Hay que compartir con franqueza

20 Abr 2022

Por Julia, Polonia

A principios de 2021 acepté la obra de Dios Todopoderoso en los últimos días. De manera activa, asistía a reuniones y leía la palabra de Dios y, más de dos meses después, me eligieron diaconisa de riego. Todos los fines de semana teníamos reunión de diáconos para hablar de los problemas y dificultades que afrontábamos en el deber, de lo que aprendíamos, de la corrupción que revelábamos y de cómo reflexionábamos y la entendíamos con la palabra de Dios. Antes de cada reunión, estaba muy nerviosa y me pasaba mucho tiempo pensando porque no sabía qué decirles a los líderes de la iglesia y demás diáconos. Me preocupaba hablar de mi corrupción y mis defectos, pues temía que tuvieran mala opinión de mí. Por ejemplo, acababa de empezar a regar a nuevos fieles. No sabía muchas cosas y me faltaba experiencia. Me preocupaba no caer bien a los nuevos fieles y que creyeran que no sabía regarlos bien, por lo que ya no quería ese deber. No obstante, no quería sincerarme sobre mi estado en la reunión de diáconos porque me preocupaba que, de hacerlo, los hermanos y hermanas pensaran que me faltaba capacidad para enseñar a los nuevos creyentes. Además, estaba impaciente con algunos nuevos fieles y no quería decirlo porque me preocupaba que, si se lo contaba, pensaran que tenía mala humanidad. Sin embargo, si no decía nada en la reunión, podrían creerme menos capaz que otras personas. No quería avergonzarme a mí misma ni hacer que ellos me despreciaran. Tras reflexionar al respecto, finalmente decidí decir algo irrelevante y no demasiado vergonzoso, como que era perezosa, lo cual es un problema que tiene mucha gente. Así no parecería inferior a nadie.

Entonces, en la reunión, un líder de la iglesia me preguntó por mis experiencias en esa época y qué había llegado a conocer sobre mis actitudes corruptas, y yo hablé según lo previsto. Cuando acabé, suspiré aliviada, pero me sentía incómoda, sabedora de que no había dicho la verdad y de que lo que hice iba contra la voluntad de Dios. Recordé las palabras del Señor Jesús: “Sea vuestro hablar: ‘Sí, sí’ o ‘No, no’; y lo que es más de esto, procede del mal” (Mateo 5:37). “En verdad os digo que si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mateo 18:3). Me sentí muy culpable al acordarme de las palabras de Dios. La mentira procede de Satanás y es el mal. A Dios le agradan los honestos, que son las únicas personas que pueden entrar en el reino de los cielos. Los mentirosos e hipócritas no pueden entrar en el reino de Dios. Dios aborrece a esa gente y, al final, sin duda la descartará. Muy alterada, temía que Dios abominara de mí. Le oré para pedirle que me guiara para ser una persona honesta. Me decidí a decir la verdad en la siguiente reunión y sincerarme sobre mi corrupción. No obstante, llegado el momento, aún no tenía valor para ello. Me preocupaba que, si hablaba de mi corrupción y mis defectos, mis hermanos y hermanas me creyeran más corrupta que ellos. Me parecía demasiado difícil decir la verdad y hasta quería dejar de asistir a las reuniones de diáconos por ese motivo, pero me preocupaba que los hermanos y hermanas me preguntaran por qué no iba y no saber qué responder. Cuanto más lo pensaba, más confundida y triste me sentía. No sabía qué hacer. En una reunión, los hermanos y hermanas compartieron sus experiencias y conocimientos como de costumbre, y yo, como no sabía siquiera qué decir, tan solo escuché en silencio. Estaba decepcionada conmigo misma, siempre disimulaba y, una y otra vez, no practicaba la verdad. No era capaz ni de decir una sola palabra honesta. Me sentía triste, así que oré a Dios para pedirle que me sacara de ese estado.

