El arrepentimiento de un oficial

Por Zhenxin, China

Dios Todopoderoso dice: “Desde la creación del mundo hasta ahora, todo lo que Dios ha hecho en Su obra es amor, sin ningún odio hacia el hombre. Incluso el castigo y el juicio que has visto son también amor, un amor más verdadero y real; este amor lleva a las personas al camino correcto de la vida humana. […] Toda la obra que Él ha hecho tiene el propósito de llevar a las personas al camino correcto de la vida humana, de forma que puedan tener la vida normal de la humanidad, porque el hombre no sabe cómo llevar una vida. Sin esa dirección, sólo serías capaz de vivir una vida vacía, inútil y sin sentido, y no sabrías en absoluto cómo ser una persona normal. Este es el sentido más profundo de la conquista del hombre” (‘La verdad interna de la obra de conquista (4)’ en “La Palabra manifestada en carne”).

Nací en el campo. Mis padres eran campesinos honestos y trabajadores. Otros aldeanos siempre nos despreciaban y nos fastidiaban porque éramos pobres. Pensaba: “Algún día les enseñaré. Algún día me verán de forma diferente”. En la adolescencia me uní al ejército. Aceptaba cualquier tarea, sin importar cuán sucia o agotadora fuera, con la esperanza de un ascenso. Pero seguí como soldado durante años. Entonces me di cuenta de que las dádivas, no el trabajo duro, eran lo que permitían lograr una buena evaluación y ascensos. Me resultaba desagradable, pero quería un ascenso, así que tomé coraje y le regalé todos mis ahorros a mi superior. Por supuesto, al poco tiempo “califiqué” para la academia militar. De regreso en mi unidad tras graduarme, me enviaron a trabajar de cocinero ya que no tenía dinero para dádivas. Sabía bien que “Los oficiales facilitan las cosas a quienes traen obsequios”, y “Uno no logra nada sin adular ni halagar”. Si quería llegar a algún lado, tendría que hacer lo necesario para conseguir dinero para dádivas, de lo contrario no llegaría a ninguna parte por más competente que fuera. Quería progresar, así que hice todo lo posible para ganar dinero, y adulaba a mis superiores y les regalaba cosas que sabía que les gustaban. Sabía que lo que estaba haciendo era ilegal, y temía que me descubrieran y me enviaran a la cárcel. Tenía el corazón en la boca todo el tiempo, pero la idea de convertirme en oficial me impulsaba a seguir. Después de un tiempo, finalmente llegué a comandante del batallón. Siempre que regresaba a casa, los aldeanos me rodeaban y me halagaban y adulaban. Eso alimentó muchísimo mi vanidad, y mis ambiciones y deseos también se acrecentaron. Como dicen: “Hacerse oficial es para conseguir ropa fina y buena comida” y “Si uno no utiliza el poder que tiene, no podrá usarlo cuando lo pierda”. Comencé a regodearme con los privilegios de ser oficial, al conseguir lo que quería sin pagar nada. Quien necesitaba algo de mí debía invitarme a comer o hacerme un regalo. Incluso usé mi posición de favorito del comandante y el comisario político para hacer que los subordinados me dieran alguna cosa. Pasé de ser un simple hijo de campesinos a convertirme en un hombre insaciable, astuto y mentiroso.

No solo me comportaba como un tirano en el trabajo, sino que también maltrataba a mi mujer en casa. La acusaba sin causa de tener amoríos, lo que nos distanciaba aún más. Al final, se cansó y me dijo que se quería divorciar. Mi familia feliz estaba a punto de quebrarse, y nuestro hijo también sufriría. Me sentía muy mal y no paraba de rememorar mi vida: desde niño, había estado decidido a destacarme, a ser mejor que los demás. Mi mujer y yo teníamos buenas carreras, y vivíamos bien. Todos nos admiraban, así que debería haberme sentido feliz y pleno. ¿Por qué seguía sintiéndome tan vacío y sufría tanto? ¿Era esa la vida que había querido? En realidad, ¿cómo deberíamos vivir? Me sentía confundido y perdido, pero no podía encontrar respuestas. Más tarde, mi mujer aceptó el evangelio del reino de Dios Todopoderoso y se reunía y hablaba con los hermanos y hermanas todo el tiempo. En poco se convirtió en una persona muy positiva. Ya no discutía conmigo y dejó de hablar de divorcio. Al ver el cambio de mi mujer, me imaginé que debía ser genial tener fe en Dios. Yo también adquirí la fe en Dios Todopoderoso leyendo Sus palabras.

