Mantente fiel a la verdad, no a las emociones

20 Abr 2022

Por Jiahao, China

En julio de 2017, un día recibí una carta de una líder que me decía que la iglesia iba a purgar a los incrédulos y que escribiera algo sobre la conducta de mi hermano. Estaba muy sorprendida y algo nerviosa. ¿Querían echar a mi hermano? Si no, ¿por qué me mandaban escribir algo sobre él? Sabía que no leía las palabras de Dios ni asistía a reuniones en su tiempo libre, sino que siempre salía a divertirse con sus amigos, a seguir las modas mundanas, y no tenía interés por las cuestiones de fe. Además, me había dicho que no me centrara tanto en la religión, sino que saliera al mundo como él. Hablé con él, pero no me escuchó y hasta se incomodó: “¡Basta, siempre hablas de esto y a mí me da igual!”. Y se fue a la cama. Los hermanos y hermanas se ofrecieron a enseñarle muchas veces y le aconsejaron leer las palabras de Dios e ir a reuniones, pero él no aceptaba. Según él, seguir a Dios era limitante y siempre tenía que sacar tiempo para reunirse. Para empezar, se había unido a la iglesia a regañadientes para satisfacer a nuestra mamá. Así era siempre. Parecía ser un auténtico incrédulo, y si lo expulsaban de la iglesia, eso estaría en consonancia con los principios. No obstante, siempre habíamos estado unidos. Desde pequeños, siempre me guardaba buena comida y me daba la mitad del dinero que le dieran a él. Una vez, un maestro me castigó en la escuela y él se disgustó tanto que lloró. No había unos hermanos en nuestra aldea tan unidos como nosotros. Al pensarlo, no soportaba la idea de escribir sobre sus problemas. No quería romper ese lazo. Si era honesta acerca de su conducta y al final la iglesia lo expulsaba, no tendría ocasión de salvarse. ¿Eso no sería cruel y despiadado de mi parte? ¿Y si se enteraba de lo que hubiera escrito sobre él y no volvía a hablarme nunca más? Decidí escribir algo más positivo: que a veces leía las palabras de Dios y que creía de corazón aunque no fuera a reuniones. Eso le daría cierto margen, y si la líder lo veía, probablemente hablaría más con él. Quizá tendría la oportunidad de permanecer en la iglesia. Sin embargo, si no era honesta acerca de su conducta, estaría mintiendo y encubriendo la verdad. Eso despistaría a los hermanos y hermanas y perturbaría el progreso normal del trabajo de la iglesia. Por un lado estaba el trabajo de la iglesia; por el otro, mi hermano. ¿Qué podía hacer? Estaba muy enojada y no podía calmarme para cumplir con el deber. La idea de escribir sobre él me dejaba la mente en blanco y no sabía ni por dónde empezar. Cuanto más lo pensaba, más confusa estaba, así que oré en silencio: “Dios mío, quiero ser justa en la evaluación a mi hermano, pero ahora estoy sujeta a las emociones y no puedo hacerla. Te pido que me guíes para que mi enfoque no se rija por las emociones, sino que siga Tus palabras”.

