Así escapé de la jaula familiar

4 Dic 2022

Por Lin Xi, China

Acepté la obra de Dios Todopoderoso en los últimos días en 2005. En esa época, gracias a las reuniones y la lectura de las palabras de Dios me enteré de multitud de verdades y misterios que antes no conocía: llegué a saber cómo gestiona y salva Dios a la humanidad, y me enteré del propósito, el valor y el sentido de la vida humana, así como del resultado y destino del hombre. Con la lectura de las palabras de Dios Todopoderoso pude resolver muchos de los problemas y dificultades de mi vida. Me sentía genial creyendo en Dios. Sin embargo, cuando se enteró mi esposo, se opuso con firmeza a mi fe. A mi tío lo detuvo una vez la policía del PCCh por creer en el Señor. Mi esposo sabía que el PCCh nos prohibía a todos creer en Dios y le preocupaba que también me detuvieran a mí y que eso implicara a la familia entera, por lo que se oponía mucho a mi fe. Además, yo entonces era maestra sustituta, y como a él le preocupaba que la escuela se enterara y me despidiera, me presionaba mucho y me dificultaba las cosas.

Él no me dejaba leer las palabras de Dios ni escuchar himnos, y ni mucho menos asistir a reuniones o cumplir con el deber. Recuerdo que una vez me vio leer las palabras de Dios y se enojó mucho. Me dijo: “¡El Gobierno te prohíbe creer, pero tú crees de todos modos! Si te ve un miembro del Comité Educativo, no solo perderás el trabajo, sino que también te mandarán a la cárcel. Yo no tengo dinero para la fianza, ¡así que más te vale dejar de creer antes de que sea demasiado tarde!”. Después, como continuaba creyendo, me amenazó: “Mientras yo siga con vida, ¡ni sueñes con practicar tu fe!”. Al oírlo flaqueó mi determinación. Pensé: “Mi esposo no me deja practicar mi fe en ningún caso, pese a lo cual yo me empeño en creer. Entonces, ¿qué va a hacerme?”. En ese momento me acordé de un pasaje de las palabras de Dios: “Debes poseer Mi valentía dentro de ti y debes tener principios cuando te enfrentes a parientes que no creen. Sin embargo, por Mi bien, tampoco debes ceder a ninguna fuerza oscura. Confía en Mi sabiduría para seguir el camino perfecto; no permitas que triunfe ninguna de las tramas de Satanás. Dedica todos tus esfuerzos a poner tu corazón ante Mí, y Yo te consolaré y te traeré paz y felicidad” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Declaraciones de Cristo en el principio, Capítulo 10). Las palabras de Dios me motivaron mucho. Pensé en cómo el PCCh había engañado a mi esposo para que me amenazara a fin de forzarme a renunciar a mi fe. A primera vista parecía que era mi marido quien me presionaba e impedía seguir a Dios, pero, en realidad, Satanás obraba por medio de él para forzarme a tracionar a Dios y perder Su salvación. No podía caer en la trama de Satanás ni ceder ante él. Creía que, mientras me amparara en Dios y actuara según Sus palabras, Él me guiaría para superar la coacción de mi esposo. Luego escondí mis libros de las palabras de Dios y solo leía, iba a reuniones o predicaba el evangelio cuando él salía. Hasta julio de 2008, mi esposo no se enteró de que todavía practicaba mi fe y cumplía mi deber, y se enojó conmigo. Desordenó toda la casa buscando mis libros de la palabra de Dios y el MP5 en el que escuchaba himnos. Le dio al reproductor un pisotón que lo dejó hecho trizas. Para impedirme practicar mi fe, se tomó días libres en su empleo, bien pagado, para poder supervisar mis actividades en casa todo el día. Como no podía asistir a reuniones y me sentía muy atormentada, cuando surgió la ocasión, me escapé para ver a mis hermanos y hermanas, pero, para mi sorpresa, él llamó a la policía para denunciarnos. Por suerte, no encontraron libros de las palabras de Dios ni otras pruebas, así que no nos detuvieron. Más adelante, cuando descubrió que la casa de mi hermana, al lado, era un lugar de reunión, sacó fotos a los hermanos y hermanas reunidos y amenazó con denunciarlos. Por ello, los hermanos y hermanas no se atrevieron a seguir reuniéndose allí. Siempre que me veía contactar con mis hermanos y hermanas, o me pegaba o me lo recriminaba. Me pegó en incontables ocasiones, y tuve durante meses un pitido en el oído que no se me iba.

