Lo que evitaba al eludir mi deber

16 Abr 2023

El año pasado era líder de grupo en la iglesia y solo me encargaba de algunas reuniones grupales. Creía estar hecho para ese deber y, cuando los hermanos y hermanas tenían problemas, siempre venían a pedirme ayuda. Algunos hasta decían que explicaba con gran precisión y que enseñaba con mucha claridad, así que estaban muy dispuestos a escuchar mis enseñanzas. Se sentía genial ganarme el respeto y los elogios de los demás en este deber y disfrutaba mucho esa sensación. Un día de marzo, la hermana Lydia, encargada de los trabajos con textos, me contactó para preguntarme si quería practicar el trabajo con textos. Aquello me asombró. Creía que, para trabajar con textos, se requería buena aptitud, comprensión de la verdad y buena expresión escrita. Como mi aptitud era normal y no estaba familiarizado con el trabajo con textos, me cuestioné qué tal lo haría. Si no lo hacía bien y me cambiaban de deber, ¿qué pensarían los demás de mí? ¿Eso no demostraría mi falta de talento? A mi parecer, debía mantenerme en mi trabajo de entonces. Entre esos grupos lograba unos resultados relativamente buenos, rara vez trataban conmigo o me podaban, y todos los hermanos y hermanas me respetaban y daban su aprobación. Por tanto, no quería trabajar con textos, y no hice más que intentar librarme. Quería la comodidad y estabilidad de mi deber de entonces. Después, para mi sorpresa, Lydia volvió a los diez días para contarme que estaban faltos de personal de textos y comunicarme sobre escuchar la voluntad de Dios y no ser autocomplaciente. Me pidió que orara y buscara orientación y que no descartara esta oportunidad a la ligera. Sabía que Lydia tenía razón, pero no podía admitir lo que me decía. Creía que, con una aptitud normal y sin una buena expresión escrita, seguro que sería el eslabón más débil. Si seguía sin hacerlo bien tras formarme un tiempo y me cambiaban de deber, sería una vergüenza tremenda. Me parecía mucho mejor continuar con mi deber de entonces.

Después de un tiempo, me sinceré con un hermano acerca de mi estado en esa época. Tras escucharme, habló sin rodeos: “¿No eres un poco astuto en tu manera de abordar las cosas?”. Me sentó como una auténtica patada que me llamara astuto. Pensé: “No estoy intentando holgazanear y actuar por pura inercia. Realmente no tengo buena aptitud y no se me da bien redactar. ¿Cómo pudiste decir que soy astuto?”. Callé, pero mentalmente no paraba de defenderme y no aceptaba la crítica. No obstante, sabía que podía aprender algo de la advertencia de mi hermano. Por ello, busqué en las palabras de Dios pasajes relacionados. Dios Todopoderoso dice: “¿Qué clase de persona se atreve a asumir responsabilidades? ¿Qué clase de persona tiene el valor de llevar una pesada carga? Alguien que asume el liderazgo y da un paso adelante con valentía en el momento crucial de la obra de la casa de Dios, que no teme cargar con una gran responsabilidad y soportar grandes dificultades, cuando ve la obra más importante y crucial. Se trata de alguien leal a Dios, un buen soldado de Cristo. ¿Es que todos los que temen asumir responsabilidades en su deber lo hacen porque no entienden la verdad? No; es un problema de su humanidad. No tienen sentido de la justicia ni de la responsabilidad. Son personas egoístas y viles, no son creyentes sinceros de Dios. No aceptan la verdad en lo más mínimo, y por estas razones, no pueden ser salvados. Los creyentes en Dios deben pagar un alto precio a fin de ganar la verdad, y se toparán con muchos obstáculos para practicarla. Deben renunciar a las cosas, abandonar sus intereses carnales y soportar cierto sufrimiento. Solo entonces podrán poner en práctica la verdad. Entonces, ¿puede practicar la verdad quien teme asumir responsabilidades? Desde luego que no, y menos aún se puede decir que vayan a obtenerla. Tiene miedo de practicar la verdad, de incurrir en una pérdida para sus intereses; tiene miedo de ser humillado, de ser despreciado y de ser juzgado. No se atreven a poner en práctica la verdad, por lo que no pueden obtenerla, y no importa cuántos años crean en Dios, no pueden