Tras orar leí este pasaje de las palabras de Dios: “Aquellos que arrastran a sus hijos y a sus parientes totalmente incrédulos a la iglesia son todos extremadamente egoístas y solo están exhibiendo bondad. Estas personas solo se enfocan en ser amorosas, independientemente de si creen o no y de si esa es la voluntad de Dios. Algunos llevan a sus esposas ante Dios o arrastran a sus padres ante Dios, y sin importar si el Espíritu Santo está de acuerdo o no con esto o si está obrando en ellos o no, ellos siguen ciegamente ‘adoptando personas talentosas’ para Dios. ¿Qué beneficio se puede obtener de mostrarles bondad a estos no creyentes? Incluso si a ellos, que están sin la presencia del Espíritu Santo, les cuesta seguir a Dios, no pueden ser salvados, como se podría pensar. Aquellos que pueden recibir la salvación en realidad no son tan fáciles de ganar. Las personas que no han experimentado la obra del Espíritu Santo y las pruebas, y que no han sido perfeccionadas por Dios encarnado, son completamente incapaces de ser completadas. Por lo tanto, desde el momento en que empiezan a seguir supuestamente a Dios, estas personas carecen de la presencia del Espíritu Santo. A la vista de su condición y estado actuales, simplemente no pueden ser completadas. Así que, el Espíritu Santo decide no dedicar mucha energía en ellas ni les provee ningún esclarecimiento ni las guía de ningún modo; Él solo les permite seguir y en última instancia revelará sus resultados, esto es suficiente” (‘Dios y el hombre entrarán juntos en el reposo’ en “La Palabra manifestada en carne”). Gracias a las palabras de Dios aprendí que querer decir cosas agradables de mi hermano para mantenerlo en la iglesia y darle la oportunidad de salvarse era mi propio deseo. Las palabras de Dios dejan claro que no pueden salvarse aquellos que no sigan sinceramente a Dios, que solo crean supuestamente. Dios salva a los que aman la verdad y son capaces de aceptarla. Son el único tipo de personas que pueden recibir la presencia y obra del Espíritu Santo, comprender y alcanzar la verdad, transformar su carácter vital y, en definitiva, ser salvadas por Dios y perdurar. Básicamente, los incrédulos no aman la verdad, sino que la detestan. Jamás aceptan la verdad y, por mucho tiempo que crean, sus perspectivas, su visión de la vida y sus valores nunca cambian. Son como los descreídos. Dios no los reconoce y jamás recibirán el esclarecimiento ni la guía del Espíritu Santo. Puede que sigan hasta el final, pero nunca transformarán su carácter: no pueden salvarse. Al pensar en mi hermano, él no amaba la verdad, la detestaba. Siempre estaba de juerga con gente descreída, no leyendo las palabras de Dios ni yendo a reuniones. Tampoco quería cumplir con un deber y creía que no iba a ganar nada con ello. Siempre se quejaba de que una vida de fe era aburrida y de que daba igual creer que no creer. No escuchaba las enseñanzas de nadie y le crispaba que le enseñaran demasiado. A tenor de su conducta, era un supuesto creyente, un incrédulo, y Dios no lo reconocería en absoluto. Nunca recibiría la obra del Espíritu Santo ni alcanzaría a comprender la verdad. Por muy bien que yo lo describiera para mantenerlo en la iglesia, jamás se salvaría. Como ya había comprobado que era un incrédulo y Dios no lo salvaría, si me dejaba llevar por las emociones y lo protegía para que permaneciera en la iglesia, ¿no me estaría oponiendo a Dios? Si no escribía una evaluación justa y veraz basada en la realidad, sino que despistaba a los demás para que no expulsaran a tiempo a alguien a quien había que expulsar, ¿no entorpecería el trabajo de la iglesia? Sabía que tenía que renunciar a mis sentimientos, seguir los principios y escribir verazmente sobre mi hermano; sería lo único acorde con la voluntad de Dios. Tuve una sensación de alivio tras escribir sobre su conducta y la iglesia, finalmente, sí lo expulsó. Yo fui capaz de aceptar ese resultado con calma. Gracias al esclarecimiento y la guía de las palabras de Dios, no protegí a mi hermano a causa de mis emociones, sino que supe evaluarlo justa y objetivamente. Le estaba muy agradecida a Dios.

