Fuera del manicomio

29 Mar 2022

Por Xiaocao, China

En enero de 2012. Una vecina me predicó el evangelio de Dios Todopoderoso de los últimos días Estaba agotada después de llevar un negocio que me dejó un grave desgarro muscular lumbar y un hombro congelado. Me dolía tanto que casi no podía cepillarme el pelo ni vestirme y la medicación no ayudaba. Mejoré milagrosamente al creer en Dios, por lo que mi marido y mi hijo estaban encantados y apoyaban enormemente mi fe, pero, un par de meses después, mi marido vio algunas mentiras difundidas en internet por el Partido Comunista sobre la Iglesia de Dios Todopoderoso y empezó a oponerse a mi fe. Me dijo: “El Gobierno está en contra de este Dios tuyo. Si terminas detenida por ello, eso podría afectar al trabajo de nuestro hijo. Debes dejarlo”. Una vez, recién había regresado de compartir el evangelio, me señaló con gesto sombrío: “Me convocó la Brigada de Seguridad Nacional para preguntarme si eres creyente y, en tal caso, has de entregar tus libros sobre Dios. También me han pedido que identifique a gente en un montón de fotos. Te van a capturar si sigues con esto”. Le respondí: “Voy por la senda correcta en la vida y no he hecho nada ilegal. ¡No tendrían derecho!”. Él replicó: “¡Qué ingenua! El Partido Comunista siempre está dañando a los creyentes. Si sigues creyendo, es posible que te detengan y te den una paliza para que veas lo despiadados que son”. Pensé para mis adentros que, sin duda, la oposición de mi esposo me haría más difícil tomar esta senda. Oré a Dios en mi interior para pedirle que me guiara en la senda que tenía ante mí. También decidí que, sin importar cómo se interpusiera mi esposo en mi camino, no renunciaría a mi fe.