alcanzar Su salvación. Para poder cumplir con un deber en la casa de Dios, hay que ser personas cuya carga sea el trabajo de la iglesia, que asuman la responsabilidad, que defiendan los principios de la verdad, sufran y paguen el precio. Si uno carece de estos aspectos, no es apto para cumplir con un deber y no posee las condiciones para ello. […] Si te proteges cada vez te acontece algo y buscas una vía de escape, una puerta trasera, ¿estás poniendo en práctica la verdad? Eso no es practicar la verdad, sino que es ser esquivo. Ahora cumples con el deber en la casa de Dios. ¿Cuál es el primer principio del cumplimiento de un deber? Cumplir primero con él de todo corazón, sin escatimar esfuerzos, para que puedas proteger los intereses de la casa de Dios. Este es un principio de la verdad que has de poner en práctica. Protegerse a uno mismo buscándose una vía de escape, una puerta trasera, es el principio de práctica que siguen los incrédulos, y su filosofía más elevada. ¿Acaso no es ser un incrédulo pensar primero en uno mismo en todas las cosas y anteponer los propios intereses a todo lo demás sin consideración por nadie, sin ninguna vinculación con los intereses de la casa de Dios ni con los intereses de los demás, pensar primero en los propios intereses y luego en buscar una vía de escape? Eso es precisamente lo que es un incrédulo. Este tipo de persona no está en condiciones de cumplir con un deber(La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 8 (I)). Al meditar las palabras de Dios, entendí que aquellos que creen realmente en Él y tienen buena humanidad son responsables en el deber y protegen el trabajo de la iglesia. Cuanto más decisivo es un trabajo, más están a la altura. Pueden asumir cargas pesadas y escuchar la voluntad de Dios. Esas personas son los pilares de la iglesia y se ganan el favor de Dios. En cuanto a aquellos que holgazanean en el deber, que no quieren sufrir la menor penuria ni asumir responsabilidades, que desaparecen al primer indicio de dificultad, que solo piensan en sus intereses y no protegen para nada la labor de la iglesia, esas personas son incrédulas a ojos de Dios. No son de la casa de Dios y Él no las salvará. Al reflexionar sobre mis actos a la luz de las palabras de Dios, vi que, pese a aparentar que trabajaba y que me ocupaba a diario de mi deber, no pensaba más que en mi reputación y mi estatus. Mi corazón no miraba hacia Dios y yo no escuchaba Su voluntad. Solo estaba conforme con trabajos fáciles que se me dieran bien, pues no tenía que esforzarme mucho, pero obtenía resultados dignos y se veía satisfecha mi necesidad de estatus y reputación. Estaba menos familiarizado con los trabajos con textos y tenía menos talento para eso, por lo que, aunque probara, tal vez no lograra buenos resultados. Si no cumplía bien con mi deber y trataban conmigo, me podaban y me despreciaban, eso sería muy vergonzoso. Así pues, para conservar la reputación y el estatus, rechazaba continuamente las ofertas con excusas como mi poca aptitud, mi falta de habilidad y mi desconocimiento a modo de pretextos para rechazar el deber. Mis argumentos parecían ser convincentes y razonables, pero, en el fondo, yo era sumamente egoísta y despreciable. Prefería un deber a otro, no por las necesidades del trabajo de la iglesia ni por someterme a las disposiciones de Dios, sino que se trataba de mis intereses y de si habría de satisfacerse mi deseo de estatus y reputación. Todo cuanto hacía y pensaba estaba calculado en beneficio de mi reputación y mi estatus. No tenía una actitud sincera en el deber y era muy “astuto”, como había afirmado mi hermano. De hecho, debería dar servicio en cualquier área en que lo necesite la iglesia, aceptando y sometiéndome sin discutir ni exigir nada. Ese es el raciocinio que debería tener todo el mundo. En cambio, yo no solo no me sometía cuando me pedían que cumpliera un deber, sino que era mezquino al respecto y calculaba en qué podría perjudicarme o beneficiarme. No tenía el menor sentido de la responsabilidad. Dice Dios que la gente así no es digna de cumplir un deber, que no es de Su casa y que no será salvada.

