Consecuencias de la terquedad en el trabajo

10 Ene 2022

Por Zhao Yang, China

Me eligieron líder de la iglesia en 2016. Al asumir aquel deber sentía mucha presión porque no comprendía la verdad, y si alguien tenía un problema, no sabía cómo podía ayudarlo. No sabía cómo considerar los principios en los nombramientos, así que oraba a Dios y buscaba la verdad constantemente. Consultaba con alguien cuando no lo entendía. Con el tiempo mejoré mi capacidad de evaluar a personas, y asignaba deberes adecuados a los demás según sus puntos fuertes. Una vez, un hermano trató de contarme que la hermana Xia, a cargo de evangelización, era muy pasiva y retrasaba el trabajo. Quería que la relevara como líder. Recapacité que tenía gran aptitud y capacidad de trabajo, y pese a demostrar corrupción, si se le ayudaba un poco más y era capaz de hacer cambios, no tendría problemas en el puesto. Analicé el estado de la hermana Xia y la podé y traté. Tras algunas charlas, vi que había cambiado un poco su actitud hacia el deber. Tomaba más la iniciativa y, además, era diligente. Después fue promovida a un deber más importante. Me congratulé mucho por aquello, y pensé: “Yo fui el que tuvo la gran idea. Logramos promover a alguien con talento en la casa de Dios. Y parece que tengo un discernimiento adecuado”. A partir de eso dejé de debatir los nombramientos y destituciones con nadie, pues creía tener más experiencia y poder encargarme yo solo. Pasaron volando dos años y era cada vez más experto en la organización del trabajo. Como me creía muy conocedor, me estaba volviendo más arrogante.

No me percaté de que no estaba en un buen estado. Un día llegó una carta de un líder, decía que la hermana Zhang había regresado tras ser destituida. Yo organizaba sus reuniones. A mi parecer, en mi trato con la hermana Zhang había comprobado que era arrogante, tendía a reñir a la gente y era difícil. Creí que no había cambiado. Poco después, llegaron tantos nuevos fieles que necesitamos gente para el deber de riego. El hermano Liu, comentó que se había reunido con Zhang, y desde su destitución, tenía autoconocimiento real y estaba arrepentida, aparte de haber regado a nuevos miembros y ser eficaz. Sugirió que la dejáramos cumplir con el deber mientras reflexionaba. Cuando propuso a la hermana Zhang, pensé que era mala idea, que él no la conocía bien, ella no era de los que busca la verdad. Ella dijo tener entendimiento y él pensó que se arrepentía. Me pareció que a él le faltaba percepción y no tenía el menor discernimiento. Le dije con firmeza: “Conozco a la hermana Zhang. Es arrogante y, además, es difícil trabajar con ella. Aparte, realmente no ha logrado comprenderse ni transformarse; si no, no la habrían destituido. No creo que sea adecuada. No podemos asignarle ese deber”. El hermano Liu prosiguió: “No podemos ser demasiado exigentes. Es un poco arrogante, pero ha aprendido de sí misma con esta experiencia de su destitución y ha sido capaz de arrepentirse de lo que ha hecho. Ahora habla con discreción y se lleva bien con los demás. Se ha transformado un poco su arrogancia. Tratemos a la gente con equidad”. Me molesté un poco cuando me dijo eso. En mi opinión, él era nuevo en aquel deber, y no sabía nada y solo debía estar de acuerdo conmigo. Le respondí con mayor énfasis: “¿No está bien clara la situación de la hermana Zhang? Yo no juzgo a la gente a la ligera, pero veo que no es adecuada para ese deber y no deberíamos ponerla a regar”. El hermano Liu no habló más, pues veía que estaba totalmente decidido.