Comencé a llevar la vida de la Iglesia y descubrí que la Iglesia de Dios Todopoderoso era totalmente diferente del mundo. Los hermanos y hermanas leen las palabras de Dios y enseñan sobre la verdad. Buscan comportarse según las palabras de Dios y la verdad, ser honestos, abiertos y sinceros. Me sentí como si hubiera llegado a un lugar de pureza, y sentí una libertad y liberación que jamás había experimentado. Al asistir a las reuniones y leer las palabras de Dios, aprendí que Dios es santo y justo y que odia la suciedad y corrupción del hombre más que nada. Había adquirido muchos malos hábitos en el ejército, y si no me arrepentía, sabía que Dios me despreciaría y eliminaría. Después leí estas palabras de Dios: “Nacido en una tierra tan sucia, el hombre ha sido gravemente asolado por la sociedad, ha sido influenciado por una ética feudal, y ha sido educado en ‘centros de educación superior’. Un pensamiento retrógrado, una moral corrupta, una mala visión de la vida, una filosofía despreciable para vivir, una existencia completamente inútil, y un estilo de vida y costumbres depravados, todas estas cosas han penetrado fuertemente dentro del corazón del hombre, y han socavado y atacado severamente su conciencia. Como resultado, el hombre está cada vez más distante de Dios, y es cada vez más contrario a Él. El carácter del hombre se vuelve cada vez más vicioso día tras día, y no hay una sola persona que voluntariamente renuncie a algo por Dios, ni una sola persona que voluntariamente obedezca a Dios, ni menos aún, una sola persona que busque voluntariamente la aparición de Dios. En vez de ello, bajo el campo de acción de Satanás, el hombre no hace más que buscar el placer, entregándose a la corrupción de la carne en la tierra del lodo” (‘Tener un carácter inalterable es estar en enemistad con Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). Leer esto me demostró por qué estaba tan profundamente corrompido. Pensé en mis años en el ejército. Había seguido las reglas no escritas del mundo para progresar, haciendo muchas cosas malas y obteniendo ganancias mal habidas. Me había vuelto muy corrupto y depravado y vivía en el pecado sin vergüenza. Las palabras de Dios me mostraron la diferencia entre el bien y el mal, y me permitieron ver la causa de mi corrupción y depravación. Resulta que Satanás es el causante de todo. Satanás, el rey de los demonios, ha utilizado toda forma de educación e influencias para corromper a nuestra sociedad y convertirla en una tinaja hirviente de pecado. Los poderosos van desenfrenados con total desprecio por la gente común, mientras que las personas comunes y honestas son maltratadas y no llegan a nada en la vida. Nuestra sociedad está llena de falacias y herejías, como “Sálvese quien pueda y el último pierde”, “Los que tienen cerebro mandan sobre los que tienen músculos”, “Distinguirse y honrar a los antepasados”, “El hombre lucha hacia arriba; el agua fluye hacia abajo”, “Los oficiales facilitan las cosas a quienes traen obsequios. Uno no logra nada sin adular ni halagar”, “Hacerse oficial es para conseguir ropa fina y buena comida”, y “Si uno no utiliza el poder que tiene, no podrá usarlo cuando lo pierda”. Ser engañado por estas cosas y las presiones que me rodeaban me hicieron perder el camino sin que me diera cuenta. Nada me detenía con tal de convertirme en oficial, y abusaba de mi poder para beneficio personal. Me había convertido en un hombre completamente corrupto, empeñado en lucrar. Realmente lamenté mis actos malvados. Agradezco a Dios por salvarme, pues me dio la oportunidad de volver a empezar. De lo contrario, habría sido maldecido y castigado por mi conducta. Estaba tan agradecido con Dios; decidí cambiar, dejar el ejército y buscar otra carrera. Pero mi superior trataba de convencerme de que me quedara, diciendo que me ascendería a subcomandante del regimiento. Dudé, pensando: “¿Subcomandante del regimiento? ¡Eso sería un sueño hecho realidad!”. Por un momento luché por no aferrarme a ese cargo y no sabía qué hacer, así que fui ante Dios para orar y buscar. Entonces leí estas palabras de Dios: “Si tienes una posición alta, una reputación honorable, posees un conocimiento abundante, tienes muchas propiedades, y muchas personas te apoyan, pero estas cosas no evitan que vengas delante de Dios para aceptar Su llamamiento y Su comisión, que hagas lo que Él pide de ti, entonces todo lo que haces será lo más significativo sobre la tierra la tarea más justa de la humanidad. Si rechazas la llamada de Dios por causa de tu estatus o tus propios objetivos, todo lo que hagas será maldito e incluso detestado por Dios” (‘Dios preside el destino de toda la humanidad’ en “La Palabra manifestada en carne”). “Las personas vienen a la tierra, y es raro encontrarme; también es raro tener la oportunidad de buscar y obtener la verdad. ¿Por qué no habríais de valorar este hermoso tiempo como la senda correcta de búsqueda en esta vida? ¿Y por qué sois siempre tan despectivos hacia la verdad y la justicia? ¿Por qué estáis siempre pisoteándoos y destruyéndoos por la injusticia e inmundicia que juguetean con las personas?” (‘Palabras para los jóvenes y los viejos’ en “La Palabra manifestada en carne”). Cada palabra penetró en mi conciencia. Me desperté. “Sí”, pensé. “Mi buena fortuna de conocer a Dios encarnado, que ha venido a la tierra a expresar la verdad y salvar al hombre, y tener la oportunidad de perseguir la verdad y entregarme a Dios ¡son la mayor elevación y gracia de Dios!” ¿Qué podría ser más importante que entregarse al Creador? Sin importar qué rango alcanzara, ¿sería feliz alguna vez? Tantos poderosos se comportan como les viene en gana y hacen toda clase de maldades, pero al final todos reciben su merecido. Y tantos oficiales de alto rango han sido ricos y célebres por un tiempo, pero en cuanto pierden una contienda de poder algunos terminan en la cárcel sin nada y otros se quitan la vida... Estas cosas pasan todo el tiempo. En cuanto a mí, he ascendido en el escalafón con esfuerzo, ¡pero me volví muy arrogante, egoísta y mentiroso! Ahora, Dios me ha concedido muchas verdades y me ha mostrado el camino correcto en la vida. ¿Cómo podría continuar como antes? Satanás me ha dañado y engañado la mayor parte de mi vida, al punto que casi no tenía semejanza humana. Quería vivir de otra manera a partir de ese momento, seguir a Dios, practicar la verdad y comportarme según Sus palabras. Así que decidí cambiar de carrera y romper todo lazo con el ejército. Pero como Satanás me había corrompido muy profundamente, su veneno de “Distinguirse y honrar a los antepasados” se había convertido en mi forma de vida. En la iglesia, siempre competía por alguna posición, y solo la revelación y el juicio de Dios corrigieron mi búsqueda.

