Aprender de las críticas

31 Ene 2022

Por Song Yu, Países Bajos

En mayo de 2021, una hermana me informó que la hermana Lu le había dicho que al menos tres líderes de la iglesia eran falsos líderes que no hacían un trabajo práctico y que los hermanos y hermanas no sabían discernir a estos falsos líderes. Tras escucharla, pensé para mí que la hermana Lu era demasiado arrogante. Si estos tres líderes de la iglesia eran realmente tanto problema, ¿no los habrían relevado hace mucho? A sus espaldas, la hermana Lu afirmaba que estos tres líderes de la iglesia eran falsos líderes. Con ello, ¿no estaba juzgando a los líderes? Empecé a tener una opinión determinada de la hermana Lu. Pensaba que a lo mejor no tenía una buena humanidad. Posteriormente fui a enterarme de la conducta y la humanidad habituales de la hermana Lu y de si le gustaba señalar los problemas de los líderes y obreros a sus espaldas. Cuando me puse a investigarlo, me enteré de que, entre los hermanos y hermanas, la hermana Lu había dicho que un líder concreto carecía de discernimiento y no hacía un trabajo práctico. Esto me hizo sospechar aún con más intensidad que la hermana Lu tenía malas intenciones y quería ser líder, por lo que siempre criticaba a los líderes delante de los hermanos y hermanas y difundía prejuicios hacia los líderes para interrumpir el orden de la iglesia e impedir trabajar a los líderes y obreros. Si la hermana Lu realmente quería proteger el trabajo de la iglesia, al ver que en ella había falsos líderes debería haber informado a sus superiores, tras lo cual estos investigarían y constatarían la situación, pedirían opinión a otros creyentes y, si descubrían que de verdad había un falso líder, podrían ocuparse de ello de forma adecuada. Sin embargo, la hermana Lu no informó de la situación a sus líderes superiores. En cambio, siempre hablaba de los problemas de esos líderes entre los hermanos y hermanas. Estaba juzgando a los líderes. Por ello, fui a hablar con la hermana Lu. Le dije: “Si has descubierto que hay líderes y obreros con problemas, deberías informar a los de arriba, no hablar a la ligera delante de los hermanos y hermanas. Lo que estás haciendo les ocasionará prejuicios contra los líderes y se negarán a colaborar en la labor de estos. Esta conducta es destructiva para el trabajo de la iglesia y tú has hablado de los problemas de varios líderes a sus espaldas, lo que supone juzgarlos”. Le dije que reflexionara sobre sus intenciones y objetivos al comentar estas cosas y, por último, le advertí: “Si sigues juzgando a los líderes a sus espaldas de esta forma, perturbando e interrumpiedo el trabajo de la iglesia, podrías perder la oportunidad de cumplir con el deber”. Después de abordar las cosas con la hermana Lu, sentí que había cumplido con mi responsabilidad de líder y que estaba protegiendo el trabajo de la iglesia.

Inesperadamente, un día, en una reunión, un líder superior me preguntó de repente: “¿Por qué has destituido a la hermana Lu del deber? ¿Qué ha hecho mal?”. Esta repentina pregunta me confundió un poco. Pensé: “Yo no he destituido a la hermana Lu. Si la han relevado, no lo sé”. Mi líder me dijo luego que los problemas denunciados por la hermana Lu eran reales y que los líderes a los que había denunciado eran, de hecho, falsos líderes que había que relevar. Mi líder trató conmigo entonces por ser demasiado arbitraria en mi modo de abordar los asuntos con la hermana Lu. Según él, solo porque ella había denunciado los problemas de varios líderes, yo había resuelto que juzgaba arbitrariamente a los líderes y tenía mala humanidad. Mis actos equivalían a la represión y condena al pueblo escogido de Dios. No se diferenciaban de lo que hace el PCCh al generar un ambiente de “Terror Blanco”, en el que reprime y castiga a todo aquel que diga la verdad. El trato de mi líder me resultó difícil de aceptar. Por supuesto, yo no creía generar un ambiente de miedo ni quería castigar a la hermana Lu. Además, eran los líderes de la iglesia de la hermana Lu los que la habían relevado. Yo no participé directamente en nada de eso. ¿Cómo iba a igualarme eso al PCCh?

