Descubrí cómo son mis padres

20 Abr 2022

Por Xinche, Corea del Sur

Desde pequeña, siempre vi a mis padres como ejemplo de personas que seguían a Dios. Parecían muy fervientes en la fe y dispuestos a sacrificarse. Poco después de aceptar a Dios Todopoderoso, mi mamá dejó un trabajo buenísimo para cumplir con un deber a tiempo completo. Como tenía habilidades y conocimiento y estaba dispuesta a pagar un precio, siempre tenía deberes importantes en la iglesia. Después, un judas traicionó a nuestra familia, por lo que mis padres se escondieron conmigo para esquivar la detención del PCCh. Con todo, siguieron cumpliendo con el deber. Y entre la sencillez de su modo de vida y su conducta en general, aparentemente devota y espiritual, los miembros de la iglesia solían decir que mis padres tenían buena humanidad, eran auténticos creyentes y buscaban la verdad. Me tuve que separar de mis padres cuando tenía 10 años por la opresión del partido y ya no pudimos vernos más, pero siempre mantuve esta hermosa impresión de ellos. Los admiraba mucho y creía que tenían una tremenda fe en Dios, que, con todos sus sacrificios y los importantes deberes que asumían, debían de buscar la verdad y de tener buena humanidad y que Dios debía de mirarlos con buenos ojos. Creía, incluso, que eran unas personas que podrían salvarse. Estaba orgullosísima de tener unos padres así.

Más adelante, todos terminamos huyendo al exterior por la persecución del partido. Cuando contacté con ellos posteriormente, descubrí que seguían cumpliendo con el deber en el exterior. Sobre todo al descubrir que mi mamá había tenido varios cargos de supervisora, la admiré todavía más. Mis padres habían sido creyentes todos esos años, habían sacrificado mucho y, además, tenían unos deberes importantes. Pensé que tenían que ser buscadores de la verdad, que debían de tener estatura, así que en un futuro podría ir a pedirles ayuda siempre que tuviera cualquier tipo de dificultad. Era estupendo. Luego, de vez en cuando hablábamos de nuestros estados recientes. En una ocasión, mi papá dijo que estaba en un deber que, en su opinión, no requería conocimientos técnicos concretos y que tenía problemas de motivación, que siempre quería cambiar de deber. Por entonces yo estaba teniendo justo la misma experiencia, por lo que hablamos y compartimos algunas palabras de Dios. Poco después, al comer y beber de las palabras de Dios, y con la búsqueda de la verdad, vi que era quisquillosa respecto a mi deber. Quería un deber que me hiciera quedar bien; si no, era descuidada en él. Era algo muy egoísta y no demostraba auténtica fe. Llegué a despreciarme y conseguí salir de aquel estado. Sin embargo, mi papá estaba atorado y no era capaz de motivarse para cumplir con el deber. Estaba confundida. Puesto que él era creyente desde hacía más de una década, debería tener cierta estatura. ¿Por qué no podía corregir ese problema de querer elegir el deber? También me di cuenta de que, cuando les hablaba a mis padres de mis problemas, me enviaban palabras de Dios y su opinión sobre las cosas, pero lo que decían no me ayudaba realmente. Empecé a tener la vaga sensación de que en realidad no comprendían la verdad como yo había imaginado.

Más tarde, los hermanos y hermanas hablaron acerca de escribir artículos de testimonio. Supuse que, como creyentes veteranos, mis padres debían de tener muchas experiencias, especialmente mi mamá. Un anticristo la había oprimido y había sido injustamente expulsada de la iglesia, pero continuó difundiendo el evangelio. Después de su readmisión, lo daba todo en cualquier deber que tuviera y cambió varias veces de deber, con lo que debía de tener gran cantidad de experiencias. Pensé que debía escribir sobre ellas para dar testimonio de Dios. Comencé a incitar a mi madre de cuando en cuando a que redactara un artículo, pero ella no hacía más que evitarlo alegando que quería, pero que estaba demasiado ocupada en el deber y no encontraba un momento tranquilo. En mi opinión, estaba muy ocupada en el deber, pero eso no era excusa. Si de verdad tenía un testimonio que compartir, no le tomaría mucho tiempo redactarlo. ¡Qué útil sería que escribiera un testimonio de Dios a partir de sus años de fe! Yo no dejaba de presionarla, pero no escribió nada. Una vez me dijo que no era capaz de organizar sus ideas cuando intentaba escribirlo y que no sabía por dónde empezar, por lo que quería hablarlo conmigo. Me alegré mucho. Tenía muchas ganas de escuchar todas sus experiencias a lo largo de los años. No obstante, me sorprendió mucho que, al hablar de lo ocurrido y de la corrupción que había exhibido, no compartiera un entendimiento real, sino muchas cosas negativas con las que se limitaba a sí misma. Parecía que le resultaba muy doloroso hablar de sus experiencias pasadas, como si se hubiera sometido sin otra opción. No habló de que hubiera alcanzado nada