96. La senda para no aparentar

Por Margarita, Corea del Sur

A principios de 2021 me eligieron líder de equipo, responsable de la labor de riego de varios equipos. Entonces pensé que me habían elegido para ese puesto por tener cierta aptitud y capacidad, por entender la verdad y la entrada en la vida mejor que la mayoría de los hermanos y las hermanas. Creía que tenía que dotarme de la verdad y volcarme en cumplir correctamente con el trabajo para que todos vieran que era capaz de hacerlo.

Al principio no conocía el trabajo, por lo que, cuando surgían cosas nuevas que no captaba del todo, se las preguntaba al líder o a los hermanos y las hermanas con quienes trabajaba. Suponía que, al ser nueva en esa labor, todos entenderían que habría cosas que no sabría y que buscar más podría ayudarme a madurar antes; así, les daría a todos buena impresión y considerarían que buscaba la verdad con sinceridad. Sin embargo, más tarde, no dejaba de toparme con muchos problemas y dudaba si preguntar. Por entonces llevaba un tiempo en ese deber; por tanto, ¿qué opinarían de mí si hacía constantemente tantas preguntas? ¿Pensarían que no tenía buen calibre, que no sabía resolver ni los problemas sencillos y que no era idónea para ese trabajo como líder de equipo? Así, después, cuando me encontraba con otros problemas que no captaba del todo, no podía dejar de pensar si valía la pena preguntarles, si era sensato preguntar. Me preocupaba que mi mentalidad pareciera simple. Si algunos problemas no me parecían complicados, no preguntaba, sino que trataba de resolverlos yo misma. En consecuencia, cada vez se acumulaban más problemas y bastantes de ellos no se resolvían a tiempo. Esto hizo que me preocupara cada vez más de que todo el mundo pensara que no era adecuada como líder de grupo. En las reuniones, sobre todo si mi líder estaba presente, al comunicar las palabras de Dios, me preocupaba constantemente: “¿Enseño de forma práctica? ¿Es puro mi entendimiento?”. Observaba las reacciones de todos tras mi enseñanza, y si alguien desarrollaba algo de lo que yo había dicho, eso significaba que mi enseñanza había llegado al corazón, que tenía esclarecimiento, que yo tenía un entendimiento puro de las palabras de Dios y podía ocuparme de ese trabajo. Pero me sentía fatal si nadie respondía cuando yo terminaba de hablar. Tiempo después, empecé a sentir que el deber me agotaba mucho. Siempre me preocupaba por todo lo que había dicho, toda opinión que había expresado, y no podía relajarme. Quería cumplir bien con el deber, pero estaba continuamente en ascuas y no maduraba ni aprendía nada.

Me presenté ante Dios para orar y buscar, y leí un pasaje de Sus palabras: “Las propias personas son seres creados. ¿Pueden los seres creados alcanzar la omnipotencia? ¿Pueden alcanzar la perfección y la impecabilidad? ¿Pueden alcanzar la destreza en todo, llegar a entenderlo, ver la esencia de todo y ser capaces de cualquier cosa? No pueden. Sin embargo, dentro de los humanos hay un carácter corrupto y una debilidad fatal. En cuanto aprenden una habilidad o profesión, las personas sienten que son capaces, que tienen estatus y valor, que son profesionales. Sin importar lo mediocres que sean, quieren envolverse como figuras famosas o excepcionales, convertirse en una celebridad de poca importancia, y hacer creer a la gente que son perfectos y sin ningún defecto. A ojos de los demás, desean hacerse famosos, poderosos o figuras importantes y quieren volverse imponentes, capaces de cualquier cosa, que no haya nada que no puedan lograr. Creen que, si pidieran ayuda, parecerían incapaces, débiles e inferiores y la gente los despreciaría. Por eso siempre quieren mantener las apariencias. Algunos, cuando se les pide que hagan algo, dicen que saben hacerlo, cuando en realidad no saben. Después, a escondidas, lo consultan e intentan aprender a hacerlo, pero, tras estudiarlo varios días, siguen sin entender cómo hacerlo. Cuando se les pregunta cómo lo llevan, dicen: ‘¡Pronto, pronto!’