En esa época tarareaba a menudo este himno: “Ofreceré mi amor y lealtad a Dios y cumpliré con mi misión para glorificarlo. Estoy decidido a mantenerme firme en mi testimonio de Dios y a no rendirme jamás a Satanás. Tal vez me parta la cabeza y corra la sangre, pero el pueblo de Dios no puede perder el temple. La exhortación de Dios descansa en el corazón y yo decido humillar al diablo, Satanás. Dios predestina el dolor y las penalidades. Le seré fiel y obediente hasta la muerte. Dios nunca volverá a derramar una lágrima ni a preocuparse por mi culpa” (Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos, Deseo ver el día en que Dios gane la gloria). Pensaba en que, solo con el inmenso amor de Dios, yo, como ser creado, tenía la suerte de seguirlo y ser salvada por Él. Prefería morir a ceder ante Satanás y jamás traicionaría a Dios. Cuanto más me presionaba mi esposo, más debía seguir a Dios, mantenerme firme y humillar a Satanás. Luego, a la iglesia le preocupaba que mi marido siguiera pegándome si iba a reuniones o cumplía mi deber y que él denunciara a otros hermanos y hermanas, por lo que me hicieron dejar de ir a reuniones y solo leer la palabra de Dios en casa.

Los tres años siguientes únicamente podía aprovechar cuando mi esposo salía para leer a escondidas las palabras de Dios, y a veces quedaba con la hermana de al lado para compartir y predicar el evangelio a familiares y amigos. Estaba ahogada como un ave enjaulada. Recordaba los tiempos en que, con otros hermanos y hermanas, compartía la verdad y cantaba himnos de alabanza a Dios; ¡qué tiempos más felices y maravillosos! También pensaba que la obra de Dios de salvación de la humanidad en los últimos días era un suceso único y que la oportunidad desaparecería en un instante, por lo que no podía perdérmela. Anhelaba una vida normal de iglesia para predicar el evangelio y dar testimonio de Dios con los demás, pero todo esto se había convertido en vanas esperanzas. Me sentía muy deprimida y afligida y solía esconderme yo sola a llorar. Tenía ganas de gritar: “Creer en Dios supone ir por la senda correcta. Yo he elegido lo correcto. ¿Por qué no me va bien?”. Me acordé de un pasaje de las palabras de Dios. “Durante miles de años, esta ha sido la tierra de la suciedad. Es insoportablemente sucia, la miseria abunda, los fantasmas campan a su antojo por todas partes; timan, engañan, y hacen acusaciones sin razón; son despiadados y crueles, pisotean esta ciudad fantasma y la dejan plagada de cadáveres; el hedor de la putrefacción cubre la tierra e impregna el aire; está fuertemente custodiada. ¿Quién puede ver el mundo más allá de los cielos? El diablo ata firmemente todo el cuerpo del hombre, pone un velo ante sus ojos y sella con fuerza sus labios. El rey de los demonios se ha desbocado durante varios miles de años, hasta el día de hoy, cuando sigue custodiando de cerca la ciudad fantasma, como si fuera un ‘palacio de demonios’ impenetrable. Esta manada de perros guardianes, mientras tanto, mira fijamente con mirada penetrante, profundamente temerosa de que Dios la pille desprevenida, los aniquile a todos, y los deje sin un lugar de paz y felicidad. ¿Cómo podría la gente de una ciudad fantasma como esta haber visto alguna vez a Dios? ¿Han disfrutado alguna vez de la amabilidad y del encanto de Dios? ¿Qué apreciación tienen de los asuntos del mundo humano? ¿Quién de ellos puede entender la anhelante voluntad de Dios? Poco sorprende, pues, que el Dios encarnado permanezca totalmente escondido: en una sociedad oscura como esta, donde los demonios son inmisericordes e inhumanos, ¿cómo podría el rey de los demonios, que mata a las personas sin pestañear, tolerar la existencia de un Dios hermoso, bondadoso y además santo? ¿Cómo podría aplaudir y vitorear Su llegada? ¡Esos lacayos! Devuelven odio por amabilidad, empezaron a tratar a Dios como un enemigo hace mucho tiempo, lo han maltratado, son en extremo salvajes, no tienen el más mínimo respeto por Dios, roban y saquean, han perdido toda conciencia, van contra toda conciencia, y tientan a los inocentes para que sean insensibles. ¿Antepasados de lo antiguo? ¿Amados líderes? ¡Todos ellos se oponen a Dios! ¡Su intromisión ha dejado todo lo que está bajo el cielo en un estado de oscuridad y caos! ¿Libertad religiosa? ¿Los derechos e intereses legítimos de los ciudadanos? ¡Todos son trucos para tapar el pecado!” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. La obra y la entrada (8)). Con la revelación de Sus palabras vi la verdad de la resistencia a Él de los demonios del PCCh. Recordé que, desde que el PCCh tomara el poder, propagaba deliberadamente el ateísmo alegando que “toda evolución fue natural”, “el hombre evolucionó del mono”, “jamás ha habido Salvador alguno” y demás. Engañaban al pueblo con estas absurdas teorías a fin de que aquel negara y traicionara a Dios, se resistiera a Él como ellos, acabara aniquilado por Él y se convirtiera en su ajuar funerario. En los últimos días, ahora que Dios se ha encarnado para salvar a la humanidad, el PCCh persigue frenéticamente a Cristo y detiene y persigue sin motivo a los cristianos con el objetivo de acabar con la obra de Dios en los últimos días e instaurar un dominio ateo en China. El PCCh es una legión demoníaca que considera enemigo a Dios. Es una encarnación asesina de Satanás que se resiste a Dios. Mi esposo me presionaba y me impedía practicar mi fe porque la filosofía atea del PCCh le había lavado el cerebro. No creía en Dios y le asustaba verse implicado si el PCCh me detenía, por lo que se oponía totalmente a mi fe en Dios. Todo el sufrimiento por el que yo pasaba era obra del PCCh, rey de los diablos. Odiaba de todo corazón a esa camarilla demoníaca. Desde que yo creía en Dios, mi esposo seguía el juego al PCCh en su opresión hacia mí no dejándome leer las palabras de Dios, ir a reuniones ni cumplir mi deber, me pegó en incontables ocasiones y hasta nos denunció a mis hermanos y hermanas y a mí a la policía. Consciente de que la naturaleza y esencia de mi esposo eran de odio por la verdad y de desprecio a Dios y de que él siempre me oprimiría si trataba de practicar mi fe en casa, pensé muchas veces en divorciarme e irme de casa para practicar mi fe y cumplir con el deber de verdad, pero siempre que pensaba en irme de casa, me preocupaba mi hijo. Era adolescente; ¡le resultaría durísimo perder a su madre! En casa podía leerle relatos bíblicos, enseñarle las palabras de Dios y llevarlo ante Él. Si me marchaba, ¿quién lo guiaría en su fe? Siempre que lo pensaba, me sentía especialmente débil, me faltaba valor para divorciarme de mi esposo y soportaba en silencio mi vida en cautividad. Asolada por el sufrimiento, me presentaba ante Dios en oración y leía Sus palabras a escondidas. Entonces me sentía algo reconfortada.

En octubre de 2011 me escapé para asistir en secreto a unas reuniones. Mi esposo amenazó a los hermanos y hermanas diciéndoles que, si me recibían, la próxima vez no sería tan amable con ellos. También me amenazó a mí: “¡Mientras estés aquí, no te dejaré creer en Dios! ¡Si quieres creer, tendrás que irte de esta casa!”. Fue una amarga decepción oírle decir eso. Alucinante: me echaría solo por creer en Dios sin pensar lo más mínimo en todos nuestros años juntos. En ese momento me acordé de un pasaje de las palabras de Dios: “¿Por qué un esposo ama a su esposa? ¿Y por qué una esposa ama a su esposo? ¿Por qué los hijos son diligentes con sus padres? ¿Y por qué los padres adoran a sus hijos? ¿Qué clase de intenciones realmente albergan las personas? ¿No es su intención satisfacer los planes propios y los deseos egoístas?” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Dios y el hombre entrarán juntos en el reposo). Las palabras de Dios eran muy fieles a la realidad. No hay amor verdadero entre las personas. El amor entre esposos se basa en el presupuesto del beneficio mutuo. Antes de que yo creyera en Dios, mi esposo jamás me había tratado así, pero en el momento en que le preocupó verse implicado si me detenían por creer en Dios, no pensó lo más mínimo en todos nuestros años de casados juntos, y me pegaba y hasta me amenazaba con echarme de casa. ¿Era así de despiadado nada más que por proteger sus intereses? Al darme cuenta de eso, pensé: “Ya que él trata de echarme, bien podría irme y ser libre de creer en Dios y cumplir con el deber”. Después, mientras mi hijo estaba en clases particulares con su tía, me marché a una iglesia a unos 50 kilómetros y por fin pude participar en la vida de iglesia y cumplir con el deber. Sin embargo, por entonces aún me preocupaba mi hijo. Siempre que tenía tiempo libre o días festivos, cuando veía que los niños se iban a casa con sus padres al salir de la escuela, pensaba en lo triste que debía de estar mi hijo por no tenerme en casa y quería irme a casa a verlo, pero me preocupaba que mi esposo me pegara, oprimiera o recriminara, así que no me atrevía a volver. Solamente podía llorar a escondidas.