Fue en diciembre de 2012, casi un año después de hacerme creyente. Me detuvieron y privaron de libertad durante cinco días por una denuncia por predicar el evangelio. El día que me soltaron, un agente me advirtió: “Cuando salgas, más te vale que lo dejes; si no, ¡seguro que acabas en la cárcel!”. Una media hora más tarde, me vino a buscar mi marido, que parecía muy enfadado y con mala cara. Salió del vehículo y entró en comisaría. No supe de qué estuvieron hablando ahí dentro, y luego me llevó a casa. Al llegar, vi a mi hermano, mi hermana y mi cuñado esperándome fuera. Me imaginé que el único motivo por el que estaban todos allí era para impedirme practicar mi fe. Encima, mi hermano era dirigente del condado y ya me había dicho que renunciara a esto, pues había visto en internet toda clase de mentiras del Partido Comunista en las que condenaba a la Iglesia y blasfemaba contra ella. También me había dicho que mi fe podría afectar al trabajo de mi hijo y a él mismo: podría perder su puesto de funcionario. Sabía que probablemente estaba ahí para presionarme de nuevo para que abandonara mi fe. Rápidamente, oré para pedirle a Dios que me guiara y protegiera de esas perturbaciones. Nada más salir del vehículo, se acercó mi hermano y, todo sonriente, me dijo: “Deberías dejar esta cosa de Dios. Quédate en casa a ocuparte de las cosas de aquí. No seas tan terca. Tu hijo tiene un buen empleo, que correrá peligro si continúas con esto. Te odiará por siempre”. Entonces me gritó mi cuñado, mientras apretaba los dientes y gesticulaba: “¿Fe en Dios? ¿Dónde está Dios? ¡Yo no creo en Él y tengo una vida perfecta!”. Después, mi esposo comentó, airado: “No le fue fácil a nuestro hijo conseguir un buen empleo, que se fijaran en él. ¿Qué pasaría si lo perdiera por culpa de tu fe?”. Mi hermana vino a decirme: “Oye, deberías dejarlo. Tu marido es buenísimo contigo y tu hijo tiene un buen trabajo. Eso debería bastar. Simplemente cuida bien de tu familia”. Al oír todo esto, pensé en cuánto habíamos trabajado mi esposo y yo para ganar suficiente dinero para los estudios de nuestro hijo, que ahora se ganaba bien la vida, cosa nada fácil. Si realmente perdía el trabajo por culpa de mi fe, ¡tal vez me odiaría el resto de su vida! Sin embargo, luego pensé que renunciar a mi fe sería traicionar a Dios y en las verdades que había aprendido como creyente. Sabía que adorar a Dios era lo correcto para un ser creado, la senda correcta que debía tomar, y que, además, Dios había sanado mis lesiones. No podía ser alguien tan carente de conciencia. Oré a Dios en el silencio de mi corazón: “Dios mío, mi familia está intentando que renuncie a mi fe y me siento fatal. Te ruego que me des fe y fortaleza”. Recordé entonces estas palabras de Dios: “En cada paso de la obra que Dios hace en las personas, externamente parece que se producen interacciones entre ellas, como nacidas de disposiciones humanas o de la interferencia humana. Sin embargo, detrás de bambalinas, cada etapa de la obra y todo lo que acontece es una apuesta hecha por Satanás ante Dios y exige que las personas se mantengan firmes en su testimonio para Dios. Mira cuando Job fue probado, por ejemplo: detrás de escena, Satanás estaba haciendo una apuesta con Dios, y lo que aconteció a Job fue obra de los hombres y la interferencia de estos. Detrás de cada paso de la obra que Dios hace en vosotros está la apuesta de Satanás con Él, detrás de todo ello hay una batalla” (‘Solo amar a Dios es realmente creer en Él’ en “La Palabra manifestada en carne”). Entendí que, detrás de la confabulación de mi familia contra mí, en realidad estaba Satanás, que me probaba y atacaba. A mi familia la habían engañado las mentiras del partido y me intimidaba con el trabajo de mi hijo para que traicionara a Dios. No podía caer en la trampa de Satanás; debía mantenerme firme en el testimonio de Dios. Luego también pensé que el empleo de mi hijo dependía totalmente de la soberanía y las disposiciones de Dios. Nadie podría cambiar eso. Entonces dije: “Tener fe es la senda correcta en la vida y no he infringido ninguna ley. El Partido Comunista me detuvo a mí y os arrastra a vosotros por su maldad. No deberíais seguirle el juego para oprimirme ni obstaculizar mi fe. Todos sabéis que, cuando aún no creía en Dios, estuve tan lesionada que no podía ni valerme por mí misma. Me recuperé completamente una vez que recibí la fe, todo ello por la gracia y las bendiciones de Dios. Dios Todopoderoso es el Dios verdadero, la venida del Salvador. Los desastres no hacen más que crecer y Dios Todopoderoso ha expresado muchas verdades. Lo ha hecho para salvar a la humanidad de los pecados, de los desastres, de modo que tengamos Su protección, sobrevivamos a los desastres y entremos en Su reino. Si permito que la persecución del Partido Comunista me espante de mi fe, perderé la ocasión de salvarme. Por más que os opongáis, estoy comprometida con mi senda de fe”. Mi esposo, todo indignado, se puso delante de mí y me señaló, diciendo: “¡Eres un caso perdido!”. Luego, él y mi hermano se miraron, se fueron juntos a la casa y se pusieron a hablar de a saber qué. Estaba confundida. ¿De qué hablaban tan a escondidas? No tardaron en volver. Mi hermano miró a mi hermana y exclamó con una misteriosa sonrisa en la cara: “¡Vamos a comer algo!”. Mi hermana y mi sobrino político se acercaron a mí y me sacaron hacia el vehículo agarrándome con las manos, uno a cada lado. Algo me olió mal. Traté de soltarme de sus manos y les dije que no quería ir, pero me empujaron adentro del vehículo. Este se detuvo a la media hora aproximadamente; para mi sorpresa, estábamos en un hospital de salud mental. Mi marido, mi hermano y mi cuñado salieron del vehículo. Me quedé boquiabierta. ¿De verdad me iban a enviar a un manicomio? Pensé en bajarme del vehículo y salir corriendo, pero estaba activado el cierre de seguridad. Vi que todos ellos se dirigían a la oficina del hospital, y de pronto todo quedó claro. Lo habían tenido planeado todo el tiempo. Me habían engañado para ir allí diciéndome que salíamos a comer. Estaba enfadada y disgustada. No me podía creer que me hubieran llevado allí, lo desalmados que eran. ¡Mis supuestos seres queridos! Recordé que, cuando mi esposo me fue a buscar a comisaría, allí había hablado un ratito con la policía y que mis familiares se miraron con intención cuando dijeron que nos íbamos a comer. Comprendí que posiblemente era un plan fraguado por el Partido Comunista. Estaban intentando de todo para que traicionara a Dios. Me angustié tanto que no puedo ni describirlo y se me llenaron los ojos de lágrimas. Indignada, protesté: “Me traéis aquí para que me atormenten solo porque creo en Dios. ¡Los locos sois vosotros! Lo que vais a hacer es un completo error contra toda razón. Recibiréis vuestro merecido”. Justo entonces salieron del hospital un par de enfermeros con unas correas para ponérmelas. Mi marido, mi hermano y mi cuñado se quedaron ahí mirándome sin pronunciar palabra. Estaba destrozada y absolutamente desesperada. Jamás, ni en mis peores pesadillas, imaginé que mi familia, solo por proteger sus intereses para que no la implicaran, haría caso a las mentiras del Partido Comunista y me metería en un hospital de salud mental, donde me atormentarían, sin importarle si iba a vivir o morir y estando yo perfectamente. No tenían nada de seres queridos; eran unos demonios. Al pensarlo, no pude reprimir más el llanto. Ni siquiera podía mirarlos. Indignada, grité a los enfermeros: “¡No me pasa nada! Me han engañado para venir aquí. Me están obligando a tratarme aquí solo porque creo en Dios. Ustedes ni lo han estudiado. ¿Por qué me están inmovilizando?”. Sin embargo, ellos pasaron totalmente de mí.

