Por fin descubrí mi astucia

5 Jun 2022

Por Xiaoqian, Hong Kong

El año pasado estaba regando a nuevos creyentes en la iglesia. A su vez, tenía que elegir a gente a la que se pudiera promover y dedicar tiempo y energía a sustentarla. Me resultaba durísimo aquello. Por un lado, no sabía a quiénes formar en función de su situación real y decidía de manera arrogante que no eran lo bastante buenos. Tampoco quería invertir toda esa energía mental y pagar ese precio. Me parecía realmente agotador. Así pues, nunca llegué a formar a ningún nuevo fiel.

Sin embargo, si no los formaba, tal vez mi supervisora dijera que yo esperaba demasiado de ellos y no prestaba atención a su promoción, o que era una incompetente y no sabía formarlos. Entre la espada y la pared, no sabía qué hacer. Sentía que quizá debía preguntar a la supervisora y que decidiera ella. Si después no salía bien, no sería responsabilidad exclusivamente mía y no tratarían conmigo si me equivocaba en mis decisiones. Por tanto, cuando contacté con la supervisora, no le conté directamente que no se me daba bien juzgar a la gente y que no sabía qué hacer, sino que hablé y hablé de las situaciones y luchas de esos nuevos fieles: fulano tiene una mala conexión a internet y cuesta contactar con él; mengano tiene mucho trabajo y zutano no habla mucho en las reuniones… Luego, por miedo a que me dijera que delimitaba a la gente, me fui por las ramas: “Pero como son activos en las reuniones y en la búsqueda, haré lo posible por promoverlos”. Al principio creía que me diría qué hacer y que no valía la pena esforzarse por formarlos, lo que sería decisión suya y yo no sería responsable ni tendría que dedicarles todo ese tiempo. No obstante, me sorprendió que no me diera respuesta, sino que dijera con severidad: “¿Qué intentas decirme? Agota escucharte hablar con tantos rodeos. Siempre denuncias situaciones similares de los nuevos fieles. Alegaste que tenían ciertos problemas, por lo que parecía que no valía la pena promoverlos, y después dijiste que harías lo posible con ellos. No sé qué opinas en realidad”. Me alteré bastante. Pensé: “¿Está diciendo que hablo como una víbora? La víbora nunca se desplaza en línea recta y culebrea por todos lados. ¿En serio soy tan mala?”. Como por entonces yo no me conocía en absoluto, imaginé que quizá se había descargado conmigo. No sabía que esa no era la forma de pensar al respecto, que ella no lo había dicho sin motivo alguno, que eso debía de reflejar su experiencia concreta conmigo. Dios hizo que tratara conmigo para que aprendiera una lección y yo no era capaz de ver mi corrupción, por lo que me ayudó que me la señalara. Así pues, repliqué: “La verdad, no veo los problemas que describes, pero deseo admitirlo y hacer introspección”.

