líder nos preguntó qué pensábamos de esa persona. Mi reflexión fue que alguien tan arrogante, incapaz de trabajar armoniosamente con los hermanos y hermanas, no era apto para ser diácono y había que destituirlo. Compartí mi opinión. Sin embargo, con las enseñanzas del líder, comprendí que este diácono era creyente desde hacía poco, estaba dotado de cierta aptitud y padecía de una profunda arrogancia; no obstante, si podía aceptar la verdad, podrían formarlo, y enseñarle más acerca de la verdad para ayudarlo. Podrían exponerlo y tratarlo, pero era inaceptable destituirlo y eliminarlo. Sí. Sentí que, aunque hubiera tenido la perspectiva equivocada y hubiera pasado vergüenza, había logrado entender un principio del trato justo, así que al final fue algo bueno. Sin embargo, después descubrí que la mayoría de líderes de la iglesia ya discernía sobre esta cuestión y, en comparación, yo tenía muchas carencias. Mi entendimiento de la verdad era superficial y no tenía principios en el trato al prójimo. ¿Tenía las cualidades de un líder? Ejercer de líder requiere entender la verdad y conocer a toda clase de personas. Conocer la estrategia correcta para cada persona de la iglesia. No obstante, los hechos revelaban que no tenía esas cualidades. Al pensar en todo ello quise tirar la toalla. Encima, llevaba pocos días en el deber, se me acumulaban las tareas y me había topado con dificultades. Tenía la impresión de que ese deber me resultaría agotador y pesado. Aquella noche me encontraba agitada por dentro y pensaba que debía de ser la líder más mediocre de todos. Había metido la pata tan pronto que nuestro superior debía de haber visto cómo era, debía de haber visto que tenía poca aptitud y me faltaba discernimiento. Creería que no tenía potencial que promover. ¿Qué opinarían de mí los hermanos y hermanas? ¿Dirían que carecía de conocimiento y que había sido un error elegirme líder? Cuantas más vueltas le daba, más creía que no podría dar la cara como líder. Me preguntaba si debía demostrar sentido y dimitir del puesto cuanto antes. Sin embargo, esa idea me incomodaba. Al aceptar la comisión, había orado a Dios y tomado una determinación, así que, si la dejaba con desdén, ¿no sería una traición a Dios? Oré a Dios aquella noche y le conté mi dilema para pedirle que me guiara hacia el autoconocimiento y así supiera cómo resolver esto.

A la mañana siguiente, en Palabras diarias de Dios, leí algo acerca de Job que me conmovió mucho: “A pesar de su posición y estatus de prestigio, nunca los había amado ni les había prestado atención alguna; no le preocupaba cómo vieran otros su posición ni que sus acciones o conducta pudieran tener un efecto negativo en la misma; no se entregó al disfrute de los beneficios del estatus ni disfrutó de la gloria que venía con el estatus y la posición. Sólo le importaba su propia valía y el sentido de su vivir a los ojos de Jehová Dios. El verdadero ser de Job era su propia esencia: no amaba la fama ni la fortuna, ni vivía para ellas; era sincero, puro, y sin falsedad” (‘La obra de Dios, el carácter de Dios y Dios mismo II’ en “La Palabra manifestada en carne”). En las palabras de Dios vi que, pese a que la posición de Job era muy elevada y él era el hombre más grande del pueblo de Oriente, nunca le importó cómo lo vieran o valoraran los demás. Ante la prueba de tener el cuerpo cubierto de llagas malignas, sentado en las cenizas, rascándose el cuerpo con un tiesto, no le preocupaba si esto repercutiría negativamente en su estatus y su posición. Aunque se burlaran de él quienes lo rodeaban, no se lo tomaba a pecho. Job no codiciaba la reputación y el estatus; solo le importaba cómo consideraría Dios sus actos, si lo satisfarían y recibirían Su aprobación. Aquello me hizo reflexionar: ¿Qué era lo que me importaba a mí? ¿Por qué me alteraba tanto? Lo que más me importaba era la repercusión que hubieran tenido mis palabras y actos en mi reputación y mi estatus. Aquella experiencia era buen ejemplo: había expuesto mis debilidades al no saber tratar a la gente según los principios. No obstante, no podía dejar de pensar en si el líder me menospreciaría, en si los hermanos y hermanas lamentarían haberme elegido. No pensaba en averiguar cuál era la voluntad de Dios, qué lección debía aprender y qué verdad debía recibir de esa situación. Ciertamente, me centraba en todo lo que no debía. Quería renunciar a la comisión que me había confiado Dios para preservar mi imagen y mi estatus. Me di cuenta de que era demasiado rebelde, demasiado ingrata.