Poco después, como faltaba gente que regara, algunos nuevos creyentes dejaron de venir porque no recibieron atención. Cuando vino una líder, fue con el hermano Liu a hablar con la hermana Zhang y, cuando volvieron, el hermano Liu dijo: “La casa de Dios necesita a gente que riegue. Hemos visto que la hermana Zhang se conoce realmente y quiere arrepentirse y cambiar. La destituyeron, pero nunca hizo nada tan terrible. Simplemente es arrogante y aún la podemos promover, si acepta la verdad y se transforma. No podemos juzgarla solo por una cosa; debemos darle la oportunidad de arrepentirse. Lo hemos debatido, y la hermana Zhang debe asumir el deber de riego”. Al oírlo recomendar a la hermana Zhang para el puesto, pensé: “Fui muy claro al respecto la última vez; además, ¿cómo ha podido cambiar en tan poco tiempo? Llevo mucho tiempo como líder y sé evaluar a la gente; entonces, ¿por qué no se fiaron de mí? ¡Así dejarías de equivocarte!”. Volví a explicar mi postura muy categóricamente y, en vista de mi terquedad, la líder me señaló con dureza: “Tenemos una idea sobre ella. Hablamos y escuchamos sus enseñanzas, y tiene introspección y autoconocimiento. Quiere arrepentirse y cambiar. Deberíamos asignarle un deber, una oportunidad de arrepentirse. No podemos juzgar a la gente por sus conductas del pasado. Dices que es arrogante,pero ¿desde cuándo no se permite que los arrogantes cumplan su deber? La hermana Zhang es adecuada para esto y hay una necesidad urgente ahora. Tú insistes en que no la utilicemos. ¿Esto no es ser terco y dictatorial?. Los nombramientos están a tu cargo. Nadie cumple deberes sin tu autorización. Tienes demasiada arrogancia. ¿No ves que estás retrasando directamente la labor de la casa de Dios y la promoción de gente con talento?”. Me acongojó esta forma de tratarme de la líder, pero a la vez me sentía reacio. Aún opinaba que tenía mucha experiencia y que juzgaba bien, así que no podía equivocarme con la hermana Zhang. Sin embargo, como todos discrepaban de mí, no podía seguir en contra. Por tanto, dije con desgana: “Como ambos vieron un cambio en ella, démosle una oportunidad en el riego. La quitaremos si no funciona”.

