39. Por qué no pude aceptar mi deber con serenidad

Por Mo Ran, China

El 29 de noviembre de 2023, me eligieron supervisora del trabajo relacionado con textos. Al enterarme de la noticia, me sentí muy angustiada. No podía evitar que me asaltaran recuerdos de cuando había sido supervisora tiempo atrás. Cuando surgían desviaciones y problemas en el trabajo, la hermana que cooperaba conmigo buscaba activamente las causas y la forma de resolverlos, pero yo nunca era capaz de afrontarlos de la manera correcta. Cada vez que había problemas, yo pensaba que era por mi mal calibre y mi falta de capacidad de trabajo, pero nunca analizaba las desviaciones y deficiencias en los problemas que surgían, y mucho menos me esforzaba en reflexionar sobre cómo corregirlas y resolverlas. Siempre sentía que era bastante vergonzoso que surgieran tantos problemas en mi deber, y no podía evitar vivir en un estado negativo y querer huir constantemente de mi deber. Si los líderes también me señalaban mis problemas, me volvía aún más negativa. Como llevaba mucho tiempo viviendo en un estado de negatividad y holgazanería, muchos problemas del trabajo no se pudieron resolver a tiempo y no les di una ayuda real a mis hermanos y hermanas. Los líderes compartieron conmigo muchas veces sobre mi estado, pero yo seguía sin poder cambiarlo, y, al final, el trabajo se vio seriamente afectado y me destituyeron. Aunque me destituyeron, para mí fue un alivio. Pero ahora querían que volviera a ser supervisora. ¿No significaría eso que viviría de la misma manera dolorosa y humillante que antes? ¡La verdad es que no quería volver a ser supervisora! Además, sentía que, sencillamente, no tenía el calibre para serlo. Yo había visto que muchos líderes, obreros y supervisores eran personas con buen calibre, gran capacidad de trabajo y mucha eficiencia, mientras que yo era una persona con poco calibre y poca eficiencia, y que, en definitiva, no era apta para ser supervisora. En ese momento, como miembro del equipo, mi deber daba algunos resultados y podía salvar mi orgullo, pero ser supervisora significaba asumir una gran carga de trabajo y tener que considerar todos los aspectos. Con mis mediocres capacidades, sentía que, por mucho que me esforzara, no sería capaz de hacerlo bien y que, al final, me volverían a destituir. Sería otra derrota aplastante, y entonces, ¿qué pensarían de mí los hermanos y hermanas? ¿Dirían que era una completa inútil? Cada vez que pensaba en esto, quería rechazar el deber, pero también sentía que, al rechazarlo, estaría defraudando a Dios. Sobre todo porque en ese momento solo había una supervisora para el trabajo relacionado con textos, y la carga de trabajo era tan pesada que una sola persona no podía con todo. La líder dijo que el trabajo ya se había visto afectado. Como yo me había formado en deberes relacionados con textos durante muchos años y ya había sido supervisora, conocía un poco las distintas tareas, así que, si no aceptaba este deber en ese momento, realmente no sería digna de ser llamada miembro de la casa de Dios. Pero si aceptaba y luego no era capaz de asumir el trabajo, ¿no sería el fin de mi orgullo y de mi estatus? Pensar en estas cosas me oprimía el pecho y me dolía; me sentía entre la espada y la pared. Llevé mi estado ante Dios en oración: “Dios mío, hoy me ha llegado este deber de supervisora, y sé que es Tu exaltación y Tu gracia, pero sigo sintiendo que me falta el calibre para serlo, y tengo mucho miedo de que, al volver a ser supervisora, me encuentre con todo tipo de problemas y termine otra vez atrapada en el orgullo y el estatus, sin poder liberarme. Dios, te pido que me des fe y la determinación para someterme”.