. Pero en su corazón piensan: ‘Todavía no lo entiendo, no tengo ni idea, no sé qué hacer. No puedo ponerme en evidencia, he de seguir fingiendo, no puedo dejar que la gente vea mis fallos y mi ignorancia. No puedo dejar que me menosprecien’. ¿De qué problema se trata? Intentar guardar las apariencias es vivir un infierno. ¿Qué tipo de carácter es este? La arrogancia de estas personas no tiene límite, han perdido todo sentido. No quieren ser como los demás, no quieren ser gente corriente, gente normal, sino superhumanos, personas excepcionales, peces gordos. ¡Este es un problema descomunal! En cuanto a las debilidades, deficiencias, ignorancia, estupidez y falta de entendimiento dentro de la humanidad normal, lo cubren todo y no dejan que otras personas lo vean, y siguen disfrazándose. […] ¿No vive esa gente con la cabeza en las nubes? ¿No está soñando? Ni ellos mismos saben quiénes son, no saben vivir una humanidad normal. Ni una vez han actuado como seres humanos prácticos. Si te pasas los días con la cabeza en las nubes, saliendo del paso, sin hacer nada de forma realista y viviendo siempre de acuerdo con tu imaginación, esto es un problema. La senda que eliges en la vida no es correcta(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Las cinco condiciones que hay que cumplir para emprender el camino correcto de la fe en Dios). Entendí un poco mi estado al recapacitar sobre esto. Me daba demasiada importancia porque creía que me habían elegido líder de equipo por tener cierta aptitud y capacidad de trabajo. Al percibirme de esa forma, me empezó a importar lo que opinaran de mí y quise demostrar cuanto antes que daba la talla. Así, cuando me encontraba con más problemas y dificultades en el deber, no podía limitarme a plantearlos, sino que siempre me preocupaba que la gente me descubriera y dijera que me faltaba aptitud y que no daba la talla. Empecé a llevar una máscara: callaba cuando surgían problemas y resolvía yo sola las cosas. Por ello, no atendía muchos problemas en mi deber, lo que demoraba nuestro trabajo y afectaba mi estado. Perdí claridad mental y comencé a confundirme en cosas que antes comprendía. Repensaba constantemente lo que enseñaba en las reuniones por miedo a que me despreciaran si no eran cosas buenas. Me sentía limitada a cada paso. Comprendí que la culpa era toda mía. Era muy arrogante e irracional y no sabía afrontar de manera adecuada mis defectos y deficiencias. Fingía continuamente para que los demás tuvieran una buena opinión de mí. De hecho, ese deber era una oportunidad que me había dado la iglesia para formarme, y de ningún modo implicaba que comprendiera la verdad ni que supiera hacer bien el trabajo. Solo tenía algo de capacidad de comprensión, pero había muchas cosas que no entendía y en las que no tenía experiencia personal. Yo no tenía nada de especial, pero me daba demasiada importancia y fingía ser una eminencia, alguien que comprende la verdad. ¡Me sobrevaloraba tanto! Lo único que debía hacer era tener los pies sobre la tierra y cumplir con mi deber, preguntando a los demás cuando hiciera falta; eso era lo realista y sensato que había que hacer.