Ya en casa, reflexioné sobre lo que me dijo la líder y me sentí muy incómodo. ¿Según lo que dijo, no estaba yo trabajando contra Dios? Eso es algo gravísimo. No obstante, luego pensé que, si había meditado mi decisión de no nombrar a la hermana Zhang, ¿por qué decían eso de mí? ¿En qué me había equivocado? Oré a Dios para buscar: “Dios mío, me cuesta aceptar las críticas de esa hermana hacia mí. No sé cómo comprenderme en esta situación y no encuentro verdad. Por favor, muéstrame el camino”. Después de orar leí estas palabras de Dios: “¿Qué supone ser ‘arbitrario e imprudente’? Supone actuar ante un problema como creas conveniente, sin reflexionar y despreocupado de lo que diga el resto. Nadie puede convencerte ni hacer que cambies de opinión, así que nadie te puede influir lo más mínimo; te mantienes firme, no escuchas a los demás ni siquiera cuando lo que dicen tiene lógica y crees que tu manera es la correcta. Aunque lo sea, ¿no deberías prestar atención a las sugerencias ajenas? Pero prestas atención. Otras personas te llaman terco ¿Cómo de terco? Tan terco que ni diez bueyes podrían tirar de ti: absolutamente terco, arrogante y extremadamente arbitrario, de los que no ven la verdad hasta que los mira a la cara. De puro terco, ¿no eres arbitrario? Haces lo que quieres, lo que piensas hacer, y no escuchas a nadie. Si alguien te dijera que algo de lo que haces no concuerda con la verdad, contestarías: ‘Lo haré tanto si concuerda con la verdad como si no. Si no concuerda con la verdad, te daré tal o cual motivo o justificación. Haré que me escuches. Estoy empeñado en ello’. Puede que otros digan que lo que haces es disruptivo, que acarreará graves consecuencias, que va en detrimento de los intereses de la casa de Dios, pero no los escuchas, sino que insistes en tu razonamiento: ‘Esto es lo que voy a hacer, te guste o no. Quiero hacerlo así. Tú te equivocas totalmente y yo tengo plena justificación’. Tal vez, en efecto, tengas justificación y lo que hagas no acarree graves consecuencias, pero ¿qué actitud estás revelando? (La arrogancia). Una naturaleza arrogante te hace arbitrario. Cuando la gente tiene este carácter arbitrario, ¿no es proclive a ser arbitraria e imprudente?” (La comunión de Dios). “¿Cómo trata Dios a todas y cada una de las personas? Algunas personas son de estatura inmadura o son jóvenes o han creído en Dios por poco tiempo. Dios puede verlas no como malvadas o maliciosas por naturaleza y esencia; simplemente, son algo ignorantes o carecen de calibre o están sujetos a muchas restricciones, y todavía no comprenden la verdad ni han entrado en la vida, así que les resulta difícil abstenerse de hacer algunas cosas estúpidas o cometer algunos actos ignorantes. Pero Dios no se centra en la estupidez pasajera de las personas, sino que mira en sus corazones. Si están decididas a buscar la verdad, entonces van en la dirección correcta y, cuando tienen este objetivo, entonces Dios las observa, las espera y les da el tiempo y las oportunidades que les permitan entrar. No es que Dios las derribe de un solo golpe o que se aferre a una transgresión que han cometido y se niegue a soltarla; Dios nunca ha tratado a las personas así. Dicho esto, si las personas se tratan de esa forma entre sí, ¿no es su carácter corrupto? Su carácter, precisamente, es corrupto. Debes ver cómo trata Dios a las personas ignorantes y estúpidas, cómo trata a los de estatura inmadura, cómo trata las manifestaciones normales del carácter corrupto del hombre y cómo trata a los que son maliciosos. Dios trata a distintas personas de diferentes maneras y también tiene varias maneras de gestionar las innumerables condiciones de las diferentes personas. Debes entender estas verdades. Una vez que has entendido estas verdades, entonces sabrás cómo experimentarlas y tratar a la gente según los principios” (‘Para ganar la verdad, debes aprender de las personas, los asuntos y las cosas que te rodean’ en “Registro de las charlas de Cristo de los últimos días”). Me puse a hacer introspección según Sus palabras. Creía que tenía cierta experiencia en general nombrando a gente y que captaba los principios. Cuando le iba bien en el deber a alguien que había elegido, creía de veras que tenía discernimiento y percepción. Quería aprovecharlo, sentía gran autocomplacencia y no escuchaba sugerencias ajenas. Cuando el hermano Liu entendió la situación de la hermana Zhang y afirmó que realmente había adquirido autoconocimiento, que quería arrepentirse, y me instó a ser más justo, me negué a hacerle caso. La encasillé según lo que había visto en ella porque creía que era arrogante y no había cambiado, por lo que no podía asumir el deber de riego. Sin embargo, Dios no ha dicho nada semejante y la casa de Dios no funciona así. Cuando alguien comprenda las visiones de la verdad y logre resultados en el deber de riego, es posible promoverlo. Incluso cuando existen transgresiones graves, la casa de Dios no condena categóricamente. Si son capaces de aceptar la verdad, de hacer introspección y arrepentirse de sus errores, y están dispuestos a cambiar, la casa de Dios puede utilizarlos. Sea cual sea el carácter corrupto de una persona o la forma en que haya interrumpido la labor, siempre que no sea persona malvada, Dios le dará oportunidades para que cumpla con un deber y aprenda. Así son Su amor y Su salvación. Yo no comprendía el carácter de Dios ni los principios para tratar a la gente. No veía los puntos fuertes de Zhang, sino que me negaba a olvidarme de la corrupción que había demostrado, juzgándola de manera arbitraria y negándome a asignarle el deber de riego. Por eso los nuevos creyentes no recibieron riego a tiempo y se interrumpió el trabajo. ¿No estaba cometiendo el mal? Lleno de pesar, me presenté ante Dios a orar: “Dios mío, tengo una arrogancia excesiva. No quiero seguir siendo terco en el deber. Quiero arrepentirme y transformarme”.