Luego no podía dejar de preguntarme por qué mi líder trató conmigo así. ¿Dónde radicaba mi problema? Recordé lo que me había comentado mi líder de que había calificado los actos de la hermana Lu como “juicios a los líderes”, tras lo cual fue reprimida y destituida. Si no la hubiera calificado así, ¿la habrían destituido tan fácilmente? Lo medité conforme reflexionaba. Pensé que, pese a no haber sido yo quien destituyera a la hermana Lu ni haberla castigado ni reprimido deliberadamente, como era líder, tras calificar su problema de “juicios arbitrarios a los líderes”, los hermanos y hermanas no podían tener buena impresión de ella, por lo que, cuando surgieron problemas en su deber, los líderes de su iglesia debieron de pensar que le gustaba juzgar a la gente, que tenía una mala humanidad y que cumplía mal con el deber, así que la destituyeron. Mi definición de ella fue lo que desencadenó los acontecimientos que condujeron a su destitución. Pero ¿en qué me basé para determinar que era culpable de “juzgar a los líderes”? Lo que hacía, ¿era realmente juzgar a la gente? Al reflexionar sobre estas preguntas, descubrí que sostenía unas opiniones falaces. Creía que había que denunciar a los líderes según un procedimiento. O aconsejas directamente a la persona en cuestión, o les planteas el problema a sus líderes superiores para que lo investiguen y se ocupen ellos. Si no, pensaba, estabas juzgando a los líderes a sus espaldas. La hermana Lu afirmó que había problemas con cuatro líderes distintos, pero no se lo había dicho a ellos ni había informado de los problemas a sus superiores. En cambio, en varias ocasiones había hablado de estos líderes a los hermanos y hermanas: que no hacían un trabajo práctico, que solo hablaban de doctrinas y que eran falsos líderes. Su conducta me pareció un juicio a los líderes, por lo que la condené en función de esta conducta sin llegar a investigar si eran reales los problemas de estos líderes de los que hablaba la hermana Lu. Si era cierto lo que alegaba la hermana Lu, esos cuatro eran unos falsos líderes entonces, ella lo hacía para delatarlos. Defendía los principios de la verdad y estaba actuando con justicia; es decir, se responsabilizaba del trabajo de la casa de Dios y lo protegía. Alguien capaz de denunciar verazmente los problemas y que se atreve a decir la verdad, sin miedo al estatus y al poder de los falsos líderes, es una buena persona en la casa de Dios, una persona que debemos cultivar. Si los problemas que denuncie no coinciden con la realidad o si acusa en falso a los líderes y obreros, está difamándolos e incriminándolos, juzgándolos arbitrariamente y perturbando el trabajo de la iglesia, y una persona así es un malhechor de mala humanidad de quien hay que ocuparse según los principios. Bien, los hechos demostraban que los líderes denunciados por la hermana Lu eran, en efecto, falsos líderes que no hacían un trabajo práctico. Todo lo que denunciaba se ajustaba a los hechos. No estaba juzgando a los líderes en absoluto. Decía la verdad y estaba delatando a unos falsos líderes. Alguien así, con sentido de la justicia, merece apoyo, no una acusación y una condena a la ligera. En aquel entonces no entendía qué implicaba delatar a los falsos líderes y juzgar al prójimo. Cuando me pasaron ciertas cosas, no busqué los principios ni temí a Dios de corazón, sino que condené arbitrariamente a una buena persona. Si mi líder no hubiera descubierto que se había destituido a la hermana Lu sin contar con los principios y no lo hubiera parado a tiempo, yo habría hecho algo malvado. Recapacitando al respecto, tuve una honda sensación de culpa, pues comprendí que estaba equivocada, así que me presenté ante Dios a orar para expresar mi disposición a aceptar Su poda y Su trato y pedirle que me guiara para conocer mi propia corrupción.