Tras cumplir con mi deber en la iglesia un tiempo, vi que había un líder de la iglesia muy joven y otro con el que éramos amigos de antes. Me inquieté al pensar: “Ambos estaban por debajo de mí en el mundo, pero aquí en la iglesia son mis superiores. ¡Yo sería un líder muchísimo mejor!” Empecé a ir detrás de ese objetivo con todo lo que tenía. Primero, tracé un plan: me levantaría a las 5 cada mañana para leer las palabras de Dios, después escuchar los sermones durante dos horas y aprender tres himnos de las palabras de Dios por semana. Sería más proactivo en mi deber, y tomaría la iniciativa en todo lo que pudiera hacer en la iglesia, por más duro o cansador que fuera. En las reuniones, hablaba de mis experiencias en el ejército, alardeaba sobre mis habilidades y resoplaba con desagrado con la comunicación de los líderes de la iglesia. En ocasiones, sutilmente desacreditaba sus ideas y acciones como si yo pudiera hacerlo mejor. Así es como vivía luchando por fama y estatus, siempre con la esperanza de convertirme en líder de la iglesia. Una vez, noté que una líder no había manejado bien algo. La reprendí por ser incapaz de manejar las cosas e insinué que debía renunciar. Esperaba que me eligieran como líder en la siguiente elección. Cuando los hermanos y hermanas lo descubrieron, analizaron mi conducta y dijeron que era mentiroso, ambicioso y que quería tomar el control de la iglesia. Me desplazaron de mi deber de líder grupal. Eso me afectó mucho, y pensé: “Yo era un comandante de batallón respetado, pero ahora ya ni puedo ser líder grupal de la iglesia”. Tras varios meses así, no podía aceptarlo, y no soportaba ver a mis hermanos y hermanas. Guardaba silencio en las reuniones. Mi espíritu se oscureció y ya no podía sentir a Dios. Fue entonces que comencé a sentir miedo, así que me apresuré a orar a Dios y pedirle que me guiara para salir de esa oscuridad.