con ello. Me sentí muy decepcionada tras nuestra charla. Estuve reflexionando que, si verdaderamente hubiera alcanzado algo, por muy doloroso que fuera en su momento, leer las palabras de Dios, buscar la verdad y aprender Su voluntad le aportaría una comprensión real de sí misma y de Dios, lo que al final le acarrearía verdadero gozo. Sin embargo, su forma de hablar de sus experiencias pasadas aún parecía muy dolorosa y tenía una comprensión aguda y poco práctica de sí misma. ¿Eso no quería decir que le faltaba experiencia práctica? Caí en la cuenta de que con razón era tan reacia a escribir un testimonio de Dios. Que no tenía tiempo era un pretexto. El caso era que no alcanzó la verdad ni ningún beneficio real, por lo que no podía escribir un testimonio. Mi papá quería intentar escribir algo, pero su artículo estaba lleno de banalidades y no contenía mucho sobre su autoconocimiento ni sobre lo que había alcanzado. No encajaba con sus años de fe. Recordé unas palabras de Dios: “Que puedas salvarte no depende de tu antigüedad ni de cuántos años lleves trabajando, y ni mucho menos de cuántas acreditaciones hayas acumulado. Más bien depende de si tu búsqueda ha dado fruto. Debes saber que quienes se salvan son los ‘árboles’ que dan fruto, no los árboles con follaje exuberante y abundantes flores que aún no dan fruto. Aunque hayas pasado muchos años vagando por las calles, ¿qué importa eso? ¿Dónde está tu testimonio?” (‘Práctica (7)’ en “La Palabra manifestada en carne”). Eso me supuso una llamada de atención. Es verdad. Sin importar la antigüedad de alguien ni el número de trabajos o experiencias en su haber, si no alcanza nada a partir de aquello que experimenta y no alcanza la verdad ni da testimonio, eso significa que le falta la vida. Esa clase de persona jamás podrá salvarse. No puedo describir lo que sentí cuando me quedó claro esto. Por primera vez se deshizo la imagen de mis padres como personas que comprendían la verdad y tenían estatura. No lo entendía. Tras todos esos años de fe y tantos sacrificios, ¿por qué no habían alcanzado la verdad? Sin poder contenerme, lloré a escondidas. Después ya no los admiraba tanto, pero seguía pensando que, de todas formas, tras haber dado tanto todos aquellos años, al menos tenían una humanidad digna y eran auténticos creyentes. Si eran capaces de cumplir bien con un deber y de empezar a buscar la verdad, todavía podían salvarse. Sin embargo, ocurrieron cosas que me hicieron cambiar de opinión sobre ellos.

Un día descubrí que a mi papá lo habían retirado del deber porque siempre era negligente y perezoso y no lo hacía bien. Al poco tiempo descubrí que también habían destituido a mi mamá por tener poca humanidad, no defender los intereses de la iglesia y ser demasiado arrogante y perturbadora en el deber. Me quedé boquiabierta y casi no me lo creía. ¿Cómo pudo suceder? ¿No ser capaz de cumplir con un deber no suponía, básicamente, ser eliminado? ¿Tenían poca humanidad? Todos los que conocían a mis padres antes decían siempre que tenían buena humanidad; si no, ¿cómo habrían podido renunciar a tanto? Muy confundida, no paraban de aflorar en mí todo tipo de preocupaciones. Me preguntaba qué tal estaban, si estaban sufriendo. Cada vez me sentía más en tinieblas y más deprimida y sabía que eso debía de haberse llevado a cabo según los principios de la verdad, que estaba bien, pero me costaba aceptarlo. Mis padres pasaron por mucho, siempre huyendo del Partido Comunista, y habíamos pasado muchísimo tiempo separados en todos esos años. Tenía la gran esperanza de reunirnos en el reino una vez que Dios concluya Su obra. Ahora bien, tras experimentar tantos altibajos y trabajar tanto, ¿cómo pudieron destituirlos tan fácilmente? Cada vez más disgustada por ello, no podía evitar romper a llorar. Durante unos días, suspiraba constantemente y no tenía energía para el deber. Cada vez que lo pensaba, me sentía muy mal y me quedaba totalmente sin fuerzas. Perdí de pronto toda motivación para buscar. Sabía que no me hallaba en un buen estado y no paraba de decirme: “A mis padres los destituyeron por buenos motivos. Dios es justo”. No obstante, no lo podía admitir en mi interior y trataba de razonar con Dios. Si había hermanos y hermanas que no habían contribuido realmente a la iglesia ni cumplido con ningún deber importante, pero que podían conservar su deber, ¿por qué no pudieron mis padres conservar los suyos? Fueran cuales fueran sus problemas, aunque no hubieran contribuido nada en todos aquellos años, se habían esforzado; así pues, ¿no podían darles otra oportunidad a tenor de su sufrimiento y del trabajo que habían realizado? Sabía que no me hallaba en un buen estado, que estaba siendo inflexible y no tenía motivación para buscar la verdad. Me presenté ante Dios a orar: “Dios mío, esto es muy duro para mí. Te pido que me guíes y me ayudes a conocer Tu voluntad”.