Luego leí este pasaje de la palabra de Dios: “Debes buscar la verdad para resolver cualquier problema que surja, sea el que sea, y bajo ningún concepto disfrazarte o poner una cara falsa para los demás. Tus defectos, carencias, fallos y actitudes corruptas… sé totalmente abierto acerca de todos ellos y compártelos. No te los guardes dentro. Aprender a abrirse es el primer paso para entrar en la verdad y el primer obstáculo, el más difícil de superar. Una vez que lo has superado, es fácil entrar en la verdad. ¿Qué significa dar este paso? Significa que estás abriendo tu corazón y mostrando todo lo que tienes, bueno o malo, positivo o negativo; que te estás descubriendo ante los demás y ante Dios; que no le estás ocultando nada a Dios ni estás disimulando ni disfrazando nada, libre de mentiras y trampas, y que estás siendo igualmente sincero y honesto con otras personas. De esta manera, vives en la luz y no solo Dios te escrutará, sino que también otras personas podrán comprobar que actúas con principios y cierto grado de transparencia. No necesitas ningún método para proteger tu reputación, imagen y estatus, ni necesitas encubrir o disfrazar tus errores. No es necesario que hagas estos esfuerzos inútiles. Si puedes dejar de lado estas cosas, estarás muy relajado, nada cansado, y vivirás completamente en la luz” (‘Solo quienes practican la verdad temen a Dios’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Con la palabra de Dios entendí que nunca debemos esconder nuestros estados corruptos. Debemos presentárselos a Dios y orar, recapacitar, tratar de comprendernos y abrir nuestro corazón a nuestros hermanos y hermanas para revelar nuestra corrupción a fin de buscar la verdad. Esto nos ayudará a comprendernos mejor y a corregir nuestras actitudes corruptas. Sin embargo, yo, por conservar mi imagen, no estaba dispuesta a sincerarme sobre mi corrupción y mis dificultades ni quería buscar la verdad con mis hermanos y hermanas. Siempre tenía el corazón cerrado para que nadie me conociera, pero no hallaba liberación en la vida en las tinieblas. Me di cuenta de que ya no podía seguir así y de que debía practicar la palabra de Dios, sincerarme sobre mi estado ante los hermanos y hermanas y pedirles ayuda. Justo después de que terminara la reunión, se me acercó una hermana a hablarme de su experiencia reciente. Me pareció una buena ocasión para sincerarme y buscar la verdad, pero aún me daba un poco de vergüenza porque no sabía qué opinaría ella de mí. Me preocupaba que dijera que era una persona muy deshonesta. Así pues, oré a Dios: “Dios mío, no quiero ocultarme más. No quiero ocultar más mis auténticos pensamientos. Estoy muy cansada. Dios mío, quiero ser honesta, por lo que te pido que me guíes”. Tras orar, le conté a mi hermana todas las cosas sobre las que no me atreví a sincerarme en la reunión. Cuando acabé de hablar, me sentí muy aliviada. La hermana compartió conmigo su entendimiento y me envió un pasaje de las palabras de Dios: “La característica principal de una persona astuta es que nunca abre su corazón para hablar con nadie y no habla desde el corazón ni siquiera con su mejor amigo. Es extraordinariamente inescrutable. Puede que dicha persona no sea necesariamente mayor ni esté implicada a fondo en asuntos mundanos, y hasta puede que tenga poca experiencia, pero es inescrutable. ¿No es una persona astuta por naturaleza? Se esconde tan en profundidad que nadie la descubre. Por muchas palabras que diga, es difícil distinguir cuáles son verdaderas y cuáles falsas, y nadie sabe cuándo dice la verdad o cuándo miente. Asimismo, es especialmente hábil para el disimulo y la argucia. Suele ocultar la verdad dando a la gente falsas impresiones para que todo lo que vea aquella sea su falsa apariencia. Se camufla de persona elevada, buena, virtuosa y candorosa, una persona que cae bien y está bien vista, y, al final, todo el mundo la admira y respeta. Por más tiempo que pases con una persona así, nunca sabrás lo que piensa. Oculta en su interior sus opiniones y actitudes hacia todo tipo de personas, asuntos y cosas. Nunca le cuenta estas cosas a nadie. Nunca habla de ellas ni siquiera con su confidente más cercano. Cuando ora a Dios, puede que ni siquiera le confíe lo que hay en su corazón ni lo que realmente piensa. Además, trata de camuflarse de persona con humanidad, muy espiritual y dedicada a buscar la verdad. Nadie ve qué clase de carácter tiene y qué clase de persona es. Esto es lo característico de una persona astuta” (‘No creen en la existencia de Dios y niegan la esencia de Cristo (I)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Con la palabra de Dios comprendí que los astutos no hablan de corazón con los demás ni se sinceran con ellos acerca de su auténtico estado. Por el contrario, suelen ocultarse y disimular. Comprobé que yo era justo como lo revelado por Dios. Desde que era diaconisa de riego, veía que tenía muchos defectos, que revelaba muchas actitudes corruptas y que no tenía amor ni paciencia hacia los nuevos fieles. Era preciso que abriera mi corazón y buscara soluciones a estos problemas con mis hermanos y hermanas. No obstante, me preocupaba que, si decía la verdad, ellos me despreciaran y consideraran inferior, por lo que no quería contarles mi estado real. Eludía las cosas importantes y les contaba cosas sin importancia o problemas que creía que tenía mucha gente. Lo hacía por ocultar mi lado oscuro y mis pensamientos más íntimos. Para que los demás tuvieran buena opinión de mí, disimulaba y daba una falsa impresión. Engañaba a mis hermanos y hermanas. ¡Qué astuta e hipócrita!