Después estuve en una reunión con la hermana Zhang y habló de su introspección y su autoconocimiento, vi que se había arrepentido de forma práctica. Sentí aún más vergüenza y culpa. Cuando la hermana Zhang asumió el deber de riego, se esforzaba y era responsable, y todos los regados por ella progresaban. Luego la promovieron a la gestión de la labor de riego de varias iglesias. Lo bien que lo hacía en el deber me hacía sentir más abochornado. Detestaba la forma arbitraria en que la había juzgado, al negarme a asignarle un deber y retrasar el trabajo. Comprendí que yo no tenía la verdad ni conocimiento de las cosas. Entendía algunos métodos gracias a toda mi experiencia, pero no basta con ellos para hacer bien el trabajo. Después de eso, era más prudente al nombrar a gente para los deberes, y cuando quería tener la última palabra, oraba y me arrepentía, ponía en práctica la verdad y escuchaba a los demás.

Creía haber entrado un poco en esta práctica, pero, para mi sorpresa, luego pasó algo que me desenmascaró. Seis meses más tarde, dos miembros a cargo de asuntos de la iglesia estaban obstaculizados por su familia y no podían ir a cumplir con el deber. Necesitábamos sustitutos urgentemente. encontré a un par de hermanas que sabrían encarar diversas situaciones, pero corrían ciertos riesgos de seguridad. Pero pensé que, como no iban a trabajar en su zona, no debería ser un problema que asumieran ese deber. Nos hacía falta gente y no había nadie mejor, así que decidí utilizarlas y cambiarlas cuando pudiera. Cuando le conté al hermano Liu que quería que la hermana Zhao se ocupara de asuntos generales, su respuesta fue: “Hemos de seguir firmemente los principios. No pueden trabajar si hay riesgos. No creo que la hermana Zhao sea buena opción. Tenemos que regirnos por los principios”. En vista de que no estaba de acuerdo, diferí de él: “¿Pero no tenemos una necesidad urgente? ¿No estás muy temeroso? Es cierto que la conocen como creyente en la zona, pero hace años que la policía no la controla. Además, tiene valor y sabiduría. Es lo que sé de ella. No creo que ahora tengamos un candidato mejor. Han pasado más de 10 días y no he encontrado a nadie más. No podemos seguir ciegamente las normas”. Me escuchó, e insistió: “Nombrar para un deber a alguien que suponga un riesgo vulnera los principios. Hay que priorizar la seguridad”. Ignoré por completo sus palabras e insistí en utilizar a la hermana Zhao. Ordené que la hermana Liu, que también era un riesgo, trabajara repartiendo correspondencia. El Partido Comunista empezó a investigar a creyentes con la excusa de comprobar padrones. La hermana Zhao era conocida creyente, por lo que empezó a estar bajo vigilancia en el lugar que alquilaba porque no podía demostrar su identidad. Luego también implicaron y pusieron bajo vigilancia a alguien más de la iglesia, cercano a ella, y, por tanto, se vieron afectadas las vías de comunicación de varias iglesias. Se perdió el contacto por 20 días o más, así que algunos trabajos quedaron en el limbo. Ni pudieron completarse las tareas que dejó.