Más tarde seguí pensando en lo que ella había comentado, y oré para pedirle a Dios que me guiara hasta conocerme a mí misma. Recordé que, en la Biblia, Jehová Dios preguntó a Satanás: “¿De dónde vienes? Y Satanás respondió a Jehová, y dijo: De ir y venir de la tierra, y de andar por la tierra” (Job 1:7).* Leí entonces el análisis de Dios sobre la respuesta de Satanás. Dios dice: “Entonces ¿cómo os sentís cuando veis a Satanás responder de esta forma? (Nos parece que Satanás es absurdo, pero también astuto). ¿Notáis lo que Yo siento? Cada vez que veo estas palabras de Satanás me siento indignado, porque Satanás habla y sin embargo sus palabras no tienen sustancia. ¿Respondió Satanás a la pregunta de Dios? No, las palabras que dijo Satanás no fueron una respuesta, no significaban nada. No eran una respuesta a la pregunta de Dios. ‘De ir y venir de la tierra, y de andar por la tierra’.* ¿Qué entiendes de estas palabras? ¿Entonces de dónde viene Satanás? ¿Habéis obtenido respuesta a esta pregunta? (No). Esta es la ‘genialidad’ de los astutos planes de Satanás: no permitir que nadie descubra lo que está diciendo en realidad. A pesar de haber oído estas palabras, sigues sin poder discernir su significado, aunque al final ha respondido. Sin embargo, Satanás cree que ha contestado a la perfección. ¿Cómo te sientes tú? ¿Indignado? (Sí). Ahora empiezas a sentir indignación en respuesta a estas palabras. Las palabras de Satanás tienen cierta característica: lo que él dice te deja rascándote la cabeza, incapaz de percibir el origen de sus palabras. Algunas veces, Satanás tiene motivaciones y habla en forma deliberada, y otras veces, regido por su naturaleza, tales palabras emergen de manera espontánea y salen directamente de la boca de Satanás. Él no dedica mucho tiempo a sopesar esas palabras; en cambio, se expresan sin pensar. Cuando Dios preguntó de dónde venía, Satanás respondió con unas pocas palabras ambiguas. Te sientes muy desconcertado, sin nunca saber exactamente de dónde viene Satanás. ¿Hay alguno entre vosotros que hable así? ¿Qué clase de forma de hablar es esta? (Es ambigua y no proporciona una respuesta definitiva). ¿Qué tipo de palabras deberíamos usar para describir este modo de hablar? Tiene el propósito de despistar y confundir, ¿no es así? Supón que alguien no quiere que otros sepan qué hizo ayer. Le preguntas: ‘Te vi ayer. ¿Adónde ibas?’. No te dicen directamente dónde fue, en su lugar contesta: ‘Vaya día fue ayer. ¡Fue agotador!’. ¿Ha contestado tu pregunta? Lo ha hecho, pero no te ha dado la respuesta que tú querías. Es la ‘genialidad’ en el artificio del lenguaje del hombre. Nunca puedes descubrir lo que quiere decir ni percibir el origen o la intención de sus palabras. No conoces lo que él está intentando evitar porque en su corazón él conserva su propia historia; esto es insidia. ¿Algunos de vosotros soléis hablar a menudo de esta manera? (Sí). ¿Cuál es, pues, vuestro propósito? ¿Es a veces proteger vuestros propios intereses, otras mantener vuestro propio orgullo, vuestra propia posición, vuestra propia imagen, proteger los secretos de vuestra vida privada? Cualquiera que sea el propósito, es inseparable de vuestros intereses, está vinculado a ellos. ¿Acaso no es esta la naturaleza del hombre?” (‘Dios mismo, el único IV’ en “La Palabra manifestada en carne”). En las palabras de Dios descubrí que las palabras de Satanás siempre albergan motivaciones y trucos, de modo que, para ocultar sus vergonzosos propósitos, da rodeos y miente. Es desconcertante y la gente no sabe lo que insinúa. Me di cuenta de que, con los hermanos y hermanas, tendía a hablar como Satanás, dando rodeos y confundiendo a los