En julio de 2021, un líder de la iglesia me pidió que redactara una evaluación de mi mamá. Estuve reflexionando que últimamente no compartía el evangelio según los principios y que iba a hacer peligrar la iglesia. Cuando otros le señalaban el problema, no lo admitía. Reñía sin cesar por lo que estaba bien y mal, lo cual los limitaba a ellos. No era la primera vez ni la segunda que malmetía de esa forma. En una reunión, un líder le pidió a otra hermana, no a ella, que leyera las palabras de Dios. Se puso a decir que aquel líder la oprimía y era un falso líder. Una hermana reparó en que estaba armando un lío en una reunión y le pidió que bajara la voz y tuviera en cuenta el ambiente. Según mi mamá, esa hermana estuvo discutiendo lo que estaba bien y mal y ella no regresaría si la hermana volvía a hacerlo. Peleaba sin cesar por cualquier pequeñez y era problemática en las reuniones. Ya era una perturbación para la vida de iglesia. Otros habían hablado con ella y la habían podado muchas veces con la esperanza de que se conociera a sí misma y se arrepintiera, pero ella no quería saber nada. Incluso tergiversaba los hechos y alegaba que la gente aprovechaba cualquier pequeño error que dijera. No aceptaba la verdad. Según los principios al respecto, había que ponerla en el Grupo B para las reuniones a fin de que ya no perturbara ni repercutiera en la vida de iglesia de los hermanos y hermanas. Sabía que debía redactar cuanto antes mi evaluación sobre ella para la iglesia. No obstante, pensaba en lo mucho que le importaba cómo la vieran los demás, en su renuencia a aceptar la verdad y en su temperamento explosivo. Solía entrar en conflicto y hacer el vacío a cualquiera que la criticara. Si se enteraba de que yo había escrito sobre ella, ¿lo aceptaría? ¿No le resultaría humillante saber que su familia decía eso de ella? Podría deprimirse y renunciar a su fe. Me alteré mucho y no paraba de recordar todas sus muestras de amor y atención hacia mí. En una ocasión, cuando yo era pequeña, tenía mucha fiebre en plena noche y ella me llevó a cuestas al médico de la aldea de al lado. Tenía una fiebre tan alta que el médico no quiso atenderme, por lo que, esa misma noche, ella me llevó al hospital de la ciudad. Siempre me ayudaba a poner orden en todo en mi vida y se ocupaba de todos los detalles. Me parió, me crió, me predicó el evangelio y me llevó ante Dios. Me apoyaba en el deber. Era tan buena conmigo que, si revelaba sus conductas malvadas de incrédula, ¿no sería algo desalmado de mi parte y perjudicial para ella? Si otros se enteraban de que había escrito personalmente esa evaluación de mi mamá, en la cual revelaba cómo perturbaba la vida de iglesia, tal vez me criticaran por ser tan despiadada con mi propia madre y me llamaran inhumana y una miserable hija desagradecida. Sabía que mi mamá no era alguien que aceptara la verdad, pero era muy comprensiva conmigo y, después de todo, era mi propia madre. Por ello, quería evitar redactar esa evaluación de ella. El líder no dejaba de presionarme, pero yo le decía tranquilamente que lo haría y seguía posponiéndolo. Antes habíamos sido una familia creyente; éramos felices. Cantábamos himnos y orábamos juntos, leíamos las palabras de Dios y hablábamos de nuestros sentimientos. A veces afloraban esos recuerdos en mi mente. Sin embargo, habían expulsado a mi hermano y mi mamá se enfrentaba a que la cambiaran al Grupo B. Estaba muy triste y no sabía cómo afrontar esa situación. No tenía fe para buscar ni empuje para cumplir con el deber. No sentía ninguna carga para buscar a fin de ayudar a otros con sus problemas; actuaba por inercia en las reuniones, distraída e incapaz de enseñar nada. Así iba tirando cada día, sufriendo mucho. Sabía que no me hallaba en un buen estado, por lo que me presenté ante Dios a orar para pedirle que me guiara para poder salir de esa negatividad y no dejarme frenar por las emociones.

Luego leí dos pasajes de las palabras de Dios: “¿Qué cuestiones tienen relación con las emociones? La primera es cómo evalúas a tu propia familia, cómo reaccionas a las cosas que hacen. En ‘las cosas que hacen’ se incluye cuando perturban e interrumpen la obra de la iglesia, cuando juzgan a espaldas de la gente, cuando actúan como los incrédulos y cosas del estilo. ¿Podrías ser imparcial con tu familia? Si te pidieran que los evaluaras por escrito, ¿lo harías de forma justa y objetiva, dejando de lado tus propias emociones? ¿Y eres sentimental con las personas con las que te llevas bien o que te han ayudado antes? ¿Serías preciso, imparcial y objetivo respecto a sus acciones y comportamientos? ¿Los denunciarías o expondrías inmediatamente cuando los descubrieras entrometiéndose e interfiriendo?” (“Cómo identificar a los falsos