Me ingresaron como paciente grave y me encerraron en el Pabellón 1, donde los pasillos, puertas y ventanas tenían barras metálicas de soldadura. Mi habitación era de unos 4 m cuadrados y estaba totalmente vacía. Solo había una cama individual, con una colcha sucia que aún tenía rastros de antiguas manchas de orina. Había un fuerte olor a orina. No había baño en la habitación, solo un baño unisex en el pasillo, que tenían cerrado. Tenía que ir a buscar a un enfermero cada vez que quería ir al baño y, si estaban ocupados, no abrían la puerta. Tenía que aguantarme. El sonido de los gemidos de los enfermos mentales llenaba continuamente el hospital. A veces cantaban, lloraban o se ponían a chillar: “¡Déjenme salir! ¡Déjenme salir!”. Además, golpeaban sin parar las barras metálicas. El lugar entero sonaba como si estuviera lleno de fantasmas y lobos gimientes. Se me helaba la sangre. No me parecía un sitio para seres humanos. El Partido Comunista me había detenido y encerrado únicamente por mi fe y, una vez libre, mi familia me llevó a un manicomio a que me atormentaran. Aquello iba de mal peor, en dirección a la boca del lobo. ¿Cómo podía vivir así? Cuanto más lo pensaba, peor me sentía, y me puse a llorar. Mientras lloraba, pensé en los hermanos y hermanas en las reuniones, cantando himnos y alabando a Dios. Así pues, sentí ganas de leer las palabras de Dios y cumplir con el deber junto a ellos, pero no podía salir y no sabía cuánto tiempo me tendrían allí dentro. ¿Cuándo llegaría mi sufrimiento a su fin? Oré: “¡Oh, Dios mío! Estoy encerrada con enfermos mentales. Estoy muy triste. Dios mío, no sé cómo superar esto que estoy viviendo. Te ruego que me guíes”. Después de orar recordé un pasaje de las palabras de Dios: “Tal vez todos recordáis estas palabras: ‘Pues esta aflicción leve y pasajera nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación’. Todos habéis oído estas palabras antes, sin embargo, ninguno de vosotros comprendió su verdadero significado. Hoy, sois profundamente conscientes de su verdadero sentido. Dios cumplirá estas palabras durante los últimos días y se cumplirán en aquellos que han sido brutalmente perseguidos por el gran dragón rojo en la tierra donde yace enroscado. El gran dragón rojo persigue a Dios y es Su enemigo, y por lo tanto, en esta tierra, los que creen en Dios son sometidos a humillación y opresión y, como resultado, estas palabras se cumplirán en este grupo de personas, vosotros. Al embarcarse en una tierra que se opone a Dios, toda Su obra se enfrenta a tremendos obstáculos y cumplir muchas de Sus palabras lleva tiempo; así, la gente es refinada a causa de las palabras de Dios, lo que también forma parte del sufrimiento. Es tremendamente difícil para Dios llevar a cabo Su obra en la tierra del gran dragón rojo, pero es a través de esta dificultad que Dios realiza una etapa de Su obra, para manifestar Su sabiduría y acciones maravillosas, y usa esta oportunidad para hacer que este grupo de personas sean completadas” (‘¿Es la obra de Dios tan sencilla como el hombre imagina?’ en “La Palabra manifestada en carne”). Entendí que el partido es enemigo de Dios a muerte y no permite que el pueblo tenga fe y siga a Dios. Dios Todopoderoso expresa verdades para salvar a la humanidad, así que el Partido detiene y persigue a los creyentes, y difunde rumores y mentiras de todo tipo que condenan a la Iglesia de Dios Todopoderoso para engañar a quienes no conocen la verdad. Implica a todas las generaciones de las familias de los creyentes, a las que hunde profesionalmente y pone en contra del creyente en su vida. Las utiliza para que fuercen a los creyentes a traicionar a Dios. El partido es sumamente malvado. El partido engañó a mi familia, que le siguió la corriente y me persiguió por mi fe hasta el punto de llevarme a un hospital de salud mental. Era un lugar terrible, pero comprobé la malvada esencia del Partido Comunista y que así perfeccionaba Dios mi fe, por lo que tenía que confiar en Él y mantenerme firme en el testimonio. Al pensarlo, oré para pedirle a Dios que permaneciera conmigo y me protegiera de Satanás, el diablo. Cuanto más me oprimiera Satanás, más creería en Dios.