demás; como cuando me preguntaban cuántos nuevos fieles era posible formar en la iglesia que supervisaba y cuál era su situación, y yo era capaz de contestar unas pocas frases sencillas, de describir cuántos había y su situación, pero no daba una respuesta directa. Empezaba hablando de los problemas de los nuevos fieles y daba algunos motivos para que los demás no creyeran que no me centraba en formarlos, sino que eran problemáticos y no valía la pena. Tras todas esas excusas, cambiaba de tono y terminaba diciendo que era preciso que promoviéramos a los nuevos fieles y que haría lo posible con ellos. Hablaba un rato de en qué eran problemáticos y luego afirmaba que me dedicaría a ellos. No era una respuesta directa y era tan sinuosa que nadie sabía qué quería decir. Dios afirma que Satanás habla con rodeos y que siempre tiene una motivación y el objetivo de preservar sus intereses. Me pregunté entonces qué propósito tenía yo en mente al hablar así a los hermanos y hermanas. Al reflexionarlo detenidamente, vi que siempre empezaba hablando de problemas para que los demás no creyeran que no me centraba en formar a la gente, sino que, por varios motivos, no eran buenos candidatos. Luego terminaba diciendo que estaría al tanto de las cosas y vería, a fin de que los demás pensaran que tenía una carga por promover a nuevos fieles y una actitud positiva. Entonces no dirían que delimitaba a la gente y que no quería pagar un precio. Daba muchos rodeos y eso tenía unas motivaciones infames. Era indirecta y quería que adivinaran qué quería decir y decidieran si era posible promover a esos nuevos creyentes, para yo quedar bien a toda costa. Si alguien hacía seguimiento acerca de por qué no los había promovido, me resultaría muy fácil culpar a los hermanos y hermanas alegando que me indicaron que no lo hiciera. Si los nuevos fieles sí progresaban, todo el mundo vería que era incluso capaz de promover a gente así, me creería competente y yo quedaría bien. Mi forma de hablar era justo como describía Dios las palabras de Satanás, muy sinuosas y que ocultaban totalmente mis motivaciones y objetivos para poder alcanzarlos sin que nadie supiera qué estaba ocurriendo. Era como Satanás, sumamente ruin y astuta; como cuando pregunté a mi supervisora a qué nuevos fieles debía promover y di rodeos comentando unos cuantos problemas que tenían con el deseo de que decidiera ella para que, si los nuevos fieles no progresaban, no fuera culpa mía, sino de ella. Al recordarlo, comprobé que mi enfoque indirecto parecía como que estaba pidiendo consejo, pero en realidad estaba haciendo que decidieran por mí y quería eludir la responsabilidad. Era muy ruin de mi parte. Si una persona normal pregunta, solo quiere aprender principios para poder hacer las cosas con ellos y promover mejor a otra gente en beneficio del trabajo de la casa de Dios. Pero yo quería evadir la responsabilidad por preservar mis intereses, mi reputación y mi estatus. ¿Cómo podía ser tan retorcida? La supervisora me increpó de esa manera porque siempre estaba echando cuentas y nunca hacía introspección. Eso le repugnaba a Dios e irritaba a otras personas. Al darme cuenta, oré y juré a Dios que, desde ese momento, pensaría en serio sobre mis motivaciones al hablar y practicaría la honestidad. Luego, cuando me preguntaban por los nuevos creyentes, a veces quería empezar otra vez por sus problemas para que parecieran inviables y yo no fuera responsable. Pero al comprobar que tenía una motivación equivocada y que estaba siendo astuta de nuevo, de forma consciente, oraba, renunciaba a mí misma y hablaba de ellos justa y objetivamente. Sin embargo, días más tarde volvía a las andadas.

