38. Ahora puedo tratar correctamente la amabilidad de mi madre al criarme

Por Maude, Estados Unidos

Nací en una familia campesina común; mi papá trabajaba fuera todo el año y casi nunca volvía a casa. Mi mamá nos crio a mi hermana y a mí ella sola, y aunque no éramos ricas, mi mamá siempre hacía lo posible por darnos una buena vida, y hacía lo posible por darme los gustos. De niña era débil y enfermiza, y a menudo tenía resfriados y fiebre. Además, al dar el estirón, a menudo me dolían las rodillas. Mi familia tenía dificultades económicas y en general no queríamos gastar en comprar carne, pero mi mamá de todos modos a menudo me preparaba sopa de costillas de cerdo, porque temía que la falta de nutrición afectara mi crecimiento. Cada vez que me enfermaba, mi mamá me cuidaba sin descanso. A veces tenía fiebres altas que no bajaban, y mi mamá se preocupaba mucho, así que por la noche, no paraba de frotarme el cuerpo con alcohol para bajarme la temperatura. No solo me cuidaba con esmero, sino que también hacía lo posible por honrar a mis abuelos. Cada vez que me llevaba a casa de mi abuela, mi mamá compraba cosas que normalmente no se permitía comprar, como frutas, leche o postres, y a menudo me repetía que tratara bien a mis abuelos. A veces, cuando oía que algún niño no honraba a sus padres, mi mamá lo llamaba ingrato y decía que sus padres lo habían criado en vano. Sin darme cuenta, a través de las enseñanzas y el ejemplo de mi mamá, llegué a creer que honrar a los padres era lo que hacía a una buena persona, que solo entonces una podía mantener la cabeza alta y ganarse los elogios, y que si una era mala hija, la gente criticaría su falta de conciencia a sus espaldas y no podría vivir con la frente en alto. Cuando tenía 14 años, mi padre falleció trágicamente en un accidente de coche. Empecé a valorar aún más el tiempo con mi mamá, y me prometí que cuando creciera, haría todo lo posible por darle una buena vida a mi mamá, y que la cuidaría con tanto esmero como ella me había cuidado de niña, permitiéndole ser feliz en su vejez. Creía que, si no podía hacer esto, carecería de conciencia, y que ni siquiera sería digna de ser considerada una persona.

En 2011, tuve la fortuna de aceptar la obra de Dios de los últimos días. En 2012, la policía me arrestó mientras predicaba el evangelio. Después de ser liberada, como no era seguro estar en casa, tuve que marcharme a otro lugar a hacer mi deber. En los años siguientes, no pude estar al lado de mi mamá, y siempre esperaba que algún día pudiera reunirme con ella, cuidarla y honrarla. Alrededor de marzo de 2023, de repente recibí una carta de mi hermana, en la que me contaba que, dos años antes, mi mamá había tenido una hemorragia cerebral súbita y un infarto cerebral, y que, desde entonces, había estado postrada en cama con parálisis e incapaz de cuidarse sola. También sufría de diabetes grave y ya había desarrollado pie diabético, lo que le había provocado úlceras en los dedos de los pies. Su condición había empeorado recientemente, y podría no quedarle mucho tiempo, por eso, mi hermana esperaba que pudiera volver a casa pronto para ver a mi mamá por última vez. Al leer la carta, sentí que el cielo se me venía encima. Simplemente no podía creerlo. No pude controlar mis emociones y rompí a llorar, pensando: “¿Cómo pudo pasarle esto a mi mamá? ¿Es esto real? Durante estos últimos años que he estado lejos de casa, siempre esperé que algún día pudiera reunirme con mi mamá, cuidarla, honrarla, y permitirle vivir feliz sus últimos años”. Esta noticia repentina fue como un jarro de agua fría, y destrozó todas mis esperanzas y expectativas. Por un momento, no pude aceptarlo, y, en mi interior, no pude evitar quejarme de Dios: “¿Por qué no dejaste que mi mamá viviera unos años más con salud?”