Libre del yugo del estatus

10 Ene 2022

Por Vladhia, Francia

El año pasado, nuestra líder, la hermana Laura, fue reemplazada por no haber hecho ninguna obra práctica. Después de conversarlo todos, me ascendieron a líder. Al instante de ser elegida, comencé a sentir una gran presión porque sabía que tendría nuevos deberes, pero al mismo tiempo, me sentí muy feliz porque mi deseo de tener estatus se había cumplido. Pensé que había sido nombrada líder de la iglesia por mi calibre y mi capacidad de obrar. Di todo para cumplir mi deber. Si no entendía algo, buscaba ayuda y estudiaba de manera proactiva. También hablaba con mis hermanos y hermanas y les compartía las palabras de Dios. Solía ir a regar a los hermanos recién unidos a la iglesia. Me gustaba cuando sonreían y me decían: “Gracias, hermana”. En esa época, no quería descansar ni siquiera un momento, quería hacer toda la obra yo sola.

Después, tuve un examen en la Universidad, por eso tuve que obrar menos. Cuando terminé el examen y volví a reunirme, noté que los hermanos y hermanas habían progresado. Hubo dos hermanas que pudieron encontrar las palabras de Dios para ayudar a los demás. Esto era algo bueno, pero me sentí frustrada. Pensé que los hermanos y hermanas ya no me necesitaban y ya no recurrirían a mí. Una vez, fui a una reunión de grupo. Los hermanos y hermanas no podían compartir demasiado antes, pero aquella vez, vi que la hermana Evelyn interactuó muy bien con todos. Fue amable y paciente y animó a los demás a conversar sobre su entendimiento de las palabras de Dios. Gracias a su estímulo y guía, todos compartieron activamente y se los veía muy unidos a ella. Al ver esto, me sentí un poco desilusionada, sentí que la hermana Evelyn podía tomar mi lugar. Comencé a sentirme en crisis. Poco tiempo después, una hermana envió un mensaje al grupo, pidiendo consejo. Preguntó: “¿Cómo debemos aquietar el corazón ante Dios?”. Cuando me preparaba para responder, la hermana Evelyn envió unos pasajes de las palabras de Dios y su propio entendimiento. Los pasajes que había encontrado eran bastante adecuados y su entendimiento muy práctico. Indicó la senda de práctica a seguir. Yo no tuve nada que agregar y me sentí bastante triste. Ese grupo era mi responsabilidad. Yo solía ser la que encontraba la palabra de Dios para ayudar a los demás. Comencé a pensar que si ella era tan proactiva a la hora de responder preguntas, ¿qué pensarían todos de mí? ¿Que su líder no podía resolver sus dudas y no era capaz como Evelyn? Si ella siempre mostraba tanto entusiasmo para ayudarlos, ¿creerían que yo era una inútil como líder? Lo pensé una y otra vez y comencé a envidiarla. Incluso pensé: “Tengo que esforzarme más que tú. No puedo dejarte ganar”. Pero después, comencé a equivocarme todo el tiempo. Me equivocaba en las tareas más sencillas. Una vez, quise enviar un mensaje a otro líder y a los diáconos para recordarles el horario de un encuentro. Pero, sin querer, lo envié al grupo de nuevos fieles. Me di cuenta de que lo había enviado al grupo equivocado cuando me llamó una hermana. Fue una situación muy incómoda y borré el mensaje de inmediato. No fue para tanto, pero igual me sentí mal al respecto. Entonces, pensé: “¿Cómo puedo confundir el grupo de nuevos fieles con el de los líderes?”. Me sentí muy inútil, como que no podía hacer nada bien. Y tenía exámenes en la Universidad, así que no podía dedicarme por completo a mis deberes. Me dije a mí misma: “Se acabó. Deberán modificar mi rol. Me van a reemplazar por la hermana Evelyn”. Entonces, me sentí muy mal, cumplía mis deberes mecánicamente, no tenía ganas de hacer nada. Sentía que los encuentros se me hacían largos y a veces me ponía a mirar publicaciones de Facebook. Incluso empecé a ver unos videos graciosos que no aportaban nada a mi vida. Antes solía prepararme para los encuentros, reflexionaba cuidadosamente sobre las palabras de Dios, pensando en los problemas sin resolver de mis hermanos y hermanas y en cómo debía compartir con ellos. Pero dejé de asumir esa carga y de reflexionar sobre las palabras de Dios. Una vez, antes de un encuentro nocturno, fui a comprar ropa. Llegué a casa unos minutos antes de que comenzara el encuentro. Por la mañana, no leía las palabras de Dios atentamente y no las enviaba a los grupos para que los demás reflexionaran sobre ellas. En esa época, sentía que mi corazón estaba lejos de Dios. Así que oré a Dios. Le dije: “Dios Todopoderoso, sé que me he alejado de Ti. Y sé que mi actitud en relación a mi deber no ha sido buena. Quiero arrepentirme, pero mi corazón es muy débil. Espero que Tú me ayudes”.