La hermana me envió después otro pasaje de las palabras de Dios: “En realidad, toda persona sabe por qué miente: por sus intereses, su imagen, su vanidad y su estatus. Y, al compararse con los demás, juegan en otra liga. En consecuencia, los demás revelan y descubren sus mentiras, con lo que pierde su imagen, integridad y dignidad. Es el resultado de mentir demasiado. Cuando mientes demasiado, cada palabra que dices está contaminada. Todo es falso y nada puede ser verdadero ni real. Aunque no pierdas tu imagen cuando mientas, tú ya te avergüenzas por dentro. Te remuerde la conciencia y te desprecias y menosprecias. ‘¿Por qué vivo de forma tan lamentable? ¿En serio cuesta tanto decir una sola cosa honesta? ¿Necesito contar estas mentiras nada más que por mi imagen? ¿Por qué es tan agotador vivir así?’. Puedes vivir de una manera que no sea agotadora. Si practicas la honestidad, puedes vivir fácil y libremente, pero cuando optas por mentir para proteger tu imagen y tu vanidad, tu vida es muy agotadora y dolorosa, lo que supone un dolor autoinfligido. ¿Qué imagen consigues tener por mentir? Es algo vacío, algo carente de todo valor. Cuando mientes traicionas tu integridad y dignidad. Estas mentiras le cuestan a la gente su dignidad, le cuestan su temperamento, y a Dios le parecen desagradables y aborrecibles. ¿Valen la pena? En absoluto. […] Si eres alguien que ama la verdad, puedes soportar toda clase de sufrimiento por practicarla y no te importará perder tu reputación, tu estatus, tu integridad ni tu dignidad. Y no te conformarás con nada que no sea practicar la verdad y satisfacer a Dios. Para quienes aman la verdad, su opción es practicarla, ser gente honesta. Esta es la senda correcta bendecida por Dios. Los que no aman la verdad, ¿qué deciden hacer? Defender su reputación, estatus, dignidad e integridad con mentiras. Dichas personas prefieren ser astutas y ser aborrecidas y rechazadas por Dios. No quieren la verdad ni a Dios. Lo que eligen es su reputación y su estatus. Quieren ser astutas y no les importa si eso complace a Dios o si Dios las salva; entonces, ¿es posible que Dios salve de todos modos a dichas personas? En absoluto, porque toman la senda equivocada. Solo saben vivir mintiendo y engañando, y solo pueden llevar una vida dolorosa consistente en contar mentiras, encubrirlas y devanarse los sesos para defenderse cada día. Puede que pienses que con mentiras puedes proteger tu reputación deseada, tu estatus, tu vanidad y tu imagen, pero es un gran error. Las mentiras no solo no protegen tu vanidad y tu dignidad personal, sino que, además, te hacen perder ocasiones de practicar la verdad y de ser honesto. Aunque defiendas tu reputación y tu vanidad en el momento, lo que pierdes es la verdad y traicionas a Dios, con lo que pierdes por completo la oportunidad de ganar Su salvación y ser perfeccionado. Esta es la mayor pérdida y un pesar eterno. Los astutos nunca ven esto de forma clara” (‘Solo si se es honesto se puede vivir con auténtica semejanza humana’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Tras leer la palabra de Dios hice introspección. Por conservar mi imagen y estatus y evitar el desprecio ajeno, antes de cada reunión me devanaba los sesos para decidir cómo hablar en ella. Si me sinceraba sobre mi estado real, temía que los hermanos y hermanas tuvieran una mala impresión de mí, pero si no decía nada, también me preocupaba que los hermanos y hermanas pensaran que era mala y me despreciaran. Desesperada, quería huir de esta situación. Descubrí que, por mantener mi imagen y estatus, me devanaba los sesos y prefería atormentarme a sincerarme, ser honesta y contarles a mis hermanos y hermanas mi estado y mis dificultades reales. ¡Qué astuta y malvada! Aunque conservé mi imagen en el corazón de la gente durante un tiempo, perdí la dignidad, la oportunidad de ser honesta y la de buscar la verdad. Estaba muy cansada en las reuniones y no tenía sensación alguna de liberación. Era completamente esclava de mi carácter corrupto. Los hermanos y hermanas deben comer y beber de la palabra de Dios en las reuniones y compartir su experiencia y conocimiento acerca de ella. Si tenemos problemaas o dificultades, podemos debatirlos y resolverlos juntos y aprender de los respectivos puntos fuertes. Así es fácil recibir la obra del Espíritu Santo y comprender la verdad. Sin embargo, en las reuniones siempre pensaba qué decir para que no me despreciaran y para que la gente tuviera buena opinión de mí. Dedicaba todos mis pensamientos a esto. Era demasiado duro y cansado vivir de esta forma.

