90. Tu deber no es tu profesión

Por Kylie, Francia

El año pasado era la responsable del trabajo de dos iglesias. A veces era preciso trasladar a gente de nuestras iglesias a otras para que cumpliera con un deber. Al principio me alegraba colaborar, y enseguida recomendaba a gente. Sin embargo, con el tiempo me di cuenta de que me costaba más terminar el trabajo cuando se trasladaba a gente buena. Me preocupaba que mi desempeño se resintiera, que los líderes me destituyeran por no conseguir resultados en el trabajo y que peligraran mi dignidad y mi estatus. Más tarde, ya no estaba tan presta y dispuesta a facilitar gente.

No mucho antes había notado que una nueva creyente, la hermana Ranna, tenía buena aptitud y era entusiasta en su búsqueda. A menudo leía las palabras de Dios, miraba videos de la iglesia y siempre me preguntaba sobre cómo practicar la verdad y entrar en la realidad verdad. Reflexioné sobre la necesidad de nuestra iglesia de contar con una regadora, y que debía fomentarla para ello de inmediato. No solo iba a regar yo a nuevos creyentes, sino que pensaba que parecería que conseguía resultados, y los líderes creerían que era muy capaz; todos ganábamos. Por esta razón, le proporcioné mucha ayuda para que entendiera más verdades y fuera capaz de asumir el trabajo de riego. Un día, de manera inesperada, una líder me comentó que otra iglesia necesitaba alguien para el riego y que quería que la hermana Ranna asumiera deber allí. Me enfadé mucho cuando le oí decir eso, y era reacia a ello pues pensaba que esa iglesia no era la única necesitada de gente. Días después, la líder volvió a plantear la idea de trasladar a la hermana Ranna porque tenía aptitud y quizá podrían formarla para más responsabilidades. Aumentó mi renuencia, y pensé: “¿Quieres llevártela sin más? Si sigue resintiéndose la labor de nuestra iglesia, me destituirán”. Al darme cuenta de esto, repliqué: “Estaba pensando que podría quedarse aquí y ser capacitada para un puesto de liderazgo”. Sabía que en la otra iglesia había más nuevos y que tenían más necesidad de riego. No me atreví a decir directamente que no la dejaba marchar, pero me embargaba la rabia acumulada, me sentía fatal y no lo podía aceptar. La líder había trasladado a dos líderes de equipo de nuestras iglesias poco antes, así que yo estaba siempre cubriendo vacantes y capacitando a gente nueva y, sobre todo, costaba encontrar buenos candidatos. Si no conseguía buenos resultados, no tendría la ocasión de resaltar, de mostrar lo que podía hacer. Sentía que no podía cumplir con ese deber y estaba cada vez más triste. Me sentía muy agraviada y no podía reprimir el llanto. Al verme así, la líder me enseñó sobre la voluntad de Dios y los principios de la iglesia al asignar los deberes, pero a mí me entraba por un oído y me salía por el otro. Luego me dijo que mi conducta entorpecía la labor de la iglesia, pero no lo admití en absoluto. Pensé: “Pero ¿esto no es por consideración hacia el trabajo de la iglesia? Si opinas que lo estoy obstaculizando, hazlo tú. Échame, y ya no daré más problemas”. Me sentí mal al pensar de esa forma, por lo que oré: “Dios mío, no puedo someterme a lo que sucede actualmente. Me siento muy agraviada. Te pido que me guíes para poder entender lo que me pasa”.