Luego encontré otro pasaje de las palabras de Dios: “Aquellas que son capaces de poner en práctica la verdad pueden aceptar el escrutinio de Dios cuando hacen las cosas. Cuando aceptas el escrutinio de Dios, tu corazón se corrige. Si solo haces las cosas para que otros las vean, y siempre quieres ganarte los elogios y la admiración de los demás, pero no aceptas el escrutinio de Dios, ¿sigue estando Dios en tu corazón? Estas personas no tienen reverencia hacia Dios. No hagas siempre las cosas para tu propio beneficio y no consideres constantemente tus propios intereses; no consideres los intereses humanos ni tengas en cuenta tu propio orgullo, reputación o estatus. Primero debes tener en cuenta los intereses de la casa de Dios y hacer de ellos tu principal prioridad. Debes ser considerado con la voluntad de Dios y empezar por contemplar si has sido impuro o no en el cumplimiento de tu deber, si has sido leal, has cumplido con tus responsabilidades y lo has dado todo, y si has pensado de todo corazón en tu deber y en la obra de la iglesia. Debes meditar sobre estas cosas. Piensa en ellas con frecuencia y dilucídalas, y te será más fácil cumplir bien con el deber(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. La libertad y la liberación solo se obtienen desechando la propia corrupción). Al recapacitar sobre las palabras de Dios entendí que, en nuestra fe, si somos capaces de tener la intención correcta en el deber, de aceptar el escrutinio de Dios, de priorizar la labor de la iglesia por encima de todo, de darlo todo en el deber y de hacer lo imposible por cooperar, esto se ajusta a la voluntad de Dios. Sentí que en esa situación, en la cual me habían pedido que trabajara con textos, Dios me estaba escrutando para ver qué actitud tenía: ¿iba a cooperar activamente, o a retroceder y eludirlo? No debería haber pensado en si tenía o no aptitud para el trabajo ni en lo bien que sabría cumplir con el deber. Debería haber corregido mi estado incorrecto y mi actitud hacia el deber sometiéndome y haciéndolo lo mejor posible en él. Ese era el raciocinio que debería haber tenido como ser creado. Si, tras un tiempo de formación, aún no estaba a la altura y me cambiaban, debía tener la actitud correcta al respecto y someterme a lo dispuesto por la iglesia. Así, más adelante, le dije a Lydia que quería trabajar con textos. Me sentí mucho más tranquilo una vez que se lo dije. Sin embargo, me seguía pareciendo muy superficial mi comprensión de mí mismo, por lo que continué orando a Dios para pedirle esclarecimiento y guía para conocerme.

Tiempo después encontré este pasaje. “El aprecio de los anticristos por su estatus y prestigio va más allá del de la gente normal y forma parte de su carácter y esencia; no es un interés temporal ni un efecto transitorio de su entorno, sino algo que está dentro de su vida, de sus huesos; por ende, es su esencia. Es decir, en todo lo que hace un anticristo, lo primero en lo que piensa es en su estatus y su prestigio, nada más. Para un anticristo, el estatus y el prestigio son su vida y su objetivo durante toda su existencia. En todo lo que hace, lo primero que piensa es: ‘¿Qué pasará con mi estatus? ¿Y con mi prestigio? ¿Me dará prestigio hacer esto? ¿Elevará mi estatus en la mentalidad de la gente?’. Eso es lo primero que piensa, lo cual es prueba fehaciente de que tiene el carácter y la esencia de los anticristos; si no, no considerarían estos problemas. Se puede decir que, para un anticristo, el estatus y el prestigio no son un requisito añadido, y ni mucho menos algo superfluo de lo que podría prescindir. Forman parte de la naturaleza de los anticristos, los llevan en sus huesos, en su sangre, son innatos en ellos. Los anticristos no son indiferentes a la posesión de estatus y prestigio; su actitud no es esa. Entonces, ¿cuál es? El estatus y el prestigio están íntimamente relacionados con su vida diaria, con su estado diario, con aquello por lo que se esfuerzan día tras día. Por eso, para los anticristos el estatus y el prestigio son su vida. Sin importar cómo vivan, el entorno en que vivan, el trabajo que realicen, aquello por lo que se esfuercen, los objetivos que tengan y su rumbo en la vida, todo gira en torno a tener una buena reputación y un puesto alto. Y este objetivo no cambia, nunca pueden dejar de lado tales cosas. Estos son el verdadero rostro y la esencia de los anticristos. Podrías dejarlos en un bosque primitivo en las profundidades de las montañas y seguirían sin dejar de lado su búsqueda del estatus y el prestigio. Puedes dejarlos en medio de cualquier grupo de