Es imposible cumplir un deber sin honestidad

23 Oct 2022

Por Mu Yu, Estados Unidos

Estoy a cargo de regar a los recién llegados en la iglesia. Algunos nuevos creyentes se unieron hace poco y vi que algunos de ellos no hablaban mucho en las reuniones y no asistían con regularidad. Solo asistían cuando les apetecía. Cuando acudía a ellos para compartir individualmente, les gustaba hablar de cómo ganar dinero, cómo acumular una fortuna familiar, pero en cuanto salía el tema de la fe, se cerraban y encontraban excusas para colgar el teléfono. Parecía que no estaban interesados en la verdad y que no eran verdaderos creyentes. Pero no estaba completamente segura ya que eran nuevos en la fe, así que seguí apoyándolos. Siguieron así después de algún tiempo y poco a poco dejaron de asistir a las reuniones. Fue entonces cuando le hablé a la líder de su situación. Ella me preguntó: “¿Cómo los has estado regando? Cuando otros regaban antes, asistían a las reuniones con normalidad. ¿Por qué ha surgido esto cuando pasó a tus manos? ¿Realmente has cumplido tus responsabilidades y has compartido claramente? Si no cumplimos nuestras responsabilidades por ser descuidados en nuestro deber y por eso los recién llegados no se reúnen correctamente, eso es culpa tuya completamente”. Sabía que lo decía por responsabilidad por el trabajo, pero seguí pensando que todo el mundo puede cambiar y el hecho de que se reunieran correctamente antes no significaba que lo siguieran haciendo. Además, cuando los conocí no se reunían de manera regular, así que no era un cambio repentino. Yo solo quería regarlos un poco y observar, por lo que no se lo conté de inmediato. Si me hacía responsable de esto, cargaría con las consecuencias. Podría ser podada y tratada, o incluso destituida. Si lo hubiera sabido antes, se lo habría contado antes para que no me consideraran responsable por completo al final. En mis interacciones con los recién llegados después, no podía evitar estar en guardia. Si veía que alguien tenía un problema o no venía a las reuniones, me apresuraba a decírselo a la líder. A veces, la líder me preguntaba qué quería decir, si pretendía dejar de regarlos. Yo decía: “No. Tú eres la líder, así que quería que supieses lo que pasa con ellos”. Después de eso no decía nada. A veces, después de que se lo contara, me pedía que siguiese regándolos durante un tiempo, y si ellos no querían reunirse de verdad, no debía obligarlos y debía dejarlos en paz. Yo le daba la razón, pensaba que la líder conocía la situación de los nuevos creyentes, así que yo solo tenía que ofrecer apoyo. Traerlos de vuelta con apoyo era mejor, y si no podía hacerlo, si el recién llegado no quería reunirse más, la líder no pensaría que era demasiado repentino ni que yo era irresponsable en mi deber. Con esto en mente, dejé de estar atenta en mi deber. Todos los días, regaba a los recién llegados solo por repetición. Cuando los llamaba, si me contestaban, compartía un poco, pero lo dejaba estar si no contestaban. Pensaba que no había nada que hacer si no contestaban y no pensaba en cómo dedicarme a resolver sus problemas. Más tarde, en una reunión, la líder dijo que, cuando preguntase acerca del trabajo de riego de ahora en adelante, no solo escucharía lo que los regadores dijeran sobre la situación de los recién llegados, sino que averiguaría qué aspectos de la verdad había compartido con ellos el regador y en concreto, cómo los había apoyado, y entonces usaría eso para considerar si el regador hacía un trabajo real. Si no se dedicaban de lleno a compartir con los nuevos creyentes y hacían que estos no asistieran con regularidad a las reuniones o que se marcharan, eso era responsabilidad del regador. Cuando dijo esto, me di cuenta de que, cuando compartía con los recién llegados, no tomaba notas de las palabras de Dios que leía o las verdades que compartía. Si un nuevo creyente dejaba de asistir a las reuniones, yo no tendría ninguna prueba. Me preguntaba si la líder pensaría que yo no hacía trabajo práctico, y que era irresponsable en el riego, y después me podaría y trataría. Así que comencé a prestar atención a los mensajes y palabras de Dios que enviaba a los nuevos creyentes y guardé un registro del contenido de nuestra comunión. A veces, enviaba un mensaje al que no respondían, pero no pensaba demasiado en ello. Suponía que les había mandado todas las palabras de Dios que debía mandar y compartido lo que necesitaba compartir. Si un nuevo creyente dejaba de asistir a las reuniones, la líder podría ver las notas de lo que yo había hecho y probablemente no me llamaría irresponsable.