Más tarde, fui a una reunión con el corazón apesadumbrado. La líder, al enterarse de mi estado, me buscó un pasaje de las palabras de Dios: “Que el objetivo de Dios al disponer entornos para el hombre es, en un sentido, permitir que la gente experimente diversas cosas de múltiples maneras, aprenda lecciones de ellas, entre en las diversas realidades-verdad contenidas en la palabra de Dios, enriquezca las experiencias de la gente y les ayude a obtener una comprensión más completa y polifacética de Dios, de sí mismos, de sus entornos y de la humanidad. Por otra parte, Dios quiere que la gente mantenga una relación normal con Él disponiendo algunos entornos especiales y organizando algunas lecciones especiales para ellos. De esta manera, las personas se presentan ante Él con más frecuencia, en lugar de vivir en un estado sin Dios, diciendo que creen en Dios, pero actuando de una manera que no tiene nada que ver con Él ni con la verdad, lo que les ocasionará problemas. Por tanto, en los entornos dispuestos por Dios, las personas son, de hecho, conducidas a regañadientes y pasivamente ante Él por Dios mismo. Esto demuestra Sus intenciones meticulosas. Cuanto más entendimiento te falte en una determinada materia, más debes tener un corazón piadoso y temeroso de Dios, y presentarte ante Dios con frecuencia para buscar Sus intenciones y la verdad. Cuando no entiendes las cosas, necesitas el esclarecimiento y la guía de Dios. Cuando te encuentras con cosas que no entiendes, necesitas pedirle a Dios que obre más en ti. Estas son las intenciones meticulosas de Dios. Cuanto más te presentes ante Dios, más cerca estará tu corazón de Él. ¿Y no es cierto que, cuanto más cerca está tu corazón de Dios, más habitará Dios en él? Mientras más presente está Dios en el corazón de una persona, mejor se volverá su búsqueda, la senda que camina y el estado en su corazón(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Atesorar las palabras de Dios es la base de la fe en Dios). Las palabras de Dios son muy claras. No importa qué situaciones Dios disponga, todo es para que aprendamos lecciones y obtengamos la verdad. Al pensar en la época en que fui supervisora, como revelaba muchas desviaciones y carencias en mi deber, y mi vanidad no se veía satisfecha, a menudo me volvía negativa. Nunca busqué la verdad para resolver mi carácter corrupto. Solo pensaba en qué opinarían de mí los hermanos y hermanas, y si me menospreciarían. Siempre quería huir de mi deber, me volví negativa y me dediqué a holgazanear, sin hacer nada práctico. Al final, el trabajo se retrasó y mi vida no creció en absoluto. Todo esto fue el resultado de no haber buscado la verdad durante mucho tiempo. Cuando recuerdo la época anterior a ser supervisora, creía que lo hacía todo bien y no tenía un verdadero entendimiento de mí misma. Desde que me convertí en supervisora, muchas desviaciones y problemas quedaron al descubierto en mi deber, y me podaron mucho. Todo esto me obligó a reflexionar sobre mi corrupción y mis deficiencias, y a acudir ante Dios para buscar la verdad. Si hubiera podido hacer frente a mis deficiencias y carencias, orar más a Dios y buscar los principios-verdad, habría podido aprender lecciones en todos los aspectos. ¡Esto era la gracia de Dios! Pero yo no supe agradecerlo, siempre quise eludir mi deber y fui una irresponsable. Incluso después de que me destituyeran, no sentí ni una pizca de culpa o remordimiento. Al contrario, lo vi como una especie de alivio. ¡Realmente había defraudado a Dios! Sin embargo, Dios no me despreció, sino que me dio otra oportunidad para formarme, porque quería que me equipara más con la verdad y creciera más rápido en la vida. Pero yo estaba insensible y era lenta para entender, no comprendía la intención de Dios. Me preocupaba que mis deficiencias volvieran a quedar al descubierto y que los demás me menospreciaran, así que no quería cumplir mi deber de supervisora. Realmente había defraudado la meticulosa intención de Dios. Al darme cuenta de estas cosas, me sentí algo culpable y en deuda con Dios.