gente, igualmente, no pueden pensar más que en el estatus y el prestigio. Si bien los anticristos también creen en Dios, consideran que la búsqueda de estatus y prestigio es equivalente a la fe en Dios y le asignan la misma importancia. Es decir, a medida que van por la senda de la fe en Dios, también van en pos del estatus y el prestigio. Se puede decir que los anticristos creen de corazón que la fe en Dios y la búsqueda de la verdad son la búsqueda del estatus y el prestigio; que la búsqueda del estatus y el prestigio es también la búsqueda de la verdad, y que adquirir estatus y prestigio supone adquirir la verdad y la vida. Si les parece que no tienen prestigio ni estatus, que nadie les admira ni les venera ni les sigue, entonces se sienten muy frustrados, creen que no tiene sentido creer en Dios, que no vale de nada, y se dicen: ‘¿Es tal fe en Dios un fracaso? ¿Es inútil?’. A menudo reflexionan sobre esas cosas en sus corazones, sobre cómo pueden hacerse un lugar en la casa de Dios, cómo pueden tener una reputación elevada en la iglesia, con el fin de que la gente los escuche cuando hablan, y los apoyen cuando actúen, y los sigan dondequiera que vayan; con el fin de tener una voz en la iglesia, una reputación, de disfrutar de beneficios y poseer estatus; tales son las cosas en las que de verdad se concentran. Estas son las cosas que buscan esas personas. ¿Por qué están pensando siempre en esas cosas? Tras leer las palabras de Dios, tras escuchar sermones, ¿realmente no entienden todo esto? ¿De verdad no son capaces de discernirlo todo? ¿Realmente las palabras de Dios y la verdad no pueden cambiar sus nociones, ideas y opiniones? No es así en absoluto. El problema comienza con ellos, se debe enteramente a que no aman la verdad, porque, en sus corazones, están hartos de la verdad, y como resultado, son totalmente insensibles a ella, lo cual viene determinado por su naturaleza y esencia(La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 9 (III)). Dios expone que los anticristos valoran sobre todo la reputación y el estatus. No quieren más que conseguir reputación y estatus. Es su objetivo vital. En cuanto pierden el respeto y la adoración de los demás, cuando pierden su lugar en los corazones de los demás, dejan de estar motivados para trabajar y hasta les parece que la vida carece de sentido. Para ellos, la reputación y el estatus son tan importantes como la vida. Esta es la naturaleza de un anticristo. Me di cuenta de que yo aspiraba a lo mismo que un anticristo. Sin importar dónde estuviera ni con quién, siempre priorizaba mi reputación y mi estatus y lo que más me importaba era ganarme el respeto y el elogio ajenos. Si con un deber podía impresionar a otros y ganarme su respeto, estaba dispuesto a cumplirlo. Pero si un trabajo no reforzaba mi reputación y mi estatus, por muy importante que fuera, no quería hacerlo y buscaba una excusa para librarme, como en esta ocasión, en que Lydia me pidió que trabajara en las publicaciones. Sabía que este trabajo era importante y que se necesitaba urgentemente personal, pero luego pensé en que yo tenía una aptitud normal, no podría sobresalir y hasta podría avergonzarme si obtenía malos resultados en mi labor. Cuando supervisaba algunas reuniones grupales, pese a no tener un alto estatus y no trabajar en algo tan importante como las publicaciones, sí logré unos resultados relativamente buenos en el deber. No solo me apreciaban los líderes, sino que también me respetaban los hermanos y hermanas, cosa que me elevaba enormemente el ego. Tras sopesar los pros y contras, seguí queriendo mantener mi deber en ese pequeño rincón del mundo, no empezar a trabajar con textos. Vi que estaba fuertemente encadenado y limitado por las ideas con que Satanás me había lavado el cerebro, como “al igual que un árbol vive por su corteza, el hombre vive por su imagen”, “por sus frutos los conoceréis” y “más vale ser cabeza de ratón que cola de león”. Estas ponzoñas satánicas ya habían arraigado en mi interior. Vivía de acuerdo con ellas y priorizaba la reputación y el estatus por encima de todo. Para ganarme el respeto de los demás y elevar mi ego, llegué a rechazar un deber y excusarme de él. ¡Qué desobediente! Me sentí sumamente culpable y disgustado en ese momento. Eso, en realidad, no tenía nada de cumplimiento de un deber. Aprovechaba mi deber como fachada para trabajar por mi estatus y mi reputación. Iba por la senda de un anticristo. Al darme cuenta, me sentí un poco horrorizado. Si vivía según estas ideas falaces sobre la búsqueda y jamás procuraba rectificarlas, al final me despreciaría Dios.