En septiembre de 2012, un día me encontré por la calle a mi cuñado, que me obligó a volver a casa. Una vez que regresé a casa, mi esposo convocó una gran reunión de toda la familia. Llamó a sus hermanos, el mayor y el menor, a mi padrastro y a mi cuñado para tratar de disuadirme. Mi cuñado me amenazó: “Si no fueras mi cuñada, haría una llamada y te mandarían a la Oficina de Seguridad Pública”. Mi padrastro echó más leña al fuego animando a mi esposo a que reprimiera mis actos. Tal como iban las cosas, me preocupaba que, con tanta gente en contra de mi fe en Dios, mi esposo me oprimiera aún más en lo sucesivo, por lo que advertí prudentemente que volvía a casa a vivir mi vida. Mis familiares se callaron entonces. Al tercer día de mi regreso a casa, vi que la líder de la iglesia estaba visitando a mi hermana de al lado, así que, emocionada, fui a preguntarle por las reuniones de la iglesia. Para mi sorpresa, mi marido me siguió allí y me gritó de forma agresiva que volviera a casa. Como no quería problemas para mis hermanas, volví rápido a casa. Cuando la líder de la iglesia salió de la casa de mi hermana, mi marido la amenazó con una pala: “¡Si vuelves otra vez, no seré tan amable!”. Agarró un cuchillo de cocina e irrumpió en casa de mi hermana con intención de clavárselo, y su esposo y yo tuvimos que frenarlo a toda prisa. Luego de eso, dejé de reunirme con mis hermanos y hermanas por temor a exponerlos al peligro.

