Consecuencias de evitar la responsabilidad

1 Feb 2022

Por Xiaomo, España

En febrero de 2021, un líder me dijo un día que me encargara de las iglesias de nuevos fieles en países de habla española. Estaba muy sorprendida. Siempre había estado en la labor evangelizadora y nunca había sido responsable de iglesias de nuevos fieles. No tenía experiencia en el riego a nuevos fieles y tampoco hablaba español. Estaba segura de que me toparía con muchos problemas y dificultades. No sabría cómo resolverlos. Los nuevos fieles son como bebés recién nacidos. Si no se les riega a tiempo, no comprenden la verdad y no echan raíces en el camino verdadero. Si abandonaran la fe, ¿no estaría cometiendo el mal? Podrían destituirme o incluso eliminarme. A la persona que ocupaba antes ese cargo la habían echado por hacerlo mal. El trabajo de las iglesias de nuevos fieles acababa de empezar y gran parte de él estaba en fase experimental. No era fácil. No creía que supiera hacerlo. Pero sabía que me habían asignado ese deber y no podía negarme. No obstante, no podía calmar mis sentimientos. Las cosas iban muy bien en mi labor evangelizadora anterior. Convertía a mucha gente todos los meses. Sin embargo, el trabajo en las iglesias de nuevos fieles sería difícil y podrían eliminarme si lo hacía mal. Tenía muchas preocupaciones y no confiaba en poder hacerlo bien. Recordaba la época en que compartía el evangelio. Veía que había muchos problemas en las iglesias de nuevos fieles y no sabía resolver algunos. Sentía cierta impotencia, como si ese deber fuera demasiado duro. Si no resolvía enseguida esas cosas, eso podría repercutir en la labor de las iglesias. Sin saber qué hacer, oré a Dios para pedirle que me guiara para entender Su voluntad y someterme.

Al día siguiente, un hermano me comentó algunos problemas de esas iglesias. Me dijo: “Cada vez más gente acepta la obra de Dios de los últimos días. Cuando se dividieron las iglesias, algunos líderes de estas fueron irresponsables y excluyeron a algunos miembros. No tienen reuniones de grupo ni pueden leer las palabras de Dios. Fíjate en los mensajes de algunos nuevos fieles”. Cuando abrí los mensajes que me reenvió, vi uno que decía: “Hermano, ¿eres de la Iglesia de Dios Todopoderoso? No estoy en el grupo de reunión de la iglesia. Me gustaría hablar de las palabras de Dios Todopoderoso por internet. ¿Podrías ayudarme? Estoy triste por no poder comer y beber de las palabras de Dios Todopoderoso ahora”. Otro nuevo fiel decía: “Hermano, no puedo comer y beber de las palabras de Dios Todopoderoso. Estoy fuera de la casa de Dios y soy muy desdichado. ¿Podrías ayudarme a encontrar reuniones?”. Y algunos esperaban impacientes las reuniones cada día, pero los líderes no las programaban. Alterado, este hermano dijo: “No sé cómo los vas a regar. Por muy ocupada que estés o por muy duro que sea tu trabajo, ¿no te resulta perturbador que estas personas que han aceptado el evangelio no puedan reunirse ni leer las palabras de Dios? Si las atendiéramos un poco, no estarían excluidas de la casa de Dios”. Me sentí fatal al oírle decir esto y al ver sus mensajes, y no pude reprimir el llanto. Por nuestros descuidos, había nuevos creyentes excluidos de la casa de Dios. No podían tener vida de iglesia ni leer las palabras de Dios, lo que dañaba su vida. Sin embargo, yo veía todos esos problemas en las iglesias, pero no me estaba responsabilizando. No llevaba una carga por sus vidas. No pensaba en cómo enderezar rápidamente su vida de iglesia, sino que solo quería escapar. ¡Qué egoísta! Me acordé de unas palabras de Dios: “Todos vosotros decís que tenéis consideración por la carga de Dios y defenderéis