Después leí otro pasaje de las palabras de Dios que me impactó profundamente. Dios dice: “Desde el principio hasta hoy, sólo el hombre ha sido capaz de conversar con Dios. Es decir, entre todas las cosas vivientes y criaturas de Dios, ninguna excepto el ser humano ha sido capaz de hacerlo. El hombre tiene oídos que le permiten oír, y ojos que le permiten ver; tiene lenguaje, sus propias ideas y libre albedrío. Posee todo lo necesario para oír hablar de Dios, entender Su voluntad y aceptar Su comisión, y así Dios confiere todos Sus deseos al hombre, queriendo hacer de él un compañero que piense como Él y pueda andar con Él. Desde que comenzó a gestionar, Dios ha estado esperando que el hombre le dé su corazón, le deje purificarlo y equiparlo, para que lo satisfaga a Él y Él lo ame; para que le venere y se aparte del mal. Dios siempre ha anhelado y esperado este desenlace(La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. La obra de Dios, el carácter de Dios y Dios mismo II). Dios creó muchos seres vivos, pero, de entre todos ellos, Él solo conversa con la humanidad y solo tiene exigencias y esperanzas respecto al hombre. Espera crear un grupo de personas en sintonía con Su voluntad, que la escuchen y lleven cargas por Él. Esto espera Dios de la humanidad. Pensé que, después de varios años de fe en Dios, en los que gocé de abundante riego de Sus palabras y de oportunidades de cultivo y formación de la iglesia, había llegado a comprender algunas verdades y madurado, tanto profesionalmente como en la entrada en la vida. Todo fue por la gracia de Dios. Sin embargo, ¿qué actitud tenía hacia Dios y la labor de la iglesia? No mostraba especial preocupación por el trabajo ni asumía responsabilidades, y llegué a rechazar el deber por preservar mi reputación y estatus. Aparentaba practicar mi fe y cumplir con mi deber, pero en el fondo no amaba a Dios ni escuchaba Su voluntad. Pagaba la gracia de Dios con desobediencia y engaños. Ante las esperanzas y exigencias de Dios, sentí gran vergüenza y remordimiento. Sentí que era demasiado desobediente y que no tenía la menor conciencia ni razón, así que oré a Dios con deseos de rectificar mi estado de entonces, ya no deseaba vivir de forma tan egoísta y despreciable. Quería escuchar la voluntad de Dios y esforzarme por mejorar.

Más tarde, tras reflexionar, observé que tenía otro problema. Aparte de por tener un carácter corrupto, rechacé el deber por cierta idea que tenía. Creía que los factores más decisivos para cumplir bien un deber eran una buena aptitud y unas habilidades especiales, por lo que, cuando la iglesia me asignaba un trabajo y yo creía que no tenía talento en esa área o que mi aptitud no era aceptable, ni me molestaba en intentarlo y rechazaba el trabajo directamente aludiendo a mi poca aptitud y mi falta de habilidades. Pero ¿era correcta esta idea? ¿Cuál era la intención de Dios? Al final hallé un pasaje de las palabras de Dios que me ayudó a comprender Su intención en esta cuestión. Dios Todopoderoso dice: “¿Cuáles son las manifestaciones de una persona honesta? Primero, no tener dudas acerca de las palabras de Dios; esa es una manifestación de una persona honesta. Asimismo lo es buscar y practicar la verdad en todo: esa es la manifestación más importante de una persona honesta, y es lo más fundamental. Dices que eres honesto, pero siempre pasas por alto las palabras de Dios y simplemente haces lo que te parece. ¿Acaso es esa la manifestación de una persona honesta? Dices: ‘Aunque mi calibre es bajo, tengo un corazón honesto’. Y, sin embargo, cuando te llega un deber te da miedo sufrir y asumir la responsabilidad si no lo haces bien, por eso pones excusas para evadir ese deber o sugieres que lo haga otro. ¿Es esta la manifestación de una persona honesta? Claramente, no lo es. ¿Cómo, entonces, debería comportarse una persona honesta? Debe someterse a los arreglos de Dios, dedicarse completamente a realizar el deber que le corresponde cumplir, y esforzarse por satisfacer la voluntad de Dios. Esto se manifiesta de diferentes maneras. Una es aceptar tu deber con un corazón honesto, no considerar tus intereses carnales, no ser desganado en él ni conspirar por tu propio bien. Esa es una manifestación de honestidad. Otra es cumplir bien con tu deber de todo corazón y con todas tus fuerzas, haciendo las cosas en forma adecuada y poniendo tu corazón y tu amor en el deber a fin de satisfacer a Dios. Estas son las