En mi segundo día en el hospital, un enfermero me trajo una pastilla para que me la tomara. Furiosa, me quejé: “Les dije que no me pasa nada. Soy perfectamente normal y no me voy a tomar esto”. Él me respondió: “Nadie acaba aquí si no le pasa nada. Si colaboras con el tratamiento, mejorarás y saldrás antes”. No obstante, dijera lo que dijera, me asustaba tomarla. El tercer día ingresó una persona con graves problemas y me trasladaron al Pabellón 3 porque no quedaban camas libres en el mío. Ese pabellón no estaba tan controlado: podía salir de la habitación a hacer actividades. Allí dentro vi que algunos pacientes tenían los pantalones tan desgastados que se les veía el trasero, tenían la cara y el cuello sucios y el pelo como un nido de pájaros. La ropa de algunos estaba tan sucia que parecía grasienta, era absolutamente asqueroso. En ese pabellón tenía dos compañeras de habitación. Una tenía los ojos apagados e inexpresivos y a veces murmuraba cualquier cosa para sí misma. No sé cuánto tiempo llevaba la otra encerrada allí dentro. Cada mañana se levantaba y andaba sin parar por el pasillo mientras fumaba. Me daban mucho miedo. Me aterraba que, en uno de sus episodios, me golpearan o tiraran del pelo cuando no estuviera atenta o que me asfixiaran hasta la muerte durante el sueño, así que nunca dormía bien por las noches. Siempre, antes de quedarme dormida, oraba una y otra vez a Dios en silencio para pedirle que me protegiera. Solo así podía relajarme lo bastante como para tener un sueño un poco reparador. Todos los días venía un enfermero a darnos la medicación una por una. Solo me la tomaba cuando me miraba directamente; si no, no me tragaba la pastilla, sino que la tiraba cuando iba al baño. En cierta ocasión me vio tirarla otra paciente, y me dijo: “No se puede hacer eso”. Una vez me pilló un enfermero tirando unas medicinas. Me dio un par de bofetadas, agarró un tubo de plástico que me metió en la nariz y me introdujo la medicación por él. Me dolió mucho. Nunca supe si aquella mujer les contó a los enfermeros que tiré la pastilla, pero, después, el personal del hospital estaba mucho más atento a que los pacientes tomaran la medicación. Cada día, los enfermeros nos supervisaban desde una mesa cuadrada, con una linterna y asegurándose de que abríamos la boca para tragar. No me quedaba más remedio que tomarme las pastillas.

Unos días más tarde vino el director del hospital a inspeccionar las habitaciones y, de repente, me preguntó: “¿El gran desastre es el 21?”. Me pareció muy extraño, y contesté: “Solo Dios sabe cuándo vendrá el desastre”. Su respuesta fue: “Veo que estás muy enferma. Es preciso que te subamos la dosis”. Desde entonces tuve que tomar dos pastillas en vez de una. Estaba furiosa. El director no sabía si realmente me pasaba algo, pero me dobló la dosis con toda tranquilidad. No tenía respeto por la vida humana. Un hospital debería ser un lugar para salvar vidas y asistir a los heridos, pero se había convertido en un sitio donde el Partido Comunista podía perseguir a los cristianos. Me hacían daño con mala intención exclusivamente por mi fe. Odiaba a muerte al partido.