Tras la oración, recapacité entonces acerca de por qué, cuando la líder tenía que hacer cambios normales, a otros les parecía bien, pero yo era la única que tenía un problema. Me veía obligada a resistirme y retrasarlo. Tenía demasiada resistencia interna a ello y no había actuado así solo una o dos veces. ¿Por qué me costaba tanto someterme? Luego recordé estas palabras de Dios: “Un deber no es tu propia empresa, tu propia carrera ni tu propio trabajo, sino la obra de Dios. La obra de Dios requiere de tu cooperación, lo cual da lugar a tu deber. La parte de la obra de Dios con la que debe cooperar el hombre es su deber. Este es una parte de la obra de Dios, no se trata de tu carrera, de tus asuntos domésticos ni de los temas personales de tu vida. Ya sea que tu deber consista en lidiar con asuntos externos o internos, ya impliquen labores físicas o mentales, este es el deber que debes cumplir, es el trabajo de la iglesia, forma parte del plan de gestión de Dios, y es la comisión que Dios te ha encomendado. No es un asunto personal tuyo. Entonces, ¿cómo debes tratar tu deber? Cuanto menos, no debes cumplirlo como te venga en gana, no debes actuar de manera temeraria(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Solo si se buscan los principios verdad es posible cumplir bien con el deber). “¿Qué es pues el deber? Es una comisión que Dios les ha confiado a las personas, es parte de la obra de la casa de Dios, y es una responsabilidad y obligación que debería estar a cargo de cada uno de los escogidos de Dios. ¿Es el deber tu carrera? ¿Es un asunto familiar personal? ¿Es acertado decir que una vez que te han encargado un deber, este se convierte en tu asunto personal? No es así en absoluto. Entonces, ¿cómo debes cumplir con tu deber? Actuando en concordancia con las exigencias, las palabras y los estándares de Dios, y basando tu comportamiento en los principios verdad en lugar de en unos deseos humanos subjetivos. Algunas personas dicen: ‘Una vez que se me ha encargado un deber, ¿acaso no es asunto mío? Mi deber es mi responsabilidad, ¿no es entonces asunto mío ese encargo? Si gestiono mi deber como un asunto propio, ¿no significa eso que lo haré bien? ¿Lo haría bien si no lo tratara como un asunto propio?’. ¿Son estas palabras acertadas o equivocadas? Son equivocadas, no están en consonancia con la verdad. El deber no es un asunto tuyo particular, es asunto de Dios, pertenece a Su obra, y debes hacerlo como Dios te pide; solo cumpliendo con tu deber con un corazón obediente a Dios puedes estar a la altura del estándar. Si siempre cumples con tu deber según tus propias nociones y figuraciones, y según tus propias inclinaciones, así nunca vas a estar a la altura del estándar. Cumplir siempre con tu deber como te da la gana no es cumplir con tu deber, porque eso que haces no está en el ámbito de gestión de Dios, no es la obra de la casa de Dios. En vez de eso, vas por tu cuenta, haces tus propias tareas, y por tanto no es algo que Dios recuerde(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Solo si se buscan los principios verdad es posible cumplir bien con el deber). Sopesé las palabras de Dios y comprendí que un deber no es una profesión, y que es la comisión de Dios para la gente. Así que hay que cumplirla de acuerdo con las exigencias de Dios. No debo hacer lo que me dé la gana según mis deseos y planes personales. Así tal vez parezca que trabajo mucho, pero eso no es cumplir con un deber. Es ir a mi aire y oponerme a Dios. Al echar la vista atrás, vi que cuando me pedían que facilitara gente, me preocupaba que, si dejaba marchar a los miembros de la iglesia que eran más efectivos cumpliendo con su deber, nuestras iglesias no tuvieran buenos resultados y yo perdiera el puesto. Si no quería facilitar gente era para proteger mi reputación y estatus. En teoría, sabía que Dios me había concedido el deber y que era mi responsabilidad, pero, en la práctica, lo consideraba mi empresa, mi empleo. Como me habían dado ese empleo, imaginaba que era de mi propiedad y que tenía la última palabra. Estaba dispuesta a ayudar a facilitar gente solo si eso no afectaba a mi labor, pero en cuanto lo hacía, me empecinaba totalmente en no dejar que nadie se fuera. Por ello, al saber que iban a trasladar a la hermana Ranna, me afligí y no quería que se marchara. Me sentí sumamente agraviada y hasta tuve ganas de montar en cólera, de dejar el deber. ¿Acaso era eso cumplir con el deber? Era obvio que estaba alterando y dificultando el trabajo de la iglesia. No tenía en cuenta el panorama general mientras cumplía con mi deber, ni defendía los intereses de la iglesia, sino que maquinaba a mi favor al usar el deber como una oportunidad de trabajar por mi reputación y estatus. ¿Acaso no estaba actuando por mi cuenta? Por más trabajo que hiciera, Dios nunca celebraría mi comportamiento. Debía colaborar con entusiasmo siempre que una iglesia necesitara a alguien. No podía pensar solo en mis intereses personales.