Más tarde leí estas palabras de Dios: “En vuestra búsqueda tenéis demasiadas nociones, esperanzas y futuros individuales. La obra presente es para tratar con vuestro deseo de estatus y vuestros deseos extravagantes. Las esperanzas, el estatus y las nociones son, todos ellos, representaciones clásicas del carácter satánico. […] Ahora sois seguidores, y habéis obtenido cierto entendimiento de esta etapa de la obra. Sin embargo, todavía no habéis dejado a un lado vuestro deseo de estatus. Cuando este es alto, buscáis bien, pero cuando es bajo, dejáis de buscar. Las bendiciones del estatus siempre están en vuestra mente. […] Cuanto más busques de esta forma, menos recogerás. Cuanto mayor sea el deseo de estatus en la persona, mayor será la seriedad con la que sea tratada y mayor refinamiento el que tendrá que experimentar. ¡La gente así no vale para nada! Tiene que ser tratada y juzgada lo suficiente como para que renuncie a estas cosas por completo. Si buscáis de esa manera hasta el final, nada recogeréis. Aquellos que no buscan la vida no pueden ser transformados, y aquellos que no tienen sed de la verdad no pueden ganarla. No te centras en buscar la transformación personal ni en la entrada, sino que en su lugar te concentras en deseos extravagantes y en las cosas que limitan tu amor por Dios y previenen que te acerques a Él. ¿Pueden transformarte esas cosas? ¿Pueden introducirte en el reino?” (‘¿Por qué no estás dispuesto a ser un contraste?’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me laceraron el corazón y sentí mucha vergüenza. Había estado compitiendo por una posición, después fui expuesto y tratado por los hermanos y hermanas y desplazado de mi deber. No era lo que quería, pero no fue porque alguien la tomó conmigo. En cambio, fue el justo juicio y la oportuna salvación de Dios. La obra de Dios en los últimos días consiste en cambiar nuestras antiguas ideas y nociones para salvarnos de la influencia de Satanás, y que así podamos obtener la verdad y la vida de Dios y vivir en la luz. No había estado siguiendo el camino correcto ni me había centrado en perseguir la verdad, sino buscando posición y reputación. Había engañado y usado medios deshonestos para lograr una posición. ¿No era eso totalmente contrario a la voluntad de Dios de salvar a la humanidad? Seguir así significaría que jamás obtendría la verdad y sería eliminado. Para evitar que me desviara y devolverme al camino correcto, Dios me podó y trató a través de los hermanos y hermanas, exponiendo mis ambiciones y deseos y privándome de mi posición para que reflexionara y cambiara. Vi que Dios realmente ve dentro de nuestro corazón. También pude entender de verdad algo sobre la justicia, santidad, omnipotencia y sabiduría de Dios. Ya no me sentía negativo ni angustiado por perder mi posición, sino que quería perseguir la verdad y someterme a las orquestaciones y los arreglos de Dios.