Leí algunas palabras de Dios que me sirvieron mucho. Dios dice: “En el fondo, la gente alberga algunos estados adversos: negatividad, debilidad, depresión o fragilidad, una intención vil persistente o la constante esclavitud de preocuparse por el prestigio, por los deseos egoístas y por su propio beneficio; o bien se cree de bajo calibre y tiene ciertos estados negativos. Cuando vives continuamente en estos estados, es muy difícil que recibas la obra del Espíritu Santo. Si te resulta difícil recibir la obra del Espíritu Santo, tendrás muy pocas cosas positivas dentro de ti y te costará recibir la verdad” (‘Entrega tu verdadero corazón a Dios y podrás obtener la verdad’ en “Registro de las charlas de Cristo de los últimos días”). Leer ese pasaje realmente me conmovió. Dios expuso mis problemas a la perfección. Estaba viviendo en la negatividad, sin poder cumplir mi deber porque pensaba que otra persona ocuparía mi puesto. Temí que mi estatus se viera amenazado, lo cual me hacía sentir débil y me distanciaba de Dios y de mis hermanos y hermanas.

Vi otro pasaje de las palabras de Dios en “Solo si se corrigen las propias nociones es posible tomar el buen camino de la fe en Dios (3)”. Dios dice: “La gente habrá pasado por muchos estados antes de que Dios la juzgue y la castigue. Por ejemplo, hay un estado negativo que se ve a menudo en las personas: son negativas cuando los demás cumplen sus deberes de manera más productiva que ellas; son negativas cuando las familias de los demás están más unidas que las suyas; son negativas cuando la situación de los demás es mejor que las suya, o son de mayor calibre; y son negativas cuando se les hace despertar un poco antes, cuando sus deberes son agotadores, e incluso cuando no lo son. Pase lo que pase, son negativas. […] La negatividad significa que existe un problema en las personas: no pueden aceptar la verdad, y están constantemente insatisfechas con todo lo que Dios hace; además, no buscan en lo más mínimo la verdad ni la ponen en práctica. ¿Por qué seguiría Dios respondiendo a tales personas? ¿Acaso no hacen oídos sordos a la razón? ¿Cuál es la actitud de Dios hacia los que hacen oídos sordos a la razón? Los aparta y los ignora. Puedes actuar como quieras, y puedes creer si lo deseas; si crees y buscas, puede que obtengas. Dios trata a todas las personas de manera justa. Si tu actitud es la de no aceptar la verdad, si no es de sumisión y no te ajustas a los requerimientos de Dios, entonces cree lo que quieras; también, si prefieres irte, puedes hacerlo de inmediato. Si no quieres cumplir con tu deber, entonces, hagas lo que hagas, no montes una escena vergonzosa ni te des aires, sino que vete enseguida donde quieras. Dios no insta a estas personas a quedarse. Esa es Su actitud. Si tú, que eres claramente un ser creado, no deseas actuar como tal, y en cambio siempre quieres ser un arcángel, entonces ¿puede Dios prestarte atención? Si tú, que eres claramente una persona corriente, siempre deseas un trato especial y preferencial, y ser una persona de estatus y posición que sobresale por encima de los demás en todas las cosas, entonces estás siendo irracional y careces de sentido. ¿Cómo ve Dios a las personas que carecen de sentido común? ¿Cuál es Su evaluación de ellas? ¡Tales personas hacen oídos sordos a la razón!” (“Registro de las charlas de Cristo de los últimos días”). Dios reveló que la fuente de mi negatividad y debilidad era que me importaba demasiado mi rol de líder. Temía perderlo. Me gustaba más el estatus que cumplir mi deber. Todo lo que hacía era para mantener mi estatus de líder. Y entonces, recordé cuando asumí ese rol. Me esforzaba por cumplir mi deber al punto de no descansar ni un momento. Temía hacerlo mal y que me reemplazaran. Cuando vi los avances logrados por dos de mis hermanas, debí sentirme feliz. Pero me preocupaba que los demás ya no me necesitaran, que mi rol de líder no significara nada y que ya nadie me admirara. Y, al ver lo bien que le estaba yendo a la hermana Evelyn, que podía responder las preguntas de los demás y todos estaban muy unidos a ella, temí no poder mantener mi estatus, y me sentí negativa hasta el punto de cumplir mi deber mecánicamente. Dios dice que estas personas son irracionales. Él las ignora, y les cuesta lograr la obra del Espíritu Santo. Sentí miedo porque me di cuenta de que estaba en ese estado peligroso. Dios también dice que a Él no le gustan los pesimistas, porque no pueden aceptar la verdad. Viven con intenciones erróneas y no pueden revertirlas ni abandonarlas Si alguien vive siempre en semejante estado de negatividad, con el tiempo se lo deja de lado y se lo elimina. Yo también me di cuenta de eso. Así que recurrí a Dios y me confesé y oré para arrepentirme. Le dije: “Dios, sé que estoy equivocada. Espero que Tú puedas ayudarme a entenderme y que me quites esta negatividad”.

