Así me desprendí de mi actitud dominante

31 Ene 2022

Por Cheng Nuo, Francia

En realidad, no me alegró demasiado que la líder asignara a la hermana Lin a regar conmigo una iglesia de nuevos fieles. Creía que, si había gestionado dos iglesias por mi cuenta, ¿qué falta me hacía una compañera para gestionar una sola? Los logros, sin duda, se considerarían de dos personas, yo no sería el centro de atención y nadie me admiraría. Si me ocupaba yo misma, los hermanos y hermanas me verían capaz por asumir tanto yo sola. Sería el pilar de ese deber, indispensable. Destacaría mucho. Además, con una compañera no tendría la última palabra; ¿no tendría entonces la mitad de poder? Tendría que recabar la opinión de mi compañera acerca de todo y yo parecería inepta. Esa forma de pensar me hizo muy reacia a ese sistema y me preguntaba si la líder se había equivocado o si me menospreciaba. Sabía que las demás iglesias tenían dos encargados, pero me creía especialmente capaz, no como los demás. Dejaba mucho de lado a la hermana Lin y ni siquiera le contaba muchas cosas que hacía. Una vez, dos grupos tuvieron que unirse porque se habían ido algunos miembros. Supuse que yo misma sabría hacer algo así de sencillo. Como me había ocupado anteriormente de todo eso, no hacía falta debatirlo. Fui y los uní. Al preguntarme la hermana Lin, le dije confiadamente que yo me había ocupado. En otra ocasión, un líder quizo que viéramos a qué nuevos fieles se podría capacitar para predicar el evangelio, así que, directamente, formé un grupo de buenos candidatos. Cuando estaban aprendiendo los principios de esa labor, advertí que uno de ellos solía estar ocupado en su trabajo. Lo cambié unilateralmente de grupo y revoqué su derecho a cumplir con un deber. Cuando se enteró el hermano Zhang, encargado de la labor evangelizadora, me trató diciéndome que era autoritaria y arbitraria por tomar decisiones sin mi compañera. En ese momento solo contesté que tenía razón, pero no creía de corazón que mi corrupción fuera tan mala.

Tras muchos sucesos como ese, un día me buscó la hermana Lin para comentarme: “Somos compañeras. Aunque sepas hacer cosas tú sola, deberías mantenerme informada para saber yo también cómo avanza el trabajo. La hermana Zhang siempre hace el esfuerzo de debatir las cosas con su compañera. Lo hablan todo ellas dos”. Pensé: “Si te lo cuento, seguirás mis consejos; ¿no es eso un formalismo? La gente pregunta porque no sabe hacer algo. ¿Por qué habría de molestarme yo si me las arreglo muy bien? Es mucho jaleo tener una compañera, tener que hablarte de todo. Pareceré una subordinada que informa a su superior, lo que me hará parecer inepta”. Me lo comentó alguna vez más, pero yo seguía haciendo las cosas igual. A veces me preguntaba cosas concretas, pero yo la ignoraba. Pensaba que me preguntaba cosas que ya habíamos debatido, así que pasaba de ella. En los debates de trabajo, de vez en cuando oía que suspiraba una y otra vez y me preguntaba si yo la cohibía. Sí me sentía un poco mal, pero luego pensaba que no le había hecho nada, por lo que no me lo tomaba en serio. Un día me preguntó: “Podrías gestionar esta iglesia por tu cuenta, ¿verdad?”. No comprendí entonces por qué me lo había preguntado y me pregunté si la iban a trasladar. Me parecía estupendo: no tendría que informarle de nada, sino que podría estar al frente. Tan solo contesté: “Sí”. No dijo nada. Más adelante supe que sí se sentía muy frenada por mí, como si no pudiera hacer nada, y quería renunciar. Reconocía que no tenía una buena actitud hacia ella, pero no hacía demasiada introspección.