Leí un pasaje de las palabras de Dios que me dio algunas estrategias prácticas. Dios dice: “Debes buscar la verdad para resolver cualquier problema que surja, sea el que sea, y bajo ningún concepto simular o dar una imagen falsa ante los demás. Tus defectos, carencias, fallos y actitudes corruptas… sé totalmente abierto acerca de todos ellos y compártelos. No te los guardes dentro. Aprender a abrirse es el primer paso para la entrada en la vida y el primer obstáculo, el más difícil de superar. Una vez que lo has superado, es fácil entrar en la verdad. ¿Qué significa dar este paso? Significa que estás abriendo tu corazón y mostrando todo lo que tienes, bueno o malo, positivo o negativo; que te estás descubriendo ante los demás y ante Dios; que no le estás ocultando nada a Dios ni estás disimulando ni disfrazando nada, libre de mentiras y trampas, y que estás siendo igualmente sincero y honesto con otras personas. De esta manera, vives en la luz y no solo Dios te escrutará, sino que otras personas podrán comprobar que actúas con principios y cierto grado de transparencia. No necesitas ningún método para proteger tu reputación, imagen y estatus, ni necesitas encubrir o disfrazar tus errores. No es necesario que hagas estos esfuerzos inútiles. Si puedes dejar de lado estas cosas, estarás muy relajado, vivirás sin estar encadenado y sin dolor y completamente en la luz(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Tercera parte). Mi reflexión al respecto me ayudó a comprender que, para cumplir con el deber de forma relajada y sin ansiedad, el primer paso era aprender a sincerarme sobre mis fallos y dejar de ponerme una máscara. Tenía que practicar la verdad y ser honesta. Solo era una persona corrupta que apenas comprendía la verdad, por lo que, naturalmente, había muchos asuntos que no captaba del todo. Era totalmente normal. No había necesidad de fingir y disimular cualquier cosa en pro de mi imagen. El único modo de relajarme en el deber era renunciar al orgullo y buscar abiertamente guía y comunicación si tenía preguntas. Descubrir esto me esclareció el corazón y empecé a centrarme en practicarlo. Cuando no estaba segura de algo, tomaba la iniciativa de preguntarlo; cuando daba una opinión, era mi opinión sincera, y solo comunicaba sobre lo que sabía. Al poner esto en práctica, poco a poco empecé a entender cosas que antes no entendía, y fui capaz de descubrir y subsanar los errores en el deber. Me hice además una idea más sólida de mis propios defectos. Por fin me había dado cuenta de que es bueno que te vean tal como eres, que eso ayuda a comprender principios verdad y a descubrir los propios fallos. En este punto me sentí mucho más libre y después pude cumplir normalmente con el deber.

Poco después, a los grupos de los que era responsable les iba muy bien en la vida de iglesia y, los hermanos y las hermanas querían hablar conmigo de sus problemas, pero, sin saberlo, me había vuelto a fijar en lo que opinaba la gente de mí. Una vez, en una reunión de colaboradores, una líder planteó unos problemas de nuestra iglesia y nos pidió opinión. Pensé: “Aquí hay un montón de hermanos y hermanas y podría aportar algunas ideas específicas que demostrarían mi capacidad”. Sin embargo, reflexioné mucho sin sacar nada en limpio. Justo entonces, la líder me preguntó mi opinión. Tartamudeé un largo rato y luego sugerí algo ambiguo. Enseguida, otras dos hermanas compartieron su opinión y sus sugerencias eran opuestas a las mías. Lo que dijeron estaba muy bien razonado y la líder se mostró de acuerdo. Me sentí incómoda al instante, pues pensaba que no solo no había quedado bien, sino que había quedado mal. ¿Qué opinaría de mí la líder? ¿Creería que no tenía ni idea de algo tan sencillo, que no había madurado nada? Los siguientes días hubo problemas en los grupos de los que era responsable. Como no los entendía, debería haber buscado ayuda inmediata, pero me pregunté si no parecería que era incapaz en mi trabajo si hacía todas aquellas preguntas. ¿Acaso no se hundiría la buena imagen que me había forjado? Por otro lado, sabía que los problemas sin resolver dificultarían nuestra labor, así que improvisé una estrategia: dividir las preguntas y hacérselas a distintas personas para que se resolvieran los problemas sin que pareciera que estaba preguntando demasiado y que no sabía nada. Con este disimulo, mi estado se deterioró cada vez más. Se me nubló más el pensamiento y empecé a tener dificultades en muchas cosas. Reflexioné entonces y entendí que, al no tener ni idea de cosas que antes sí sabía, debía haber un problema con mi estado. Por ello, me presenté a orar ante Dios: “Dios mío, es obvio que tengo problemas, pero no me atrevo a ser honesta y sincerarme sobre mis fallos. Siempre quiero impresionar. ¿Por qué me cuesta tanto preguntar lo que no entiendo? Parece como si tuviera los labios sellados y es agotador cumplir así con el deber. Por favor, guíame para conocer mi corrupción y cambiar”.

