La carga de la hipocresía

1 Feb 2022

Por Suwan, China

En agosto de 2020, me destituyeron del puesto de líder por ir en pos del estatus y limitarme a salir del paso. Me sentía fatal, tenía un gran pesar y solo quería arrepentirme y cumplir bien con un deber posteriormente. La iglesia me asignó a un equipo audiovisual con más hermanas.

Un día charlé con ellas de lo que pensaba tras mi destitución y una de ellas, la hermana Yang, me dijo que eso le era de gran ayuda. Observé que me miraba distinto después de aquello. Cuando yo hablaba en las reuniones, ella escuchaba muy atenta, asintiendo con la cabeza, y normalmente estaba de acuerdo con mis opiniones. También parecía más cariñosa conmigo en el día a día. A mi entender, ella parecía admirarme y yo solo había hablado de lo que había aprendido y parecía arrepentida, por lo que debía hacer algo concreto. ¿Qué opinarían si no me transformaba? ¿Que se me iba la fuerza por la boca y no practicaba la verdad? Estaba un tanto preocupada por eso. Siempre sentada ante una computadora haciendo vídeos, me dolía la espalda y quería relajarme, pero temía que las demás pensaran que era holgazana, que hablaba de cumplir bien con el deber, pero no hacía nada para transformarme realmente. Por eso no me tomaba un descanso cuando estaba cansada por miedo a que las demás pensaran que no era seria en el deber. No me iba pronto a la cama cuando tenía sueño. Aunque hubiera acabado el trabajo, me obligaba a continuar hasta las 11:30 o 12 de la noche. A veces pasaba la noche en vela y casi no podía levantarme por la mañana, pero me obligaba a levantarme con las demás. Me daba miedo dar una mala impresión. Una vez vi que la hermana Yang tenía que trabajar en un par de vídeos. No pensaba ayudarla porque eran difíciles y complicados y no quería tener que resolver eso. Sin embargo, sabía que yo no tenía ningún proyecto, por lo que, si no me ofrecía a ayudar, no parecería que estaba tratando de cumplir correctamente con mi deber y mis hermanas pensarían que se me iba la fuerza por la boca sin buscar la verdad. Así pues, fui a decirle a la hermana Yang que podía ayudarla con ello.

Parecía que iba a embarcarme en el deber, pero sabía que lo hacía por proteger mi imagen. Estaba inquieta y quería sincerarme con las demás acerca de mis motivaciones, pero temía que supieran que siempre había tenido motivaciones ocultas y que pensaran que no me había arrepentido ni practicaba la verdad. Probablemente me considerarían una hipócrita y echarían por tierra todo cuanto había afirmado haber aprendido de mi destitución. Esa idea me hizo reacia a desenmascararme, por lo que en las reuniones no dejaba de hablar de la corrupción de que hablaba el resto y de algunas experiencias positivas, mientras mantenía mis pensamientos horribles ocultos muy dentro de mí. Como solo compartía cosas positivas, en una reunión, la hermana Yang me elogió por practicar la verdad y enseñar muy bien. Luego supe que un par de hermanas decían que yo buscaba realmente la verdad, que me abría con franqueza acerca de mi corrupción y participaba activamente en mi deber. Me sentía un tanto complacida, pero aún más avergonzada, pues sabía que lo que decían no coincidía con mi realidad. No era nada franca y nunca me sinceraba acerca de mi perversa corrupción interna. Tenía motivaciones aparte de mi entusiasmo por el deber. Me parecía terrible. Mi fachada había engañado a todo el mundo; ¿qué podía hacer? Me sentía muy culpable y quería sincerarme con ellas, dejar de engañarlas, pero temía que, en tal caso, todo el mundo conocería mis pensamientos horribles. Si sabían que mi arrepentimiento era simple hipocresía, una farsa, me descubrirían y pensarían que era una persona astuta y malvada. Se hundiría mi buena imagen y nadie me admiraría. Entonces me eché atrás y no me sinceré ante los demás.