Comprendí un poco mejor la intención de Dios y acepté el deber de supervisora. Pero aun así, no podía evitar sentirme inquieta y preocupada. Temía no cumplir bien mi deber, quedar mal en todo y que me acabaran destituyendo como la última vez. Un día, leí las palabras de Dios. Dios dice: “Tengas mucho o poco calibre, y comprendas o no la verdad, en cualquier caso, debes tener esta actitud: ‘Ya que se me ha asignado este trabajo, debo tomármelo en serio, debo convertirlo en mi preocupación y debo usar todo mi corazón y todas mis fuerzas para hacerlo bien. En cuanto a si sé hacerlo a la perfección o no, no puedo atreverme a dar una garantía, pero mi actitud es que haré todo lo posible por desempeñarlo bien y, desde luego, no seré superficial al respecto. Si surge un problema en el trabajo, debo asumir la responsabilidad en ese momento, asegurarme de aprender una lección de ello y cumplir bien con mi deber’. Esta es la actitud correcta(La Palabra, Vol. V. Las responsabilidades de los líderes y obreros. Las responsabilidades de los líderes y obreros (8)). Después de leer este pasaje de las palabras de Dios, me sentí muy conmovida. Lo que Dios me exige no es mucho. No me pide que haga una gran obra que sobrepase mi calibre y mis capacidades, solo me pide que tenga un corazón sincero y que haga todo lo posible por cumplir bien mi deber. Con esto basta para satisfacer a Dios. Aunque todavía no me atrevía a garantizar que pudiera asumir el deber de supervisora, al menos tenía que tener la actitud de hacer todo lo posible por cumplirlo bien. Eso sí estaba a mi alcance. Me di cuenta de que antes no había cumplido bien mi deber, no porque me faltara calibre, sino porque vivía en un estado en el que me juzgaba a mí misma y constantemente quería echarme para atrás. No tenía ningún sentido de carga hacia mi deber, y cuando surgían problemas, no acudía de inmediato ante Dios para reflexionar, no analizaba por qué se habían producido esas desviaciones y problemas, ni reflexionaba sobre cómo buscar la verdad para resolverlos. Día tras día, solo pensaba en mi propio orgullo y estatus. Con esa actitud, ¿cómo iba a poder cumplir bien mi deber? Al darme cuenta de esto, vi que mi vanidad, mi orgullo y mi preocupación por el estatus eran mis mayores obstáculos en el deber.

Así que, empecé a reflexionar: “¿Por qué será que cada vez que el orgullo y el estatus están en juego, no puedo evitar hundirme en un estado incorrecto?”. Más tarde, leí las palabras de Dios: “El aprecio de los anticristos por su reputación y estatus va más allá del de la gente corriente y forma parte de su esencia-carácter; no es un interés temporal ni un efecto transitorio de su entorno, sino algo que está dentro de su vida, de sus huesos y, por lo tanto, es su esencia. Es decir, en todo lo que hacen los anticristos, lo primero en lo que piensan es en su reputación y su estatus, nada más. Para los anticristos, la reputación y el estatus son su vida y el objetivo que persiguen a lo largo de toda su existencia. En todo lo que hacen, su primera consideración es: ‘¿Qué pasará con mi estatus? ¿Y con mi reputación? ¿Me dará una buena reputación hacer esto? ¿Elevará mi estatus en la opinión de la gente?’. Eso es lo primero que piensan, lo cual es prueba fehaciente de que tienen el carácter y la esencia de los anticristos; y solo por eso consideran las cosas de esta manera. Se puede decir que, para los anticristos, la reputación y el estatus no son un requisito añadido ni mucho menos cosas que son externas a ellos de las que podrían prescindir. Forman parte de la naturaleza de los anticristos, los llevan en los huesos, en la sangre, son innatos en ellos. Los anticristos no son indiferentes a la posesión de reputación y estatus; su actitud no es esa. Entonces, ¿cuál es? La reputación y el estatus están íntimamente relacionados con su vida diaria, con su estado diario, con aquello que buscan día tras día. Para los anticristos, el estatus y la reputación son su vida. Sin importar cómo vivan, el entorno en que vivan, el trabajo que realicen, lo que busquen, los objetivos que tengan y su rumbo en la vida, todo gira en torno a tener una buena reputación y un estatus alto. Y este objetivo no cambia, nunca pueden