Un día, la supervisora señaló que un nuevo creyente, a quien yo había regado, iba a las reuniones de la hermana Zhang y que le gustaban sus enseñanzas. Para mí, ese nuevo fiel era arrogante, tenía muchas nociones y le gustaban las tendencias profanas. Como no participaba regularmente en mis reuniones y era muy cansado regarlo, supuse que estaría menos ocupada si la hermana Zhang podía hacerlo. No obstante, era yo quien debía regarlo, con lo que, si se lo cedía a la hermana Zhang, la supervisora podría decir que estaba siendo astuta y que quería traspasar a nuevos creyentes difíciles de regar. Si la supervisora proponía cederlo, podría librarme con naturalidad de esa carga. Así pues, le hice una pregunta algo capciosa sobre si ese nuevo fiel prefería las enseñanzas de la hermana Zhang. Me lo confirmó. Proseguí diciendo que, en tal caso, quizá deberíamos adaptarnos a sus gustos. De todos modos, no asistía regularmente a mis reuniones. Le pedí opinión. Esperaba que dijera que había que cederlo. Pero no se decidió de inmediato. Más tarde me sentí incómoda y algo culpable, pues pensaba que estaba hablando otra vez con motivaciones ocultas. ¿Por qué tenía siempre estos propósitos vergonzosos? ¿Por qué no pude compartir mis ideas clara y directamente y decirle sin rodeos que este nuevo creyente no me daba buena impresión, que era demasiado problemático y que quería cederlo?

Después busqué palabras de Dios relacionadas con mi estado y encontré un pasaje. “Algunas personas usan un método muy confuso para hablar. A veces sus frases tienen un principio pero no un final, a veces un final pero no un principio. No hay manera alguna de que sepas lo que quieren decir, para ti nada tiene sentido, y si les pides que te lo expliquen claramente, no lo hacen. A menudo utilizan pronombres en su discurso. Por ejemplo, informan de algo, y dicen: ‘Ese tipo, eh… pensaba eso y luego los hermanos y hermanas no estaban muy…’. Podrían seguir durante horas y aun así no expresarse con claridad, balbuceando y tartamudeando sin ningún sentido, diciendo cosas que no tienen ninguna relación entre sí, dejándote igual que estabas antes de escucharlo, e incluso ansioso. De hecho, han leído muchos libros y están bien educados, así que ¿por qué son incapaces de pronunciar una frase completa? Es un problema de carácter. Estas personas son tan huidizas que les cuesta mucho esfuerzo decir algo. No existe foco en nada de lo que dicen, siempre tienen un principio, pero no un final; después de abrir la boca y soltar el principio, se comen el final. ¿Por qué se lo comen? Porque no quieren que entiendas lo que quieren decir, pretenden que lo adivines. Si te lo dicen directamente, te darás cuenta de lo que están diciendo y los tendrás calados, ¿verdad? Ellos no quieren eso. ¿Qué es lo que quieren? Quieren que lo adivines por tu cuenta, y les vale con que creas que tus elucubraciones son ciertas; en ese caso ellos no han dicho nada, así que no tienen ninguna responsabilidad. Aparte de eso, ¿qué ganan ellos si les dices lo que supones tú a partir de lo que han dicho ellos? Esa suposición tuya es exactamente lo que quieren oír, y les revela tus ideas y puntos de vista sobre el asunto. A partir de ahí, pueden hablar de forma selectiva, eligiendo qué decir y qué no, cómo decirlo, y luego dar el siguiente paso en su plan. Cada frase termina con una trampa, y mientras les escuchas, si sigues haciendo preguntas para seguirles, habrás caído completamente en la trampa. ¿No les cansa hablar siempre así? Es su carácter: no se cansan. Es completamente natural para ellos. ¿Por qué quieren crearte tales trampas? Porque no tienen claros tus puntos de vista y temen que los cales. Al mismo tiempo que intentan que no les entiendas, intentan entenderte ellos a ti. Quieren sonsacarte tus opiniones, ideas y métodos. Si lo consiguen, sus trampas han funcionado. Algunas personas se entretienen diciendo a menudo ‘hmm’ y ‘ajá’; no expresan un punto de vista concreto. Otros hacen tiempo diciendo ‘como’ y ‘bueno…’, encubriendo lo que realmente están pensando, usando eso en vez de lo que realmente quieren decir. Aparecen muchas palabras funcionales, adverbios y verbos auxiliares inútiles en cada frase. Si se registran sus palabras, se descubrirá que ninguna de ellas revela sus puntos de vista o actitudes sobre el asunto. Todas contienen trampas, pruebas y tentaciones ocultas. ¿Qué carácter es este? (Malvado). Muy malvado. ¿Existe duplicidad? Estas trampas, pruebas y tentaciones que crean se llaman duplicidades. Se trata de una característica común de las personas con la esencia malvada de los anticristos. ¿Cómo se manifiesta esta característica común? Informan de las buenas noticias pero no de las malas, hablan exclusivamente en términos agradables, pero de forma vacilante, ocultan parcialmente su verdadero significado, hablan de manera confusa, vaga, y sus palabras conllevan pruebas. Todas estas cosas son trampas y maneras de crear duplicidades” (‘Son malvados, insidiosos y mentirosos (II)’ en “Desenmascarar a los anticristos”).

