Lecciones que aprendí de atacar a los demás

20 Abr 2022

Por Xiaowen, España

El año pasado, la hermana Liu y yo nos encargábamos de los trabajos en video de la iglesia. Ella tenía más competencias profesionales y experiencia que yo, por lo que le pedía ayuda siempre que me topaba con un problema. Nos llevábamos muy bien. Una vez, trabajando en un video, cometí un error bastante básico y ella vino a ayudarme en cuanto pudo. Mientras lidiaba con ello, me preguntó: “Ya llevas un tiempo en esto; ¿cómo pudiste cometer un error tan simple?”. Sentí cierta resistencia interna mientras pensaba que me hablaba así de buenas a primeras como si yo fuera realmente incompetente. Debía de menospreciarme. Luego sí solucioné el problema, pero con una actitud desafiante. Días después, unos hermanos y hermanas tuvieron problemas similares, y al resumirlos en una reunión, la hermana Liu puso de ejemplo mi error. Me sentí aún más reacia. Pensé que, al ser yo supervisora, ¿qué opinarían todos de mí si ella hablaba de mi error delante de ellos? ¿Seguirían respetándome? Creía que quería hacerme quedar mal. Desde entonces, empecé a ignorarla y no tenía ganas de preguntarle por problemas que me costaba solucionar. Me marchaba de los debates de trabajo en cuanto acabábamos y no quería hablar más con ella. Cuando me hablaba de su estado, me forzaba a decirle un par de cosas y no veía la hora de que terminara.

Posteriormente, me destituyeron del deber por ir en pos del estatus en vez de trabajar de verdad, y me dieron otro deber en el equipo. Pasado un tiempo, la hermana Liu me preguntó qué tal y me sinceré acerca de mis reflexiones personales desde mi destitución. Creía que me consolaría y alentaría, pero, sorprendentemente, me dijo: “Últimamente eres más activa en el deber, pero tienes una comprensión superficial. En realidad no has recapacitado sobre la causa de tus fracasos. Lo hablé con la hermana Wang y está de acuerdo…”. Fue bochornoso que voceara mis problemas de forma tan directa. A mi parecer, no tenía en cuenta mis sentimientos y decir aquello delante de otros hermanos y hermanas era un perjuicio deliberado contra mi imagen. No admití absolutamente nada de lo que me dijo después. Le di una respuesta breve, pero guardaba mucha rabia. Estuve pensando que ya no compartiría más con ella mis auténticos sentimientos, que le daría a probar de su propia medicina la próxima vez que tuviera ocasión. A partir de ese momento, al margen de las cosas que tuviéramos que debatir sobre el trabajo, hacía lo posible por no hablarle. Ya ni siquiera quería oír su voz.

Una tarde, una hermana del equipo me envió un mensaje porque tenía que hablar conmigo urgentemente. Yo estaba trabajando en un video y no vi el mensaje a tiempo, lo que demoró nuestra labor. La hermana Liu lo vio y me llamó para preguntarme por qué no había respondido enseguida, y añadió: “Veo que tienes el mismo problema de siempre. No respondes enseguida a los mensajes y a veces no te localizamos. Este proyecto que diriges es importantísimo, no puede demorarse”. Sin embargo, yo fui muy reacia y no quise admitir nada de lo que dijo. Creía haber sido una irresponsable anteriormente, cuando me centraba solamente en mi labor, pero tras mi destitución empecé a cambiar. Al decirme aquello, ¿no estaba negando todo mi esfuerzo reciente? ¿Me menospreciaba y pensaba que yo no buscaba la verdad? Desde ese momento, mis prejuicios hacia la hermana Liu no hicieron sino aumentar. A veces, cuando me enviaba un mensaje de trabajo, no tenía ni ganas de responder. Al poco tiempo, el líder me pidió que redactara una evaluación de la hermana Liu. Creía que había llegado mi oportunidad. Ella siempre me estaba revelando, pero esta vez podía revelarla yo a ella para que se hiciera a la idea. Así, enumeré detalladamente sus problemas y me centré en lo desdeñosa que era de palabra y obra hacia mis sentimientos, así como en qué aspectos no hacía un trabajo práctico. Luego me enteré de que el líder lo leyó y le señaló a la hermana Liu sus problemas y esta hizo un esfuerzo consciente por cambiar. No obstante, yo aún no podía quitarme los prejuicios hacia ella. Por ello, una vez aproveché la ocasión de enseñar las palabras de Dios en una reunión para descargar todo lo que tenía en su contra.