La líder mandó a la hermana Lin centrar parte de sus esfuerzos en otro proyecto, así que yo me responsabilicé de más trabajo de la iglesia. Me alegré en secreto, pues creía que por fin luciría mis habilidades y tendría poder de decisión. Sin embargo, las cosas no resultaron para nada así. Evidentemente, mi deber se puso mucho más difícil, y cuando los hermanos y hermanas tenían un problema en el suyo, no percibía su esencia, con lo que no lo podía resolver de raíz. Con el tiempo fueron más los nuevos fieles que no se reunían habitualmente, y la líder me dijo que mi trabajo tenía muy malos resultados. También la hermana Lin señaló muchas veces mis problemas: que hacía las cosas sola, que no consultaba con nadie y que no buscaba la verdad en las cosas. En esa época era muy inflexible y ni lo asimilaba ni hacía introspección. Mi estado era cada vez peor tras aquello y estaba confundida. Un día, la líder me dijo que quería charlar conmigo de mi estado y fijó un encuentro con otra hermana. Había oído que el trabajo de esa hermana era deficiente, así que pensé que, por ello, la líder creía que yo era igual. Estaba algo asustada. ¿Tan grave era realmente mi problema? ¿Iba a perder mi deber? Todo iba bien antes, cuando gestionaba dos iglesias, y ahora, con una sola, en un trabajo que conocía y había hecho antes, ¿por qué no me iba bien? Tenía que haber algo de malo en mí. Me presenté ante Dios a orar y le pedí que me guiara para reflexionar y entender mi problema. Un día leí este pasaje de las palabras de Dios: “Cuando dos personas son responsables de algo, y una de ellas tiene la esencia de un anticristo, ¿qué se exhibe en tal persona? Da igual de qué se trate, ellos y solo ellos son los que mueven los hilos, los que hacen las preguntas, los que ordenan las cosas, los que aportan una solución. Y la mayoría de las veces, mantienen a su compañero en la ignorancia. ¿Qué es su compañero a sus ojos? No es su adjunto, sino un mero elemento decorativo. A ojos del anticristo, simplemente no es su compañero. Cada vez que hay un problema, el anticristo lo considera en su mente, lo rumia, y una vez que ha decidido una vía de acción, informa a todos los demás de que así es como se debe hacer, y a nadie se le permite cuestionarlo. ¿Cuál es la esencia de su cooperación con los demás? El hecho es que son ellos los que mandan. Actúan solos, hablando, resolviendo problemas y asumiendo el trabajo por su cuenta, sus compañeros no son más que elementos decorativos. Y al ser incapaces de trabajar con nadie, ¿comunican su trabajo a los otros? No. En muchos casos, los demás solo se enteran cuando ya está terminado o arreglado. Los demás les dicen: ‘Todos los problemas han de discutirse con nosotros. ¿Cuándo trataste con esa persona? ¿Cómo lo manejaste? ¿Cómo no nos hemos enterado?’. Ni dan explicaciones ni prestan atención; para ellos, su compañero no tiene ninguna utilidad. Cuando ocurre algo, lo consideran y toman su propia decisión, actuando como les parece. No importa cuántas personas haya a su alrededor, es como si no estuvieran allí; para el anticristo no son nada. De este modo, ¿se obtiene algo real de su cooperación con los demás? No, solo se limitan a actuar por inercia, a representar un papel. Otras personas les dicen: ‘¿Por qué no cooperas con todos los demás cuando te encuentras con un problema?’. A lo que ellos responden: ‘¿Qué saben ellos? Yo soy el líder del equipo, a mí me corresponde decidir’. Los demás dicen: ‘¿Y por qué no hablaste con tu compañero?’. Responden: ‘Se lo dije, y no tenía opinión al respecto’. Se aprovechan de que su compañero no tenga opinión o no sea capaz de pensar por sí mismo como excusa para ocultar el hecho de que están actuando según su propia ley. Y esto no va seguido de la más mínima introspección, ni mucho menos de la aceptación de la verdad: eso sería imposible. Este es un problema de la naturaleza del anticristo” (‘Querrían que se les obedeciera solo a ellos, no a la verdad ni a Dios (I)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Este pasaje me resultó muy desgarrador. Parecía que, con cada palabra, Dios me delataba. Por fin entendí que querer tener siempre la última palabra, tratar a la hermana Lin como si no existiera y no consultarle con la excusa de que yo sabía hacerlo era dictatorial e implicaba tomar la senda de un anticristo. Cumplía así con el deber desde el principio. Cuando uní aquellos dos grupos, lo hice sin hablarlo con la hermana Lin. Ni siquiera se lo conté. Cuando vi a un recién llegado ocupado en su trabajo, no debatí el mejor plan de acción, sino que, directamente, lo eché del grupo y lo retiré del deber. Cuando la hermana Lin me preguntaba por proyectos y nuevos creyentes, no le respondía pacientemente, sino que me molestaba porque creía que era como informar a un superior, como estar por debajo de ella, y era despectiva con ella. Siempre quería tener la última palabra, tener autoridad. Era autoritaria y arbitraria en el deber, pues no quería trabajar con nadie, y la frenaba. Eso no era cumplir con un deber. Era interrumpir el trabajo de la casa de Dios y hacer de esbirra de Satanás.