. Incluso quise pedirle a Dios que acortara mi vida para alargar la de mi mamá, solo para que ella pudiera disfrutar unos días de tranquila felicidad. Por eso, no me habría importado vivir unos años menos. En la carta de mi hermana, también decía que mi padrastro había pedido el divorcio solo unos días después de que mi madre enfermara, que su actitud hacia mi mamá era terrible y que la golpeaba y la regañaba. Mi mamá ya estaba sufriendo por su enfermedad, y, al tener que soportar además el tormento de mi padrastro todos los días, acabó desarrollando una depresión severa. Sin otras opciones, mi hermana no tuvo más remedio que aceptar que mi padrastro se divorciara de mi mamá. Pensé en que mi mamá necesitaba que alguien la cuidara para todo. Pero como mi hermana tenía que ir a trabajar, mi mamá estaba completamente sola en casa. ¿Y si tenía sed o hambre? ¿Quién la cuidaría? Habiendo contraído enfermedades tan graves de repente, mi mamá, de carácter fuerte, debió sentirse muy frustrada e impotente. Cuando se sentía mal, ¿quién la consolaría y animaría? Cuanto más lo pensaba, más sentía un dolor desgarrador dentro de mí. Deseaba poder volar de regreso al lado de mi mamá de inmediato para poder estar con ella, hablarle, consolarla, animarla, y ocuparme de sus necesidades diarias. Pero la policía ya me había arrestado antes, y si volvía ahora, seguramente estaría cayendo en una trampa. Volver a casa para cuidar a mi mamá y verla por última vez se convirtió en una vana ilusión para mí. Me sentía completamente abatida; simplemente no podía reunir ninguna motivación, y no tenía ánimos para hacer mis deberes. Por la noche, no podía dormir, y seguía pensando: “¿Cómo estará mamá ahora? ¿Estará descansando ya? ¿O estará todavía revolviéndose de dolor, sin poder dormir?”. Al pensarlo, no pude evitar llorar, y me ahogaron las lágrimas. Una noche, incluso soñé con mi mamá, viéndola como cuando era más joven, con dos largas trenzas, afanada alegremente en alguna tarea. Yo estaba no muy lejos, mirándola, pero por más que la llamaba, no respondía. Parecía que no podía verme ni oír mi voz. Cuando desperté, me di cuenta de que solo era un sueño, pero cuanto más lo pensaba, más triste me sentía, y no pude evitar volver a llorar amargamente.

Esos días estuvieron llenos de un dolor extremo, así que oré para que Dios me guiara a entender Su intención. Durante ese tiempo, unas pocas palabras de Dios seguían viniendo a mi mente: “Toda persona debe aceptar y afrontar estos hechos del nacimiento, la vejez, la enfermedad y la muerte; esta es la ley de la existencia humana que Dios ha ordenado. ¿Por qué no puedes aceptarlo? ¿Puedes escapar de ello?”. Encontré el pasaje de las palabras de Dios que contenía estas frases y lo leí. Dios Todopoderoso dice: “Hay quien dice: ‘Sé que no debería analizar ni escrutar la cuestión de que mis padres caigan enfermos o les suceda un gran infortunio, que hacerlo no vale de nada y que debería abordarlo conforme a los principios-verdad, pero no puedo contenerme y lo analizo y escruto’. La contención no es una manera de resolver el problema; la clave es que debes reconocer que nacer, envejecer, enfermar y morir es una ley que Dios ha ordenado para las personas y que nadie puede cambiarla. En sus vidas, los cuerpos de las personas empiezan a mostrar algunos síntomas de vejez cuando llegan a los 50 o 60 años: sus músculos y huesos ya no están tan bien, la inmunidad disminuye, no duermen bien, se resfrían con facilidad y no tienen suficiente energía para leer o trabajar. Las afectan diversas enfermedades, como la diabetes, la artritis y también enfermedades cardiovasculares y cerebrovasculares como la hipertensión y las cardiopatías. […] Estas enfermedades físicas les sobrevendrán a todas las personas. Hoy son ellos, mañana seréis vosotros o seremos