Pensé en que ella no tenía en consideración mis sentimientos, por lo que tenía que increparla para que todos vieran que también ella tenía muchos problemas y no era mejor que yo. La revelé sutilmente diciendo: “Una persona puede ser supervisora y tener preparación técnica, pero también faltar al respeto al hablar y señalar los problemas ajenos. A veces llega a adoptar un tono muy autoritario y afirma que a la otra persona le pasa esto y aquello, lo que puede hacer que aquella se sienta limitada en el deber. Eso supone frenar a la gente y perturba indirectamente la vida de iglesia. Necesitamos discernimiento respecto a esta clase de persona”. Sentía que había conseguido descargarme, pero hubo silencio durante unos minutos; nadie compartió nada más. Me sentí algo incómoda en ese momento. Dudaba si había hablado de forma oportuna, pero después pensé que todo lo que dije era cierto, así que no debería tener nada de inaceptable. Me lo quité de la cabeza. Sorprendentemente, el líder me advirtió días más tarde que yo estuve criticando a la hermana Liu de forma velada en aquella reunión y que eso fue un ataque y una condena hacia ella. Que podría resultarle hiriente y hacer que algunos hermanos y hermanas se pusieran de mi parte, tuvieran prejuicios hacia la hermana Liu y no apoyaran su labor. Que fue algo perjudicial y perturbador. Al oír el análisis del líder, estaba muy nerviosa y asustada. Sabía que, según las palabras de Dios, condenar alegremente a alguien en una reunión perturba la vida de iglesia y supone hacer el mal. Sabía que era muy grave la naturaleza de esa conducta. Terminada nuestra conversación, busqué inmediatamente unas palabras pertinentes de Dios. Dios Todopoderoso dice: “En iglesias de todo el mundo se produce a menudo el fenómeno de condenar, etiquetar y castigar arbitrariamente a la gente. Hay quienes albergan prejuicios hacia otros, y entonces los revelan y analizan so pretexto de hablar de la verdad. Sus intenciones y objetivos para hacer esto son incorrectos. Si, al hablar de la verdad, tu propósito es realmente dar testimonio de Dios y, asimismo, beneficiar a los demás, debes hablar de tus experiencias, hacer introspección y conocerte y beneficiarlos analizándote a ti mismo. Esto será más eficaz y el pueblo escogido de Dios lo verá con buenos ojos. Si lo haces con el propósito de revelar, atacar y ningunear a otros para encumbrarte tú, Dios no lo verá con buenos ojos y tus hermanos y hermanas no se beneficiarán en modo alguno. Si la intención de alguien es condenar y castigar a otros, esta persona es un malhechor que ha empezado a realizar actos malvados. Los escogidos de Dios deben saber discernir a los malvados. Si alguien, a raíz de su carácter corrupto, revela y ningunea deliberadamente a otros, hay que ayudarlo con amor; si no es capaz de aceptar la verdad y persiste en estos actos a pesar de los reiterados intentos de enseñarle lo contrario, ese es otro asunto. Sin embargo, en el caso de aquellas personas malvadas que suelen condenar, etiquetar y castigar a la gente de forma arbitraria, hay que revelarlas por completo para que todo el mundo pueda discernirlas, y luego cohibirlas. Esto es necesario porque dichas personas perturban la vida de iglesia y el trabajo de esta y son susceptibles de engañar a la gente y de sembrar el caos en la iglesia” (“Cómo identificar a los falsos líderes (15)”). “El ataque y la venganza son un tipo de acción y de revelación que provienen de una naturaleza satánica maligna. También son una clase de carácter corrupto. La gente piensa de la siguiente manera: ‘Si tú no eres amable conmigo, ¡entonces yo no seré justo contigo! Si no me tratas con dignidad, ¿por qué habría yo de tratarte con dignidad?’. ¿Qué tipo de mentalidad es esta? ¿No es una forma de pensar vengativa? A los ojos de una persona corriente, ¿no es esta una perspectiva viable? ¿No es sostenible? (Sí). ‘No atacaremos a menos que nos ataquen; si nos atacan, sin duda contraatacaremos’ y ‘Toma una dosis de tu propia medicina’ son cosas que los incrédulos dicen a menudo; entre ellos, todos estos razonamientos tienen sentido y están completamente de acuerdo con las nociones humanas. No obstante, ¿cómo deberían ver estas palabras quienes creen en Dios y buscan la verdad? ¿Son correctas estas ideas? (No). ¿Por qué no lo son? ¿Cómo deberían caracterizarse? ¿De dónde provienen tales cosas? (De Satanás). Provienen