Luego leí un par de pasajes de las palabras de Dios que exponían mi estado a la perfección. Dios Todopoderoso dice: “Los seres humanos corruptos saben enmascararse bien. Hagan lo que hagan, o sea cual sea la corrupción que expresen, siempre se tienen que disfrazar. Si algo sale mal o hacen algo malo, quieren culpar a los demás. Desean ser reconocidos por las cosas buenas y culpar a los demás por las cosas malas. ¿Acaso no se da mucho este fenómeno de disfrazarse en la vida real? Demasiado. Equivocarse o disfrazarse: ¿cuál de las dos cosas se relaciona con el carácter? Disfrazarse es una cuestión de carácter, implica un carácter arrogante, maldad y astucia, es desdeñado especialmente por Dios. […] Si no intentas fingir ni justificarte, si admites tus errores, todos dirán que eres honesto y prudente. ¿Y qué te convierte en prudente? Todo el mundo comete errores. Todo el mundo tiene fallos y defectos. Y en realidad, todo el mundo tiene el mismo carácter corrupto. No te creas más noble, perfecto y bondadoso que los demás; eso es ser totalmente irracional. Una vez que tengas claro el carácter corrupto de la gente y la esencia y el verdadero rostro de su corrupción, no intentarás cubrir tus propios errores ni les reprocharás a los demás los suyos; podrás afrontar ambas cosas correctamente. Solo entonces te volverás perspicaz y no harás necedades, lo cual te convertirá en prudente. Aquellos que no son prudentes son gente necia y siempre insisten en sus pequeños errores mientras se esconden entre bastidores. Es repugnante de presenciar. De hecho, lo que haces les resulta obvio al instante a otras personas, pero sigues actuando con total descaro. A los demás les parece la actuación de un payaso. ¿Acaso no es una tontería? Sí. La gente necia carece de sabiduría. No importa cuántos sermones oigan, siguen sin entender la verdad ni ver nada tal y como es realmente. Nunca se bajan de su púlpito, pensando que son diferentes de todos los demás y son más respetables; esto es arrogancia y santurronería, es necedad. Los necios carecen de comprensión espiritual, ¿verdad? Los asuntos en los que te muestras necio e imprudente son aquellos en los que no tienes comprensión espiritual y no puedes entender la verdad fácilmente. Esta es la realidad del asunto(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Los principios que deben guiar el comportamiento de una persona). “¿De qué clase de carácter se trata cuando la gente monta siempre una fachada, se blanquean a sí mismos, se dan aires para que los demás los tengan en alta estima y no detecten sus defectos o carencias, cuando siempre tratan de presentar a los demás su mejor lado? Eso es arrogancia, falsedad, hipocresía, es el carácter de Satanás, es algo malvado. Tomemos como ejemplo a los miembros del régimen satánico: por mucho que se peleen, se enemisten o se maten en la oscuridad, nadie puede denunciarlos o exponerlos. Temen que la gente vea su rostro demoniaco, y hacen todo lo posible para encubrirlo. En público, se esfuerzan al máximo para blanquearse, diciendo lo mucho que aman al pueblo, lo grandes, gloriosos e infalibles que son. Esta es la naturaleza de Satanás. La característica más notable de la naturaleza de Satanás son las artimañas y los engaños. ¿Y cuál es el objetivo de estas artimañas y engaños? Engañar a la gente, impedir que vean su esencia y su verdadera cara, y lograr así el objetivo de prolongar su gobierno. Puede que la gente común carezca de tal poder y estatus, pero ellos también desean hacer que los demás tengan una visión favorable de ellos, que los tengan en alta estima y les otorguen un estatus elevado en su corazón. Eso es un carácter corrupto, y si las personas no entienden la verdad, son incapaces de reconocerlo. Las actitudes corruptas son las más difíciles de reconocer. Reconocer tus propios defectos y carencias es fácil, pero reconocer tu carácter corrupto no lo es. Los que no se conocen a sí mismos nunca hablan de sus estados corruptos, siempre creen que están bien. Y, sin darse cuenta, empiezan a presumir: ‘En todos mis años de fe he sufrido mucha persecución y muchísimas dificultades. ¿Sabéis cómo lo superé todo?’