nosotros. Según la edad de una persona y según la ley y el sino, todas las personas envejecerán gradualmente, sus cuerpos se debilitarán gradualmente y sus enfermedades aumentarán gradualmente hasta que al final se enfrenten a la muerte; esta es la ley. Solo que, como tus padres te criaron y son las personas más cercanas a ti y por las que más te preocupas, cuando oyes la noticia de que han enfermado, eres incapaz de superar la barrera del afecto y piensas: ‘No siento nada cuando mueren los padres de otros, pero los míos no pueden enfermar, porque eso me rompería el corazón y me causaría sufrimiento. ¡Simplemente no podría superarlo!’. Solo porque son tus padres, piensas que no deberían envejecer ni enfermar y, menos aún, morir. ¿Tiene eso sentido? No tiene sentido y no es la verdad. ¿Lo entiendes? (Sí). Todo el mundo se enfrentará a la realidad de que sus padres envejezcan y enfermen gradualmente —por ejemplo, con hipertensión, cardiopatías, hemorragia cerebral, hemiplejia, etcétera, así como con diversos tipos de cáncer—. Por tanto, todo el mundo experimentará el proceso de que sus padres envejezcan, enfermen y luego mueran. Solo que el momento de esta experiencia es diferente para cada persona, pero, ocurra cuando ocurra, como hijo o hija, debes aceptar este hecho. Si eres un adulto, tu pensamiento debería ser maduro, deberías tener una actitud correcta hacia el hecho de que las personas nazcan, envejezcan, enfermen y mueran, y deberías ser capaz de afrontarlo con normalidad. No deberías intentar evitarlo ni oponerte a ello, ni siquiera llegar al extremo de volverte impulsivo y soltar palabras de queja, quejándote del cielo y de la tierra y quejándote de Dios, cuando oigas que tus padres están enfermos o han muerto. Toda persona debe aceptar y afrontar estos hechos del nacimiento, la vejez, la enfermedad y la muerte; esta es la ley de la existencia humana que Dios ha ordenado. ¿Por qué no puedes aceptarlo? ¿Puedes escapar de ello? Quieres que tus padres no enfermen ni mueran, quieres que sean inmortales. ¿Se ajusta esto a la ley? ¿Es posible? ¿Has visto a algún ser creado que sea inmortal? Ni uno solo. Por tanto, has de aceptar este hecho. Ya deberías estar preparado mentalmente antes de oír la noticia de que tus padres están envejeciendo, que se han puesto enfermos o que han muerto. Un día, tarde o temprano, toda persona se hace mayor, se debilita y muere. Dado que tus padres son gente normal, ¿por qué no van a experimentar esta etapa? Han de hacerlo, y tú debes abordarlo correctamente(La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (17)). Las palabras de Dios poco a poco me calmaron. El nacimiento, el envejecimiento, la enfermedad y la muerte son la ley de la vida que Dios ha ordenado para la humanidad. Mi mamá, con sus sesenta y tantos años, tenía órganos y funciones corporales que se estaban deteriorando lentamente, y era normal que su cuerpo desarrollara enfermedades. No debería discutir con Dios ni actuar de manera irrazonable, tratando de intercambiar años de mi propia vida por la salud y longevidad de mi mamá. Esto no es someterse a la soberanía y los arreglos de Dios. Soy un insignificante ser creado, y Dios es el Creador. Debería aceptar la ley de la vida que Dios ha ordenado para la humanidad y experimentar las cosas tal como vienen. Ni siquiera puedo decidir o cambiar las cosas que experimento cada día, sin embargo, albergaba la vana esperanza de cambiar el sino de mi mamá. ¡Eso era verdaderamente ilusorio e irracional! Sin embargo, cuando pensaba en que mi mamá pronto moriría, me sentía sumamente triste. Lloré y oré a Dios: “Dios mío, de repente me enteré de que mi madre contrajo una enfermedad muy grave y puede morir pronto, y no puedo aceptarlo en mi corazón. Por favor, guíame para poder someterme y aprender lecciones”.