líderes (2)”). “Por ejemplo, si tus familiares o tus padres creían en Dios, pero ya han sido purgados, sabrás discernirlos, no tendrás que ajustarles las cuentas y podrás dejar de lado las relaciones familiares y utilizar la verdad que ahora comprendes para evaluar quiénes son realmente. Si comprendes algo de la verdad, sabrás elaborar una caracterización precisa de ellos. No se trata de destruir vuestro parentesco natural, sino de comprobar qué clase y qué tipo de personas son. Si tu punto de vista es correcto y concuerda con la verdad, serás capaz de estar del lado de Dios y tu criterio sobre las cosas estará en línea con Dios. Si tus criterios son los de la carne, siempre verás estas cosas desde la perspectiva del afecto familiar y, para ti, esta persona siempre será familiar tuyo. Si no puedes librarte de esta relación, tu criterio sobre tus familiares será contrario a las palabras de Dios hasta el punto de contradecirlas. En este caso, no serás capaz de estar del lado de Dios y tendrás nociones y malentendidos sobre Él. Por tanto, sean cuales sean tus criterios, mientras no se ajusten a la verdad, están en contra de los de Dios” (‘Cómo discernir la esencia-naturaleza de Pablo’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Las palabras de Dios me enseñaron que no podemos contemplar las cosas ni a las personas desde una perspectiva carnal, emocional. Tenemos que discernir claramente su naturaleza y esencia según las palabras de Dios y la verdad. Al contemplar así a las personas, es improbable que nos dominen los afectos. Yo siempre evaluaba las cosas desde una perspectiva emocional y pensaba en que ella era mi mamá y en que me amaba y me tenía cariño, por lo que no podía ponerme a redactar esa evaluación. Sin embargo, Dios dice que hemos de discernir a la gente en función de su naturaleza y esencia, y tener ambas claras es la única manera de aplicar justamente los principios y no dejarse gobernar por las emociones. ¿Y qué clase de persona era realmente mi mamá? Normalmente tenía mucho ánimo y era comprensiva en la vida diaria, pero eso solo significaba que era afectuosa. Me mimaba, lo que implicaba únicamente que cumplía con su responsabilidad de madre. No obstante, por naturaleza era arrogante, muy protectora de su reputación, y no aceptaba la verdad en absoluto. Tenía prejuicios y se resistía a cualquiera que le señalara sus problemas o la criticara, y se enfurruñaba por ello. Cuando era algo malo, chocaba frontalmente con esa persona y se oponía a cualquiera que la revelara, lo cual limitaba a los demás. A tenor de su conducta, si seguía reuniéndose con los hermanos y hermanas, seguro que perturbaría la vida de iglesia y demoraría la entrada en la vida de otros. Si, de acuerdo con los principios, la cambiaban al Grupo B, todos podrían celebrar reuniones como es debido y esa disposición sería una advertencia para ella. Si de verdad reflexionaba y se conocía a sí misma, podría ser algo bueno para su vida. Sin embargo, si se resistía, si no lo aceptaba o hasta dejaba la fe, quedaría revelada y descartada. Entonces yo vería con mayor nitidez su naturaleza y esencia, si es trigo o cizaña, si debería quedarse siquiera. En ese momento comprendí la voluntad de Dios. Dios dispuso esta situación para ayudarme a adquirir discernimiento y para que aprendiera a ver la naturaleza y esencia de la gente según Sus palabras, de modo que pudiera desechar mis emociones al actuar y tratara a la gente de acuerdo con los principios.

Leí otro pasaje de las palabras de Dios: “¿Quién es Satanás, quiénes son los demonios y quiénes son los enemigos de Dios, sino los opositores que no creen en Dios? ¿No son esas las personas que son desobedientes a Dios? ¿No son esos los que verbalmente afirman tener fe, pero carecen de la verdad? ¿No son esos los que solo buscan el obtener las bendiciones, mientras que no pueden dar testimonio de Dios? Todavía hoy te mezclas con esos demonios y tienes conciencia de ellos y los amas, pero, en este caso, ¿no estás teniendo buenas intenciones con Satanás? ¿Acaso no te estás compinchado con los demonios? Si hoy en día las personas siguen sin ser capaces de distinguir entre lo bueno y lo malo, y continúan siendo ciegamente amorosas y misericordiosas sin ninguna intención de buscar la voluntad de Dios y siguen sin ser capaces de ninguna manera de albergar las intenciones de Dios como propias, entonces su final será mucho más desdichado. Cualquiera que