de Satanás, de eso no hay duda. ¿De qué parte de Satanás provienen? Vienen de la naturaleza maligna de Satanás; contienen veneno y el verdadero rostro de Satanás con toda su maldad y fealdad. Contienen la esencia misma de esa naturaleza. ¿Cuál es la naturaleza de las perspectivas, los pensamientos, las expresiones, el discurso e, incluso, las acciones que contienen la esencia de esa naturaleza? ¿No son de Satanás? Sí, lo son. ¿Están estos aspectos de Satanás en concordancia con la humanidad? ¿Están acordes con la verdad? ¿Tienen fundamento en las palabras de Dios? (No). ¿Son las acciones que deben llevar a cabo los seguidores de Dios y los pensamientos y puntos de vista que deberían poseer? (No). Entonces cuando haces cosas o piensas sobre las cosas de esa manera, o bien cuando expresas tales cosas, ¿concuerda ello con la voluntad de Dios? Dado que estas cosas provienen de Satanás, ¿son acordes a la humanidad, a la conciencia y la razón? (No, no lo son)” (‘Corregir tu carácter corrupto es lo que puede liberarte de un estado negativo’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Al comparar mi conducta con las palabras de Dios, sentí mucho miedo. En mi trato con la hermana Liu, cuando ella aludía a mis problemas en privado, sin repercutir en mi estatus o mi imagen entre el resto, yo podía aceptarlo, pero luego, cuando analizó mis errores delante de todos, me sentí humillada. Pensar que los demás podrían despreciarme me hizo odiarla y no querer hablarle. La ignoraba en los debates de trabajo. Cuando descubrió mis problemas y fue tan directa al respecto y le habló de esa manera a otra supervisora sobre mí, me enojé mucho. Sentí que, en un instante, había hundido la buena imagen por la que tanto me había esforzado y sentía tanta resistencia que ni siquiera quería oír su voz. Cuando me señaló que no había respondido a tiempo a los mensajes y me advirtió que no demorara el trabajo como antes, sentí que estaba delimitándome, negando que había cambiado y complicándome las cosas. Yo descargaba mi frustración por medio del deber y no le respondía a propósito. Mis prejuicios hacia la hermana Liu se intensificaron y estaba llena de rencor hacia ella. En mi evaluación para el líder, utilicé eso como queja personal y subrayé sus faltas para que el líder tratara con ella, o incluso la destituyera, y yo me liberara un poco. Por querer vengarme de ella, la juzgué en comunión como una persona de poca humanidad y procuré que los demás la discernieran y aislaran para yo poder descargar mi ira. Estaba revelando un carácter ruin sin la más mínima humanidad ni razón. Al plantear estas cosas y criticarme, la hermana Liu estaba responsabilizándose del trabajo de la casa de Dios y ayudándome a conocerme, pero yo no lo aceptaba de ninguna manera. Era una maleducada y aprovechaba el deber para expresar mi frustración, hasta el punto de atacarla a ella con las palabras de Dios. Intentaba formar una camarilla, perturbaba la vida de iglesia y saboteaba el trabajo de la casa de Dios. Unas palabras de la hermana Liu lastimaron mi sentido del estatus, por lo que la ataqué con deseos de venganza. Fue algo siniestro de mi parte. Ni siquiera un incrédulo razonable actuaría así. Según las palabras de Dios, “Si los creyentes son tan casuales y desenfrenados en sus palabras y su conducta como lo son los incrédulos, entonces son todavía más malvados que los incrédulos; son demonios arquetípicos” (‘Una advertencia a los que no practican la verdad’ en “La Palabra manifestada en carne”). Soy una persona de fe. Había comido y bebido de muchas de las palabras de Dios, pero no podía aceptar unas pocas sugerencias. ¿Era tan siquiera humana? Seguía estas filosofías satánicas: “Como me tratan, trato” y “no atacaremos a menos que nos ataquen; si nos atacan, sin duda contraatacaremos”. Tan solo descargaba mi malestar sin ningún temor de Dios. No vivía con ninguna semejanza humana. Me sentía muy culpable y molesta, por lo que oré a Dios arrepentida y deseando quitarme los prejuicios hacia la hermana Liu. Durante unos días, cuando libraba del deber, recapacitaba acerca de lo bien que nos llevábamos cuando empecé; ¿por qué, entonces, me había vuelto tan irritable con ella? Sabía que sus críticas eran justificadas y que tal vez ella era dura y un poco directa, pero no era para tanto. ¿Por qué no lo aceptaba y, en cambio, la atacaba a sus espaldas?