Durante un encuentro, una hermana leyó unas palabras de Dios, que me hicieron entender por qué perseguimos la fama, las ganancias y el estatus. En el cuarto párrafo de “Dios mismo, el único VI” Dios dice: “¿Qué usa Satanás para mantener al hombre firmemente bajo su control? (La fama y la ganancia). De modo que Satanás usa fama y ganancia para controlar los pensamientos del hombre hasta que todas las personas solo puedan pensar en ellas. Por la fama y la ganancia luchan, sufren dificultades, soportan humillación, y sacrifican todo lo que tienen, y harán cualquier juicio o decisión en nombre de la fama y la ganancia. De esta forma, Satanás ata a las personas con cadenas invisibles y no tienen la fuerza ni el valor de deshacerse de ellas. Sin saberlo, llevan estas cadenas y siempre avanzan con gran dificultad. En aras de esta fama y ganancia, la humanidad evita a Dios y le traiciona, y se vuelve más y más perversa. De esta forma, entonces, se destruye una generación tras otra en medio de la fama y la ganancia de Satanás. Consideremos ahora las acciones de Satanás, ¿no son sus siniestros motivos completamente detestables? Tal vez hoy no podáis calar todavía sus motivos siniestros, porque pensáis que uno no puede vivir sin fama y ganancia. Creéis que, si las personas dejan atrás la fama y la ganancia, ya no serán capaces de ver el camino que tienen por delante ni sus metas, que su futuro se volverá oscuro, tenue y sombrío. Sin embargo, poco a poco, todos reconoceréis un día que la fama y la ganancia son grilletes monstruosos que Satanás usa para atar al hombre. Cuando llegue ese día, te resistirás por completo al control de Satanás y a los grilletes que Satanás usa para atarte. Cuando llegue el momento en que desees deshacerte de todas las cosas que Satanás ha inculcado en ti, romperás definitivamente con Satanás y detestarás verdaderamente todo lo que él te ha traído. Sólo entonces la humanidad sentirá verdadero amor y anhelo por Dios” (“La Palabra manifestada en carne”). Después de leer las palabras de Dios, me di cuenta de que Satanás usa la fama, las ganancias y el estatus para corromper al hombre. Es el yugo invisible que usa para atrapar a la gente. Desde niña estuve atrapada por el yugo de la fama, las ganancias y el estatus. Cuando estaba en la escuela, para lograr la admiración de los demás y convertirme en líder de la clase, estudiaba mucho, por miedo a que mis compañeros me superaran. Cuando comencé a creer en Dios y me convertí en líder, me esforcé mucho para cumplir mi deber para mantener mi estatus y no ser reemplazada. Me sentía celosa de los hermanos y hermanas que eran mejores que yo. Me preocupaba que me superaran y que otros pensaran que no tenía estatus. ¿Y lo más triste? Cuando noté que no era tan irremplazable como creía, para los hermanos, como mi deseo de estatus estaba insatisfecho, cumplía mi deber mecánicamente, porque no había logrado lo que quería. Me di cuenta de que, para mí, los requisitos de Dios, mi deber y responsabilidades y la vida de la iglesia no eran importantes. Lo único que hacía era satisfacer mi deseo de estatus, no tenía reverencia a Dios. Al mismo tiempo, vi que Satanás quiere que persigamos la fama, las ganancias y el estatus. Quiere que nos enfrenemos unos a otros para lograrlo y que abandonemos las exigencias de Dios, que lo traicionemos. Este es el ardid de Satanás. Cuando me di cuenta de eso, comencé a detestarme a mí misma. Quería librarme de la búsqueda de fama, ganancias y estatus para poder ponerme ante Dios. Luego, oí el himno llamado “Sólo soy un pequeño ser creado” y me conmovió mucho. “¡Oh, Dios! Tenga estatus o no, ahora me entiendo a mí mismo. Si mi estatus es alto, se debe a Tu elevación; y si es bajo, se debe a Tu ordenación. Todo está en Tus manos. No tengo ninguna elección ni ninguna queja. Tú ordenaste que yo naciera en este país y entre esta gente, y lo único que debería hacer es ser absolutamente obediente bajo Tu dominio, porque todo está incluido en lo que Tú has ordenado. No pienso en el estatus; después de todo, solo soy una criatura. Si Tú me colocas en el abismo sin fondo, en el lago de fuego y azufre, no soy más que una criatura. Si Tú me usas, soy una criatura. Si Tú me perfeccionas, sigo siendo una criatura. Si Tú no me perfeccionas, te seguiré amando, pues no soy más que una criatura. No soy más que una criatura minúscula, creada por el Señor de la creación, tan solo una de entre todos los seres humanos creados. Fuiste Tú quien me creó, y ahora me has vuelto a colocar en Tus manos, para hacer conmigo Tu voluntad. Estoy dispuesto a ser Tu herramienta y Tu contraste, porque todo es lo que Tú has ordenado. Nadie puede cambiarlo. Todas las cosas y todos los acontecimientos están en Tus manos” (“Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Entonces, entendí que no importa el deber que realizara hoy en la casa de Dios, es Su ordenación y Su elevación. Más allá del estatus, yo, como ser creado, debería cumplir mi deber honestamente. Es la única forma sensata. Asimismo, vi que en la casa de Dios, no hay estatus alto y bajo, solo importa cumplir el deber. Cuando me di cuenta de esto, me sentí liberada. Más allá de mi estatus en el futuro, haré lo posible por cumplir mi deber y complacer a Dios.