En mi tiempo de devoción, vi un pasaje de la palabra de Dios, el segundo párrafo de “La forma religiosa de servicio debe prohibirse”. “Servir a Dios no es una tarea sencilla. Aquellos cuyo carácter corrupto permanece inalterado no pueden servir nunca a Dios. Si tu carácter no ha sido juzgado ni castigado por las palabras de Dios, entonces tu carácter aún representa a Satanás, lo que prueba que sirves a Dios por tus buenas intenciones, que tu servicio está basado en tu naturaleza satánica. Tú sirves a Dios con tu temperamento natural y de acuerdo con tus preferencias personales. Es más, siempre piensas que las cosas que estás dispuesto a hacer son las que le resultan un deleite a Dios, y que las cosas que no deseas hacer son las que son odiosas para Dios; obras totalmente según tus propias preferencias. ¿Puede esto llamarse servir a Dios? En última instancia, tu carácter de vida no cambiará ni un ápice; más bien, tu servicio te volverá incluso más obstinado, haciendo así que se arraigue profundamente tu carácter corrupto, y de esta manera, desarrollarás reglas en tu interior sobre el servicio a Dios que se basan principalmente en tu propio temperamento, y experiencias derivadas de tu servicio según tu propio carácter. Estas son las experiencias y lecciones del hombre. Es la filosofía del hombre de vivir en el mundo. Personas como estas se pueden clasificar como fariseos y funcionarios religiosos. Si nunca despiertan y se arrepienten, seguramente se convertirán en los falsos Cristos y los anticristos que engañan a las personas en los últimos días. Los falsos Cristos y los anticristos de los que se habló surgirán de entre esta clase de personas. Si aquellos que sirven a Dios siguen su propio temperamento y actúan en base a su propia voluntad, corren el riesgo de ser expulsados en cualquier momento. Aquellos que aplican sus muchos años de experiencia adquirida al servicio a Dios con el fin de ganarse el corazón de los demás para sermonearlos, controlarlos, y enaltecerse a sí mismos, y que nunca se arrepienten, nunca confiesan sus pecados, nunca renuncian a los beneficios de su posición; estas personas caerán delante de Dios. Son de la misma especie que Pablo, presumen de su antigüedad y hacen alarde de sus calificaciones. Dios no traerá a este tipo de personas a la perfección. Este servicio interfiere con la obra de Dios. Las personas siempre se aferran a lo viejo. Se aferran a las nociones del pasado, a todo lo de tiempos pretéritos. Este es un gran obstáculo para su servicio. Si no puedes desecharlas, estas cosas acabarán con tu vida entera. Dios no te elogiará en lo más mínimo; ni siquiera si te rompes las piernas mientras corres o si te quiebras la espalda a causa de tu labor, ni siquiera si eres martirizado en tu servicio a Dios. Muy por el contrario: Él dirá que eres un hacedor del mal” (“La Palabra manifestada en carne”). La palabra de Dios revelaba mi estado preciso. Era líder desde hacía mucho tiempo, por lo que me creía muy experimentada, que captaba algo los principios, que había aprendido de mis experiencias, y creía saber cómo contemplar a la gente y las cosas, así como la forma de lidiar con los problemas. Paulatinamente me fui haciendo más arrogante, no llevaba a Dios en el corazón y, cuando me sucedían cosas, pensaba que, por lo general, sabía de qué iba todo, así que siempre tenía ideas propias, siempre creía tener la razón y que había que hacer las cosas de cierta forma. No oraba para buscar los principios, solo practicaba como me parecía correcto. Cuando me informaron de los problemas de la hermana Lu, no oré nada a Dios ni busqué la forma de practicar la verdad o de