Al día siguiente, en una reunión, un líder comentó que el trabajo de los líderes de la iglesia es regar a los hermanos y hermanas, además de capacitar gente para que todo el mundo cumpla con un deber que le venga bien. Oír esto fue como despertar de un sueño. Tenía razón. Formaba parte de mi trabajo regar a los hermanos y hermanas y ayudarlos a encontrar el deber correcto. Sin embargo, cuando otra iglesia necesitaba a alguien, aunque no me atreviera a negarme, me resistía por dentro y ponía toda clase de excusas para no hacerlo. Eso no era hacer mi deber. Ni siquiera cumplía con las responsabilidades del cargo e incluso culpaba al líder por ponerme en una posición tan complicada. No hacía introspección, sino que obstaculizaba el trabajo de la iglesia. ¿Acaso ese tipo de comportamiento no lo dificultaba intencionalmente, tal como había dicho aquella hermana? Recordé que, cuando asumí el deber, solo quería hacer mi humilde parte de la obra evangelizadora, pero ahora me había vuelto un obstáculo, un escollo. Sentí entonces pesar y me dije que la próxima vez debía practicar la verdad, que no podía preocuparme solo por mí de una manera tan egoísta y despreciable.

Días después, la líder me envió un mensaje para pedirme el traslado a otra iglesia de un par de miembros del equipo. Conservé totalmente la calma al ver el mensaje y entendí que esta circunstancia me llegó como una oportunidad de practicar la verdad. No obstante, al evaluar a los miembros del equipo, sí sentí cierta vacilación y me pregunté si realmente tenía que dejar marchar a las dos mejores hermanas del equipo o si tal vez podría trasladar a dos que no eran tan buenas. Al pensarlo, comprendí que era egoísta y cometía el mismo error de nuevo. Luego leí un pasaje de las palabras de Dios: “Los corazones de las personas taimadas y malvadas rebosan ambiciones personales, planes y estratagemas. ¿Acaso es fácil dejar de lado esas cosas? (No). ¿Qué debes hacer si, de todos modos, deseas cumplir correctamente con el deber, pero no puedes dejar de lado estas cosas? Hay una senda: tener clara la naturaleza de lo que estés haciendo. Si algo concierne a los intereses de la casa de Dios y es de gran importancia, entonces no debes postergarlo, cometer errores, perjudicar los intereses de la casa de Dios ni perturbar su trabajo. Este es el principio que debes seguir en el deber. Si quieres evitar dañar los intereses de la casa de Dios, primero debes dejar de lado tus ambiciones y deseos; tus intereses deben verse un tanto afectados, debes dejarlos de lado, y mejor será que sufras unas cuantas adversidades a que ofendas el carácter de Dios, lo que sería cruzar un límite. Si malogras el trabajo de la iglesia para satisfacer tus penosas ambiciones y tu vanidad, en última instancia ¿cuál será la consecuencia para ti? Serás reemplazado y quizás descartado. Habrás provocado al carácter de Dios y puede que no tengas más oportunidades de salvarte. Dios da un número limitado de oportunidades a la gente. ¿Cuántas oportunidades tiene la gente de que Dios la ponga a prueba? Esto se determina según su esencia. Si aprovechas al máximo las oportunidades que se te dan, si puedes desprenderte de tu orgullo y vanidad, y das prioridad a realizar bien el trabajo de la iglesia, entonces tienes la mentalidad correcta(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Solo si se buscan los principios verdad es posible cumplir bien con el deber). Al leer esto me di cuenta de que, como mínimo, no podía afectar o frenar el trabajo de la iglesia, aunque se resintieran mi dignidad y mi beneficio personal. Siempre me preocupó que, si trasladaban a los mejores miembros del equipo, se resintiera la labor de nuestras iglesias y me destituyeran. ¿Despedirían a alguien que defendiera los intereses de la iglesia y guardara Su voluntad? No. Por otra parte, destituirían y descartarían a alguien que fuera egoísta y despreciable, que se negara a dejar marchar a buenos miembros de la iglesia y que, así, afectara el trabajo y los intereses de la iglesia. Y aunque yo sí me aferrara a aquellas hermanas, no por ello les iría necesariamente bien a nuestras iglesias. Si mis motivaciones estaban equivocadas, y protegía mi reputación y estatus, no recibiría la obra del Espíritu Santo, y ¿cómo podría obtener buenos resultados en el deber sin la guía de Dios? Con estas ideas, mi mente recobró la calma, y le dije a Dios en mi interior: “Dios mío, quiero practicar la verdad, satisfacerte y dejar de proteger mi reputación y estatus”. Después ofrecí a los dos miembros del equipo con un mejor rendimiento a la otra iglesia. Cuando puse esto en práctica, sentí una paz verdadera. Me sentí bien al ser ese tipo de persona.