En mi reflexión posterior me pregunté por qué ese error me había provocado tanto dolor como para no querer seguir en el deber. ¿Qué actitud me controlaba? Leí este pasaje de las palabras de Dios: “Los anticristos son traicioneros y astutos. Se expresan con cautela, no revelan nada y, si desvelan algo, rectifican. ¿Cómo lo hacen? Quizás no puedan rectificar de inmediato, y en tal caso no son capaces de dormir de noche ni comer de día; cuando están sentados, mientras caminan, piensan: ‘¿Cómo voy a salvar mi reputación, mi buen nombre? ¿Cómo voy a asegurar mi posición? ¿Cómo voy a evitar que los demás me desprecien y descubran cómo soy?’. Todos sus pensamientos se centran en estas cuestiones. Es posible que a veces posean cierta lealtad o paguen un poco el precio, y puede que hagan cosas que parezcan correctas desde fuera, pero tras estas acciones hay un secreto que nunca comparten. El estatus y la reputación de un anticristo son el proyecto que emprenden cuando empiezan a entender las cosas, y se extiende durante toda su vida. Es la esencia de la naturaleza de un anticristo. Si un día cometen un error y se ponen en evidencia, permitiendo que los demás vean que ellos también se equivocan, tienen defectos o son inadecuados para algunas cosas, lo perciben como un fenómeno nada halagüeño, y ese asunto les atormenta, hace presa en su mente y se sienten mal. No pueden dormir ni comer, y suelen estar distraídos. Cuando los demás les preguntan por qué están distraídos, dicen que han estado tan ocupados con su deber que no han dormido, algo muy alejado de la verdad: hacen todo lo que pueden para engañar a los demás. ¿Qué piensan para sí? ‘He metido la pata y me he puesto en evidencia. ¿Cómo puedo redimirme? ¿Qué puedo hacer para redimirme sin que los demás vean lo que estoy tramando? ¿Qué manera, qué tono debo utilizar para explicar este asunto? ¿Cómo puedo abrir la boca para hablar sin que los demás adviertan que estoy dando explicaciones sobre el asunto?’. Piensan en dicho asunto con sumo detalle, lo consideran desde todos los puntos de vista, se devanan los sesos y se olvidan de comer y beber” (‘Cumplen con su deber solo para distinguirse a sí mismos y satisfacer sus propios intereses y ambiciones; nunca consideran los intereses de la casa de Dios, e incluso los venden a cambio de su propia gloria (II)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Al meditar las palabras de Dios comprobé que mi conducta era la misma que la de los anticristos expuestos por Dios, que solo piensan en su reputación y estatus. Caí en desgracia por una estupidez y mis hermanos y hermanas vieron mi debilidad; lo percibí como algo muy humillante, así que me obsesioné con lo que opinaran de mí. Ni siquiera podía calmarme para cumplir con el deber durante el día y aquello me quitaba el sueño por la noche. Me perseguía a todas horas. Los demás ya lo habían visto, por lo que no podía salvar la situación. No podía recuperar la dignidad y perdí toda voluntad de cumplir con el deber, pues creía que, si lo dejaba, no tendría la posibilidad de ser una fracasada, de recibir el desprecio de todos. Recordé estas palabras de Dios: “El estatus y la reputación de un anticristo son el proyecto que emprenden cuando empiezan a entender las cosas, y se extiende durante toda su vida. Es la esencia de la naturaleza de un anticristo” (‘Cumplen con su deber solo para distinguirse a sí mismos y satisfacer sus propios intereses y ambiciones; nunca consideran los intereses de la casa de Dios, e incluso los venden a cambio de su propia gloria (II)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Esto me enseñó que una de las principales características de un anticristo es actuar solo por el bien de su reputación y estatus. Esas