Luego leí esto en la palabra de Dios: “¿Sois capaces de abriros y decir lo que realmente hay en vuestro corazón cuando habláis con otros? Si alguien siempre dice lo que hay verdaderamente en su corazón, si nunca miente ni exagera, si es sincero y nada descuidado ni superficial en el deber y sabe practicar la verdad que comprende, esta persona tiene esperanzas de alcanzar la verdad. Si una persona siempre disimula y oculta su interior para que nadie la pueda apreciar de forma clara, si da una falsa impresión para engañar a los demás, entonces corre grave peligro, es muy problemática y, tarde o temprano, la descubrirán y revelarán. En la vida diaria de una persona y en sus palabras y actos podéis ver cuáles son sus expectativas. Si esta persona siempre finge, siempre está dándose aires, entonces no es una persona que acepte la verdad y será revelada y descartada tarde o temprano. […] Los que nunca se abren, que siempre ocultan cosas, que siempre fingen rectitud, que siempre procuran que los demás los tengan en gran estima, que nunca quieren que la gente sepa lo que realmente piensan y cuáles son su verdadero estado y su naturaleza, ¿no son gente estúpida? ¡Esa gente es sumamente estúpida! ¿Por qué senda va? Por la de los fariseos. Los hipócritas, ¿están en peligro o no? Son la gente que más aborrece Dios, así que ¿concibes que no estén en peligro? ¡Todos aquellos que son unos fariseos van por la senda de perdición!” (‘Entrega tu verdadero corazón a Dios y podrás obtener la verdad’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Con las palabras de Dios entendí que Dios quiere que seamos honestos, que hablemos de manera sencilla y franca, que no mintamos ni engañemos y que, cuando revelemos corrupción, podamos sincerarnos y hablar de ella para que los demás descubran nuestros auténticos pensamientos. No es tan cansado vivir así y es más fácil entrar en la verdad e ir por la senda de la salvación. No obstante, aquellos que siempre disimulan, se ocultan, encubren y no dejan que nadie descubra su estado van por la senda equivocada, no hacen más que volverse cada vez más hipócritas y, por tanto, nunca pueden corregir sus actitudes corruptas. Este es el camino de perdición. Me acordé de los fariseos de hace dos milenios. Eran aparentemente píos y se pasaban el día explicando las escrituras a otros en la sinagoga. Además, se paraban adrede en los cruces de caminos y oraban para que el pueblo creyera que amaban a Dios, pero no temían a Dios en absoluto, no lo ponían por encima de todo ni obedecían Sus mandamientos. Cuando el Señor Jesús apareció y obró, tenían claro que Sus palabras tenían autoridad y poder y que venían de Dios, pero, por mantener su estatus y sus rentas, se resistieron y condenaron frenéticamente a Dios y al final crucificaron al Señor Jesús. Vi que los fariseos eran píos en apariencia, pero ruines y astutos en esencia. Se les daba bien disimular y mentir. Todo lo hacían para mentir y controlar al pueblo y para engañarlo a fin de que los estimara e idolatrara a ellos. Iban por una senda de resistencia a Dios. A la postre, ofendieron el carácter de Dios, que los maldijo y castigó. Hice introspección. Para tener buena imagen en el corazón de los demás, ocultaba mi corrupción y solamente hablaba de la corrupción trivial que revelaba. Esto no solo preservaba mi imagen, sino que hacía que me creyeran una persona sencilla y abierta. ¿Acaso no era tan astuta y malvada como los fariseos? Esto me aterró. No podía seguir haciéndolo. Tenía que ser honesta de acuerdo con las exigencias de Dios.