En esa época experimenté mucha angustia mental y solía esconderme yo sola a llorar. Una vez me escapé de casa para charlar con una hermana cuando mi esposo había salido, pero, cuando yo volvía, él me vio por la calle mientras conducía a casa. Me regañó diciéndome: “¿Sabes que podría atropellarte con este vehículo?”. Esto me congeló el corazón. Quería atropellarme con su vehículo solo porque creía en Dios. Con esto tuve más claro que mi esposo era un demonio que odiaba a Dios y que nunca dejaría de oprimirme. Dado que no podría practicar mi fe en esa casa, mi única opción era irme. No obstante, cuando pensaba en irme, me sentía sumamente triste. Acababa de reencontrarme con mi hijo, y si me iba de nuevo, ¡sería durísimo para él! Si me iba, ¿quién lo guiaría para que creyera en Dios y siguiera la senda correcta? Cuanto más lo pensaba, menos soportaba la idea de dejar a mi hijo. Tan solo podía presentarme continuamente ante Dios en oración: “¡Amado Dios! Mi esposo continúa oprimiéndome y estorbándome. Quiero irme para poder practicar mi fe, pero no puedo renunciar a mi hijo. ¡Amado Dios! No me decido sobre lo que he de hacer y oro para que me des esclarecimiento y guía”. Luego encontré un himno de las palabras de Dios: “¿Las personas son incapaces de hacer a un lado su carne por este corto tiempo? ¿Qué cosas pueden resquebrajar el amor entre el hombre y Dios? ¿Quién puede deshacer el amor entre el hombre y Dios? ¿Son los padres, esposos, hermanas, esposas o el refinamiento doloroso? ¿Pueden los sentimientos de conciencia borrar la imagen de Dios dentro del hombre? ¿El estar en deuda y las acciones de las personas entre sí son actos propios? ¿Pueden ser remediados por el hombre? ¿Quién es capaz de protegerse a sí mismo? ¿Pueden las personas proveer para ellas mismas? ¿Quiénes son los fuertes en la vida? ¿Quién puede dejarme y vivir por su cuenta? Una y otra vez, ¿por qué Dios pide que todas las personas lleven a cabo la obra de introspección? ¿Por qué dice Dios, ‘quién ha dispuesto sus dificultades con su propia mano?’” (Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos, Deseo ver el día en que Dios gane la gloria). Las palabras de Dios me impactaron profundamente y sentí mucha culpa. Recordé que Dios se había encarnado para salvar a la humanidad, que expresa la verdad y realiza Su obra entre los hombres con gran paciencia mientras soporta una profunda humillación y brinda todo Su amor a la humanidad objeto de Su salvación. Al acordarme de todo el sufrimiento de Dios por salvar al hombre, vi lo sumamente práctico que es Su amor. Lo que Dios espera es que nos paremos y atendamos Su voluntad y lo abandonemos todo por predicar el evangelio y dar testimonio de él. Este es Su amor por nosotros. Sin embargo, yo era egoísta y solo pensaba en que no habría nadie que cuidara de mi hijo si yo me iba, sin reparar en la voluntad de Dios. Me desprecié por débil, inútil, carente de conciencia e incapaz de abandonarlo todo por seguir a Dios. Como no podía renunciar a mi hijo, tenía que resignarme a estar atrapada en casa, a dejarme pegar por mi esposo, enjaulada y controlada sin ocasión de leer las palabras de Dios, y ni mucho menos de cumplir con mi deber de ser creado. No tenía la menor determinación para buscar la verdad y amar a Dios. Si Abraham estuvo dispuesto a dar a su único hijo en ofrenda a Dios, ¿por qué yo no podía separarme temporalmente de mi hijo para cumplir con mi deber de ser creado, buscar la verdad y recibir la salvación de Dios? No podía abandonar más el deber por ser incapaz de renunciar a mi hijo. Sabía que la obra de salvación de Dios iba a concluir y que pronto se desencadenarían grandes desastres. En casa no podía leer las palabras de Dios, ir a reuniones ni cumplir mi deber; de seguir así, no alcanzaría la verdad ni podría hacer buenas acciones. Era susceptible de perecer en cualquiera de los próximos desastres. ¿Cómo guiaría entonces a mi hijo por la senda correcta? ¿No estaba también el destino de mi hijo en las manos de Dios? No tenía control sobre cuánto estaba predestinado a sufrir ni sobre si podría emprender la senda correcta. Al darme cuenta, se me calmó un poco la ansiedad.