Descubrí un pasaje de Dios en mi búsqueda. “Cuando los anticristos se enfrentan a la poda y el trato, a menudo muestran gran resistencia, y luego se emplean a fondo para defenderse y utilizan el sofismo y la elocuencia para engañar a la gente. Esto es bastante común. La manifestación de la negativa de los anticristos a aceptar la verdad revela completamente su naturaleza satánica de odio y desprecio por ella. Pertenecen, meramente, al linaje de Satanás. Hagan lo que hagan los anticristos, revelan su carácter y su esencia. Especialmente en la casa de Dios, todo lo que hacen es condenado, calificado de mala acción, y todas estas cosas que hacen confirman plenamente que los anticristos son Satanás y los demonios. Por tanto, desde luego no se alegran, y ciertamente no están dispuestos, a la hora de aceptar la poda y el trato; pero, aparte de su resistencia y oposición, también odian la poda y el trato, a aquellos que los podan y tratan con ellos y a quienes revelan la naturaleza de su esencia, así como sus malas acciones. Los anticristos piensan que quien los revela, sencillamente, les está complicando la vida, por lo que se la complican a cualquiera que los revele. Por su naturaleza de anticristos, nunca son amables con quien los poda o trata con ellos, ni lo toleran o soportan, y ni mucho menos sienten gratitud ni elogian a quien lo haga. En cambio, si alguien los poda o trata con ellos y les hace perder dignidad y prestigio, albergarán odio hacia esta persona de todo corazón y querrán hallar la ocasión de vengarse. ¿Cuánto odio tienen por los demás? Esto es lo que piensan y dicen abiertamente delante de ellos: ‘Hoy me has podado y has tratado conmigo. Bien, ahora nuestra animadversión está grabada en piedra. Tú sigue tu camino, y yo, el mío, ¡pero te juro que me vengaré! Si me confiesas tu culpa, inclinas la cabeza ante mí o te arrodillas y me suplicas, te perdonaré; si no, ¡jamás olvidaré esto!’. Sin importar lo que digan o hagan los anticristos, nunca entienden la poda o el trato amables de alguien, ni su ayuda sincera, como el advenimiento del amor y la salvación de Dios. Por el contrario, lo consideran señal de humillación y su momento de mayor vergüenza. Esto demuestra que los anticristos no aceptan la verdad en absoluto, y este es su carácter” (‘Cumplen con su deber solo para distinguirse a sí mismos y satisfacer sus propios intereses y ambiciones; nunca consideran los intereses de la casa de Dios, e incluso los venden a cambio de su propia gloria (VIII)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Con las palabras de Dios entendí que la actitud de los anticristos hacia las críticas consiste en rechazarlas, poner excusas, ser beligerantes y hasta considerar enemiga a la otra persona y buscar el modo de atacarla y vengarse. Odian la verdad por naturaleza y nunca la aceptan. Sabía que era cierto todo lo afirmado por la hermana Liu sobre mis problemas, por lo que, independientemente del tono que adoptara, lo hizo para ayudarme a conocerme, no para atacarme a propósito. Evidentemente, yo no era seria en el deber ni asumía ninguna responsabilidad, lo que derivó en problemas en nuestros videos. La hermana Liu analizaba y examinaba estos problemas para que no cometiéramos otra vez los mismos errores y no demoráramos el progreso del trabajo. También advirtió que mi autoconocimiento tras mi destitución era bastante superficial, así que me lo señaló amablemente. Lo hizo para ayudarme a conocerme mejor y a arrepentirme sinceramente. Sin embargo, respecto a su reiterada ayuda, yo no solo no se la agradecía, sino que creía que trataba de avergonzarme y de herir mi dignidad. Le tenía mucho rencor y comencé a considerarla enemiga y a buscar la ocasión de vengarme de ella. Incluso quería que los demás la aislaran y rechazaran. Era tan siniestra y viperina como un anticristo. Los anticristos aprovechan cualquier halago y les encanta cualquiera que diga maravillas de ellos, pero cuanto más honesto sea alguien, más lo atacan. Quien los ofenda o perjudique sus intereses se lleva la peor parte y ellos no descansan hasta acabar con esa persona. Esto provoca un perjuicio y un daño impresionantes al trabajo de la iglesia y a la entrada en la vida de otras personas. Terminan descartados definitivamente por Dios por cometer todo ese mal, por ofender Su carácter. Unas palabras de la hermana Liu lastimaron mi sentido de la reputación y del estatus, por lo que quería venganza. Solo me apaciguaría cuando ella admitiera su error y dejara de “provocarme”. Yo era muy malvada y maliciosa. Odiaba la verdad igual que los malhechores y anticristos e iba por la senda de un anticristo. Si no transformaba mi carácter de anticristo, cuando tuviera una posición, sabía que atacaría y haría todavía más el mal y que terminaría maldecida y castigada por Dios. Veía que las consecuencias eran muy aterradoras. Oré a Dios para buscar una senda en la que practicar y entrar.