Más tarde, busqué conscientemente las palabras de Dios relacionadas con mi estado. Un día, durante mis devociones espirituales, leí un pasaje de las palabras de Dios: “Sea cual sea la enfermedad que contraigan tus padres, no será porque estaban agotados de criarte ni porque te extrañaban; en especial, no contraerán ninguna de estas enfermedades importantes o graves ni una dolencia mortal por tu culpa. Ese es su sino, y no tiene nada que ver contigo. Por muy buen hijo que seas o por mucha consideración con la que cuides de ellos, como mucho solo reducirás un poco su sufrimiento físico y sus cargas. Sin embargo, cuándo enfermen, qué enfermedad contraigan, cuándo y dónde mueran: ¿tienen estas cosas algo que ver con si estás o no a su lado proporcionando cuidados? No. Si eres un buen hijo, si no eres un ingrato indiferente y te pasas todo el día a su lado, cuidándolos, ¿acaso no enfermarán? ¿No morirán? Si se van a enfermar, ¿no se enfermarán de todos modos? Si van a morir, ¿no morirán igualmente? ¿No es así?(La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (17)). A partir de las palabras de Dios, entendí que si los padres se enferman, la gravedad de la enfermedad, o si morirán, todo está predestinado y dispuesto por Dios, y no tiene nada que ver con sus hijos. Estén o no los hijos al lado de sus padres, las dificultades, contratiempos y tribulaciones que estos enfrentan en la vida son inevitables, y sus hijos no pueden cambiar nada. Pensé en mi abuelo. Sus hijos estaban todos a su lado y él parecía sano, pero cuando tenía unos 60 años, sufrió una enfermedad grave que lo dejó postrado en cama, paralizado y en estado vegetativo, y necesitaba que lo cuidaran para todas sus funciones corporales. Mi mamá, mi tío y mi tía se turnaban, cuidándolo día y noche, masajeándolo todos los días, hablándole, y cuidándolo con esmero durante años, pero él nunca despertó. Ahora mi madre se había enfermado gravemente y estaba paralizada en cama. Incluso si yo estuviera a su lado cuidando de sus necesidades diarias, solo haría que su cuerpo estuviera un poco más cómodo, pero yo no podría soportar por ella el sufrimiento de su enfermedad. Si se recuperaba o moría era algo que yo no podía cambiar. Al darme cuenta de esto, me desprendí de algunas de mis preocupaciones por mi madre.

A veces, cuando pensé en lo que mi hermana me dijo en su carta, todavía me sentía desconsolada y angustiada. Mi hermana dijo: “‘Los cuervos alimentan a sus madres ancianas, y los corderos se arrodillan para mamar’. Hasta los animales saben honrar a sus padres. Si un humano ni siquiera sabe esto, es peor que un animal”. Pensé en los años que había estado lejos de casa. Había pasado algo tan importante en casa, pero yo seguía sin aparecer. No tenía idea de lo que nuestros vecinos, parientes y amigos decían de mí, pero sin duda estarían hablando de mí a mis espaldas, diciendo que era una mala hija, que ni siquiera volvía a casa cuando mi madre estaba gravemente enferma y cercana a la muerte. Mi madre me había criado desde pequeña, y esta deuda de gratitud era algo que nunca podría pagar, así que debería hacer todo lo posible por darle la mejor vida, para que no tuviera que preocuparse por la comida o la ropa, y pudiera disfrutar de una vejez feliz y tranquila. Pero ahora que estaba enferma, ni siquiera podía cuidarla. Sentía que realmente era peor que un animal. Pensar en esto me dolía como un cuchillo en el corazón, y a menudo lloraba en secreto, sintiéndome culpable por no poder retribuir el favor de mi madre al criarme. Al darme cuenta de que mi estado era incorrecto, busqué palabras de Dios para leer.