Leí más adelante un pasaje de las palabras de Dios. “Algunos anticristos dicen: ‘Cuando me encuentro con un problema, me gusta tomar las decisiones. No me gusta discutirlo con nadie más, eso me haría parecer estúpido e incompetente’. ¿Qué clase de punto de vista es ese? ¿Se trata de un carácter arrogante? Piensan que cooperar y discutir las cosas con los demás, buscar respuestas en ellos y hacerles preguntas, es indigno y degradante, una afrenta a su autoestima. Y por eso, para proteger su autoestima, no permiten la transparencia en nada de lo que hacen, ni se lo cuentan a los demás, y mucho menos lo discuten con ellos. Piensan que discutir con otros es mostrarse como incompetentes; que pedir siempre la opinión de otros equivale a ser estúpidos e incapaces de pensar por sí mismos; que trabajar con los demás para completar una tarea o resolver algún problema les hace parecer inútiles. ¿No es este el ridículo punto de vista en sus corazones? ¿Y es este su carácter corrupto? Cuando sus mentes están gobernadas por tal carácter, son incapaces de trabajar bien con los demás. ¿Tienen relación con esto la arrogancia y la santurronería? Sin duda. ¿Es su mentalidad pensar que siempre tienen la razón, que son ellos los que deben mandar y tomar las decisiones? Por un lado, se trata de su mentalidad y motivación corruptas; ante todo, es su carácter corrupto. Según este, creen que trabajar con otros es diluir y fragmentar su poder, que cuando el trabajo se comparte con otros, su propio poder disminuye. Tener menos voz equivale a una falta de poder real, lo que a ellos les supone una tremenda pérdida. Y así, no importa el problema que se les presente, si tienen la oportunidad, y son capaces de hacerlo por su cuenta, entonces no lo discutirán con nadie, prefieren equivocarse a dejar que otras personas lo sepan, les parece mejor equivocarse a compartir el poder con alguien, prefieren la destitución a dejar que otras personas se involucren en su trabajo. Eso es un anticristo. Prefieren dañar y poner en peligro los intereses de la casa de Dios que compartir su poder con nadie. Piensan que cuando están haciendo un trabajo o manejando algún asunto, mientras entiendan la verdad y sean capaces de hacerlo por su cuenta, no necesitan colaborar con nadie más ni buscar principios. Creen que deben llevarlo a cabo y completarlo solos, y que solo así son competentes. Al amparo de este pretexto, logran su objetivo de hacer todo lo posible para promocionarse, distinguirse, ejercer el poder. Así, los anticristos se obsesionan con el poder que ostentan, y nunca jamás lo abandonan” (‘Querrían que se les obedeciera solo a ellos, no a la verdad ni a Dios (I)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Cuando leí esto, recapacité que era tan dominante y reticente a trabajar con los demás porque me preocupaba que, con más gente trabajando conmigo, se repartiera mi poder y no fuera la única al mando, la que llevara la voz cantante, ni me admirara nadie. Trabajando con la hermana Lin, como ya me había responsabilizado de iglesias para nuevos fieles, creía tener experiencia, conocimiento y capacidad. Me aproveché de esto y me volví arrogante, pues me creía especial y que debía estar un escalón por encima. Ella quería que la mantuviera informada antes de hacer algo, pero, en mi opinión, debatir con ella las cosas me haría parecer incompetente, así que las hacía yo sola. A veces me preguntaba si debía consultarla, pero, a fin de lucirme y recibir la admiración ajena, ponía por excusa que ella no tendría ninguna opinión, que estaría de acuerdo conmigo de todos modos. Se nos ordenó que hiciéramos las dos juntas el trabajo de la iglesia. Ella tenía derecho a participar en todos los trabajos, a conocer sus pormenores y avances, pero yo la arrinconaba para hacer las cosas por mi cuenta, con lo que le quitaba el derecho a saber cosas y hablar y la convertía en una figurante. Tenía todo el trabajo en mis manos y no dejaba que participara. ¿No era un anticristo que fundaba su propio imperio? Me acordé de la dictadura del gran dragón rojo y su control extremo, que el pueblo ha de hacerle caso sin cuestionarlo. Y yo quería estar a cargo en todo lo que hiciera, dominante y reticente a debatir las cosas con otros. Era dictatorial en la iglesia y tenía el control último. ¿En qué me diferenciaba del gran dragón rojo? Cuanto más lo pensaba, más grave percibía mi problema de negarme a colaborar con los demás y estaba algo asustada. Cristo y la verdad ejercen el poder en la iglesia. Pase lo que pase, debemos buscar la verdad y hacer las cosas según los principios, pero yo siempre quería tener la última palabra en la iglesia de la que me encargara. ¿No quería comportarme como una reina? No pensaba en cómo practicar la verdad y proteger los intereses de la casa de Dios, sino en si se verían satisfechos mis intereses personales. Al final no avanzaba el trabajo de la iglesia que yo dirigía, sino que yo era un obstáculo total. Dios me había exaltado a ese deber con la esperanza de que realmente buscara la verdad, trabajara bien con los hermanos y hermanas y regara a los nuevos para que pronto se afianzaran en el camino verdadero, pero para mí era una oportunidad de lucirme, de ejercer poder y hacer que me admiraran. Siempre era mandona y presumía de habilidades. Esto no solo obstaculizó el trabajo de la casa de Dios, sino que perjudicó a los hermanos y hermanas y trajo dolor a mi vida.