Tras un tiempo, la líder observó que algunos de mis nuevos creyentes seguían sin querer reunirse y me preguntó cómo los había regado. Enseguida le saqué todas mis notas pensando que por suerte me había preparado antes y había guardado estos registros. De lo contrario, no tendría nada concreto, y quién sabe cómo me habría regañado ella. Justo cuando me sentía bastante contenta, la líder dijo: “No veo ningún problema en estas notas, pero muchos han dejado de asistir, uno tras otro, así que debe haber algún problema con tu trabajo. Ahora no veo qué puede ser, pero en nuestras interacciones recientes hablas constantemente de los problemas de los nuevos creyentes. Eso no es normal. Debes reflexionar sobre dónde radica el problema. Si has sido descuidada y no los has regado bien, haciendo que estos nuevos creyentes dejen la fe, eres irresponsable y no cumples bien con tu deber”. Lo que dijo fue un gran golpe para mí y me quedé paralizada. Pensé que no me regañaría pero dijo que había un problema en mi trabajo y que debía hacer instrospección. Me tomó por sorpresa. Pensé: “¿De verdad es este mi problema?”. Esa idea me molestaba y tenía miedo de que si mis problemas hacían que los recién llegados se fueran, eso era hacer el mal. Así que oré a Dios: “Dios, Tú permitiste que la líder me dijera esto hoy de repetente, así que debe haber una lección para que yo aprenda. No quiero hacer daño a estos nuevos creyentes a causa de mis problemas, pero me siento muy adormecida y no sé donde radica mi problema. Por favor, esclaréceme para que me conozca a mí misma y logre una transformación”.

Durante los días siguientes, oré a Dios bastante por esto. Entonces, un día, leí un ensayo de testimonio con un pasaje de las palabras de Dios que me conmovió. “Deberías examinarte con detenimiento para ver si eres una persona correcta. ¿Estableces tus metas e intenciones teniéndome en mente? ¿Dices todas tus palabras y llevas a cabo todas tus acciones en Mi presencia? Yo examino todos tus pensamientos e ideas. ¿No te sientes culpable? Presentas una fachada falsa a la vista de los demás y adoptas tranquilamente un aire de santurronería; lo haces para protegerte. Actúas así para ocultar tu maldad, e incluso buscas formas de empujar esa maldad sobre otros. ¡Qué astucia hay en tu corazón!” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Declaraciones de Cristo en el principio, Capítulo 13). Las palabras de Dios muestran que, para proteger sus propios intereses y encubrir su perversidad, la gente hace cosas como mentir y fingir para echarle la culpa a los demás y así protegerse a sí misma. Esta es una expresión de astucia. Sentí que esto exponía precisamente mi estado, y que tenía que empezar a hacer introspección. ¿Por qué siempre le hablaba a la líder acerca de los problemas de los nuevos creyentes? Cuando veía que alguien tenía problemas o no venía a las reuniones, me apresuraba a contárselo a la líder. Parecía que solo compartía los hechos, pero en realidad tenía mis motivos personales. Temía que si alguien dejaba de asistir, la líder me haría responsable o incluso me despediría, así que intentaba preventivamente actuar rápido, compartía sus problemas primero para darle a la líder la falsa impresión de que el nuevo creyente no era bueno y que no era culpa mía. Si no podía apoyarlos adecuadamente y dejaban de asistir, ese era su problema. Así tendría las manos limpias por completo. Si, más tarde querían regresar a las reuniones, la gente pensaría que merecía recibir el mérito. Entender esto a través de mi instrospección me sorprendió. Nunca pensé tener unos motivos tan viles y despreciables escondidos tras mis palabras. ¡Era tan taimada!