son las cosas que persigue y por las que trabaja toda la vida. Los anticristos anteponen la reputación y el estatus. Eso también me describía a mí. Durante toda mi etapa escolar, siempre quería ser la primera de la clase para que mis profesores me tuvieran en alta estima y mis familiares y amigos me elogiaran. Durante los años que cumplí con el deber en la casa de Dios, en teoría sabía que no tenía sentido ir en pos de la reputación y el estatus, que tener eso no implicaba tener la verdad. A primera vista, no andaba tras esa clase de cosas. Sin embargo, en el fondo seguía enamorada del prestigio y quería desempeñarme bien en todo lo que hiciera para que me aplaudieran y admiraran los demás. Cuando acepté el puesto de líder de la iglesia, esperaba ser digna del cargo de “líder” y que todos me elogiaran en cuanto lo asumiera. Cuando cometí un fallo, pensé que mi reputación y estatus se resentirían, así que no quería continuar en ese deber. Solo valoraba la imagen que tenían de mí en su interior, en vez de valorar mi oportunidad de cumplir con el deber. Con mi reputación y estatus en riesgo, quise renunciar a lo que Dios me había confiado. Consideraba mi reputación y estatus por encima de todo. Comprobé que el carácter de un anticristo me corría por las venas, que iba por la senda de los anticristos. Pensé: “¿Por qué diablos deberían admirarme mis hermanos y hermanas?”. No estaba en posesión de la verdad, no tenía experiencia práctica, tenía poca aptitud y, pese a ello, me preocupaba el estatus. Alguien como yo, absorbida por un carácter satánico, ¡todavía quería que me idolatraran! ¡Qué desvergüenza!

Entonces, recapacité sobre este aspecto de la verdad y lo busqué. Leí otro pasaje de Dios: “Como ser creado, cuando te presentas ante el Creador, debes cumplir con tu deber. Eso es lo correcto. Ya que la gente debe llevar a cabo el deber de un ser creado, el Creador ha realizado de nuevo una mayor obra entre la humanidad. Ha cumplido una etapa más de obra en la humanidad. ¿Y qué obra es esa? Proporciona la verdad a la humanidad, permitiéndole recibirla de Él mientras cumple con su deber, para así deshacerse de su carácter corrupto y ser purificada. Así, satisface la voluntad de Dios y se embarca en la senda correcta de la vida, y al final, es capaz de temer a Dios y evitar el mal, conseguir la salvación completa y dejar de someterse a las aflicciones de Satanás. Este es el objetivo principal que Dios desearía que la humanidad consiguiera al final al cumplir su deber. Por tanto, al llevar a cabo tu deber, no solo disfrutas del valor y la importancia que proporciona a tu vida cumplir con tu deber como ser creado. Más allá de esto, eres purificado y salvado y, en última instancia, llegas a vivir en la luz del rostro del Creador. […] En términos del aquí y ahora, todo aquel que se presenta ante Dios y cumple con su deber como ser creado recibe de Él aquello que es más valioso y bello entre la humanidad. Ni un solo ser creado entre la humanidad puede recibir tales bendiciones de manos del Creador por pura casualidad. Algo tan bello y grande es retorcido por la calaña de los anticristos para convertirlo en una transacción, en la que solicitan coronas y recompensas de manos del Creador. Dicha transacción convierte algo tan hermoso y justo en algo muy feo y malvado. ¿Acaso no es eso lo que hacen los anticristos? A tenor de esto, ¿son malvados los anticristos? Son bastante malvados, y esta es solo una manifestación de un aspecto de su maldad” (‘Cumplen con su deber solo para distinguirse a sí mismos y satisfacer sus propios intereses y ambiciones; nunca consideran los intereses de la casa de Dios, e incluso los venden a cambio de su propia gloria (VI)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Al