Seis meses después, fui a vivir la vida de iglesia en otro lugar, donde estaban a punto de elegir a los líderes. Me alegró saber que nadie de allí había creído en Dios durante tanto tiempo como yo, así que pensé que tendría una chance. Les ganaba en experiencia de vida y años de fe. Yo debería ser la clara opción como líder de la iglesia, pensé. Justo cuando me disponía a hacerme notar, llegó una hermana de mi anterior iglesia que estaba huyendo de la persecución del PCCh. Pensé: “Ella sabe cómo yo competía por una posición en mi anterior iglesia. Si vuelve a verme compitiendo por ser líder de la iglesia, ¿no expondrá mi antigua conducta escandalosa? Mi reputación sufriría mucho si lo hace.” Como no tenía opción, desistí de mis planes y analicé la situación: “Primero, me convertiré en líder grupal y escalaré a partir de allí.” Sin embargo, para mi sorpresa, ni siquiera me eligieron líder grupal. La iglesia no tenía suficiente gente para algunos deberes de rutina, así que los líderes me preguntaron si quería ayudar. Por temor a parecer desobediente, acepté con desgano. Había sido un respetado comandante de batallón, pero hoy cumplía un deber muy menor. Me parecía que todo estaba mal. Al poco tiempo, la policía comenzó a vigilar nuestro lugar de reunión, así que ya no pudimos reunirnos allí. El líder de la iglesia me asignó a otro grupo para reunirme con los hermanos y hermanas y desempeñar deberes de anfitrión. Esto fue demasiado para mí. No solo cumplía con un deber menor, sino que ahora debía reunirme con los hermanos y hermanas con deberes de anfitrión. Sentía que era muy degradante. ¿Cómo podía haber caído tan bajo? Si las cosas seguían así, ¿qué perspectivas tendría? Me molesté cada vez más, y lo único que pude hacer fue orar a Dios con urgencia, pidiéndole que me esclareciera y me guiara.