Diez días después de empezar con la medicación, comencé a sentirme muy débil, e incluso me costaba caminar. Me preguntaba si era consecuencia de aquella medicación que me daban. Me sentía fatal al cabo de tan poco tiempo. Si seguía tomándola, me enfermaría aunque de entrada no estuviera así. Y al enfrentarme a todos esos enfermos mentales a diario, triste y deprimida, sentía que iba a desarrollar problemas mentales por ese tormento. Oraba mucho a Dios y fue la guía de Sus palabras lo que me permitió superarlo. Recuerdo que una vez, después de orar, me acordé de cuando el Señor Jesús sacó a Lázaro de la tumba. Llevaba muerto cuatro días y su cuerpo ya hedía, pero Dios lo resucitó de entre los muertos con unas pocas palabras. Dios es omnipotente. Él rige el destino de la humanidad, por lo que sabía que también mi vida estaba en Sus manos. Recordé unas palabras de Dios: “De todo lo que acontece en el universo, no hay nada en lo que Yo no tenga la última palabra. ¿Hay algo que no esté en Mis manos?” (‘Capítulo 1’ de Las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). Tanto si aquella medicación me volvía loca como el hecho de cuándo saldría estaba en las manos de Dios. Tenía que superar aquello con mi fe y amparada en Dios. Esta idea reforzó mi fe y ya no tenía tanto miedo.

Un par de semanas después, una noche se me ocurrió llamar a mi familia a ver si podía salir antes. A la mañana siguiente, mi esposo vino en su vehículo al hospital y le dije que me sacara de allí, que no era un lugar apto para los seres humanos y que estar allí demasiado tiempo volvía loca a una persona cuerda. Llamó a mi hermano para hablarlo con él y oí a mi hermano al teléfono: “Primero, que firme una garantía de renuncia a su fe, y entonces podrá salir. Si mantiene la fe, se puede morir ahí dentro”. Jamás imaginé que mi hermano, hermano de sangre, hablaría así. Fue una gran decepción. No era familia, ¡sino un diablo con rostro humano! En vista de que no tenía intención de sacarme, pensé para mis adentros que, si él me abandonaba allí, nunca encontraría una manera de salir, y entonces, ¿cómo practicaría mi fe? Por ello, le dije astutamente: “Ya no creo”, y aceptó llevarme a casa. Mi esposo me seguía constantemente a todos lados. No me dejaba ir a reuniones ni leer las palabras de Dios. A veces, durante la siesta, incluso entraba a ver si estaba leyendo las palabras de Dios, pero, no obstante, podía leerlas a escondidas en el MP5. Una mañana me pilló cargándolo. Lo agarró y, enfurecido, me gritó: “¿Cómo puedes seguir creyendo? Si te capturan, vas a la cárcel y nuestro hijo pierde el trabajo por tu culpa, ¿cómo podrás mirarlo a la cara? ¡No te permito que sigas más a Dios!”. Mientras me lo decía, me empujó con fuerza y me di un batacazo en la cabeza contra un lado de la cama. No lograba entender por qué él era tan desalmado. Yo solamente creía en Dios. No había hecho nada malo, pero me trataba fatal. No solo me metió en un hospital de salud mental, sino que ahora me levantaba la mano y no me dejaba leer las palabras de Dios. Sintiéndome cada vez peor, oré a Dios: “¡Oh, Dios mío! Mi esposo me trata fatal y me siento débil. No sé cómo permanecer en esta senda. ¡Por favor, guíame!”. Recordé entonces unas palabras de Dios: “En la actualidad la mayoría de las personas no tienen ese conocimiento. Creen que sufrir no tiene valor, que el mundo reniega de ellas, que su vida familiar es problemática, que Dios no las ama y que sus perspectivas son sombrías. El sufrimiento de algunas personas llega al extremo y piensan en la muerte. Este no es el verdadero amor hacia Dios; ¡esas personas son cobardes, no perseveran, son débiles e impotentes! Dios está ansioso de que el hombre lo ame, pero cuanto más ame el hombre a Dios, mayor es su sufrimiento, y cuanto más el hombre lo ame, mayores son sus pruebas. […] Por lo tanto, durante estos últimos días debéis dar testimonio de Dios. No importa qué tan grande sea vuestro sufrimiento, debéis caminar hasta el final e, incluso hasta vuestro último suspiro, debéis seguir siendo fieles a Dios y estar a merced de Él; solo esto es amar verdaderamente a Dios y solo esto es el testimonio sólido y rotundo” (‘Solo al experimentar pruebas dolorosas puedes conocer la hermosura de Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). Meditando las palabras de Dios, me quedó claro que, aunque padeciera esa dificultad, Dios estaba utilizando aquella situación para perfeccionar mi fe, para darme la oportunidad de dar testimonio de Él ante Satanás. Ese era el amor de Dios, pero, al no comprender Su voluntad, me sentí débil y negativa a consecuencia de mi sufrimiento. Vi lo cobarde que era. Luego pensé en los intentos de mi marido por hacerme renunciar a Dios. Sin importarle si vivía o moría, me llevó personalmente a un hospital de salud mental y ahora hasta me había pegado. En ese momento entendí de veras que era un demonio antidios, que odiaba a Dios. Me acordé de unas palabras de Dios: “Creyentes e incrédulos no son compatibles, sino que más bien se oponen entre sí” (‘Dios y el hombre entrarán juntos en el reposo’ en “La Palabra manifestada en carne”). Mi esposo y yo éramos dos clases distintas de personas en distintas sendas. Continuaría siguiendo a Dios por más que él me oprimiera. No me iba a frenar. Así pues, le propuse: “Vamos a divorciarnos. Tú vas por una senda mundana en pos del dinero, y yo, por una senda de fe. Vamos por sendas distintas y no tenemos nada en común. Como temes por nuestro hijo, deberíamos divorciarnos. Mi fe, entonces, no os afectará a vosotros dos. No necesito ninguno de nuestros bienes, solamente un cuarto, un lugar donde vivir para poder seguir a Dios”. Contestó: “Sé que eres buena mujer. Yo no quiero el divorcio”. Le repliqué: “Si no quieres el divorcio, dame libertad. Soy creyente y no puedes interponerte en mi camino”. Me dijo: “Puedes tener libertad, ¡pero primero has de firmar conmigo un acuerdo de renuncia a Dios Todopoderoso!”. Al oírlo, le dije: “He de mantener la fe, no puedo firmar ese acuerdo”. Se quedó estupefacto. Después, dado que no podía impedirme creer, no me obstaculizaba tanto la práctica de mi fe. Podía vivir una vida de iglesia y cumplir con el deber con normalidad.