Luego leí estas palabras de Dios: “Si tu líder, el responsable o los hermanos y hermanas de tu entorno te supervisan a menudo, te observan, quieren conocerte mejor y, al mismo tiempo, ayudarte y apoyarte, ¿qué actitud debes tener ante esta cuestión? ¿Oponerte, estar en guardia y resistirte, o aceptarlo humildemente? (Debemos aceptarlo humildemente). ¿Qué significa aceptarlo humildemente? Significa que debes recibir todo esto de Dios y no acogerlo nunca con impetuosidad. Si alguien descubre realmente tu problema y es capaz de señalártelo y de ayudarte a discernir y a resolverlo, está responsabilizándose de ti y del trabajo que tienes entre manos. Esto no proviene de Satanás ni de la malicia, sino de una actitud responsable hacia el trabajo de la casa de Dios. Tiene su origen en el amor y viene de Dios. Debes recibirlo de Él y no acogerlo nunca con impetuosidad ni ser impulsivo, ni tampoco oponer resistencia, precaverte o hacer suposiciones para tus adentros. Todo eso está mal y no concuerda con los principios. No es una actitud de aceptación de la verdad. La actitud más correcta es que aceptes de Dios toda práctica, declaración, supervisión, observación, corrección, o incluso poda y trato, que sean útiles para ti y no eches mano de la impetuosidad. La impetuosidad es algo que viene del maligno, de Satanás, no de Dios, y no es la actitud que deba tener una persona hacia la verdad” (“Cómo identificar a los falsos líderes (7)”). Con las palabras de Dios aprendí que no hay malicia en que los hermanos y hermanas me señalen mis problemas. No se están riendo de mí, sino responsabilizándose del trabajo de la casa de Dios y de mi entrada en la vida. Sin importar hasta qué punto entendiera los problemas que me señalaran, debía tratar de aceptarlo de parte de Dios y someterme, no darle vueltas a lo correcto e incorrecto ni ser temperamental y vengativa. Cuando no entendiera del todo las cosas, debía orar y seguir reflexionando igualmente o encontrar a hermanos y hermanas con experiencia para buscar y hablar. Esa es la actitud para aceptar la verdad. Recordé que había criticado disimuladamente a la hermana Liu en una reunión y que podía haber engañado a algunos hermanos y hermanas que no conocían la realidad, lo que habría podido repercutir en su cooperación en el deber. Por ello, aproveché la ocasión de enseñar las palabras de Dios en una reunión para sincerarme, de modo que los demás tuvieran discernimiento de lo que había hecho. La hermana Liu me buscó después para hablar de trabajo y le dije honestamente que, cuando ella me dio sugerencias, yo revelé un carácter de odio por la verdad y unas motivaciones malvadas. Comprobé que ella no parecía culparme ni odiarme en absoluto. Sentí mucha vergüenza. Luego, la hermana Liu y yo volvimos a llevarnos mucho mejor. Cuando sacaba a colación mis problemas, yo ya no me preocupaba tanto por su tono de voz y sabía, en cambio, que si eso era bueno para mi deber, tenía que aceptarlo. A veces me faltaba conciencia en ese momento, pero oraba a Dios y renunciaba a mí misma, no me preocupaba por mi imagen ni por defender mi causa y reflexionaba sobre ello más tarde. Con el tiempo me sentí mucho más relajada por trabajar así con ella.