Pensaba en ello, hacía introspección constantemente y leí unas palabras de Dios. Dios dice: “¿Sabéis quiénes son fariseos en realidad? ¿Hay algún fariseo a vuestro alrededor? ¿Por qué se llama a estas personas ‘fariseos’? ¿Cómo se describe a un fariseo? (Es un hipócrita). Se trata de personas hipócritas, completamente falsas y que actúan en todo lo que hacen. ¿De qué modo actúan? Fingen ser buenas, amables y positivas. ¿Son así en realidad? (No). Como son hipócritas, todo lo que se manifiesta y se revela en ellos es falso; todo es pretensión: no es su verdadero rostro. ¿Dónde se oculta su verdadero rostro? ¿Está escondido en sus corazones? (Sí). Todo lo que hay en el exterior es una actuación, es todo falso. Si las personas no buscan la verdad, entonces no pueden realmente practicar y experimentar las palabras de Dios ni entender la verdad. Algunas personas solo se centran en comprender y repetir como loros la doctrina, imitan a quien predica los sermones más elevados, y a consecuencia de ello en pocos años son capaces de recitar muchas palabras de doctrina que se vuelven cada vez más elevadas, y son venerados y adorados por mucha gente, tras lo cual empiezan a camuflarse, y prestan gran atención a lo que dicen y hacen, mostrándose especialmente piadosos y espirituales. La gente utiliza estas llamadas teorías espirituales para camuflarse. Dondequiera que van, a las personas les parecen correctas y buenas las cosas de las que hablan, lo que dicen y su conducta externa. Todos están alineados con las nociones y gustos de los humanos. A ojos de la gente, esta persona parece muy devota, pero en realidad es una falsedad; parece humilde, pero en verdad es falsa; parece amar a Dios, pero es una actuación; parece tolerante, comprensiva y cariñosa, pero en realidad es una pretensión; parece santa, pero eso también es falso, su santidad no tiene nada de real, todo es falso, una actuación, una pretensión. ¿Qué más? (La lealtad). Por fuera, parecen leales a Dios, pero en realidad solo están actuando para que otros los vean. Cuando nadie mira, no tienen ni pizca de lealtad y todo lo que hacen es superficial. En apariencia, se esfuerzan por Dios y han abandonado a su familia y su carrera, pero ¿qué hacen en secreto? Van por su propia cuenta, están beneficiándose de la iglesia y robando las ofrendas en secreto. Todo lo que revelan externamente, su conducta, todo es falso. En eso consiste un fariseo hipócrita” (‘Seis indicadores de crecimiento vital’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Esto me recordó a los fariseos, que parecían tan devotos, humildes y apacibles. Siempre estaban en la calle orando y explicando la Escritura, pero no obedecían sinceramente las palabras de Dios. Utilizaban una coraza falsa, que les daba buena imagen, para engañar al pueblo, para darle una impresión equivocada y que así los admirara. ¿No actuaba yo exactamente igual que esos fariseos hipócritas? Haciendo memoria, cuando hablaba de lo que había aprendido de mi destitución, las hermanas me admiraban un poco cuando hablaba de la necesidad de un arrepentimiento sincero. Temía que, si no tenía entusiasmo en el deber, eso pudiera hundir su buena impresión de mí, por lo que fingía para ocultar mi auténtico yo, para disfrazarme. No me atrevía a descansar cuando estaba cansada ni a dormir cuando me agotaba por la noche, y me obligaba a salir de la cama sin haber dormido lo suficiente. No quería ayudar a la hermana Yang con aquel vídeo, pero sí que ella me tuviera en gran estima, así que fingí que estaba contenta de hacerlo. Sabía que tenía la motivación equivocada en el deber, una motivación que Dios no aprobaría, y que tenía que ser sincera con las demás, pero, para proteger mi imagen, oculté todas aquellas motivaciones indeseables y no se las conté a nadie. Las hermanas me admiraban bastante y eran más cariñosas conmigo en general. Eso me describía. Vi que era realmente astuta y que iba por la senda de los fariseos hipócritas. Fingía todo el tiempo. Era agotador y me hacía sentir culpable, además de que Dios no lo aprobaba. Tras descubrir la gravedad del problema, me armé de valor en una reunión para sincerarme con las hermanas respecto a mis motivaciones y mi hipocresía. Luego sentí un gran alivio. Pero también sentí que me costaría mucho corregir mis motivaciones, por lo que me presenté ante Dios en oración para pedirle que me guiara a cumplir con el deber con un corazón puro y honesto.