Vi un vídeo de lectura de las palabras de Dios que cambió mis opiniones equivocadas. Dios Todopoderoso dice: “La cooperación armoniosa requiere dejar que los demás opinen y permitirles hacer sugerencias alternativas, y significa aprender a aceptar la ayuda y los consejos de otros. A veces la gente no dice nada, y debes incitarles a dar su opinión. Sean cuales sean los problemas con los que te encuentres, debes buscar los principios de la verdad y tratar de llegar a un consenso. Hacer las cosas de esta manera dará lugar a una cooperación armoniosa. Como líder u obrero, si siempre te consideras por encima de los demás y te deleitas en tu deber como funcionario del gobierno, siempre codiciando las ventajas de tu puesto, siempre haciendo tus propios planes, ocupándote de tus propios asuntos, siempre luchando por el éxito y la promoción, entonces eso supone un problema: actuar así, como un funcionario del gobierno, es extremadamente arriesgado. Si siempre actúas así y no quieres cooperar con nadie, si no quieres repartir tu autoridad con otros, perder el protagonismo ni que te arrebaten la aureola de la cabeza, si lo quieres todo solo para ti, entonces eres un anticristo. Sin embargo, si buscas a menudo la verdad, si das la espalda a la carne, a tus propias motivaciones y designios, y si puedes tomar la iniciativa de cooperar con los demás, abres con frecuencia tu corazón a consultar y buscar consejo en ellos, y si puedes aceptar sugerencias y escuchar atentamente los pensamientos y palabras de otros, entonces estás yendo por la senda correcta, en la dirección adecuada. Bájate de tu pedestal y deja de lado tu título. No les des importancia a esas cosas, no las consideres relevantes y no las veas como una marca de estatus, como un laurel en la cabeza. Cree de corazón que eres igual a los demás; aprende a ponerte al mismo nivel que ellos e incluso a ser capaz de ser humilde y pedirles su opinión. Ten la capacidad de escuchar con seriedad, cuidado y atención lo que otros tienen que decir. De este modo, fomentarás una cooperación pacífica entre tú y los demás. ¿Qué función tiene entonces la cooperación pacífica? En realidad sirve de mucho. Ganarás cosas que nunca habías tenido, cosas nuevas, cosas de un reino superior. Descubrirás las virtudes de los demás y aprenderás de sus puntos fuertes. Y hay algo más: en cuanto a los aspectos en los que consideras que los demás son necios, estúpidos o inferiores a ti, cuando escuchas las sugerencias de los demás, o cuando abren su corazón para hablarte, te das cuenta, sin saberlo, de que nadie es sencillo, de que todo el mundo, sea quien sea, tiene algunos pensamientos importantes. Y, de esta manera, dejarás de ser un sabelotodo, ya no te seguirás considerando más listo y mejor que todos los demás. Te impide vivir siempre en un estado de narcisismo y admiración hacia ti mismo. Es una manera de protegerte, ¿no crees? Ese es el resultado y el beneficio de trabajar junto a otros” (‘Querrían que se les obedeciera solo a ellos, no a la verdad ni a Dios (I)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Al verlo, comprendí que no quería colaborar con la hermana Lin y tenía miedo a que se repartiera mi poder porque no entendía el deber que me había otorgado Dios como Su comisión y mi misión. Me lo tomaba como un cargo oficial, mi puesto y mi corona. Me negaba a colaborar con los demás, pero siempre era arrogante porque quería destacar yo sola. Esa era la senda equivocada. Lo que reveló esa época fue que comprendía la verdad y abordaba los problemas de forma superficial. No pensaba en nuestro trabajo como un todo y apenas hacía un trabajo práctico. Era complicado ayudar a los hermanos y hermanas con sus problemas de entrada en la vida y había mucho trabajo que no sabía hacer yo sola. Necesitaba a otra persona allí para trabajar, debatir y recabar opiniones, para aprender de sus fortalezas y, así, reforzar mis debilidades. Recordé que Dios encarnado expresa muchísimas verdades para salvar a la humanidad, pero nunca se ha puesto en la posición de Dios. Escucha las sugerencias de la gente en muchos asuntos. No tiene la más mínima arrogancia ni presume nunca. Siempre expresa, en silencio, verdades para regar y sustentar a la humanidad. Descubrí lo amable y hermosa que es la esencia de Dios. Pero estaba corrompida por Satanás, llena de actitudes satánicas, y no comprendía la verdad. Había muchas cosas que no entendía, pese a lo cual era arrogante porque me creía especial, que podía asumir por mi cuenta un montón de trabajo sin una compañera, sin contar con nadie. Vi que era sumamente arrogante. En realidad, es razonable y prudente debatir las cosas y hablar más en el deber, eso no muestra incompetencia. Es aprender de otros cosas que no percibes o no entiendes y eludir la senda equivocada, fruto de tu engreimiento. Es el único modo de cumplir bien con un deber y recibir protección de Dios. Ya comprendo la voluntad de Dios. Debatir, colaborar y reforzar las respectivas debilidades es la única forma de cumplir bien con un deber y complacer a Dios.