Dios Todopoderoso dice: “Analicemos el asunto de que tus padres te trajeran al mundo. ¿Fuiste tú quien eligió que te trajeran al mundo o fueron tus padres quienes eligieron hacerlo? Si lo analizas desde la perspectiva de Dios, no es algo que elijan los humanos. Tú no elegiste que tus padres te trajeran al mundo y ellos tampoco. Si te fijas en la raíz de esta cuestión, esto lo dispuso Dios. Dejaremos este tema de lado por ahora, ya que es algo fácil de entender. Desde tu punto de vista, naciste pasivamente de tus padres, sin tener otra opción al respecto. Desde la perspectiva de tus padres, fue su voluntad subjetiva tener hijos y criarlos. En otras palabras, dejando de lado la disposición de Dios, en lo relativo a tener y criar hijos, fueron tus padres quienes detentaron todo el poder. Eligieron traerte al mundo. Tú naciste de ellos pasivamente. No tuviste elección alguna al respecto. Así pues, dado que tus padres tuvieron todo el poder y te trajeron al mundo, tienen la obligación y la responsabilidad de criarte hasta la vida adulta. Ya sea al proveerte de educación o suministrarte alimento y vestimenta, esta es su responsabilidad y obligación, y es lo que les corresponde hacer. En tanto que tu postura fue siempre pasiva durante el tiempo que te criaron, no tuviste derecho a elegir: la única opción era que te criaran ellos. Como eras pequeño, no tenías la capacidad de cuidarte solo, no te quedó más alternativa que recibir pasivamente la crianza de tus padres. Fuera como fuera que te criaran tus padres, eso no dependía de ti. Si te daban buena comida y bebida, eso era lo que tenías. Si te ofrecían un entorno vital en el que sobrevivías a pan y agua, así es como sobrevivías. En cualquier caso, durante tu crianza, tú eras pasivo y tus padres cumplían con su responsabilidad. Es igual que si tus padres cuidaran una flor. Dado que están dispuestos a cuidarla, deben fertilizarla, regarla y asegurarse de que reciba la luz del sol. Así pues, cuando se trata de la gente, independientemente de si tus padres te cuidaron de manera meticulosa o si te dispensaron mucha atención, de todos modos, solo cumplían con su responsabilidad y obligación. Independientemente de su objetivo al criarte, era su responsabilidad; como te trajeron al mundo, debían hacerse responsables de ti. Sobre esta base, ¿se puede considerar como amabilidad todo lo que tus padres hicieron por ti? No, ¿verdad? (Así es). Que tus padres cumplieran con su responsabilidad contigo no constituye un acto de amabilidad. Si cumplen con su responsabilidad respecto a una flor o una planta, regándola y fertilizándola, ¿es eso amabilidad? (No). Eso dista aún más de ser amabilidad. Las flores y las plantas crecen mejor en el exterior; si se las planta en la tierra, con viento, sol y agua de lluvia, prosperan incluso más. No crecen ni salen tan bien cuando se las planta en macetas de interior, comparado con el exterior. Sea cual sea la familia en la que uno nace, eso lo ha predestinado Dios. Tú eres una persona que posee vida y Dios se responsabiliza de cada vida, permite a la gente sobrevivir y seguir la ley que rige a todas las criaturas. Es solo que, como persona, vivías en el entorno en el que te criaron tus padres, de modo que crecer en este entorno es lo que te correspondía. Que nacieras en ese entorno se debe a que Dios lo ha predestinado; que tus padres te criaran hasta la edad adulta también se debe a la predestinación de Dios. En cualquier caso, al criarte, tus padres cumplen con una responsabilidad y una obligación. Criarte hasta la vida adulta es su obligación y responsabilidad, y eso no se puede considerar amabilidad(La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (17)). “En el mundo no creyente existe este