Entonces, leí estas palabras de Dios: “Durante muchos años, los pensamientos en los que se han apoyado las personas para sobrevivir han corroído sus corazones hasta el punto de volverse astutas, cobardes y despreciables. No sólo carecen de fuerza de voluntad y determinación, sino que también se han vuelto avariciosos, arrogantes y obstinados. Carecen absolutamente de cualquier determinación que trascienda el yo, más aún, no tienen ni una pizca de valor para sacudirse la esclavitud de esas influencias oscuras. Los pensamientos y la vida de las personas están podridos, sus perspectivas de creer en Dios siguen siendo insoportablemente horribles, e incluso cuando las personas hablan de sus perspectivas de la creencia en Dios, oírlas es sencillamente insufrible. Todas las personas son cobardes, incompetentes, despreciables y frágiles. No sienten repugnancia por las fuerzas de la oscuridad ni amor por la luz y la verdad, sino que se esfuerzan al máximo por expulsarlas. ¿No son vuestros pensamientos y vuestras perspectivas actuales exactamente así? Como creo en Dios, deberían lloverme las bendiciones y se me tendría que asegurar que mi estatus nunca descenderá y se va a mantener por encima del de los incrédulos. No habéis estado albergando ese tipo de perspectiva en vuestro interior sólo uno o dos años, sino durante muchos más. Vuestro modo transaccional de pensar está exageradamente desarrollado. Aunque habéis llegado hoy hasta esta etapa, seguís sin renunciar al estatus, y en su lugar estáis luchando constantemente para buscarlo y observarlo a diario, con el profundo temor de que un día vuestro estatus se pierda y se arruine vuestro nombre. Las personas nunca han dejado a un lado su deseo de comodidad” (‘¿Por qué no estás dispuesto a ser un contraste?’ en “La Palabra manifestada en carne”). “A medida que avanzas por la senda actual, ¿cuál es la modalidad de búsqueda más adecuada? Cuando buscas, ¿qué clase de persona deberías considerarte? Deberías saber cómo abordar todo aquello que te acontece hoy, trátese de pruebas o adversidades o de un castigo y una maldición despiadados. Deberías sopesarlo cuidadosamente en todos los casos” (‘Los que no aprenden ni saben nada, ¿no son unas bestias?’ en “La Palabra manifestada en carne”). Mientras contemplaba las palabras de Dios, reflexioné sobre mí mismo. “Sí”, pensé. “¿Qué clase de persona es alguien como yo, con mis objetivos?” Siempre me había visto como un comandante de batallón, alguien importante. Solo era apropiado para mí un deber de cierto rango, y la gente de estatus era la única que merecía reunirse conmigo. Menospreciaba a los hermanos y hermanas que actuaban de anfitriones, porque pensaba que estar con ellos demostraba que era insignificante. Sin estatus, me volví negativo y reticente, e incluso sentía que la vida no tenía sentido. El estatus, la reputación y la ganancia habían aturdido mi mente y perdí la humanidad. ¡Qué hombre más despreciable y desagradable era! ¿Cómo podía alguien como yo ser digno de convertirse en líder de la iglesia? La iglesia no es como la sociedad. En la iglesia prevalece la verdad. Un líder debe tener buena humanidad y perseguir la verdad. Pero yo no hice más que perseguir estatus y competir para convertirme en líder. ¿Cómo pude ser tan irracional, tan desvergonzado?

Más tarde leí estas palabras de Dios: “Yo decido el destino de cada hombre no en base a su edad, antigüedad, cantidad de sufrimiento ni, mucho menos, según el grado de compasión que provoca, sino en base a si posee la verdad. No hay otra decisión que esta. Vosotros debéis daros cuenta de que todos aquellos quienes no siguen la voluntad de Dios serán castigados. Este es un hecho inmutable” (‘Deberías preparar suficientes buenas obras para tu destino’ en “La Palabra manifestada en carne”). A partir de las palabras de Dios, comprendí que Él no determina nuestro destino según nuestro estatus o cuánto trabajamos. La clave es si hemos logrado la verdad y si obedecemos a Dios. Vi que el carácter de Dios es justo para todos, y más allá del deber que cumplamos, siempre debemos perseguir la verdad. Con la verdad, una persona puede salvarse aunque no tenga ningún estatus. Pero sin perseguir la verdad, nadie puede salvarse aunque tenga el mayor estatus. Vi que era muy tonto que persiguiera el estatus con tanta desesperación. Había odiado a esos oficiales del ejército corruptos, pero a medida que ascendí de rango, yo mismo empeoré, y finalmente me convertí en un oficial corrupto igual que ellos. Algunos poderosos pueden cumplir con su deber honestamente antes de adquirir estatus, pero en cuanto obtienen poder empiezan a abusar de él, y sus pecados no dejan de acumularse. Pensé en los anticristos que habían sido expulsados de la iglesia. Cuando carecían de estatus, al parecer no estaban haciendo nada malo, pero en cuanto eso cambió, empezaron a constreñir y hostigar a los demás con condescendencia, diciendo y haciendo cosas para mantener su posición, haciendo el mal y perturbando la obra de la casa de Dios. Esto me demostró que, sin la verdad, siempre vivimos según nuestro carácter corrupto. En cuanto alcanzamos poder y estatus, nos convertimos en perversos y hacemos el mal, ¡y, en definitiva, eso conduce al castigo! Mientras luchaba y me esforzaba por escalar de rango en el ejército todos esos años, estaba lleno del carácter satánico. Era arrogante, mentiroso, egoísta y avaro, de los pies a la cabeza. Si me encontraba en una posición importante, mis ambiciones crecían rápidamente, igual que cuando abusaba de mi poder como oficial del ejército. Seguro hubiera terminado haciendo el mal, ofendiendo el carácter de Dios y siendo castigado. Al pensar en estas cosas, sentí miedo pero también gratitud. Dios había causado contratiempos y fracasos muchas veces para evitar que se cumplieran mis ambiciones y deseos. ¡Esa era Su salvación y protección para mí! Gracias a Dios por Su esclarecimiento que me permitió ver la esencia y las consecuencias de perseguir fama y estatus. Es más, finalmente vi lo importante que es perseguir la verdad.