Me preguntaba cómo podía hacer algo tan deshonesto y astuto sin darme cuenta. Mientras reflexionaba sobre esto, leí palabras de Dios que exponían el carácter corrupto de la gente y al final me entendí a mí misma un poco. Las palabras de Dios dicen: “La maldad de los anticristos tiene una característica principal: a continuación, compartiré con vosotros el secreto de cómo percibirla. En primer lugar, tanto su discurso como sus acciones te resultan insondables; no puedes leerlos. Cuando hablan contigo su mirada va de un lado a otro, y no puedes saber qué clase de plan están tramando A veces te hacen sentir que son ‘leales’ o especialmente ‘sinceros’, pero no es así, no llegas nunca a descubrir qué hay detrás de ellos. Tienes una sensación particular en el corazón, como si existiera una profunda sutileza en sus pensamientos, una profundidad insondable. Parecen extraños y misteriosos” (La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 7: Son malvados, insidiosos y mentirosos (II)). “Los anticristos tienen un comportamiento retorcido. ¿Cómo son de retorcidos? Se comportan siempre de una manera que depende del engaño, y sus palabras no revelan nada, por lo que es difícil para la gente entender sus intenciones y objetivos. Eso es retorcido. No sacan conclusiones fácilmente en nada de lo que hacen; logran que sus subordinados y oyentes puedan adivinar su intención, y esas personas, habiendo entendido al anticristo, actúan de acuerdo con sus planes y motivaciones y cumplen sus órdenes. Si la tarea se completa, el anticristo está contento. Si no, nadie puede encontrar nada que reprocharles, ni descifrar las motivaciones, intenciones u objetivos detrás de lo que hacen. Lo retorcido de lo que hacen radica en planes ocultos y objetivos secretos, todos destinados a engañar, jugar con los demás y controlarlos. Esta es la esencia del comportamiento retorcido. No se trata de una simple mentira, sino algo insondable para la gente corriente. No se parece a la mentira común o las acciones malvadas. Si has hecho algo que no quieres que nadie sepa o dices una mentira, ¿eso cuenta como algo retorcido? (No). No es más que astucia, y no llega al nivel de algo retorcido. ¿Qué hace que lo retorcido sea más profundo que lo astuto? (La gente no puede detectarlo). Es difícil que la gente pueda detectarlo. Eso es una parte. ¿Qué más? (La gente no tiene nada que reprochar a una persona retorcida). Así es. La cuestión es que a la gente le resulta difícil encontrar algo que reprocharles. Incluso si algunas personas saben que esa persona ha cometido actos malvados, no pueden determinar si es una persona buena o mala, o un anticristo. La gente no puede calarlos, sino que piensa que son buenos, y se deja engañar por ellos. Eso es ser retorcido. La gente en general es propensa a decir mentiras y a urdir pequeños planes. Eso es simplemente astucia. Pero los anticristos son más siniestros que las personas astutas comunes. Son como los reyes de los demonios; nadie puede descifrar lo que hacen, pueden hacer muchas cosas malas en nombre de la justicia y la gente los alaba, al tiempo que, en realidad, ellos atrapan y perjudican a la gente. A esto se le llama ser retorcido” (La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 6: Se comportan de forma retorcida, son arbitrarios y dictatoriales, nunca comparten con los demás y los obligan a obedecerlos). Las palabras de Dios me mostraron que los anticristos tienen un carácter malvado y hacen cosas de manera retorcida. Es diferente a mostrar la corrupción de la astucia Ser astuto significa claramente decir mentiras