Más adelante, le pregunté a una hermana cómo lidiar con mi estado y no pude evitar llorar mientras se lo explicaba todo. Me dijo: “A tus padres les quitaron el deber, pero no los expulsaron. ¿Por qué te alteras tanto? Deberías ver que esto contiene el amor de Dios. Dios les está dando la oportunidad de arrepentirse”. Esas palabras me abrieron realmente los ojos. Era cierto. Dios jamás ha afirmado que quitar un deber signifique eliminar a alguien. Y algunos hermanos y hermanas no empiezan a hacer introspección, a sentir pesar y a cambiar y arrepentirse sinceramente hasta que no los destituyen. Después, vuelven a asumir un deber. De todos modos, tener un deber no significa que puedas salvarte plenamente. Si no buscas la verdad, es posible que Dios todavía te revele y elimine. En realidad, con la destitución, Dios les dio a mis padres la oportunidad de arrepentirse, pero yo creía que era lo mismo que ser eliminados. Eso no concuerda con la verdad. Al pensarlo de esa forma, me sentí un poco mejor, pero luego, cada vez que lo reflexionaba, seguía alterada. Siempre pensaba que la iglesia fue demasiado dura con ellos.

Después leí dos pasajes de las palabras de Dios: “Al afrontar los problemas de la vida real, ¿cómo deberías conocer y entender la autoridad de Dios y Su soberanía? Cuando te enfrentes a estos problemas y no sepas cómo entender, gestionar ni experimentarlos, ¿qué actitud deberías adoptar para demostrar tu intención de someterte, tu deseo de someterte y la realidad de tu sumisión a la soberanía y las disposiciones de Dios? Primero debes aprender a esperar; después, debes aprender a buscar y, después, debes aprender a someterte. ‘Esperar’ significa esperar el tiempo de Dios, a las personas, los acontecimientos y las cosas que Él ha organizado para ti, esperar que Su voluntad se revele gradualmente para ti” (‘Dios mismo, el único III’ en “La Palabra manifestada en carne”). “Cuanto más entendimiento te falte en una determinada materia, más debes tener un corazón temeroso de Dios y piadoso y más a menudo debes presentarte ante Dios a buscar Su voluntad y la verdad. Cuando no entiendes las cosas, necesitas el esclarecimiento y la guía de Dios. Cuando te encuentras con cosas que no entiendes, más necesitas la obra de Dios sobre ti, lo cual es el buen propósito de Dios. Cuanto más te presentes ante Dios, más cerca estará tu corazón de Él. ¿Y no es cierto que, cuanto más cerca está tu corazón de Dios, más habita Dios en él? Si Dios está más presente en el corazón de la gente, ¿mejorarán o empeorarán su estado, su búsqueda y su situación? Indudablemente, mejorarán” (“Discursos de Cristo de los últimos días”). Me sentí un poco más tranquila tras leer las palabras de Dios. Dios afirma que, cuanto menos entiendas algo, más debes buscar la verdad con veneración hacia Él para que tu estado continúe mejorando. En cuanto a la destitución de mis padres, supe que tuvo que ser apropiada para que la iglesia la llevara a cabo y que no debía quejarme. Trataba de no mortificarme por ello, pero realmente no subsané mis malentendidos ni mi alejamiento de Dios. Cada vez que pensaba en ello, aún tenía sentimientos de dolor. Posteriormente entendí que, cuando estemos confundidos por algo, hemos de buscar la verdad, no seguir las normas y refrenarnos y, desorientados, pasar por alto las cosas; así no se resuelven los problemas. A decir verdad, no conocía muy bien a mis padres. Solo sabía que, aparentemente, renunciaron a mucho y que los demás hablaban bien de ellos, pero eso es algo muy sesgado y limitado. Quería ver qué decían de ellos los hermanos y hermanas con quienes habían estado en contacto, no guiarme únicamente por mis sentimientos. Comencé a analizar al detalle la conducta de mis padres en el deber. Al leer las evaluaciones que les habían hecho, descubrí que mi papá siempre era negligente, que eludía cualquier dificultad y no estaba dispuesto a esforzarse mucho en nada que supusiera pagar un precio. Tenía habilidades, pero siempre era pasivo en el deber y no conseguía mucho. Lo cambiaron varias veces de deber, pero no cumplió bien con ninguno. En el deber de evangelización, siguió siendo negligente y eludiendo el esfuerzo. No hacía nada si no lo vigilaba el supervisor. Cuando los hermanos y hermanas le señalaban los problemas en su deber, no hacía introspección, sino que ponía por excusa que se estaba haciendo mayor y tenía problemas de salud y que ese deber no sacaba partido a sus cualidades, por lo que era normal que hubiera problemas, y que los demás esperaban demasiado. Lo destituyeron por no conseguir nunca buenos resultados en el deber. Y mi mamá parecía muy activa y capaz de pagar un precio, pero eso era algo superficial; ella solamente salía del paso. No hacía un trabajo práctico, lo que demoraba el progreso del trabajo de la iglesia. Por no manejar las ofrendas con veneración, hubo mucho derroche innecesario y muchas pérdidas