Creía haberme transformado un poco tras aquella experiencia, pero, para mi asombro, poco después me desenmascararon totalmente otra vez. Un día, un líder me dijo que quería que yo facilitara más personal al riego, pues en las iglesias teníamos bastantes nuevos fieles bilingües. En ese caso, tendría que ceder a casi todos los bilingües con aptitud. Empecé a preocuparme otra vez por mi dignidad y mi puesto. Si se iba esa gente, temía que la labor evangelizadora de las iglesias se viera definitivamente afectada. Esa noche, la líder me envió un mensaje para preguntarme por la situación. Sentí mucha resistencia. A cada nombre que ella mencionaba, yole respondía con monosílabos: “Sí”, “Bien”. Cuando me pedía detalles, no tenía ganas de contestarle. Pensaba: “Para empezar, yo no quería ceder a estas personas, pero tú no paras de preguntarme. Estás dejando a nuestras iglesias sin gente capaz de cumplir con un deber. ¿Cómo se supone que voy a hacer mi trabajo?”. Era muy reacia y no podía someterme.

En una reunión posterior vi un vídeo de recitación de las palabras de Dios que me ayudó a comprender mi corrupción. Dios Todopoderoso dice: “La esencia del egoísmo y la vileza de los anticristos resulta obvia; sus manifestaciones de esta índole son particularmente destacadas. La iglesia les confía una tarea, y si esta les conlleva renombre y beneficios, y les permite mostrarse, estarán muy interesados y dispuestos a aceptarla. Si se trata de un trabajo ingrato o que implica ofender a la gente, o que no les da la oportunidad de mostrarse o no les aporta beneficio a su estatus o reputación, no les interesa y no lo aceptan, como si no tuviera nada que ver con ellos, y no fuera el trabajo que deberían estar haciendo. Cuando se encuentran con dificultades, es imposible que busquen la verdad para resolverlas, y ni mucho menos tratan de ver el marco general ni de tener en cuenta la obra de la iglesia. Por ejemplo, dentro del ámbito de la obra de la casa de Dios, en función de las necesidades generales de trabajo, puede haber algunos traslados de personal. Si se traslada a algunas personas de una iglesia, ¿cuál sería la forma sensata de tratar el asunto por parte de los líderes de esa iglesia? ¿Qué problema hay si solo les preocupan los intereses de su propia iglesia, en lugar de los intereses generales, y si no están dispuestos para nada a trasladar a la gente? ¿Por qué, como líderes de la iglesia, son incapaces de someterse a los arreglos generales de la casa de Dios? ¿Es esa persona considerada con la voluntad de Dios? ¿Está atenta al panorama general de la obra? Si no piensa en la obra de la casa de Dios como un todo, sino solo en los intereses de su propia iglesia, ¿acaso no es muy egoísta y despreciable? Los líderes de la iglesia deben someterse incondicionalmente a la soberanía y a los arreglos de Dios, y a los arreglos y coordinación centralizados de la casa de Dios. Eso es lo que se ajusta a los principios verdad. Cuando la obra de la casa de Dios lo requiera, sin importar quiénes sean, todos deben someterse a la coordinación y los arreglos de la casa de Dios, y en absoluto deben ser controlados por ningún líder u obrero individual como si fueran de su propiedad o estuvieran sujetos a sus decisiones. La obediencia de los escogidos de Dios a los arreglos centralizados de la casa de Dios es perfectamente natural y justificada, y nadie puede desafiarla. A menos que un líder u obrero individual realice un traslado irracional que no esté de acuerdo con los principios —en cuyo caso podrá desobedecerse— todos los escogidos de Dios deben obedecer, y ningún líder u obrero tiene derecho o razón alguna para tratar de controlar