dejar de lado tales cosas. Este es el verdadero rostro de los anticristos y su esencia. Podrías dejarlos en un bosque primitivo en las profundidades de las montañas y seguirían sin dejar de lado su búsqueda de reputación y estatus. Puedes colocarlos en medio de cualquier grupo de gente e, igualmente, no pueden pensar más que en reputación y estatus. Si bien los anticristos también creen en Dios, consideran que la búsqueda de reputación y estatus es equivalente a la fe en Dios y colocan ambas cosas en pie de igualdad. Es decir, a medida que recorren la senda de la fe en Dios, también persiguen la reputación y el estatus. Se puede decir que, en el corazón de los anticristos, la búsqueda de la verdad en su fe en Dios es la búsqueda de reputación y estatus, y la búsqueda de reputación y estatus es también la búsqueda de la verdad; adquirir reputación y estatus supone adquirir la verdad y la vida(La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 9 (III)). En las palabras de Dios, vi que los anticristos aprecian la reputación y el estatus como a su propia vida, y como la meta que persiguen durante toda su existencia. No importa lo que hagan o digan, solo piensan en su propia reputación y estatus. Esta es la esencia de un anticristo. Pensando en el pasado, desde pequeña siempre tuve un fuerte deseo de reputación y estatus, y siempre viví según los venenos satánicos de “El orgullo es tan necesario para la gente como respirar” y “El hombre deja su reputación allá por donde va, de la misma manera que un ganso grazna allá por donde vuela”. Me importaba muchísimo lo que los demás pensaran de mí. Cuando estaba en cuarto grado, mi maestra me eligió para participar en una olimpiada de matemáticas. Pero no saqué una nota tan alta como los otros estudiantes, y me sentí bastante humillada. Después de eso, inventé una excusa y dejé la escuela. Mi maestra vio que mis notas no eran tan malas y pensó que era una lástima que abandonara, así que fue a mi casa expresamente para convencerme. Solo entonces volví a la escuela. En séptimo grado, una vez respondí mal una de las preguntas de la maestra, y toda la clase se echó a reír. Me sentí totalmente humillada y no volví nunca más a la escuela. Después de encontrar a Dios, seguía siendo igual. Como mi deseo de reputación y estatus no se había satisfecho, vivía en un estado negativo y quería abandonar mi deber. Cuando fui supervisora, muchas de mis carencias quedaron al descubierto y me sentí muy humillada, así que constantemente quería evadir mi deber y no me esforzaba en resolver problemas que se podrían haber resuelto. Holgazaneaba y era negativa en mi deber, y al final, retrasé el trabajo de la iglesia y me destituyeron. Esta vez, tampoco quería ser supervisora porque temía no ser capaz de hacer un trabajo real y que me volvieran a destituir, y que mi orgullo sufriera otro golpe. Para evitar que me menospreciaran, continué rechazando el deber. Yo solo pensaba en mi reputación y mi estatus, sin la más mínima consideración por el trabajo de la iglesia. ¡Era verdaderamente egoísta, despreciable y me faltaba humanidad! A una persona que tiene humanidad, cuando se enfrenta a un deber, no le importa si ese deber le puede dar prestigio o qué dificultades pueda afrontar. Mientras sea algo que el trabajo de la iglesia requiera, confiará en Dios y hará todo lo posible por poner de su parte. Pero yo siempre me hundía en preocupaciones por la reputación y el estatus, y en cuanto me encontraba con algún contratiempo o fracaso en mi deber, caía en un estado de abatimiento. Siempre quería rechazar y eludir mi deber. Con esto, ¿no me estaba oponiendo a Dios? Vi que perseguir el estatus y la fama solo me llevaría a resistirme a Dios y a ofender Su carácter, y que con esto estaba recorriendo la senda de un anticristo. Si seguía persiguiendo la reputación y el estatus, nunca cumpliría bien mi deber y solo sería detestada y descartada por Dios. Al darme cuenta de todo esto, oré a Dios: “Dios mío, mi corazón está demasiado consumido por el estatus y la fama. No quiero rebelarme más contra Ti. No importa cuál sea mi calibre, estoy dispuesta a hacer todo lo que pueda para cumplir bien mi deber, para que Tu corazón pueda sentir consuelo”.