de ofrendas para la casa de Dios. Trabajaba mucho, pero había muchísimos problemas y equivocaciones. Esto acarreó grandes pérdidas a la casa de Dios. Todavía se están arreglando algunos de esos desastres. Y siempre se cubría las espaldas y protegía sus intereses en vez de los de la casa de Dios. A veces, cuando lo mejor era que ella fuera a ocuparse de ciertos asuntos urgentes, se empeñaba en enviar a otra persona por miedo a ofender a alguien. Eso demoraba el trabajo de la casa de Dios. Los hermanos y hermanas también decían que era muy arrogante y obstinada y que se apoyaba en su experiencia para hacer lo que quería sin debatir las cosas con nadie. Era reacia a las sugerencias ajenas, acaparadora de su propio trabajo y carente de transparencia. Los hermanos y hermanas no estaban seguros de los pormenores de algunas cosas. Y en cuanto alguien hacía algo que a ella no le gustaba, afloraba su mal genio y reprendía airadamente a la gente. Los demás se sentían limitados por ella, y un hermano llegó a estar tan mal que le comentó: “Hermana, me falta aptitud. Debe de ser una gran carga para ti trabajar conmigo. Lo siento”. Y según otros, de no haber sido por su deber, jamás habrían querido relacionarse con alguien así. Así de graves eran sus problemas, pero no los admitía en absoluto cuando se los señalaban los demás. Tenía muchos prejuicios y renuencia hacia la hermana que supervisaba su trabajo. Creía que siempre los demás eran injustos y que era difícil llevarse bien con ellos.

Fue bastante impactante. No quería creerme que mis padres fueran de esa manera. Leí entonces un par de pasajes de las palabras de Dios. “Tanto la conciencia como la razón deben ser componentes de la humanidad de una persona. Ambas son las más fundamentales e importantes. ¿Qué clase de persona es la que carece de conciencia y no tiene la razón de la humanidad normal? Hablando en términos generales, es una persona que carece de humanidad, una persona de una humanidad extremadamente pobre. Entrando en más detalle, ¿qué manifestaciones de humanidad perdida exhibe esta persona? Prueba a analizar qué características se hallan en tales personas y qué manifestaciones específicas presentan. (Son egoístas y mezquinas). Las personas egoístas y mezquinas son superficiales en sus acciones y se mantienen alejadas de las cosas que no les conciernen de manera personal. No consideran los intereses de la casa de Dios ni muestran consideración por la voluntad de Dios. No asumen ninguna carga de testificar por Dios o de desempeñar sus deberes y no poseen ningún sentido de responsabilidad” (‘Entrega tu verdadero corazón a Dios y podrás obtener la verdad’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). “Cuando una persona tiene una buena humanidad, un corazón verdadero, una conciencia y una razón, estas no son cosas vacías y vagas que no se pueden ver ni tocar, sino que son cosas que se pueden descubrir en cualquier parte de la vida cotidiana; todas son cosas de la realidad. Digamos que una persona es fantástica y perfecta: ¿es eso algo que puedes ver? No puedes ver, tocar ni siquiera imaginar lo que es ser perfecto o fantástico. Pero si dices que alguien es egoísta, ¿puedes ver las acciones de esa persona y si corresponde a la descripción? Si alguien es supuestamente honesto con un corazón verdadero, ¿puedes ver este comportamiento? Si alguien es supuestamente astuto, deshonesto, y bajo, ¿puedes ver estas cosas? Incluso si cierras tus ojos puedes sentir si la humanidad de la persona es inferior o superior por lo que dice y cómo actúa. Así que, ‘buena o mala humanidad’ no es una frase vacía. Por ejemplo, el egoísmo y la bajeza, la deshonestidad y el engaño, la arrogancia y la santurronería son todas cosas que puedes captar en la vida real cuando entras en contacto con una persona; estos son los elementos negativos de la humanidad. Así pues, ¿se pueden percibir los elementos positivos de la humanidad que las personas deben poseer, como la honestidad y un amor de la verdad, en la vida diaria? ¿Qué condiciones debe reunir una persona para recibir el esclarecimiento del Espíritu Santo y la guía de Dios y actuar según los principios de la verdad en todo? Debe tener un corazón honesto, amar la verdad, buscarla en todo y ser capaz de practicarla una vez que la comprenda. Reunir estas condiciones implica tener el esclarecimiento del Espíritu Santo, comprender las palabras de Dios y ser capaz de poner la verdad en práctica con facilidad. Si una persona no es honesta y no ama la verdad de corazón, tendrá dificultades para recibir la obra del Espíritu Santo y, aunque le enseñes la verdad, no dará resultado. ¿Cómo saber si alguien es una persona honesta? No debes observar únicamente si miente y engaña, sino que lo principal es observar si es capaz de aceptar la verdad y de ponerla en práctica. Eso es lo más crucial. La casa de Dios siempre ha descartado a gente y a estas