y engañar, y es fácil de ver. Hacer las cosas de manera retorcida significa que una persona esconde profundamente sus motivos, metas e intenciones y crea una falta impresión para los demás para que no vean ningún problema con lo que dice o hace. Aunque sientan que hay un problema, no encuentran nada contra él ni lo averiguan. Así es cómo engaña a los demás y logra sus motivos ocultos. Me comparé con lo que dicen las palabras de Dios. Parecía que había hablado con la líder de manera rápida y proactiva acerca de los nuevos creyentes dándole la falsa impresión de haber tomado una carga en mi deber y de aceptar contenta su supervisión. Pero, en realidad, lo usaba como medida preventiva con la líder para que tuviera una impresión negativa de los nuevos creyentes que no asistían con frecuencia. De ese modo, si dejaban de venir algún día, no me haría responsable. Asimismo, cuando la líder me pedía detalles sobre mi trabajo, superficialmente parecía que no había problemas con la comunión que les ofrecía, que establecía activamente horarios para compartir y les enviaba palabras de Dios para que la líder pensara que era diligente y amorosa con ellos. En realidad no era sincera en absoluto en mi comunión con los nuevos creyentes. Como la líder revisaba los registros de trabajo y yo tenía miedo de no poder dar cuenta de ello si me preguntaba cómo los apoyaba, no tuve más remedio que hacer las cosas por inercia para entregarle un informe. Al recordar todo esto, vi que para proteger la imagen que tenía la líder de mí, para no cargar con la responsabilidad, mantener mi estatus y futuro, en realidad usé todo tipo de trucos. Escondía mis intenciones cuando hablaba y tenía cuidado de hacer las cosas de manera particular. Claramente, no lo daba todo en mi deber y esto hizo que algunos recién llegados dejasen de reunirse frecuentemente. La líder también sintió que había problemas en mi deber, pero no sabía cuáles eran y no podía encontrar ningún indicio para hacerme responsable. Yo era muy engañosa. Nunca había visto la conexión entre mi comportamiento y hacer las cosas de manera retorcida antes. Siempre sentía que la gente que es astuta, calculadora y retorcida es sobre todo gente mayor con mucha experiencia. Pero yo soy joven y no tengo mucha experiencia ni ideas complicadas. Llamar retorcido a mi comportamiento parecía incorrecto. Pero los hechos me mostraron que tenía un carácter de anticristo malvado, y ser retorcida no tiene nada que ver con la edad. Proviene completamente de una naturaleza satánica. Entonces, de repente, me vino algo a la mente. Había un nueva creyente que hacía muchas preguntas y hablaba con mucha sinceridad. Si no entendía mi comunión, me replicaba directamente en las reuniones, lo que me resultaba vergonzoso. Ya no quería tener reuniones con ella para poder proteger mi reputación, pero no me atrevía a decirlo abiertamente por miedo a que la líder me tratara. Quería encontrar una manera de pasársela a otro regador. Una vez, la nueva creyente mencionó casualmente que su grupo actual era mucho más pequeño que el anterior. Lo utilicé como excusa para decirle a la líder que no le gustaba lo pequeña que era nuestra reunión, que le gustaban los grupos más grandes y le pedí a la líder que la pusiera en uno diferente. La líder dispuso que asistiera a otro grupo de inmediato. Así es cómo encubrí con éxito mi motivación vergonzosa y despreciable y eché a esta nueva creyente de mi grupo. La líder incluso pensó equivocadamente que tenía una carga en mi deber y que yo estaba pensando en la recién llegada. ¡Cuán malvada y engañosa era!