el testimonio de la Iglesia, pero ¿quién de vosotros ha considerado realmente la carga de Dios? Hazte esta pregunta: ¿Eres alguien que ha mostrado consideración por Su carga? […] ¿Puedes permitir que Mis intenciones se cumplan en ti? ¿Has ofrecido tu corazón en el momento más crucial? ¿Eres alguien que hace Mi voluntad? Hazte estas preguntas y piensa a menudo en ellas” (‘Capítulo 13’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Cada palabra de Dios parecía dirigida directamente a mí. Estaba muy deprimida y me sentía muy culpable. La casa de Dios me puso a cargo del trabajo con los nuevos fieles y quería que tuviera en consideración la voluntad de Dios. Tenía que ser de un solo corazón y una sola mente con los hermanos y hermanas para regarlos, a fin de que pudieran reunirse, leer las palabras de Dios y enraizarse en el camino verdadero. Se estaban fundando iglesias de nuevos fieles en algunos países y aún había muchos problemas que requerían atención urgente, pero yo no tenía en consideración la voluntad de Dios. Desde que aceptara esa comisión, no pensaba más que en mi futuro por miedo a quedar desenmascarada y sin un resultado si no lo hacía bien. No tenía una carga ni sentido de responsabilidad por mi deber. ¡Qué despreciable y falta de humanidad! Detrás de aquel hermano que me reenvió los mensajes de esos nuevos fieles estaba la voluntad de Dios. Pretendía despertar mi corazón dormido para que descubriera la responsabilidad que había asumido y pudiera llevar una verdadera carga por mi deber. Oré a Dios porque quería dejar de pensar en mi futuro y ampararme en Él, asumir mi comisión, cumplir diligente con mi deber, buscar la verdad con los demás y resolver los problemas de las iglesias lo antes posible.

Luego ordené a algunas personas ayudar a organizar las cosas para aquellos nuevos fieles que no tenían reuniones. También traté de comprender de verdad el trabajo de todas las iglesias. En muchas iglesias de nuevos fieles, algunos supervisores eran nuevos en el trabajo y no sabían cómo hacerlo y otros simplemente salían del paso sin ocuparse de los problemas de los nuevos creyentes con la suficiente rapidez. Había que ayudarlos o destituirlos. En concreto, algunos nuevos fieles dejaron de asistir a reuniones porque su clero los estaba extraviando y cada vez eran más. No pude evitar empezar a preocuparme ante estos problemas. Si llevaba un tiempo a cargo, pero las cosas no mejoraban en nuestro trabajo, tenía una innegable responsabilidad y seguro que, con el tiempo, me desenmascararían. Me sentía más deprimida. Parecía siempre ocupada con prisas de un lado a otro, pero por dentro sentía muchísima presión. A fin de mes, vi que había crecido el número de nuevos creyentes que no asistían a reuniones. Me sentí paralizada. Pensé que apenas había asumido aquel deber, por lo que, si renunciaba pronto, cometería menos maldad. Si seguía en ello y no se resolvían los problemas de los nuevos creyentes y se iban de la iglesia, habría cometido una gran maldad. Entonces tal vez me destituyeran o incluso se echaran a perder mi destino y mi resultado. Mis pensamientos de renuncia no dejaron de aumentar y finalmente decidí que tenía que hacerlo. Al pensarlo, me levanté y de pronto me sentí extremadamente mareada. Todo parecía moverse y estaba a punto de desmayarme. Nunca había sentido nada así y me preguntaba si era por el estrés. Se lo conté a una hermana y me enseñó que la voluntad de Dios estaba en lo que ocurría de repente y que había que aprender una lección de ello. Después de oír aquello, me calmé, mientras buscaba y reflexionaba, y oré a Dios para pedirle esclarecimiento para entender mi corrupción.