alturas ya ha descartado a mucha. No era gente honesta, sino astuta. Amaba las cosas injustas y no amaba la verdad en absoluto. Por muchos años que creyera en Dios, no era capaz de comprender la verdad ni de entrar en sus realidades, y menos aún de transformarse verdaderamente. Por tanto, su descarte fue inevitable. Al entrar en contacto con una persona, ¿en qué te fijas primero? Fíjate en si es honesta de palabra y obra, en si ama la verdad y es capaz de aceptarla. Todo esto es crucial. Básicamente, puedes apreciar la esencia de una persona siempre y cuando seas capaz de determinar si es una persona honesta, capaz de aceptar la verdad y de ponerla en práctica. Si la boca de la persona está llena de palabras melodiosas pero no hace nada real cuando llega el momento de hacer algo real, solo piensa en sí misma y nunca piensa en los demás, ¿qué clase de humanidad es esta? (Egoísmo y bajeza. No tiene humanidad). ¿Es fácil para una persona sin humanidad obtener la verdad? Es difícil para ella. […] No prestes atención a lo que dice una persona así; debes ver qué vive, qué revela y cuál es su actitud cuando lleva a cabo sus deberes, así como cuál es su condición interna y qué ama. Si su amor por su propia fama y fortuna excede su lealtad a Dios, si su amor por su propia fama y fortuna excede los intereses de la casa de Dios, o si su amor por su propia fama y fortuna excede la consideración que muestra por Dios, entonces ¿esa persona posee humanidad? No es alguien con humanidad” (‘Entrega tu verdadero corazón a Dios y podrás obtener la verdad’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). En las palabras de Dios descubrí que, para evaluar la humanidad de alguien, tenemos que ver su actitud hacia la comisión de Dios y hacia la verdad. Los que tienen buena humanidad aman la verdad y piensan en la voluntad de Dios en el deber. Se ocupan de forma responsable de la comisión de Dios, son confiables y protegen los intereses de la iglesia. Los que tienen poca humanidad son muy egoístas y viles y solo piensan en sus intereses. Salen del paso en el deber, son astutos y se les va la fuerza por la boca sin trabajar realmente. Puede que incluso ignoren los intereses de la casa de Dios y la traicionen en beneficio propio. Al observar la conducta de mis padres a la luz de las palabras de Dios, comprobé que realmente no eran la buena gente que yo creía. Por ejemplo, mi papá hacía sacrificios superficiales, pero no tenía una carga en el deber, sino que era negligente y eludía el esfuerzo. Cuando había que pagar un precio, se buscaba montones de excusas para disfrutar de la carne sin pensar en las necesidades de la iglesia. En el deber precisaba de una vigilancia y una insistencia constantes. Era muy pasivo. En cuanto a mi mamá, aunque estaba ocupada constantemente, era capaz de sufrir por el deber y parecía trabajar algo, sus deberes no daban ningún resultado real y solamente los realizaba para impresionar. Parecía sumamente ocupada, pero solo aspiraba a los beneficios rápidos y a hacer las cosas por su reputación y estatus. Incluso en el manejo de algo tan importante como las ofrendas, carecía de veneración por Dios, lo que provocó grandes pérdidas a Su casa. Trabajaba mucho, pero eran más los problemas, las equivocaciones y las pérdidas. En lo que atañía a los intereses de la iglesia, ella sabía que era la mejor persona para el trabajo, pero se empeñaba en que se ocupara otro. No protegía los intereses de la iglesia en materias cruciales ni era del mismo sentir que Dios. Descubrí que había realizado muchas tareas y pagado un gran precio, pero no me fijaba en sus motivaciones ni en si había alcanzado algo en realidad, si realmente había contribuido en algo ni si, verdaderamente, había hecho más mal que bien. Comprendí que la evaluación de la humanidad de alguien no se trata de sus sacrificios o esfuerzos superficiales, sino más bien de si sus motivaciones son correctas o no, de si realmente piensa en la casa de Dios o hace las cosas por su reputación y estatus. La gente de buena humanidad quizá no comprenda la verdad, pero tiene buenas intenciones y obedece a su conciencia. Toma partido por la casa de Dios y tiene en cuenta sus intereses, por lo que puede lograr cosas de verdad. Sin embargo, la gente de poca humanidad, por más que sufra y se afane o por muy bien que hable, es superficial en todo lo que hace y solo tiene en cuenta y planifica su ganancia sin pensar realmente en la casa de Dios. Por eso se equivoca mucho en el trabajo y no logra nada realmente. O puede que haga algunas cosas gracias a sus dones o a su experiencia, pero, a largo plazo, las pérdidas superan las ganancias porque tiene poca humanidad y es de mala calaña. No es confiable y no trabaja de verdad. Nunca sabes cuándo podría ocasionar perjuicios a la casa de Dios. Cuando me percaté de ello, me convencí totalmente de que mis padres carecían de buena humanidad.