En mi búsqueda, descubrí que siempre había albergado una opinión equivocada. Pensaba que para ser supervisor, había que tener buen calibre y trabajar con eficiencia; de lo contrario, uno no estaba cualificado para serlo. Pero nunca había buscado saber si esta opinión mía era realmente correcta. Más tarde, leí las palabras de Dios: “Visto desde la óptica de la obra general de la casa de Dios, por supuesto, si hubiera más personas con buen calibre, el trabajo de la iglesia sin duda sería más fácil. Sin embargo, existe una premisa: en la casa de Dios, Él está haciendo Su propia obra y la gente no desempeña un papel decisivo. Por tanto, que el calibre de las personas sea bueno, promedio o escaso no determina los resultados de la obra de Dios. Los resultados definitivos que se van a acabar logrando los consigue Dios. Todo lo lidera Dios; todo es obra del Espíritu Santo(La Palabra, Vol. VII. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (7)). “Con independencia de si tu calibre es alto o bajo y por mucho talento que tengas, si tus actitudes corruptas no se resuelven, entonces no importa la posición en la que se te coloque, no serás apto para el uso. Por el contrario, si tu calibre y capacidades son limitados, pero entiendes diversos principios-verdad —incluyendo aquellos que debes entender y captar dentro del ámbito de tu trabajo— y tus actitudes corruptas se han resuelto, entonces serás una persona apta para el uso(La Palabra, Vol. VII. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (3)). “La capacidad para hacer bien el deber de uno no solo depende del calibre de la persona, sino principalmente de su actitud hacia su deber, de su calidad humana, de si su humanidad es buena o mala y de si es capaz de aceptar la verdad. Esa es la raíz del problema. Que pongas el corazón en tu deber, que lo hagas lo mejor que puedas y actúes con sinceridad, que tengas una actitud seria y meticulosa hacia la ejecución de tu deber, que seas formal y te esfuerces; esas son las cosas en las que Dios se fija, y Él somete a escrutinio a todos(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. El correcto cumplimiento del deber requiere de una cooperación armoniosa). Las palabras de Dios me hicieron darme cuenta de que mi opinión no se ajustaba en absoluto a la verdad, que cualquier trabajo en la casa de Dios lo hace Dios mismo, y que el calibre de una persona no lo determina todo. Que podamos cumplir bien nuestro deber depende principalmente de nuestra actitud hacia el deber, de si tenemos un corazón concienzudo y responsable, y de si podemos actuar según los principios-verdad. Si una persona tiene dones y calibre, pero no tiene ningún sentido de carga o responsabilidad hacia su deber, y cuando los hermanos y hermanas le señalan sus problemas, se niega a aceptarlos y no reflexiona ni los analiza, entonces, aunque tenga dones y calibre, no puede cumplir bien su deber, y Dios no la bendecirá ni la guiará. Por el contrario, si una persona tiene un calibre promedio, pero su corazón es recto y hace su deber con diligencia y responsabilidad, y cuando los hermanos y hermanas le señalan sus desviaciones y carencias, puede aceptarlas y corregirlas, entonces sí puede lograr algunos resultados en su deber. Me acordé de una hermana. Su calibre era promedio, pero después de ser elegida líder, sintió una carga en su deber, hizo su trabajo de forma concienzuda y con los pies en la tierra, y logró resultados relativamente buenos en su deber. Más tarde, la ascendieron para que asumiera un trabajo de mayor responsabilidad. También recordé a una hermana que había cooperado conmigo antes. Tenía buen calibre, pero cuando la líder le señaló problemas y desviaciones en su trabajo, no solo se negó a aceptarlos, sino que también discutió y se negó a someterse. Por ello, perdió la obra del Espíritu Santo, no fue capaz de ver con claridad ningún problema y no obtuvo resultados en su deber. Finalmente, la destituyeron. A partir de estos hechos, vi que el que uno pueda cumplir bien su deber no lo determina decisivamente su calibre, sino que la clave está en si puede aceptar la verdad y en su actitud hacia el deber.