Cuando la líder se enteró de que me empeñé en nombrar a alguien que suponía riesgos, me trató muy duramente: “Otra vez eres terco. Eres arbitrario en el deber y vas contra los principios. Has provocado daño a la obra de la casa de Dios. Hiciste lo que el Partido quiere pero no puede solo. ¿Eso no es servirle a Satanás, que sabotea la obra de la iglesia? Basándonos en tu conducta, hemos decidido destituirte del deber”. Esto me supuso una auténtica bofetada que me dejó atónito. Pensé: “Se acabó. Cometí una gran maldad. ¿Y si detienen a los hermanos y hermanas implicados? Si los detienen, realmente habré hecho algo horrible”. Cuanto más lo pensaba, más me mataba la culpa. La sentía como una puñalada al corazón y no tenía ganas de hacer nada. Vivía con esta desdicha, orando a Dios y reconociendo mi acto malévolo: “Dios mío, soy demasiado arrogante. Mi terquedad ha perjudicado de forma atroz el trabajo de Tu casa. Acepto el castigo que quieras imponerme. Te pido que protejas a mis hermanos de la detención”. Más adelante supe que habían trasladado a tiempo a esos miembros de la iglesia y que habían escapado. Por fin pude respirar aliviado.

Más tarde, hice introspección. ¿Por qué era siempre tan terco en el deber? ¿De dónde provenía eso realmente? Leí estas palabras de Dios en “Solo buscando la verdad puede uno lograr un cambio en el carácter”. “Si realmente posees la verdad en ti, la senda por la que transitas será, de forma natural, la senda correcta. Sin la verdad es fácil hacer el mal, y no podrás evitar hacerlo. Por ejemplo, si existiera arrogancia y engreimiento en ti, te resultaría imposible evitar desafiar a Dios; te sentirías impulsado a desafiarlo. No lo haces intencionalmente, sino que esto lo dirige tu naturaleza arrogante y engreída. Tu arrogancia y engreimiento te harían despreciar a Dios y verlo como algo insignificante; causarían que hagas alarde de ti mismo, que te exhibas constantemente y que al final te sentaras en el lugar de Dios y dieras testimonio de ti mismo. Considerarías tus propias ideas, pensamientos y nociones como si fueran la verdad a adorar. ¡Ve cuántas cosas malas te llevan a hacer esta naturaleza arrogante y engreída!” (“Registro de las charlas de Cristo de los últimos días”). Con las palabras de Dios entendí que mi arbitrariedad reiterada en el deber se debía a una naturaleza arrogante y engreída. Con semejante naturaleza, solo hacía el mal y me oponía a Dios. Como eso me controlaba, yo me sobrevaloraba y me creía mejor que nadie, que tenía más razón que nadie, así que siempre debía tener la última palabra. En cuanto me proponía algo, no lo veía de otro modo y no escuchaba a nadie. Hasta quería que la gente obedeciera mis ideas como si fueran principios de la verdad. Sabía que esas dos hermanas suponían riesgo y no debían cumplir con esos deberes, y yo mismo tenía dudas al respecto, pero no pude hacerme a un lado y buscar la voluntad de Dios. No escuché las advertencias de nadie e ignoré la guía del Espíritu Santo. Obstinado, nombré a personas de riesgo, lo que causó un gravísimo perjuicio al trabajo de la casa de Dios. Ojalá hubiera tenido el deseo de buscar la verdad y hubiera hecho caso a las sugerencias del hermano Liu; las consecuencias no habrían sido tan graves. Al percatarme de todo esto, me sentí muy culpable, y detesté mi arrogancia. El Partido Comunista nunca deja de atentar contra la obra de Dios con toda clase de tácticas para oprimir y detener a Su pueblo escogido. Vulneré los principios al designar a personas que estaban en riesgo, con lo que acabaron bajo vigilancia otros miembros de la iglesia. ¿No había trabajado indirectamente para Satanás y ayudado al Partido Comunista a sabotear la obra de Dios? Sin el cuidado y la protección de Dios, es probable que hubieran detenido a los hermanos y hermanas. Entonces yo habría cometido realmente un mal tremendo. Esta idea me asustaba mucho. La iglesia me había permitido ejercer de líder y la voluntad de Dios era hacerme practicar la verdad y seguir los principios, que nombrara a los hermanos y hermanas a puestos adecuados a ellos. Así se aprovechan sus fortalezas y preparar buenas acciones. Pero, pensaba que, por tener algo de experiencia como líder, yo era alguien especial. No valoraba a nadie ni tenía a Dios en el corazón. Ni siquiera me tomaba en serio los principios de la verdad, sino que hacía lo que quería. Era tan arrogante que perdí la razón. Pensé en los anticristos expulsados de la iglesia. Eran sumamente arrogantes, pues despreciaban a Dios e ignoraban los principios. Eran dictatoriales y arbitrarios en el deber e interrumpían gravemente la labor de la casa de Dios. Al final, hicieron tanto mal que los apartaron de la iglesia. Sabía que, si no corregía mi arrogancia, tomaría la senda de un anticristo y Dios me eliminaría. En ese tiempo me asustaba la idea de vivir de acuerdo con mi naturaleza arrogante. Aunque había cometido una maldad tan grande, la casa de Dios no me expulsó, sino que me había apartado del deber, y Dios incluso me guió con Sus palabras: una oportunidad de hacer introspección para arrepentirme y cambiar. Realmente sentía el amor de Dios y tenía gran pesar. Quería transformarme. Después comencé a buscar conscientemente una práctica y el modo de entrar para poder transformarme.