Después leí más palabras de Dios, conocí algo más la verdad y finalmente dejé de preocuparme por mi hijo. Leí este pasaje: “Además del nacimiento y la crianza, la responsabilidad de los padres en la vida de sus hijos es simplemente proveerle un entorno formal para que crezca en él, porque nada excepto la predestinación del Creador tiene influencia sobre el destino de la persona. Nadie puede controlar qué clase de futuro tendrá una persona; se ha predeterminado con mucha antelación, y ni siquiera los padres de uno pueden cambiar su destino. En lo que respecta a este, todo el mundo es independiente, y tiene el suyo propio. Por tanto, los padres no pueden evitar el destino de uno ni ejercer la más mínima influencia sobre el papel que uno desempeña en la vida. Podría decirse que la familia en la que uno está destinado a nacer, y el entorno en el que crece, no son nada más que las condiciones previas para cumplir su misión en la vida. No determinan en modo alguno el destino de la persona en la vida ni la clase de destino en el que cumplirá su misión. Y, por tanto, los padres no pueden ayudarle en el cumplimiento de su misión ni tampoco puede ningún familiar ayudarle a asumir su papel en la vida. Cómo cumple uno su misión y en qué tipo de entorno desempeña su papel viene determinado por el destino de uno en la vida. En otras palabras, ninguna otra condición objetiva puede influenciar la misión de una persona, que es predestinada por el Creador. Todas las personas maduran en el entorno particular en el que crecen, y después poco a poco, paso a paso, emprenden sus propios caminos en la vida y cumplen los destinos planeados para ellas por el Creador. De manera natural e involuntaria entran en el inmenso mar de la humanidad y asumen sus propios puestos en la vida, donde comienzan a cumplir con sus responsabilidades como seres creados por causa de la predestinación y la soberanía del Creador” (La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. Dios mismo, el único III). Con la lectura de las palabras de Dios entendí que el destino de un hijo no guarda relación con sus padres, sino que lo determina la soberanía de Dios. El destino de mi hijo estaba en manos de Dios. No podía controlar cuánto sufriría mi hijo ni si emprendería la senda correcta; todo esto estaba sujeto a los dictados de lo dispuesto por Dios. Me acordé de José: lo habían vendido como esclavo en Egipto y a temprana edad lo privaron del cuidado y la guía de sus padres, pero Jehová Dios lo respaldó. Por más que trató de engañarlo la mujer del capitán de guardia del faraón, él nunca se dejó. Además, José padeció muchas penurias en Egipto, pero estas, en realidad, fraguaron su determinación y lo enseñaron a confiar en Dios. Reflexioné sobre aquellos hermanos y hermanas que no dejaban su hogar por cumplir su deber: solían animar a sus hijos a practicar su fe e ir por la senda correcta, y algunos de estos hijos sí practicaban su fe y seguían a Dios por la senda correcta, pero otros se dejaban atrapar por las malvadas tendencias mundanas y eran cada vez más disolutos. Vi que lo que hacía que un hijo fuera por la senda correcta no era que sus padres lo acompañaran, sino si por naturaleza amaba la verdad y si Dios lo había predestinado a ello. Si mi hijo tenía humanidad y era objeto de la salvación de Dios, aunque yo no permaneciera a su lado, crecería sano de todos modos y llegaría a creer en Dios. Todo esto estaba en manos de Dios, yo no tenía que preocuparme. En mis años como creyente había gozado mucho del riego y sustento de las palabras de Dios, pero no era capaz de cumplir mi deber de ser creado por apego a mi hijo. ¡Qué egoísta! Tenía que retribuirle a Dios Su amor predicando el evangelio, dando testimonio de Él y trayendo a más gente a Su casa. En febrero de 2013 abandoné a mi familia y tomé un tren a una iglesia en un pueblo lejano.

Cuando pasó el tren por la escuela de mi hijo, miré el edificio donde él asistía a clase y pensé para mis adentros: “A saber cuándo volveré a verlo”. No pude reprimir el llanto. Esto me hizo despreciar más aún el autoritarismo del diablo, Satanás. Él me había apartado de mi familia y me impidió practicar mi fe y cumplir mi deber libremente. En ese momento anhelé todavía más el tiempo venidero de gozo y libertad del reinado supremo de Cristo, lo que avivó mi energía para buscar la verdad y aspirar a la luz. Canté mentalmente un himno de las palabras de Dios: “Eres un ser creado, debes por supuesto adorar a Dios y buscar una vida con significado. Como eres un ser humano, ¡te debes gastar para Dios y soportar todo el sufrimiento! El pequeño sufrimiento que estás experimentando ahora, lo debes aceptar con alegría y con confianza y vivir una vida significativa como Job y Pedro. Vosotros sois personas que buscáis la senda correcta, los que buscáis mejorar. Sois personas que os levantáis en la nación del gran dragón rojo, aquellos a quienes Dios llama justos. ¿No es eso la vida con más sentido?” (Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos, La vida más significativa). Al meditar las palabras de Dios me di cuenta de que Dios había predestinado que lo siguiera y cumpliera mi deber en ese entorno adverso; esta era la senda por la que Dios me guiaba. Como ser creado, estaba dispuesta a someterme a lo dispuesto por Dios, a buscar la verdad y a trabajar diligentemente para satisfacer a Dios y humillar al diablo Satanás. Cuando lo entendí, me sentí mucho más tranquila y en paz. Di gracias a Dios por guiarme para que me liberara de la cautividad en que me tenía mi esposo, con lo cual podía cumplir mi deber de ser creado e ir por la senda correcta.

Luego continué con mi deber en una iglesia lejos de casa. En estos años he experimentado las palabras y la obra de Dios, he comprendido algunas verdades y creo haber aprendido bastante. ¡Gracias a Dios por guiarme!

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