actuar según los principios en esta cuestión. Mi primera reacción fue que el problema era con su humanidad y que ella juzgaba a los demás, por lo que fui expresamente a averiguar si tenía una mala humanidad y si solía hablar de los problemas de los líderes y obreros cuando se relacionaba con otras personas. Cuando me enteré de que la hermana Lu también hablaba de los problemas de otro líder, la describí arbitrariamente como que “juzgaba a la gente” y “destruía la labor de la iglesia”. Según los principios, debería haberme dirigido a los implicados y haber investigado lo que decía de estos líderes, haberme enterado de si hacían un trabajo práctico y de si eran falsos líderes. Para determinar la cuestión con exactitud, debería haber confirmado si era cierto lo afirmado por la hermana Lu. Sin embargo, por mi arrogancia, mi santurronería y mi imprudente conducta, no busqué los principios en esta cuestión, no temí a Dios de corazón y la califiqué arbitrariamente a ciegas, con lo que la relevaron, reprimieron y excluyeron. Casi destruyo a una buena persona. La casa de Dios ha enfatizado reiteradamente que hemos de apoyar las denuncias de los escogidos de Dios sobre los problemas de los líderes y obreros, proteger a quienes planteen sus opiniones a sus líderes y obreros, investigar a fondo y con lucidez cuando los escogidos de Dios delaten o denuncien a los líderes y obreros y abordar las cosas con justicia según los principios. Pese a esto, dado que me controlaba mi naturaleza arrogante, etiqueté arbitrariamente a alguien, no actué según los principios, reprimí a una buena persona, protegí y toleré a unos falsos líderes y vulneré completamente la organización del trabajo de la casa de Dios. Los falsos líderes no hacían un trabajo práctico y perjudicaban la labor de la iglesia, pero en vez de ocuparme de ellos, condené a la persona que informó del problema. ¿Eso no me convirtió en escudo protector de esos falsos líderes? Participaba de la maldad de esos falsos líderes. Me volví cómplice de Satanás. Al recordar estas cosas, comprendí que cumplía con el deber en función de mi carácter arrogante, lo que suponía hacer el mal y oponerme a Dios. De continuar así, Dios me despreciaría y rechazaría. Esta cuestión me sirve de advertencia. En un futuro no debo fiarme tan fácilmente de mí misma. He de buscar más la verdad y hacer las cosas según los principios para ser conforme a la voluntad de Dios.

Reflexionando, recordé que mi líder había dicho que estaba generando un ambiente de “Terror Blanco” como el PCCh, y cuanto más lo pensaba, más correcto me parecía. Tras acusar a la hermana Lu de juzgar a la gente, le dije que no hablara a la ligera de su insatisfacción con los líderes y obreros y le advertí que podría no conservar su deber si seguía así. ¿En qué se diferenciaba mi conducta de la del gran dragón rojo? En China no hay libertad de expresión y no se le permite al pueblo hablar de los funcionarios. En cuanto alguien lo hace, es antipartido, lo detienen y someten a toda clase de métodos y torturas para que se pliegue y no se atreva a hablar de nuevo. A quien se atreva a denunciar al partido lo condenan a prisión por “subversión del poder del Estado”. En el país del gran dragón rojo no se permite informar de ningún desastre ni de noticias desfavorables al PCCh, y quien lo haga comete “filtración de secretos de Estado”, lo detienen y lo condenan. Si alguna vez los funcionarios cometen negligencia o abandono del deber, al pueblo no se le permite denunciarlos ni comentarlo. Si alguien publica comentarios en internet, en los mejores casos, la policía le advierte y amenaza; en los peores, se le acusa