Dios nos dice que los anticristos nunca hablan directamente y que sus palabras resultan ambiguas y confusas a los demás, que siempre tantean el terreno tratando de enredar a otros para lograr sus objetivos personales sin asumir ninguna responsabilidad. Es como cuando Satanás le dijo a Eva que no necesariamente moriría si comía aquel fruto. Las palabras de Satanás estaban plagadas de pruebas y tentación y no revelaban directamente sus objetivos, sino que hicieron que otros pecaran sin que él fuera responsable. Tal como ha manifestado Dios, “Hoy en día, todo el mundo tiene en su interior el carácter de Satanás, todos los humanos tienen en ellos los venenos de Satanás que ponen a Dios a prueba y seducen al hombre. En ocasiones, cuando las personas hablan lo hacen en los tonos de Satanás con el propósito de tentar y seducir. Los pensamientos y las ideas que llenan a las personas rebosan de los venenos de Satanás, los propios modos que tienen son cosa de Satanás y, en ocasiones, tan solo un guiño o un gesto huelen a tentación y seducción” (‘Los que han perdido la obra del Espíritu Santo corren mayor riesgo’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Yo era igual: siempre hablaba con rodeos, acechaba y tentaba con mis viles motivaciones. Cuando la supervisora comentó que ese nuevo creyente, respecto al cual yo tenía ciertas ideas, iba a otras reuniones, no quería dedicar tiempo y energía a sustentarlo, y sí aprovechar la ocasión para deshacerme de él, pero no que la supervisora supiera que lo había delimitado y rechazado. Para conservar mi imagen de responsable y cariñosa con los nuevos fieles, le sugerí astutamente que pensáramos en sus sentimientos e hiciéramos lo que él quisiera, en un intento por que ella propusiera su cesión a esas reuniones y yo pudiera lograr mis propósitos. Hablaba tal como lo describe Dios: “Si se registran sus palabras, se descubrirá que ninguna de ellas revela sus puntos de vista o actitudes sobre el asunto. Todas contienen trampas, pruebas y tentaciones ocultas. ¿Qué carácter es este? (Malvado). Muy malvado” (‘Son malvados, insidiosos y mentirosos (II)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). En esas situaciones no salía ni una palabra honesta de mi boca, pero sí salían directamente todas esas cosas engañosas. Vi que realmente era de naturaleza malvada. Prefería dar rodeos y que no descubrieran mi verdadero rostro. Me parecía estúpido decir directamente ciertas cosas, me estaría pegando un tiro en el pie y solo un idiota lo haría. Confundía astucia con inteligencia y creía ser hábil, tener sentido común y estar siempre un paso por delante, así que no se resentirían mis intereses personales. Hice de la astucia mi principio personal de vida e ignoraba totalmente lo que nos indica Dios acerca de ser honestos y transparentes de palabra y obra. Creía que estaría en desventaja. Era excesivamente astuta y veía las cosas de una manera retorcida; consideraba mías personales las normas satánicas de vida, siempre escurridiza y dispuesta a engañar y jugar con la gente. Al comprenderlo, sentí algo de miedo por lo astuta y malvada que era. Vi que Satanás me había corrompido de verdad y que yo no tenía semejanza humana. Recordé una vez que me gustó mucho un bolso de marca que se compró mi tía. Como no quería gastarme todo ese dinero en uno y me daba vergüenza pedírselo, con dulzura muy fingida, le dije: “Mira este bolso que ni siquiera usas, ¡vaya derroche! Si ya tienes bolsos de esa marca, ¿por qué te compraste este?”. Adopté este tono con mi tía para que pensara que me preocupaba y que no quería que derrochara el dinero, pero lo que realmente quería decir era que ella no usaba ese bolso, por lo que lo estaba desaprovechando. Su respuesta fue: “Me lo compré porque se veía muy bien y estaba de oferta. Me gustan los bolsos de esa marca, pero puedes quedarte con este”. Con unas pocas palabras logré que me diera ese bolso. Siempre era así. No decía directamente lo que quería, pero lograba que los demás lo dedujeran y luego me lo daban. Al recordar todo aquello, no sabía cómo podía ser tan astuta. En realidad, ojalá pudiera retroceder en el tiempo y no haber dicho jamás cosas tan indignantes. En ese momento me percaté de que la forma de hablar y actuar de los anticristos y su carácter malvado, descritos por Dios, yo los tenía con creces. Había sido así todos esos años. A veces, sin pensármelo mucho, me salía de la boca algo astuto. Efectivamente, tenía el carácter malvado de los anticristos. Sería peligrosísimo si no lo abordaba y transformaba.