examinar las palabras de Dios, entendí que, cuando un ser creado tiene el privilegio de presentarse ante el Creador y de cumplir con el deber en la obra de gestión de Dios, esto es de lo más hermoso y justo. Me pregunté por qué decía Dios que cumplir con el deber era de lo más hermoso y justo. Dios nos otorga desinteresadamente tantas verdades que nos permite cumplir con el deber en Su casa y nos da oportunidades para formarnos. En el transcurso del deber podemos entender y recibir la verdad y madurar en la vida. No solo podemos descubrir, conocer y corregir nuestro carácter corrupto, sino comprender a Dios y emprender la senda del temor de Dios y la evitación del mal, con el fin de poder ser ganados por Dios. Dios nos permite cumplir con el deber para otorgarnos la verdad y la vida, purificarnos y salvarnos sin esperar absolutamente nada a cambio. Como seres creados, hemos de ver y entender los sinceros propósitos de Dios con un corazón auténtico y honesto en el deber, y darlo todo en este para poder compensar a Dios por Su amor. Entre el Creador y Sus criaturas, Dios se entrega desinteresadamente, mientras que los seres humanos deben someterse a Él y compensarlo. Al final recibimos las verdades provenientes de Dios, desechamos el carácter corrupto, vivimos con semejanza humana y serenamos el corazón de Dios. Es una relación preciosa y muy pura. Asimismo, un ser creado que acepta la comisión del Creador y cumple con el deber es como un niño bueno con sus padres. Es lo justo, el deber más básico que hay. Sí. Y, en el deber, no llevamos a cabo nuestra propia iniciativa, sino que ponemos nuestro granito de arena para difundir el evangelio, a fin de que se presente más gente ante Dios. Es el empeño más justo que hay en esta tierra. De forma totalmente contraria a la razón, fue esto, tan maravilloso y justo, lo que yo convertí en algo malo y dificultoso. Me lo tomé como una transacción, un intercambio en el que tal vez podría ganar estatus. Quería hacerlo si elevaba mi estatus; si no, lo rechazaría para pasárselo a otro. Explotaría el enaltecimiento y la gracia de Dios para alcanzar mis siniestros objetivos. Comprobé lo mala que era y que ni siquiera era digna de ser una criatura de Dios. Al recordar mi actitud hacia el deber, me arrepentí. Me presenté ante Dios en oración: “Dios mío, Tú no me diste la espalda por mi deplorable experiencia en la vida. Me diste la oportunidad de practicar, lo que fue una bendición para mí. Pero traté de utilizar mi deber para negociar contigo. ¡Qué mala soy! Dios mío, no quiero pensar en mi reputación y mi estatus, sino valorar esta oportunidad y darlo todo en este deber en la medida de lo posible para no decepcionarte”. Tras mi oración estaba mucho más tranquila, mucho más en paz. Pensándolo bien, experimentar este fracaso y quedar mal nada más asumir el puesto parecía algo malo a primera vista, pero en realidad fue algo bueno. Dios estaba corrigiendo el rumbo y los objetivos de mi búsqueda. Mi esperanza había sido ser una gran líder que lo hiciera bien nada más asumir el puesto para recibir los elogios y la admiración de mis hermanos y hermanas. No obstante, esta experiencia me enseñó que ir en pos de la reputación y el estatus era la senda equivocada, la del fracaso. Entendí que cumplir con aquel deber podría exponer mis defectos y que lo que tenía que hacer era reconocer mis fallos, afrontar la realidad y esforzarme mucho para dotarme de la verdad, cumplir bien el deber y satisfacer a Dios. No debía esforzarme por mi superior ni por la admiración de los hermanos y hermanas. Aunque se hubiera revelado mi debilidad de no saber tratar a la gente según los principios, tenía que reconocer que carecía de la realidad de la verdad, aprender