Desde entonces, me he centrado en perseguir la verdad para resolver mi corrupción. Sin importar qué deber me delegara la iglesia, el rango ya no era lo principal para mí. En cambio, me centré en buscar los principios de la verdad y cumplir bien mi deber. Cuando comencé a practicar de esta manera, pude sentir la presencia y la guía de Dios, y tuve una sensación inefable de paz y alegría. Un tiempo después, descubrí que era mucho más humilde con los demás, y ya no alardeaba de haber sido oficial del ejército. Cuando los hermanos y hermanas señalaban mis errores, oraba a Dios a conciencia y me sometía, después reflexionaba e intentaba conocerme. Podía llevarme bien con los demás en igualdad de condiciones, y ya no pensaba que era superior. Sin darme cuenta, mi visión sobre la búsqueda había cambiado. El estatus, la fama y la ganancia ya no me parecían tan importantes. Ya no me condicionaban. Cuando veía que gente con menos tiempo de fe que yo se convertía en líder de la iglesia, aún me daba un poco de celos, pero lograba librarme de eso rápidamente orando y buscando la verdad. Ahora cumplo con mi deber en casa con mi mujer. Quizás no sea llamativo, pero estoy muy contento. En nuestra vida, practicamos para permitir que prevalezcan las palabras de Dios, y escuchamos a cualquiera que hable con corrección y conforme a la verdad. Realmente he experimentado que Dios Todopoderoso me cambió. Salvó mi matrimonio, mi familia, y me salvo a mí, alguien tan depravado. Era muy arrogante, engreído, obsesionado con el estatus y la ganancia, malvado y avaro. Sin la salvación de Dios, jamás habría podido recorrer el camino correcto en la vida. Solo me habría vuelto más corrupto y depravado, y finalmente habría causado tanto mal que Dios me habría maldecido y castigado. De verdad he sentido la salvación y el amor de Dios a través de estas experiencias. Ser capaz de practicar la verdad y vivir algo de la semejanza humana ¡es todo gracias el juicio y castigo de Dios! ¡Gracias a Dios!

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Aunque esta vez para mí el hecho de ser reemplazada fue casi como morir y mi dolor era incomparable, me sirvió de pretexto para experimentar Tu gran amor y salvación para mí. De no haber sido reemplazada en esta ocasión, seguiría viviendo dentro de mi propia noción e imaginación, con la misma forma equivocada de hacer las cosas.

68. Desprendiéndome de las cadenas

“Si te sientes contento de ser alguien que es un hacedor de servicio en la casa de Dios, trabajando de forma diligente y concienzudamente en la oscuridad, siempre dando y nunca quitando, entonces Yo te digo que eres un santo leal, porque no buscas ninguna recompensa y estás simplemente siendo un hombre honesto” (‘Tres advertencias’ en “La Palabra manifestada en carne”).

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