Leí otro pasaje de las palabras de Dios. “Que Dios les pida a las personas que sean honestas demuestra que verdaderamente aborrece a los astutos, y que no le gustan las personas astutas. La aversión de Dios a las personas astutas es una aversión a su manera de hacer las cosas, a su carácter, a sus motivos y a sus métodos de engaño; a Dios le disgustan todas estas cosas. Si las personas astutas son capaces de aceptar la verdad, reconocen sus actitudes astutas y están dispuestas a aceptar la salvación de Dios, entonces también tienen la esperanza de ser salvadas, porque Dios trata a todas las personas por igual, y la verdad trata a todas las personas por igual. Por eso, si queremos llegar a ser aquellos que son amados por Dios, lo primero que debemos hacer es cambiar los principios de nuestro ser: No podemos seguir viviendo de acuerdo con las filosofías de Satanás, no podemos seguir valiéndonos de la mentira y el engaño, debemos dejar atrás todas las mentiras y convertirnos en honestos, y de este modo cambiará la visión que Dios tiene de nosotros. Antes, la gente siempre se basaba en la mentira, la pretensión y el engaño para vivir entre la gente, y utilizaba las filosofías satánicas como la base existencial, la vida y el fundamento por el que se conducían. Esto era algo que Dios despreciaba. Entre los incrédulos, si hablas con franqueza, dices la verdad y eres una persona honesta, serás calumniado, juzgado y rechazado, así que sigues las tendencias mundanas, vives conforme a las filosofías satánicas, te vuelves cada vez más hábil para mentir y más astuto. También aprendes a utilizar medios infames para lograr tus objetivos y protegerte. Te vuelves cada vez más próspero en el mundo de Satanás, y como resultado, te hundes cada vez más en el pecado hasta que no puedes salir de él. Las cosas son precisamente lo contrario en la casa de Dios. Cuanto más mientas y más trucos hagas, más se cansará de ti el pueblo escogido de Dios y te rechazará. Si te niegas a arrepentirte y sigues aferrándote a las filosofías y a la lógica satánicas, y utilizas conspiraciones y esquemas elaborados para disfrazarte y montar una fachada, entonces es muy probable que seas revelado y descartado. Esto es porque Dios odia a la gente astuta, solo la gente honesta puede prosperar en la casa de Dios, y la gente astuta acabará siendo rechazada y descartada. Todo esto está preordenado por Dios. Solo la gente honesta puede formar parte del reino de los cielos, así que si no tratas de ser una persona honesta, y si no experimentas y practicas en la dirección de buscar la verdad, si no expones tu propia fealdad, y no muestras tu verdadera cara, entonces nunca podrás recibir la obra del Espíritu Santo y obtener la aprobación de Dios” (‘La práctica verdaderamente fundamental de ser una persona honesta’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Las palabras de Dios me enseñaron que a Dios le agradan los honestos y le repugnan los astutos. Los honestos son los únicos que pueden recibir Su salvación, mientras que a los astutos los revelará y descartará. En mis años de fe he visto que, de aquellos a quienes echaban de la iglesia, unos siempre salían del paso y eran deshonestos en el deber, y otros siempre fingían para conservar su reputación y estatus, siempre se enaltecían y daban testimonio de sí mismos. Eran retorcidos y astutos a fin de lograr sus objetivos y había quienes se dejaban engañar momentáneamente por ellos, pero Dios lo ve todo, así que disponía situaciones para revelarlos. Cuando yo promovía y regaba a nuevos creyentes, buscaba todo tipo de excusas para jugar con la gente y engañarla, para encubrir mi corrupción y mis faltas, y no buscaba transformarme, lo que conllevaba cada vez más transgresiones. Eso solamente podría acarrear que Dios me descartara. Y al observar a los hermanos y hermanas sencillos y honestos, había muchas cosas que no entendían en el deber y tenían fallos, pero no jugaban con la gente para quitarse la responsabilidad y preservar el estatus ni pensaban en cómo afectarían las cosas a sus intereses. Pensaban en aprender la verdad y los principios para cumplir bien con el deber, con lo que recibían el esclarecimiento y la guía de Dios. Puede que tuvieran una aptitud normal y hasta fueran algo ignorantes, o que tuvieran problemas en el deber, pero, de todos modos, Dios los guiaba y ayudaba a aprender poco a poco los principios de la verdad, a conocer Su dirección y a crecer en la vida día a día. Luego me di cuenta de que no es malo ser honesta y que la gente me vea como soy. Puede dar un poco de vergüenza en el momento, pero me sentiría bien por ello y a Dios le agrada. Además, los hermanos y hermanas nunca me desprecian cuando me sincero de verdad sobre mis problemas. Me ayudan con ellos y me guían para que entre en los principios, y esa clase de práctica no me perjudica en el deber. El evangelio del reino de Dios ya se está expandiendo muy rápido y necesitamos que muchos nuevos creyentes lo difundan con nosotros. Como casi no había promovido a ningún nuevo creyente, ¿no hacía de esbirra de Satanás y obstaculizaba la obra de Dios? ¡Iba en contra de Dios! Dios dice: “Cuanto más mientas y más trucos hagas, más se cansará de ti el pueblo escogido de Dios y te rechazará. Si te niegas a arrepentirte y sigues aferrándote a las filosofías y a la lógica satánicas, y utilizas conspiraciones y esquemas elaborados para disfrazarte y montar una fachada, entonces es muy probable que seas revelado y descartado. Esto es porque Dios odia a la gente astuta, solo la gente honesta puede prosperar en la casa de Dios, y la gente astuta acabará siendo rechazada y descartada. Todo esto está preordenado por Dios. Solo la gente honesta puede formar parte del reino de los cielos […]”. Las palabras de Dios son clarísimas. Sea cual sea la senda que uno elija, la persona que aspira a ser guarda relación directa con su resultado, su destino. Dios disponía todas estas situaciones, grandes y pequeñas, pero yo me limitaba a dar tumbos en ellas sin buscar la verdad ni hacer introspección, viviendo conforme a mi naturaleza satánica. Ni siquiera entraba en la verdad más elemental, la de ser honesta, ni transformaba mis actitudes de vida. Seguía siendo una persona astuta que pertenecía a Satanás. ¿Cómo podría salvarme así? La única senda correcta es vivir como una persona honesta.