a nadie. ¿Diríais que hay algún trabajo que no sea obra de la casa de Dios? ¿Hay alguna obra que no implique la expansión del evangelio del reino de Dios? Todo es obra de la casa de Dios, toda obra es igual, y no hay ‘tuya’ y ‘mía’. […] Los escogidos de Dios deben ser asignados de forma centralizada por la casa de Dios. Esto no tiene nada que ver con ningún líder, jefe de equipo o individuo. Todos deben actuar de acuerdo a los principios; esta es la regla de la casa de Dios. Cuando los anticristos no actúan de acuerdo con los principios de la casa de Dios, cuando constantemente maquinan en aras de su propio estatus e intereses, y hacen que hermanos y hermanas de buen calibre les sirvan para consolidar su poder y estatus, ¿no es eso egoísta y vil? En apariencia, al mantener a las personas de buen calibre a su lado y no permitir que la casa de Dios las traslade, parece que están pensando en la obra de la iglesia, pero en realidad solo están pensando en su propio poder y estatus, y en absoluto en la obra de la iglesia. Tienen miedo de hacer mal el trabajo de la iglesia, ser reemplazados y perder su estatus. Cuando los anticristos no piensan en la obra más amplia de la casa de Dios, solo piensan en su propio estatus, lo protegen sin preocuparse por el costo de los intereses de la casa de Dios, y defienden su propio estatus e intereses en detrimento de la obra de la iglesia, eso es egoísta y vil. Al enfrentarte a una situación así, como mínimo uno debe pensar con su conciencia: ‘Estas personas son de la casa de Dios, no son mi propiedad personal. Yo también soy miembro de la casa de Dios. ¿Qué derecho tengo a impedir que la casa de Dios transfiera personas? Debería considerar los intereses generales de la casa de Dios, en lugar de concentrarme solo en el trabajo dentro del ámbito de mis propias responsabilidades’. Tales son los pensamientos que deberían tener las personas que poseen conciencia y razón, y el sentido que deberían poseer los que creen en Dios. La casa de Dios participa en la obra del todo y las iglesias se encargan del trabajo de las partes. Por lo tanto, cuando la casa de Dios tiene una necesidad especial de parte de la iglesia, lo más importante para los líderes y obreros es obedecer los arreglos de la casa de Dios. Los falsos líderes y anticristos no poseen esa conciencia y razón. Son todos unos egoístas que solo piensan en ellos mismos, no tienen consideración hacia la obra de la iglesia. Solo consideran los beneficios que tienen ante sus propios ojos, no el marco completo de la obra de la casa de Dios, así que son absolutamente incapaces de obedecer los arreglos de la casa de Dios. Son extremadamente egoístas y viles. En la casa de Dios son incluso tan audaces como para ser obstructivos, e incluso se atreven a atrincherarse con sus ideas. Así son las personas más carentes de humanidad, son personas malvadas. De esta clase de personas son los anticristos. Siempre tratan la obra de la iglesia y a los hermanos y hermanas, e incluso a todos los bienes de la casa de Dios que corresponden al ámbito de su responsabilidad, como propiedad privada que les pertenece. De ellos depende cómo se distribuyen, transfieren y utilizan estas cosas, y a la casa de Dios no se le permite interferir. Una vez que están en sus manos, es como si estuvieran en posesión de Satanás, a nadie se le permite tocarlos. Son el pez gordo, el mandamás, y cualquiera que vaya a su territorio tiene que obedecer sus órdenes y disposiciones, además de seguir su ejemplo. Esta es la manifestación del egoísmo y la vileza dentro del temperamento del anticristo(La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Digresión cuatro: Resumen