Una noche fui a ver a esa hermana que vivía cerca para hablar del riego de los recién llegados. Apareció mi hijo nada más sentarnos y, con rabia, le gritó a la hermana: “¡Tú eres la que convirtió a mi madre!”. Luego intentó golpearla. Me apresuré a rodearlo con los brazos para contenerlo. En un arranque de ira, me llevó de vuelta a casa a rastras y, airado, me dijo: “Tienes que dejarlo. ¡Mira lo que explican sobre tu Iglesia en internet!”. Repitió algunas mentiras con las que el Partido Comunista calumnia a la Iglesia de Dios Todopoderoso. Después vociferó: “¡Papá, llama al hospital de salud mental y devuélvesela!”. Creí que me iba a estallar la cabeza cuando lo oí. Nunca imaginé que mi hijo se aliaría con su padre para, con tal de conservar el trabajo, impedirme tener fe. Fue brutal. Oí a mi esposo llamar al hospital y que, al otro lado, le informaban de que estaba lleno. Mi marido sugirió: “Llamemos a la policía y que se la lleven ellos”. Mi hijo respondió: “No la pueden encerrar allí. ¿Y si la tenemos en ese cuarto oscuro donde criábamos conejos?”. Los dos me llevaron a la fuerza a ese cuarto, cerraron la puerta de hierro y se marcharon. Fue muy decepcionante ver que el partido había engañado a mi marido y mi hijo para que fueran tan brutos conmigo y odié aún más al Partido Comunista de todo corazón. Recordé unas palabras de Dios: “Durante miles de años, esta ha sido la tierra de la suciedad. Es insoportablemente sucia, la miseria abunda, los fantasmas campan a su antojo por todas partes; timan, engañan, y hacen acusaciones sin razón[1]; son despiadados y crueles, pisotean esta ciudad fantasma y la dejan plagada de cadáveres; el hedor de la putrefacción cubre la tierra e impregna el aire; está fuertemente custodiada[2]. ¿Quién puede ver el mundo más allá de los cielos? El diablo ata firmemente todo el cuerpo del hombre, pone un velo ante sus ojos y sella con fuerza sus labios. El rey de los demonios se ha desbocado durante varios miles de años, hasta el día de hoy, cuando sigue custodiando de cerca la ciudad fantasma, como si fuera un ‘palacio de demonios’ impenetrable. […] ¿Antepasados de lo antiguo? ¿Amados líderes? ¡Todos ellos se oponen a Dios! ¡Su intromisión ha dejado todo lo que está bajo el cielo en un estado de oscuridad y caos! ¿Libertad religiosa? ¿Los derechos e intereses legítimos de los ciudadanos? ¡Todos son trucos para tapar el pecado!” (‘La obra y la entrada (8)’ en “La Palabra manifestada en carne”). El partido detiene y persigue a cristianos, difunde toda clase de rumores y calumnias sobre la Iglesia de Dios Todopoderoso e implica a sus familiares. Así, el partido había engañado a mi familia, que le seguía la corriente tratando de impedirme creer en Dios y llegando al extremo de llevarme personalmente a un hospital de salud mental, donde me atormentaron, y de encerrarme otra vez. A esto se había reducido una familia completamente feliz. El partido era el que realmente mandaba y yo odiaba a ese demonio de todo corazón.