Más adelante, trabajé apurada en un video, sin buscar el principio, por lo que se produjeron problemas que exigieron repetirlo. Otra supervisora, la hermana Chen, me envió un mensaje privado para pedirme que lo solucionara y luego yo creí que ya me había ocupado de ello. No obstante, para mi sorpresa, en una reunión de trabajo volvieron a plantearse mis errores para analizarlos. Pensé que menuda vergüenza que ella hablara así de mí delante de todos. Empecé a tener prejuicios hacia la hermana Chen, como si estuviera haciendo un mundo de la nada y no teniendo en cuenta mi dignidad. Quería encontrar un motivo para defenderme, para conservar la dignidad delante de todos. Sin embargo, comprendí entonces que hubo que repetir el trabajo porque yo estaba muy agobiada. La hermana Chen estaba hablando de ello para advertirme, de forma que pudiera reflexionar acerca de mi actitud hacia el deber y también les sirviera de advertencia a los hermanos y hermanas para que no cometieran el mismo error. Estaba protegiendo el trabajo de la iglesia. Si ponía excusas para conservar la dignidad y tenía prejuicios hacia la hermana Chen, ¿eso no sería odiar y negarme a aceptar la verdad? Supe que no podía seguir comportándome con corrupción, así que me sinceré con todos acerca de los pormenores de los errores que había cometido. Cuando acabé, compartieron algunas formas útiles de enfocar esos tipos de problemas, y en mi producción posterior en video seguí sus sugerencias y evité cometer los mismos errores. Experimenté verdaderamente que aceptar sugerencias de los hermanos y hermanas puede ahorrar molestias y mejorar la eficacia. Además, puede ayudarme a conocerme y a estar bien para la entrada en la vida.

Con esto he experimentado de veras que es importante tener una actitud de sometimiento a las críticas. Si los demás tienen razón y concuerdan con la verdad, debo dejar de lado el orgullo y admitirlo incondicionalmente. Sin embargo, si rechazo y me opongo unilateralmente a la poda y el trato y tengo prejuicios, o incluso ataco a los demás, esa es la manifestación de un anticristo y Dios me condenará y descartará si no me arrepiento. Antes, casi nadie trató conmigo de manera tan directa y no me conocía a mí misma. Creía tener buena humanidad y poder aceptar la verdad. Ahora veo que desprecio la verdad y no tengo buena humanidad. Lo que he alcanzado y aprendido hoy es gracias al juicio y castigo de las palabras de Dios. Asimismo, estoy lista para experimentar más de esto y transformar mi carácter corrupto. ¡Gracias a Dios!

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