Siempre había pensado en lo mucho a lo que renunciaron, incluida una vida muy acomodada, y en que habían cumplido con el deber durante casi dos décadas de altibajos, así que, aunque no buscaran la verdad, al menos eran auténticos creyentes, buenas personas. No obstante, hay muchísima gente capaz de aparentar que soporta la dificultad, pero sus motivaciones y su esencia pueden variar. No veía qué los impulsaba a esforzarse tanto ni si habían logrado algo en realidad. Solo me fijaba en sus esfuerzos superficiales y creía que eran auténticos creyentes de buena humanidad. Mi perspectiva era muy superficial y necia. Como creyentes durante todos estos años, hemos padecido la opresión del Partido Comunista y el dolor de que haya roto nuestras familias, pero hemos gozado mucho de la gracia de Dios. Dios no solo nos concede muchísimas verdades, sino también abundante sustento para nuestras necesidades en la vida. Alguien con conciencia y razón debe hacer todo lo posible por cumplir con el deber y retribuirle a Dios Su amor. Sin embargo, tras todos esos años de fe y de aprender tanta doctrina, mis padres aún no tenían la responsabilidad más elemental hacia el deber. No eran capaces ni de proteger los intereses de la iglesia. A tenor de su conducta, les quitaron sus deberes por la justicia de Dios. Eso no solo fue bueno para el trabajo de la iglesia, sino también para ellos. Si fracasar y tropezar de ese modo podía servirles para hacer introspección y volverse a Dios, para cambiar de actitud hacia el deber, eso sería su salvación y un punto de inflexión en su senda de fe. De continuar actuando así, sin introspección, arrepentimiento ni transformación, realmente podrían quedar revelados y eliminados. Recordé unas palabras de Dios: “La cantidad de sufrimiento que una persona debe soportar y la distancia que debe recorrer en su senda están ordenadas por Dios, y que, en realidad, nadie puede ayudar a alguien más” (‘La senda… (6)’ en “La Palabra manifestada en carne”). Lo único que podía hacer era señalar los problemas que descubriera y esforzarme al máximo por ayudarlos, pero en cuanto a la senda por la que optaran, yo no debía preocuparme por eso. Al darme cuenta me sentí mucho más radiante por dentro. Dejé de preocuparme y lamentarme por ellos y, en cambio, fui capaz de abordarlo adecuadamente.