no cree en el Dios en la carne es Su enemigo. Si puedes tener conciencia y amor hacia un enemigo, ¿no careces del sentido de justicia? Si eres compatible con los que Yo detesto y con los que estoy en desacuerdo, y aun así tienes amor o sentimientos personales hacia ellos, entonces ¿acaso no eres desobediente? ¿No estás resistiéndote a Dios de una manera intencionada? ¿Posee la verdad una persona así? Si las personas tienen conciencia hacia los enemigos, amor hacia los demonios y misericordia hacia Satanás, ¿no están perturbando de manera intencionada la obra de Dios?” (‘Dios y el hombre entrarán juntos en el reposo’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios revelaban mi estado exacto. Sabía que mi mamá creía en Dios desde hacía años, pero no aceptaba la verdad, y cuando trataban de ayudarla, de podarla y tratar con ella, no lo aceptaba de parte de Dios. Siempre discutía sobre las cosas y perturbaba la vida de iglesia como una esbirra de Satanás. No obstante, yo no le plantaba cara y la revelaba; no dejaba de protegerla. Creía que, si no la revelaba ni redactaba esa evaluación, eso era tener conciencia. En realidad era tener amor y conciencia para con Satanás, y ni de lejos pensaba en la labor de la casa de Dios ni en los intereses de los hermanos y hermanas. Estaba a favor de Satanás y hablando en su nombre. ¿Eso no era lo que Dios denominaba “resistirse a Dios de una manera intencionada”? Mi amor no tenía principios y yo no distinguía el bien del mal; era un amor confuso. Protegía totalmente a mi mamá, con lo que podía continuar perturbando la vida de iglesia. Participaba de su maldad. Estaba perjudicando a los demás y a mí misma. Cegada por el afecto, estaba atada de pies y manos. El líder me apremió varias veces a que escribiera esa evaluación, pero yo seguía posponiéndolo y demorando el trabajo de la iglesia. Me sentí muy culpable cuando me di cuenta. También me pregunté por qué no podía evitar que me frenaran las emociones en ese tipo de situación. ¿Cuál era el verdadero problema? Me presenté ante Dios a orar y buscar para pedirle que me guiara a fin de hallar la senda para soltar las ataduras de las emociones.

Tras orar leí un pasaje de las palabras de Dios. Las palabras de Dios dicen: “¿Según qué principio piden las palabras de Dios que la gente trate a los demás? Ama lo que Dios ama y odia lo que Dios odia. Ese es el principio al que hay que atenerse. Dios ama a los que buscan la verdad y son capaces de seguir Su voluntad. Esas son también las personas a las que debemos amar. Aquellos que no son capaces de seguir la voluntad de Dios, que odian a Dios y se rebelan contra Él, son personas despreciadas por Dios, y nosotros también debemos despreciarlas. Esto es lo que Dios pide del hombre. […] Si Dios maldice a una persona, pero esta es uno de tus padres o un familiar tuyo y, según tu entender, no es hacedora de maldad y te trata bien, entonces podrías encontrarte con que eres incapaz de odiarla, y es posible que tu relación con ella no cambie. Oír que Dios detesta a tales personas te genera conflicto y no eres capaz de odiarlas. Siempre te ata la emoción y no puedes abandonarlas. ¿Por qué pasa esto? Esto sucede porque valoras demasiado la emoción, y te impide practicar la verdad o defender los principios. Esa persona es buena contigo y jamás te ha hecho daño, así que no puedes llegar a odiarla. Solo podrías odiarla si te lastimara. ¿Ese odio estaría en consonancia con los principios de la verdad? Además, también te atan las nociones tradicionales, pues piensas que es uno de tus padres o un familiar, así que si la odias, la sociedad te despreciaría y denostaría, te condenaría por ser poco filial, carente de conciencia, ni siquiera humano. Crees que sufrirías la condena y el castigo divinos. Incluso si quieres odiarla, tu conciencia no te lo permite. ¿Por qué funciona así tu conciencia? Es una forma de pensar que te enseñaron tus padres, de lo que te empapó la cultura social y lo que te dictó. Está muy profundamente arraigado en tu corazón, y te hace creer erróneamente que es algo positivo, que es algo que has heredado de tus ancestros y que siempre es bueno. Lo aprendiste primero y sigue siendo dominante, lo que crea un enorme obstáculo y una perturbación en tu fe y en la aceptación de la verdad, y te deja incapacitado para poner en práctica las palabras de Dios y amar lo que Él ama y odiar lo que odia. Sabes de corazón que tu vida provino de