Leí otro pasaje: “Cuando os estáis coordinando con otros para cumplir con vuestros deberes, ¿podéis abriros a opiniones diferentes? ¿Podéis aceptar lo que dicen los demás? ¿Creéis que hay alguien perfecto? Por muy fuerte, capaz e ingeniosa que sea la gente, no es perfecta. La gente debe reconocerlo, es así. Esta es también la actitud más acertada para cualquiera que contemple de forma correcta sus puntos fuertes y méritos o sus defectos; esta es la racionalidad que debe tener la gente. Con esa racionalidad podrás abordar adecuadamente tus puntos fuertes y débiles, así como los de los demás, lo que te permitirá trabajar armónicamente con ellos. Si te provees de este aspecto de la verdad y eres capaz de entrar en este aspecto de la realidad de la verdad, podrás llevarte armónicamente con tus hermanos y hermanas, al utilizar los respectivos puntos fuertes para compensar cualquier debilidad que tengas. Así, independientemente de cuál sea tu deber o actividad, siempre mejorarás en ello y tendrás la bendición de Dios” (‘Solo al practicar la verdad se puede poseer una humanidad normal’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Cierto. Ser excelente y capaz no hace completa a una persona. Todo el mundo tiene fortalezas y debilidades y hay que abordarlas adecuadamente. Hemos de aprender a escuchar las sugerencias ajenas y a reforzarnos unos a otros para tener la sensatez de colaborar bien con el prójimo. Antes solo prestaba atención al riego de nuevos creyentes y la hermana Lin asumía la labor evangelizadora. Si me hubiera encargado de todo ese trabajo, imposible que lo hubiera gestionado o hecho bien. Y tenía una perspectiva limitada en muchas cosas del deber. Me precipitaba. Cuando una líder preguntó por mi trabajo, había muchos errores y cosas hechas incorrectamente. Comprendí que realmente sí necesitaba una compañera en ese deber. Antes no lo entendía y no me conocía a mí misma. Era arrogante, quería mandar y no sabía trabajar con otras personas. Esto retrasaba la labor de la iglesia. Como me sentía sumamente culpable, oré en silencio a Dios porque ya no quería vivir en la corrupción, dispuesta a trabajar bien con la hermana Lin en el deber.