Después vi un vídeo de la experiencia de una persona que contenía estas palabras de Dios. Dios dice: “Dios no hace perfectos a quienes son deshonestos. Si tu corazón no es honesto, si no eres una persona honesta, entonces no serás ganado por Dios. Asimismo, tampoco obtendrás la verdad y serás incapaz de ganar a Dios” (‘Seis indicadores de crecimiento vital’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Esto me resultaba muy incisivo y difícil. Era astuta, con un corazón repleto de tinieblas y maldad, rebosante de trampas. No pensaba en la verdad ni en el deber, solo en recibir admiración, en causar una buena impresión a los demás. Hasta a la hora de dormir me preocupaba y echaba cuentas de eso. A Dios le agrada la gente honesta, la gente franca, la única que puede ganarse Su aprobación y salvación. Sin embargo, mi motivación y mi base siempre fueron astutas y malvadas. Por muy bien que me adornara y me ganara la idolatría de todo el mundo, jamás recibiría la aprobación de Dios, por lo que, al final, Él me aborrecería y maldeciría como a aquellos fariseos hipócritas. Estaba muy decepcionada de mí misma. A lo largo de todos esos años de fe, no había entrado en la realidad de una verdad tan básica como la honestidad y era igual de astuta que siempre. Estaba muy lejos de lo exigido por Dios y era un fracaso total como persona.

Leí después un pasaje de las palabras de Dios. Dios dice: “En todos los asuntos debes abrirte a Dios y ser franco: estos son la única condición y el único estado que deben mantenerse ante Dios. Aunque no seas abierto, te abres ante Dios. Dios sabe si te abres o no. ¿No eres un necio si no entiendes eso? Entonces, ¿cómo vas a ser prudente? Sabes que Dios lo escruta y lo sabe todo, así que no pienses que a lo mejor no lo sabe; dado que es cierto que Dios observa en secreto la mente de las personas, sería conveniente que estas fueran un poco más francas, un poco más puras y honestas; eso es lo prudente” (‘Querrían que se les obedeciera solo a ellos, no a la verdad ni a Dios (II)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Me sentí sumamente necia al leer esto. Dios examina nuestro corazón y nuestra mente, así que conoce mejor que nadie mis motivaciones y la clase de persona que soy. Sin importar cómo ocultara mi corrupción a aquellas hermanas, Dios la conocía. Como creyente que no quería aceptar el escrutinio de Dios, ¿no me convertía eso en una incrédula? Me sentí patética. Mis esfuerzos por fingir ser alguien que buscaba la verdad y se arrepentía sinceramente a fin de recibir admiración me estaban ahogando en realidad. Necesitamos descanso cuando estamos cansados o tenemos sueño. Eso es muy natural en el ser humano. Además, el descanso revitaliza y luego puedo cumplir mejor con el deber, y nadie lo condenaría como holgazanería o egoísmo. Sin embargo, yo trataba de negar la necesidad humana más básica y solo pensaba en cómo conseguir que me admiraran. Era agotador. Dios dice que la gente prudente ha de aprender a ser franca y sincera, aceptar Su escrutinio y ser honesta. Es el único modo de vivir libres. A esas alturas no quería fingir más. Me tomaría un descanso cuando estuviera cansada y me iría a la cama por la noche cuando tuviera sueño. Me sinceré acerca de mi estado real en las reuniones y cumplía activamente con las responsabilidades de mi deber. Cuando las cosas estaban difíciles, me decía que ese era mi deber y no tenía que verlo nadie más. Siempre que tenía el impulso de fingir, recordaba estas palabras de Dios: “Aquellas que son capaces de poner en práctica la verdad pueden aceptar el escrutinio de Dios cuando hacen las cosas. Cuando aceptas el escrutinio de Dios, tu corazón se corrige” (‘Entrega tu verdadero corazón a Dios y podrás obtener la verdad’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Eso me ayudaría a ser más franca y a estar lista para aceptar el escrutinio de Dios.