dicho: ‘Los cuervos alimentan a sus madres ancianas, y los corderos se arrodillan para mamar’. También este otro: ‘Una persona no filial es peor que un animal’. ¡Qué grandilocuentes suenan estos dichos! En realidad, los fenómenos que se mencionan en el primero (‘Los cuervos alimentan a sus madres ancianas, y los corderos se arrodillan para mamar’) se dan en la realidad, son un hecho. Sin embargo, son simplemente fenómenos que se encuentran en el mundo de los seres vivos. Son meramente una especie de ley que Dios ha establecido para las diversas criaturas vivientes. Toda clase de criaturas vivientes, incluidos los humanos, acatan esta ley, y esto confirma aún más que Dios las creó. Ninguna puede infringir la ley ni tampoco trascenderla. Ya ves, los leones y los tigres son carnívoros bastante feroces, pero alimentan a sus cachorros y no los muerden antes de que alcancen la edad adulta. Es el instinto animal. Da igual la especie a la que pertenezcan, ya sean feroces o amables y mansos, todos los animales poseen este instinto. La única manera que tienen todas las criaturas de continuar reproduciéndose y seguir viviendo es seguir un instinto y una ley como esta, y eso incluye a los seres humanos. Si no acataran esta ley o si esta ley y este instinto no existieran, no podrían reproducirse y seguir viviendo. No existiría la cadena biológica ni tampoco este mundo. ¿No es así? (Sí). El hecho de que los cuervos alimenten a sus madres ancianas, y los corderos se arrodillen para mamar precisamente confirma que el mundo de los seres vivos sigue esta clase de ley. Este instinto lo poseen todo tipo de criaturas vivientes. Una vez que nace su descendencia, las hembras o los machos de la especie la cuidan y alimentan hasta que se hace adulta. Todas las clases de criaturas vivientes son capaces de cumplir con sus responsabilidades y obligaciones hacia sus crías, criándolas de forma concienzuda y dedicada. Esto debería ser más patente si cabe en los seres humanos. La humanidad los considera animales superiores, pero, si no pueden acatar esta ley y carecen de tal instinto, entonces son peores que los animales, ¿verdad? Por tanto, por mucho que tus padres te cuidaran o cumplieran con su responsabilidad contigo mientras te criaban, solo estaban haciendo algo que un ser creado debe hacer; ese es su instinto(La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (17)).

Después de leer las palabras de Dios, sentí el corazón un poco más iluminado. Cuidar de las crías es un instinto natural que Dios ha otorgado a los seres vivos; es una ley de vida que Él ha establecido para todos los seres vivos. Tanto las bestias salvajes como las criaturas dóciles siguen tales leyes y, de ese modo, todas las clases de criaturas, incluidos los seres humanos, pueden seguir multiplicándose y sobrevivir. Dado que los padres eligen tener hijos, deberían asumir la responsabilidad y obligación de criarlos y cuidarlos. Eso es acatar y cumplir las leyes ordenadas por Dios; es el deber inherente de los padres, y no debería tratarse como una bondad impuesta a los hijos. El dicho de que “Los cuervos alimentan a sus madres ancianas, y los corderos se arrodillan para mamar” es simplemente una ley establecida por Dios para estas criaturas, un comportamiento instintivo de ellas. No es, como enseña la gente, una manifestación de que los animales sean buenos con sus padres y retribuyan su bondad. Además, a primera vista, parece que los padres están cuidando y criando a sus hijos, pero en realidad, tras bambalinas es Dios quien es soberano y dispone el sino de cada persona. No pude evitar recordar algo que mi madre me dijo una vez. Antes de que yo naciera, ella tuvo una hija que enfermó de repente y falleció cuando tenía 3 