Después, vi dos pasajes de las palabras de Dios que me marcaron mucho. Dios dice: “La cooperación entre hermanos y hermanas es, en sí misma, un proceso de compensación de los puntos débiles de uno con los puntos fuertes de otro. Tú compensas las deficiencias de otros con tus puntos fuertes y viceversa. Esto es lo que significa compensar los puntos débiles de uno con los fuertes de otros y cooperar en armonía. Solo cuando la gente coopera en armonía es posible que Dios la bendiga y, cuanto más experimenta uno esto, más sentido de la práctica posee, la senda se ilumina aún más y está más tranquilo que nunca” (‘La coordinación armoniosa’ en “Registro de las charlas de Cristo de los últimos días”). “Las funciones no son las mismas. Hay un cuerpo. Cada cual cumple con su obligación, cada uno en su lugar y haciendo su mejor esfuerzo, por cada chispa hay un destello de luz, y buscando la madurez en la vida. Así estaré satisfecho” (‘Capítulo 21’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Cuando leí estos dos pasajes, entendí las intenciones de Dios. Dios espera que al cumplir nuestro deber, aprendamos de los demás y compensemos las debilidades. Deberíamos hacer lo posible, sea la posición que tengamos, y trabajar juntos en armonía para cumplir nuestro deber. Tras entender Sus intenciones, oré a Dios. Comencé a aprender a abandonar mi estatus y a dejar de pensar si alguien me reemplazaría. También aprendí a poner el corazón en todo lo que hago y a pensar en cómo cumplir bien mi deber. En los encuentros, era proactiva al compartir con los demás. Cuando ellos compartían, reflexionaba sus palabras cuidadosamente y apuntaba cualquier cosa que me iluminara. Me di cuenta de que podía aprender mucho de los hermanos y hermanas. Poco a poco, tuve menos celos de los hermanos que progresaban más rápido que yo o que tenían un mejor calibre. También logré ser humilde y aprender de los demás. Luego de practicar así un tiempo, me sentí en paz y tranquila. Más cerca de Dios. También le agradezco a Dios por usar Sus palabras para juzgarme y exponerme. Él me ayudó a comenzar a entender mi carácter corrupto. ¡Gracias a Dios por Su amor y por salvarme!

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