Luego leí estos dos pasajes: “Debes saber qué tipo de personas deseo; los impuros no tienen permitido entrar en el reino, ni mancillar el suelo santo. Aunque puedes haber realizado muchas obras y obrado durante muchos años, si al final sigues siendo deplorablemente inmundo, entonces ¡será intolerable para la ley del Cielo que desees entrar en Mi reino! Desde la fundación del mundo hasta hoy, nunca he ofrecido acceso fácil a Mi reino a cualquiera que se gana mi favor. Esta es una norma celestial ¡y nadie puede quebrantarla!” (‘El éxito o el fracaso dependen de la senda que el hombre camine’ en “La Palabra manifestada en carne”). “Yo decido el destino de cada persona, no en base a su edad, antigüedad, cantidad de sufrimiento ni, mucho menos, según el grado de compasión que provoca, sino en base a si posee la verdad. No hay otra opción que esta. Debéis daros cuenta de que todos aquellos que no hacen la voluntad de Dios serán también castigados. Este es un hecho inmutable” (‘Prepara suficientes buenas obras para tu destino’ en “La Palabra manifestada en carne”). Estos pasajes me resultaron muy conmovedores. El único criterio de Dios para juzgar si puede salvar a las personas es si están en posesión de la verdad y han transformado su carácter. Dios ha obrado todos estos años y ha expresado muchísimas verdades con las que nos ha enseñado de forma concreta y detallada la senda para entrar en la verdad y alcanzar la salvación. Siempre que alguien sea capaz de amar y aceptar la verdad, hay esperanza de que alcance la salvación de Dios. Sin embargo, si alguien solo sabe hacer sacrificios superficiales incluso después de años de fe, sin practicar la verdad ni transformar su carácter, entonces no acepta la verdad, sino que la detesta. Alguien así, por más que se sacrifique, por muchos años que trabaje o por muy importantes que hayan sido sus deberes, si no ha alcanzado la verdad ni ha transformado su carácter al final, sino que sigue rebelándose contra Dios, resistiéndose a Él y perturbando la labor de la iglesia, no puede salvarse. Dios castigará a aquellos que cometan mucha maldad, lo que viene determinado por la justicia de Dios. En vista de eso, tuve más claro cómo llegaron mis padres a ese punto. Habían renunciado a su hogar y su empleo y se habían esforzado, pero no amaban la verdad. Eran superficiales y caprichosos en el deber y no hacían introspección en función de las palabras de Dios. Cuando los hermanos y hermanas les comentaban sus problemas, ponían excusas y siempre pensaban que eran problemas de la otra persona, que esta esperaba demasiado. Esto me demostró que detestaban la verdad y no la aceptaban, razón por la cual no se había transformado su carácter ni siquiera tras tantos años de fe. Por el contrario, a medida que acumulaban tiempo como creyentes y de trabajo, se volvieron cada vez más arrogantes. Por su forma de afrontar la verdad, vi que todos sus sacrificios no estaban destinados a alcanzar la verdad y la vida, sino que los hacían a regañadientes por las bendiciones. Eran como Pablo, que todo lo hacía para hacer un trato con Dios. No era un auténtico creyente que se esforzara mucho por Dios. Me quedó claro que el hecho de que alguien busque la verdad, tenga buena humanidad y pueda salvarse, o no, ha de juzgarse por su actitud hacia la verdad. Sus contribuciones superficiales, cuánto haya trabajado y los deberes que haya realizado son irrelevantes. Puede que algunos hermanos y hermanas no contribuyan mucho a la iglesia y que su deber parezca insignificante, pero son incondicionales y se vuelcan en él. Alguien que en el deber se centra en buscar la verdad, en reflexionar sobre su corrupción, en arrepentirse personalmente, practicar la verdad y transformar su carácter corrupto es la clase de persona capaz de mantenerse firme en la casa de Dios. Cuanto más lo pienso, más aprecio la justicia de Dios. Dios nunca ha cambiado de criterio para evaluar a la gente. Lo que pasa es que, para mí, la salvación estaba relacionada con la suerte. Creía que Dios no abandonaría a quienes hubieran hecho grandes sacrificios y esfuerzos aunque no hubieran contribuido nada. No obstante, en el caso de mis padres, vi la justicia de Dios. Dios no juzga a la gente según las emociones o nociones del hombre, sino que evalúa y contempla a cada persona en función de los criterios de la verdad. Ni siquiera las que han tenido cargos importantes en la iglesia son ninguna excepción.