Tiempo después, noté a la hermana Chen algo irritable e impaciente con la hermana Yang cuando le enseñaba algo. La hermana Yang se resistía y no quería aprender y acabó teniendo prejuicios contra la hermana Chen. Pensé que yo podría ayudar con la formación para que vieran que era una persona cariñosa y paciente y caerles mejor. Acabé por hacerlo. Era muy paciente y le hablaba amablemente al principio, pero al ver que aprendía despacio y cometía muchos errores, empecé a enfadarme. Me parecía poco despabilada y comencé a despreciarla, pero dominé mi genio y continué. Sabía que estaba aflorando mi genio, pero no me sinceraba sobre mis sentimientos reales en las reuniones, pues me preocupaba que, si decía algo, las hermanas pensaran que era tan injusta como la hermana Chen, carente de amor y paciencia, y eso hundiera mi imagen. Además, en el trato habitual, cuando las demás exhibían corrupción o eran negativas, sentía cierto desdén por ellas, aunque fingía ser cariñosa y comprensiva. Nunca había pensado compartir todo eso por miedo a que dijeran que me faltaba compasión y que era difícil llevarse bien conmigo.

En noviembre, un día recibí una carta de un líder indicándome que tenía que asumir un deber en otro sitio al día siguiente. Todas las hermanas me dijeron que estaban tristes porque me iba. La hermana Li señaló lo edificantes y útiles que le resultaban mis enseñanzas, que era muy justa con las demás, que nunca miraba con desprecio y que aquellos que comprenden y buscan la verdad son bienvenidos en todos lados. Semejante elogio de su parte me hizo sentir algo incómoda. Le dije que no elogiara ni encumbrara demasiado a los demás, que no era bueno para ellos. Después tuve una charla con la hermana Yang. No me elogiaba directamente, pero oí en su voz que me consideraba de la misma forma que la hermana Li. Sentí un gran peso en mi interior, preocupada por haberlas engañado y porque tenía un problema. No obstante, visto de otro modo, pensé que tenía un carácter corrupto, pero que trataba de hacer introspección y tal vez eso se me daba mejor que a ellas, por lo que me tenían en gran estima. Con esa idea, barrí esas preocupaciones de mi mente y no lo volví a pensar.

Vi un vídeo de testimonio, El arrepentimiento de una hipócrita, en el que una hermana hablaba de que solamente compartía cosas positivas en el deber y el resto la admiraba. La destituyeron, pero, igualmente, los hermanos y hermanas votaron por ella por unanimidad para que volviera a asumir un deber, pues la creían imprescindible. Algunos la admiraban tanto que casi la consideraban Dios. Esto me despertó verdaderamente: era un problema grave. Pensé en que las demás me habían mostrado mucha admiración y muchos halagos últimamente y que a lo mejor yo era como esa hermana, que solo hablaba de la entrada positiva, y necesitaba recapacitar. Leí entonces un pasaje de las palabras de Dios. Dios Todopoderoso dice: “Los anticristos fingen ante los demás ser capaces de una gran tolerancia, paciencia, humildad y bondad. Ante todos, parecen generosos y magnánimos. Ponles delante un problema y dales algo de autoridad, y en todos los aspectos parecerá que lo manejan con indulgencia, sin hilar demasiado fino, mostrando lo nobles que son. ¿De verdad poseen estos anticristos tales esencias? ¿Cuál es el objetivo de su bondad, tolerancia y atención hacia los demás? ¿Harían esas cosas si no fuera para congraciarse con la gente, para ganársela? ¿Es esa su verdadera cara? ¿Son sus esencias, su carácter y su humanidad realmente tan humildes, pacientes, tolerantes y capaces de una verdadera asistencia amorosa como parecen? En absoluto. Para atraer la atención y ganarse a más gente, para insinuarse a ellos, para hacer que el anticristo sea el primero en el que piensen cuando tengan un problema, al que busquen cuando necesiten ayuda, para lograr estos objetivos, los anticristos actúan deliberadamente de cara a la galería, diciendo y haciendo siempre lo correcto. Antes de que las palabras salgan de su boca, a saber cuántas veces las han revisado y reformulado en su corazón, en su mente. Reflexionan, con gran cálculo y deliberación, sobre la composición, el fraseo y la entonación, incluso sobre la expresión de su rostro y su tono al pronunciarlas, y tienen en cuenta a quiénes les dicen esas palabras, su edad, si son inferiores o superiores, lo que piensan de ellos, si albergan algún resentimiento personal hacia ellos, si sus personalidades coinciden, qué posición ostentan en la iglesia y entre los hermanos y hermanas o qué deberes desempeñan. Todo esto lo observan cuidadosamente y lo deliberan antes de elaborar tácticas sobre cómo comportarse con diversas personas. Y da igual cuáles sean esas tácticas, el anticristo tiene en general el mismo objetivo, independientemente de a quién o a qué tipo de persona va dirigido: hacer que la gente piense bien de ellos, que pasen de mirarlos por encima del hombro a considerarlos como a un igual, a admirarlos, hacer que la gente agudice sus oídos cuando ellos hablan, darles el tiempo y la oportunidad de hablar, obtener el consentimiento de más gente cuando hacen algo, hacer que más gente los exonere cuando cometen errores y los defienda, que otros hablen por ellos y traten de oponerse y razonar con Dios cuando han revelado lo que realmente son, ya abandonados por la casa de Dios y expulsados de la iglesia. Esto indica que la posición e influencia que han construido de forma tan consciente está profundamente arraigada en la iglesia. Está claro que el hecho de que tanta gente les ofrezca su ayuda, solidaridad y defensa cuando se les hace caer significa que sus esfuerzos no han sido en vano” (‘Cumplen con su deber solo para distinguirse a sí mismos y satisfacer sus propios intereses y ambiciones; nunca consideran los intereses de la casa de Dios, e incluso los venden a cambio de su propia gloria (X)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Las palabras de Dios sobre los anticristos muestran que fingen ser maravillosos para ganarse la admiración de los demás, y así los engañan. Yo actuaba como un anticristo. Quería admiración, por lo que, al formar a la hermana Yang, aunque estaba harta, seguí fingiendo paciencia y nada más. Y cuando detectaba corrupción en las hermanas, las menospreciaba, pero continuaba fingiendo sin sincerarme realmente con ninguna. Temía que eso hundiera mi imagen ante ellas. Así les daba gato por liebre para que no dejaran de elogiarme. Vi que era realmente astuta.