Leí un pasaje de las palabras de Dios, el segundo pasaje de la página 672. “Comer y beber las palabras de Dios, practicar la oración, aceptar la carga de Dios y las tareas que Él te confía, todo esto es para que pueda haber una senda delante de ti. Cuanto más pese sobre ti la carga de lo que Dios te ha confiado, más fácil será que seas perfeccionado por Él. Algunas personas no están dispuestas a coordinarse con otras en el servicio a Dios, aunque hayan sido llamadas a hacerlo; estas son personas perezosas que solo desean deleitarse en las comodidades. Cuanto más se te pida que sirvas en coordinación con otras personas, más experiencia adquirirás. Debido a que tienes más cargas y experiencias, tendrás más oportunidades de ser perfeccionado. Por tanto, si puedes servir a Dios con sinceridad, serás consciente de Su carga; así pues, tendrás más oportunidades de que Él te perfeccione. Es justo ese grupo de personas el que actualmente está siendo perfeccionado. Cuanto más te conmueva el Espíritu Santo, más tiempo dedicarás a ser consciente de la carga de Dios, más serás perfeccionado por Él y más te ganará Él, hasta que, al final, te convertirás en alguien a quien Dios utiliza. En la actualidad, hay algunas personas que no llevan cargas por la iglesia. Estas personas son flojas y descuidadas, y solo les preocupa su propia carne. Son extremadamente egoístas y, también, ciegas. Si no puedes ver este asunto con claridad, no llevarás ninguna carga. Cuanto más consciente seas de la voluntad de Dios, mayor será la carga que Él te confiará. Las personas egoístas no están dispuestas a sufrir tales cosas ni a pagar el precio y, como resultado, perderán oportunidades para que Dios las perfeccione. ¿Acaso no se están haciendo daño a sí mismas? Si eres alguien consciente de la voluntad de Dios, desarrollarás una carga verdadera para la iglesia. De hecho, en lugar de considerar que esto es una carga que llevas para la iglesia, sería mejor que la consideraras como una carga que llevas para tu propia vida, porque el propósito de esta carga que desarrollas para la iglesia es que utilices estas experiencias para que Dios te perfeccione. Por tanto, quien lleve la mayor carga para la iglesia, quien lleve una carga para entrar en la vida, será a quien Dios perfeccionará. ¿Has visto esto claramente? Si la iglesia con la que estás se encuentra esparcida como la arena, pero tú no te sientes ni preocupado ni inquieto e incluso haces la vista gorda cuando tus hermanos y hermanas no comen ni beben normalmente las palabras de Dios, entonces no estás llevando carga alguna. A Dios no le gustan tales personas. La clase de personas que a Él le agradan tienen hambre y sed de justicia y son conscientes de Su voluntad. Por tanto, debes ser consciente de la carga de Dios, aquí y ahora; no debes esperar que Dios revele Su carácter justo a toda la humanidad para ser consciente de Su carga. ¿No sería demasiado tarde entonces? Esta es una buena oportunidad para que Dios te perfeccione. Si dejas que esta oportunidad se te escape de las manos, lo lamentarás por el resto de tu vida, del mismo modo que Moisés no pudo entrar en la buena tierra de Canaán y lo lamentó por el resto de su vida y murió con remordimientos. Una vez que Dios haya revelado Su carácter justo a todas las personas, te llenarás de remordimiento. Aunque Dios no te castigue, te castigarás tú mismo por tu propio remordimiento” (‘Sé consciente de la voluntad de Dios para alcanzar la perfección’ en “La Palabra manifestada en carne”). En este pasaje de las palabras de Dios descubrí que llevar una carga por Su comisión guarda relación con la posibilidad de ser o no perfeccionado. Cuanto mayor la carga de una persona y cuanto más presente tenga esta la carga de Dios, más la bendice Él. Ahora bien, quienes carecen de toda responsabilidad hacia el trabajo de la iglesia y su deber, que solo se protegen a sí mismos sin defender los intereses de la iglesia, son gente egoísta y despreciable a la que Dios no puede perfeccionar. Reflexioné sobre lo egoísta que era, renuente a asumir una carga real o a considerar la voluntad de Dios, pensando únicamente en mi futuro. Cuando hubo más nuevos fieles que no se reunían con regularidad, yo no buscaba urgentemente una solución para ofrecerles sustento, sino que me preocupaba quedar desenmascarada y eliminada si permanecía en el deber. Era una responsabilidad por aquellas almas que no era capaz de asumir. Así pues, para protegerme, quise renunciar a ese deber. No tenía ninguna veneración por Dios. Solo pensaba en mis intereses en el deber. Cuando no me beneficiaba y además tenía que sufrir y asumir la responsabilidad, quería huir, darme una salida. Estaba muy feliz de hacer el trabajo cuando las cosas iban bien, pero cuando afloraron los problemas y mi futuro estaba amenazado, quise dejarlo. No era sincera con Dios y realmente no era honesta de corazón. Era una persona astuta, aprovechada y vil de la que nadie podía fiarse. Dios no perfeccionaría a alguien tan egoísta y astuta como yo. Cuanto más lo pensaba, más me detestaba por carecer de conciencia. No era digna de vivir ante Dios. Me embargaron la culpa y el pesar.