En el trabajo posterior juntas, descubrí sus muchas fortalezas. Era más minuciosa que yo y buscaba los principios de la verdad cuando surgían cosas. Hablaba pormenorizadamente de los problemas. Yo no llevaba mucho como líder, por lo que solo tenía una vaga idea de cómo gestionar la labor de la iglesia. Me faltaba cierta lucidez en cuanto a los pormenores del trabajo y de las enseñanzas. No estaba a su altura en eso. Y ella era más amorosa que yo en el riego a los nuevos creyentes. Cuando los ayudaba, les enseñaba una y otra vez y no dejaba de hacer seguimiento. Cuando yo creía que ella ya había hecho un buen trabajo, alegaba que tenía que hacer más seguimiento. Pensé en que no había colaborado con ella, sino que la había considerado superflua. Ella era a veces negativa, pero enseguida cambiaba de pensamiento y continuaba con el deber. Aunque había sido despectiva hacia ella, no dejaba de preguntarme reiteradamente. Era cariñosa y paciente y se responsabilizaba sinceramente del deber. Yo carecía de esas cualidades. Me sentí realmente fatal cuando caí en la cuenta. Vi cuánto daño había hecho mi carácter corrupto a la hermana Lin y al trabajo de la casa de Dios. Si hubiera deseado colaborar con ella desde el principio y hubiera debatido todo con ella, las cosas no habrían salido así. Llena de pesar, me presenté ante Dios a orar: “Dios mío, veo mi corrupción y mis fallos y ya comprendo Tu voluntad. A partir de ahora voy a colaborar con la hermana Lin y a vivir con semejanza humana”.

En mi trabajo posterior con la hermana Li, le preguntaba cosas como: “¿Te parece bien esto? ¿Tienes otra sugerencia?”. Una vez, debatiendo sobre el trabajo, me preguntó qué tal iba el riego de los nuevos fieles. Pensé: “Lo hablamos hace un par de días; ¿para qué volver a ello? Si hay algún problema, puedo ocuparme de él”. Quise ignorarla de nuevo. Me di cuenta de que estaba reapareciendo mi antiguo problema de querer mandar. Enseguida oré para pedirle a Dios que me guiara y, así, no mostrar corrupción. Después de orar recordé todas mis faltas desde el principio, lo dictatorial y dominante que era por querer siempre hacer las cosas a mi modo y presumir. Todo eso era expresión de Satanás. Tenía que renunciar a mí misma, practicar las palabras de Dios y colaborar con ella. Por tanto, compartí sinceramente con ella todo lo que sabía de mi trabajo y, cuando terminé, me dio su opinión. Aprendí algunas cosas de lo que me habló y me pareció una fabulosa manera de cumplir con un deber. Después de aquello, la buscaba para hablar de nuestro deber, buscábamos la verdad y hablábamos de los problemas de los nuevos fieles. Tras un tiempo así, mejoraron mi estado y mi desempeño en el deber. Le estoy muy agradecida a Dios. Y he comprobado que Dios nos bendice cuando practicamos la verdad en el deber, trabajamos bien con otras personas ¡y nos ayudamos!

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