Después, comí y bebí más de las palabras de Dios sobre mi estado. “Os lo digo yo: lo que más desprecia Dios y quiere abandonar es a este tipo de personas intransigentes, las que son muy conscientes de sus errores pero no se arrepienten. Nunca admiten sus errores y siempre están buscando excusas y justificaciones para exculparse y defenderse, y quieren utilizar otros medios para ser más evasivos y engañar a la gente. Quieren cometer un error tras otro, y no consideran el arrepentimiento ni admitir sus errores. Este tipo de personas son bastante problemáticas, y es difícil que se salven, lo cual es justo la clase de cosas que Dios quiere abandonar” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. En la fe en Dios, lo principal es practicar y experimentar Sus palabras). Al meditar sobre esto, comprendí que, pase lo que pase, la clave es aceptar la verdad. Si alguien comete en su deber un error que no admite, y no acepta ser podado y tratado, sino que pone excusas y busca razones para defenderse e incluso se anda con juegos para encubrir sus errores, eso significa que no acepta la verdad ni remotamente. Es repugante para Dios y si no se arrepiente, será abandonado y descartado. Fui capaz de hacer un trabajo tan importante como regar a los nuevos creyentes y debería haberlos apoyado y ayudado con amor y paciencia, compartir claramente las verdades de las visiones y ayudarlos a establecer rápidamente una base sobre el camino verdadero. Sabía bien que algunos de los nuevos creyentes no asistían a las reuniones con frecuencia y tenía una responsabilidad que no podía negar. Pero, cuando la líder me hizo preguntas y me trató, no solo no comprendí esto de Dios ni acepté las críticas de la líder, pensando en una manera de apoyar a los nuevos creyentes de inmediato, sino que comencé a andarme con juegos, utilizando tácticas más retorcidas y escurridizas para esconder el hecho de que no cumplía bien con mi deber. No informaba a la líder para que no encontrase nada contra mí. Era presumida cuando me salía con la mía con mis trucos y disfrutaba de mi astucia. No me daba cuenta de que Dios podía ver claramente mis modos perversos y trucos mezquinos; no podía esconderlos. Los problemas en mi deber estaban destinados a salir a la luz. Si la líder no me hubiese advertido, no habría sabido que debía hacer introspección y no habría deseado arrepentirme. Estaba muy adormecida. No aceptaba la verdad ni resumía y cambiaba los errores en mi trabajo. Por el contrario, solo pensaba en cómo engañar a la líder para proteger mi imagen, estatus y futuro. Era escurridiza y retorcida para encubrir la realidad de que no cumplía bien con mi deber. No me dedicaba de lleno a regar y ayudar a los nuevos creyentes con sus dificultades. Por eso, los problemas de algunos recién llegados no se resolvían a tiempo. Incluso ahora, algunos de ellos no asisten a las reunionen con frecuencia. Lo que de verdad me asustó era que la recién llegada que había echado a otro grupo no quería reunirse más por el cambio repentino de regador. Otros compartieron con ella con paciencia durante mucho tiempo hasta que accedió a volver a las reuniones. Me molestaba mucho pensar en lo que había hecho. Otros hacían todo lo posible por convertir a la gente, pero yo era muy descuidada en mi enofque. Hacía el mal. Si no fuese por la revelación de las palabras de Dios que despertó mi corazón adormecido, no me habría dado cuenta de que estaba al borde del peligro. No quería seguir viviendo por mi carácter de anticristo malvado, sino que quería salir de esa senda malvada y arrepentirme ante Dios.