Empecé a pensar en por qué no podía dejar de fingir. ¿Qué carácter era ese? Leí un pasaje de las palabras de Dios. Dios dice: “La astucia suele evidenciarse al exterior. Cuando se dice que alguien es muy socarrón y agudo de palabra, eso es astucia. ¿Y cuál es la principal característica de la maldad? La maldad se da cuando lo que dice la gente es especialmente agradable al oído, cuanto todo parece correcto, irreprochable y bueno lo mires por donde lo mires, pero sus actos son particularmente malvados, sumamente disimulados y nada fáciles de percibir. A menudo emplean palabras adecuadas y frases que suenan bien, así como ciertas doctrinas, argumentos y técnicas en consonancia con los sentimientos de las personas para darles gato por liebre; simulan que van en una dirección, pero en realidad van en otra, para así conseguir sus objetivos secretos. Esto es maldad. La gente suele creer que es astucia. Tiene menos conocimiento de la maldad y, además, la analiza menos; la maldad es, de hecho, más difícil de identificar que la astucia, ya que es más oculta y los métodos y técnicas que conlleva son más sofisticados. Cuando la gente tiene un carácter astuto en su interior, los demás normalmente solo tardan dos o tres días en notar que es así o que sus actos y palabras revelan un carácter astuto. Ahora bien, cuando se dice que alguien es malvado, no es algo que se pueda percibir en uno o dos días, pues si no sucede nada significativo o concreto a corto plazo, y si solo escuchas sus palabras, tendrías dificultades para saber cómo es realmente. Dicen las palabras acertadas y hacen las cosas correctas, y saben soltar una doctrina tras otra. Después de dos o tres días con esa persona, consideras que es buena, alguien capaz de renunciar a cosas y esforzarse, que entiende los asuntos espirituales, que ama a Dios de corazón, que actúa con conciencia y sentido. Sin embargo, luego empiezas a confiarle tareas y pronto te das cuenta de que no es honesta, de que es más ruin que la gente astuta, de que es malvada. Con frecuencia escoge las palabras adecuadas, palabras que encajan con la verdad, en consonancia con los sentimientos de la gente y con la humanidad; palabras que suenan agradables y palabras cautivadoras para conversar con la gente; por un lado, para hacerse hueco, y por otro, para engañar al prójimo, de tal modo que tenga estatus y prestigio a ojos de la gente. Todo ello hechiza fácilmente a los ignorantes, que tienen una comprensión superficial de la verdad, no entienden las cosas espirituales y les falta base en su fe en Dios. Esto hacen las personas de carácter malvado” (‘Engañan, atraen, amenazan y controlan a la gente’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Esto me enseñó que, entre bastidores, me controlaba un carácter malvado, más difícil de detectar que uno astuto. Por mis motivaciones ocultas, trataba de engañar a la gente y de ganarme su corazón, por lo que hacía cosas que caían bien y parecían conformes a la verdad, y los demás se lo tragaban. Así era yo. Sabía que a todo el mundo le cae bien la gente cariñosa que busca la verdad, que aquella goza de estima en la casa de Dios, por lo que fingía ser esa clase de persona. Parecía preparada para sufrir, pagar un precio, cumplir con el deber y ser cariñosa y actuaba como si lo hiciera de acuerdo con la verdad, pero mi objetivo no era practicarla, sino ser admirada. Quería quedar bien a ojos de los demás, cautivar su corazón. Era verdaderamente malvada y despreciable. De no haber sido por las palabras de juicio de Dios, habría pensado que llevar una máscara era simple astucia, pero no que es un tipo de carácter malvado. Es una senda en contra de Dios. Y tanto. Satanás me había corrompido muy hondamente, pero yo siempre quería admiración y un lugar en el corazón ajeno. ¡Qué desvergonzada! Dado que Dios nos creó, debemos adorarlo por naturaleza. Solo Él debería estar en nuestro corazón, pero yo simplemente quería ocupar el corazón de la gente disputando Su lugar a Dios. Me comportaba como el arcángel. El carácter justo de Dios no puede ser ofendido, por lo que, si no me arrepentía, sabía que terminaría maldecida por Dios, como los fariseos. Eso me asustó. Sabía que estaba en aguas peligrosas si seguía así. Decidí renunciar a la carne y ser una persona sencilla y honesta.