Poco después, mi hijo tomó una banqueta, se sentó afuera de la puerta de hierro y dijo: “Mamá, debes dejar de creer en Dios. Trabajaste muchísimo en el negocio y no fue fácil sufragar mis estudios. Ahora trabajo y tengo algo de dinero. ¿Y si te pago yo un viaje?”. Me di cuenta de que esto era una trampa de Satanás, así que le contesté: “Cuando no era creyente, solo quería ganar dinero. Era una forma de vivir difícil y agotadora. Ahora que he descubierto a Dios y comprendido algunas verdades, mi vida es mucho más libre y alegre. ¿No me podéis dejar en paz los dos? Mantendré la fe aunque tú me rechaces como madre y tu padre se divorcie de mí. Estoy comprometida con esta senda”. No replicó ni una palabra; simplemente se fue. Le estaba muy agradecida a Dios por reforzar mi fe y me sentía muy tranquila. Me puse a cantar este himno: “Dios verdadero todopoderoso, mi corazón te pertenece. La cárcel solo puede controlar mi cuerpo. No dejaré de seguir Tus pasos. En el doloroso sufrimiento, en un camino accidentado, guiado por Tus palabras, mi corazón no tiene miedo, acompañado por Tu amor, mi corazón está satisfecho” (‘Una elección sin remordimientos’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Sentía a Dios a mi lado. No me sentía triste aunque estuviera en aquel cuartito oscuro en el que no veía nada a mi alrededor. A la mañana siguiente, mi hijo abrió inesperadamente la puerta, me dejó salir y me dijo: “Mamá, ya te vamos a dejar en paz. Puedes hacer lo que quieras”. Al oír sus palabras, supe que Satanás había sido humillado y derrotado y di gracias a Dios.

La detención por parte del Partido Comunista y la opresión de mi familia me ayudaron a apreciar plenamente la esencia demoníaca y antidios del partido. Detiene y persigue a los creyentes y difunde toda clase de mentiras para engañar al pueblo, con lo que las familias de los creyentes se interponen en la fe de estos. Es el instigador que destroza las familias de los cristianos. Mi familia le siguió la corriente al partido al obstaculizar mi fe por sus propios intereses y llegó a meterme en un hospital de salud mental sin importarle si vivía o moría. Aprecié plenamente su esencia, contraria a Dios, y no volveré a dejar que me frene. Esta experiencia me ha enseñado que solo Dios nos ama y nos puede salvar. Cuando más triste y desamparada estaba, Dios, con Sus palabras, me dio esclarecimiento, me reconfortó, me alentó y me guio en aquellos días difíciles. Yo ya he experimentado personalmente que el amor de Dios es muy real y quiero seguirlo y cumplir con el deber. Nunca lo lamentaré.

Notas al pie:

1. “Hacen acusaciones sin razón” alude a los métodos por los cuales el diablo daña a las personas.

2. “Fuertemente custodiada” indica que los métodos por los cuales el diablo aflige a las personas son especialmente crueles, y las controla tanto que no tienen espacio para moverse.

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