Justo cuando gané algo de conciencia, la líder me preguntó cómo me iba últimamente. Le hablé de mi instrospección y compresión. Me envió algunas palabras de Dios. Las palabras de Dios dicen: “La práctica de la honestidad abarca muchos aspectos. En otras palabras, el estándar para ser honesto no se logra simplemente con un solo aspecto; debes estar a la altura en muchos otros antes de poder ser honesto. Algunas personas siempre piensan que basta con no mentir para ser honesto. ¿Es correcto este punto de vista? ¿Ser honesto consiste tan solo en no mentir? No, también tiene que ver con otros aspectos. En primer lugar, no importa a qué te enfrentes, ya sea a algo que hayas visto con tus propios ojos o a algo que otra persona te haya contado, ya sea a la hora de relacionarte con la gente o de resolver un problema, ya sea a la tarea que debas realizar o a algo que Dios te haya encomendado, siempre debes abordarlo con un corazón honesto. ¿Cómo hay que abordar las cosas con un corazón honesto? Di lo que piensas y habla con honestidad; no digas palabras vacías, jerga oficial o palabras que suenen bonitas, no digas cosas falsas halagadoras o hipócritas, en cambio, di las palabras que hay en tu corazón. Esto es ser alguien honesto. Expresar los verdaderos pensamientos y opiniones que hay en tu corazón: esto es lo que se supone que hacen las personas honestas. Si nunca dices lo que piensas, y las palabras se enconan en tu corazón, y lo que dices no coincide siempre con lo que piensas, eso no es propio de una persona honesta. Por ejemplo, no cumples con tu deber, y la gente te pregunta qué pasa, y tú dices: ‘Quiero cumplir bien con mi deber, pero por diversas razones no lo he hecho’, cuando en realidad sabes en tu corazón que no fuiste aplicado, pero no dijiste la verdad. Hallas todo tipo de razones, justificaciones y excusas para encubrir los hechos y evitar la responsabilidad. ¿Es ese el proceder de una persona honesta? (No). Engañas a la gente y sales del paso diciendo estas cosas. Pero la esencia de lo que hay dentro de ti, de la intención que hay en ti, es un carácter corrupto. Si no puedes sacarla a la luz y analizarla, no puedes purificarla, y eso no es poca cosa. Debes hablar con la verdad: ‘He estado postergando un poco el cumplimiento de mi deber. He sido descuidado, superficial y poco atento. Cuando estoy de buen humor, puedo esforzarme un poco. Cuando estoy de mal humor, aflojo y no quiero esforzarme, y ansío las comodidades de la carne. Así, mis intentos de cumplir con mi deber resultan ineficaces. La situación ha cambiado estos últimos días, y estoy intentando darlo todo, mejorar mi eficiencia y cumplir bien con mi deber’. Esto es hablar desde el corazón. La otra forma de hablar no era desde el corazón. Debido a tu miedo a ser tratado, a que la gente descubra tus problemas y te hagan responsable, encuentras todo tipo de razones, justificaciones y excusas para encubrir los hechos, primero haciendo que otras personas dejen de hablar de la situación, y luego trasladando la responsabilidad a fin de evitar ser tratado. Este es el origen de tus mentiras. En cualquier caso, parte de lo que digan los mentirosos será seguramente verdad y hechos. Pero algunas cosas clave que dicen contendrán un poco de falsedad y otro poco de sus motivaciones. Por lo tanto, es muy importante discernir y diferenciar lo que es verdadero de lo falso. Sin embargo, esto no es fácil de hacer. Una parte de lo que dicen estará contaminado y adornado, otra parte estará de acuerdo con los hechos y otra los contradirá; con la realidad y la ficción así mezcladas, es difícil distinguir lo verdadero de lo falso. Este es el tipo de persona más astuta, y la más difícil de identificar. Si no pueden aceptar la verdad o practicar la honestidad, sin duda serán descartados. ¿Qué senda debe elegir la gente entonces? ¿Cuál es el camino para practicar la honestidad? Debéis aprender a decir la verdad y ser capaces de hablar abiertamente sobre vuestro estado real y vuestros problemas. Así es como practica la gente honesta, y tal práctica es correcta” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Solo si se es honesto es posible vivir como un auténtico ser humano). Leer este pasaje me conmovió mucho. Dios nos conoce muy bien. Sabe que todos tenemos problemas y cometemos muchos errores en nuestro deber. Es inevitable. Pero la clave es el tipo de actitud que tiene alguien cuando surgen problemas, si tiene los pies en la tierra y admite su error honestamente y lo corrige, o si se defiende, encubre el problema y es astuto. Antes vivía por el carácter satánico, era taimada y falsa. Estaba en la senda incorrecta y no podía seguir así. Quería ser una persona honesta y aceptar el escrutinio de Dios. Sin importar qué errores o problemas enfrentara en mi deber, o si la líder me preguntaba sobre mi trabajo, tenía que abordarlo con integridad, con un corazón honesto, buscar la verdad en los hechos y hablar desde mi corazón. Debía llamar a las cosas por su nombre y admitir si no había hecho algo, no decir algo falso ni defenderme. Además de hablar con honestidad, quería practicar meditar sobre los motivos detrás de mis acciones y palabras y cambiarlos de inmediato si no eran correctos, no proteger mis propios intereses y andarme con juegos para engañar a la gente. Me decidí en silencio a tomar esa senda desde ese momento.