¿Por qué siempre pensamos en nuestros intereses y nuestro futuro en el deber? ¿Por qué somos tan egoístas? Realmente, yo también me lo preguntaba. Cuando leí en mis devocionales las palabras de Dios que analizan a los anticristos, lo vi algo más claro. Dios Todopoderoso dice: “En circunstancias normales, una persona debería aceptar y someterse a los cambios en su deber. Sin embargo, debe reflexionar sobre sí misma, reconocer la esencia del problema y sus propios defectos. Es algo muy bueno, y no existen obstáculos insuperables. No es complicado; es muy sencillo y cualquiera puede pensarlo a fondo. Cuando a una persona normal le ocurre algo así, como mínimo, aprenderá algo, adquirirá una comprensión y valoración más precisa de sí misma. No obstante, esto no se cumple con los anticristos. Son diferentes a las personas normales, independientemente de lo que les ocurra. ¿En qué consiste tal diferencia? No se someten, no cooperan de manera proactiva y voluntaria, y mucho menos lo aceptan realmente. Por el contrario, sienten repulsión hacia ella y se resisten, la analizan, la contemplan y se devanan los sesos especulando: ‘¿Por qué me trasladan para que trabaje en otro sitio? ¿Por qué no puedo seguir haciendo mi trabajo actual? ¿De verdad no encajo bien? ¿Me van a despedir o eliminar?’. No dejan de darle vueltas a lo sucedido en su mente, analizándolo y rumiándolo sin parar. […] Con lo sencilla que es esta cuestión, un anticristo monta un gran escándalo por ello y le da vueltas y más vueltas, de modo que no pega ojo. ¿Por qué piensan así? ¿Por qué piensan de manera tan complicada sobre algo tan simple? Solo hay una razón: cualquier arreglo realizado por la casa de Dios que les afecte a ellos, lo enlazan con un apretado nudo que conecta esa cosa con su esperanza de bendición y destino futuro. Por eso piensan: ‘He de tener cuidado; un paso en falso hará que todos los pasos sean en falso y tenga que despedirme del deseo de recibir bendiciones, lo que será el final para mí. ¡No puedo ser imprudente! La casa de Dios, los hermanos y hermanas, los líderes superiores, incluso Dios, son poco fiables. No confío en ninguno de ellos. La persona más fiable y digna de confianza es uno mismo; si tú no haces tus propios planes, ¿quién va a mirar por ti? ¿Quién va a pensar en tu porvenir y en si vas a recibir bendiciones? Por tanto, tengo que hacer meticulosos preparativos y trabajar muy duro para hacer planes para mí, no puedo cometer la menor torpeza. De lo contrario, será fácil que la gente me engañe y se aproveche de mí’. Un anticristo considera que ser bendecido es más grande que los propios cielos, más grande que la vida, más importante que el cambio de carácter o la salvación personal, y más relevante que ser un ser creado a la altura de la norma. Les parece que ser un ser creado a la altura de la norma, cumplir bien con su deber y lograr la salvación son cosas nimias que ni merece la pena mencionar, mientras que obtener bendiciones es la única cosa en toda su vida que no se ha de olvidar. Por eso, sea grande o pequeño aquello con lo que se encuentran, se muestran increíblemente precavidos y atentos, y siempre se aseguran una salida” (‘Quieren echarse atrás cuando no hay ninguna posición ni esperanza de recibir bendiciones’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Recapacitando sobre esto, descubrí que, al protegerme en el deber y pensar en mis intereses, exhibía el carácter de los anticristos revelado por Dios, era muy egoísta y solo pensaba en las bendiciones y la ganancia personal. La motivación para tener fe es recibir bendiciones de Dios. Cuando sucedía algo, primero pensaba en mi resultado y destino y valoraba las bendiciones tanto como la vida. Consideraba todos los ángulos, en alerta contra Dios, dejándome una vía de escape, por miedo a ser desenmascarada y eliminada si no tenía cuidado. No tenía una fe sincera en Dios. Desde