de la naturaleza humana de los anticristos y de la esencia de su carácter (I)). Las palabras de Dios revelaban mi estado. Querer mantener a los hermanos y hermanas bajo control y no cederlos a otras iglesias era egoísta y despreciable, y yo exhibía el carácter de un anticristo. En esa época, me sentía muy reacia y reticente cada vez que la líder quería trasladar a alguien de nuestras iglesias. Actuaba con ira, montaba en cólera y me sentía tan agraviada que me echaba a llorar. No lo acepté hasta que la líder no habló conmigo para ayudarme a cambiar de idea y me dijo cosas agradables. Era como la mandamás desenmascarada por Dios, que quería tener voz y voto en los traslados desde las iglesias de las que era responsable. Cuando hacían falta personas, podían ir si yo lo permitía; nadie se las llevaba sin mi permiso. Nadie podía ir sin mi visto bueno. Mantenía las iglesias bajo mi firme control y lo tenía todo a mis órdenes. Cristo no se encargaba de las iglesias; yo sí. Era como si los nuevos a quienes se cultivaba me pertenecieran. Quería consolidar mi posición gracias a lo que ellos lograran en el deber. ¡Qué desvergüenza! ¿No iba por la senda de un anticristo, opuesta a Dios? Esto, además, me recordaba a los pastores y ancianos del mundo religioso. Saben que la Iglesia de Dios Todopoderoso da testimonio de que el Señor ha regresado y expresado muchas verdades, pero, como temen que sus congregaciones sigan a Dios Todopoderoso cuando comprueben estas verdades y ellos pierdan su estatus, reputación y medio de vida, intentan de todo para apartarlas del camino verdadero. Dicen abiertamente que las ovejas son suyas y no dejarán que oigan la voz de Dios y lo sigan. Consideran a los creyentes propiedad privada, los controlan férreamente y se pelean con Dios por ellos. Son los siervos infieles, los anticristos delatados en los últimos días. ¿En qué se diferenciaban en esencia mis actos de los de aquellos pastores y ancianos? Controlaba a los demás para proteger mi dignidad y posición. Sabía que, de no arrepentirme, Dios acabaría condenándome y castigándome con los anticristos. El pueblo escogido de Dios le pertenece a Él, no a ningún ser humano. Se puede trasladar si es preciso a cualquiera que haga falta para un deber en otras iglesias. No tenía derecho a quedarme con nadie en las iglesias que dirigía. Cuando los líderes organizan el trabajo y trasladan gente, piden mi opinión por respeto y para facilitar la colaboración. Habría sido justificable, incluso, trasladar directamente a alguien sin mi consentimiento. No tenía derecho a mantener a nadie bajo control. Sabía que no podía seguir viviendo con tanto egoísmo. Dios me había dado el aliento, entonces, ¿por qué luchaba por mí misma? Tal vez no contribuya mucho a la iglesia, pero, como mínimo, no debería interferir. Tenía que hacer más cosas en beneficio de la iglesia. Después, cuando era necesario, ayudaba gustosamente con los traslados y dejé de pensar en mi reputación y mi posición.

Una vez, una hermana a la que había trasladado a otra iglesia me mandó un mensaje para contarme que allí ella y otros hermanos y hermanas habían aprendido muchísimo en el curso de evangelización. Sentí alegría y vergüenza. Alegría al saber que ellos hacían su parte para difundir el evangelio del reino. Pero lo que me hacía sentir vergüenza era que si hubiera facilitado gente de buena gana y sin interponerme, entonces se les podría haber formado antes. Oré a Dios porque no quería vivir más de acuerdo con mi carácter corrupto, sino facilitar buenos candidatos, hacer mi parte para la labor evangelizadora y cumplir con el deber.

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