Un día, me di cuenta de que un nuevo creyente se había perdido varias reuniones seguidas. Lo llamé unas veces y no contestó, y tampoco respondía mis mensajes. No sabía qué pasaba. No pude evitar preocuparme de que dejara de asistir a las reuniones y me pregunté si debería mencionárselo a la líder por si dejaba de asistir algún día y así la líder no me haría responsable. Cuando pensé esto, me di cuenta de que mi problema antiguo de engañar surgía de la nada de nuevo. Entonces recordé algunas palabras de Dios: “No necesitas ningún método para proteger tu reputación, imagen y estatus, ni necesitas encubrir o disfrazar tus errores. No es necesario que hagas estos esfuerzos inútiles. Si puedes dejar de lado estas cosas, estarás muy relajado, vivirás sin estar encadenado y sin dolor y completamente en la luz” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Solo aquellos que se someten sinceramente a Dios lo temen de corazón). Es cierto. Dios mira dentro de nuestro corazón. Yo podría engañar a la gente con mis tácticas retorcidas, pero Dios lo ve todo tan claro como el agua y lo descubre todo al final. Cumplía con mi deber ante Dios, no trabajaba para una persona. No tenía que andarme con juegos ni encubrirme. Como antes, cuando hacía todo lo posible por apoyar a los recién llegados, pero, pasase lo que pasase, no asistían a las reuniones ni estaban interesados en la fe y la verdad. Cuando la líder se enteró de la situación real, determinó que no eran creyentes verdaderos así que no me hizo responsable. Pude ver que la iglesia tiene principios para manejar a la gente y es justa con todos. Yo no tenía que andarme con juegos para quitarme la responsabilidad ni planear una excusa. Había vivido por mi carácter satánico antes y no cumplía bien con mi deber. Esta vez no podía ser descuidada. Tenía que poner mi corazón en el sitio adecuado y cumplir mis responsabilidades. Oré a Dios en silencio, dispuesta a cambiar y hacer lo que pudiese para ayudar y apoyar a los recién llegados. Si hacía todo lo posible por ayudarles y apoyarlos, y compartía todas las verdades que debía compartir, pero un recién llegado seguía sin querer reunirse, podía enfrentarme a esto directamente y decírselo a la líder sinceramente. Tras cambiar mi actitud y contactar con ese nuevo creyente de nuevo, por sorpresa, me respondió rápidamente diciendo que había estado ocupado con el trabajo últimamente y estaba muy cansado, y por eso no venía. Utilicé las palabras de Dios para enseñarle, y así entendió la voluntad de Dios, encontró una senda de práctica y comenzó a asistir frecuentemente de nuevo. Desde entonces, cuando había nuevos creyentes que no siempre venían a las reuniones hacía todo lo posible por ofrecer apoyo y ayuda y por compartir las palabras de Dios. Los apoyaba con sinceridad. Muchos de los nuevos creyentes comenzaron a ir a la reuniones de nuevo después de eso. Hacer esto me hizo sentir en paz y calma. ¡Gracias a Dios!

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