que me hice cargo de las iglesias de nuevos fieles, en cuanto vi tantas dificultades, quise volver a evangelizar. Creía hacerlo bien en ese deber, estar logrando cosas, con lo que recibiría la promesa de Dios y tendría un hermoso destino. Ante todos esos problemas en las iglesias de nuevos creyentes, temí que la gente abandonara si no se regaba bien, que me responsabilizaran y eliminaran. Creí que mi estatus y mi futuro se verían afectados y no recibiría bendiciones, así que quise darme la media vuelta y huir y no cumplir con ese deber en absoluto. Solo cumplía con el deber para recibir bendiciones y procuraba hacer tratos con Dios. No lo hacía para someterme a Él y cumplir con el deber de un ser creado. Recordé que Pablo recorrió toda Europa para predicar el evangelio, sufrió mucho y fundó un montón de iglesias, pero todo ese esfuerzo solo era para recibir bendiciones. Quería utilizar su trabajo como moneda de cambio para con Dios. Por eso afirmó: “He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe. En el futuro me está reservada la corona de justicia” (2 Timoteo 4:7-8). Yo me comportaba igual que Pablo, sin sinceridad en el deber. Quería una compensación y bendiciones de Dios por mis esfuerzos superficiales, mientras vivía según el veneno de “cada hombre para sí mismo, y sálvese quien pueda”. Eso no era cumplir con un deber. Era una simple oportunista, una incrédula que se había abierto paso hasta la casa de Dios. Era una auténtica canalla. Había muchísimos problemas prácticos que era preciso abordar en las iglesias y no estaba centrada en ellos. Solamente pensaba en mi resultado y destino, en si recibiría bendiciones o no. A duras penas era humana. Esto me hizo sentir tan culpable que oré porque quería dejar de pensar en mi resultado, calmar mi interior y cumplir correctamente con mi deber.

Luego leí otro pasaje de las palabras de Dios que me resultó muy esclarecedor, el segundo pasaje de la página 1167. “Que el hombre lleve a cabo su deber es, de hecho, el cumplimiento de todo lo que es inherente a él; es decir, lo que es posible para él. Es entonces cuando su deber se cumple. Los defectos del hombre durante su servicio se reducen gradualmente a través de la experiencia progresiva y del proceso de pasar por el juicio; no obstaculizan ni afectan el deber del hombre. Los que dejan de servir o ceden y retroceden por temor a que puedan existir inconvenientes en su servicio son los más cobardes de todos. Si las personas no pueden expresar lo que deben expresar durante el servicio ni lograr lo que por naturaleza es posible para ellas y, en cambio, pierden el tiempo y actúan mecánicamente, han perdido la función que un ser creado debe tener. A esta clase de personas se les conoce como ‘mediocres’; son desechos inútiles. ¿Cómo pueden esas personas ser llamadas apropiadamente seres creados? ¿Acaso no son seres corruptos que brillan por fuera, pero que están podridos por dentro? […] No existe correlación entre el deber del hombre y que él sea bendecido o maldecido. El deber es lo que el hombre debe cumplir; es la vocación que le dio el cielo y no debe depender de recompensas, condiciones o razones. Solo entonces el hombre está cumpliendo con su deber. Ser bendecido es cuando alguien es perfeccionado y disfruta de las bendiciones de Dios tras experimentar el juicio. Ser maldecido es cuando el carácter de alguien no cambia tras haber experimentado el castigo y el juicio; es cuando alguien no experimenta ser perfeccionado, sino que es castigado. Pero, independientemente de si son bendecidos o maldecidos, los seres creados deben cumplir su deber, haciendo lo que deben hacer y haciendo lo que son capaces de hacer; esto es lo mínimo que una persona, una persona que busca a Dios, debe hacer. No debes llevar a cabo tu deber solo para ser bendecido y no debes negarte a actuar por temor a ser maldecido. Dejadme deciros esto: lo que el hombre