directamente de un delito, se le castiga o se le condena. Todo se hace para silenciar al pueblo y que este tenga miedo a decir la verdad. Si estás enfadado, te lo tienes que tragar. El pueblo vive acobardado y asustado y pierde su libertad de expresión. Al pensar en lo que hice, fue justamente generar un ambiente de “Terror Blanco” como el PCCh. Si alguien hablaba mal de los líderes, yo lo acusaba arbitrariamente de juzgarlos para silenciarlo y generar un ambiente de miedo, así que los escogidos de Dios vivían acobardados y asustados y ya no se atrevían a delatar y denunciar a los falsos líderes por temor a que los líderes les complicaran la vida. La hermana Lu había delatado y denunciado a unos falsos líderes, pero yo la reprimí y condené. Si algún día se daban problemas o anomalías en mi deber, pero, en vez de denunciarme a mis superiores, los hermanos y hermanas lo hablaban y me denunciaban entre ellos y yo me enteraba, ¿resolvería que me estarían juzgando y los castigaría, o llegaría a eliminarlos y expulsarlos? Dada mi naturaleza, seguro que era capaz de ello. Si no me arrepentía y continuaba por la misma senda, me volvería un anticristo, ofendería el carácter de Dios y Él me eliminaría. Después de reflexionar sobre estas cosas, tenía miedo por lo que había hecho. Había ejercido de líder más de dos años. Nunca quise reprimir ni castigar a los escogidos de Dios, pero era igualmente capaz de condenar arbitrariamente a mis hermanos y hermanas. De hecho, ya había reprimido a alguien. Ya había hecho algo malvado. Con profundo remordimiento, me presenté ante Dios a orar para decirle que quería arrepentirme sinceramente y que, en lo sucesivo, cuando me ocurriera algo, quería temerlo a Él de corazón, buscar más la verdad y actuar según los principios.

Con esta poda y este trato también comprendí que tenía unas opiniones equivocadas. Pensaba que, cuando se elige a alguien como líder, esta persona es mejor que los hermanos y las hermanas normales de la iglesia, que tiene derecho a hablar y que, por trabajar para la iglesia, el pueblo escogido de Dios está obligado a apoyarlo. Aunque descubras un problema, no debes hablarlo a la ligera con otros hermanos y hermanas. Luego leí un pasaje de la palabra de Dios que me cambió de idea y me enseñó el papel y el propósito de los líderes y obreros en la iglesia. Dios dice: “Cuando alguien es elegido líder por los hermanos y hermanas, o la casa de Dios lo promueve para que lleve a cabo determinado trabajo o deber, esto no significa que tenga un estatus o una identidad especiales, que las verdades que comprenda sean más profundas y más numerosas que las de otras personas, y ni mucho menos que esta persona sea capaz de someterse a Dios y no traicionarlo. Tampoco significa que conozca a Dios y que sea una persona temerosa de Él. De hecho, no ha logrado nada de esto; la promoción y el cultivo son solamente promoción y cultivo en sentido estricto. Su promoción y cultivo simplemente significan que ha sido promovida y está a la espera de ser cultivada. El resultado final de este cultivo depende de la senda por la que vaya la persona y de lo que busque. Por lo tanto, cuando en la iglesia alguien es promovido y cultivado para que sea líder, solo se le promueve y cultiva en sentido directo; no quiere decir que ya sea un líder capacitado o competente, que ya sea capaz de asumir la labor de un líder y hacer un trabajo real; eso no es así. Cuando alguien es promovido y cultivado para que sea líder, ¿es poseedor de la realidad de la verdad? ¿Entiende los principios de la verdad? ¿Puede esta persona llevar a buen puerto la organización del trabajo de la casa