Mi hermana me envió después otro pasaje de la palabra de Dios: “Si deseas buscar la verdad, si deseas provocar un cambio total en diversos aspectos, por ejemplo en tus erróneas motivaciones, estados o ánimos, antes de nada debes aprender a abrirte y a comunicar. […] No te guardes las cosas dentro, diciendo: ‘Estas son mis motivaciones, estas son mis dificultades, tengo un mal estado, soy negativo, pero aun así no se lo diré a nadie, me lo guardaré todo para mí’. Si nunca te sinceras acerca de tu estado cuando oras, se hará difícil que recibas el esclarecimiento del Espíritu Santo y, con el tiempo, dejarás de querer orar, dejarás de querer comer y beber la palabra de Dios, tu estado se irá deteriorando cada vez más y se hará difícil cambiar las cosas. Así que, no importa cuál sea tu estado, si eres negativo o estás en dificultades, no importan tus propias motivaciones o planes personales, lo que has llegado a saber o de lo que te has dado cuenta mediante el análisis, debes aprender a abrirte y a comunicar, y mientras lo haces, el Espíritu Santo obra. ¿Y cómo obra el Espíritu Santo? Él te esclarece y te permite ver la gravedad del problema, te hace consciente de la raíz y la esencia de este, luego te esclarece para que comprendas poco a poco la verdad y los principios de práctica, para que puedas poner la verdad en práctica y, a partir de allí, entrar en las realidades de la verdad. Este es el efecto que logra la obra del Espíritu Santo. Cuando una persona puede comunicar abiertamente, eso significa que tiene una actitud honesta hacia la verdad. Que una persona tenga honestidad y que sea una persona honesta se determina según su actitud hacia la verdad y hacia Dios, y según pueda aceptar la verdad y obedecer a Dios. Eso es lo más importante” (‘Los principios de práctica relativos a la sumisión a Dios’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Tras leer la palabra de Dios, mi hermana me enseñó esto: “Para ser honestos, primero tenemos que aprender a abrir nuestro corazón en búsqueda y comunión. Si siempre ocultamos y encubrimos nuestros estados corruptos y no queremos orar ni sincerarnos en comunión con los demás, resulta difícil resolver nuestros problemas. Por ejemplo, si alguien está enfermo, buscará un médico o preguntará a alguien con experiencia. Así podrá entender su estado, recibir la medicación adecuada y controlar la enfermedad a tiempo. Sin embargo, hay gente que oculta su estado, por lo que, sin el oportuno tratamiento, aquel empeora o incluso se vuelve mortal. Si queremos corregir nuestros estados y dificultades, es preciso que hablemos abiertamente y seamos honestos. Es el camino de práctica correcto”. Vi que es importantísimo ser honestos y sincerarnos. No hacía mucho que creía en Dios y no comprendía la verdad. Aunque reconociera que había revelado un carácter corrupto, no podía corregirlo. Debía practicar la honestidad, sincerarme sobre mi estado y buscar la verdad. Sería la única manera de poder recibir la guía de Dios y, además, me ayudaría a corregir mi carácter corrupto. Acababa de empezar a regar a nuevos fieles, así que era normal que no entendiera muchas cosas. Cuando no entendiera algo, debía sincerarme y buscar con mis hermanos y hermanas. De ese modo podría dominar poco a poco los principios de mi deber y cumpliría bien con él. Posteriormente le conté a otra hermana mi estado durante esa época y mis dificultades en el deber. No me despreció, y me envió la palabra de Dios y me habló de su experiencia para ayudarme. Con ello logré conocer un poco mi estado y la corrupción que revelaba y eso me aportó una senda de práctica. Tuve una gran sensación de dicha y liberación. A partir de entonces practiqué conscientemente la honestidad y la sinceridad sobre mi estado.