. ¿Es este un carácter arrogante? ¿Cuál es su motivación para exhibirse? (Hacer que la gente los tenga en alta estima). ¿Qué motivación tienen para hacer que la gente los tenga en alta estima? (Que se les otorgue estatus en la mente de esas personas). Si se te otorga estatus en la mente de alguien, cuando te encuentras en su compañía te trata con deferencia y es especialmente educado cuando habla contigo. Siempre te admira, siempre te deja ser el primero en todo, te cede el paso, te adula y te obedece. Te consulta y te deja decidir en todo. Y tú tienes una sensación de gozo con esto: te parece que eres más fuerte y mejor que los demás. A todo el mundo le gusta esta sensación. Es la sensación de tener estatus en el corazón de alguien; la gente desea disfrutar de esto. Por eso compite por el estatus y todo el mundo desea que se le otorgue estatus en el corazón de los demás, ser estimado e idolatrado por otros. Si no pudieran disfrutar de ello, no irían en pos del estatus(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Los principios que deben guiar el comportamiento de una persona). Meditando las palabras de Dios entendí que, entre mostrar una fachada y cometer errores, es más grave lo primero. Como nadie es perfecto, es completamente normal encontrarse con problemas y equivocarse en el deber, pero tras la fachada están las actitudes satánicas de ser arrogante, astuto y malvado. Lo que más detesta Dios es que siempre ocultes tus imperfecciones y defectos, que dejes ver solamente tu lado bueno para que te respeten y admiren. Una persona realmente prudente sabe afrontar bien sus defectos, equiparse con la verdad y compensar sus carencias. Es una oportunidad de madurar. Sin embargo, los necios e ignorantes carentes de autoconocimiento jamás pueden aceptar sus defectos. Incluso fingen, por lo que los problemas nunca se resuelven y ellos nunca maduran en la vida. Recordando mi conducta, me di cuenta de que yo era uno de los necios arrogantes delatados por Dios. Cuando empecé a lograr algunos resultados en el deber, creía que, en realidad, no era mala y que estaba a la altura de mi labor como líder de equipo. Además, sabía resolver problemas. Por estos motivos, me enaltecía enormemente y me daba mucha importancia. Por ello, ante cosas que no sabía manejar, era cauta e indecisa, pues me preocupaba decir lo que no era y hundir mi buena imagen, así que decidí expresar menos opiniones y preguntar menos. Incluso cuando sí pedía ayuda, elegía preguntas más difíciles para exhibir mis habilidades porque no quería que todos vieran mis dificultades. Incluso manipulaba las cosas y repartía las preguntas entre la gente para que no me descubrieran. Era muy arrogante, astuta y carente de autoconocimiento y fingía de varias maneras para que la gente me admirara. Vaya necia que era, aborrecible para Dios y desagradable para la gente. Ocultaba mis fallos para proteger mi reputación y estatus, con lo que dejaba sin resolver los problemas en el deber. Retrasaba el trabajo de la iglesia. ¿En qué estaba pensando? Qué despreciable y malvada era. Podría aferrarme al puesto a corto plazo a base de fingir, pero Dios lo examina todo y, tarde o temprano, me habría revelado y descartado por engañarlo y por demorar la labor de la iglesia. Se me ocurrió que los anticristos valoran sobre todo el estatus y debido a él no tienen contemplaciones ni siquiera con los intereses de la iglesia. ¿En qué se diferenciaban mi carácter y mis perspectivas sobre la búsqueda de los de un anticristo? ¿Acaso el estatus me beneficiaba en algo? Me hizo renuente a reconocer o afrontar mis fallos y perdí la razón. Ante los problemas, no quería buscar, sino fingir, y era cada vez más astuta. Así pues, terminaría en la senda de un anticristo, para disgusto de Dios, que me descartaría. Eso dañaría la labor de la iglesia y me destruiría. Me di cuenta entonces del peligro de seguir así. Era una alerta para que no continuara cumpliendo de ese modo con el deber.