la lección y captar los principios. No asustarme por el fracaso. El quid de la cuestión era poner en práctica la verdad y madurar. Me vino a la mente este otro pasaje: “Es por medio del proceso de llevar a cabo su deber que el hombre es cambiado gradualmente, y es por medio de este proceso que él demuestra su lealtad. Así pues, cuanto más puedas llevar a cabo tu deber, más verdad recibirás y más real será tu expresión” (‘La diferencia entre el ministerio de Dios encarnado y el deber del hombre’ en “La Palabra manifestada en carne”). Con las palabras de Dios, entendí que una persona no debe comprender todas las verdades y tener una estatura adecuada para asumir el deber de líder. Nadie está a la altura de la tarea de líder cuando empieza en ella. Dios nos forma en el deber y así es como nos guía y perfecciona. Mientras cumplimos con el deber, es probable que revelemos muchos fallos, que afrontemos fracasos y tropiezos y que nos poden y traten. Mejoraremos paulatinamente nuestra estatura buscando la verdad y aprendiendo los principios. Durante este proceso, es normal que no entendamos ciertas cosas o que tengamos fracasos. Es imprescindible que pasemos por esto también. Qué ciega que estaría si rechazaba esta oportunidad de ser perfeccionada por Dios por miedo a quedar mal, humillada, por lo que no quería cumplir con este deber. Esta idea fue muy liberadora para mí. Sabía que tenía poca aptitud, que no comprendía la verdad y que había entrado mínimamente en la vida, pero podía esforzarme, pagar un precio y buscar la verdad. Aunque fuera la líder con más carencias, podría progresar un poco algún día. Pensé en Noé, que nunca antes había construido un arca, pero que era sincero y devoto de corazón y confió en la guía de Dios. Perseveró durante 120 años, acabó el arca y cumplió con la comisión de Dios. Ni siquiera tuvo muchas palabras de Dios ni muchos que lo ayudaran. Pero yo, guiada por las palabras de Dios y con las indicaciones de mi líder, así como con la cooperación y el apoyo de tantos hermanos y hermanas, ¿cómo podía quejarme de mis problemas en el deber? No tenía ningún motivo para seguir quejándome así. Esta idea me hizo meditar sobre lo siguiente: ¿Cómo debía cumplir con el deber para realizar trabajo práctico?

Poco después leí este pasaje: “Cuanto más consciente seas de la voluntad de Dios, mayor será la carga que lleves a cuestas, y cuanto mayor sea la carga que llevas a cuestas, más rica será tu experiencia. Cuando seas consciente de la voluntad de Dios, Él pondrá una carga sobre ti y luego te esclarecerá sobre las tareas que te ha confiado. Cuando Dios te dé esta carga, prestarás atención a todas las verdades relacionadas mientras comes y bebes de Sus palabras. Si tienes una carga relacionada con las condiciones de vida de tus hermanos y hermanas, entonces se trata de una carga que Dios te ha confiado y siempre llevarás esta carga contigo en tus oraciones diarias. Se te ha dado como carga lo que Dios hace, y estás dispuesto a llevar a cabo lo que Él quiere hacer; esto es lo que significa hacer tuya la carga de Dios. En este punto, cuando comas y bebas las palabras de Dios, te enfocarás en este tipo de asuntos y te preguntarás: ¿cómo voy a resolver estos problemas? ¿Cómo puedo facilitar que mis hermanos y hermanas alcancen la liberación y tengan gozo espiritual? También os enfocaréis en resolver estos problemas mientras impartís enseñanza, y cuando comáis y bebáis las palabras de Dios os enfocaréis en comer y beber las palabras que se relacionan con estos temas. También llevaréis una carga mientras coméis y bebéis Sus palabras. Una vez que hayas entendido las exigencias de Dios, tendrás una idea más clara de qué senda tomar. Este es el esclarecimiento e iluminación