años. Mi madre también cuidó con todo su corazón a mi hermana mayor, a quien nunca llegué a conocer. No obstante, ella falleció trágicamente siendo niña, mientras que yo he podido crecer sana hasta el día de hoy. Aunque compartíamos la misma madre, nuestros sinos eran completamente diferentes. Esto me hizo ver aún más que la suerte humana está bajo la soberanía y el arreglo de Dios, y que los padres solo pueden ser responsables de criar y cuidar a sus hijos, pero no pueden controlar ni cambiar su sino. Pensé en cuántas dificultades y contratiempos había enfrentado en los años desde que dejé mi hogar. Hubo tantas veces en que sentí que no podía seguir adelante, y fue Dios quien siguió guiándome y ayudándome. Recuerdo una vez en que mi estado era realmente terrible, pero Dios, a través de los hermanos y hermanas, pacientemente compartió conmigo la verdad, me ayudó y me apoyó, y solo entonces mi corazón entumecido comenzó a despertar lentamente, y comencé a reflexionar sobre mí misma y a volverme hacia Dios. Dios dispuso cuidadosamente diversas personas, acontecimientos y cosas según mis necesidades, no solo proveyendo para mis necesidades materiales, sino además haciéndose responsable de mi vida. Al pensar en el amor de Dios, sentí el corazón conmovido de verdad. Pero había sido influenciada y engañada por las falacias de Satanás, atribuía todo lo que había recibido de Dios desde la infancia a los esfuerzos de mi madre, pensando que, sin su cuidado, no me habría convertido en la persona que era. Por eso, quise renunciar a mis deberes para volver a casa a cuidarla. Esto no solo afectó mi propio estado, sino también los resultados de mi deber. Si no fuera por el desenmascaramiento de las palabras de Dios, seguiría creyendo esta idea equivocada, sufriendo en medio del dolor y el tormento. Al darme cuenta de esto, me invadió una sensación de alivio.

Más tarde, leí otro pasaje de las palabras de Dios, y me quedó más claro cómo tratar a nuestros padres. Dios Todopoderoso dice: “Tus padres no son tus acreedores, es decir, no deberías andar siempre considerando cómo retribuirles solo porque te hayan criado durante tantos años, y si no puedes retribuirles, si no tienes la oportunidad o las condiciones para hacerlo, no deberías sentirte siempre triste y culpable, e incluso sentirte triste cuando ves a alguien que está con sus padres y los cuida y es buen hijo con ellos. Dios ordenó que tus padres te criaran, pero no para que tuvieras que pasarte la vida retribuyéndoles. En esta vida, cuentas con responsabilidades y obligaciones que debes cumplir y con una senda que debes tomar; tienes tu propia vida. En tu vida no deberías dedicar todas tus energías a ser buen hijo con tus padres y a retribuir su amabilidad. Ser buen hijo con tus padres solo es una cosa que te acompaña en la vida. Es algo que resulta inevitable en las relaciones humanas de afecto. Sin embargo, en cuanto a qué clase de conexión estáis destinados a tener tú y tus padres y a cuánto tiempo podréis vivir juntos, eso depende de las instrumentaciones y arreglos de Dios. Si Él ha instrumentado y arreglado que tú y tus padres estéis en lugares diferentes, que estés muy lejos de ellos y no podáis vivir juntos, entonces desempeñar esta responsabilidad es, para ti, solo una especie de anhelo. Si Dios ha dispuesto que tu residencia esté muy cerca de tus padres y que puedas permanecer a su lado, entonces te corresponde cumplir algunas de tus responsabilidades hacia ellos y mostrarles algo de devoción filial; nada de esto es criticable. Sin embargo, si te encuentras en un lugar diferente a tus padres y no tienes la oportunidad o las circunstancias adecuadas para cumplir con tu deber filial, no debes considerarlo algo vergonzoso. Que