Dios, no de tus padres, y has visto que ellos no solo no creen en Dios, sino que se oponen a Él; Dios los odia y tú deberías someterte a Él, ponerte de Su lado, pero simplemente no puedes llegar a odiarlos, por más que quieras. No puedes cambiar de idea, no puedes endurecer tu corazón y no puedes practicar la verdad. ¿Cuál es la causa de eso? Satanás usa ese tipo de cultura tradicional y esas nociones de moralidad para atar tus pensamientos, tu mente y tu corazón, lo que te vuelve incapaz de aceptar las palabras de Dios; tales cosas de Satanás te han poseído y te han hecho incapaz de aceptar Sus palabras. A pesar de que quieres practicar las palabras de Dios, estas cosas causan agitación en tu interior y hacen que te opongas a la verdad y a Sus requisitos, y te vuelven impotente para librarte del yugo de la cultura tradicional. Tras luchar durante un tiempo, cedes: prefieres creer que las nociones tradicionales de moralidad son correctas y conformes a la verdad, así que rechazas o abandonas las palabras de Dios. No aceptas Sus palabras como la verdad y no piensas en absoluto en ser salvado, pues sientes en tu interior que aún vives en este mundo y debes apoyarte en esas personas para sobrevivir. Incapaz de soportar el rechazo social, preferirías renunciar a la verdad y a las palabras de Dios, abandonarte a las nociones tradicionales de moralidad y a la influencia de Satanás, y optarías por ofender a Dios en lugar de practicar la verdad. ¿Acaso no es el hombre desdichado? ¿No tiene necesidad de la salvación de Dios?” (‘Sólo reconociendo tus opiniones equivocadas puedes conocerte a ti mismo’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). En las palabras de Dios descubrí que Él nos exige que amemos lo que Él ama y odiemos lo que Él odia. Además, el Señor Jesús dijo una vez: “¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos? […] Porque cualquiera que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre” (Mateo 12:48, 50). Dios ama a quienes buscan la verdad y son capaces de aceptarla. Ellos son mis únicos hermanos y hermanas y los únicos a los que debo amar y ayudar por amor. Todos los que desprecian la verdad y jamás la practican son unos incrédulos, no hermanos y hermanas. Incluso si son familia, debemos contemplarlos y revelarlos según los principios de la verdad. Eso no significa que no respetes a tus padres y que no les tengas afecto, sino que debes tratarlos de manera racional y justa, de acuerdo con su naturaleza y esencia. Sin embargo, “la sangre tira mucho” y “el hombre no es inanimado; ¿cómo puede carecer de emociones?” eran unos venenos satánicos impregnados en mí. No tenía principios, sino que protegía a mi familia y me ponía de su parte por el afecto carnal. Cuando iba a escribir sobre mi hermano, sabía que ya había demostrado que era un incrédulo y que había que expulsarlo de la iglesia, pero me dejé llevar por el afecto y no quería escribir la verdad. Quería ocultar la realidad y engañar a los demás. Cuando el líder me mandó escribir sobre mi mamá, sabía que perturbaba la vida de iglesia y que yo debía redactar una evaluación veraz y objetiva para ayudar al líder a revelarla y contenerla. No obstante, al pensar que era mi madre y en lo buena que era conmigo, me daba miedo que, por redactarla, me sintiera culpable siempre y no pudiera vivir con ello. También me daba miedo que pensaran que era despiadada e inhumana. Llena de desasosiego y recelo, no hacía más que posponerlo. Como estos venenos satánicos estaban enraizados en mi interior, yo estaba atrapada en los afectos. No tenía principios hacia los demás ni defendía el trabajo de la iglesia. Estaba de parte de Satanás y me rebelaba y resistía contra Dios. Mi mamá y mi hermano eran incrédulos. Lo justo era revelar su conducta. Eso era proteger la labor de la iglesia y obedecer las exigencias de Dios. Era amar lo que ama Dios, odiar lo que Él odia y un testimonio de práctica de la verdad. Sin embargo, para mí, practicar la verdad y revelar a Satanás eran cosas negativas y creía que eso sería despiadado, carente de conciencia y traicionero. Estaba muy confundida. Confundía lo correcto y lo incorrecto, el bien y el mal. Llegué a estar limitada por las emociones y a deprimirme y no me apetecía cumplir con el deber. Sin el esclarecimiento y la guía oportunos de Dios, mis afectos habrían terminado conmigo. Vivir inmersa en las emociones estuvo a punto de ser mi perdición. ¡Qué peligroso!