Leí este pasaje de las palabras de Dios: “Entonces, ¿cómo corriges tu arbitrariedad e imprudencia? Cuando tienes una idea, la cuentas, dices lo que piensas y crees al respecto y luego se lo comunicas a todo el mundo. En primer lugar, puedes aclarar tu punto de vista y buscar la verdad; este es el primer paso que pones en práctica para superar este carácter arbitrario e imprudente. El segundo paso se produce cuando otros expresan opiniones contrarias, ¿qué práctica puedes adoptar para evitar ser arbitrario e imprudente? Primero debes tener una actitud de humildad, dejar de lado lo que crees correcto y permitir que todos hablen. Aunque creas que lo que dices es correcto, no debes seguir insistiendo en ello. Esa, para empezar, es una suerte de paso adelante; demuestra una actitud de búsqueda de la verdad, de negarte a ti mismo y satisfacer la voluntad de Dios. Una vez que tienes esta actitud, a la vez que no te apegas a tu propia opinión, oras. Como no distingues el bien del mal, dejas que Dios te revele y diga qué es lo mejor y lo más adecuado que puedes hacer. Mientras todos comparten juntos, el Espíritu Santo les otorga esclarecimiento. Dios da esclarecimiento a las personas de acuerdo con un procedimiento que, a veces, simplemente hace balance de tu actitud. Si tu actitud es de autoafirmación inflexible, Dios te ocultará Su rostro y se aislará de ti; te dejará en evidencia y se asegurará de que te topes contra un muro. Si, por el contrario, tu actitud es correcta —ni empeñada en tener razón, ni mojigata, arbitraria e imprudente, sino una actitud de búsqueda y aceptación de la verdad—, cuando hables con el grupo y el Espíritu Santo empiece a obrar entre vosotros, quizá te guíe hacia el conocimiento a través de las palabras de otra persona. A veces, cuando el Espíritu Santo da esclarecimiento a una persona, eso te lleva a entender el quid de la cuestión con tan solo unas pocas palabras o frases. En ese instante te das cuenta de que todo aquello a lo que te aferras está equivocado y justo entonces comprendes la forma más correcta de actuar. A esas alturas, ¿ha evitado la persona hacer el mal, ir por la senda equivocada y cargar con las consecuencias de un error? ¿Cómo se logra eso? Se logra con un corazón que obedezca y busque. Una vez que puedas conseguirlo, a la larga actuarás correctamente y habrás satisfecho la voluntad de Dios” (La comunión de Dios). Tras leer esto, entendí que, para corregir la arrogancia y la terquedad, lo principal es venerar a Dios de corazón y tener una actitud de búsqueda de la verdad. No puedo empeñarme en mi propio enfoque, sino que tengo que debatir y, si alguien opina distinto, primero debo aceptarlo y luego orar a Dios, buscar la verdad y poner en práctica los principios. Debo cooperar en armonía con los demás. Así se recibe la guía de Dios. Si me obstino en aferrarme a mis ideas, el Espíritu Santo no puede obrar en mí. No tendré percepción y perturbaré en mi deber. Recapacité sobre lo que había hecho por mi arrogancia y por no llevar a Dios en el corazón. Eso pasaba por desear controlarlo todo, por no trabajar bien con los demás. Al comprenderlo, decidí en silencio dejar de ser obstinado cuando se plantearan las cosas, comunicarme mejor con los demás. Escucharía ideas, de quien fueran, ajustadas a la verdad.