del Espíritu Santo que conlleva tu carga y también es la guía que te ha sido otorgada por Dios. ¿Por qué digo esto? Si no llevas a cuestas ninguna carga, no prestarás atención cuando comas y bebas las palabras de Dios; cuando comes y bebes las palabras de Dios mientras llevas a cuestas una carga, puedes comprender la esencia de dichas palabras, encontrar tu camino y ser consciente de la voluntad de Dios. Por tanto, deberías desear en tus oraciones que Dios ponga más cargas sobre ti y te confíe tareas mayores de modo que puedas tener delante de ti una mayor senda donde practicar, para que tenga un mayor efecto que comas y bebas las palabras de Dios, para que cada vez seas más capaz de captar la esencia de Sus palabras y de ser movido por el Espíritu Santo” (‘Sé consciente de la voluntad de Dios para alcanzar la perfección’ en “La Palabra manifestada en carne”). Gracias a las palabras de Dios entendí que la clave para cumplir correctamente con mi deber radica en asumir una carga y preocuparme realmente de él. Cuando vea problemas en mi trabajo o dificultades en la entrada en la vida de los hermanos y hermanas, debo resolverlos, orar, comer y beber de las palabras de Dios con mi carga. Cuando busque la verdad con estos problemas en mente, me será más fácil recibir el esclarecimiento del Espíritu Santo. A partir de ese momento, en las reuniones me volqué en escuchar las experiencias que compartían los hermanos y hermanas, y pensaba en sus estados y problemas y en cómo debía integrar aquello en las palabras de Dios en comunión. Cuando algún asunto me bloqueaba, lo debatía con la hermana con la que trabajaba más estrechamente para tener una visión más clara del problema. Esto era eficaz para las reuniones. Una vez, en una reunión con creyentes veteranos, vi que me ponía muy nerviosa porque temía que mis enseñanzas revelaran un entendimiento deficiente y que no se resolvieran sus problemas. Tenía miedo de quedar mal, de que se rieran de mí y de que, por ser tan joven, pensaran que no era más que una jovencita con aires de grandeza. Mantuve la boca cerrada. En mi interior oraba a Dios sin cesar, para que me guiara para librarme de estas limitaciones de la reputación y el estatus, y así poder hablar sin tapujos. Noté cómo mi actitud empezaba a cambiar poco a poco y pensé que enseñar no es decir las cosas más inspiradoras para recibir la aprobación ajena, sino ser una persona sincera y compartir tu entendimiento personal hasta donde sepas. Sin importar con quién, cumplimos con el deber ante Dios, así que, opinen lo que opinen de mí, he de cumplir con mis responsabilidades. Una vez enmendada mi actitud, me sentí más libre y pude aclarar mis ideas. Vi los problemas con cierta lucidez y me di cuenta de que podía aportar algo en comunión. Creía que esto no era cosa de mi estatura personal, sino que provenía del esclarecimiento y la guía de Dios. Jamás lo habría logrado solo por mi cuenta. Tras estas experiencias, noté cierto progreso y estaba contentísima por no haber renunciado a este deber. De otro modo, nunca habría obtenido esos beneficios. Entendí mejor estas palabras de Dios: “Cuanto más consciente seas de la voluntad de Dios, mayor será la carga que lleves a cuestas, y cuanto mayor sea la carga que llevas a cuestas, más rica será tu experiencia. Cuando seas consciente de la voluntad de Dios, Él pondrá una carga sobre ti y luego te esclarecerá sobre las tareas que te ha confiado” (‘Sé consciente de la voluntad de Dios para alcanzar la perfección’ en “La Palabra manifestada en carne”). Estas palabras son la verdad y son incontestables. Una vez que puse en práctica las palabras de Dios, contemplé Su dirección y Sus bendiciones.

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