Una noche fui anfitriona de una reunión grupal. Una líder de la iglesia dispuso que una líder de grupo fuera anfitriona junto conmigo. Esta hermana comprendía la verdad mejor que yo. Durante la reunión, habló y resolvió los problemas de otras personas con gran eficacia y yo estaba algo celosa. Me preocupaba que los demás me creyeran inferior a ella. Después de la reunión, la líder de la iglesia me preguntó si quería compartir algo. Sabía que debía ser honesta, sincerarme sobre mi corrupción y buscar una solución. Por ello, le conté lo que había revelado en mi interior y ella me envió la palabra de Dios y me habló de su experiencia. Me di cuenta de que estaba celosa de mi hermana porque valoraba el estatus, tenía un carácter arrogante y quería admiración. También comprendí que, para liberarme de los celos, tenía que orar más a Dios, observar la naturaleza y las consecuencias de los celos, tener en cuenta la labor de la casa de Dios y mi deber y priorizar los intereses de aquella. Esto concuerda con la voluntad de Dios. A su vez, también era preciso que lidiara adecuadamente con mis defectos y deficiencias y que aprendiera más de los puntos fuertes de otros para compensar mis defectos. De esa manera podría comprender más la verdad. Me alegré mucho de caer en la cuenta de esto. Realmente sentí que, cuando me sincero con mis hermanos y hermanas, en vez de despreciarme, todos me ayudan mucho.

Tras experimentarlo, percibo la importancia de ser honesta. Solo si somos honestos y nos sinceramos podemos recibir la obra del Espíritu Santo y llegar a comprender la verdad. Además, veo que ser honestos puede ofrecernos liberación y libertad y permitirnos vivir como seres humanos. ¡Demos gracias a Dios!

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