Más adelante, leí más palabras de Dios. Dios Todopoderoso dice: “El calibre, los dones y los talentos que Dios te ha dado son ya suficientes; es solo que no estás satisfecho, no tienes devoción a tu deber, nunca sabes cuál es tu lugar, siempre quieres soltar ideas grandilocuentes y alardear, hasta que al final malogras tus deberes. No has puesto en juego el calibre, los dones y los talentos que te ha concedido Dios, no has hecho un esfuerzo total ni has logrado ningún resultado. Aunque puede que estés bastante ocupado, Dios dice que eres como un bufón, no alguien que conozca su lugar y esté centrado en los deberes que le corresponden. A Dios no le gustan tales personas. Por tanto, sean cuales sean tus planes y objetivos, si al final no llegas a hacer tu deber de acuerdo con los principios que requiere Dios, con todo tu corazón, toda tu mente y toda tu fortaleza, a partir de la base del calibre, los dones, los talentos, las capacidades y otras condiciones inherentes que Dios te ha concedido, entonces, Dios no recordará lo que has hecho y no estarás haciendo tu deber, sino más bien, estarás haciendo el mal(La Palabra, Vol. VII. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (3)). “Primero, aprovecha al máximo los dones, capacidades y fortalezas inherentes y existentes que Dios te ha dado, además de las habilidades técnicas o profesionales que eres capaz de alcanzar y lograr; no te contengas. Si has llegado a satisfacer a Dios en cuanto a todas estas cosas y sientes que todavía puedes alcanzar cotas más altas, entonces echa un vistazo a qué habilidades técnicas o profesionales puedes mejorar o en cuáles marcar hitos, dentro del ámbito de lo que puede lograr tu calibre. Puedes continuar aprendiendo y mejorando en función de lo que puedas lograr con tu propio calibre. […] si puedes hacer tu deber con todo tu corazón, toda tu fuerza y toda tu mente, lo mejor que te sea posible, y tienes un corazón sincero, entonces eres tan precioso como el oro ante Dios. Si no puedes pagar un precio y te falta lealtad a la hora de hacer tu deber, aunque tus condiciones innatas sean mejores que las de la persona promedio, no eres precioso ante Dios, no vales siquiera lo que un grano de arena(La Palabra, Vol. VII. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (3)). Las palabras de Dios me hicieron entender que no importa el calibre que tenga una persona, mientras haga su deber con todas sus fuerzas y su mente, y tenga un corazón sincero, esa persona es más preciosa que el oro a los ojos de Dios. El calibre que Dios me había dado era suficiente en realidad, y también podía comprender algunos principios del trabajo relacionado con textos, y normalmente al hacer el seguimiento del trabajo, no es que no tuviera ninguna senda. El problema era que nunca había sido capaz de tratar mis carencias correctamente, siempre me comparaba con los que tenían mejor calibre y dones, y nunca había centrado mi corazón en cómo cumplir bien mi deber. Ahora que volvía a hacer el deber de supervisora, atesoraría profundamente este deber y lo haría con todo mi corazón y mi mente. Ya no podía tratarlo con negatividad.

Como mi actitud había cambiado, la siguiente vez que hice mi deber, oré para que Dios mantuviera mi corazón en calma ante Él. Al revisar los sermones con cuidado, fui capaz de encontrar algunos problemas, y pude sacar algún provecho al estudiar las habilidades profesionales junto con mis hermanos y hermanas. Cuando en el trabajo aparecían desviaciones y problemas que exponían muchas de mis carencias, todavía me sentía avergonzada y un poco negativa, e incluso pensaba en echarme para atrás. En esos momentos, pensaba en mis fracasos pasados. Antes, siempre me hundía en preocupaciones por el orgullo y el estatus, y cuando aparecían problemas no era proactiva en analizar las desviaciones y carencias, siempre me sentía negativa y me echaba para atrás. Como resultado, perdí la obra del Espíritu Santo. No quería volver a caer en un estado de abatimiento, así que oré a Dios, pidiéndole que me ayudara a salir de la negatividad. Al mismo tiempo, también me sinceré sobre mi estado con los líderes y mis hermanos y hermanas, y todos compartieron conmigo y me animaron. Los líderes también me ayudaron y apoyaron, señalando los problemas en mi forma de realizar el deber. Reflexioné sobre la causa de estos problemas y descubrí que algunos se debían a mi actitud superficial, y otros a que no captaba los principios, así que analicé y corregí estos problemas. A veces, cuando había demasiadas cosas que no podía manejar, los líderes me escribían y me ayudaban a aprender a priorizar. Y después de organizar mi tiempo de forma razonable de esta manera, pude hacer mi deber con normalidad. Después de un tiempo, los resultados en el trabajo relacionado con textos mejoraron un poco. Ya llevo más de medio año como supervisora, y aunque tengo muchas carencias e insuficiencias, y todavía hay muchos problemas en el trabajo, a través de esta experiencia, siento de verdad que el trabajo en la casa de Dios lo mantiene el Espíritu Santo. Cuando me desprendo de los intereses personales y hago mi deber con diligencia, puedo recibir la obra y la guía del Espíritu Santo, y también puedo lograr algunos resultados en mi deber. ¡Gracias a Dios!

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