Después leí un par de pasajes más que me resultaron muy esclarecedores y liberadores. Dios Todopoderoso dice: “Un día, cuando comprendas algo de la verdad, ya no pensarás que tu madre es la mejor persona ni tus padres las mejores personas. Te darás cuenta de que ellos también son miembros de la humanidad corrupta y de que sus actitudes corruptas son iguales. Lo único que los diferencia es su consanguinidad contigo. Si no creen en Dios, son lo mismo que los incrédulos. Ya no los mirarás desde la perspectiva de un familiar ni desde la de la consanguinidad, sino desde el lado de la verdad. ¿Cuáles son los principales aspectos en que debes fijarte? Debes fijarte en sus opiniones sobre la fe en Dios, en sus opiniones sobre el mundo, en sus opiniones acerca de cómo abordar los asuntos y, ante todo, en sus actitudes hacia Dios. Si te fijas en estos aspectos con precisión, verás claro si son buenas o malas personas. Si un día ves claro que son como tú, personas de carácter corrupto y, más aún, que no son las personas bondadosas, con verdadero amor por ti, que imaginas que son, y que en absoluto saben guiarte hacia la verdad ni hacia la senda correcta en la vida; si ves claro que lo que han hecho por ti no te resulta de gran provecho ni tiene relevancia para que tomes la senda correcta en la vida, y si también descubres que muchas de sus prácticas y opiniones son contrarias a la verdad, que son de la carne y que esto hace que los desprecies y sientas aversión y odio hacia ellos, entonces, a la luz de estos factores, podrás considerarlos de forma correcta en tu interior y ya no los echarás de menos, ni te preocuparás, ni serás incapaz de separarte de ellos. Habrán concluido su misión como padres y ya no los considerarás las personas más cercanas a ti ni los idolatrarás. Por el contrario, los considerarás gente normal, y en ese momento te librarás por completo de la esclavitud de las emociones y te desprenderás verdaderamente de ellas y del afecto familiar” (‘Corregir tu carácter corrupto es lo que puede liberarte de un estado negativo’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). “Muchas personas soportan mucho sufrimiento emocional sin sentido. Todo él es un sufrimiento superfluo e inútil. ¿Por qué lo digo? Porque la gente siempre está limitada por sus emociones, así que no puede practicar la verdad y obedecer a Dios. Estar limitado por las emociones es muy perjudicial para cumplir con el deber y seguir a Dios, además de un gran impedimento para la entrada en la vida. Por consiguiente, el sufrimiento debido a las limitaciones emocionales no tiene sentido y Dios no lo recuerda. ¿Y cómo puedes librarte de este sufrimiento sin sentido? Debes comprender la verdad. Una vez que aprecies y entiendas la esencia de estas relaciones carnales, te librarás fácilmente de las limitaciones de la carne. […] Satanás utiliza el afecto familiar para limitar y aprisionar a la gente. Si esta no comprende la verdad, se dejará engañar fácilmente. La gente suele pagar el precio y sufrir, llorar y soportar dificultades por amor a sus padres y familiares. Eso es ignorancia y necedad. Si estás dispuesto a sufrir así, es algo meramente autoinfligido, inútil y vano de soportar; Dios no lo recuerda en absoluto, ¡y puede decirse que no es más que puro sufrimiento! El día que comprendas la verdad te liberarás, y sentirás que fuiste un ignorante y un necio mientras padecías esas dificultades y que eso no fue culpa de nadie sino de tu ceguera, ignorancia, falta de entendimiento de la verdad y falta de claridad en tu forma de ver los asuntos” (‘Corregir tu carácter corrupto es lo que puede liberarte de un estado negativo’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Esta lectura fue muy emotiva para mí. ¡Qué bien nos comprende Dios! Todo mi llanto y mi sufrimiento innecesario se debieron a que era demasiado sentimental y no entendía las cosas. Antes no comprendía la verdad ni tenía discernimiento acerca de mis padres, sino que creía que eran estupendos, realmente admirables, mi ejemplo, y que debía procurar ser como ellos. Incluso pensaba que eran unas personas que podrían salvarse, pero al observarlos a la luz de la verdad y de las palabras de Dios, comprendí lo tremendamente equivocada que estaba y por fin tuve cierto discernimiento de la clase de personas que eran en realidad. Vi en ellos muchas cosas que no solo no admiraba, sino que despreciaba. Dejé de adularlos y admirarlos y ya no sufría ni lloraba por ellos. Llegué a ser capaz de apreciarlos de forma precisa y objetiva.

Con esta situación descubrí que me preocupaban demasiado mis sentimientos y que, cuando vivía inmersa en los afectos mundanos, solamente pensaba en cuánto podrían sufrir mis padres y no aceptaba la manera de abordar las cosas de la casa de Dios. Era reacia y hasta creía que Dios no era justo. Posteriormente comprendí por qué detesta Dios los afectos humanos: porque nos hacen confundir lo correcto y lo incorrecto, el bien y el mal, y nos alejan de Dios. Antes no me conocía. Cuando los hermanos y hermanas veían que a sus familiares los destituían o echaban, y lloraban durante días, yo los despreciaba. Pensaba que, si alguna vez me pasaba a mí, no sería tan débil. Sin embargo, cuando realmente afronté eso mismo, fui mucho más débil que nadie y prácticamente me vine abajo. No me limité a llorar unas pocas veces, sino que me deprimí y eso repercutió en mi deber. Descubrí que era ingenua, necia y, además, absolutamente irracional. Con esta experiencia logré entender un poco a esos hermanos y hermanas a quienes les costaba librarse de los afectos mundanos y me avergoncé un poco de mi ignorancia y jactancia del pasado. También aprendí que hay una verdad que buscar en todo lo que sucede. Siempre hay una oportunidad de aprender una lección y cultivar el discernimiento. Es preciso que tratemos a todos los que nos rodean, incluidos nuestros padres, según las palabras de Dios y la verdad. Entonces no los consideraremos en función de nuestros afectos y fantasías y no haremos nada que se oponga a Dios. ¡Gracias a Dios!

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