Después me esforcé por renunciar a mí misma y empecé a abrirme en las reuniones. Una vez me descuidé en un vídeo y hubo numerosos problemas con él. Tener que volver a hacerlo ocasionó muchos retrasos en nuestra labor. Cuando una hermana me dijo que era irresponsable e indigna de confianza, me resistí a ello y discutí con ella para mis adentros. Luego, un líder me preguntó por mi estado, y pensé que, si de verdad lo compartía todo, los hermanos y hermanas podrían pensar que no era capaz de aceptar la verdad, que no hacía más que defenderme. ¿Qué opinarían todos de mí después? Entonces tuve claro que estaba volviendo a fingir, así que oré y me vino a la cabeza un pasaje de las palabras de Dios. Dios dice: “Cada vez que termines de hacer algo, las partes que piensas haber hecho correctamente deben ser también sometidas a escrutinio; y, más aún, la parte que crees haber hecho mal, también debe ser sometida a escrutinio. Esto requiere que los hermanos y hermanas pasen más tiempo comunicando juntos, investigando y ayudándose unos a otros. Mientras más comuniquemos, más luz entrará en nuestros corazones; Dios nos esclarecerá entonces respecto a todos los asuntos. Si ninguno de nosotros habla, sino que todos nos encubrimos para quedar bien, con la esperanza de dejar una buena impresión en la mente de los demás, y queriendo que piensen bien de nosotros y no se burlen, entonces no tendremos medio de crecer. Si siempre te encubres para dar buena impresión, no crecerás y vivirás para siempre en la oscuridad. Además, será imposible que te transformes. Si deseas cambiar, debes pagar el precio, exponer todo lo que haces y abrir tu corazón a los demás, y al hacerlo te beneficiarás tanto a ti mismo como a otras personas” (‘La práctica verdaderamente fundamental de ser una persona honesta’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Esto me aportó una senda de práctica. Tenía que aceptar el escrutinio de Dios y, opinaran lo que opinaran los demás, tenía que sincerarme y practicar la verdad. En ese momento me armé de valor para sincerarme acerca de mi estado y revelar mi corrupción. Me sentí mucho más libre después y hablar con los demás me ayudó a entender mi problema.

Lo revelado en aquella época me enseñó que tenía un carácter astuto y malvado. Siempre fingía para que me idolatraran. Si Dios no hubiera dispuesto así las cosas, jamás habría descubierto que iba por una senda contraria a Él, que iba contra Él, y me destruiría al final. También vi la importancia de nuestras motivaciones al hacer las cosas y aprendí a aceptar el escrutinio de Dios, a rectificar mis motivaciones, a abrirme de verdad y a ser honesta. Es el único modo de ganarse la aprobación de Dios y alegrarlo.

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