Posteriormente no dejé de buscar la verdad, y hallé más claridad en la senda hacia la honestidad.

Las palabras de Dios dicen: “Cuando las personas engañan, ¿qué intenciones se derivan de ello? ¿Y cuál es el objetivo? Sin excepción, se trata de ganar estatus y prestigio; en pocas palabras, es por el bien de sus propios intereses. ¿Y qué subyace en la búsqueda de intereses? En que la gente considera sus intereses de mayor importancia que todo lo demás. Engaña en beneficio propio, con lo que revela su carácter engañoso. ¿De qué modo debe resolverse este problema? Primero debes renunciar a tus intereses. Conseguir que la gente renuncie a sus intereses es lo más difícil. La mayoría no busca más que el beneficio; sus intereses son su vida y hacerle renunciar a esas cosas es tanto como obligarle a renunciar a su vida. Entonces, ¿qué debes hacer tú? Deben aceptar la verdad. Solo cuando las personas comprenden la verdad pueden comprender la esencia de sus propios intereses; solo entonces pueden aprender a renunciar, a abandonar, y a ser capaces de soportar el dolor de dejar ir aquello que tanto aman. Y cuando puedas hacerlo, y abandones tus propios intereses, te sentirás más tranquilo y en paz en tu corazón, y al hacerlo prevalecerás sobre la carne. Si te aferras a tus intereses y no aceptas en lo más mínimo la verdad, si en tu corazón dices: ‘¿Qué hay de malo en buscar mis propios intereses y negarme a sufrir pérdida alguna? Si Dios no me ha castigado, ¿qué va a hacerme la gente?’, entonces nadie te hará nada. Pero si esta es tu fe en Dios, al final no obtendrás la verdad y la vida, lo que será una gran pérdida para ti; no podrás ser salvado. ¿Acaso existe algún remordimiento mayor? Esto es lo que en última instancia resulta de buscar tus propios intereses. Si las personas sólo buscan el estatus y el prestigio, si sólo persiguen sus propios intereses, entonces nunca obtendrán la verdad y la vida, y al final serán ellos los que sufran la pérdida. Dios salva a los que buscan la verdad. Si no aceptas la verdad, y si eres incapaz de reflexionar y conocer tu propio carácter corrupto, entonces no te arrepentirás realmente y no tendrás entrada en la vida. Aceptar la verdad y conocerte a ti mismo es la senda para el crecimiento en tu vida y para la salvación, supone la oportunidad de presentarte ante Dios para aceptar Su escrutinio y aceptar el juicio y castigo de Dios y ganar la vida y la verdad. Si renuncias a buscar la verdad en aras de la búsqueda del estatus y el prestigio y de tus propios intereses, esto equivale a renunciar a la oportunidad de recibir el juicio y castigo de Dios y alcanzar la salvación. Eliges el estatus y el prestigio y tus propios intereses, pero a lo que renuncias es a la verdad, y lo que pierdes es la vida y la oportunidad de ser salvado. ¿Qué significa más? Si eliges tus propios intereses y abandonas la verdad, ¿acaso no eres estúpido? Hablando sin rodeos, es una gran pérdida a cambio de una pequeña ventaja. El prestigio, el estatus, el dinero y los intereses son todos temporales, todos ellos son efímeros, mientras que la verdad y la vida son eternas e inmutables. Si la gente resuelve su carácter corrupto que les hace buscar el estatus y el prestigio, entonces tiene la esperanza de alcanzar la salvación. Además, la verdad que recibe la gente es eterna; ni Satanás ni nadie puede quitársela. Tú has renunciado a tus intereses, pero lo que has ganado es la verdad y la salvación; estos resultados son tuyos. Te los has ganado para ti mismo. Si la gente opta por practicar la verdad, entonces, aunque haya perdido sus intereses, va a recibir la salvación de Dios y la vida eterna. Esas personas son las más inteligentes. Si la gente se beneficia a costa de la verdad, lo que pierde es la vida y la salvación de Dios; esas personas son las más estúpidas. Lo que una persona acabe eligiendo, sean sus intereses o la verdad, esto revela a una persona más que cualquier otra cosa. Quienes aman la verdad elegirán la verdad; elegirán someterse a Dios y seguirlo. Preferirán abandonar sus intereses. Por más que tengan que sufrir, están decididos a mantenerse firmes en el testimonio para satisfacer a Dios. Esta es la principal vía para practicar la verdad y entrar en la realidad de la verdad” (‘El conocimiento del propio carácter es la base de su transformación’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”).