Leí más palabras de Dios con una senda de práctica y me resultaron aún más liberadoras. Dios dice: “La iglesia promueve y cultiva a algunas personas, es una bonita oportunidad para ser formado. Eso es algo bueno. Se puede decir que han sido elevadas y agraciadas por Dios. Entonces, ¿cómo deben cumplir con su deber? El primer principio al que deben atenerse es el de comprender la verdad. Cuando no entiendan la verdad, deben buscarla, y si todavía no entienden después de buscar, pueden encontrar a alguien que sí entienda la verdad y con el que comunicar y buscar, lo cual hará que la solución del problema sea más rápida y oportuna. Si solo te concentras en dedicar más tiempo a leer las palabras de Dios por tu cuenta y en pasar más tiempo reflexionando sobre estas palabras, a fin de lograr la comprensión de la verdad y resolver el problema, se trata de un proceso demasiado lento; como dice el refrán: ‘El agua lejana no apagará una sed acuciante’. Si, en lo que respecta a la verdad, deseas progresar rápidamente, entonces debes aprender a trabajar en armonía con los demás, a hacer más preguntas, a buscar más. Solo entonces tu vida crecerá rápidamente, y serás capaz de resolver los problemas sin demora, sin ninguna demora en ninguno de ellos. Ya que acabas de ser promocionado y aún estás en periodo de prueba, y además no posees un auténtico entendimiento de la verdad ni la realidad verdad —porque aún te falta esta estatura— no pienses que tu promoción significa que posees la realidad verdad; no es así. Se te selecciona para la promoción y el cultivo simplemente porque tienes un sentido de carga hacia el trabajo y posees el calibre de un líder. Has de tener tal razón(La Palabra, Vol. V. Las responsabilidades de los líderes y obreros. Las responsabilidades de los líderes y obreros (5)). Medité sobre esto y descubrí que la iglesia promueve y cultiva a la gente para darle la oportunidad de practicar. Eso de ningún modo implica que comprenda la verdad, sepa resolver cualquier problema y sea apta para que Dios la use. En la práctica encontrará todo tipo de problemas reales, y si sigue buscando y compartiendo, poco a poco empezará a entender distintos aspectos de los principios. Será entonces cuando podrá resolver problemas y cumplir bien con el deber. Sabía que tenía que afrontar debidamente mis fallos y saber quién era, buscar más verdades, debatir y comunicar más con los demás cuando surgiera algún problema y dedicarme a él por entero. Entonces, incluso si un día quedara claro que realmente no tenía aptitud, que no daba la talla en mi trabajo, al menos tendría la conciencia limpia. Sentí gran alivio con esa reflexión. No tenía que continuar fingiendo, sino que debía ser honesta y afrontar directamente mis fallos y defectos.

En nuestros debates posteriores en grupo, procuraba opinar honestamente. Al principio dudaba un poco por temor a decir algo equivocado y mostrar una comprensión superficial y poca aptitud. Sobre todo cuando había problemas que no captaba del todo, mis opiniones no estaban muy claras, y al terminar de hablar me empezaba a palpitar el corazón, preguntándome si alguien me descubriría. Sin embargo, me recordaba que ese era mi nivel real y que no pasaba nada si me menospreciaban. Lo importante es ser una persona honesta ante Dios y mi deber es expresar mis ideas y participar en los debates. Esa es la única manera de vivir tranquila. Después, cuando tenía preguntas en el deber, iba y preguntaba a los demás sus opiniones. De vez en cuando aún me preocupaba que me menospreciaran, pero, cuando pensaba que ocultar mis fallos para proteger mi orgullo podría dañar la labor de la iglesia, me esforzaba por apartarme de aquel impulso y pedir ayuda. Así comencé a entender cosas que antes no entendía y sentía más calma, más paz. A veces, los hermanos y las hermanas tenían una comprensión más precisa que yo y empezaba a preguntarme si todos pensaban que yo no servía, pero entendí que esa no era la forma correcta de enfocarlo. Tenía que aprender de los puntos fuertes de otros para compensar mis puntos débiles. ¿Acaso no es eso un don? Pensándolo así, no me inquietaba, y con el tiempo comencé a sentirme cada vez más libre. Agradezco a Dios que me guiara y me dejara experimentar lo libre de ser honesta, y ahora tengo más fe para poner en práctica Sus palabras.

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