Luego, la iglesia me nombró líder de un equipo de riego. Estaba muy agradecido y valoraba aquel deber. Me advertía de continuo que verdaderamente tenía que aprender de mi fracaso y que ya no podía dejar que mi naturaleza arrogante me volviera terco. Cuando surgían problemas, iba a consultarles a los hermanos y hermanas para debatir. Una vez, recibí un carta de un líder, en la que decía que teníamos que buscar a alguien para el deber de riego. Al analizarlo, creí adecuada a la hermana Su, pero, según las evaluaciones de los demás, ella era de naturaleza arrogante y no aceptaba los consejos y la ayuda de los demás. Supuse que no aceptaba la verdad, así que no correspondía promoverla. Vi que de nuevo juzgaba injustamente a alguien y recordé unas palabras de Dios: “No alcanzar un veredicto es una manifestación de que la gente no es santurrona, y no insistir es una manifestación de que la gente tiene racionalidad. Si además eres capaz de obedecer, lograrás poner en práctica la verdad” (“Registro de las charlas de Cristo de los últimos días”). No quería empeñarme en tener la última palabra, sino que tenía que hablarlo con el hermano que trabajaba conmigo y escucharlo. Cuando le expliqué mi punto de vista, me respondió: “Según estas evaluaciones, sí parece que la hermana Su es muy arrogante, pero he observado que todo se basa en la corrupción que reveló en el pasado. No sabemos si ha logrado conocerse. No deberíamos frenar a alguien con talento. Por tanto, que redacte un texto introspectivo y pediremos la opinión de los hermanos y hermanas cercanos a ella. Nosotros podemos revisar esto para ver si es buena candidata a este deber. Este enfoque es mejor”. A mi parecer, esta sugerencia encajaba en los principios de la verdad. Si la juzgaba inadecuada para ser promovida solo a partir de algunas opiniones sería demasiado precipitado. Debíamos mirar qué clase de arrogancia tenía. Si era una arrogancia irracional y ciega, negada a aceptar la verdad, realmente no debía asumir aquel deber. Si tenía cierta aptitud, pero era arrogante y podía conocerse a sí misma y transformarse tras la poda y el trato, estaría revelando una corrupción normal. Aparte, todos los que habían dicho aquello habían trabajado anteriormente con ella, por lo que había que ver qué decía la gente cercana a ella actualmente. Una visión más amplia sería más precisa. Cuando recibimos la introspección de la hermana Su y las evaluaciones de los demás, veíamos que tenía cierta entrada en la vida y que buscaba la verdad. La recomendamos para aquel deber. A partir de entonces, cuando tengo que elegir a alguien para algún deber, no me limito a hacer lo que quiero y a decidir yo solo con arrogancia, sino que tengo una actitud de búsqueda y escucho sugerencias. También oro y busco los principios de la verdad. Con esta clase de práctica, estoy tranquilo y no dudo. He podido lograr esta transformación gracias únicamente al juicio y castigo de las palabras de Dios.

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