manifestaciones que debería tener una persona honesta cuando cumple con su deber(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Tercera parte). Con las palabras de Dios entendí que Dios ama a los honestos. Espera que todos podamos tratarlo a Él y nuestro deber con un corazón honesto y una actitud sincera. Espera que solo pensemos en satisfacerlo a Él en el deber, no en nuestros intereses. En el deber, una persona honesta se emplea a fondo y se vuelca en cumplir bien con él. No importa si tiene o no un talento especial para el trabajo ni cuánto pueda lograr en realidad. Los distintos deberes en la iglesia exigen distintos niveles de aptitud y de competencias profesionales. Los que tienen buena aptitud y competencias profesionales comprenden antes y logran mejores resultados, mientras que aquellos con menor aptitud y habilidades normales no obtienen resultados tan buenos. Las cosas son así. Sin embargo, la aptitud y las competencias profesionales no son los únicos factores que determinan si alguien puede cumplir bien con su deber. La actitud de una persona hacia el deber, su sentido de la responsabilidad y su capacidad de buscar la verdad y de actuar según los principios son los factores más decisivos en el deber. Algunos parecen inteligentes y de buena aptitud, pero son de poca humanidad, holgazanean y actúan por inercia en el deber. Sea cual sea su aptitud, ocasionan más mal que bien. Estas personas serán descartadas. Luego hay hermanos y hermanas con una aptitud y una capacidad de trabajo normales, pero de buena intención. Diligentes y responsables, priorizan la búsqueda de la verdad y son capaces de padecer dificultades y sacrificarse. Esa gente siempre mejora en el deber. A veces, cuando la gente no tiene la aptitud suficiente, orar a Dios para pedirle el esclarecimiento y la guía del Espíritu Santo puede servirle para compensar sus deficiencias. Dichas personas aún pueden lograr buenos resultados en el deber. Antes, cuando no comprendía la verdad, siempre me excusaba en mi poca aptitud para rechazar deberes y salirme con la mía. Hasta me creía muy sensato por ello. En consecuencia, siempre era humilde, creía que no sabría ocuparme del deber y no tenía ni el valor de intentarlo, con lo que pasaba de estas ofertas. Descubrí entonces que esta idea era falsa y que podía frenarme en el deber. Tras leer las palabras de Dios, tuve una comprensión mucho más clara y hallé una senda de práctica. Después oré a Dios, dispuesto a someterme y a cumplir bien con mi deber.

Ahora, ante las dificultades, todavía me siento incapaz y temo pasar vergüenza, pero al menos ya no me excuso en mi poca aptitud para apartarme. Hace poco, debatiendo un asunto con unos hermanos y hermanas, no sabía cómo expresar mi idea y volví a las andadas. Pensé: “Tengo muy poca aptitud. Debería callarme y escuchar”. No obstante, me di cuenta de que era un estado incorrecto, así que, conscientemente, oré a Dios para pedirle que desviara mi atención de la reputación y el estatus para poder cumplir con mi deber sin limitaciones. Justo entonces recordé unas palabras de Dios: “No hagas siempre las cosas para tu propio beneficio y no consideres constantemente tus propios intereses; no consideres los intereses humanos ni tengas en cuenta tu propio orgullo, reputación o estatus. Primero debes tener en cuenta los intereses de la casa de Dios y hacer de ellos tu principal prioridad(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. La libertad y la liberación solo se obtienen desechando la propia corrupción). Las palabras de Dios me fortalecieron. Tenía que rectificar mis intenciones y priorizar los intereses de la iglesia. Tenía que dejar de pensar en lo que opinaran de mí y de proteger mi reputación eludiendo el deber, y empezar a plantearme cómo lograr mejores resultados en él. Eso tenía que hacer. Por ello, sosegué el corazón y me puse a meditar esta cuestión. Poco a poco se me aclararon las ideas. Posteriormente, gracias a algunas opiniones útiles de los demás, por fin se resolvió el problema.

El trabajo con textos es más exigente que mi último deber y puede ser más estresante, pero creo que, si me aplico, tengo las cualidades necesarias. Además, gracias a la formación, la meditación y la búsqueda, he entendido mejor ciertos pormenores de la verdad y los principios de práctica. Realmente he aprendido mucho con todo esto. ¡Gracias a Dios!

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