A menudo existen motivaciones detrás de las mentiras de la gente, pero algunas mentiras no tienen ninguna motivación ni se planean deliberadamente, sino que surgen de manera natural. ¿Qué tipo de mentiras se pueden evitar? Primero resuelve las que son fáciles de evitar, y luego busca la verdad para superar las más difíciles, las mentiras que son difíciles de reparar. Practicando de este modo, ¿no será fácil librarse de las mentiras, solucionar el problema de la mentira? Por ejemplo, sientes que estas palabras contienen motivaciones, que están manchadas, que son mentiras; eres consciente de ello mientras hablas, ¿verdad? Si lo eres, primero estate callado, ora a Dios en tu corazón y considera bien las cosas. Lleva el asunto ante Dios para incluirlo en tus oraciones y desnúdate; pon esto primero en práctica. Después de hacerlo durante un tiempo, deberías volverle a orar a Dios y buscar, pedirle que te discipline y te reproche si vuelves a mentir de nuevo; a continuación, deberías presentar tus mentiras, poco a poco, delante de tus hermanos y hermanas, para que sean examinadas. De esta forma, paso a paso, tus mentiras serán cada vez menos. Hoy dices diez mentiras, mañana tal vez sean nueve, pasado mañana ocho, y después sólo serán dos o tres. Cada vez dirás más la verdad. Al ser honesto, te acercarás más a la voluntad de Dios, a Sus requisitos y Sus estándares; ¡y qué bueno será! Para practicar la honestidad, debes tener una senda y un objetivo. Primero resuelve el problema de decir mentiras. Debes conocer la esencia que hay detrás de tu forma de decir esas mentiras. Debes analizar qué motivos te impulsan a decir esas mentiras, por qué tienes tales motivaciones y cuál es su esencia. Si sigues poniendo esto en práctica, seguramente obtendrás un resultado. Un día dirás: ‘Es fácil ser honesto. ¡Ser astuto es tan agotador! No quiero volver a ser astuto nunca más. Están ocurriendo tantas cosas en mi corazón, y mi mente siempre tiene que pensar las cosas. Tengo que pensar siempre en qué decir para engañar a la gente, para ir de farol, tengo que pensar continuamente en estas cosas; mis palabras no pueden ser demasiado desenfadadas, pero tampoco pueden ser demasiado solemnes, y soy incapaz de soportar esta presión en mi corazón; no quiero vivir así nunca más, ¡es demasiado agotador!’. En ese momento, tendrás esperanza de ser verdaderamente honesto, y esto demuestra que has empezado a progresar hacia la honestidad. Es un gran paso adelante. Por supuesto, habrá algunas personas entre vosotros que, al principio, tras decir palabras honestas y exponeros, sentiréis: ‘Ha sido mortificante, tenía el rostro rojo, ¡ha sido tan incómodo!’. Cuando te encuentras con otros, piensas para tus adentros: ‘Los demás se enteran de las cosas secretas que he hecho y de las mentiras que he dicho para engañarlos. ¡Qué vergüenza! Antes pensaba que estaba bien y que daba una buena impresión a la gente, pero ahora que me he analizado y expuesto, nadie me considera bueno. ¿Qué hago?’. Tienes que orar sobre esto delante de Dios, y decirle: ‘Dios, quiero ser honesto. Hoy estoy poniéndolo en práctica. Te ruego que me permitas entrar a mayor profundidad, te suplico que me permitas dejar a un lado mi orgullo y que no me gobiernen ni limiten estas motivaciones astutas. Quiero vivir en la luz, no quiero vivir bajo el campo de acción de Satanás ni que él me limite; no quiero que el carácter satánico corrupto me ate, me controle ni me obligue, ni que me perjudique’. Cuando oras de esta forma, habrá mucha más luminosidad en tu corazón y te dirás: ‘Es bueno poner esto en práctica. Hoy he puesto la verdad en práctica. Siento que sólo ahora estoy viviendo como una persona real’. Y, conforme oras así, ¿no te ha esclarecido Dios? Él ha empezado a obrar en tu corazón, te ha tocado, ha permitido que comprendas cómo es sentirse una persona real. Así es como debe ponerse en práctica la verdad. Al principio no tienes ninguna senda, pero a través de la búsqueda de la verdad encuentras una. Cuando la gente empieza a buscar la verdad, no necesariamente tiene fe. No tener una senda es duro para la gente, pero una vez que entienden la verdad y tienen una senda que practicar, sus corazones encuentran gozo. Si son capaces de practicar la verdad y actuar de acuerdo con los principios, sus corazones encontrarán consuelo, y obtendrán liberación y libertad” (‘La práctica verdaderamente fundamental de ser una persona honesta’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”).

Tras leer las palabras de Dios, descubrí que, para ser honestos, primero debemos renunciar a los intereses personales. Eso es muy importante. El objetivo de mentir es proteger tus intereses y alcanzar tus propósitos, y cuando la gente va en pos de algo así controlada por su carácter satánico, miente y juega con otras personas. Por eso es crucial renunciar a los intereses personales, lo que hace más fácil corregir la astucia. También es importante hacer introspección a menudo y practicar conscientemente a decir la verdad y ser honesto para que Dios pueda examinar cada palabra y obra nuestra. Cuando queramos ser astutos de palabra y obra, debemos preguntarnos qué tratamos de lograr, y si es algo astuto o malvado lo que se manifiesta, tenemos que orar a Dios, retroceder inmediatamente, aprender a abrirnos a los demás para revelar nuestras ideas, perspectivas, corrupciones y faltas, y buscar la verdad para corregirlas. Es la única vía para que pueda transformarse poco a poco un carácter satánico astuto y malvado. Más adelante me sinceré con mi supervisora acerca mis opiniones sobre los nuevos fieles, admití mis motivaciones ocultas y le pedí disculpas. Me sorprendió mucho que no me despreciara, sino que debatiera conmigo algunos problemas de nuestros deberes. Me sentía muy bien después. Dejé de ser reservada y me sentía muy en paz. No soy totalmente libre de mi carácter satánico astuto y malvado, pero tengo fe y voluntad para ser una persona honesta que dé gozo a Dios, para centrarme en ser honesta y aceptar Su escrutinio en cada cosa que haga en la vida.

La cita bíblica marcada (*) ha sido traducida de AKJV.

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