debe hacer es llevar a cabo su deber, y si es incapaz de llevar a cabo su deber, esto es su rebeldía. Es por medio del proceso de llevar a cabo su deber que el hombre es cambiado gradualmente, y es por medio de este proceso que él demuestra su lealtad. Así pues, cuanto más puedas llevar a cabo tu deber, más verdad recibirás y más real será tu expresión” (‘La diferencia entre el ministerio de Dios encarnado y el deber del hombre’ en “La Palabra manifestada en carne”). Esto me ayudó a entender que un deber no tiene nada que ver con ser bendecido o maldecido. Como ser creado, tengo la obligación de cumplir con un deber sin vincularlo a las bendiciones. Independientemente de las dificultades de un deber, debo volcarme de todo corazón y asumir esa responsabilidad. Aunque me trasladen o me destituyan por no hacerlo bien, tendré algo que aprender. No debo renunciar a ello por miedo a quedar desenmascarada y eliminada. La casa de Dios tiene principios para destituir y eliminar a la gente. Cuando se expulsa a alguien de la casa de Dios, no es por un deber concreto que cumpliera ni porque simplemente cometiera un error en él. Nunca ha sido así. Siempre se debe a que no busca la verdad, a que no va por la senda correcta y a que se niega sistemáticamente a arrepentirse. A los hermanos y hermanas que buscan la verdad aún se les da una oportunidad incluso tras las trangresiones. Con ayuda y trato, si alguien aprende algo de sí mismo, se arrepiente y se transforma, puede quedarse en la casa de Dios. También aprendí que, cuando Dios considera que alguien lo hace bien en el deber, no se trata de cuánto parece esforzarse ni de cuántos logros tenga, sino de si está centrado en la búsqueda de la verdad y en seguir los principios, si se vuelca en ello con todo su corazón y todo su esfuerzo. Y por más problemas que se encuentre alguien, siempre que considere la voluntad de Dios y busque la verdad, Dios le dará esclarecimiento y podrá solucionarse cualquier cosa. Si alguien no busca la verdad, sino que solo piensa en sus ganancias y pérdidas, si sale del paso en el deber y jamás se arrepiente, es susceptible de ser desenmascarado y eliminado. Comprendida la voluntad de Dios, oré de nuevo, pues quería dejar de pensar en mis ganancias y pérdidas y darlo todo en el deber.

Después, me lancé de veras al deber, investigué detenidamente los pormenores del trabajo de las iglesias e hice una lista de todos los problemas reales existentes. Le consulté al líder aquellos que no sabía resolver y pedí hablar con líderes de otras iglesias. Una vez entendidos los principios y prácticas, supe ocuparme de muchos problemas. Cuando cambié de actitud, dejé de pensar en mi futuro y solamente pensaba en cómo trabajar con los hermanos y hermanas para resolver los problemas de los nuevos fieles, al poco tiempo, la vida de iglesia tomó el camino correcto paso a paso. Los nuevos fieles que no se reunían también fueron recuperando la vida de iglesia y pudieron comer y beber de las palabras de Dios. Además, bastantes nuevos fieles empezaron en el deber de evangelización. Descubrí la guía y las bendiciones de Dios. La declaración de Dios “buscar activamente cumplir con el propio deber como criatura de Dios es la senda hacia el éxito” fue algo que experimenté personalmente. Al recordarlo todo, desde el momento en que aquellas iglesias de nuevos fieles tenían muchos problemas hasta cuando tomaron poco a poco el camino correcto y los nuevos creyentes tuvieron una vida normal de iglesia, todo fue fruto de la obra de Dios. Comprobé que la obra de Dios la realiza realmente Él mismo y nosotros solo desempeñamos un papel. En cualquier deber o dificultad, tenemos que someternos y no pensar en nuestras ganancias o pérdidas. Hemos de buscar la verdad, pensar en la voluntad de Dios y darlo todo en el deber, y veremos las bendiciones de Dios.

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