de Dios? ¿Tiene sentido de la responsabilidad? ¿Tiene compromiso? ¿Es capaz de someterse a Dios? Ante un problema, ¿es capaz de buscar la verdad? No se sabe. ¿Tiene la persona un corazón temeroso de Dios? ¿Y cuánto lo teme? ¿Es susceptible de seguir su propia voluntad al hacer las cosas? ¿Es capaz de buscar a Dios? Durante el período en que lleva a cabo el trabajo de líder, ¿se presenta ante Dios de manera regular y frecuente para buscar Su voluntad? ¿Sabe guiar a la gente para entrar en la realidad de la verdad? Todo esto y mucho más está a la espera de ser cultivado y descubierto; todo ello se desconoce. Promover y cultivar a alguien no quiere decir que ya entienda la verdad ni que ya sepa cumplir satisfactoriamente con el deber. Entonces, ¿qué objetivo y trascendencia tiene promover y cultivar a alguien? El que dicha persona, como individuo, sea promovida para formarla, para regarla e instruirla de manera especial, lo que la capacitará para comprender los principios de la verdad y los principios para hacer distintas cosas, así como los principios, medios y métodos de resolución de diversos problemas. También la capacitará, ante diversos ambientes y personas, para manejarse y resolverlos según la voluntad de Dios y de una manera que preserve los intereses de la casa de Dios. ¿Indica esto que el talento promovido y cultivado por la casa de Dios tiene suficiente capacidad para asumir el trabajo y cumplir con su deber durante el período de promoción y cultivo o antes de ellos? Por supuesto que no. En este caso, es inevitable que, durante el período de cultivo, estas personas experimenten el trato, la poda, el juicio y el castigo, sean desenmascaradas y hasta relevadas; es normal, las están formando y cultivando” (‘Cómo identificar a los falsos líderes (5)’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). En la palabra de Dios entendí que cuando Su casa promueve y forma a alguien para líder, lo hace porque esta persona tiene cierta aptitud, puede aceptar la verdad, es responsable en el deber o tiene habilidades de trabajo. Esto le da la oportunidad de formarse, pero no implica que se haya librado de la corrupción ni que haya comprendido la verdad. No significa que alguien sea un líder cualificado ni que esta persona sea un individuo extraordinario con una identidad o un estatus especiales en la casa de Dios. El deber de líder es una comisión y una responsabilidad. No tiene nada de estatus. Ser líder no implica que de inmediato tengas estatus o la última palabra en la casa de Dios, ni que te vayan a respetar, que tus hermanos y hermanas vayan a admirarte y reverenciarte, ni que, cuando cometas un error, no se vaya a permitir hablar de ello. Esas ideas están equivocadas. Para ser líderes hemos de aceptar la supervisión y las sugerencias de los hermanos y hermanas, pues esta es la única manera de entender los problemas del trabajo y nos permite cambiar las cosas a tiempo. Aparte, si los hermanos y hermanas descubren que los líderes no hacen un trabajo práctico, deben practicar la verdad denunciando y delatando a esa gente y proteger el trabajo de la iglesia. Esta es la actitud correcta hacia los líderes. Solo este trato a los líderes demuestra principios. La palabra de Dios cambió mis ideas y nociones equivocadas y me enseñó a considerar de forma correcta el deber de líder y la supervisión del pueblo escogido de Dios. También deseaba cambiar las cosas, por lo que, a partir de entonces, en el deber, sin importar quién denunciara problemas de los líderes y obreros, deseaba ocuparme de ello escrupulosamente. Al mismo tiempo, aprendí a aceptar más supervisión de mis hermanos y hermanas.