Luego reflexioné que había otra idea falsa en mi reticencia a escribir sobre mi madre. Sentía que siempre había sido tan cariñosa conmigo que solo oír hablar de revelarla turbaba enormemente mi conciencia. Leí un pasaje de las palabras de Dios que cambió mi perspectiva al respecto. Las palabras de Dios dicen: “Dios creó este mundo y trajo a él al hombre, un ser vivo al que le otorgó la vida. Después, el hombre tuvo padres y parientes y ya no estuvo solo. Desde que el hombre puso los ojos por primera vez en este mundo material, estuvo destinado a existir dentro de la predestinación de Dios. El aliento de vida proveniente de Dios sostiene a cada ser vivo hasta llegar a la adultez. Durante este proceso, nadie siente que el hombre esté creciendo bajo el cuidado de Dios. Más bien, la gente cree que lo hace bajo el amor y el cuidado de sus padres y que es su propio instinto de vida el que dirige este crecimiento. Esto se debe a que el hombre no sabe quién le otorgó la vida o de dónde viene esa vida, y, mucho menos, la manera en la que el instinto de la vida crea milagros. El hombre solo sabe que el alimento es la base para que su vida continúe, que la perseverancia es la fuente de su existencia y que las creencias de su mente son el capital del que depende su supervivencia. El hombre es totalmente ajeno a la gracia y la provisión de Dios y, así, desperdicia la vida que Dios le otorgó… Ni uno solo de esta humanidad a quien Dios cuida día y noche toma la iniciativa de adorarlo. Dios simplemente continúa obrando en el hombre —sobre el cual no tiene expectativas— tal y como lo planeó. Lo hace así con la esperanza de que, un día, el hombre despierte de su sueño y, de repente, comprenda el valor y el significado de la vida, el precio que Dios pagó por todo lo que le ha dado y la ansiedad con la que Dios espera que el hombre regrese a Él” (‘Dios es la fuente de la vida del hombre’ en “La Palabra manifestada en carne”). Desde fuera parece que mi mamá me parió y crió y que ella es la que me ha tenido cariño en la vida, pero, en realidad, la fuente de la vida humana es Dios y todo cuanto he gozado me lo ha otorgado Él. Estoy viva a raíz de este mismo aliento que Dios me ha dado. Dios me dio la vida, me trajo al mundo y dispuso mi familia y mi hogar. Gracias a las disposiciones de Dios pude oír Su voz y presentarme ante Él. Si fuera razonable, debería estar dando gracias a Dios y practicar realmente la verdad para satisfacerlo cuando me sucedan cosas, a fin de retribuirle Su amor. No debería ponerme de parte de mi familia mundana y representar a Satanás, lo cual entorpece la labor de la iglesia. Darme cuenta de esto me supuso toda una llamada de atención. Tenía que presentarme ante Dios a arrepentirme y no podía continuar obedeciendo mis sentimientos. La iglesia me pidió que escribiera sobre mi madre, así que debía escribir sobre su conducta verazmente, de acuerdo con la realidad, y aceptar la manera en que la iglesia decidiera lidiar con ello. Por tanto, expuse verazmente las conductas de mi mamá que perturbaban la vida de iglesia.

Un mes más tarde, me eligieron líder de la iglesia. Supe que algunos miembros de la iglesia aún no conocían a mi mamá. Estuve pensando que debía hablarles de que mi mamá perturbaba la vida de iglesia para que tuvieran discernimiento y pudieran tratarla según los principios. Sin embargo, justo cuando iba a hacerlo, sentí un conflicto interno. Si la revelaba y analizaba y ellos aprendían a discernirla, ¿la mirarían de otra forma? ¿Le partiría el corazón a ella? No quise decir nada. Comprendí que de nuevo estaba viviendo en función de mis emociones y recordé las palabras de Dios: debía amar lo que Él ama y odiar lo que Él odia. Mi mamá provocaba problemas en la vida de iglesia, cosa que Dios odia. No podía seguir protegiéndola por afecto. Tenía la responsabilidad de exponer y analizar esto según los principios de la verdad para que otros tuvieran discernimiento. Por ello, detallé cómo había perturbado la vida de iglesia y los demás adquirieron discernimiento y aprendieron algunas lecciones. La mayoría votó finalmente por cambiarla al Grupo B. Me sentí muy relajada y en paz tras poner esto en práctica.

Doy gracias a Dios de corazón por la guía y el esclarecimiento de Sus palabras, que me ayudaron a comprender la verdad, a descubrir los principios y a saber cómo tratar a mis familiares. Sin eso, todavía estaría atrapada en las emociones y actuando en contra de Dios. Esta experiencia me ha enseñado realmente que, que en cuanto a las personas y materias de la casa de Dios, todo ha de hacerse según los principios de la verdad. Eso concuerda con la voluntad de Dios. Es, además, el modo de conseguir una sensación de paz interior. ¡Demos gracias a Dios!

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