no cumplas con tu deber filial no significa que hayas agraviado a tus padres; es solo que tus circunstancias no lo permiten. Como hijo, deberías entender que tus padres no son tus acreedores. Si solo prestas atención a retribuir la amabilidad de tus padres, esto se interpondrá en muchos deberes que deberías hacer. Hay muchas cosas que has de hacer en tu vida y estos deberes que has de cumplir son los que le corresponden a un ser creado y el Creador te los ha encomendado y no tienen nada que ver con retribuirles a tus padres su amabilidad. Mostrarles devoción filial, retribuirles y devolverles su amabilidad son cosas que no tienen nada que ver con tu misión en la vida. También se puede decir que no es necesario mostrarles devoción filial a tus padres, retribuirles o cumplir con ninguna de tus responsabilidades hacia ellos. En palabras sencillas, puedes dedicarte un poco a eso y desempeñar alguna de tus responsabilidades si las circunstancias lo permiten. Cuando no sea así, no hace falta que te fuerces a ti mismo a hacerlo. Si no puedes desempeñar tu responsabilidad de mostrarles devoción filial a tus padres, tampoco es un gran error, solo contradice un poco tu conciencia y tu rectitud moral y algunas personas te criticarán; eso es todo. Pero al menos no va en contra de la verdad. Si es en aras de hacer tu deber y seguir la voluntad de Dios, entonces incluso recibirás la aprobación de Dios. Por tanto, en cuanto a ser buen hijo con tus padres, mientras entiendas la verdad y entiendas los requerimientos de Dios para las personas, entonces, aunque tus condiciones no te permitan ser buen hijo con tus padres, tu conciencia no se sentirá reprendida(La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (17)). A partir de las palabras de Dios, entendí que cada persona viene a este mundo con su propia misión, y que ser buenos hijos con los padres y devolverles el favor de su crianza no tiene nada que ver con dicha misión. Si vivimos con nuestros padres, debemos cuidarlos y ser buenos hijos con ellos en la medida de nuestras posibilidades; pero si la situación no lo permite y no podemos vivir con nuestros padres, no deberíamos sentirnos culpables o en deuda con ellos por no poder cuidarlos, sino que deberíamos priorizar nuestros deberes. La policía me había arrestado por predicar el evangelio, y ahora tenía antecedentes policiales. Pensé: “Si volviera a casa ahora, prácticamente estaría cayendo en una trampa. Por no hablar de cuidar a mi mamá, incluso mi seguridad personal podría estar en riesgo”. Dadas estas circunstancias, no podía volver a casa, así que debía calmar mi corazón y cumplir mis deberes adecuadamente. Esto es lo más importante. Al ir haciéndose mayor mi mamá, la enfermedad y la muerte eran una parte normal de la vida. No podía cuidarla ni ser buena hija con ella, y aunque sentía cierto pesar, estaba dispuesta a someterme a la soberanía y los arreglos de Dios. Dios ya ha ordenado el sino de todos; el nacimiento, el envejecimiento, la enfermedad y la muerte están también en Sus manos. Por mucho que me preocupara y angustiara por ella, incluso si la acompañaba y cuidaba, no podría cambiar la suerte de mi mamá. Después de entender esto, oré a Dios: “Dios, la enfermedad de mi madre está en Tus manos, y si vive o muere está en Tus manos. La cantidad de años que viva ya ha sido predestinada por Ti, y estoy dispuesta a encomendar a mi madre a Tus manos. Sin importar el resultado, estoy dispuesta a aceptar y someterme a Tus orquestaciones y arreglos”. Después de orar, sentí el corazón mucho más tranquilo y liberado, y ya no me preocupé más por este asunto. Pude calmar mi corazón y hacer mis deberes. ¡Gracias a Dios!

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