Más adelante, en una reunión, nuestro líder nos habló: “Algunas personas ven que otras denuncian o delatan a líderes, y atacan o condenan a los denunciantes. Aunque esa gente sea normalmente muy seria en el deber, no es nada obediente a Dios”. Fue especialmente desgarrador oír eso de mi líder. Percibí inmediatamente que, pese a mis años de fe en Dios, no había cambiado nada. Ni siquiera actualmente era una persona obediente a Dios y, sin duda, Él estaba insatisfecho conmigo. Al escuchar hablar a mi líder, supe que lo decía para podarme y tratarme, y no pude evitar que se me cayeran las lágrimas. Llorando, oré a Dios: “Dios mío, sé que tienes buenos propósitos al tratarme y delatarme así. Si no, todavía creería que mi carácter ha cambiado algo y que te soy un tanto obediente. Ahora me doy cuenta de que estoy lejos de alcanzar la obediencia sincera a Ti, pero estoy dispuesta a intentarlo y aspirar a ser una persona que te obedezca”. Luego leí un pasaje de las palabras de Dios muy útil para mí y con el que comprendí Su voluntad. Las palabras de Dios dicen: “Las personas no pueden cambiar su propio carácter; deben someterse al juicio y castigo, y al sufrimiento y refinamiento de las palabras de Dios, o ser tratadas, disciplinadas y podadas por Sus palabras. Solo entonces pueden lograr la obediencia y lealtad a Dios y dejar de ser indiferentes hacia Él. Es bajo el refinamiento de las palabras de Dios que el carácter de las personas cambia. Solo a través de la revelación, el juicio, la disciplina y el trato de Sus palabras ya no se atreverán a actuar precipitadamente, sino que se volverán calmadas y compuestas. El punto más importante es que puedan someterse a las palabras actuales de Dios, obedecer Su obra, e incluso si esto no coincide con las nociones humanas, que puedan hacer a un lado estas nociones y someterse por su propia voluntad” (‘Aquellos cuyo carácter ha cambiado son los que han entrado a la realidad de las palabras de Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). Con la palabra de Dios entendí que la gente obediente a Él solo puede serlo tras experimentar Su juicio, Su poda, Su trato, Sus pruebas y Su refinación, tras lograr una transformación de carácter y aprender a actuar según los principios. Esas personas, mientras creen en Dios y cumplen con el deber, saben buscar la verdad y actuar según los principios ante ciertas cosas fundamentales o cruciales; o, ante decisiones que atañen a su senda en la vida, saben elegir lo correcto según la palabra de Dios y la verdad. Si solamente obedeces a Dios en cuestiones triviales o conductas externas, pero actúas de acuerdo con tu voluntad o personalidad natural en materia de principios o en asuntos clave, sigues siendo una persona rebelde hacia Dios. Antes siempre creía que podría abandonar mi familia y profesión para esforzarme por Dios, que, sin importar qué deber dispusiera la casa de Dios para mí, sabría aceptar y obedecer, que, ante las dificultades, podría leer la palabra de Dios y orarle, y siempre trataba de pensar en la manera de cumplir mejor con el deber y creía que esta actitud hacia mi deber significaba que era un tanto obediente a Dios. Pero en lo de la hermana Lu vi que aún era capaz de abordar las cosas a ciegas y a voluntad y de condenarla y reprimirla arbitrariamente, lo que demostraba que mis actitudes satánicas todavía regían mi corazón. Aunque normalmente era seria y diligente en el deber, en cuanto a los principios y los asuntos clave, aún era capaz de rebelarme contra Dios y de serle hostil. Descubrí que no comprendía nada de la verdad, que no había cambiado de actitudes y que todavía no era una persona obediente a Dios. Sin la poda y el trato de mi líder y el juicio y la revelación de la palabra de Dios, no sería capaz de conocerme en absoluto.

Ahora, en cuestiones clave que atañen a los principios de la verdad, sé buscarla conscientemente y hacer las cosas según los principios, y ya no actúo a ciegas por mi carácter arrogante. También suelo orar a Dios. Continúo teniendo muchas actitudes corruptas y opiniones equivocadas, así que necesito experimentar constantemente el juicio, el castigo, la poda, el trato, la reprensión y la disciplina de Dios para alcanzar la transformación. Oro para que el juicio y castigo de Dios nunca me abandonen para que pueda comprender más a fondo mi rebeldía y mi corrupción y, poco a poco, alcanzar la obediencia sincera a Dios.

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